Bobby y El Robert

 Foto: Javier Cedeño Cáceres

Foto: Javier Cedeño Cáceres

Marcos Tarre Briceño*

—¡Ave María Purísima! 

La señora Herminia se llevó las manos a los oídos. Dos nuevas detonaciones, seguidas, cercanas.  Con el corazón en la boca saltó de la cama, su mente registraba gritos y carreras afuera. En la oscuridad divisó la silueta menuda de Damiancito, caminando hacia el rectángulo más claro de la ventana. De un manotazo lo arrastró. El niño, bruscamente jalado, estalló en llanto. Lo empujó, protegiéndolo con su cuerpo, mientras apagaba el bombillo que colgaba del techo. En cuclillas se metió debajo de la mesa, apretando a las gemelas Nelisbeth y Yolisbeth, que ya estaban ahí. Calmaba al niño mientras murmuraba Dios te salve María, llena eras de gracia… Abrazó al pequeño con ternura, le habló con suavidad al oído. Mi amor, te he dicho mil veces que cuando hay tiros nunca debes asomarte a la ventana. Oyeron ruidos y golpes en el patio posterior, se apretaron con más fuerza. Luego, dos nuevas detonaciones, más lejanas y el silencio. El patio de atrás más de una vez había sido vía de paso de algún miembro de las bandas que se enfrentaban o ruta para escapar de la policía. Ahí, debajo de la mesa, abrazados, estaban seguros. …Bendita tu eres entre todas la mujeres y bendito sea el fruto de... Nelisbeth comenzó a arrastrase fuera de la mesa. Herminia extendió la mano y la retuvo por el brazo. Pero, mamá, ya todo terminó... Ya va, hija, ya va... Ruega por nosotros los pecadores así como... Ay, mamá, deja la pendejada... El barrio volvía a la tranquilidad, compuesta de televisores y radios con el volumen demasiado alto, lejanas carcajadas o gritos, el rumor interminable que subía de la autopista y de la ciudad, ladridos intermitentes, alguna sirena. Lentamente salieron y se levantaron. Las niñas Nelisbeth y Yolisbeth, ya unas señoritas, se dijo, volvieron a sus camas, al lado de la mesa y cocina, mientras que Damiancito, aferrado a su pecho, todavía hacía pucheros. Sin dejar de apretar al pequeño entre sus brazos, lo acostó en la cama, haciendo con su cuerpo una barrera entre la pared y el niño, respirando su olor dulzón tan parecido, tan igual a cómo olía de pequeñito su hijo mayor, hace tantos años, ahogando el recuerdo de la pena que le subía a la garganta y la atragantaba.

Antes del amanecer estaba en pie, como una autómata. No salía agua del grifo, tuvo que sacar el gran bidón de reserva, se bañó con una ponchera, tiritando de frío, en bata preparó el desayuno y las loncheras, mientras alistaba los uniformes escolares. Despertó a las niñas y al pequeño Damián, los oyó pelearse mientras se vestía para el trabajo y tomaba su café negro. Contando las monedas, le dio a Nelisbeth y Yolisbeth para el transporte y las despidió desde la puerta, con una mecánica bendición. Sólo le faltaba peinar a Damián y salir apurada. Miró su reloj. Estaba sobre el tiempo. Se revisó en el espejo. Lista. Se sorprendió al ver a Damián a su lado, con una expresión extraña en cara.

—Mami, hay un señor dormido en el patio.

—Hijo, no inventes.

