Mientras sucede la poesía

 Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

Mario Morenza* | Venezuela

 

Conocí hacia el 2005 o 2006 al poeta mucho antes que a su poesía. De sus clases recuerdo mi vieja edición de El Quijote y su tono de voz que obligaba, sin escapatoria, a una sumisa atención. Abrir el libro en cualquiera de sus páginas era el preámbulo para una alergia que de a poco devenía en una incontrolable sesión de estornudos. Mientras, me limitaba a tener un pañuelo al alcance y seguir leyendo las aventuras del ilustre hidalgo.

La edición conspiraba a favor de cualquier viento menos para el que necesitaba. Aquellos aires no estaban provistos de la fuerza suficiente para soplar hacia el norte de mi curiosidad. Finalmente, no logré conseguir otro ejemplar alternativo y no me quedó otra opción que conformarme con esta, una edición que me guio por aires distraídos. El libro albergaba una sobrepoblación de colonias de hongos y su transcripción desactualizada tenía el atributo de obligarte a conocer cómo se hablaba doscientos años atrás. Como se podrá notar, eran muchos los contratiempos para un estudiante de pregrado.

Estos molinos me empujaron hacia otros derroteros. Más allá que las aventuras del caballero de la triste figura, Guillermo Sucre, el profesor, me enseñó a leer y buscar en la ficción lo que está más allá de lo que dice la textura de las palabras. Aunque no salí muy bien que digamos, apenas un pírrico 16 en la nota definitiva. El profesor Guillermo Sucre me diagnosticó una escritura elíptica, que también, debo confesarlo, en aquel entonces era apresurada: dejaba todo para última hora, típico de cualquier estudiante promedio de Letras ucv.

En el trabajo final se dejan leer aún las breves pero valiosas palabras que Guillermo Sucre me dedicó. Desde luego, ya eran muchos factores los que conspiraban para no hacerme entender del todo.

Bastarían cuatro años para enterarme que había sido poeta, que es poeta. Tal vez sus espaciados y gruesos silencios han obrado para que no se haya dicho mucho de él. A pesar de esto, las inscripciones en la Escuela de Letras cambiaron cuando en ese 5to semestre se conoció la noticia del curso que Guillermo Sucre iba a dar sobre El Quijote.

La noche anterior a las inscripciones, ansiosos, aguardamos a que la Facultad de Humanidades y Educación abriera sus puertas. Esperábamos con una devoción fanática, como si se tratara del concierto de nuestro artista de moda o de un Caracas vs. Magallanes, sin importar el tiempo que tenía que transcurrir ni las incomodidades para lograr el objetivo.

En los años siguientes, poco a poco me fui enterando de datos sobre Guillermo Sucre. Uno de los que más me enorgulleció y al mismo tiempo lamenté antes de navegar en su poesía, fue saber que La máscara, la transparencia (1985) era un libro obligatorio en la unam y que yo no lo había ni siquiera hojeado.

En 2009 leí su primer poema, un segmento de «Entretextos». Pocos meses después me volví a encontrar con Guillermo Sucre después de cuatro años, en el Honoris causa que le sería conferido el 28 de mayo de 2009, en el Paraninfo de la Universidad Central de Venezuela, al lado de otras destacadas figuras de las Letras venezolanas como María Fernanda Palacios y Rafael López Pedraza.

Se me hace arduo, por qué no decirlo, ser objetivo al hablar de la poesía de Guillermo Sucre. Intuyo que la poesía, en sí misma, al uno intentar pensarla u observarla, indagar y navegar en ella, es imposible hacerlo con un espíritu objetivo. La palabra nos refleja y se nos hace espejo infinito de nuestro interior. Imposible ser objetivo cuando los puntos de engranaje de las palabras se contemplan en todo, desde lo absoluto del humo hasta en «el alba, como un hormiguero gris». Es el mismo sentimiento, supongo, que agobió a mi buena amiga Erika Roosen al momento de redactar su ensayo «El honor de admirar», publicado en el blog número 7 de El Apéndice de Pablo. En este trabajo, mi condiscípula expone lo siguiente con diáfana y vertical humildad:

 

