Lectores nocturnos

Foto: Abraham Tovar | @Abraham95o

Foto: Abraham Tovar | @Abraham95o

Julio Bolívar | Venezuela

-La verdad que asombra la labor de ese ingeniero-

-¿Cuál labor?. Pregunto el otro lector.

-Esa, la de andar leyendo cuentos y enviar los que según su criterio son buenos cuentos.

- ¿Tú estás seguro de que es ingeniero?

- Si, ¿por qué?.

-Bueno es que a veces me pregunto, como me dijo el otro ingeniero, ¿en qué tiempo lee tanto?

-Bueno, tú sabes cómo son ellos, todo es un plan aplicando técnicas como el ABC. O el forestcard. Sobre todo los empleados públicos. Esos pasan el día leyendo periódicos y dibujando planos

-Y ¿eso qué es?, porque yo creo que leer cuentos no es un asunto de ingenieros. ¿Estás seguro que él trabaja? ¿o lee?

-Bueno, mira, no se debe meter la mano en el fuego por alguien que no conoces bien. Yo creo que es un lector o alguien le lee los cuentos y luego se luce ofreciendo lecturas para asombrarnos. 

-Resulta sospechoso, pero en todo caso, todas las semanas nos manda un cuento: Lo raro es que son buenos casi todos. Yo creo que no trabaja.

-No será que los reescribe, yo he encontrado variantes en los cuentos de Bioy Casares. Los que he leído. Los demás no sé. Ahora que lo digo voy a revisarlos todos.

- No tiene nada de raro, recuerda que un texto es un clásico cuando nos provoca reescribirlo. ¿No era Borges el que hablaba de eso? 

- No, era un francés que postuló esa idea de la reescritura de los clásicos, no recuerdo su nombre ahora. Borges buscaba  los dobles y por supuesto reescribió las ideas de Hume el aquel cuento raro llamado Tlön Ukbar Orbis tertius. Pero yo creo que un cuento o texto es clásico cuando puedes releerlo eternamente y siempre descubres algo nuevo.

-¿Estás seguro?, eso que acabas de decir puede ser un plagio de este ingeniero ingenioso. ¿No y que es un delito?

-Depende. Una vez leí de un poeta oriental que escribía artículos toda la semana. Decía que los escritores debían agradecer a los que plagiaban sus obras, porque eran sus mejores lectores, tanto era su admiración, que terminaban plagiándolos. Eso cambia el concepto de plagio y más ahora donde no consigues una idea original por ningún lado. Todo es copypage con el argumento de la intertextualidad, o la intrahistoria. Por supuesto justificado por Internet y la academia.

***

La tarde se espesaba en el cielo. Amenazaba la lluvia y la ciudad se iba vaciando lentamente y a la vez los coches llenaban las avenidas principales creando el caos usual de las tardes de los viernes.

-Recuerdas que te dije lo del cuento de Bioy. Tiene variantes como te dije, mira esto: No me negarás que en todo triunfo siempre hay algo repelente. ¿Vistes? La versión correcta, la de Bioy dice así: No me negarás que en todo triunfo hay algún referente. Este tipo introduce sus pensamientos y altera los de Bioy. Ese es el tema de los escritores, pueden crear vidas y destinos y jugar con sus ideas anarquistas o de cualquier índole y ponerlas en bocas de sus personajes o personajes ajenos, como en este caso.

-¿En serio? Estás seguro. Déjame buscar en las obras completas de Bioy que tengo aquí en el  baño, no te rías, es que mi mujer cerró el estudio para montar la Navidad y lo llenó de cajas olorosas a almizcle, horrible, sólo pude sacar a Bioy.

- Ajá, aquí está el cuento ese, es muy viejo. ¿Cuál es la línea? , bien: aquí es; "¡joder! ¡Esto es diferente a la de Bioy y  a la del ingeniero lector!. ¡Lee! : No me negarás que en todo fracaso siempre hay algo glorioso y agradable

- Y entonces, quien es el autor realmente de esta frase?

-¿Estás seguro de que es el libro de Bioy?

-Sí, mira la tapa. Bueno, no la puedes ver, pero imagínala.

-Además, este ingeniero nos dice que es el penúltimo. Lee bien el que viene y cotéjalo con el del autor que el escoja. 

-Yo creo que ese ingeniero no es ingeniero.

-¿Qué crees que es?

-No sé. Parece escritor. 

-Pero sólo ha escrito un solo libro. Un libro discreto, sobre una relación familiar muy amorosa, un amor perdido tal vez.

-No importa, tener muchos libros publicados no lo define como escritor, hay muchos por ahí que se jactan de libros publicados pero nadie los recuerda, ni a nadie le ha cambiado la vida.

