Bobby y El Robert

 Foto: Javier Cedeño Cáceres

Foto: Javier Cedeño Cáceres

Marcos Tarre Briceño*

—¡Ave María Purísima! 

La señora Herminia se llevó las manos a los oídos. Dos nuevas detonaciones, seguidas, cercanas.  Con el corazón en la boca saltó de la cama, su mente registraba gritos y carreras afuera. En la oscuridad divisó la silueta menuda de Damiancito, caminando hacia el rectángulo más claro de la ventana. De un manotazo lo arrastró. El niño, bruscamente jalado, estalló en llanto. Lo empujó, protegiéndolo con su cuerpo, mientras apagaba el bombillo que colgaba del techo. En cuclillas se metió debajo de la mesa, apretando a las gemelas Nelisbeth y Yolisbeth, que ya estaban ahí. Calmaba al niño mientras murmuraba Dios te salve María, llena eras de gracia… Abrazó al pequeño con ternura, le habló con suavidad al oído. Mi amor, te he dicho mil veces que cuando hay tiros nunca debes asomarte a la ventana. Oyeron ruidos y golpes en el patio posterior, se apretaron con más fuerza. Luego, dos nuevas detonaciones, más lejanas y el silencio. El patio de atrás más de una vez había sido vía de paso de algún miembro de las bandas que se enfrentaban o ruta para escapar de la policía. Ahí, debajo de la mesa, abrazados, estaban seguros. …Bendita tu eres entre todas la mujeres y bendito sea el fruto de... Nelisbeth comenzó a arrastrase fuera de la mesa. Herminia extendió la mano y la retuvo por el brazo. Pero, mamá, ya todo terminó... Ya va, hija, ya va... Ruega por nosotros los pecadores así como... Ay, mamá, deja la pendejada... El barrio volvía a la tranquilidad, compuesta de televisores y radios con el volumen demasiado alto, lejanas carcajadas o gritos, el rumor interminable que subía de la autopista y de la ciudad, ladridos intermitentes, alguna sirena. Lentamente salieron y se levantaron. Las niñas Nelisbeth y Yolisbeth, ya unas señoritas, se dijo, volvieron a sus camas, al lado de la mesa y cocina, mientras que Damiancito, aferrado a su pecho, todavía hacía pucheros. Sin dejar de apretar al pequeño entre sus brazos, lo acostó en la cama, haciendo con su cuerpo una barrera entre la pared y el niño, respirando su olor dulzón tan parecido, tan igual a cómo olía de pequeñito su hijo mayor, hace tantos años, ahogando el recuerdo de la pena que le subía a la garganta y la atragantaba.

Antes del amanecer estaba en pie, como una autómata. No salía agua del grifo, tuvo que sacar el gran bidón de reserva, se bañó con una ponchera, tiritando de frío, en bata preparó el desayuno y las loncheras, mientras alistaba los uniformes escolares. Despertó a las niñas y al pequeño Damián, los oyó pelearse mientras se vestía para el trabajo y tomaba su café negro. Contando las monedas, le dio a Nelisbeth y Yolisbeth para el transporte y las despidió desde la puerta, con una mecánica bendición. Sólo le faltaba peinar a Damián y salir apurada. Miró su reloj. Estaba sobre el tiempo. Se revisó en el espejo. Lista. Se sorprendió al ver a Damián a su lado, con una expresión extraña en cara.

—Mami, hay un señor dormido en el patio.

—Hijo, no inventes.

Lo dijo por decir, por negar algo que sabía que podía ser verdad. Damián nunca inventaría algo así... Tampoco era la primera vez que un borrachito saltaba la tapia y pasaba la noche durmiendo en el pequeño patio del fondo. Se acercó a ver. El niño iba delante, señalando con el dedo. Pudo entrever el bulto azul y la cabeza de pelo negro, echado entre sus geranios y la jaula oxidada. Tomó una escoba, le dijo a Damián que se quedara adentro y abrió la llave de la puerta. En cuanto se asomó y vio mejor el cuerpo, supo que no estaba dormido. Posición fetal, cara hacia el muro, la camisa subida sobre la cabeza, una rodilla curiosamente alzada. Nadie dormiría en esa posición. Avanzó dos pasos, la escoba en alto, como si fuera a golpear. Al mismo tiempo que vio la enorme mancha oscura que escurría hacia la canaleta, sintió el desagradable olor agrio de la sangre seca y el más penetrante de excrementos.  Se persignó por reflejo, tratando de apartar a Damián, para que no viera más. Sintió que las piernas le temblaban, llevó al pequeño adentro y lo sentó frente al televisor...  Tragó unos sorbos de agua fría, mientras pensaba, ¿qué hago, Dios mío, qué hago? Salió de nuevo. Se acercó lentamente, reteniendo la respiración, moviendo los pies con cuidado, como si algún ruido pudiera perturbar a alguien. Rodeó el cuerpo. El sol ya comenzaba a iluminar con fuerza en luces, reflejos y sombras. La cara casi no se le veía, salvo los ojos abiertos, grandes, mirando el vacío; el mentón replegado contra el torso, las dos manos, con los puños cerrados se confundían con la sangre oscura que le tapaba el pecho y marcaba un ancho surco por la pendiente del patio. Los largos bermudas dejaban ver la piel morena; zapatos de goma de marca. Huellas de manos y dedos ensangrentados arañaban el piso de cemento. Las moscas ya revoloteaban. Un muchacho. El olor era fuerte. Retrocedió. ¿Qué hago?  ¿Qué debo hacer?   Se le partía el alma viendo el cuerpo, tirado ahí, en el piso... No podía dejarlo así... Cuando entró ya había tomado una decisión. Buscó el teléfono y marcó el número del celular de Edmilton. Gracias a Dios, lo consiguió enseguida. Compadre, es Herminia, tengo un problema y necesito tu ayuda... Esta mañana apareció un muerto en mi patio... Edmilton le prometió venir en cuanto pudiera. Tomó un ejemplar de periódico, con la idea de taparle la cara al hombre, pero cuando sintió el papel viejo entre sus dedos le pareció miserable y sucio. Buscó una funda de almohada limpia, blanca y aunque sabía que la perdería, salió con ella y con mucho cuidado espantó las moscas y la depositó con suavidad y miedo sobre la cabeza inmóvil. Luego llamó a su trabajo, para avisar que se le había presentado un inconveniente.

Primero llegaron dos motorizados de la Policía Metropolitana. Uno se comía una empanada amarilla que sacó de una bolsita de papel con manchas de grasa, mientras el otro tocaba la puerta. La señora Herminia, pendiente, les abrió enseguida.  Eran jóvenes, morenos, con lentes oscuros, uniformes, chaleco antibalas y correaje desgastados.

—¿Aquí es el muerto?

—Si, allá al fondo...

El uniformado de la empanada entró, miró a su alrededor y se sentó al lado de Damián, a terminar su empanada, mirando los dibujos animados de la televisión. El otro, que parecía de más jerarquía, caminó hacia el fondo. Herminia lo seguía. El funcionario miró el patio, las viejas jaulas vacías de los pájaros, los geranios marchitos, las cajas y gaveras apiladas, la bombona de gas, los restos oxidados de la bicicleta de Nelisbeth y el cuerpo en el piso. Se acercó un paso e inclinó como con recelo. Señaló la funda sobre la cabeza.

—¿Y eso?

—Se lo puse yo. Usted, sabe, por las moscas.

—Alteró la escena del crimen.

El policía hizo una pausa, se irguió y agregó:

—Qué cagada...

La señora Herminia no supo si se refería a la supuesta alteración de la escena, al mal olor que emanaba del cuerpo o simplemente lo que la atención del muerto implicaba para la rutina del funcionario policial. Volvieron al interior. El otro policía, ya terminado el desayuno, le había cambiado el canal al niño y con el mayor desparpajo, preguntó:

—Doñita, ¿no tendrá un vasito de leche que le sobre?

Mientras tanto, su compañero se llevó el radio portátil a la boca:

—Central, positivo el tres cinco. Notifiquen a la judicial y al forense.

Luego, haciendo un vago gesto hacia el patio y el cuerpo, preguntó:

—¿Lo conoce? ¿Es familia suya?

La señora Herminia negó con la cabeza, en silencio.

           

            A final de mañana un concierto de sirenas, rugido de motores y gritos anunciaron el arribo de los investigadores de la policía judicial y los forenses. Entraron sin saludar, sin pedir permiso para invadir la pequeña casa, con malas caras y gestos bruscos, como aburridos de su macabro trabajo o deshumanizados por lidiar con tanta muerte y miseria cotidiana. Hablaban del juego de pelota mientras, de forma rudimentaria y mecánica, tomaban unas fotos y hacían unos croquis del cadáver. Levantaron al cuerpo como un fardo, dos hombres agarrando los pies y uno los dos brazos, pisaron la sangre, lo arrastraron hasta la puerta, la cabeza le colgaba, dando tumbos, golpeando el piso, tropezaron con la puerta, lograron sacarlo y lo tiraron en la parte posterior de una camioneta pickup, como si fuera un saco de verduras. El recorrido quedó marcado por las gotas de sangre que caían del cuerpo y las marcas de los zapatos de los funcionarios. Herminia, con los ojos desmesuradamente abiertos sobre la nada, ocultando la cara del pequeño Damián contra su regazo, sintiendo un vacío que le helaba el alma, contemplaba, temblaba, escuchaba. Le dieron tres plomazos. Un malandro menos... Cayó y se desangró ahí... El muy cabrón tardó en morir... Ni siquiera parece mayor de edad. Mejor así, menos trabajo para nosotros, a estos coños hay que quebrarlos jovencitos, después se ponen demasiado mañosos... Murió como un perro sarnoso…

Un hombre de chaqueta de lona negra, lentes oscuros, la pistola terciada en la cintura, cigarrillo en la comisura de los labios, ya cuando se iban, la increpó:

—¿Usted fue la que encontró al occiso?

Herminia asintió con la cabeza.

—¿Escuchó algo?

—Si... Hubo tiros, gritos y carreras en la vereda... anoche.

—¿A qué hora?

—Serían como las once...

—¿Y no se molestó en ir a revisar el patio?

Negó con la cabeza, respirando con dificultad.

No, a veces saltan el muro y pasan, se van. Pensé que se había ido...

—Pues el carajo se murió desangrado, ahí... Si lo hubiera conseguido anoche, quizás se salva.

Dos gruesas lágrimas brotaron de los ojos de Herminia. No hizo nada para evitar que se deslizaran por sus mejillas. Esa olvidada y apartada sensación de vergüenza, de sentirse culpable, intimidada, empequeñecida frente al irrespeto y prepotencia de los policías. El hombre sacudió el cigarrillo para hacer caer la ceniza.

—¿Qué le pasa? ¿Conocía al muerto?

Estuvo tentada en decirle que sí, que sabía que a ese muchacho le apodaban “El Robert”, cobraba peaje y traficaba para una de las bandas del barrio. Pero prefirió negar con la cabeza, en silencio.  El funcionario terminó de llenar un formulario y se lo pasó.

—Es una citación... Mañana a las nueve... Tendrán que tomarle la declaración.

—Pero... Yo trabajo, no puedo faltar de nuevo.

