Cuento: La musa en su tumulto

El cielo, alborotado por las nubes indecisas, –que a esa altura no sabían si serían de lluvia o de algodón–, tenía una coloración naranja, de mañana pasajera. La ciudad en sí misma, y sus delicados sonidos que se repetían en la sala tras ser pincelados en el lienzo, eran evocados de forma pasajera, tal como fueron vividos. El maullido del gato lo hizo distraerse por un momento y se percató de que en realidad no había estado concentrado en lo que hacía. El gato se había alarmado ante el inesperado ladrido de un perro, repetido como un eco en la habitación. Al ser expulsado del paisaje que evocaba, el viejo abrió los ojos y percibió a medias –asfixiado por el olor de la trementina– el bosquejo de las calles y las plazas, los arbustos, los faroles y la gente que pintaba.

Estaba casi ciego, pero de todos modos, bajo la escasa luz que dominaba la casa y el estado de abandono de las ásperas esquinas, los ojos no eran más que ornamentos inservibles; y en cambio los olores, las texturas, los sonidos se enlazaban en las cosas: prevalecían. Cada trazo, temeroso, imperfecto, se convertía en una cara sin rostro, mientras el viejo pintor esbozaba el cuadro panorámico de una triste ciudad en relieve.

Incontables ruidos despertaron al viejo esa madrugada. Pasos arrastrados por el piso, quejidos inadvertidos, voces en murmullo, multitudes desgarradas de su reposo de olvido, volviendo a caminar en la sala contigua. El aleteo de una paloma, el agua de una fuente, un pequeño salto y luego uno mayor cayendo con ambos pies, pasos en susurro, pasos galopantes, pasos vueltos a arrastrar, pasos de metal y de pronto: un grito.  

–¿Quién anda ahí? –preguntó incorporándose en su hamaca. Sin obtener respuesta.

Se puso de pie, suspiró con su absurda respiración de anciano, abrió la puerta del cuarto, que crujió. Avanzó hacia la plaza con un andar lento y un carro pitó frente a él para no arrollarlo. Se apresuró para llegar a la acera dando un salto pequeño y luego uno mayor, cayendo con ambos pies; notó que el cielo amplio se sobreponía a la estructura del techo y la multitud se anteponía a los jarrones con plantas moribundas, la mesa de madera ya podrida, el mueble desgastado, el trípode sin uso adornando la sala, las niñas jugando con el agua de la fuente, los vendedores ambulantes, la barricada formándose en la esquina, la telaraña en el rincón, las personas que poco a poco goteaban desde las calles vecinas como las gotas de agua en la ventana. Y dio un largo suspiro de pesar.

Abrió sus manos al aire para atrapar las gotas de lluvia que empezaban a caer. Vio sus manos firmes y discretas, de artista joven, luego alzó la cara y vio a la multitud dispersarse entre los floreros y las ásperas esquinas; y mientras se esfumaban sus manos se hacían de nuevo temerosas y frágiles, y una sola imagen se hacía nítida frente a él, perfectamente nítida. Ella estaba sentada sobre el mueble, mirándolo erguida.

No la había visto desde que nacieron los brotes de su locura senil. Era incomparablemente hermosa bajo la oscuridad que prevalecía; aún preservaba el amor en sus piernas cruzadas y en su cutis joven, ese amor que resguardan las musas. A veces pensaba en sus amigos, pero en ella nunca había pensado. Se hizo claro para él que venía a esperarlo. Pues recordó entonces que su última disposición habría sido pintar un cuadro para ella, su musa de eventuales pinturas, vendidas a bajo precio, un cuarto de siglo atrás. Al reconocerla, el viejo pintor entendió, sin aviso, que estaba muriendo solo.

Se apresuró entonces a buscar las herramientas que jamás había vuelto a tocar. Otros ruidos se apoderaron de la casa; objetos cambiados de lugar, baúles arrastrados, cosas que caían al suelo, recogidas con parsimonia y vueltas a caer. Ella se mantuvo sentada en el sofá, observándolo pintar. Al principio pintó recuerdos efímeros, como las nubes vivas sobre el alba, las montañas ajedrezadas, gente aglomerándose en la plaza, la barricada haciendo frente, y un perro que esperaba a su dueño sentado en una esquina que ladró de pronto. Cuando el gato maulló alarmado, el anciano se percató de que no había estado concentrado en lo que hacía; alzó la mirada y vio que la muchacha se había ido.

Sintió la necesidad de apresurarse aún más. Asfixiado por el olor de la trementina, supo que sin preverlo ella pasaría de ser un olor o una sombra a convertirse en la pintura en óleo de algún paisaje magnífico. El naranja de las nubes comenzó a convertirse en rojo ocre. Obra sangrienta de una mano pacífica, las pinceladas desangraban las estrechas avenidas del antiguo boulevard central. Eclosionaba una guerra de óleos. Recordó, entonces, la última vez que la pintó, mientras el país convulsionaba.