-Es verdad, sobre todo poetas. Si lee, un día escribirá, al menos que esos cuentos sean sus propios escritos y por mera timidez les ponga con firma de los escritores que admira. Puede pasar. Conozco a un poeta que no quiere reeditar ninguno de sus libros, no sé si es para convertirse en un escritor de culto, o porque valora de pobre sus poemas. Tiene un ensayo sobre poesía que no se consigue.

-Puede ser.

-¿No tienes sueño?

-Sí. Esta novela me da sueño.

-¿Es muy larga?

-Sí, tiene más de mil páginas y debo entregarla a la editorial mañana y aún no encuentro un pueblo parecido a Puebla para que no se note tanto el plagio.

-¿De quién es?

- De Bolaños, ya sabes, es mi escritor favorito.

-Tengo sueño

-Yo también

-Hasta mañana

-Desc…

-zzzzzzzzzzzzzzzz…

-zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz….

-Recuerdo un cuento de Truman Capote que termina con dos personas que se duermen hablando por teléfono, ¿era por teléfono o dormían juntos?

-No sé. Los finales siempre se parecen, terminamos durmiéndonos, puede que por aburrimiento o por cansancio. Da igual. Siempre nos dormimos. Otras veces nos cuesta tomarle el ritmo a un libro y los desechamos y resulta que es un clásico. Un beso. Hasta mañana, amor.

-zzzzzzzzzzzzzz…


Julio Bolívar

ESCRITOR VENEZOLANO*


Segunda oportunidad

Foto: Daniela León | @Daniela_Aurora

Foto: Daniela León | @Daniela_Aurora

Natalie Azcona*

La primera vez que murió Carlos, él estaba en su cubículo intercambiando roces con algunas moscas y repasaba, una y otra vez, el informe detallado para la compañía. La ventana a su derecha asomaba picos de flores amarillas, sobre las que se posaban partículas que venían con el viento.

Carlos solo aguardaba. Era miércoles previo a la presentación, así que Lucía vendría con los respectivos regaños de casi jefa, de casi amante, de casi inteligente, de casi todo. Unos pasos atrás ya ella ordenaba en su mente un discurso políticamente correcto, que saldría luego de su boca como aros de fuego. Una vez más, vendría la batalla acostumbrada: con demasiado ruido y gotas de saliva pulverizada que saldrían de las comisuras de su boca. Era lamentable: tan poca mujer después de todo, salvo por los ojos serenos que aún escondía. Una y otra vez, ella repetía el manual de reglas sobre las cuales Carlos no se fijó mientras hacía su trabajo. Una y otra vez, los dedos de Carlos tamborileaban al compás de una buena canción sobre la mesa y, apenas perceptible, poco después de los tambores vinieron los arañazos y el ahogo súbito: se aferró a las toneladas de papel sobre la superficie del escritorio. Su corazón se detuvo, ya no podía aferrarse.

Hacía mucho frío en aquel entonces. Carlos despertó en el momento en que los doctores iban a colocar la hora en el reporte, Lucía lloraba al otro lado del pasillo. Entre las expresiones no quedaba ninguna otra sensación aparte del miedo. “Cinco minutos sin oxígeno, ¿cuáles son las probabilidades?”, el pasante insistía, y el doctor ateo de cabecera no encontraba más que dedicárselo a un milagro divino. “Sí, divino, pero tanto tiempo sin oxígeno habrá deteriorado sus funciones cerebrales, deberá estar bajo un estudio exhaustivo, si es que logra recuperarse”.



¿El paciente tiene familiares, enfermera?

Afuera hay una chica, creo que es su novia.

Debe darle las noticias.


Carlos abrió los ojos, a su alrededor de pronto hubo silencio, luego aplausos, y media sonrisa se dibujó en su rostro cuando lo apuntaron con una linterna, había vuelto. Su mano apretada de pronto se soltó, y en su palma se extirpaba un insecto. Lucía había estado todo el tiempo con Carlos en el hospital, había llorado desde el primer segundo y lo vio recuperarse. Esta vez ella era quien tamborileaba los dedos contra la puerta, y le ordenaba a cada enfermero que hiciera bien su trabajo mientras él seguía en reposo.

La segunda vez que Carlos murió, murió despacio, ya era preso de Lucía. Se acomodaba bajo su regazo todas las noches y ya no se ocupaba en fingir placer, había tomado la costumbre de variar entre dos polos: dormir bajo su mano en la cara o huir al bar cuando ya no la soportaba. 