El policía alzó los hombros, le dio la espalda. Antes de salir lanzó la colilla del cigarrillo a una esquina del salón. Los vecinos, aglomerados en la puerta, hablaban en voz baja. Herminia le pidió a una amiga que cuidara al pequeño Damián; respondió con monosílabos a las preguntas y regresó a su casa. Cerró la puerta. No pudo contenerse más, cayó de rodillas, doblada en dos, sus manos aferradas en la cabeza, jadeando, dejando salir la ola de desesperación que la sacudía. ¡Bobby, mi Bobby! Diez años de dolor reprimido, de esforzarse en no pensar, no recordar, no ver, no querer saber, no sentir, no más dolor ni humillaciones y todo regresaba, así, de golpe. Permaneció jadeando en el piso por largo tiempo, hasta que su llanto se convirtió en algo tenue, vaporoso, salido de las entrañas. Se levantó con dificultad. Miró como extrañada las cuatro paredes, el piso salpicado de sangre, los muebles baratos, el viejo televisor, la nevera casi vacía, la puerta entreabierta dejaba salir un rayo de luz amarilla. Madre, te voy a construir la mejor casa del barrio, para que todos se mueran de la envidia, ya verás... Suspiró hondo. Pensó en llamar al compadre Edmilton, aún sin venir, para contarle las novedades. Miró a su alrededor en busca de su teléfono celular. Juraba haberlo dejado sobre el aparato de televisión. Pero ya no estaba. Se dijo que en la confusión algún funcionario se lo habría llevado. Alzó los hombros. Buscó un tobo de plástico. Comprobar que había agua en la grifería tampoco le importó. Buscó un cepillo, una pastilla de jabón azul, esponja, trapos, cloro. Comenzó por el reguero de manchas desde el patio hasta la puerta. Se arrodilló y lentamente limpió, con cuidado, meticulosamente. Doña Herminia, ese muchacho suyo se está juntando con gente mala. Las manchas salían con facilidad, convertidas en un líquido rosáceo, absorbidas por el trapo y la esponja, eliminadas con el cloro. La zona limpia quedaba demarcada del resto del piso de cemento, húmeda y oscura. Fue avanzando hacia la puerta, poco a poco, mancha a mancha. ¿Hijo, en qué andas metido? Nada, mamá, no hagas caso a las pendejadas que dicen por ahí. Terminó con el piso. Le pasó también la esponja jabonosa a la puerta, la abrió. Ya los curiosos y vecinos se habían dispersado. El cielo resplandecía de azul y de sol. La calle sin aceras, la escalinata, los montones de basura y la colina de ranchos que veía al frente seguían ahí, como si nada hubiera pasado o cambiado, el ruido, los gritos, motores, cornetas y risas eran las mismas de ayer o anteayer. Amiga, compre una medallita de San Cipriano, yo se la preparo y se la pone a su hijo, que no se la quite nunca, eso le conjura los peligros. Regresó adentro. En el patio trabajó con grandes baldes de agua. La mancha de sangre, el camino negro hacia la canal era ancho, horrible, coagulado, casi seco. Las moscas seguían ahí. Descalza, armada con una escoba enjabonada y mucha agua, continuó la limpieza. Logró deshacer las manchas, empujando el agua roja y jabonosa hacia el orificio en la pared que servía de desagüe. Fueron meses de carreras, entradas o salidas intempestivas, billetes arrugados dejados sobre la mesa, su Bobby ya no almorzaba ni cenaba en casa, comenzó a dejar de quedarse a dormir, se perdía, dos, tres días, una semana. Lo más grueso y seco de la mancha ya no existía. Quedaban salpicones, remansos y recodos por limpiar. Herminia se secó la frente. No le importaba el calor, ni el sudor que le bajaba por el rostro, ni el cansancio y el dolor en la espalda. Prosiguió la limpieza, en cuclillas, con el grueso cepillo, jabón azul y el frasco de cloro. Ese contacto con la sangre producía una especie de intimidad, una extraña y próxima relación con ese muchacho que vino anoche a morirse en su patio. También una noche su Bobby llegó de madrugada, nervioso, la mirada perdida, las manos temblorosas. Le recalentó la cena. El muchacho se desboronó, estalló en llanto y sollozos. Madre, tengo mucho miedo. Le acarició la cabeza, sobre su regazo, hasta que se tranquilizó. No pudo dejar de ver la culata de la pistola negra que sobresalía del pantalón. Hijo, se me pone esta medallita de San Cipriano y no se la quite nunca. Fue la última vez que lo vio. Siguieron días sin saber de él y la preocupación por su ausencia que se prolongaba, por su silencio, por semanas, meses; salpicada de ocasionales rumores, respuestas a las preguntas a los muchachos de la zona: está enconchao, ya aparecerá... Doñita, no se angustie, que tuvo que salir del país... Está en Porlamar, viviendo con una noviecita. A los seis meses, acompañada por el compadre Edmilton, recorrió morgues, hospitales, comisarías policiales, no consiguió nada y terminó, por no dejar, poniendo la denuncia de la desaparición de su hijo Bobby en la Policía Judicial. Terminó con las últimas manchas y salpicaduras en el patio, revisó con atención, por algún rincón o gota faltante. Recogió las cosas y las llevó a la batea. Con lo que quedaba del jabón azul y cloro limpió la esponja, trapos y cepillos utilizados. A los dos años recibió la visita de un joven, la cara atravesada de piercings y tatuajes. ¿Usted es la mamá del Bobby?  Yo vi cuando lo detuvieron, una patrulla, allá en Valencia. Se lo llevaron. Dicen que no llegó al puesto policial. La señora Herminia se trasladó varias veces en autobús a Valencia. En el cuartel de la policía estatal, luego de horas de hacerla esperar, no le supieron informar de ningún procedimiento en el que se mencionara a su Bobby, además, eso era algo viejo ya, archivado; no había tiempo ni voluntad para revisar partes policiales. Por consejo de un funcionario, fue a los periódicos locales y pidió ver todas las ediciones de esa fecha, día a día, página por página. Tampoco consiguió nada. Llevó el caso de su Bobby a la Fiscalía General, a la Defensoría del Pueblo, a tres organizaciones de defensa de Derechos Humanos. El tiempo pasaba, la ausencia y el no saber se juntaban y convertían en un nudo permanente en el estómago, una tristeza amarrada, en lágrimas reprimidas mientras atendía a Nelisbeth y Yolisbeth, que ya ni siquiera preguntaban por su hermano mayor, en cambiarle los pañales y darle el tetero a Damián, que apenas lo conoció. En la noche, agotada, todavía tenía fuerzas para prender una vela, arrodillarse e implorar a los santos, San Judas Tadeo, San Marcos de León, San Cipriano y a las ánimas benditas del purgatorio por una noticia o señal sobre el paradero de su primogénito. La señora Herminia regresó adentro, ordenó los muebles, abrió las ventanas y encendió el ventilador de la pared, para dispersar cualquier vestigio de olor que quedara y se dejó caer en el único sillón, el que todos se disputaban para ver televisión. A los tres años, terminaba una de sus inútiles visitas a la Delegación de la Policía judicial de Valencia y salía sin respuestas, un funcionario joven la abordó y le habló en voz baja. Doñita, la he visto varias veces por acá, averiguando sobre ese tal Bobby. Le voy a decir algo para que no pierda más su tiempo. La policía del estado lo mató, ¿me entiende? lo ajusticiaron y desaparecieron, eso es lo que se dijo en aquel entonces. ¿Y en dónde lo enterraron?  El joven alzó los hombros. Yo qué sé, desaparecido... Lo meterían en una fosa común o lo dejaron por ahí. No pierda más su tiempo, señora. A pesar de esa información, la señora Herminia continuó sus visitas, pero cada vez más espaciadas, a la Defensoría, la Fiscalía, las ONG. Lo que mantuvo sin faltar una sola noche, fue encender la vela y el ruego a los santos, por una información, una señal, que le ayudara a olvidar esa ausencia, ese vacío que se le atragantaba como un peso en el alma y la sobresaltaba de noche con pesadillas en la que veía a su Bobby aferrándose a sus ropa, repitiendo, gritando, tengo miedo, madre, tengo mucho miedo. Fue a recoger al pequeño Damián, puso una pasta en agua, aceite y una pizca de sal; Nelisbeth y Yolisbeth se sorprenderían al encontrarla en casa al regresar del colegio, les serviría almuerzo, trataría de no darles demasiada información sobre lo ocurrido. El asunto era bastante desagradable, morboso, y ya se enterarían por los chismes del barrio, por lo que les contara Damián. No sabía por qué, pero se decía que éste asunto era algo de ella, sólo de ella, que por alguna razón ese muchacho vino a morirse a su patio.

 

            La mañana siguiente, luego de una noche agitada, entrecortada de sueños pesados, de despertar dos veces bañada en sudor, volvió a su rutina. Pero, antes de acudir a su trabajo en el automercado, se presentó en la comisaría de la policía judicial, de acuerdo a la citación. Esperó pacientemente su turno. Finalmente un funcionario, de manera mecánica, sin mirarla ni prestarle ninguna atención, notoriamente fastidiado al hacer una y otra vez las mismas preguntas, un día tras otro, le tomó la declaración, la hizo firmar y estampar sus huellas digitales en el papel. Pero, en lugar de levantarse y precipitarse fuera de la inhóspita oficina, la señora Herminia se quedó sentada hasta que el funcionario levantó la vista.

—¿Señor, disculpe?

—Ya se puede ir...

—Señor, ¿qué se sabe del cuerpo?

—¿Cuál cuerpo?

Herminia señaló con el dedo el documento con su declaración.

—Ese, el que encontré en mi patio.

—Ajá, ciudadana, ¿qué pasa con el cuerpo?

—¿A dónde lo llevaron? ¿En dónde está?

El funcionario encogió los hombros e hizo un gesto con las manos, como expresando que tenía mucho trabajo por delante como para responder preguntas y curiosidades.

—No sé, ciudadana. De seguro estará en la morgue para la autopsia forense.

En la tarde, al terminar su turno en el automercado, llamó a la vecina para pedirle que se encargara un rato más de Damián, averiguó las rutas de autobuses y se encaminó a la morgue. Era un sótano oscuro, con olor terrible a desinfectante, familiares de muertos, gritos, llantos, risas y bromas de funcionarios entrando o saliendo. Preguntando llegó a la oficina administrativa. A esa hora sólo quedaban los camilleros y personal de guardia. Un muchacho joven, con la bata verde manchada de sangre vieja, con desgano la atendió. Le explicó que sí, efectivamente, el cuerpo del ciudadano Roberto Winston Yépez Aguilar, conocido como “El Robert” aún estaba ahí, en espera que la familia lo reclamara. Hizo un vago gesto hacia un salón vecino. Una puerta batiente dejaba ver intermitentemente hileras de cuerpos sobre viejas y oxidadas camillas. ¿Usted es de la familia, verdad? La señora Herminia no respondió. Le preguntó qué pasaba si nadie reclamaba el cuerpo. Se esperan unos días y se entierra en una de esas fosas comunes. Aquí estamos desbordados y no podemos tener los cuerpos mucho tiempo. ¿Usted es de la familia o no lo es?  Yo... Yo sólo conocía al muchacho. Bueno, doña, dígale a la familia que se apure. El joven terminó anotándole su número de teléfono celular para mantenerla informada.

 Llegó a su casa ya anocheciendo, con la imagen de “El Robert” pálido, muerto, engavetado en un frío estante, abandonado por todos, esperando a que lo enterraran de mala manera en algún olvidado rincón del cementerio, junto con otros cuerpos que nadie reclamaba. ¿Con su Bobby habría sido igual? Al paso de los días y de comprobar que ningún familiar aparecía para reclamar el cuerpo, fue entrando en una especie de obsesión. No dejarlo abandonado, no permitir que con “El Robert” pasara lo mismo que se imaginaba ocurrió con su Bobby. Se lo debía a su hijo, se lo debía a ese pobre muchacho que vino a morirse en su patio, se lo debía a sí misma. Demasiados años tragando humillaciones, por ser madre de antisocial, culpable de traer al mundo un delincuente, culpable de no haberlo educado y formado cómo Dios manda, culpable por no estar ahí ni siquiera para enterrarlo decentemente. Llamó a una funeraria y le dieron un presupuesto. Llamó a su compadre Edmilton. Le rogó y suplicó por un préstamo. Llamó al contacto en la morgue. Todavía nada de familiares. Verificó el saldo de su cuenta de ahorro, guardado mes a mes para hacerle una fiestecita a Nelisbeth y Yolisbeth por su próxima graduación de bachilleres. La mañana siguiente volvió a llamar a la funeraria. Ellos se harían cargo de todo: retirar el cuerpo en la morgue, vestirlo, prepararlo, urna, velorio y entierro. Pero hacía falta el puesto en el cementerio. La señora Herminia les dio los datos de una parcelita, un puesto en un rincón alejado, en dónde estaba enterrada su madre y que ella guardaba para sí misma, para cuando llegara ese momento. Logró reunir el dinero. El ajetreo y las cosas por resolver opacaron la pena que llevaba. Sólo fue cuando se consiguió frente a la urna, en una pequeña sala de la céntrica funeraria, que se preguntó si todo esto tenía algún sentido. Estaba ella sola. Nadie ocupaba la hilera de sillas dispuestas, adosadas a las paredes. Una cruz, dos candelabros, sillas, la urna de madera pulida en el centro. El dinero no alcanzó para flores. Antes que cerraran la cubierta del ataúd, pudo entrever, por primera vez, la cara de “El Robert”, maquillado y arreglado. Un muchacho moreno, pelo negro, rostro común, apacible, similar a muchos con los que uno se cruzaba a diario en la calle o en las escalinatas del barrio. Pero no se parecía a su Bobby. ¿Cómo sería el rostro de Bobby muerto?  De seguro nadie lo arregló ni preparó. Todavía no terminaba de entender por qué se había metido en esto, porqué había gastado sus ahorros y pedido prestado para enterrar dignamente a éste desconocido. Sintió que alguien entraba. Uno de los encargados de la funeraria se colocó discretamente a su lado. Pensó que sería para alguna factura adicional, para informar de algún costo no previsto. Ya no le quedaba nada de dinero. Suspiró. El empleado tosió suavemente, como para atraer su atención.

