Otras Sombras

 Foto: Abraham Tovar 

Foto: Abraham Tovar 

Por Lino Zabala 

Vienen y se van

circundando los rincones,

las esquinas, las paredes,

la ciudad bajo el ocaso.

 

Otras sombras vienen y se van

con circundante parpadeo,

circundando inclusive

en otras sombras.

 

Piensan en los pies

que calladas obedecen,

piensan en las sombras

            que vienen y se van.

 

Piensan en la esperanza

del próspero reflejo

y temen a la luz que

incesante las arrasa.

 

La madrugada las recibe,

las absorbe, las penetra,

las multiplica, las cataliza,

            las renueva.

 

Hay sombras inertes,

pasajeras, pasionarias,

corsarias, resentidas,

 anarquistas.

 

Las más modestas

solo desean permanecer,

las rencorosas planifican

            su apogeo.

 

Piensan en los pies

que calladas obedecen,

piensan en las sombras

            que vienen y se van.

La última vez que te amé

 Foto: Abraham Tovar 

Foto: Abraham Tovar 

Por Génesis Herrera

Aunque muchas veces sentí que el tiempo se había detenido para nosotros, hoy pude darme cuenta de que los días jamás dejaron de pasar y que tu ausencia, lastre del pasado, pudo hacerse sentir de nuevo, como cuando te amé por última vez.

Hoy me pregunto, mientras siento un peso agotador en el pecho, si tu recuerdo desaparecerá de mi mente en algún momento, si dejaré de extrañar el sonido de tu risa y tu mirada enternecedora al amanecer, cuando el frío se colaba por la ventana y hacía que tus pies y los míos se rozaran bajo la gruesa cobija azul. Tú me mirabas como si yo fuera la única persona en el mundo y nuestras narices se tocaban mientras yo te besaba y te susurraba un te amo entrecortado que jamás pudo ser suficiente.

Ahora andamos por allí, deseando otros cuerpos, olvidando el pasado y dejando nuestras huellas en nuevos caminos que jamás pensamos transitar. A veces me da por extrañarte mucho, por imaginar que nos encontramos y volvemos a ser eso, por pensar en nuestro primer beso, en nuestras primeras caricias, en todas nuestras primeras veces. A veces me gustaría que regresaras…

… A veces, cuando me encuentro sola tratando de explicar cosas que contigo no necesitaban ser explicadas, te extraño, y me resiento, aunque al minuto siguiente te olvide y vuelva a seguir mi camino sin ti, sin tu mano tomando la mía.

Nos dijimos adiós sin saber que esa sería nuestra despedida, nos embriagamos del otro con tanta fuerza que casi nos quedamos vacíos y tú eras yo y yo era tú. Dejamos de ser los dos para ser uno por última vez.

Quizás es eso, que ahora vuelvo a ser yo y todavía me cuesta entenderlo. Quizás es eso, que recuerdo cuando nos amamos por última vez sin saberlo. Quizás es eso, es el amor que se agota.

La mejor franela del mundo

 Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

Por Javier Cedeño Cáceres

Me regalaron la franela cuando tenía 11 años. Era negra azabache y tenía el nombre de un país estampado en letras doradas. A pesar del color del estampado, no era para nada extravagante, todo lo contrario: se adaptaba a las circunstancias del momento, podía ser elegante, deportiva, casual. Todo en uno. La tela, ni se diga, suave y liviana. En ese cumpleaños la mejor franela del mundo llegó a mí.

Durante años la utilicé mínimo dos veces por semana: “Ya Javier se va a poner la carne salada”, dice mi mamá, para referirse a una prenda de vestir que se utiliza frecuentemente. Las fotografías en las que salía parecían tomadas el mismo día porque no había momento importante en que no la llevara puesta.

Pasaron los años y la gente se acostumbró. El día que no llevaba la tradicional franela lucía “distinto”; era como ver a Karl Marx sin la barba o ver a la emblemática banda de rock Kiss sin maquillaje.

Hace unos años, cuando se podía, mi papá vendió la lavadora que teníamos para comprar otra, que iba a facilitar los quehaceres de la casa a todos los miembros de la familia. Al principio, pensaba que era mi imaginación, pero hasta hace poco fue que me di cuenta de las graves consecuencias de haber cambiado de aparato.

Mi novia, que no conoció mi época de adolescente, se me quedó mirando y me dijo:

— Amor, esa franela azul claro con esas letras blancas ya está como feíta. No deberías usarla más.

Mi reacción fue preguntarme: ¿Cuál franela azul? ¿Cuáles letras blancas? Mi mente, acostumbrada a ver a diario la misma ropita, no se había percatado que “la mejor franela del mundo”, “mi carne salada”, estaba desteñida hasta los tequeteques, tenía cuatro huecos y de paso estaba tan estirada que ya me parecía a un cantante de rap en plena Dieta de Maduro®.

La costumbre distorsiona la realidad y más cuando no se tienen referencias externas de lo que uno ve a diario y que se vuelven costumbre.