Natalie Azcona

Venezolana. Apasionada por la literatura y periodista en defensa de los inmigrantes en Estados Unidos. Asistió al taller de narrativa de Mario Morenza. Le gusta el chocolate amargo y las personas que se sonrojan


Despedida número 1

Foto: Javier Cedeño Cáceres | @CaracasEscribe

Foto: Javier Cedeño Cáceres | @CaracasEscribe

Isaac González Mendoza* | Caracas (Venezuela)

Te levantas temprano y preparas arepas con huevos revueltos para todos. Sabes que será el último desayuno con nosotros en mucho tiempo. Ya no te quedan lágrimas. Has llorado demasiado y estás cansada de ir a las instituciones públicas, donde siempre te tienen nuevas razones para no entregarte los papeles. Nada te hace cambiar de opinión, te mantienes firme mientras ves las arepas tostándose en el budare.

La mañana se desarrolla con la misma tranquilidad de siempre, solo que esta vez un cosquilleo se adueña de nuestros estómagos y miramos la luz del sol con más atención: parece que su brillo se ha intensificado. La niña, como todos los días, corre detrás de la perra de un extremo a otro de la casa. En otro momento la perra se hubiera cansado a los 20 minutos, pero pareciera saber que es el juego de despedida.

"El otro día la niña me estaba pidiendo tetero desesperada. Caminé por toda la ciudad para conseguir la leche. Ahí me di cuenta de que nos teníamos que ir", me dice tu esposo.

Desayunamos entre risas sin pensar ya en la "situación del país". Por un momento nos alejamos de la realidad y hablamos sobre las subidas al Ávila, los viajes a la playa, los Año Nuevo. Hay entre nosotros una complicidad para no mencionar en la mesa ninguno de los problemas que nos afectan. Sin embargo, tras evocar los encuentros en Galipán y las reuniones nocturnas espontáneas, guardamos un profundo silencio hasta terminar de comer lo poco que pudiste cocinar.

No te molestas porque te digo que no puedo ir al almuerzo de despedida. Entiendes que debo trabajar y que volveré para acompañarte al aeropuerto.

Por siete horas no puedo verte en tu (posible) último día en Venezuela. Mientras trabajo recuerdo cuando me regalaste aquellos zapatos marrones durante uno de esos últimos divertidos diciembres, antes de que las navidades se volvieran una fecha forzada en la que solo conmemoramos lo que hacíamos en la "buena" época. Insististe a pesar de que te dije que sentía pena. "Tú eres gafo", dijiste. Costaron 1.000 bolívares, lo mismo que un caramelo el 20 de abril de 2018.

Tres años después, mientras preguntábamos por unos helados que no pudimos comprar porque costaban el 80% de nuestros sueldos, me diste la noticia de que te ibas, la cual comprendí, pero preferí no hablar de ella para evitar tristezas innecesarias.

Llego lo más rápido que puedo a la casa donde te despedimos. Por la oscura avenida no se ven carros sino decenas de indigentes pidiendo dinero o vendiendo las sobras de las verduras que encuentran entre la basura. Ya en la casa veo que todos han terminado de llorar y de abrazarse, así que, en medio de la noche, emprendemos el viaje hacia el Aeropuerto de Maiquetía.

La autopista, donde algunos postes funcionan con intermitencia, se ve solitaria. Es porque, según el taxista que nos lleva, cada vez hay más vehículos averiados cuyos repuestos y reparación son casi imposibles de pagar.

Al llegar al Aeropuerto nos apropiamos de ocho asientos que alternamos entre sentarnos y colocar las maletas. Hablamos poco. Preferimos fingir que dormimos mientras esperamos a que llegue la hora de que te vayas. Las conversaciones empiezan pero nunca concluyen. Apenas mencionamos que hace frío y hacemos uno que otro comentario sobre la gente que va a revisar el peso de su equipaje.

De repente, en un intento por retener el wifi, vemos que ha ocurrido un sismo en Costa Rica, el país al que te vas. Comienzan los nervios. Oramos con la esperanza de que no vaya a ser suspendido el vuelo. Buscamos a cada rato noticias y nos topamos con un universo muy distinto al nuestro, en el que un terremoto es lo único que tal vez podría interrumpir la paz de los ciudadanos. Las demás informaciones son extrañezas como que la inflación se ubicó en 2,57%.

Son las 12:00 am. Tu padre, acostado en el suelo con un bolso en la cabeza como almohada, acaba de cumplir 60 años. No tenemos ni un dulce para celebrarlo, así que entre todos improvisamos el "Cumpleaños feliz". Nos reímos un rato y callamos otra vez, esperando que el azar no sea tan vil y te permita irte tranquila.

Te veo mientras esperas el momento. Te veo seria y llena de convicción, pensando en lo que dejas aquí y en lo que vas a construir allá. Sabes que esta es una nueva aventura y que posees las armas para enfrentarla. Y te costó tanto decidirte, te costó tanto desprenderte de lo que te pertenece. Por eso piensas que quizás en algún momento regresarás.