—Señora... Disculpe, quería entregarle algo.

La señora Herminia, pensando encontrarse con facturas, volteó a verlo, resignada.

—Verá... Cuando preparamos el cuerpo del difunto, encontramos algo. Tenía el puño cerrado y se ve que los forenses ni siquiera se tomaron la molestia de revisarlo. Encontré esto y se lo quiero entregar.

El hombre le extendió la mano y le pasó un medallón circular, gris oscuro, manchado. Ella lo tomó con cuidado. Ya antes de recibirlo su corazón galopaba alocadamente. Tenía la misma forma y el mismo tamaño. Lo alzó para verlo mejor. Pudo distinguir la figura grabada, la melena rizada. Frotó la medalla con su dedo índice y pulgar para sacarle el sucio y hacerla brillar. Entonces no tuvo dudas. Era exactamente igual a la medalla de San Cipriano que años, siglos atrás, le colocó en el cuello a su Bobby... 


Marcos Tarre Briceño*

Marcos Tarre Briceño, venezolano, nacido en Nueva York. En 1983 publicó su primera novela, Colt Comando 5.56, que se convirtió en un bestseller y fue llevada al cine. Es columnista de prensa, novelista, guionista y editor. Reconocido analista del problema de la seguridad ciudadana, tanto en Venezuela como en América Latina, nutre sus obras de ficción de realismo, suspenso y actualidad. Su novela Operativo Victoria estuvo entre los finalistas del premio Rómulo Gallegos en 1989 y Bala Morena entre el grupo de obras seleccionadas por el jurado del premio Planeta en 1999. Ganó el concurso de cuentos Lola Fuenmayor con Tarde de enero en 1987 y Carros de fuego fue el finalista del Concurso de Cuentos del diario El Nacional en 1998. Los pelados van primero obtuvo mención publicación de la semana Negra de Gijón en el 2005. Sus obras de ficción se han llevado al cine y a versiones audiolibro. También ha realizado guiones para cine y televisión. Además de una extensa obra de análisis y ensayo, en narrativa, con su personaje serial ha publicado:

  • Colt Commando 5.56, Editorial Sarbo en 1983. Dos ediciones. Fue llevada al cine por el director César Bolívar en 1987 y fue la segunda película más vista de ese año.

  • Sentinel 44, 1985. Editorial Sarbo. Se escribió el guion para cine en 1987.

  • Bar 30, Editorial Sarbo en 1993. Dos ediciones.

  • Atentado VIP, Libros Marcados 2008; versión en audiolibro en España por Audiomol, en el 2015.

  • Rojo Expréss, editorial Mondadori en el 2010.

  • Otras novelas y publicaciones de género negro o thrillers:

    • Operativo Victoria, Editorial Sarbo en 1988. Entre los 5 finalistas del premio Internacional Rómulo Gallegos en 1989.

    • Bala Morena, entre el grupo de obras seleccionadas por el jurado del premio Planeta en 1999. Editorial Alfadil en 2004; editorial del Serbal, Barcelona, España, 2016 y seleccionada como invitada a la Semana Negra de Gijón, julio 2016.

    • Soldadito de plomo, relato, 2012. Editorial Sigueleyendo, Colección Bichos, Barcelona, España.

    • Caribe Rojo Libro de relatos, kindle Amazon 2014.

    • Relatos de la Orilla Negra, coautor, con el relato “Bobby y El Robert”. Editorial del Serbal, Barcelona, 2016.

    • Colección de relatos Bichos de la Orilla, en Kindle, 2018.


El muñeco de nieve

 Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

Raquel Rivas Rojas*

Para Lyo, que inventó conmigo este cuento


Digamos que esta historia comienza con la nieve. En realidad no sé cómo empieza esta historia. Cuando la gente le dice a uno que empiece por el principio, es porque no se da cuenta de que justamente el principio es el lado más oscuro, más indescifrable de un relato. A veces lo más difícil es encontrar el hilo que da inicio a la trama. Había nevado. Por ahí se puede empezar. Había más de medio metro de agua helada sobre todas las cosas y el mundo parecía hecho de esa substancia blanca que aplaca los sonidos y los pensamientos, que calla los pájaros y sólo deja hablar la luz.

 En las mañanas, mirando por la ventana mientras me tomaba el segundo té después del desayuno, escuchaba en la radio noticias sobre la gente que se había quedado atrapada en las carreteras y las autopistas. Decían que no había nevado así desde hacía medio siglo. Nadie sabía muy bien qué hacer. Hasta un ministro renunció por no ser capaz de manejar la crisis. Sus partidarios se quejaron porque su retiro forzoso del cargo no se debía a que era incapaz, sino a que la naturaleza se había ensañado con esta parte del reino. Y así todas las mañanas. Un escándalo cada día, una furia que parecía fabricada para contrarrestar el silencio helado de la nieve que seguía creciendo, indiferente.

El pan y la leche se habían acabado en el abasto del pueblo. También la carne, el pescado, el pollo y todos los productos frescos. Entrar en aquel lugar desolado me hacía recordar la tierra remota en la que nací, donde el más mínimo rumor desataba una ola de compras nerviosas que en minutos dejaba las estanterías de los abastos arrasadas, vacías como la boca inútil de un viejo sin dientes. En esas dos semanas había ido varias veces a hacer compras y había recorrido los pasillos con mi bolsa de yute debajo del brazo, sin saber qué llevarme. Esa vez elegí unas cebollas mustias que quedaban al fondo de una cesta azul, un kilo de arroz basmati y tres latas de atún en aceite de oliva. También aproveché que acababa de llegar la leche y compré un litro y medio, junto con unas galletas que sabían como las galletas de soda de mi infancia.

Regresé a la casa con la sensación de que el fin del mundo estaba llegando pero no nos habíamos dado cuenta todavía. Mientras caminaba con cuidado para no resbalarme en las aceras abultadas de hielo se me ocurrió que el ruido que hacían mis botas sobre la nieve se parecía mucho al sonido de fondo de una película de catástrofes inevitables. Miré el cielo azulísimo y pensé que si no volvía a nevar estaríamos a salvo. ¿A salvo de qué? No sé. Ya lo dije. No sé muy bien dónde empieza esta historia. Pero creo que ese día de cielo azul y de compra precaria fue el día que vi a los niños haciendo en la plaza un inmenso muñeco de nieve.

 

Tenía que bordear la plaza para llegar a mi puerta. Me paré un momento a decidir cuál camino estaba más despejado. Y fue en ese instante que fijé en la memoria la imagen de los tres niños. Estaban vestidos con ropas oscuras. Uno de ellos tenía un gorro rojo con un gran pompón arriba que sobresalía como un chiste malo. Recuerdo que pensé que no tenían guantes y que se les congelarían los dedos antes de que terminaran de hacer el muñeco de nieve. Elegí el camino de la derecha, que un vecino fortachón y retirado limpiaba todas las mañanas con un entusiasmo sospechoso. Antes de llegar a mi casa le di una última mirada al grupo que reía y gritaba festejando pasadas o futuras ocurrencias.

Sabía bien que al menos uno de ellos podía estar entre los que a finales del verano se dedicaban a esperar que llegara la media noche para robarse los pipotes de basura de las casas que daban al parque. Entre risas nerviosas arrastraban los potes de plástico y les prendían fuego detrás de la cancha de fútbol. Yo los había visto más de una vez. Había visto las danzas salvajes que hacían alrededor de las fogatas y me había quejado con los vecinos. Pero todos sabían quienes eran y nadie quería denunciarlos. Eran sus hijos o sus nietos. O los hijos de alguien con quien habían ido a la escuela. Todos aquí se conocen.}

Por las huellas que habían dejado en la nieve, se veía que habían hecho una primera bola, más bien pequeña, tal vez usando una pelota o algún otro objeto de relleno, y la habían ido empujando alrededor de la plaza. A cada vuelta la bola crecía más y más, dejando un rastro que parecía el de un gusano gigante que hubiera perdido el rumbo. El resultado era un dibujo laberíntico que terminaba en aquel monstruo de hielo. Antes de abrir la puerta noté que la bola de nieve, que estaba ya en el centro de la plaza, era del tamaño del más pequeño de los tres niños. Pensé en las maravillas que se pueden hacer con ese material, al mismo tiempo duro y amable, que se deja moldear y que puede esconder tantas cosas.

Supongo que sería al día siguiente, al mirar por la ventana de la sala con mi segunda taza de té en las manos, que vi el muñeco terminado. Le habían añadido una cabeza y le habían hecho una cara. Tenía puesto el gorro rojo que usaba uno de los niños y una bufanda desflecada que seguramente se había congelado ya. Debajo del gorro, después de una nariz hecha con lo que parecía un trozo de palo seco, le habían construido la boca con un objeto que no podía identificar desde lejos, pero que le daba al conjunto un aire más bien siniestro. El muñeco de nieve parecía reírse ahí afuera de todos y de todo.

La vez siguiente que salí al abasto, sin demasiadas esperanzas de conseguir mucho que comer, crucé en diagonal la plaza. Había nevado otra vez durante la noche y la nieve estaba esponjosa y suave. Mientras caminaba iba hundiéndome poco a poco hasta que la nieve me llegó más arriba de los tobillos. Me acerqué al muñeco blanco que seguía entero dominando el lugar y fue cuando lo vi. Debía haber sospechado algo en ese momento, pero después de sentir una especie de escalofrío que me paró los pelos de la nuca, pensé que todos los vecinos habían visto aquello y que si a nadie le había parecido extraño, tal vez no lo era. La boca del muñeco de nieve era un zapato de bebé incrustado de perfil.

Ese día regresé con la bolsa del abasto algo más pesada. No tanto de comida sino más bien de papel sanitario, jabón de lavar, destapador de cañerías. Cosas que tal vez no necesitaba de inmediato, pero que sentía la necesidad de acumular, como si me preparara para tiempos más difíciles. Los estantes estaban llenos a medias, pero yo ya me había resignado a comer arroz con atún hasta que el mundo volviera a la normalidad. Al salir del abasto me paré a mirar la cartelera en la que la gente del pueblo deja anuncios. Trabajos ocasionales, venta de cosas que ya nadie quiere, perros perdidos. Me había llamado la atención una carita triste. Un niño que apenas caminaba se había perdido esa semana y sus padres estaban desesperados buscándolo. El camino de regreso lo hice bajo una aguanieve gris que amenazaba con convertir la visión impoluta de la plaza en un charco más bien inmundo. Me apuré a entrar en la casa sin mirar hacia atrás.

Pasaron días, supongo. No sé en realidad si pasaron días, pero para todos los efectos mi memoria ha instalado aquí una pausa, un tiempo que no recuerdo en términos precisos. Sólo sé que hubo lluvia, algo de sol, más lluvia. Unas estalactitas transparentes y deformes, como largas zanahorias de hielo que crecieran en el aire, se instalaron en mi ventana por más de una semana. Uno de los días soleados pasé un largo rato tomándole fotos a esos extraños objetos que habían invadido mi campo visual. Ese día, por no dejar, le tomé también una foto a lo que quedaba del muñeco de nieve.

