Cuento: Mil y un cafés

La lluvia es un hombre con olor a café
a veces, 
llueve café en uno. (Quebrantos, G. Rosas)

Andrea Nolasco

“Quiero conocerte”, frase con la que decidí abordarte. Dicha a bolígrafo, seguida de valentía y firmada con mi número telefónico.

Corría el mes de abril y la lluvia nos brindó su mejor tonada, en ese nuestro primer encuentro. Me delataba la mirada, bastaba con ver mis pupilas. Mi cuerpo, como imán, buscaba el tuyo, generabas la reacción del vino en mi interior: alegría y amnesia.

Desde aquel día mi miopía ha mejorado, puedo localizarte a kilómetros, como si un suave olor a familiaridad me envolviera. Tengo grabado aquel primer beso, que despierta cuando te encuentro, a veces sorprendida, caminando en las noches por mis pensamientos. Fuiste un cuento breve, pero me hubiese encantado que fueras novela.

Buscábamos, verbo que explicaba tu comportamiento, cosas según tú: distintas. Un aura de inocencia se sembraba en tu ser al verme. Recorrías con tus ojos mis caderas, para luego, sin disimulo, atrapar con tus labios, mi mirada ya prendida. Creíste, al igual que otros, que no tengo nada de Afrodita, que soy como Artemisa y quizás así sea. Puedo hacer eterno un beso o apagarlo ferozmente, creo que cada día trae consigo experiencias nuevas, soy en las sábanas compañera tierna, que deja caer sobre su presa, ya moribunda, la mejor de sus flechas. La que sudada cae rendida en los brazos de su amante y olvidando a Mnemosine, se marcha. 

El verdadero amante es el cómplice, que narra a su supuesta amada, esporádicamente, sus hazañas. El que permanece en sus deseos, el que deja ladear la copa de vino con la presunción de que no se derrame sobre su cuerpo y busca en cada lunar: las constelaciones. El que desabrocha lentamente cada botón y la penetra con la furia del cantar de sus gemidos.

No hay nada que pueda hacer para atraer al amante deseado al lecho. Creyó en mis palabras, aún nacientes, de que mi dulzura se debía a la llama del amor. Y se alejó para no herir. No encontró lo que buscaba, ni siquiera trato de mirarlo. Cree que al pronunciar el verbo gustar, me vuelvo damisela en peligro y él incapaz de defenderme se tapa los oídos. Y a ese amante, le digo, que los cuentos de hadas no terminan en finales felices, es hora de despertar.

Miradas van y vienen. Pero mi cuerpo, bañado de rosas y jazmín desea su olor. Este te observa en vigilia, cabalgando, sobre sus piernas, besando cada centímetro de su torso, remontando a cada gemido, el paso. Desabrochando el sostén mientras su boca besa el hombro, para al final con punzante firmeza dar en el centro de su amnesia.

A veces miras con curiosidad y otras con desdén. Eres ese olor a café que se impregna en las mañanas. Una cuchara de orgullo con una pizca de sal, cuando te veo dejas caer el peso de tus emociones, vienes y vas. Pero siempre, me haces volver. Somos un eclipse; una fusión altamente inflamable que espera, algún día, hacer combustión.

Esperaba ser tuya, ser la lluvia que bañe tu cuerpo y al mismo tiempo tener el calor suficiente para que te secaras. Ser las manos que descubrieran tu pecho; el hielo que refresca tu paladar, ese frescor que nos eriza la piel y que, como resultado, se vuelve alivio

He cambiado el verbo “querer” por “quería”. Nunca pudiste negarte a mis labios, mirabas de arriba abajo tus ganas, pusiste a cazar al león. Quién te dijo que conmigo no podrías tener noches de fantasía, y caer en el domo del placer. ¿Así, ya lo recuerdo? fui yo. Pero debes saber que “tengo la memoria justa de un orgasmo”. (G. Rosas)