Lo dijo por decir, por negar algo que sabía que podía ser verdad. Damián nunca inventaría algo así... Tampoco era la primera vez que un borrachito saltaba la tapia y pasaba la noche durmiendo en el pequeño patio del fondo. Se acercó a ver. El niño iba delante, señalando con el dedo. Pudo entrever el bulto azul y la cabeza de pelo negro, echado entre sus geranios y la jaula oxidada. Tomó una escoba, le dijo a Damián que se quedara adentro y abrió la llave de la puerta. En cuanto se asomó y vio mejor el cuerpo, supo que no estaba dormido. Posición fetal, cara hacia el muro, la camisa subida sobre la cabeza, una rodilla curiosamente alzada. Nadie dormiría en esa posición. Avanzó dos pasos, la escoba en alto, como si fuera a golpear. Al mismo tiempo que vio la enorme mancha oscura que escurría hacia la canaleta, sintió el desagradable olor agrio de la sangre seca y el más penetrante de excrementos.  Se persignó por reflejo, tratando de apartar a Damián, para que no viera más. Sintió que las piernas le temblaban, llevó al pequeño adentro y lo sentó frente al televisor...  Tragó unos sorbos de agua fría, mientras pensaba, ¿qué hago, Dios mío, qué hago? Salió de nuevo. Se acercó lentamente, reteniendo la respiración, moviendo los pies con cuidado, como si algún ruido pudiera perturbar a alguien. Rodeó el cuerpo. El sol ya comenzaba a iluminar con fuerza en luces, reflejos y sombras. La cara casi no se le veía, salvo los ojos abiertos, grandes, mirando el vacío; el mentón replegado contra el torso, las dos manos, con los puños cerrados se confundían con la sangre oscura que le tapaba el pecho y marcaba un ancho surco por la pendiente del patio. Los largos bermudas dejaban ver la piel morena; zapatos de goma de marca. Huellas de manos y dedos ensangrentados arañaban el piso de cemento. Las moscas ya revoloteaban. Un muchacho. El olor era fuerte. Retrocedió. ¿Qué hago?  ¿Qué debo hacer?   Se le partía el alma viendo el cuerpo, tirado ahí, en el piso... No podía dejarlo así... Cuando entró ya había tomado una decisión. Buscó el teléfono y marcó el número del celular de Edmilton. Gracias a Dios, lo consiguió enseguida. Compadre, es Herminia, tengo un problema y necesito tu ayuda... Esta mañana apareció un muerto en mi patio... Edmilton le prometió venir en cuanto pudiera. Tomó un ejemplar de periódico, con la idea de taparle la cara al hombre, pero cuando sintió el papel viejo entre sus dedos le pareció miserable y sucio. Buscó una funda de almohada limpia, blanca y aunque sabía que la perdería, salió con ella y con mucho cuidado espantó las moscas y la depositó con suavidad y miedo sobre la cabeza inmóvil. Luego llamó a su trabajo, para avisar que se le había presentado un inconveniente.

Primero llegaron dos motorizados de la Policía Metropolitana. Uno se comía una empanada amarilla que sacó de una bolsita de papel con manchas de grasa, mientras el otro tocaba la puerta. La señora Herminia, pendiente, les abrió enseguida.  Eran jóvenes, morenos, con lentes oscuros, uniformes, chaleco antibalas y correaje desgastados.

—¿Aquí es el muerto?

—Si, allá al fondo...

El uniformado de la empanada entró, miró a su alrededor y se sentó al lado de Damián, a terminar su empanada, mirando los dibujos animados de la televisión. El otro, que parecía de más jerarquía, caminó hacia el fondo. Herminia lo seguía. El funcionario miró el patio, las viejas jaulas vacías de los pájaros, los geranios marchitos, las cajas y gaveras apiladas, la bombona de gas, los restos oxidados de la bicicleta de Nelisbeth y el cuerpo en el piso. Se acercó un paso e inclinó como con recelo. Señaló la funda sobre la cabeza.

—¿Y eso?

—Se lo puse yo. Usted, sabe, por las moscas.

—Alteró la escena del crimen.

El policía hizo una pausa, se irguió y agregó:

—Qué cagada...

La señora Herminia no supo si se refería a la supuesta alteración de la escena, al mal olor que emanaba del cuerpo o simplemente lo que la atención del muerto implicaba para la rutina del funcionario policial. Volvieron al interior. El otro policía, ya terminado el desayuno, le había cambiado el canal al niño y con el mayor desparpajo, preguntó:

—Doñita, ¿no tendrá un vasito de leche que le sobre?

Mientras tanto, su compañero se llevó el radio portátil a la boca:

—Central, positivo el tres cinco. Notifiquen a la judicial y al forense.

Luego, haciendo un vago gesto hacia el patio y el cuerpo, preguntó:

—¿Lo conoce? ¿Es familia suya?

La señora Herminia negó con la cabeza, en silencio.

           

            A final de mañana un concierto de sirenas, rugido de motores y gritos anunciaron el arribo de los investigadores de la policía judicial y los forenses. Entraron sin saludar, sin pedir permiso para invadir la pequeña casa, con malas caras y gestos bruscos, como aburridos de su macabro trabajo o deshumanizados por lidiar con tanta muerte y miseria cotidiana. Hablaban del juego de pelota mientras, de forma rudimentaria y mecánica, tomaban unas fotos y hacían unos croquis del cadáver. Levantaron al cuerpo como un fardo, dos hombres agarrando los pies y uno los dos brazos, pisaron la sangre, lo arrastraron hasta la puerta, la cabeza le colgaba, dando tumbos, golpeando el piso, tropezaron con la puerta, lograron sacarlo y lo tiraron en la parte posterior de una camioneta pickup, como si fuera un saco de verduras. El recorrido quedó marcado por las gotas de sangre que caían del cuerpo y las marcas de los zapatos de los funcionarios. Herminia, con los ojos desmesuradamente abiertos sobre la nada, ocultando la cara del pequeño Damián contra su regazo, sintiendo un vacío que le helaba el alma, contemplaba, temblaba, escuchaba. Le dieron tres plomazos. Un malandro menos... Cayó y se desangró ahí... El muy cabrón tardó en morir... Ni siquiera parece mayor de edad. Mejor así, menos trabajo para nosotros, a estos coños hay que quebrarlos jovencitos, después se ponen demasiado mañosos... Murió como un perro sarnoso…

