Entrevista a Rubi Guerra: "Las ostras guardan algo más que sus conchas nacaradas"

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En septiembre de 2016 la editorial Madera Fina presentó "El discreto enemigo". Esta es la segunda edición de la novela publicada originalmente en 2001. El autor hizo algunos cambios en la distribución de los capítulos, pero la trama permaneció intacta. Más de una década después, los lectores reencuentran una historia que mantiene su vigencia


Keyla Brando


La playa sucrense fue la primera impresión que un extranjero tuvo de Venezuela: aguas serenas, playas turquesas, arenas gruesas y un sol fulminante que descubre, poco a poco, dando tiempo al ojo para adaptarse a la cantidad de luz, los demás detalles que están detrás de la belleza abrumadora de las costas orientales del país. Parafraseando a Arístides Rojas, una hermosa lengua de tierra con mares tranquilos, bajo cuyas aguas guarda la ostra sus conchas nacaradas. Esta es una parte del epílogo que utiliza para "El discreto enemigo" Rubi Guerra, escritor radicado en Cumaná y, por ende, conocedor de esta tierra. 


El ambiente de la novela es un pueblo del estado Sucre, paradisíaco en algún tiempo; ahora, borrado por el salitre. No es necesario precisar su nombre para saber el lugar del que se está hablando. Es cualquier caserío venezolano, dondequiera que esté. Una población hermética: el orden ya está dado, pero no puede ser explicado, cada quien aprenderá a interpretarlo y, por su propio bien, deberá hacerlo correctamente. 


Las fachadas de las casas son solo eso, fachadas, detrás de ellas se halla una historia compartida que busca, al igual que el mar cuando absorbe todo a su paso, cada cierto tiempo nuevos personajes. Ese es el caso del protagonista, un periodista que decide visitar el lugar para hacer una reseña turística. Un hombre pasajero que termina en las entrañas del pueblo.  “No te metas en lo hondo” es la advertencia que hacen los adultos cuando los niños van directo al agua. “Mira que el mar es engañoso”. 


“Discreto” es un adjetivo que va de la mano con la historia. Los diálogos, los personajes y las acciones transcurren discretamente por los ojos del lector. El sol estridente contrasta con el misterio del discurso de los personajes. El periodista pasa a buscar las historias, más allá del paisaje. Entre ellas, está la del narcotráfico, la violencia, la impunidad, la prostitución, la marginalidad, que inundan al pueblo de problemas. Lejos de lo paradisíaco, se presenta otra realidad, las ostras guardan algo más que sus conchas nacaradas. 


La autoridad es aplicada por entes externos al gobierno. Lo que actualmente se conoce como “pran” es la figura que imparte el orden dentro de la comunidad; la policía es un apéndice más. Las personas no tienen otra salida sino aceptar la realidad impuesta por los que controlan desde el mar hasta los caminos de acceso al pueblo. Eso sí, siempre con la amabilidad y la discreción que amerita lo que se mueve fuera de la ley.  


Quizás, al pensar en una playa, se viene a la mente una historia de amor, pero este sentimiento no parece estar presente en la narración. Los hombres buscan otros fines y se mantienen unidos por intereses distantes al altruismo. Ya la red está preparada y caerán en ella las presas distraídas por el paisaje y “el carisma” de un pueblo aislado en la geografía venezolana, pero que, aún así, muchos han de visitar algún día. 

Las palabras del autor


¿Por qué un periodista y no otro profesional como un policía o un médico?

—Creo que en esto no hay nada muy original. El trabajo de un periodista puede equipararse a la de un buen detective: revela lo que está oculto, pone en evidencia lo que de otra forma permanecería desconocido.

Desde hace cierto tiempo, los periodistas son protagonistas de novelas con tramas policiales por una razón evidente: suelen (al menos ciertos periodistas) estar cerca del delito y de la violencia. A veces se ven lamentablemente involucrados emocional o físicamente, por ejemplo cuando son víctimas de agresiones o reciben amenazas. Y es cierto que comparten con médicos y policías esas condiciones; pero de médicos no sé nada y de policías poco.


La extrañeza parece acompañar las descripciones del pueblo: “extraña fealdad”, “espuma antinatural” o “extraño desasosiego”.  ¿Cómo describiría el ambiente de la novela?


—El ambiente de la novela está descrito en la novela; lo que yo pueda hacer ahora no es más que una paráfrasis que se apoya en la mala memoria. Si el ambiente resulta “extraño” es porque así le parece a Medina, que es un recién llegado al pueblo y, en definitiva, no comprende del todo lo que sucede a su alrededor. Para los habitantes del pueblo no hay nada extraño. Al contrario, para ellos todo es natural, o ha sido “naturalizado”. De alguna manera, Medina ocupa el lugar del lector. No tiene todas las claves, su conocimiento es imperfecto, y esa imperfección es condición de la intriga novelesca. 


