El día en que Fedosy Santaella se desapareció del mapa caraqueño

Javier Cedeño Cáceres - @JavierCedenoCa

Ese día llamé a Fedosy Santaella y no contestó. Al día siguiente tampoco. Pasó lo que no quería terminar haciendo: convertir mi trabajo en una labor casi policíaca para poder conseguir una entrevista. Le pregunté a un colega que ya lo había entrevistado hace años si Fedosy había cambiado de número. No me supo responder. 

Pasaron por mi mente muchas cosas, entre esas su cuento “Saña”, en el que un vecino, algo obsesionado, le deja varias notas a uno de sus personajes, un tanto incómodas, en la puerta de su apartamento.  En mi caso, pensé en llegar a su casa, tocar su puerta y decirle cara a cara, como si yo fuera un groupie de su club de fans: “Señor Fedosy, lo quiero entrevistar”.  Aclaro que solo fue un pensamiento, posiblemente algún familiar suyo habría llamado a la policía.

Finalmente se me ocurrió una idea más simple: seguirlo en Twitter para que luego él me siguiera y así enviarle un mensaje en privado. De esto modo podríamos concretar la entrevista cara a cara. Por suerte, Fedosy siempre da followback, así que pude escribirle:  

—Hola Fedosy, te he estado llamando al 0416 XXX XX XX, pero no me cae la llamada. Me gustaría entrevistarte en persona. Avísame.

—Hola. Ese es el número, pero yo ahora vivo en México desde hace un par de meses.

Decepción. Frustración. Tristeza. “Se nos fue Fedosy”, les dije a mis tres amigos, quienes también tomaron la noticia con asombro. Más allá de la entrevista que queríamos hacer, los sentimientos se debieron a que uno de los grandes de la literatura contemporánea también abandonaba su Venezuela, su Caracas, su Puerto Cabello.

“Con gusto podemos hacer la entrevista”, respondió Fedosy con la amabilidad que lo caracteriza. La tecnología permitió un encuentro virtual en el que la sinceridad y la franqueza están manifestadas en las palabras que utilizó para expresar su realidad (con la que nunca se ha sentido conforme) y perspectiva actual.

En cada una de sus respuestas noté a un Fedosy reflexivo, maduro, sobre todo cuando habló del ámbito literario. Cambiado por un país que dejó atrás, un país que él mismo siente que está ahora “como un agujero negro”, esta nueva etapa le ha ayudado para la faceta creativa de sus próximos proyectos, los primeros desde el autoexilio.

—¿Como es la vida de un escritor en un contexto país como Venezuela, donde lo más simple se vuelve extraordinario?

—Es una vida que te va dejando sin palabras, una vida donde intentar ser sensato es imposible. Una vida sin plenitud, dominada, aplastada. Es una vida que quizás no deba llamarse vida, cargada de desgracias. Y ciertamente, lo que ocurre en Venezuela es inverosímil. He tratado de explicar lo que ocurre a los mexicanos y tardo un buen rato en hacerlo. En las expresiones de asombro y de dolor de las personas también se confunden el asombro, la incredulidad y el asco.

—¿En qué proyectos está trabajando actualmente Fedosy Santaella?

—Reviso un libro de cuentos. Tenía tiempo sin trabajar un libro de cuentos. También escribo una historia sobre dobles, y he estado escribiendo una especie de inventario poético de lo que se va y de lo que se queda en la vida de los emigrantes.

—¿En qué cambió la dinámica creativa estando en otro país?

—Luego de una etapa inicial de adaptación, he vuelto a mis rutinas: sigo trabajando. Tengo de nuevo mi vieja mesa de madera y mi pequeña lámpara sobre la mesa. Sigo teniendo también una pared en frente, nada de vistas hermosas que inspiren. Se escribe hacia adentro, en un cuarto encerrado, no con un paisaje por delante.

—¿Qué Venezuela tuviste que dejar atrás?

—Duele pensar que dejo atrás una Venezuela que ya no me acoge ni me brinda lo que necesito para sentirme ser humano. Duele dejar atrás un país y sentirlo ahora como un agujero negro. Aunque en realidad no lo dejas atrás, ese agujero va en tu pecho.

—¿Como fue la infancia de Fedosy Santaella? ¿Cuáles fueron las primeras imágenes que recuerdas?