Gracias a ellos hemos comprendido, entonces, que, como apunta Nemer Ibn El arud, en literatura, «una respuesta es, generalmente, una pregunta compartida». En la mayoría de los casos, más que tratar de dilucidar un misterio, es necesario aprender a leerlo como tal: «vivir en el misterio: frase redundante», diría otro Doctor Honoris Causa de la Universidad Central, el poeta Rafael Cadenas. Es por eso, quizá, que más valdría quedarse con el misterio de ese algo más que siempre surge en el encuentro con estos maestros que tratar de describirlo hasta agotarlo. (Roosen, 2010: párr. 6)

            En este ensayo hablaremos de Mientras suceden los días, su primer poemario publicado por única vez en 1961 por la editorial Cordillera. Mientras suceden los días está conformado por tres extensos poemas que hacen un todo, como las vértebras de un cuerpo, como las estaciones de un año; o como las estaciones ferroviarias, que configuran un largo tramo que atraviesa un país entero de norte a sur. Cualquiera que sea la metáfora de su preferencia todas nos llevan a ese muelle de misterio en el que vivimos y genera preguntas como una industria masiva de interrogantes. Para María Fernanda Palacios, en las primeras líneas de su ensayo «Guillermo Sucre: La palabra, la pasión, el esplendor» (1987) se refiere no precisamente al misterio, pero quizá sí a un misterio diluido. A La ensayista y poeta venezolana la mueven las «secretas complicidades» y reconoce, advierte, que al centro del secreto no podrá llegar, aunque sí hay callejones que le serán permitidos única y exclusivamente al amor: «Esta parte es la que el poema no dice, pero insinúa y se parece a eso que Lilly Briscoe quería decir: nada que pueda estar ya dicho o escrito en idioma alguno, algo que es como la intimidad misma. Digamos que llamo intimidad a eso que en una poesía nos enamora». O también esos elementos que conmueven o «acompañan siempre de manera muy honda», como afirmaría José Balza (2001) sobre este y otros poemarios de Sucre: En el verano cada palabra respira en el verano y La segunda versión: Balza escribe que uno, como lector, buscará en la poesía «otro sitio más secreto para las raíces de la tierra», o para el alma, y compartir ese extraño exilio que habita en las palabras, para encontrar ese legado proverbial que nos ayude a combatir la impostergable capacidad de lo efímero que caracteriza a los fenómenos del mundo.

            En Mientras suceden los días se juega a una poética del transcurrir. Cada gesto del mundo le abre paso a otro. En cada gesto del planeta están inmiscuidos el ocaso y el germen de otro espacio, y de otro tiempo dueños de un país donde la palabra realmente llega a ser un himno. La primera de las partes data de 1955 y se titula homónimamente al poemario. La siguen «De los viajes y el regreso» (1956) y «Donde el viento no ha podido vencer» (1957).

Comencemos esta navegación, de manera lógica, por la primera de ellas.

 

Primera estación: «Mientras suceden los días»

            Este poema se abre con los siguientes versos:

 

Atado como siempre a tu simetría de oscuro río

que fluye entre mis manos

                               (Sucre, 1961: 13)

 

El inicio de «Mientras suceden los días» equivale a una extraña variante del Big Bang en los perímetros de la poesía sucreana. Es la aduana a este mundo poético, una alegoría botánica, en el que la naturaleza y el cuerpo se entrelazarán y se concebirán en sustancia y hechura de esos gestos a los que me referí en las primeras páginas. Se coquetea con el tiempo, y ser parte de ese fluir de los días que encuentra rostro en lo vegetal, en el tiempo plantado en la Tierra y sus cambios, y en las palabras plantadas en uno, enraizadas. Se establece más que un juego de espejos entre la carne y lo verde del mundo. Un contrapunteo de imágenes guiadas por su propio resplandor. José Balza en su ensayo «Guillermo Sucre: La felicidad y el árbol de la tormenta» (2001) refiere testimonios importantes sobre la vida del poeta, incluso, el autor reflexiona y anuda los versos a momentos significativos de la vida de este, como si fueran claves cifradas para comprender y estimar una biografía de uno de los fundadores del grupo Sardio.