Sin darnos cuenta se hacen las 4:00 am. En el Aeropuerto, a esa hora de la madrugada, el tiempo parece detenido. Hay gente que camina de un lado a otro con miradas agudas que no voltean hacia los que se quedan. Otros se sientan en medio de la cola y se ponen a jugar UNO o a leer un libro.

Cuando ya es tu hora te acompañamos, con la cara erguida y en fila india, a la entrada. Tú, tu esposo y la niña empiezan a llorar. Nos contagiamos de lágrimas frente a los hieráticos funcionarios militares. A la última que abrazas es a tu mamá. Parece un abrazo eterno. No sentimos incomodidad a pesar de que detrás de nosotros hay personas que nos piden permiso porque también tienen que entrar. Vemos a los padres de cabello canoso despidiendo a sus hijos, cómo se quedan aquí solos y desconsolados, tal vez más tranquilos porque sus chamos estarán en un lugar más seguro. Tú y tu mamá se sueltan luego de mantenerse por cinco segundos agarradas de la mano. Ingresas caminando de espalda para seguir viéndonos, nos lanzas besos y te ríes mientras se te salen las lágrimas. Hasta que desapareces entre la gente.


Isaac González Mendoza*

Es periodista. Ha escrito para el diario El Nacional y textos suyos han aparecido en La Nación (Argentina), El Comercio (Perú) y El Tiempo (Colombia). Actualmente es parte del equipo de la página de noticias Efecto Cocuyo. Cofundador de la revista digital 4Dromedarios.


X-Men y su relación con la marginación social

Foto: Marvel

Foto: Marvel

Lautaro Vincon* | Buenos Aires (Argentina)

1. CHARLES XAVIER

El profesor Charles Xavier, psíquico nivel omega, persiguió un ideal desde siempre: la integración de los mutantes en una sociedad donde los humanos los ven con malos ojos solo por ser “diferentes”. Xavier funda un instituto y recluta a sus primeros estudiantes –Jean Grey, Cyclops, Beast, Ice-Man y Angel– con el fin de luchar no solo contra los humanos que los atacan sino también con aquellos mutantes malvados que quieren dominar el mundo alegando que este les corresponde por derecho evolutivo –comandados por el eterno amigo/enemigo Magneto–.

Desde que Stan Lee y Jack Kirby lanzaron el Uncanny X-Men #1 allá por septiembre de 1963, Xavier las vivió todas: pasó de ser paralítico a caminar de nuevo; atravesó viajes temporales; enfrentó fuerzas cósmicas; sufrió la traición de sus estudiantes; fue dado por muerto y retornó del limbo. Su única marca característica, aquel rasgo que lo distinguió de los demás, siempre fue la esperanza de que los mutantes y los humanos pudieran convivir en paz, aceptándose y encontrando un equilibrio. Este deseo se conoce como “el sueño de Xavier”. Un sueño que se termina con la entrada de Jonathan Hickman en el universo X-Men.



2. TEMIDOS Y ODIADOS O MUTANTES Y ORGULLOSOS

Los X-Men siempre tuvieron su mejor recepción en el público juvenil, período etario que comúnmente se siente/está al margen o apartado de la sociedad debido a encontrarse en el momento definitorio donde las decisiones se hacen un lugar y fundan las bases de los años por venir. No es coincidencia que en la ficción la mayoría de los poderes mutantes se despierten bajo situaciones estresantes disparadas en plena adolescencia. Los personajes comandados por Xavier transmiten un mensaje de respeto e igualdad que aún continúa vigente. Asimismo, son la semilla del miedo para los humanos, a causa de la amenaza latente e imborrable que supone una nueva especie –con poderes incluidos– en comparación con una que ya creía tenerlo todo servido. Debido al odio que les tienen, los mutantes supieron unirse mucho más que otros grupos de superhéroes y ser un ícono incuestionable de la familia, luchando contra el eterno monstruo del racismo y la intolerancia, siendo así la representación perfecta de los marginados y los abanderados de las minorías a través de los años, llegando hasta nuestros días con los movimientos feministas, ecologistas, los colectivos LGTBIQ+, los pueblos autóctonos, la gente con capacidades diferentes, aquellos desplazados por su cultura, su religión o sus inclinaciones políticas; en fin: todos los que buscan la libertad de pensamiento y acción sin tener como objetivo último causarle un mal al prójimo.

Los X-Men, que comenzaron en los ’60 siendo la metáfora perfecta para los inadaptados en su propio entorno, se nutrieron de los problemas sociales acaecidos durante décadas y hoy, en tiempos de redes sociales, de hipercomunicación, donde el odio viaja casi tan rápido como la luz, le dan lugar a la lucha contra la discriminación en todas sus páginas, sea de forma explícita o de manera alegórica. De todos modos, a pesar de ser marginados por poderes que no solo se resumen a cuestiones físicas internas sino que a muchos los dotan de apariencias extravagantes, la historia de estos seres seguirá recorriendo la búsqueda de la aceptación con la esperanza de que llegue el día en que humanos y mutantes logren convivir en paz.