Los habitantes de este pueblo son indiferentes a los problemas que allí se presentan, desde la droga hasta las moscas sobre sus comidas. ¿Por qué toman esta postura?


—Como dije antes, su situación ha sido “naturalizada”; es decir, es una naturalidad construida, tal vez como mecanismo de defensa, por condicionamientos culturales, por tradiciones asumidas, por la costumbre del sometimiento, por incapacidad de asumir sus responsabilidades individuales (la falta de responsabilidades individuales conduce a la irresponsabilidad colectiva).  


La tierra acompaña las acciones de los personajes, se adhiere a sus cuerpos sudorosos y absorbe la sangre derramada. ¿Representa la tierra un vínculo entre la naturaleza y los personajes?, ¿por qué está presente en las descripciones de las acciones?


—Sí, claro, hay un vínculo entre la tierra y los personajes. Es un paisaje desértico, una tierra yerma; por algo "La tierra baldía", de T. S. Eliot, es una de los referentes de la novela, lo que tal vez no resulte evidente al lector. Esta tierra desolada, que es real y simbólica a la vez, es tanto paisaje exterior como paisaje interior de los personajes. Supongo que debe algo a las concepciones románticas sobre el paisaje. Lo importante es que a mí me sirve como forma de objetivar la condición anímica y moral de los personajes y sus acciones. 


La autoridad del lugar parece guiar la vida de sus pobladores, al final todos sucumben ante las órdenes de los regentes. ¿No hay otra opción que aceptar la barbarie?


—La aceptación de la autoridad por la autoridad misma parece ser una condición del mal. Volvemos a la idea de “naturalización”: también la aceptación de la autoridad sin cuestionamiento se ha internalizado tanto en los habitantes del pueblo que esta se vive como una realidad inmutable. Por supuesto, no tiene por qué ser así. Si estuviéramos hablando de un pueblo real, con personas de verdad, diría que la gente siempre tiene opciones: rebelarse, decir “no”, resistir… Pero por razones de estructura dramática, a los pobladores ficticios no se les permiten tantas libertades; les toca ejemplificar los aspectos menos nobles de nuestro pueblo.   


 “El hombre atrapado” se debate entre los placeres y la educación que busca acallar estos deseos. ¿Qué resulta de este diálogo?


—No estoy nada seguro de que la educación sea eficiente para acallar los placeres. Me parece que, en general, los placeres, o la búsqueda de los placeres, terminan triunfando casi siempre a despecho de las buenas intenciones, los buenos sentimientos y la buena educación. Aunque ese triunfo ni es completo ni es del todo satisfactorio. Creo que el resultado es una sensación universal de culpa.  


En la novela, el narrador comenta que “todo universo que tenga comienzo debe acabar alguna vez”. En el caso de la literatura, ¿su universo tiene algún comienzo y, por ende, algún fin?


—Pareciera que seguimos con Eliot. Mi comienzo tiene un tiempo y un lugar: la infancia en un campo petrolero de la meseta de Guanipa. Viví solo mis primeros siete años allí, pero bastaron para que mi imaginación quedara marcada por el paisaje, por las historias que escuché, por los sueños que tuve y sigo teniendo. Aunque explore otros parajes, cada cierto tiempo mis historias vuelven al campo petrolero, y el final estoy seguro de que estará allí, pero no como recuperación nostálgica de la infancia. Mi actitud es más como la de quien trata de descifrar un mensaje encriptado que llega de un tiempo remoto. Sospecho que el mensaje es importante, pero no sé, en definitiva, qué significa.  


En la novela la desgracia dura tres días: primero el hecho, después los comentarios y luego el olvido. ¿Venezuela es el país de las desgracias a corto plazo?


—A veces da esa impresión, pero no; nuestras desgracias son sostenidas, reiterativas. Lo que pasa es que tenemos una gran capacidad de olvido (o desconocimiento de la historia, que es otra forma del olvido) y toda desgracia parece nueva y, al mismo tiempo, efímera. 


¿Qué busca con la discreción de su novela?


—¿Mi novela es discreta? Tal vez; seguro que no es estridente. Aceptemos que es discreta, es decir, que no quiere llamar la atención, ni sobre su contenido ni sobre sus procedimientos. Sin embargo, esto es un contrasentido, porque toda novela quiere ser leída, interpretada, sentida, y para eso debe, de alguna manera, llamar la atención sobre sí misma. Tal vez mi novela solo quiera lectores que sepan leer matices, sugerencias; ¿necesitará también un lector discreto? 

 Rubi Guerra, 2016 - Fotografía: Abraham Tovar

Rubi Guerra, 2016 - Fotografía: Abraham Tovar

Rubi Guerra, escritor venezolano. Ganador del Concurso de Novela Corta Rufino Blanco Fombona (2007) y del Concurso de Narrativa Salvador Garmendia (2010).