            José Balza concluye que el valor poético de este poemario radica en que el «verso tiende a no ser breve, (…) [asume] un denso ritmo que lo aproxima a la prosa, (…), su lenguaje, sin embargo, es preciso y elegante: (…) [muestra] imágenes sobre cuya sensualidad la reflexión avanza como algo menos melancólico y aun lúcido» (2001: 338). En ese primer pulso de «Mientras suceden los días» el poeta abre una obturación a esa imaginería que se bifurcará en su obra poética, a las redes que se vincularán al mundo, a esas evocaciones en el exilio, y a la prodigiosa nostalgia que se queda plantada en la memoria y, también, a ese tema subterráneo al que se refiere el mismo Balza: «la celebración del instinto».

            Me detendré en el segundo fragmento de la primera parte de este poema:

 

                                           Ya no hay girasoles en tu pecho,

                                               sino lágrimas y otras caídas hojas

                                               del árbol de la noche. Y más espesa,

                                               más silenciosa, aferrada a esos pequeños

amuletos que ha destruido el tiempo,

                                               y a las palabras: ¡oh redes vacías!

                                               (Sucre, 1961: 13)

 

            Tanto en estos versos como en la segunda parte de este primer poema se notará la misma pulsación de elementos. La tierra, el viento, lo asible y lo inasible, lo huidizo, y también lo permanente. El magma se concreta en la poesía de Guillermo Sucre desde los primeros movimientos, telúricos, germinales y a la vez lapidarios. Como en la naturaleza, siempre cumplirán un ciclo. Todo resplandor oculta fielmente su sombra, pues la moción de las cosas y de los ocasos dejarán ver en algún punto ese halo de oscuridad que tienen los cuerpos, sean tangibles, e intangibles, sean orgánicos o no, inanimados o vegetales. La palabra se hace refracción e irradiación de los movimientos del mundo, y los del cuerpo, no los del mundo en el poema. Y es así la manera en la que finaliza la primera parte:

 

Soy el movimiento de los días,

el movimiento de los árboles,

el movimiento de las hojas del otoño

recién extinguido

(Sucre, 1961: 15)

 

            Estas imágenes se mantendrán firmes durante la obra poética de Sucre. «Tratemos de navegar con la imagen…» dirá Palacios en su ensayo, «…de ver su metamorfosis, no hablar de ella sino con ella, porque la intimidad con una obra es precisamente leerla sin ordenarla, sin enjuiciarla o etiquetarla desde afuera». La crítico y poeta resume el pulso poético y la articulación anatómica de la obra de Sucre al concluir que «[s]abemos muy bien que en última instancia lo que legitima un libro (…) es sin duda un secreto, su ritmo secreto» (Palacios, 1986: 141). Concluye invitándonos a leer su obra, a buscar el pulso de su obra, precisamente en ese ritmo, en ese acorde y en esa (in)tensidad de la palabra del poeta en el mundo.

Avanzamos en el poema y en el apartado ii estalla la ciudad como bastión, atalaya que resucita sentimientos que prodigan el exilio, esa noche: «Luego, a la hora del crepúsculo / enrojecer como las ciudades» (p. 15). Está allí, palabra a palabra, prodigándose un nuevo mundo, una nueva versión de la realidad. Es por ello que el mismo Guillermo Sucre afirmaría en su ensayo «Las palabras y (la palabra)» que «[e]n el pensamiento moderno —podría decirse— el lenguaje sustituye a la verdad. De igual modo, en la poesía moderna, el lenguaje sustituye a la realidad» (Sucre, 2001: 222).

La rima en el siguiente tramo, el iii, no es asonante, es climática, emocional y fenomenológica: viento, amor, fuego, invierno y otoño. Bajo las hojas el tiempo, la tempestad violeta sobre la ciudad bajo el otoño, los seres y las cosas y los parques bajo el vértigo y el viento, siempre un elemento haciéndole sombra a otro, tocándolo desde lejos, haciéndolos noche parcialmente.

El siguiente tramo de «Mientras suceden los días» asume esos rasgos biográficos que predominan en el citado ensayo de José Balza, sin embargo, los elementos y movimientos del mundo no dejan de formar parte de este cosmos, ellos dejan fluir y transparentar las situaciones vividas por el autor y que Balza detectó en su pesquisa:

 

IV

Los días aislados en la región austral.

Qué cielos aquellos, estivales y magnéticos del

                                               azul.