3. JONATHAN HICKMAN

Nacido en Carolina del Sur en septiembre de 1972, nueve años después del primer Uncanny X-Men #1. Es escritor y dibujante de comics. Trabajó varias veces para Marvel Comics, en títulos como ‘Secret Warrios’; ‘Fantastic Four’; el evento ‘Infinity’; y se encargó de los Avengers y los New Avengers culminando en ‘Secret Wars’ de 2015, la serie limitada que reinició casi por completo el universo marvelita. Además, suele frecuentar la editorial Image Comics, y algunos de sus trabajos allí son The Manhattan Projects, The Nightly News, Transhuman, Pax Romana y The Black Monday Murders. Lo nominaron al premio Eisner a mejor serie limitada por The Nightly News en 2008; a mejor guionista y mejor serie regular por The Manhattan Projects en 2013; a mejor serie regular por East of West en 2014 y a mejor guionista por East of West, The Manhattan Projects, Avengers e Infinity en el mismo año; también al premio Harvey en 2011 por Fantastic Four.

Hickman está acostumbrado a manejar grandes abanicos de personajes y a abarcar tramas que pinchan cada rincón del universo que va a trabajar; es un arquitecto camaleónico que logra adaptarse a varios géneros en un mismo argumento, como es ir desde el policial, pasando por el suspense hasta llegar al space opera. Regularmente deja salir sus conocimientos en diseño y otras áreas del medio gráfico, utilizando recursos como el uso predominante del color blanco y el negro, frases lapidarias que ocupan gran parte de la página, símbolos y todo tipo de esquemas, la división de capítulos, las infografías y la creación de abecedarios (como se puede ver en las sagas previas a Secret Wars, con el alfabeto de los Constructores; o en las nuevas historias mutantes, con el alfabeto krakoniano).

 

4. EL FUTURO O UN NUEVO PRESENTE

Alejado del camino que toman las grandes empresas de entretenimiento en medio de la ola de inclusión (como claramente se ve en la industria tanto del comic como la televisiva o la cinematográfica), Hickman da un giro de ciento ochenta grados y, para promocionar su incursión en la franquicia X-Men, lanza frases como “Cuando dos especies agresivas comparten el mismo entorno, la evolución requiere adaptación o dominación” o twittea un gif con la conocida escena de 2001: Odisea Espacial en la que los monos bailan alrededor del monolito. Hickman no busca que las nuevas páginas de los X-Men estén saturadas de interculturalidad; tampoco que haya disertaciones camufladas sobre elecciones sexuales. Los mutantes son, y serán, siempre los mismos. Por supuesto, seguirán siendo los soldados de la inclusión. Aunque ya no necesitan apegarse a, y sufrir por, sus diferencias. Ya no necesitan repreguntarse acerca de los estatutos de la normalidad y quién o quiénes la determinan. Ellos, como nosotros, son hijos de una generación que acepta la subjetividad de cada hecho; la pluralidad de todos los aspectos que conforman nuestra realidad cotidiana.

Hickman se olvida y destruye todo lo que Marvel Comics construyó durante más de cincuenta años. Da un paso al frente, un paso más allá. Rompe con el establishment.

Empieza House Of X y Powers Of X, dos miniseries regulares que deben ser leídas en conjunto y que culminarán en octubre con la salida al mercado de Dawn Of X (nunca mejor nombrada “El Amanecer de X”).

Xavier es contactado por una mutante con un poder único: tras morir, regresa al útero materno con los recuerdos de su vida anterior, creando así una infinidad de realidades donde las nuevas oportunidades están al alcance de la mano; el don de la resurrección está acompañado de un mecanismo de defensa que la vuelve indetectable para el resto de los mutantes. Esta mujer en cuestión le enseña todo lo que sabe, haciéndolo partícipe de cada paso truncado que la mutantidad dio en el pasado –es decir, en todos los comics que venimos leyendo desde 1963–. Cansado de intentar y perder, enterándose de que su especie ha sido marginada y sometida, odiada y asesinada incontables veces en incontables realidades, Xavier entiende que este es un nuevo universo. Que es momento de aprovechar las segundas oportunidades. Y, más cerca del clásico Magneto, decide dejar su dichoso sueño de lado para enfocarse en una única ley: enfrentar a la humanidad cueste lo que cueste. Dominarlos. Demostrarles quién heredará la Tierra. Porque eso es, ni más ni menos, que el fin último de la evolución.