Parte de la cabeza se había disuelto ya y el zapato de niño que una vez le había servido de boca se había caído al piso y parecía esperar el regreso de su dueño. Tal vez fue al día siguiente que me di cuenta del zapato, cuando miraba las fotos de las estalactitas en la pantalla de mi laptop. La verdad es que no le di importancia. Pero el resto de una idea se me quedó pendiente en algún lado, como la letra de una canción que no terminaba de recordar, como la pieza que no encaja y se queda danzando hasta en los sueños. Por eso, cuando volví al abasto a comprar atún y leche me metí en el bolsillo la cámara, casi sin pensarlo.

Me paré frente al muñeco de nieve y le tomé cuatro fotos, una por cada lado. No sé por qué lo hice. Fue un impulso. Es lo que le dije al par de policías que vinieron a tocar a mi puerta unos días después. Imprimí las fotos y se las entregué en un sobre transparente al día siguiente que descubrieron el cuerpo. A simple vista no había nada en las fotos que indicara que ahí adentro había un niño. Pero si se miraba bien, ampliando un par de puntos oscuros, en una de ellas se veían claramente tres dedos y en la otra una mata de pelo oscuro y revuelto. Es posible que me llamen a declarar, o al menos eso me informó uno de los policías con amabilidad profesional.

Tampoco sé cómo termina esta historia. El final de una historia debería revelar una verdad, apuntar hacia una certeza. Pero en este caso no es posible. No puedo ofrecer más que un cierre indeciso a esta historia que no sé cómo empezó. Tal vez todo comenzó como un juego de niños que querían aprovechar que había nevado como nunca en los últimos cincuenta años. Unos niños en busca de un lugar donde esconder una presa cobrada por pura diversión. La diversión de aprovecharse del más débil. Parte de lo que pasó lo vimos todos. Sucedió frente a nuestras casas y a plena luz del día. Tal vez por eso esta historia sólo puede tener un final abierto. Un futuro lleno de sospechas, miradas de soslayo, puertas cerradas con doble llave, pesadillas al filo de la madrugada.

Los funcionarios del equipo forense siguen en la plaza buscando evidencias. Cruzan de un lado a otro con sus trajes blancos que les cubren el cuerpo entero de la cabeza a los pies. Llevan y traen bolsas, cajas y contenedores varios. La plaza está rodeada de una cinta amarilla y roja que prohíbe el paso y tres policías de uniforme negro y chalecos fosforescentes vigilan que la prohibición se cumpla al pie de la letra. Los vecinos se asoman de vez en cuando a las ventanas. La señora que atiende el café de enfrente sale cada dos o tres horas con un termo y ofrece la bebida humeante en vasos de plástico. Los vasos se acumulan en el basurero de la esquina.

En el noticiero de la televisora local ya se comenta el hallazgo. Es muy pronto para saber qué pasó. El cuerpo no ha sido identificado todavía pero todos sospechan que se trata del niño que se perdió hace dos semanas. Algunos vecinos aparecen en la pantalla comentando el suceso asustados o sorprendidos o indiferentes. Al final de la noticia aparece la foto fija de tres pequeños dedos congelados. Reconozco la imagen y me asalta la certeza de que ya nada será como antes. Ahora miro la plaza como si fuera un cementerio con una sola tumba. Esta mañana alguien dejó en el piso, sobre la nieve y casi frente a mi ventana, un pequeño ramo de flores rojas y amarillas.


Raquel Rivas Rojas*

Raquel Rivas Rojas. Licenciada en Comunicación Social (UCV, 1985), Magíster en Literatura Latinoamericana (USB, 1992), PhD en Estudios Culturales Latinoamericanos (King´s College London, 2001). Ha publicado los libros de ensayo Sujetos, actos y textos de una identidad (Caracas: CELARG, 1998) Bulla y buchiplumeo. Masificación cultural y recepción letrada en la Venezuela Gomecista (Caracas: La Nave Va, 2002) y Narrar en dictadura (Caracas: Premio Ramos Sucre, 2011), así como el volumen de cuentos El patio del vecino (Caracas: Equinoccio, 2013) y la novela policial Muerte en el Guaire (Caracas: Ediciones B, 2016).




O´ Gran Sol

 Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

Juan Carlos Méndez Guédez*

Descubrió que la muchacha rubia de la mesa de enfrente era terriblemente hermosa. Sonrió.

Tuvo la impresión de que sus amigos aparecerían por la puerta llamando a Manolo para que les sirviese dos cervezas y que luego hablarían durante horas sobre esos cabellos dorados.

Creyó que iba a sentirse melancólico pero lo distrajo el color de la luz. No recordaba que tuviese esa textura quince años atrás. Una luz nítida que se afincaba en la piel y creaba un efecto metálico, como si un resplandor diurno se entremezclara en medio del humo, de los olores que la noche iba colando sobre las mesas.

Brindó. Brindó dos veces. La primera porque le gustaba el rostro de la rubia y la segunda porque le agradaba la contundencia de esa luz, el modo en que parecía untarse sobre la espalda de las muchachas, en los entre senos, en las manos de las mujeres que hablaban y reían a esa hora de la madrugada.

Le trajeron una nueva cerveza y una ración de pan con ajo. Bebió varios sorbos y apenas probó el pan. “Habrán cambiado al cocinero”, se lamentó. Supo que en los años de la universidad Manolo le habría advertido que no lo pidiera. “Hoy no, chaval. Mejor cómete unos calamares, están del carajo”.

Giró la mirada. El bar permanecía idéntico en todos sus detalles: un lugar de estudiantes pobres; mesas de pino; afiches amarillentos. Por eso no le resultó difícil escoger la misma mesa. Rincón de la izquierda, muy cerca del portón, junto a esa fotografía en la que un mar verdoso golpeaba sobre varias rocas.

“Los mismos manteles”, murmuró sorprendido al ver aquella sucesión de cuadros de colores sobre los que iban cayendo rastros de ceniza; gotas de cerveza; rayas de bolígrafo. “¿Alguna de estas manchas será nuestra?”, se preguntó.

Se sentía a gusto dentro del O´Gran Sol. Le había sucedido desde siempre.

Cuando fijaban un encuentro él llegaba a la hora, pero sus dos amigos tardaban un buen rato en aparecer. Nunca pedían disculpas; se excusaban mencionando algún profesor que se había extendido en insulsas explicaciones. Por eso se acostumbró a ciertos momentos de soledad dentro del bar: instantes de espera en los que paladeaba el amargor de su bebida o en los que miraba a la gente con discreción. De allí que ahora mismo, cuando detuvo su mirada sobre esa muchacha rubia que leía un libro en la mesa de enfrente experimentó otra vez la imposible visión de sus amigos pidiendo a gritos dos cervezas.

Pasaron algunos minutos. La mujer levantó el rostro en tres ocasiones y luego continuó leyendo. Él casi se sintió feliz al comprobar que Pedro y Emilio no podían aparecer en este instante. Detuvo su atención en el modo en que la luz se empozaba alrededor de la muchacha impregnándola de una textura líquida.

Ella alzó la barbilla, llamó al camarero, le dijo algo y volvió a hundir los ojos en el libro.

—Espero que hayas pedido calamares —dijo él elevando la voz—, el pan de ajo está muy malo.

La muchacha sonrió con tedio y se cubrió el rostro con el libro.

Él se desentendió de ella; bebió innumerables cervezas. Le agradaba esa sensación de lejanía que estallaba dentro de él con cada sorbo, como si el mundo se estuviese haciendo blando, esférico: materia acuosa en la que los pensamientos y los gestos podían deslizarse con una velocidad pausada. Después de un rato decidió cambiarse al fino porque el abdomen se le había inflamado y dentro las sienes le estalló un sonido punzante.

Llamó al mesonero y mientras le pedía una copa de La Ina, distinguió a la muchacha hablando con un hombre que le colocó algo en la mano y salió disparado hacia la calle. Dudó unos segundos, pero luego reconoció que aquel tipo era Cúcuta, el jíbaro que años atrás les vendía algo de marihuana a él y a sus amigos.

—¿No invitas? —le dijo a la muchacha y la vio enrojecer.

—¿Por qué no? —contestó ella y le alargó un montoncito de hierba envuelto en una servilleta. A él se le congeló la sonrisa, le hizo una seña indicándole que guardara aquello de inmediato, y por unos segundos pensó en marcharse, pero la mirada de la mujer lo paralizó en la silla.

Después de unos minutos ella se acercó a la mesa y se sentó.

—Por favor —le advirtió la mujer rubia—, no me digas que estás a punto de divorciarte, que soy la mujer más bella que has visto nunca, y que esta puede ser una noche especial...

—Bueno, mejor te invito una botella de fino y nos emborrachamos juntos...

—Para ti no va a ser tan difícil, ya estás muy mareado... cuéntame algo ¿eres andaluz? —interrogó ella.

—No —se rio él—. Caraqueño, pero mis amigos y yo veníamos mucho a este bar cuando estudiábamos en la universidad y si teníamos dinero o estábamos muy felices, o las dos cosas a la vez, pedíamos una botella de fino...

—¿Por qué?

—Al día siguiente amaneces como si no hubiese bebido ni una gota de alcohol.

 

La muchacha soltó una risa opaca. Una especie de quejido, de espasmo.

Comenzaron a beber. Ella le susurró su nombre: Aixa, y le explicó que vivía en Florida desde hacía tres años. Allí trabajaba vendiendo cosméticos y dando clases de baile a ancianos que intentaban apretarle las nalgas cuando ella les explicaba cómo dar un giro.

—¿Y tú?

Él se quedó silencioso. El fino se le había subido a la cabeza con una velocidad desconocida. Supuso que los quince años transcurridos desde que terminó la universidad serían el origen de su abrupta borrachera. Respiró hondo y trató de disimular el mareo.

—Yo no. Yo nada. Yo no vivo en Florida —murmuró, y las palabras la parecieron arena dentro de la boca.

—Eso lo sé... ¿te pregunto qué haces?

—Yo, yo no hago gran cosa. Yo no me he ido. Yo no me voy ni a Florida, ni a ninguna parte.

Aixa sonrió y acarició la mesa. Pareció replegarse en sí misma, miró el reloj. Él supo que ella deseaba de marcharse y se apresuró a hablar.

—Espera, lo que quiero decirte es que soy asesor de unas empresas en Maracaibo. Que ya no vivo en Caracas.

—Igual que yo —contestó Aixa y bebió otro sorbo de su copa.

—Aquí ya no vive nadie —dijo él con voz pastosa—. Todos se fueron. Mis amigos también. Emilio a Londres; Pedro a La Coruña. Hace cuatro años, creo. Nos despedimos aquí mismo. En este país ya no queda nadie.

—Quedamos tú y yo- murmuró Aixa.

—Tú tampoco. Tú estás en Florida...

—Bueno, pero ahora mismo...

—Ahora no importa. Tú estás en Florida.

—¿Y qué pasó con tus amigos?

—Nada especial. Pedro llegó una tarde y nos dijo que se iba a Galicia, que tenía un trabajo con unas vacas, y a las semanas Emilio había conseguido trabajo en una empresa de programas de computación en Londres. No me dijeron nada, ¿sabes? Bueno, solo en el último momento. Y la verdad es que no sé si hablaron entre ellos, si habían planificado irse... Nunca me comentaron nada, pero es demasiada casualidad...Yo le pregunté a la esposa de Pedro. Ella es una tipa estupenda y me dijo que esos asuntos se deciden de un día para otro, que no le diera más vueltas, que Emilio, Pedro y yo seríamos siempre como Los Panchos, pero que este país estaba jodido, que aquí el que no se escape se va a hundir...

Aixa se sirvió el resto de la botella de fino. En el bar solo permanecían ellos dos y un señor que hojeaba un periódico.

Él se quedó callado porque sintió un ardor en la garganta y con las uñas quiso marcar un círculo sobre la madera de la mesa.

—Te pusiste triste de repente —dijo Aixa, y su voz también había adquirido una textura pastosa.

—Perdona... —se disculpó él.

—No, no te preocupes. Me gusta. Bueno, más bien me gusta verte a ti...no estoy acostumbrada a ver un hombre que...

Aixa distinguió la manera en que él elevó la cara tomado por un gesto rabioso que se esfumó en pocos segundos.