Qué lagos parecidos al reposo de un planeta.

Qué volcanes erigidos como el odio o el éxtasis.

Y la nata verde de la tierra semejante

al clima húmedo de tu vientre:

cómo debimos prodigar el instinto.

Situados los bosques bajo tu fragancia,

entre tus cabellos se deslizaba un viento

que abría las casas de la noche;

después las cerraba tu sueño

y era tu respiración como el cielo lleno de estrellas.

Ah, no estábamos solos, no estábamos solos

en ese reino de la madera,

del perfume,

y ahora también, también te divisas

en esas esfumadas colinas

que hoy recuerdo bajo las lluvias.

(Sucre, 1961: 17)

 

 

Además de lo señalado antes de darle pie a este fragmento, puedo añadir la naturaleza mineral de los poemas de Sucre. En este fragmento se transfiguran en elementos, de la tierra a lo humano. Se fusionan todos los átomos del mundo, todas las texturas, y se hacen en otras, también se deshacen. Y como siempre, como será siempre en su poesía, la palabra será el vaso comunicante entre esos dos sistemas que contienen la realidad. Por tal razón, la realidad nunca abandonará ni será abandonada por el lenguaje, ya que es el mismo lenguaje quien la contiene. Si se anula el lenguaje, se anudan los universos posibles, todas esas vertientes de la realidad se redireccionan a «otro sitio más secreto para las raíces de la tierra». Cada gesto del mundo figura una plegaria para que este nudo entre verbo y realidad no se desate. Como si todo fuera el universo, los días y el tiempo se mordieran la cola una y otra vez, una y otra vez. En cada impulso se proclama lo sagrado de una memoria, la respiración de los recuerdos, del verano, de los sentidos que se avocan y sostienen los recuerdos del propio cuerpo.

 

 

V

Cuántos ríos mares, que el hombre exila

y que yo reúno en tu corazón;

cuántas auroras, extensiones naturales

del augurio, limbos ensangrentados.

Y las cosas que apaga mi tristeza

cómo fluyen en ti a imagen del fuego.

He aquí las ciudades que atravieso,

poseído de los climas con que te rodeo;

y mi rostro fundido bajo los soles,

mi espíritu arrastrado por las calles

al abrigo de respuestas y revelaciones,

mis pasos al azar del gris o del púrpura,

mi lenguaje sustituido por las lluvias,

el caracol de los días despiadadamente callado

junto a ti que inicias las distancias,

los atributos y las posesiones del amor.

(Sucre, 1961: 18)

  

Las ciudades, los paisajes, los elementos reunidos en el corazón de uno. Guillermo Sucre postula que somos las ciudades y territorios que llevamos dentro, allí se incuban nuestros sentimientos. Allí florecen y flamean, arrastramos con nosotros todas nuestras huellas, toda la ciudad la llevamos en nuestras pieles, toda la ciudad se va con uno. La ciudad sigue a esa confesión de quien atenta contra sus recuerdos cada vez que se acopla a un sistema eterno de la naturaleza. La poesía de Guillermo Sucre son dos pies que están a punto de tocar un furioso río, de hundirse en él, pero apenas, con solo tocarlo con las puntas, pueden absorber los fulgores más ocultos del mundo para percibir con claridad que «Aún hay noche donde tus ojos / hacen fuego y aún eres vertiginosa / del instinto, anémona deshecha / en un océano triste» (p. 19).

Guillermo Sucre establece capas geológicas de tiempos y espacios, estas abrigan recuerdos, pasados, ciudades y naturaleza. Todo fenómeno se sitúa en medio de otros dos que lo emparedan, y lo concretan y lo complementan en los ritmos del mundo: «y se aviva en tu carne el olor de la tierra» (ibídem).

            El cuerpo, nuestra realidad más cercana, la que nos cobija, la que reproduce nuestros silencios y nuestros sonidos, es la embajada del mundo en nosotros, la atomización de los fenómenos del mundo, de las fieras del tiempo, los climas, y las estaciones, esos dos tiempos, que como esa capas geológicas cubren los fenómenos de la tierra.