—Tuve una infancia de juegos de calles y de lecturas de casa, una infancia que me sostiene, que es una isla (tomo la imagen a la inversa de Gina Saraceni) que se mantiene a flote. Tengo imágenes de mar, imágenes de mis padres, imágenes de las calles coloniales de Puerto Cabello. Tengo imágenes que me ponen a salvo.

—¿Cuándo supiste que serías escritor?

—Pienso que fue un proceso de acumulaciones. Las calles coloniales de Puerto Cabello, las historias de mi abuelo ucraniano, el mar, los castillos de la ciudad, las lecturas, el cine. Fui y soy una persona introvertida, comencé pronto a amar las historias, luego las palabras, sus combinaciones, su capacidad de crear otras visiones de la realidad, o de esa que llamamos realidad y con la que nunca me he sentido conforme. No sé, yo empecé a escribir como a los diez, once años. Desde entonces escribo.

—¿Cuál fue el primer libro que leíste y qué recuerdas de él?

—Recuerdo una colección de cuentos, mitos, fábulas y adivinanzas que estaba en mi casa en Puerto Cabello. Me encantaban las adivinanzas. «Campo blanco, flores negras, dos que la ven y cinco que la siembran». Recuerdo que la colección Nuevo tesoro de la juventud la acompañaba… o no sé si eran lo mismo. Allí, con esos libros comencé a leer. Recuerdo haber leído algunos fragmentos de la Odisea, recuerdo que mis padres mi compraron una edición para jóvenes de El Quijote. Era muy especial: combinaba fotografías del paisaje manchego con ilustraciones. Volví a Odisea en la universidad y entonces sí la terminé. Pero en aquellos años, me bastó con leer algunas páginas del libro para ponerme a escribir mis propias historias de dioses y hombres en una agenda del año que para entonces regalaba la empresa concretera de la que era dueña una de mis tías. Aquella agenda la he perdido, lamentablemente.

—¿Qué escritor ha inspirado más tu escritura? ¿Por qué?

—Cada etapa de mi vida tiene su escritor. En este momento me inspiran Mark Strand, Adam Zagajewski, Wisława Szymborska, Cormac McCarthy, Manuel Vilas, José Watanabe y Darío Jaramillo Agudelo. Siempre me ha inspirado David Lynch. Es un gran autor. Ando en la nueva Twin Peaks en Netflix. Viéndola, me digo que tengo aún tanto que aprender. De mis años de juventud, debo nombrar a Edgar Allan Poe, Stephen King y Julio Cortázar. Un tiempo después a Arthur Conan Doyle. Soy lector de Henning Mankell y de Jim Thompson. Nunca dejo de leer a Borges. Muchos textos de él ya leídos son con frecuencia nuevas experiencias de lectura.

—Preparación para escribir los cuentos o novelas. ¿De dónde proviene su inspiración?

—Digo como decía Felisberto Hernández en Explicación falsa de mis cuentos: todo surge como una plantita en la oscuridad que uno va regando. A veces esa plantita ya nace lista, y así se escribe. A veces se le da vueltas un buen rato, se piensa un poco más. A veces, aunque lo pensaste un buen rato, resulta un texto totalmente distinto al escribirlo. La meta de mi escritura es la búsqueda de un equilibrio entre la planificación y aquello que va surgiendo de algún fondo increíble que te hace fluir. Con los cuentos, si tengo un plan de libro, los cuentos surgen mejor. No suelo escribir cuentos que nacen por separado, independientes. También me ocurre lo mismo con la poesía. Me gusta planificar, y me gusta también que dentro de la planificación surja un delta.

—¿Qué es lo que más te ha costado en tu labor como escritor?

—Esperar. Pero la espera es necesaria. Sigo esperando. Esperar, tener paciencia, eso.

—De todos tus libros publicados, cuál te costó escribir más

En sueños matarás me dio trabajo, y creo que es porque finaliza una etapa y comienza otra. Quizás por ello me costó tanto. Me deslastré de mucho, tracé una línea, comencé incluso una nueva experiencia con el lenguaje, con la estética. Luego surgió Los escafandristas, luego El dedo de David Lynch, luego Los nombres. Allí tengo algo distinto. Pero es que yo no escribo hoy pensando que voy a hacer igual dentro de dos años. No sé si me explico. Me gusta buscar y buscarme. El arte está en esos atrevimientos. O eso por lo menos creo.