—¿Y ustedes siguen en contacto? —interrogó ella para disipar la tensión.

—Sí...de vez en cuando hablamos. Una vez estuve averiguando para pedir una beca y estudiar en Roma, pero había un papel que necesitaba y yo no podía conseguir...creo...o es que necesitaba muchos papeles y yo no conseguía ninguno. No lo sé. Igual cualquier día de estos reúno plata y me voy a visitarlos.

—Yo creo que les gustará verte.

—Siempre que veníamos al O’ Gran Sol había mujeres hermosas en alguna mesa. Así como tú...Emilio conoció a su primera esposa en esta mesa. Y a la segunda, la que vive con él ahora, la conoció en la barra. Y antes de separarnos yo siempre venía aquí con mi primera mujer, que era la mejor amiga de la esposa de Pedro. Nos encantaba el pan con ajo, pero ellas odiaban el fino. El fino solo lo bebíamos Emilio, Pedro y yo.

—¿Y por qué no te has ido? ¿Por qué no te vas? —interrogó ella.

—Alguien tiene que quedarse cuidando esto —dijo él con una sonrisa y deslizó sus manos sobre la mesa y luego señaló hacia el resto del bar.

Bebieron en silencio sus copas. Cuando acabaron él quiso invitarla, pero ella insistió en pagar su parte. Al salir, el hombre preguntó por un antiguo camarero llamado Manolo, pero nadie supo responderle.

—Que sola se quedó esta vaina —dijo él cuando estuvieron cerca de la puerta.

—Demasiado —confirmó Aixa viendo la hilera de sillas vacías—. Dicen que pronto habrá una huelga general.

—La gente tiene miedo. Se van a dormir temprano... Nosotros también deberíamos tener miedo, pero el fino lo hace a uno inmortal.

Al salir a la calle, él sintió como Aixa se aferraba a su mano.

—Qué fría estás.

—Me acompañas hasta el hotel. No quiero ir sola. Se me hizo muy tarde.

—Bueno...igual debimos comprar otra botella de fino.

—Yo no puedo beber más.

—Tú no me has contado nada de ti.

—No hay nada. Ya te lo dije: Florida; viejos que me quieren agarrar las nalgas; venta de cosméticos.

Atravesaron una avenida solitaria acompañados por la luz inútil de semáforos que parpadeaban impregnando la calle de un brillo tembloroso. Al llegar a una esquina oyeron un ruido a sus espaldas y vieron cuatro niños apareciendo entre cajas y bolsas de basura. Uno de ellos tenía la cara huesuda y una cicatriz que le recorría el cuello. Apuraron el paso. Los niños lanzaron un frasco vacío que no llegó a estallar.

Aixa señaló hacia una calle indicando la dirección de su hotel, pero un nuevo ruido estalló a sus espaldas. Giraron la cara. Uno de los niños caminaba muy cerca y murmuraba palabras incomprensibles. Apretaron el paso. Al llegar a una esquina, los dos se escondieron en la penumbrosa entrada de un edificio y miraron pasar al muchachito: un cuerpo de alambre que olía como agua empozada.

Cuando estuvieron seguros de que ya habían burlado la persecución, salieron a la calle. Él sentía que el mareo se le iba disipando. Un sabor agrio hervía dentro de su boca. Aixa fue aligerando la presión que ejercía contra su mano y se liberó por completo al llegar frente a un hotel de paredes amarillentas.

—Bueno, adiós —dijo ella entre susurros.

Se miraron un rato. Él no supo qué decir. Hizo un gesto con la mano y miró hacia la calle buscando un taxi, pero Aixa saltó sobre él y le dio un beso en la boca. Luego ella caminó hacia la entrada del hotel.

Él comenzó a avanzar hacia la avenida. Una moto pasó veloz como un insecto saltándose la luz roja de los semáforos. “¿Qué hora será en Londres?”, pensó él, “¿Y en La Coruña?”. “¿Será la misma hora en Londres y en La Coruña?”. Intentó contar con los dedos para calcular la diferencia, pero después tuvo que admitir que había olvidado si eran cinco horas más, o cinco horas menos. Hurgó en su cartera para buscar el número de teléfono de sus amigos, pero fue inútil.

Volteó la mirada hacia el hotel y le pareció que Aixa seguía en la puerta. Se acercó unos metros. Era ella, sin duda. No supo si llamarla o acercarse. La mujer contemplaba las ventanas del hotel y detallaba una en especial, una que permanecía con la luz encendida.

Aixa se dio cuenta de que él todavía estaba allí y se aproximó con pasos rápidos.

—Oye, ¿no quieres fumar? —le preguntó con voz nerviosa.

—Mañana trabajo —respondió él—. Tengo dos reuniones en la mañana y una en la tarde.

—¿Y no quieres fumar monte conmigo? ¿No quieres ir a tu hotel, no quieres que fumemos allí?

Él sintió que se excitaba. Comenzó a morderle la oreja a Aixa, pero se sorprendió al ver que ella se estremecía y se echaba unos pasos hacia atrás.

—Vamos. Llévame- insistió la mujer.

Después de quince minutos lograron conseguir un taxi. Subieron a la habitación y allí fumaron tirados sobre la cama. Él sintió que se iba relajando y que la lámpara del techo comenzaba a alejarse, a oscilar imperceptiblemente. Tal vez se hubiese dormido, pero la mano helada de Aixa se aferró a su verga y comenzó a acariciarla. Él se dio la vuelta. En unos segundos se espabiló y se lanzó sobre la mujer: durazno, poliéster, fino, hierba. Sabor mentolado. Algo burbujeaba en su cuerpo.

Se desnudó.

Cuando comenzó a quitarle la ropa a Aixa, ella se levantó, le dio una bofetada y con pasos veloces se encerró en el baño.

 

Desde la calle se escuchó el sonido de una sirena.

Él duró unos minutos acostado en la cama.

Le ardía la mejilla. Un poco. Solo un poco.

No supo qué hacer. Trató de liar un cacho, pero no pudo. Nunca había aprendido a hacerlo. Emilio fue siempre el encargado de esas tareas. Esa era la dinámica. Él ponía el dinero; Pedro le compraba a Cúcuta y Emilio preparaba los canutos.

Hastiado, dejó la hierba en la mesa de noche y se puso en pie.

—Aixa, ¿te pasa algo? —murmuró junto a la puerta del baño.

—Nada, nada, espérame un momento —dijo ella.

Volvió a la cama. Aguardó unos instantes, pero el sueño lo fue venciendo. El reloj marcaba las tres y media. Cuando abrió los ojos para cambiarse de posición ya eran las cuatro y Aixa seguía encerrada. Asustado se levantó. Desde la calle penetraba un olor a frutas podridas.

—Aixa, ¿qué sucede? Aixa...

—Ya salgo, ya salgo, pero no quiero que hagamos nada, no quiero, prométeme que no haremos nada.

—Te lo prometo, pero sal de allí.

—No haremos nada, promételo.

—Te lo juro. Sal de una vez. Si quieres me acuesto en la alfombra, si quieres llamo para que te den otra habitación, pero sal.

Sintió alivio cuando escuchó el sonido del seguro. Aixa apareció con el pelo empapado y envuelta en una toalla magenta. Caminó descalza hasta la cama y se arropó con las cobijas. “Tiene los pies bonitos”, pensó él y se sentó sobre la alfombra. Ella lo miró con ojos inexpresivos y empezó a morderse una uña. Estuvieron mucho rato contemplándose, hasta que él cerró los ojos para dormir. No pudo hacerlo. Una punzada atravesó sus sienes y comenzó a gotear como un líquido ardiente sobre sus ojos. Abrió los párpados. El dolor comenzó a palpitar dentro de su cabeza. Cambió de posición para intentar dormirse, pero fue inútil. Entró al baño, se mojó el rostro. La piel de las mejillas tenía un color verde que por instantes se tornaba ligeramente azulado.

Entró en la ducha y abrió el agua fría; un hilo de hielo comenzó a derramarse por su cabeza. El dolor se fue atenuando con lentitud. Una sensación de cansancio se deslizó por su cuerpo. Estuvo media hora bajo la ducha. La mirada perdida, la respiración agitada y las náuseas apretándole el cuello. Los últimos minutos abrió la boca para beber parte del agua que chorreaba por su cara.

Tembloroso se frotó con la toalla y se vistió. Pronto amanecería y podría beberse un jugo de tomate y dos aspirinas. Salió a la habitación con pasos lentos. Al voltear la mirada pudo distinguir a Aixa completamente desnuda. Se aproximó a ella sin saber si aquel gesto era un azar, una invitación, otro acercamiento inútil entre ambos. Desde la calle penetraba una luz como de algodones sucios. Él quiso dar la vuelta alrededor de la cama, pero algo lo detuvo: aquella piel. Aixa. Aquella piel.

La espalda era un mapa lleno de llagas. Pequeños orificios: círculos negros, marrones, rojos. Incisiones que avanzaban desde la nuca hasta alcanzar el inicio de las nalgas. Moratones; costras. Las piernas repetían aquellos rastros y él casi pudo imaginar la lentitud con la que alguien (¿un amante, un esposo, un familiar?) deslizaba una navaja o apagaba cigarrillos sobre el cuerpo exhausto de Aixa.

Sintió que el estómago se le contraía. Quiso escapar, salir corriendo. Se asomó al ventanal para tomar un poco de aire y en medio de la luz del amanecer distinguió a los niños que había tropezado en la madrugada hurgando entre cajas llenas de frutas descompuestas.

Escuchó un sonido. Giró la cara. Aixa cubrió su cuerpo con las cobijas.

—El mundo es horrible, ¿verdad? —dijo ella.

Luego levantó la mano y lo llamó con un gesto. Él se acostó. Al principio sin tocarla, pero una vez que ella lo pidió, abrazándola con torpeza.

Lamentaba haber dejado de fumar meses atrás porque deseaba un cigarrillo para olvidar de esa piel oculta por las sábanas. Después de un rato levantó el teléfono del hotel. Con algún esfuerzo logró recordar de memoria el número de Emilio en Londres. Deseaba hablar con él, contarle estas horas espantosas, saludarlo, decirle que en el bar de siempre servían ahora un horrible pan de ajo; que Manolo ya no trabajaba allí; que el fino daba unas resacas de mierda; que Aixa no dormía; que Aixa no lograba dormirse.

Se sorprendió al escuchar la voz de Pedro. Una voz asustada, tensa. Quiso saludarlo, decirle quién era, pero en el último instante colgó.

Volvió a acostarse junto a Aixa con gestos pausados. Por la respiración de la mujer comprendió que al fin se había quedado dormida. Algo desconocido, algo inusual palpitaba en aquel cuerpo relajado, como si una dulce rendición tomara cada músculo.

Acarició con levedad el cabello de Aixa.

Cerró el ventanal; bajó la velocidad del aire acondicionado y deslizó las cortinas hasta que el cuarto quedó en penumbras. Le gustó mirar entre sombras a la mujer; contemplarla cada segundo; cuidarla para que nada interrumpiese su sueño.

El hombre supo que llegaría tarde a las reuniones de ese día.

No le importó demasiado.


Juan Carlos Méndez Guédez*

Barquisimeto, 1967. Autor de novelas como La ola detenida, El baile de madame Kalalú, Los maletines y Una tarde con campanas. También ha publicado los libros de cuentos: La noche y yo, Ideogramas, y Hasta luego, Míster Salinger, entre otros. Es autor de la novela corta: Veinte merengues de amor y una bachata desesperada y del libro de viajes: Y recuerda que te espero.  Doctor en literatura hispanoamericana por la Universidad de Salamanca. Reside en España.

 

En Francia, la editorial parisina Métailié ha traducido y publicado su obra: Los maletines bajo el título de Les Valises.


 




 

La cruzada de los niños

 Foto: Abraham Tovar | Título: Inocencia de guerrero

Foto: Abraham Tovar | Título: Inocencia de guerrero

Israel Centeno*

No me digas que la luna brilla, muéstrame el brillo de la luz sobre cristales rotos.