He escuchado desde que era un niño la frase “Venezuela es el mejor país del mundo” y otras cosas como “tenemos petróleo”, “aquí están las mujeres más hermosas”, “somos un país rico”; pare usted de contar esas frases soberbias que nos inculcaron desde pequeños.

Acostumbrados a lo bonito de la Venezuela de hace 20, 30 y 40 años fuimos creciendo con el chip de “somos ricos”,  sin caer en cuenta de la decadencia en la que poco a poco nos fuimos sumergiendo, tras mucho tiempo de mala administración política y social. Vino el lobo y nos comió; el lobo que nos advertía Arturo Uslar Pietri, el que se podía cazar con la famosa siembra del petróleo.

Una cosa es sentir amor y cariño por el país que forjó tu idiosincrasia; otra cosa es crearse una Venezuela imaginaria que está distorsionada, como la visión que yo tenía de mi franela favorita. Como cuando mi papá cambió de lavadora, cuando cambiamos de gobierno empezó el desgaste acelerado.

Ni recuerdos lúcidos quedan de aquel país que teníamos, que si bien nunca fue el mejor país del mundo, por lo menos el día a día de los venezolanos no se resumía en:

  • Trabajar para tratar de adquirir comida
  • Salir para tratar de conseguir transporte y poder trasladarse al trabajo
  • Caminar al no conseguir transporte
  • Tratar de conseguir agua para poder beber o bañarse
  • Intentar resguardarse de los malandros en la calle
  • Darse cuenta de que luego de trabajar todo el mes, tu sueldo no alcanza ni para un cartón de huevos
  • Vivir con la angustia de tratar de encontrar la medicina que tanto necesitan tus familiares
  • Tratar de tener algo de efectivo
  • Pensar en cuándo llegará la caja del CLAP
  • Lidiar con un país que poco a poco ha perdido su educación y tratar de no olvidar que la base de la sociedad es la cultura.

Antes de presumir mi franela recordé que estaba rota por el desgaste de una lavadora que resultó ser una estafa. Antes de sentirme orgulloso de ese trapito que llevaba puesto, me miré en el espejo y analicé la situación del estampado que dice “Venezuela”.

Aunque nunca fue cierto… sí, llegué a tener “la mejor franela del mundo”, la sigo amando y la quiero seguir usando por siempre, ¿pero de qué sirve ahora si no puedo ponérmela ni para ir a la esquina? La gente ya se acostumbró a verme con la ropa desgastada, pero creo que es hora de cambiar de lavadora o renovar mi ropa. Ninguna de las dos opciones son decisiones fáciles de cumplir.  

La Poesía es un modo de ver la Vida

Por: Amaranta Sofía Campos

 Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

Quien diga que la poesía no está en todos lados, vive sin música en la cabeza. La poesía está en la cotidianeidad, porque la hace llevadera y mágica. Puede haber algo etéreo en la acción de lavar los platos, el uno a uno con la esponja, la espuma entre los dedos, la alquimia de rebautizar un utensilio doméstico con una nueva oportunidad de ser usado otra vez. Puede haber un silencio sagrado en el correr del agua que se reparte generosamente entre tus manos y la olla. Si vemos la rutina con los ojos de la poesía -no del poeta- todo se vuelve trascendental.

La poesía transmite todo un mundo de sensaciones en un par de palabras mundanas; no se necesitan demasiadas para llevar el mensaje. Aunque habla sobre libros extensos e innecesarios, lo que Borges dice en su prólogo de Ficciones parece muy adecuado a esta idea: “Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos.”

Se necesitan segundos para que la música de las palabras conjuren un nuevo universo dentro de nosotros a través de un poema.

Desde que inventamos las palabras, las hemos combinado con ritmo para comunicarnos. La literatura comenzó oralmente con los grandes poemas épicos, que eran recitados de memoria y acompañados por música. El ritmo es el que crea, es la cópula imprevista de una palabra con la otra lo que gesta ese nuevo significado rítmico.

En todo lo que hacemos, lo que pensamos, lo que sentimos, hay poesía.

Dice Eugenio Montejo, este gran poeta venezolano, que la poesía es la última religión que nos queda.

Sólo pide ser sentida, dejar que las palabras realicen su alquimia y muestren un nuevo lado de la cotidianeidad que no habíamos visto.

Canciones de la dictadura

 Foto: Abraham Tovar | Escultura: Diana Carvallo (Guardianes)

Foto: Abraham Tovar | Escultura: Diana Carvallo (Guardianes)

Por Ezequiel Borges

Escucha mi canción
paisano,
estés donde estés,
si eres venezolano,
que no todo está perdido
mientras tengas un corazón.

Escucha bien
mi canción,
paisano,
hermano,
que el camino está abierto
para los valientes que se ríen
de los muertos,
aunque los envidien
los vivos.

Escucha mi canción,
paisano,
esta es la canción
que te quiero cantar
estés donde estés,
para que no olvides
tu propio mar.

Escucha mi canción
si te quieres ir
o si te quieres regresar,
pero no escuches
a los que te roban el corazón,
este es tu mundo
y nadie te lo va a quitar.