            El último fragmento de «Mientras suceden los días» cierra así: «Es de noche sobre la tierra y sobre nuestros sueños, / sobre nuestros párpados, / sobre el pedazo de pan que compartimos» (p. 20). Desde el comienzo del apartado vii se dibuja la muerte de una etapa, la luz le da paso a la oscuridad de la noche: «Estas cenizas son ahora nuestro fuego», dice el segundo verso. El tono cambia y el resplandor que acompañó nuestra navegación a través de los seis apartados anteriores se disipa, se agota, pero queda el residuo de esos mismos elementos que en el pasado brillaron, en el acerado brillo de las miradas, y se erige el silencio, pero no se anula ni extermina el lenguaje. Nos quedamos sin palabras. Pero «aun la pobreza del lenguaje (no tenemos palabras, en verdad, para nombrarlo todo) ¿no ha servido para estimular todos los sistemas metafóricos y aun místicos?», dirá Guillermo Sucre en su ensayo «Las palabras (y la palabra)», en juego refractivo con el ocaso de este poema. Y si continuamos, podríamos anudar lazos entre la poesía de Sucre y su prosa ensayística, en una hallaremos las respuestas que clama la otra: «El silencio, por una parte, sería el regreso a las fuentes mismas de la palabra. Ese regreso es un punto de partida; lo original, en efecto, es el silencio» (Sucre, 2001: 293), acotaría el poeta en «La metáfora del silencio».

Segunda estación: De los viajes y el regreso

El segundo poema de Mientras suceden los días manifiesta un ritmo distinto. La vastedad del mar es una metáfora del silencio, y de que más allá de la resaca no se puede llegar a ir muy lejos, ya no existe suelo en el que colocar los pies, ya no insiste el suelo que nos amaga con los trazos y trozos de nuestra propia sombra. El mar indestructible se atraviesa, se huye a otra realidad. Como un grito espasmódico Sucre deja caer estos versos:

puertos y ciudades —¡oh memoriosas

imprecaciones de la piedra!—

se acumularon en mi corazón.

Ciudades impenetrables o sensibles a la noche que

se ilumina como un hangar.

(Sucre, 1961: 23)

 

            Todo se representa como sumergido en una apocalipsis neptuniana. Un orden sistemático moría, una raza de lamentos. Se esfumaba una red de palabras como una dinastía de sal. ¿El mar como una vía imposible de escape a otro lugar? En el apartado ii, no por casualidad comienzan los trenes a aparecer. Uno en estos poemas escucha el rumor del humo y el fuego, del hierro forjado con que debe ser el material secreto con que están hechas las despedidas. Y ciudades que respiran en la memoria, de esta vez que evoca que aún están ateridas a la piel, la ciudad ahora se atomiza en el espíritu. En los siguientes episodios se desgrana uno a uno el paso de los días y el devenir del sol, para establecer ese ritmo inalterable de luz y sombra, divididos en partes iguales de tiempo:

 

                               Después de apacentar el musgo de las ciudades,

                                               en lo irreparable del atardecer,

                                               en la soledad de la memoria,

                               cuando una ráfaga o el advenimiento de las sombras

                                               se dispersan las imágenes, los vestigios,

                               nos hicimos nuevamente los fugitivos habitantes

                                               del mundo.

                               (Sucre, 1961: 30)

 

            En este apartado las imágenes nunca llegan a colisionar, cada una transcurre, discurre y se presenta en las líneas de sus propios rieles, llegan a posicionarse paralelamente una al lado de la otra, para compartir ese destello de oscuridad, o esos eclipses absolutos que ofrenda la luz. Martha Durán en su artículo «De la penumbra a la limpidez» comenta certeramente sobre la cualidad poética que emana la obra de Guillermo Sucre:

 

Es un poeta de la transparencia, de la claridad, de la luminosidad, del albor. Sus regiones oscuras buscan siempre iluminarse en la palabra, rescatando lo discreto para festejar su destello en la imagen. De allí que los elementos que privilegian su mirada sean aquellos que tienen la cualidad de generar luz, como el sol o el fuego; o de recibirla y dejarla pasar sin ofrecer resistencia, como el agua o el aire. (Durán, 2009: 2)

 

            De nuevo a la tierra. Viaje a la superficie. El regreso. Son sustancias de los desplazamientos. Los trenes.