Un hombre de chaqueta de lona negra, lentes oscuros, la pistola terciada en la cintura, cigarrillo en la comisura de los labios, ya cuando se iban, la increpó:

—¿Usted fue la que encontró al occiso?

Herminia asintió con la cabeza.

—¿Escuchó algo?

—Si... Hubo tiros, gritos y carreras en la vereda... anoche.

—¿A qué hora?

—Serían como las once...

—¿Y no se molestó en ir a revisar el patio?

Negó con la cabeza, respirando con dificultad.

No, a veces saltan el muro y pasan, se van. Pensé que se había ido...

—Pues el carajo se murió desangrado, ahí... Si lo hubiera conseguido anoche, quizás se salva.

Dos gruesas lágrimas brotaron de los ojos de Herminia. No hizo nada para evitar que se deslizaran por sus mejillas. Esa olvidada y apartada sensación de vergüenza, de sentirse culpable, intimidada, empequeñecida frente al irrespeto y prepotencia de los policías. El hombre sacudió el cigarrillo para hacer caer la ceniza.

—¿Qué le pasa? ¿Conocía al muerto?

Estuvo tentada en decirle que sí, que sabía que a ese muchacho le apodaban “El Robert”, cobraba peaje y traficaba para una de las bandas del barrio. Pero prefirió negar con la cabeza, en silencio.  El funcionario terminó de llenar un formulario y se lo pasó.

—Es una citación... Mañana a las nueve... Tendrán que tomarle la declaración.

—Pero... Yo trabajo, no puedo faltar de nuevo.

