Cuento: Para no estar solo

Cuento: Sasa

—Ya me voy —dijo el hombre con los ojos muy abiertos.

—Espera: falta poco para que salga —le respondió la mujer.

El frío les paralizaba las piernas. Hablaron como si empujaran las palabras hacia fuera. Esa noche la Luna era un globo hinchado amarillento. El suelo de la calle de San Marcos brillaba. Había llovido el día anterior.

El agua creaba un riachuelo que llegaba hasta la parada de los autobuses, donde se quedaba estancada por semanas hasta que en los días de sol inminente se secaba y dejaba un hedor a orine.

Hace 40 años las noches se convirtieron en gargantas húmedas.

—¡Ahí está! —susurró el hombre, mientras apretaba el maletín negro que llevaba en la mano como si fuera una bolsa de pan.

—Ya. Sal ahora —contestó su acompañante.

El sargento se puso el gorro con más esfuerzo de lo común. Sentía que le había crecido la cabeza. Salió de la casa respirando moco, así que lanzó un escupitajo en el piso y emitió un sonido que retumbó en las casas de la calle. Meditaba, se preguntó por qué el día anterior le dijo desgraciada a su esposa por haber ella llegado tarde del cine.

Sintió que la oscuridad de la calle lo envolvió. Parecía un capullo negriazul exhalando humo de cigarrillo. “¿Por dónde bajo, por El callejón o por la Bajada de los 60?”, reflexionó. Esta vez se decidió por El callejón: la semana pasada le cortaron la cara a un amigo suyo.

Caminó con lentitud. A pesar de que sabía que debía hacerlo rápido, solía disfrutar de ver el cielo todavía repleto de estrellas; y las palmeras, que hacían parecer la calle de San Marcos una playa helada.

San Marcos multiplica los sonidos. Uno puede escuchar a sus habitantes lavando platos, cocinando, incluso respirando. El sargento solía disfrutar de saber que había vida a su alrededor, por eso prestaba con aguda atención cada melodía que se construía a partir de las acciones de la gente.

Esta vez oyó un ruido que no estaba en su memoria. Sentía que eran martillazos que insistentemente estaban acercándose hacia él. El sonido retumbaba en las paredes y luego volvía a sus oídos. Aceleró el paso. No pensó que alguien quería matarlo, pero lo agobió un desespero que venía del pecho. No podía evitar las ganas de correr, sin embargo no lo hizo. “¿Y si volteo?”, pensó. “Creo que mejor no, no vaya a ser que piense que soy paranoico”.

El hombre apretó aún más el maletín y estrujo sus labios. Aceleró el paso. “Ese sí está apurado”, pensó, mientras miraba los pantalones de gabardina del sargento, que parecían unas banderas ondeando entre sus piernas.

El sargento echó a correr a un lado. Se tropezó al rozar la punta del zapato derecho en el asfalto y tiró su cuerpo de 90 kilos al suelo. Su cara cayó en el agua mezclada con aceite de carro. “Coño e su madre”, susurró, luego de escupir otra vez.

El hombre se aproximó, pero el sargento se levantó rápidamente para esconderse detrás de un autobús estacionado. El militar pasó de tener 70 años a 23.

La oscuridad se hizo más densa.

El hombre trató de encontrar al sargento. Se agachó e intentó ver sus piernas, pero las tinieblas no se lo permitieron. De pronto cruzó un autobús con las luces tan encendidas que iluminaron el fondo de la calle. El hombre divisó un brillo: eran las gafas del sargento.

Estaba a pocos pasos del viejo miliciano cuando este le propinó un puñetazo en la cara que le hizo mantenerse desorientado por dos segundos.

—¿Entonces, vas a seguir con la vaina —dijo el sargento con el puño todavía cerrado.

El hombre se recompuso y lo miró con odio y ternura.

—Todos los días te sigo..., es para no bajar solo —alcanzó a balbucear.

De repente pasaron cuatro personas caminando y el sargento y el hombre se escondieron. Eran dos niñas con sus padres. Entonces ambos se miraron con compasión.

—Yo también a veces suelo esperar a que alguien pase para no caminar solo en la oscuridad, pero en algunas ocasiones prefiero quedarme viendo el cielo. Además, me asusté porque ibas demasiado angustiado —dijo el sargento.

—No, no es eso. Es que me compré unos zapatos nuevos, mire —el sargento vio con sorpresa el calzado—. La pisada suena muy fuerte, por eso se asustó. Es primera vez que me los pongo. Desde hace meses me voy detrás de usted para sentirme acompañado, lo que pasa es que antes usaba zapatos más ligeros.

—¿Y por qué no me dijiste y ya, así nos íbamos juntos?

—No quería que me dijera que no.

—No, chico. Más bien me hace falta la compañía, así creen que uno está cuidado.

Se quedaron 10 segundos en silencio y recordaron que estaban inmersos en la oscuridad. Retomaron la marcha, uno al lado del otro, a paso acelerado pero amistoso.

—¿Te lastimé mucho, mijo?

—No, sargento, tranquilo, ya he recibido varios.

 

 

 2017