 

                               Así la luz de aquellas regiones, transfigurada en

                                               la llama de los cuerpos.

                               Así los días, entre la hostilidad o el amor.

 

                               Pero a lo lejos de nuevo el mar, el mar y los

                                               emblemas de su cólera: relámpagos del exilio,

                                               astros de la errancia, los adioses.

                                (Sucre, 1961: 31)

           

            Cristian Álvarez en su ensayo «Guillermo Sucre. Poesía y ensayo: la misma realidad del lenguaje» describe muy diestramente esta faceta en la poesía de Sucre, ese «darse cuenta del primer extravío, el singular errar del lenguaje que a veces olvida ser lenguaje, nos muestra también la conciencia de esa distinción de realidades que asimismo definen un exilio». En la poesía de Guillermo Sucre el lenguaje instala más que puntos, sentidos cardinales, los por alto y por bajo por los que fluyen los elementos, por los que fluye la memoria que apenas nos salpica sus caprichosas necedades:

 

                        Renunciamos al tiempo. Y nuestras pobres palabras

                                               perseguidas eran el exilio

                                               el lenguaje de la ausencia,

                               los pétalos sangrantes de aquella rosa que moría

                                               entre tus manos.

                               (Sucre, 1961: 37)

                Esa rosa que se desgaja, se hace fugaz y fugitiva, también ajena de a poco y que antes fue refugio y sexo, hogar en el cuerpo para huir de un eminente exilio. El cuerpo y la palabra son la nación, son el país del sentido de lo humano. Sin ellos seríamos simplemente bestias, enajenados, por cuanto que nada sería ajeno a nosotros, pues no hallaríamos la propiedad de nombrar las cosas. Es la hecatombe de nuestra pobreza del lenguaje, la incapacidad de nombrar, de decir, de recordar las cosas por sus nombres. De llamarnos. Primero fue el verbo, la palabra nunca ha abandonado a los misterios del mundo: «Pero los viajes me desvelaron la memoria, y no la sombría fidelidad de las cenizas» (p. 38), aquellas cenizas que antes como tales seguían siendo fuego, ahora han devenido en extensiones del cuerpo, de los recuerdos, un faro que arroja luz y desata un norte próximo: «la hoguera inmortal que devoraba las fronteras, los confines» (p. 38). Son esas mismas palabras las que nos lanzan al exilio, es la puerta de entrada. Lo único que tenemos, en definitiva, es el nombre, la palabra que nos explica. En un espacio indómito, sin fronteras aparentes, es necesario el fuego, aunque sea en su versión apocalíptica: sus cenizas, capaces de flotar y nunca hundirse en la vastedad del mar como le puede ocurrir a las horas, y a los sentidos cardinales: «…el tiempo ruge ahora entre nosotros. El mar bate entre nosotros. Abolidos están los fuegos, los sueños desafiantes, los crepúsculos. Y solo nuestros rostros, herederos de una salvaje idolatría, brillan en la hiriente soledad del estío» (p. 39). La poesía de Sucre nos hace saber que en el aire se es gaseoso, como los recuerdos, en la tierra uno se planta. Se nos muestra en «De los viajes y los regresos» que en el mar todos somos exiliados absolutos de nuestras tierras, aquí el lenguaje se transparenta y busca flotar con nosotros y para nosotros. Las palabras parecen haberse fundado para pronunciarse en tierra firme, donde exista quien las oiga y las haga suyas: «Pero a lo lejos de nuevo el mar, el mar y los emblemas / de su cólera: relámpagos del exilio,/ astros de la errancia, los adioses», así termina el iii episodio de esta segunda parte, para luego aportar en el siguiente peldaño de esta navegación al lenguaje como cuerpo. Bandera por ser conquistada. En lugar es ajeno y extraño, la patria hecha contorsión de muslos, siempre los territorios plegados al cuerpo, yacen su imagen en él. Memoria y deseo, cuerpo y palabra: los cuatro puntos cardinales que alimentan el mundo, que le dan sentido a las estaciones de la ausencia que comparten el humo de las ciudades, las cenizas de la memoria del espíritu enarbolado.