Así es como Hickman relanza a los X-Men, quizá más temidos y odiados que nunca porque ahora sí tienen una excusa válida para serlo: ya no son los mismos, no son los que buscan la coexistencia pacífica sin importar que los marginen y los eliminen sin justificaciones; en esta nueva etapa son ellos los que se alzan, los que se muestran, los que dicen basta, los que hacen valer sus derechos y le aclaran a la sociedad que no seguirán permitiendo ningún desplante, ningún maltrato –fiel reflejo de nuestra actualidad–; los mutantes son una obra más de este mundo; no son diferentes porque, simplemente, las diferencias no existen: solo existe la igualdad. Y dejan bien en claro que, al que no le guste, puede retirarse sin hacer ruido. Caso contrario, ellos tomarán cartas en el asunto.


LAUTARO VINCON

(Buenos Aires, 1991)

Escritor sin seudónimo, fotógrafo aficionado, músico improvisado. Se pasea entre la ciencia ficción, la fantasía, el thriller, el terror y la weird fiction. Le gustan el café, los videojuegos y los gatos. Asistió al taller de escritura de Leandro Ávalos Blacha. Actualmente colabora en la revista digital venezolana “4 Dromedarios”. Facebook: /vinconlautaro


La remota posibilidad de vencer

Foto: Abraham Tovar | @Abraham95o

Foto: Abraham Tovar | @Abraham95o

Mario Morenza* | Caracas (Venezuela)


En ocasiones, los domingos por la tarde me da por pensar en esta frase: «Algunas personas se ejercitan en el arte de ser humanas, otras se obstinan en ser parientes». Son palabras de Miguel Gomes y se ubican en su relato «Anuncios clasificados», integrado por una serie de minicuentos. El texto más bien califica de aforismo desde ciertas perspectivas. Por ejemplo, es una frase que se ajustaría perfectamente para epígrafe de un ensayo crítico sobre lazos familiares y herencias en la Literatura Venezolana. Sin embargo, he pensado nuevamente en esta frase al terminar de leer las aventuras y desaciertos de los personajes de otro Miguel, héroes sosegados y apesadumbrados que se ejercitan en otras costumbres. Me refiero a Miguel Hidalgo Prince, narrador que combina en sus apellidos dos formas de la distinción, el licenciado en Letras de la ucv, el valle-cochero, el chino, como a veces es llamado por sus amigos; el vecino, el hermano y, seguramente, una de las pocas personas cuyo rechazo por el chocolate no luce como afrenta a la sociedad de consumo, sino más bien como el gesto que sella su autenticidad. Este autor, en contraste con la lapidaria frase de Miguel Gomes, ha creado personajes de excesiva humanidad que se han ejercitado en el difícil arte de fracasar, y esta obstinada actividad ha terminado por emparentarlos. 

Los diez relatos de Todas las batallas perdidas (2012) establecen una escuela de la derrota, todos ellos, ya sea Leo, El Feo, Daniel o Freddy, concluyen sus historias con un Ph.D en desengaños y desilusiones. Sus vidas avanzan por un derrotero donde carece la celebración o esta suele ser fugaz. Se desvían por las arterias de la insensatez y asumen su rumbo impreciso como una manera de resistirse a las señales que indican la esperanza.

Todas las batallas perdidas nos ofrece una lección. Una lección que no olvidaremos en mucho tiempo. Estas experiencias se quedarán un buen rato con nosotros después de leer la última de sus historias. Sus personajes nos acompañarán en el día a día como un hematoma en el pensamiento. Es muy probable que en nuestro peregrinar nos topemos con perdedores tan parecidos a estos héroes y se nos hará imposible evitar pensar Vaya, este cajero, o este administrador, o este policía o este kiosquero o este inmamable burócrata se escapó de algún cuento de Hidalgo Prince

El joven Miguel nos muele a golpes en el cuadrilátero de sus páginas. Cada párrafo es una pelea angustiosa en la que riñen la vida, el vacío, el ocio, la amistad y, sobre todas estas cosas, la remota posibilidad de vencer; de vencer y convertirse en el pilar que apenas sostenga y salve una infame vida que siempre estuvo a un segundo de desplomarse.

Las historias de este libro nos enseña que la mayoría de las veces ganar es una falta total de decoro; que la verdadera mística de ser caballero, o de ser hombre sin cansarse, está en la prodigiosa voluntad de saberse perdedor antes del primer puñetazo a nuestra cara desprevenida; de aceptar, como diría Julio Cortázar, que hay que comenzar de nuevo o retirarse a otras peleas, pues siempre existirá la promesa de otro ring para desquitarnos, pero antes debemos acumular más visitas a la lona que nocauts atizados a lo que se nos opone. Esa es la gran lección de Todas las batallas perdidas, un libro que nos nutrirá con toda clase de pedagogías sobre el pesimismo.