Antón Chejov

A través de las ventanas rotas del cuarto de baño, Rubén Tenorio pudo sentir la imagen de aquella mañana. La densidad de la gasolina y el aceite quemado crepitaban superpuestas a la bulla de siempre; siempre es un adverbio oportunista, necesario para las expectativas fallidas del presente. Había pasado mala noche, dio un centenar de vueltas en su catre de hombre soltero, no importaba dónde durmiera, sucedía lo mismo cuando pernoctaba en una comisaría, amparado por la estrechez de una celda húmeda de paredes descascarilladas.

Amanecía hinchado como un tubérculo bando y claudicante. Al pararse frente al espejo, miraba su cara, una bolsa que contenía otras bolsas; la contemplación no duraba mucho, recibía con estoicismo los golpes en el centro de su estima, y luego, con pereza, azotaba su cara con agua fría, helada, tomada con un tazón desde un pipote plástico ubicado a un lado del lavamanos.

“Vida de mierda”, farfulló al pasar la toalla por su cara. Se repitieron, esta vez en forma de eco ahogado, las órdenes del sargento Viloria: “Todos los detectives deben trabajar en la defensa de la revolución. Si tú no lo quieres entender, Tenorio, debes entregarme el arma e irte a enterrar vivo en tu cuarto, porque no hay otro lugar adónde ir, hermano. En estos momentos las opciones no existen”.

El espejo continuaba devolviendo el reflejo de su cara fofa. Odiaba pensar que de alguna manera el rostro del presidente se hacía espacio en ella: el cara de bisté ocupa todo el espacio de la patria. “Es una fatalidad”, pensó. “Todos terminaremos siendo eso, una cosa maleable y madura”. Se cepilló los dientes y se arregló el cabello con los dedos, se metió en su traje gris y se echó el revólver en la sobaquera; apenas tenía tiempo para tomarse un café en la panadería de Joao o algo que supiera a café, un buche de agua sucia y amarga en su estómago, para no perder la costumbre.

Joao era inmutable, como siempre y desde antes de todo tiempo, corría ubicuo entre los mostradores y el cubículo de la caja registradora, una caja que usaba para marcar la entrada de billetes, no para guardar la cantidad de papeles que le entregaban como dinero. Lanzaba la basura de cambio en bolsas plásticas o sobre un rincón cubierto con recortes de periódico, como si fuera mierda de perro. De vez en cuando gritaba: “¡Miladys! Venga a recoger esta porquería y llévesela para atrás”.

¿Qué sentido tenía seguir trabajando para colectar papel sucio a cambio de conchas de pan, agua de café y el lunch del día? “Nunca he llegado a comprender a esta raza de atlantes anclados en el desastre. Deben tener algo del espíritu desgraciado de Magallanes”.

Joao estaba bronceado, se había pasado un mes en Madeira, un peñón-barco fondeado en el Atlántico, resistente a los embates de las aguas enfurecidas y de las espumas blancas de las corrientes nórdicas.

“Muy blancas, poeta” le comentaba Joao a un cliente, “blanquita como la sonrisa de la benamada”.

Rubén Tenorio sintió curiosidad, pero estaba vencido. No quiso averiguar, ni siquiera imaginar quién sería la benamada.

—¿Qué quiere el doctor? —gritó Joao desde el otro lado del mostrador—. Hoy tenemos conchas de pan con queso mexicano ligero. Es el que traen ahora, doctor, saladito, bueno para la salud —sonrió plegando las arrugas de su cara. Parecía un niño viejo e inocente—. Es puro calcio, ¿verdad poeta? —le preguntó al otro cliente.

 La gente se agolpaba a roer sus conchas de pan, a mojarlas en el café, a fumar cigarrillos baratos y a hacer ruido, mucho ruido con las palabras. Todos hablaban pestes de la vecina, de los estudiantes del Lino de Clemente, de la gente que buscaba comida en el basurero del restaurant chino, de la oposición, de los rusos, del gobierno, de los americanos. Era una bulla escupida desde un montón de bocas sin incidencias ni conclusiones; una galería de sentencias disparatadas, unas terminaban en conclusiones extremas, como incendiar el país y las otras intentaban hacerse la cama para pasar la noche con el prójimo. Eran fragmentarias, nos están matando como moscas, se les está poniendo el culo fofo, colectivos de mierda, no encontró la medicina y reventó, sicarios.

¿De dónde habrían salido estos improvisados guerreros llamados a sí mismos resistencia, protegidos por escudos de cartón y madera?

—Eso es fascismo, camarada —dijo alguien, y la bulla lo arropó.

Yo me quedé con la imagen de un niño casi desnudo, vistiendo un paupérrimo traje de superhéroe, usando una franela como burka, protegiendo su torso desnudo con pedazos de madera o cartón. Aquellos infantes cruzados habían aprendido a hacer máscaras antigases con botellones de plástico, y a devolver los proyectiles que les lanzaban con sus manos envueltas en trapos, parecían sobrevivientes de alguna malaventura.

Comí la concha de pan y bebí sin prisa el guarapo. Parecía disfrutar la bulla lenta pero atropellada, como la vida entonces, recordé de nuevo las órdenes de Viloria, nos quería en la calle, nos quería poner a cazar a aquellos niños escuderos. Se me vino de vuelta un buche amargo que escupí en una de las canastas llenas de basura, que bien hubiera podido ser una de las bolsas de billetes de Joao o la deshojada constitución de la patria.

Crucé la ciudad camino al centro en mi viejo Daewoo cielo, insensible a la plasticidad del aceite y la gasolina quemada, pasé por varios puntos donde se había comenzado a reunir la gente para trancar calles y avenidas, no tuve ningún problema, mi Daewoo cielo, al igual que yo, era parte de la humareda, de la corriente de cabos invisibles que se bifurcaba en todas las confluencias del valle de Caracas. El Ávila, siempre majestuoso, era el telón de todos los dramas, subía y caía tras cada una de las agitadas e imprevisibles escenas citadinas, a veces la caída de aquel telón iba acompañada por el punzante aleteo de las guacharacas, esos coloridos pájaros habían aprendido a navegar las corrientes de humo ennegrecido, el horror de los excesos y de los crímenes impunes. “Es preferible” pensé, “al oscuro aleteo de un vampiro”.

Me sentí mal por los vampiros, por las guacharacas, por los escuderos, por los soldados de la policía lanzados a defender la revolución a costa de convertirse en criminales. Me sentí mal por todos ellos y por mí, Rubén Tenorio, el detective.

 —Coño, Viloria. Yo no soy policía nacional, ¡soy detective! —grité, dando un golpe con el puño sobre su escritorio—. Dame un caso, ponme a la orden del Ministerio Público. No me mandes a buscar lo que no se me ha perdido. ¡No quiero cumplir órdenes de este tipo, Viloria!

Viloria tomó de su escritorio un lápiz gastado, mordido, casi sin punta, e hizo el amago de usarlo como dardo contra mi frente. Repitió el amago un par de veces. Respiró con dificultad, su pecho parecía un ventilador descompuesto, sus ojos estaban inyectados de un líquido amarillo que a veces parecía verde. Pensé, “debe estar enfermo, muy enfermo, amargo por dentro, debe ser el hígado”.

—Qué caso un carajo, Rubén. En este país se acabaron los casos.

—Envíame a trabajar para el Ministerio Público.

—Coño, ¿no te has enterado aún? ¡Luisa es el enemigo!

—No seas marico, Viloria. Luisa es la fiscal —me tomé la libertad de hablarle como cuando solíamos beber en los botiquines de alto riesgo que sobreviven en la avenida Casanova.

—Explícaselo al presidente, dale esas explicaciones al siquiatra. La fiscal es el enemigo. La vieja puta esta, ahora se mueve en aguas turbias y eso se llama traición.

—Déjame trabajar con ella —insistí—. Dame algún caso que te haya mandado antes de convertirse en “la vieja puta ésta”. Técnicamente sigue siendo la fiscal y debe haberte mandado algo.

Viloria se llevó el lápiz a la boca, lo mordió un par de veces y sonrió. Abrió su archivador y sacó un expediente. Lo lanzó sobre el escritorio.

—Allí lo tienes.

—Qué es?

—Una camarada, tú la conoces: Silbido.

—…

—No se sabe por qué, pero se la quebraron en un trancazo. Parece que estaba en una movida, tú sabes, haciéndole un quite a los muchachos del programa éste, chico, los carajitos que trabajan para el siquiatra y para el Ministro de Información. No me preguntes nada, ella estaba allá en la Cancillería y de repente aparece con los escuderos. Recibió un par de tiros, la mataron.

—¿Quién la mató?

—¿Quieres que te diga quién la mató? No tengo hipótesis, pero tengo la respuesta fina, la que le gustaría al ministro. Pero el detective eres tú. Querías un caso, ¿no? Bueno, aquí está. Dale tu respuesta a la fiscal, una distinta a la que yo le daría al ministro, una respuesta que el ministro o los productores del programa no esperan —bajó la voz en tono de complicidad—. Será nuestro pequeño acto de rebeldía —agregó. De inmediato lanzó el lápiz al tacho de basura, giró la silla y me dio la espalda—. Pero antes me tienes que entregar tu arma. Este trabajo lo tienes que hacer por cuenta propia, a la moda, en rebelión civil. Vas a seguir en la nómina porque yo quiero, pero desde ahora, Rubén Tenorio, estás por tu cuenta, o por la cuenta de la fiscal.

Le entregué mi arma sin titubear y puse mis credenciales sobre el escritorio.

—Quédate con las credenciales. De alguna manera, aunque trabajes para la fiscal, seguir siendo funcionario de esta comisaría te va a abrir las puertas de la morgue —jugó con la ironía y luego agregó—: creo que te interesará ver el cuerpo de la occisa.

No perdí el tiempo. Con mi Daewoo vencí la película de aceite, gasolina quemada y neblina lacrimógena en la que se había convertido el universo vía Bello Monte. Pude leer algo del expediente, Susana Santander, la camarada Silbido, quién lo iba a decir. No sé por qué la llamaban Silbido, la conocí, no fuimos íntimos, pero practicamos el amor libre, su esposo estudió con un tío mío el bachillerato y parte de la universidad. Armé mis teorías, estaba podrida de buena y hacía silbar a hombres y a mujeres, era una experta en contrainteligencia, trabajaba para el canciller, y además era la esposa de Pedro Silva, un funcionario de la presidencia, hombre de confianza a la hora de hacerle el mandado al siquiatra o al ministro de información, incluso al presidente. Era muy bueno generando confusión, manipulando las realidades, enturbiando las pequeñas victorias de los infelices a quienes apresaba y liberaba jugando al gato y al ratón.

Pedro era experto en armar escenas y trampas, un día montó la muerte de un soldado a manos de una turba opositora enardecida. Fanático del realismo italiano, hizo el montaje de uno de esos momentos a los cuales el siquiatra llama críticos. Trabajó el linchamiento sin efectos especiales, esto significa mandar al hombre al lugar indicado, delatarlo, promover su captura por los exaltados e instigar a la venganza a través de las redes sociales e in situ; puro realismo barato, nada fuera de serie, tribal.

Así maneja la dinámica de la calle: uno de sus hombres, uno de los muchachos que trabajan en el programa del ministro de información y que han hecho del cinismo revolucionario un arte, señala al infiltrado; desde ese momento se convierte en testigo y director de la escena del linchamiento. Graba, instiga, debe ser algo cruel, que le revuelva los escrúpulos a Satanás; así lo ha recomendado Pedro. Luego de consumada la operación, el testigo, el director de escena y fotógrafo, envía el asunto al canal para que lo conviertan en viral en la media. Todo esto es celebrado en los pasillos de los ministerios involucrados en la operación, pero algo no me cuadra. La cancillería trata de mantenerse al margen, aun cuando le anotamos una a la canalla.

Pero la muerte de Susana Santander era diferente. Esposa de Pedro, hija del canciller, la niña bonita del ex del ex embajador Malvarrosa.

Romero era el doctor y guardián de la morgue, además era el que decidía cuáles cuerpos había que evacuar y cuáles debían quedarse para autopsias más detalladas. Todo dependía de su humor y de las órdenes del siquiatra. Sin muchas formalidades le dije que estaba interesado en ver el informe Santander.