            «Y entonces tú, desamparada, en la resaca de tu historia y de la historia / Cómo conquistabas conmigo los jardines, las ferias, los suburbios». Aquí, en el ecuador de la segunda parte se escucha una voz crepitar con esas llamas, una voz temblorosa que musita: «Seamos reales», mientras nos obligamos a oprimir «el rugiente olor humano», estamos hechos de tierra, porque allí, y solamente allí, nuestra sombra será capaz de crecer y desdoblarse con nosotros. El cuerpo que contiene los elementos. El día y la noche nos guiña el rostro del tiempo, y es esa noche la que se desliza por el pelo y el vientre en el que arden los soles del verano. Solo tenemos como embarcación a la memoria estancada en el agua de la infancia. Esa «memoria fluía como un río paralelo a tu cuerpo tendido / y era el pasado esas tristes aguas detenidas de mi infancia». La memoria que fluye paralela al cuerpo tendido, como dos capas de la realidad. De ningún modo se contempla al cuerpo como ente desterrado de la naturaleza que lo rodea, como eslabón del mismo tiempo y ese lenguaje negado a desaparecer, anudado a los días, y al tiempo, acompañándolos en el exilio de agua. «La fija fugacidad» que solo podemos asir en nuestros gestos, en nuestras facciones, en «los viajes que desvelan la memoria». El instinto y el destino en encarnizada lucha que hace preguntas al porvenir, en la orilla de una playa, donde el mar y la tierra firme se conocen y se rechaza, sabiéndose dos mundos inseparables, pero infinitamente distantes el uno del otro: el primero hundirá cualquier huella, el segundo las hará suyas. Si atendemos a lo que dice Sucre sobre el silencio en La máscara, la transparencia, puede que el mar funcione como metáfora intolerable de éste, y la tierra de la palabra. Entre dos tierras mediará un mar, entre dos palabras, mediará un silencio: «El silencio está al comienzo y al final de la palabra. Rodeada en sus dos extremos por el silencio, ¿no es más verdadera la palabra, más verdadero igualmente lo que ella nombra? Ni debate con el lenguaje, ni carencia de él, el silencio, desde esta perspectiva, es otra forma del homenaje al mundo y a la vida; otra forma de la plenitud». La fugacidad del agua está allí, permanece allí entre las esferas de realidad que pueden comprender las palabras. Avanzamos en el poema y ahora el cuerpo se afilia a la textura de los ríos sucreanos, penetrando en los movimientos del tiempo, recogiendo las resacas del pasado, llevándonos hacia el cauce de nuestras primeras edades, vuelve a ellas: «Estamos en el río de nuestra infancia» (p. 41) mientras que «Estallan como las cigarras del verano/ Foliaciones de los árboles» (p. 42). Las palabras junto a las aguas, anegan la realidad, y esas palabras, y esas aguas fluyen y arrastran al mismo tiempo la muerte del pasado y un nuevo nacimiento. Allí estamos mimetizados y condensados. El orgullo de los planetas es que «Sobre la tierra asumimos el crecimiento» (p. 42) pues en el mar estamos condenados a desaparecer, a ni siquiera volvernos cenizas y comenzar de nuevo los ciclos vitales de la naturaleza.

Tercera estación: Donde el viento no ha podido vencer

El abanico temático de este poemario, como se habrá notado, se descubre en las variantes del mundo: las estaciones, los climas, los elementos, los cuerpos, las ciudades, los sentimientos, los sonidos y, sobre todo, los silencios; la soledad, la luz y la sombra, si no son una y la misma: si no son pregunta y respuesta; los viajes y exilios y regresos y despedidas.

            «Donde el viento no ha podido vencer» se inicia así, con las entrañas, con fulgor, con la confesión desgarrada de lo natural:

 

                        Estamos solos en medio de la tierra,

                                               en la gestación del verano,

                                ausentes, precipitados, como los días,

                                               en el desierto del tiempo.

                               El viento que se levanta del Oeste y estremece

                                               la ciudad de mi infancia,

                               ha borrado las fronteras, los confines.