Round 1

Este volumen se abre con una pelea llamada «Grasa», protagonizada por dos solitarios que comparten un denso temor sobre ellos: el miedo a perderse. Se desplazan en un vehículo tres ruedas, modelo Tío Rico, «de los que uno no sabe a ciencia cierta si se parecen más a una moto o a un carro» (p. 10). En su irregular avance por las calles de Caracas se plantean seriamente el robo más absurdo de la historia: hurtar toda la cantidad de grasa de cerdo posible para vendérsela a cirujanos. El desenlace de esta primera historia es tan pesimista que cualquier amago de felicidad corre el riesgo de ser tomado como un exabrupto: la contemplación de una Caracas disminuida y ajena por la distancia aceita un final atroz.


Round 2

El siguiente relato obtuvo en 2010 el Segundo Lugar en el Concurso de Cuentos de la Policlínica Metropolitana, y lleva por título «Noticias de la frontera». En él descubrimos que para los soldados de la frontera el ocio es una dimensión en la que no se concibe volver a ser el mismo después de que matas a un guerrillero, o de aguantar los gritos histéricos de tus superiores, o que, ya el más severo de los casos, tu mujer pasa de enviarte fotos desnuda con poses artísticas a enviarte fotos dignas del hardcore más sucio de la industria porno a dúo con otro tipo experto en poses del Kama Sutra. Los soldados de este relato custodian la frontera de Venezuela, pero los límites de su vacío existencial ya han sido violados, invadidos y minados, no les ha quedado otra que desertar de sí mismos.

Round 3 

En «El Show de Leo» su protagonista es una suerte de Mr. Hyde de la sobriedad: cuando bebe no habla, grita, monta su espectáculo en la tarima que se le antoja la barra de un restaurant chino. Allí desahoga entre whiskeys y lumpias sus «reflexiones etílicas» (p. 39): la biografía de su «perra vida» (ibidem) apunta hacia un horizonte retrospectivo, matizado por esa nostalgia de un pasado en el que alguna vez fue feliz al lado de su mujer.

Round 4

El relato «Es solo música» narra la organización y consumación de un menage a trois, esa fantasía tan «sobreestimada» (p. 52). El anodino héroe comprueba que esta variante de la sexualidad está mejor posicionada en la teoría que en la práctica: más que asistir activamente en la acción es testigo, o, si somos justos, su «presencia ahí era de extra» (p. 52). Es una historia en la que sus personajes tienen más cosas en común que sus mutuas colaboraciones íntimas: Maribel, Kimberly y él desean volver a lo suyo y olvidarse de algo, sacarse algún clavo con la misma naturalidad de tomarse una pastilla para el dolor de cabeza.

Round 5

Es sin duda «La isla de Xisca» uno de los más hermosos y humanos relatos que he leído en nuestra narrativa. Digo esto sin temor a exagerar. En él se puede inferir entre la biológica pesadumbre de sus protagonistas una poética del autor: «Detesto las frases largas. Suelo enredarme con ellas. O mi discurso se enreda. Da lo mismo. Otra cosa que detesto es quedarme sin título» (p. 59). Más adelante, el narrador nos expone, a su manera, la eterna disputa entre los académicos y biógrafos: «Siempre he dicho que una cosa es la ficción y otra la realidad» (p. 60); así inicia sus reflexiones para luego sumar ejemplos a la premisa: «El médico argelino que se quedó atrapado en la ciudad plagada por la peste no existió salvo en el libro de Camus. Mandrake no es Rubem Fonseca ni vicerversa. Henri Chinaski no es Charles Bukowski ni viceversa» (p. 60), para concluir que «si lo son es lo que menos importa» (p. 60). El sentido primigenio de «La isla de Xisca» lo encuentro justamente en un relato de uno de estos autores citados: «Suma cero» de Rubem Fonseca (2004). El siguiente diálogo entre dos amantes revela con fría certeza su atmósfera predominante:

—La vida es un juego de suma cero.

—¿Qué quiere decir eso?

—Un juego en que la suma de las ganancias y las pérdidas de los jugadores es siempre cero.

—¿Y lo que acabamos de ganar es cero? ¿Lo que ganamos todos los días es cero?