—¿Para qué? —me preguntó—. Si quieres te lo digo de forma oral para que pruebes mi memoria: la mataron de dos balazos, uno en el hombro y otro en el cuello; murió desangrada, de forma casi instantánea. Sabes, dicen que cuando uno se muere se siente frío, pero no, ella debe haber sentido el calor anterior a la muerte, es un calor sofocante, que se confunde con un frío intenso.

—De todas maneras, me gustaría verla.

—Coño, Tenorio, no seas necrófilo; hay demasiados cuerpos y no hay espacio para la jurungadera de cadáveres.

—¿Ni siquiera tratándose de ella?

—¿Tendría que tener algún privilegio? ¡Está muerta!

—Bueno, era la hija…. era la esposa del camarada…

—Uno ya la vio y el otro no la quiere ver.

—¿Y? Necesito ver esos tiros, Romero.

—Ya te di el informe: hombro y cuello. Uno no tiene orificio de salida, la bala se le quedó en la tráquea.

—Ponme algo por escrito.

—El camarada Silva lo tiene por escrito. Y el exembajador y el excanciller. Apenas una página, el Sebin está buscando a los perros que le quitaron la vida, eso no quedará impune, ya rendirán cuentas —comenzó a reírse y a sobarse las manos, como si fuese el siquiatra.

Salí de la morgue lleno de frustración, esperaba algo detallado, qué músculos atravesó la bala, órganos, arterias dañadas, distancias aproximadas, ángulos. Esperaba ver a Susana, que su cuerpo muerto me revelara lo que no hizo en vida, pero Romero era un funcionario perezoso e infranqueable, no iba a lograr nada con él. Cierta claridad incómoda me acercaba a una hipótesis definitiva, no quería llegar con tanta facilidad a la solución del caso, algo o alguien me empujaba a solucionar el asunto en un respiro, Pedro o el ex del ex canciller. ¡Pero si no los había visto! ¿Acaso podían mover los hilos invisibles de mi vida? Todo era muy obvio, uno aprende en este oficio a desconfiar de la verdad, sobre todo, cuando es evidente. Decidí tomar el camino oscuro, transitar la mentira que estaba en un terreno diferente, no podía concluir que Silva había hecho linchar a su esposa, sin otro motivo que no fuese un asunto de Estado, el ex embajador quería sepultar el hecho para evitarle un bochorno al ex canciller. Algo había salido mal en la operación, no se atrevían a subir el asesinato a las redes sociales, filtrarlo y hacerlo viral; ¿y si no había ninguna operación detrás de todo?

Decidí buscar fuera de la pecera y emprendí mi camino hacia el Litoral, Necesitaba respirar algo diferente, reencontrarme con los olores del mar. Sin embargo, me desvié hacia San Martín para hacerle una visita a mi tío, se la debía; Quería saber si todo iba bien con él, si le había llegado de España la remesa de las hermanas, si no andaba metido en líos con la gente de su bloque. Mi tío puede ser un hombre difícil en una época turbulenta, se busca líos con los agentes que reparten las bolsas de comida en el mercado, se envuelve en situaciones con los círculos de defensa comunal, se pelea con ellos y sin embargo es astuto; aunque dicen que tiene sus problemas y es un buscador de pleitos, se convierte en la pieza más cuerda de la orquesta familiar en los tiempos alocados que nos ha tocado vivir.

Antes de entrar al estacionamiento de los bloques, vi a un grupo de muchachos trabajando en sus escudos, reparaban los aparejos de guerra reforzando con palos los tablones, dibujaban símbolos, echaban manos de pintura a la superficie de los pertrechos, recolectaban atomizadores para usarlos como lanzallamas, desgarraban banderas, intercambiaban máscaras y guantes, ajustaban guayas para barricadas invisibles y se aseguraban de que a los miguelitos no les faltasen clavos.

Estacioné el auto y en vez de encaminarme directamente al apartamento donde vive mi tío, me acerqué a los niños cruzados. Conocía a algunos, los había visto crecer y jugar básquet o pelota de goma en las canchas entre los bloques II y III; si no fuese por los eventos y la inercia de los tiempos, parecería que ellos se estuviesen preparando para un encuentro entre equipos, una partida de fútbol, o uno de esos juegos de calle que solíamos armar antes de la época de los videojuegos. La realidad era otra, ellos se habían convertido en los personajes de un videojuego armándose para una épica callejera, una banda de luchadores con un discurso mínimo, restringido a palabras que abarcan mucho y explican poco. Espartaco gritaba libertad, los niños cruzados gritaban Jerusalén y ellos, al igual que los anteriores, repetían una y otra vez la palabra, la cantaban a manera de rap, la verseaban con mala pronunciación, deseaban distorsionarse en un gesto de rebeldía, todos lo hacemos alguna vez en la adolescencia; no era lo mismo la libertad de los libertadores que la libertad de los esclavos, quise explicarles, pero ellos repetían libertad como un canto tribal, necesario para la cohesión. Pensé, la libertad de la tribu nómada, arbitraria y cruel, libertad de manadas, es una nueva inteligencia, la de ellos no tiene nada que ver con el idioma o la cultura reconocida por mi generación, la narrativa surge de reacciones instantáneas, reflejos, son los movimientos de los videojuegos y quizás algunos dramas de las animaciones japonesas; todo aquello se mezcla con el lenguaje de la realidad política, la sintaxis importa poco. Ellos no me respondieron cuando les pregunté por sus padres, amigos de la infancia, lo hice con la intención de que no repararan en mi profesión, aunque también quería saber hasta qué punto los padres estaban involucrados en sus peleas.

Uno de ellos, el más alebrestado y nervioso, dijo con desprecio,

—El viejo hace lo suyo en la pantalla, no se despega del teléfono, está dándolo todo por la causa.

Los otros rieron como lobeznos.

—¿Tú no estás en Twitter? —me preguntaron.

—No tengo tiempo —respondí.

—Entonces no comprenderás nada —me dijo una criatura.

—Y ustedes, qué hacen, ¿comprenden?

—Somos multitasking —se rieron—. Comprendemos, usamos la pantalla, protegemos a la gente, devolvemos los proyectiles.

Cuando les pregunté dónde protestaban, me respondieron que por allí.

—Ese guion lo dicta el día y el movimiento de los tombos, nosotros no tenemos un lugar, mi papá lo llama “la guerrillita de la guerrillita¨, somos como buhoneros, nos movemos por las autopistas buscando un frente; ahora se abrió uno en El Paraíso, pero este grupo prefiere ir a morir a Los Verdes.

Hablaban de morir en grupo con la liviandad de los inmortales.

—Allí los malditos están masacrando a la gente, Rubén.

Una niña de unos dieciséis años usó mi nombre. Era la hija del Pecos, ella sabía que yo era detective, que trabajaba para la policía, habría podido decírselo a los demás y ponerme en problemas, pero por allí no andaban los oscuros rumores ni la invisible oscilación del ministro ni del siquiatra ni de Pedro Silva para dar la orden. Ella me miró con sus brasas encendidas, tenía en sus ojos el fuego escamoteado a las barricadas, la pasión y la seguridad de su presente, ella era el futuro y el futuro siempre será así, luminoso como mis ojos, parecía decirme, lucho para mantener en alto la llama, parecía decirme. Todos eran conceptos elaborados, y sin embargo sentí cómo mi cara se ablandaba aún más hasta convertirse en una chayota.

Le di la espalda movido por la rabia y la ternura, algunos de ellos esa misma tarde terminarían con un tiro o con el pecho abollado por un proyectil lacrimógeno, probablemente terminarían arrumados con otros cuerpos en el lugar donde terminó la camarada Silbido.

“Maldita vida nos ha tocado vivir”.

Encontré a mi tío en la puerta del bloque donde vive, estaba como siempre a esas horas, le gustaba pararse bajo un frondoso árbol de acacia, recostar la cadera a uno de los autos estacionados. Si el tiempo no hubiese pasado en dirección equivocada, él estaría esperando a un contendiente para jugar una partida de ajedrez sobre el capote de uno de esos autos, ahora estaba allí por costumbre. Apenas respondió a mi saludo, no se alegró de verme; cuando le daba la gana, no mostraba ningún sentimiento por la familia. En realidad, ¿desde hace cuánto la familia tenía algún significado entre nosotros? Las preguntas y respuestas fueron las habituales, pocas y evasivas para no comprometernos en ninguna conversación incómoda, no obstante, le pregunté por Pedro.

—Te acuerdas de él?

—¿Cuál de ellos? Es el nombre más común después de José.

—Pedro Silva.

—Estudiamos juntos en el Aplicación e hicimos un par de años en la universidad.

—¿Cómo terminó casado con la hija del excanciller?

—Quién sabe, él siempre ha terminado donde ha querido, dijo que terminaría en Miraflores; no es el presidente, pero trabaja en el palacio.

—Es raro cómo se movió, no lo digo por su trabajo en la presidencia, eso es fácil, si sabes reconocer las ramas por dónde trepar, Pedro es un hombre de garras en las cuatro extremidades, pero ¿cómo logró casarse con esa carajita?

—Eso se lo tienes que preguntar a él, Rubén. Él podía haber tenido muchas garras, pero vivía con Malvarrosa, ese viejo solterón que trabajó con el canciller en los tiempos de todos los presidentes.

—Entonces…

—Claro, se los empujaba al viejo. Y el viejo lo empujó a palacio o a la cancillería, se pusieron la boina roja; ser revolucionario en este país es un asunto de pasión y sangre, uno nace, no se hace, uno nace con las bajas pasiones.

—No digas vainas, tío.

—Que sí. Nos pasamos la vida lanzándonos zancadillas, doblándonos la nariz contra los muros, esperando a que aparezca un revolucionario para vengarnos junto a él de aquella o de la otra zancadilla.

—Pero Malvarrosa no era de esa índole, cuando llegó aquí a los bloques, ya se había convertido en el ex del ex. No tenía otra alternativa que ponerse la boina roja y tirarse o dejarse tirar por el Pedro.

—Quién sabe, hijo. Malvarrosa sirvió muchos años en la cancillería, en la cancillería las lealtades son vagas, él amaba al canciller y el canciller tenía una hija, luego el canciller dejó de amarlo y él terminó pudriéndose en estos bloques, comprendiendo que había administrado mal su culo, pero ordenó al detalle su venganza.

—Tú dices que…

—Sí, yo digo.

—Pedro y Susana?

Bajé al Litoral pensando en Malvarrosa y sus conexiones, en la trama sacada de un folletín por mi tío. Él tenía razón hasta cierto punto, el país era una telenovela; a pesar de vivir en los bloques, Malvarrosa se mantuvo como una especie de tutor de los cuadros de la revolución, Allí encaja Pedro, al mismo tiempo a Malvarrosa le gustaba armar historias sacadas de las páginas sociales. Antes de la revolución, él era el rey de los salones de la cancillería, un maestro en la disertación sobre los asuntos baladíes de los príncipes y las princesas de las cortes europeas, de la gente de la recién vestida alta sociedad unida a la clásica oligarquía mantuana; después, aun siendo el ex del canciller, para propósitos revolucionarios, cambió el libreto y bajó la factura de sus tramas, las acomodó a las nuevas convenciones, un formato barato, de telenovela vespertina, se apasionaba, o mejor dicho, apasionaba a la gente en los recesos de las clases de formación de cuadros con historias de plebeyos y princesas, La narrativa de Ligia Elena, la niña rica que se casa con el trompetista de la vecindad.

Al aparecer el mar, luego del segundo Boquerón, de pronto se hizo la claridad.

Sabía adónde ir a tomar una cerveza y comer pescado frito, más nada.

Vía Mamo vive Pepe del Toro, un teniente retirado que participó en la épica de las intentonas de los golpes de Chávez, las malas lenguas dicen que tuvo una amistad cercana con Malvarrosa, cuando Malvarrosa aun andaba con el canciller, participó en una que otra de sus fiestas y de sus travesuras mundanas.

Encontré a Pepe del Toro hamacándose bajo un uvero de playa, ¿qué más puede hacer un teniente retirado en tiempos turbulentos? Pudrirse el hígado de manera elegante y tropical o conspirar. Pepe del Toro es uno de los que conspira con chismes sin sacar el hígado del azadón, tiene la escuela y las pasiones vengativas de Malvarrosa.