—¿Siempre te sentiste seguro de lo que escribías?

—Cada vez menos.

—En el mercado actual, ¿Fedosy Santaella está satisfecho con las ventas?

—Estoy satisfecho con unos cuantos buenos lectores que me han tocado. Quisiera más buenos lectores.

—¿La ciencia ficción y el cómic son bien recibidos por los lectores venezolanos?

— Sí, por supuesto. Tienen su lugar, quizás más del que se cree. El género negro también ha venido encontrando su lugar. Si el país estuviera menos a oscuras, seguramente tendríamos más espacio y podríamos hablar más de la ciencia ficción, del cómic y del género policial.

—¿Cómo ves la literatura contemporánea venezolana?

—Creo que hay gente nueva escribiendo, creo que los ya conocidos siguen escribiendo, creo que hay calidad, y creo que el gobierno jamás se preocupó por la crítica que pueda haber en la literatura ni en perseguir escritores por una sencilla razón: montó un país tan feroz y caótico, ahogó tanto a la gente en las aguas de la oscuridad, que lograron realmente que nadie se interesara en nada más que en su sobrevivencia, en el hambre, en el dolor y la muerte. Pero la literatura sigue siendo necesaria. En ella quedará el testimonio humano (no necesariamente documental o realista) de lo que son estos años de oscuridad. La literatura es una memoria, un fuego para el futuro.

—¿Cómo reflejas la situación de Venezuela en tus relatos?

—Va surgiendo desde mi honestidad, desde lo que creo que necesito contar. No soy de salir corriendo a escribir sobre Maduro o Chávez a ver si doy en el blanco con las ventas. Pero quien quiera hacerlo, que lo haga. Quizás esa persona sí necesite contar el momento, quizás su temple es distinto al mío, y está bien. La literatura no necesita tiranos. Cada cual que escriba lo que le salga de las entrañas o del interés por la fama. Los lectores y el tiempo dirán. O no. ¿Quién puede decir la fortuna de los libros y los autores?

—¿Es necesario que el escritor actual venezolano refleje de alguna forma la realidad social que se vive?

—Cada cual toma sus decisiones. Es importante reflejar la profundidad del drama humano. También creo que es importante no olvidar que no se debe dejar a un lado el cuidado de la palabra, la densidad de la trama, la estructura. El escritor no debería sacrificar la calidad del texto por la premura de un conflicto actual. Eso, más que literatura, quizás sea un panfleto.

—Si pudieras comparar a Venezuela con una historia de ciencia ficción, ¿con cuál lo harías?

—Pienso en Solaris como una metáfora, en ese océano inmenso que se metió en la mente de todos, que les hizo ver las cosas que querían ver y que al final termina dañándolos, pero haciéndolos suyos. Veo aquel océano como un poder impenetrable, oscuro, que sólo comunica con el fin de controlar, de dominar.

—En tu rutina como escritor, ¿qué extrañas de Venezuela en el poco tiempo que tienes fuera?

—Creo que es muy pronto para responder esto. Por los momentos, extraño el café.

—¿Crees que tu partida a México condicionará tus relatos?

—Quizás, dentro de unos años, escribiré narrativa al respecto. La poesía, en ese sentido, resulta más inmediata. Y sí, está ocurriendo en poesía.

—¿Tienes pensado volver al país? ¿Qué Venezuela te gustaria encontrar?

—Todo el que se va piensa en volver. Mis abuelos ucranianos nunca volvieron. Yo, que nací en Venezuela, tampoco he ido a Ucrania. Unos versos de Zagajewski dicen que la estación de que se parte hacia Lvov es la del sueño. Más adelante agrega un condicional y dice «si es que Lvov existe». No sé, me gustaría regresar a un país que exista como país y no como coto de un grupo de tiranos.

—¿Como ves a Venezuela en los próximos 10 años?

—En ese agujero negro del que hablé antes nada se puede ver. Me di cuenta hace rato de que no tengo alma de analista político ni de escritor de columnas de opinión. Mucho menos de vidente. Es tan difícil armar piezas desde la política, la filosofía o la historia para pensar una Venezuela del futuro. Esta Venezuela de hoy te quita incluso las palabras, las palabras de esperanza.

—¿Vivir para escribir o leer para escribir?

—Yo vivo, y no sé si lo he hecho bien.

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