—Solo al sumarlo con las pérdidas, las pérdidas nunca son cero. (pp. 203- 204)


«La isla de Xisca» resultó ganador del Segundo Lugar en el vi Concurso Nacional de Cuentos Sacven en 2007, así como «Restos de una generación inmunda» en la vii edición de este mismo certamen dos años después; como nos hemos dado cuenta, Miguel Hidalgo Prince se ha convertido en una especie de cazarecompensas de accésits literarias; ha tenido buena puntería, sí, pero lo extraño es que muchos lectores coincidimos, con el perdón o sin él del jurado o parte del jurado, que eran los mejores cuentos de esas ediciones. Hidalgo Prince repetiría en la edición viii su tradicional Segundo Lugar con «Mi padre el veterano», y en agosto del 2013 obtuvo, ya al fin, el primer lugar en la Bienal Julián Padrón con un libro de relatos aún inédito y que seguramente en un futuro reseñaré.. Por lo pronto, invito a leer «Mi padre el veterano», un relato que la primera y segunda y probablemente tercera vez que lo leí, me sacó lágrimas. Lo pueden ubicar en el volumen editado por Sacven (2012) que reúne tanto al ganador como a los finalistas de esa edición como en De qué va el cuento (2013), una antología de Carlos Sandoval, no cabe duda que la más completa y seria de lo que va de milenio.

Sigamos



Round 6

«Antenas» es una historia juvenil protagonizada por Daniel, una leyenda adolescente llena de fama e infamia a partes iguales, que cambiaba sus ideales con la misma facilidad con la que podía envenenar al perro del liceo caraqueño Luis Urbaneja Achepohl por ladrarle cada vez que lo veía o de tramar en el baño de niñas un atentado terrorista apoyado en sus conocimientos químicos. La evolución de Daniel parecía acoplarse cuando pisó los treinta: su gran ilusión era acabar con todos los impuros de la Tierra para que solamente seres de luz la habitasen. Antes de llegar a ese punto de raciocinio o elegante locura apocalíptica, nos cuenta el narrador de este relato que Daniel «[h]abía sobrevivido a todo. A su madre, al asma, al acné, al más absurdo rechazo social, a miles de palizas, a una retahíla de parasistemas. Luego fue barman, taxista, vigilante en un banco, extra en una novela de Venevisión» (p. 88) entre otra cantidad de oficios intrascendentes.

Round 7

El relato que le da título al libro trata sobre la inseguridad de un vendedor de seguros a quien le tiemblan las manos y los ojos, y a quien su esposa lo sustituye por otra mujer. Un día, entre tanto desasosiego económico y sentimental, despierta de malísimo humor. Esa resaca de emociones le proporciona una lucidez de lo que realmente es la vida y se dice con la convicción apocalíptica del Daniel de «Antenas» que «[s]i tuviera los recursos y el tiempo, habría hecho estallar el planeta entero» (p. 108).

Round 8

De «Quería fumar esta noche» se podría afirmar que junto a «Grasa» son los dos relatos road movie, o más precisamente, road short story de Todas las batallas pérdidas. En un Malibú se traslada un staff variopinto de jóvenes tan desengañados como inmaduros. Uno de ellos es Freddy, un poeta mediocre que jamás había publicado un verso pero que aseguraba tener una Moleskine atiborrada de textos que pulía con paciencia y disciplina. Otro, Jonás, el piloto, no había sido expulsado de la universidad como Freddy, pero sí de su apartamento por la máxima autoridad de su hogar: su ex mujer. En breves kilómetros en automóvil, este grupo de jóvenes carbura su fracaso.

Round 9

«Restos de una generación inmunda» sucede en un tiempo en el que, como dice el protagonista, «Locomía era lo máximo» (p. 136). Hacia el final de la historia comprende que «el olvido es algo triste (…). Tiene sus ventajas en pequeñas dosis» (p. 142). 

Round 10

Cierra el libro «Tarde de perdedores», un ágil relato que condensa los resultados de todos los héroes que confluyen en este primer y genial libro: todos tienen un cero a su favor.


En estas historias sencillamente se nos insinúa que la noción integral de lo que debe ser el éxito, ya en los oficios, en los amores, en la vida, más que un lenguaje del fondo, está cifrada en la fuerza que administraremos para sobrevivir el golpe que nos dejará tendidos en la lona de la existencia (o de la insistencia). Estas historias nos harán saber, como bien decía Hemingway, que tanto la victoria como la derrota nunca serán definitivas. Siempre hay algo más, después del punto y final, siempre hay algo más de las últimas frases, de aquellas últimas famosas palabras, como las del protagonista de «Tarde de perdedores» que en un momento de alucinante contemplación balbucea: «No puedo hablar de los demás, pero después de ahí a mí todo se me puso en blanco» (p. 153).



Mario Morenza*

En 2008, publica La senda de los diálogos perdidos (ganador del Premio Nacional Universitario de Literatura) y Pasillos de mi memoria ajena (finalista del concurso para autores inéditos convocado por Monte Ávila Editores). Relatos de este autor han sido reconocidos con diversos galardones: destaca la inclusión de «Vitrum» en la Antología de la Novísima Narrativa joven Hispanoamericana (2008) y en 2016 «Las tribulaciones de un censor antiplagios» resulta ganador de la 71a edición del Concurso de Cuentos del diario El Nacional.