Me dio una cálida bienvenida, de inmediato mandó a buscar unas ruedas de carite para freírlas, no me sentí especial, de alguna manera cumplía un rol, llenaba un hueco en su tarde. El aire de mar entraba con toda su sal y su luz esmeraldina a mis pulmones, al remanso del teniente no llegaba el humo ni el desasosiego de la ciudad, las formas de Reverón surgen del blanco día, de las espumas y del horizonte abierto.

La fuerte brisa de Mamo nos fue llevando de un árbol a otro y de una conversación a otra; así aterrizamos en la tragedia de la familia Santander, nos lamentamos de la forma en que había sido asesinada la mejor de sus hijas por una banda de escuderitos.

—Pepe, ¿cómo llegó ella hasta allí? ¿Qué estaba buscando en un campo de batalla que no era el suyo?

Pepe suspiró como lo hacen los borrachos frente al mar. Moviendo los labios como un bagre y abultando las mandíbulas como si tuviera agallas.

—Rubén, a ella no se le había perdido nada allí, a menos que hubiese estado protestando genuinamente, mucha de nuestra gente está contra la consulta a la que ha llamado el gobierno.

—Pero ella no estaba en contra, trabajaba para la cancillería, era amiga del ministro de información, ella no tenía nada que hacer en El Paraíso, Pepe. Por lo menos me tienes que conceder que ella no encaja con una manada de muchachitos, si me la pones en una marcha, puede ser que lo piense. Susana no estaba preparada para hacer este tipo de jugadas, correr entre las bombas lacrimógenas, esquivar las llamas de las molotovs, y menos con gente que no era de su edad. Ella pudo expresarse de otra manera si acaso estaba en desacuerdo con algo, la hija del canciller está en un punto donde no se puede estar en desacuerdo, ¿o sí? Algo está mal, se encasquilla, no funciona la historia, ¿qué? ¿Quién la puso allí?

De nuevo Pepe movió los labios como si buscara filtrar el aire y sorbió un trago directo de la botella de cerveza. Meneaba la cabeza buscando encajar las piezas.

—Tú crees que Pedro la sembró en la escena para armar uno de sus escándalos?

—Es demasiado obvio. Una verdad tan cierta que se me convierte en mentira, Pepe.

—¿Entonces qué?

—No sé, no sé —le dije y, como si el aire del mar me hubiera creado la posibilidad, le pedí algo que sabía de antemano sería difícil, pero no imposible—. Pepe, ¿me puedes conseguir una cita con Pedro Silva en el canal?

Mi apuesta había sido alta, una cita con Pedro Silva, el señor de los asuntos especiales para el ministro de información, el viudo, el amante del ex del canciller, la mano derecha del siquiatra. Cuando asesinan a una mujer el primer sospechoso es el marido, pero en el caso de un hombre que siembra víctimas para sacar provecho político, la sospecha mata a la sospecha, ése era un axioma, porque de alguna manera habían callado el caso, podríamos estar jugando con los altos niveles de impunidad en el país y sería otro punto oscuro, un caso frío, pero no habían redirigido la culpa hacia los escuderitos, la culpa se quedaba con Pedro y desde mi punto de vista, todo eso lo exculpaba y me devolvía al ex del canciller, al viejo Malvarrosa. ¿Cómo pudo el viejo hacer la jugada a la distancia?

 Pasaron los días sin recibir la llamada de Silva. Le insistí a Pepe del Toro.

—Es difícil, Rubén —me dijo—, darte una cita en estos momentos, cuando todo parece tambalearse, él actúa invisible y tú lo puedes exponer, además, Malvarrosa está muy nervioso y lo ha puesto en guardia, por ahí se ha colado la noticia de que Susana era una infiltrada que trabajaba para la fiscal. En todo caso, Pedro me dijo que contactaría contigo tan pronto te le pusieras a tiro, ten paciencia.

Pero yo estaba tan desesperado que deslicé un chantaje a Malvarrosa.

—Quiero hablar sobre el viejo –le dije –quiero traer a tema su ruina –le dije –quiero hurgar en sus rencores. Es extraño, Pepe, en un momento en que todo el mundo tiene algo que perder, él podía hacer sentir una pérdida mayor sobre quienes lo han relegado a unos bloques en San Martín como tutor de cuadros políticos.

—Ay Tenorio, ese tipo de presión es contraproducente, no te exasperes, quédate tranquillo —me contestó Pepe.

Me había quedado en blanco, sin oficio, Viloria no me quiere recibir en la oficina. Busqué actualizar al fiscal que llevaba el expediente del caso de la camarada Silbido, pero él andaba hostigado buscando refugio en una embajada, acusado de alta traición, no iba a ponerse en riesgo entrevistándose conmigo. Mi dilema se abultaba como un absceso en una muela, palpitante y doloroso, nada me obligaba a continuar adelante, tenía la sensación de estar afuera en el espacio, la ociosidad comenzaba a consumirme inmerso en el caos de la ciudad. No aguantaba quedarme en el cuarto oliendo pasivo la mugre picante, el aceite y la gasolina, ¿por qué me obsesionaba tanto el caso de Susana y Malvarrosa mientras el número de nuevas víctimas aumentaba hora tras hora?

Concluí, el país es el escenario perfecto para cometer crímenes sin consecuencias. Mis insomnios se incrementaron, estaba atrapado en la soledad de mi cuarto, me venía abajo con él, agobiado por el calor y la humedad, pasaba horas frente al espejo contemplando el tubérculo podrido de mi cara, me repetía, “soy un investigador y debo resolver un crimen. No se trata de hacer justicia, no se trata de honrar mi trabajo, el insignificante asunto Santander – Malvarrosa se ha convertido en la roca de Sísifo, un motivo en sí mismo, el aire que alivia la roña de mi existencia.”.

 Decidí lanzar la jugada. La oposición había convocado a un trancazo frente al canal del Estado. He allí una puerta, la eventualidad de llegar hasta uno de los productores del programa, una posibilidad de ver a Pedro, o al siquiatra. No me detuve a temblar cuando me di cuenta de que bordeaba el delirio, con determinación corrí a la escena, el lugar estaba desolado, las sucesivas confrontaciones entre manifestantes, guardias nacionales y colectivos paramilitares habían causado estragos, las multitudes habían desaparecido, las podía escuchar teclear sus comentarios en Twitter y en su lugar quedaron pequeñas escuadras de jóvenes y adultos flanqueados por escuderos, estos grupos se planteaban una confrontación circular, espasmódica, de comando, eran pequeñas guerrillas que atacaban y se retiraban y luego se volvían a preparar para emboscar; esas condiciones no eran las ideales para que yo alcanzara uno de los portones del canal, sin embargo, me uní a los grupos, formé parte de la coreografía de sus acciones; nadie preguntó, nadie me escrutó con su mirada, un escuadrón de motorizados de la Guardia Nacional avanzó sobre nosotros y el grupo se dividió para atacar por los costados. Decidí quedarme solo en el medio, levanté las manos y un objeto zumbó cerca de mi oreja izquierda, me habían disparado un proyectil lacrimógeno. Esquivé un segundo, me lancé y di de lleno con mi cara en el pavimento, mi carne reblandecida temblaba sobre la superficie, la cabeza, el alma, el orgullo, todo lo tenía fuera de foco, sin embargo, crecía desde adentro una fuerza, desde un hueso insospechado del esternón un latido enérgico, un envión me hizo rodar justo a tiempo para evitar la patada de remate de uno de los soldados; un grupo de manifestantes arremetió con piedras y cocteles Molotov, aproveché el momento y a la carrera, renqueando, busqué refugio en el quiosco de periódicos que estaba en una de las esquinas del canal de televisión. Como pude me arrastré debajo, el aire era poco y denso, caliente, busqué alivio pegando la cara a uno de los muros que servían de base al tarantín, el teléfono comenzó a vibrar en el bolsillo del pantalón, debí haberme causado laceraciones en mi brazo, el dolor era intenso, pero lo moví de cualquier manera para alcanzar el teléfono, me lo llevé a la cara, traté de ver la pantalla, una explosión ensordeció a toda la cuadra, de nuevo el calor, recordé a Romero, antes de morir se siente un gran calor; vi la pantalla y leí Pepe del Toro, activé la opción manos libres.

—¡Salte de allí y vuelve a tu hueco!

¿Cómo sabía dónde estaba? Sin embargo, las ganas de volver a mi cuarto miserable, al espejo que reflejaba la flacidez de mi rostro fueron inmensas. Repté con la decisión de incorporarme y confrontar a la guardia, eché mano a mis credenciales y las puse en alto, parecía un loco, el teléfono sonó de nuevo, los manifestantes, los guardias y los paramilitares se retiraban, me había quedado en tierra de nadie, a medio camino de la nada.

 —¡Hola, hola, Rubén!! Ve al canal, la vaina está cuadrada. ¡Pedro te espera!

No tuve chance de responder, al otro lado de la humareda negra se dibujaba la imagen de Pedro Silva, parecía sonreír mientras hablaba por un artefacto de comunicación militar; me saludó con la mano, como si estuviéramos en una feria. De inmediato sentí algo contundente golpear mi oreja, era un guardia, era un paramilitar o un escuderito; todo se hizo claro, muy claro, como la primera frase de una gran historia.


 Israel Centeno*

Israel Centeno, Caracas, 1958. Escritor de cuentos y novelas, profesor de creatividad literaria y promotor cultural.

 Su obra, alrededor de quince libros, entre los que se pueden mencionar las novelas Calletania, Bajo las Hojas, Bengala, Jinete a pie y el libro de cuentos Criaturas de la Noche, ha sido editada en Venezuela, España y Estados Unidos y forma parte de antologías en Venezuela, España, Inglaterra y Eslovenia.

 Premio del Consejo Nacional de la Cultura (CONAC) y Premio Municipal de Caracas en 1992, por su primera novela Calletania, Premio Bienal de Guayana Lucila Palacios, y Premio del Concurso Anual de Cuentos del diario “El Nacional” en 2003 por su cuento Según pasan los años. Su libro de relatos Bamboo City y su novela El Complot (The Conspiracy) han sido traducidos al inglés y editados en Estados Unidos.

 Ha traducido al español las novelas Perú de Gordon Lish, El Jardín/Constance de Fenimore Woolson, Un inconveniente de Mary Cholmodeley y Diario de un hombre de éxito de Ernest Dowson, editados por Editorial Periférica, España. Fue escritor en residencia de City of Asylum Pittsburgh entre 2011 y 2013. Vive en Pittsburgh Pennsylvania.


Decálogo del género policial

Decalogo.png

Marco Tarre Briceño

1.         Premisa general: Leer lo más posible. Sentarse en un parque, una plaza o al lado de una avenida para observar a la gente. (Cosa que no puede hacerse en Venezuela). Las historias siempre están allí.

2.         Tener una idea bien clara de la historia que se quiere contar. La historia, o la forma de contarla debe ser original, novedosa, impactante. Establecer la estructura, es decir, la forma literaria que se utilizará para contar la historia.

3.         Al escribir, ponerse siempre en el lugar del lector, de lo que le gustaría e interesaría estar leyendo. Escribir para que la gente, mucha gente, te lea. No escribir para ti mismo, un grupito de amigos o un círculo de críticos

4.         Atrapar al lector desde la primera línea. La historia debe de ser creíble y comprensible para el lector.

5.         Si utilizas diálogos, que sean como la gente habla de verdad, en su entorno de sitio o de tiempo.

6.         No metas opiniones o puntos de vista del escritor en la trama.

7.         Las descripciones de lugares y acciones de la trama deben ser simples y directas. Si puedes aspirar a un nivel mas elevado, estas pueden tener algo más de riqueza, casi de poesía, pero que ayuden a la historia y no la oculten detrás de un regodeo de palabras o frases bonitas.

8.         Evitar errores en detalles. Siempre habrá un lector con mayor información sobre temas específicos que podrá evidenciar un error. Escribe con Google abierto en tu pantalla para buscar la información de sitios, hechos, detalles necesarios para darle credibilidad a la historia.

9.         Respeto hacia el lector. No dejar cabos sueltos ni dudas o preguntas sin explicación.

10.       La historia debe tener un buen final, preferiblemente inesperado, sorpresivo, que el lector no haya previsto.