                               (Sucre, 1961. 49)

 

            Una frase que convoca la soledad de cada ser humano abre el segundo tramo de este poema: «Somos cada uno toda la historia». Las edades, las eras, unas tras otra, a través de nosotros o desde nosotros. La palabra nos evoca que somos luz y somos sombra, de ese material, de esa arcilla que divide los días estamos hechos, y el tiempo, con la que modelamos nuestros destinos, nuestros pasos, nuestro rostro, y evolucionamos en nuestra memoria. Crecimos en lo que para nosotros fue nuestro pasado. La memoria en el silencio de la noche aviva con mayor precisión ese aroma de las ciudades cuyo único referente común parece ser la nostalgia. Entre estas tierras y estas aguas se clama: «soy lo que en la tierra conquista, / más que su muerte, su destino» (p. 55).

            El cuerpo que bulle y se prolonga en las raíces de la tierra, en los pliegues de cada realidad y cada memoria. Cada verso puede fijarse en una pequeña lucha por asimilar un destino que se encuentra en el aire, «prisionero del fulgor». Cuando nos damos cuenta que pronto seremos derrotados irremisiblemente: «Si algo hiere hoy en el mundo/ hiere con mi corazón que se libera». El tramo vii de esta tercera parte se nos revela como un destello lapidario, y también sofocante:

 

                                                               vii          

                               Si al invisible reino llegas

                               no por tus pasos, por mis sueños,

                               y transcurre el tiempo, no los días,

                               y un viento sin amor sepulta

                               entre tus manos la última estrella

                               heredada del fuego: el olvido;

                               o si en la tierra todo se extingue

                               de tu memoria, de tu esplendor.

 

                               Vertiginosa, oh hija de mis sueños,

                               ¿dónde encontrar entonces tu voz

                               que avasalla y requiere esta ausencia?

                               (Sucre, 1961: 59)

            En el silencio y en la ausencia nos preguntamos por nosotros mismos. Lo que queda es la ceniza, que no hace cuerpo ni sombra. Es el exterminio del tiempo por lo tanto, la anulación del hombre y de todo, estamos de pie sobre el tiempo, no sobre los paisajes, la memoria es el aire que lleva ese espacio más real que todo, por constante y eterno. Es la dictadura del silencio la que se conquista («pero no temas, amor, amor mío,/ no voy a coronarte de lamentos»). Y el amor regurgita, es una columna, un puerto, también un muelle, un planeta de la salvación, una tabla en medio del mar que evita que nos ahoguemos, y que no tengamos la posibilidad de un nuevo renacimiento, una oscura gestación. Hacia el final del poema una nueva edad va naciendo como la úlcera. Se sobrelleva el recuerdo imborrable de cómo fuimos gestados, la implacable naturaleza somos. Otoño, verano, invierno, la primavera apenas aparece en los poemas de Sucre, como una estrella fugaz. Apenas descubriremos la palabra alma en su último poemario, pero eso ya es tema de otro ensayo.

Elementos Bibliográficos

Álvarez, C. (1999). Salir a la realidad. Un legado quijotesco. Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana.

Balza, J. (2001). Obras Selectas. Ensayos. Caracas: Fondo Editorial de Humanidades y Educación.

Durán, M. (2009). «Guillermo Sucre: de la penumbra a la limpidez, en busca de la transparencia». Revista Investigaciones Literarias, Vol. i / ii, Nº 17. pp. 27-40  

Sucre, G. (1961). Mientras suceden los días. Carcas: Editorial Cordillera.

---. (1967). Borges, el poeta. Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana.

---. (2001). La máscara, la transparencia. México: Fondo de Cultura Económica.

Palacios, M. F. (1986). Sabor y saber de la lengua. Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana.

Roosen, E. (2010). «El honor de admirar». En blog El Apéndice de Pablo 7. [Artículo en línea]. Recuperado el 13 de marzo de 2010. http://elapendicedepablo7.blogspot.com/2009/08/el-honor-de-admirar.html?m=1


Mario Morenza*

En 2008, publica La senda de los diálogos perdidos (ganador del Premio Nacional Universitario de Literatura) y Pasillos de mi memoria ajena (finalista del concurso para autores inéditos convocado por Monte Ávila Editores). Relatos de este autor han sido reconocidos con diversos galardones: destaca la inclusión de «Vitrum» en la Antología de la Novísima Narrativa joven Hispanoamericana (2008) y en 2016 «Las tribulaciones de un censor antiplagios» resulta ganador de la 71a edición del Concurso de Cuentos del diario El Nacional.