Ahora, en esta mañana áspera, de nuevo empezó a pintar, para ella. Urgido por hacer una obra maestra, no pensó en los muertos cuando pintó sus cuerpos. Las hordas de seguridad no retroceden, el tumulto no se los permite, y se defienden con plomo mientras el viejo pintor sigue pintando más rostros. No pensó en las fallas, tampoco pensó en las nubes que se hicieron de lluvia, pero pensó en todo eso y en otra revolución que se fraguaba cuando pintó un rincón, tranquilo, al margen de las pinceladas de sangre; y a una pequeña muchacha sentada allí –de piernas cruzadas–, acariciando con su mano derecha su cabello corto de musa, e irguiendo su desnudo cuerpo y su lindo rostro, para mirarlo. Los detalles acabados en sus hombros daban la impresión de un escalofrío, y su brazo izquierdo, delicado, terminaba en el esbozo de una mano delgada en exceso, -sus dedos eran pellejo y hueso- con una textura reseca, deshidratada y más oscura que su otra mano. No obstante, esa mano retratada, no era de ella sino de él. Era el absceso de un pasado y quizá de un porvenir maldito.

Seguía pintando y recordando al mismo tiempo. Sin embargo, no lograba entender por qué venía ella a anunciarle su muerte. Solo fue una frecuente modelo –de poses tentadoras– para sus pinturas. Nunca sintió ni amor ni deseo por ella. Ni siquiera aquel mediodía lluvioso en que ella se apareció en su casa ya desnuda, para ser retratada, y se sentó en el mueble frente a él; su piel temblaba como minúsculas hormigas y sus pezones eran como capullos de lirio. El cuadro finalizado capturó los detalles pálidos de sus manos, pies y cutis, pero el joven pintor no dejó de ver la pecera que estaba colocada en una mesa detrás del mueble, con unos pececitos moribundos y unas algas secas; no evitó convertir el mueble en las piedras del lecho de limo; dibujó algunas algas junto a ella y peces tristes a su alrededor. El pintor firmó la obra y dejó que se secara.

Despidiéndose le ofreció un viejo abrigo a la muchacha, ella dio una mirada a la habitación antes de partir: vio la pecera que había pasado inadvertida para ella, el perro del pintor que salió de su escondite en el rincón y se echó sobre el mueble donde ella estaba sentada, las sombras bordeando los objetos bajo la escasa iluminación de la ventana entreabierta, que daba según el pintor daba a sus cuadros un estado de soledad propio. La muchacha abotonó el abrigo con una leve sonrisa y se fue para siempre, al menos hasta esta mañana en que vino a esperarlo. El pintor cerró la puerta y antes de guardar la obra en un baúl, hasta que aumente su precio, es decir, hasta el día en que muriera, la descolgó y escribió detrás del lienzo: “Mujer en la pecera”.

El viejo pintor la recordó marchándose ese día como si estuviese pasando una vez más esta mañana. Y cubrió las montañas descomunales que rodeaban la triste ciudad que pintaba, con un diseño de cuadriculas blancas y negras. Finalizó su cuadro en relieve.

Así recordó también que horas después de haber pintado “Mujer en la pecera”, en aquella ciudad en ruinas, se anunció el toque de queda. Pero los que pasaban hambre salieron. Salió él a escarbar ideales, a buscar argumentos; los desconocidos en el tumulto eran los amigos y las autoridades eran el enemigo hasta que acabara el día, o el siglo. La noche se empezó a notar. Mientras escapaban y confrontaban y esquivaban balazos, y mientras una bota de metal certera golpeó su cara y aplastó su mano izquierda triturando sus dedos, de pronto, resplandeció el cuerpo de una mujer sin ropa que corría por el boulevard central gritando "¡Libertad plena, carajo!".

El pintor con los dedos y la cara sangrantes la reconoció; en aquel momento y ahora –se veía hermosa bajo la oscuridad que prevalecía–. Solo pasó corriendo y no la volvería a ver, pero se convenció de que algún día pintaría con relieves un cuadro panorámico de la musa en su tumulto: “La gran rebelión en la ciudad”, firmó.

Ahora, antes de morir de viejo, habiendo pescado ideales y sobrevivido, su última determinación era sacar del baúl el primer cuadro, y junto al último, regalárselos a su dueña absoluta, sea donde sea que esté, si aún seguía con vida.

Lino J Zabala

Caracas, 2012.

Rio Grande do Sul, 2017.