El policía alzó los hombros, le dio la espalda. Antes de salir lanzó la colilla del cigarrillo a una esquina del salón. Los vecinos, aglomerados en la puerta, hablaban en voz baja. Herminia le pidió a una amiga que cuidara al pequeño Damián; respondió con monosílabos a las preguntas y regresó a su casa. Cerró la puerta. No pudo contenerse más, cayó de rodillas, doblada en dos, sus manos aferradas en la cabeza, jadeando, dejando salir la ola de desesperación que la sacudía. ¡Bobby, mi Bobby! Diez años de dolor reprimido, de esforzarse en no pensar, no recordar, no ver, no querer saber, no sentir, no más dolor ni humillaciones y todo regresaba, así, de golpe. Permaneció jadeando en el piso por largo tiempo, hasta que su llanto se convirtió en algo tenue, vaporoso, salido de las entrañas. Se levantó con dificultad. Miró como extrañada las cuatro paredes, el piso salpicado de sangre, los muebles baratos, el viejo televisor, la nevera casi vacía, la puerta entreabierta dejaba salir un rayo de luz amarilla. Madre, te voy a construir la mejor casa del barrio, para que todos se mueran de la envidia, ya verás... Suspiró hondo. Pensó en llamar al compadre Edmilton, aún sin venir, para contarle las novedades. Miró a su alrededor en busca de su teléfono celular. Juraba haberlo dejado sobre el aparato de televisión. Pero ya no estaba. Se dijo que en la confusión algún funcionario se lo habría llevado. Alzó los hombros. Buscó un tobo de plástico. Comprobar que había agua en la grifería tampoco le importó. Buscó un cepillo, una pastilla de jabón azul, esponja, trapos, cloro. Comenzó por el reguero de manchas desde el patio hasta la puerta. Se arrodilló y lentamente limpió, con cuidado, meticulosamente. Doña Herminia, ese muchacho suyo se está juntando con gente mala. Las manchas salían con facilidad, convertidas en un líquido rosáceo, absorbidas por el trapo y la esponja, eliminadas con el cloro. La zona limpia quedaba demarcada del resto del piso de cemento, húmeda y oscura. Fue avanzando hacia la puerta, poco a poco, mancha a mancha. ¿Hijo, en qué andas metido? Nada, mamá, no hagas caso a las pendejadas que dicen por ahí. Terminó con el piso. Le pasó también la esponja jabonosa a la puerta, la abrió. Ya los curiosos y vecinos se habían dispersado. El cielo resplandecía de azul y de sol. La calle sin aceras, la escalinata, los montones de basura y la colina de ranchos que veía al frente seguían ahí, como si nada hubiera pasado o cambiado, el ruido, los gritos, motores, cornetas y risas eran las mismas de ayer o anteayer. Amiga, compre una medallita de San Cipriano, yo se la preparo y se la pone a su hijo, que no se la quite nunca, eso le conjura los peligros. Regresó adentro. En el patio trabajó con grandes baldes de agua. La mancha de sangre, el camino negro hacia la canal era ancho, horrible, coagulado, casi seco. Las moscas seguían ahí. Descalza, armada con una escoba enjabonada y mucha agua, continuó la limpieza. Logró deshacer las manchas, empujando el agua roja y jabonosa hacia el orificio en la pared que servía de desagüe. Fueron meses de carreras, entradas o salidas intempestivas, billetes arrugados dejados sobre la mesa, su Bobby ya no almorzaba ni cenaba en casa, comenzó a dejar de quedarse a dormir, se perdía, dos, tres días, una semana. Lo más grueso y seco de la mancha ya no existía. Quedaban salpicones, remansos y recodos por limpiar. Herminia se secó la frente. No le importaba el calor, ni el sudor que le bajaba por el rostro, ni el cansancio y el dolor en la espalda. Prosiguió la limpieza, en cuclillas, con el grueso cepillo, jabón azul y el frasco de cloro. Ese contacto con la sangre producía una especie de intimidad, una extraña y próxima relación con ese muchacho que vino anoche a morirse en su patio. También una noche su Bobby llegó de madrugada, nervioso, la mirada perdida, las manos temblorosas. Le recalentó la cena. El muchacho se desboronó, estalló en llanto y sollozos. Madre, tengo mucho miedo. Le acarició la cabeza, sobre su regazo, hasta que se tranquilizó. No pudo dejar de ver la culata de la pistola negra que sobresalía del pantalón. Hijo, se me pone esta medallita de San Cipriano y no se la quite nunca. Fue la última vez que lo vio. Siguieron días sin saber de él y la preocupación por su ausencia que se prolongaba, por su silencio, por semanas, meses; salpicada de ocasionales rumores, respuestas a las preguntas a los muchachos de la zona: está enconchao, ya aparecerá... Doñita, no se angustie, que tuvo que salir del país... Está en Porlamar, viviendo con una noviecita. A los seis meses, acompañada por el compadre Edmilton, recorrió morgues, hospitales, comisarías policiales, no consiguió nada y terminó, por no dejar, poniendo la denuncia de la desaparición de su hijo Bobby en la Policía Judicial. Terminó con las últimas manchas y salpicaduras en el patio, revisó con atención, por algún rincón o gota faltante. Recogió las cosas y las llevó a la batea. Con lo que quedaba del jabón azul y cloro limpió la esponja, trapos y cepillos utilizados. A los dos años recibió la visita de un joven, la cara atravesada de piercings y tatuajes. ¿Usted es la mamá del Bobby?  Yo vi cuando lo detuvieron, una patrulla, allá en Valencia. Se lo llevaron. Dicen que no llegó al puesto policial. La señora Herminia se trasladó varias veces en autobús a Valencia. En el cuartel de la policía estatal, luego de horas de hacerla esperar, no le supieron informar de ningún procedimiento en el que se mencionara a su Bobby, además, eso era algo viejo ya, archivado; no había tiempo ni voluntad para revisar partes policiales. Por consejo de un funcionario, fue a los periódicos locales y pidió ver todas las ediciones de esa fecha, día a día, página por página. Tampoco consiguió nada. Llevó el caso de su Bobby a la Fiscalía General, a la Defensoría del Pueblo, a tres organizaciones de defensa de Derechos Humanos. El tiempo pasaba, la ausencia y el no saber se juntaban y convertían en un nudo permanente en el estómago, una tristeza amarrada, en lágrimas reprimidas mientras atendía a Nelisbeth y Yolisbeth, que ya ni siquiera preguntaban por su hermano mayor, en cambiarle los pañales y darle el tetero a Damián, que apenas lo conoció. En la noche, agotada, todavía tenía fuerzas para prender una vela, arrodillarse e implorar a los santos, San Judas Tadeo, San Marcos de León, San Cipriano y a las ánimas benditas del purgatorio por una noticia o señal sobre el paradero de su primogénito. La señora Herminia regresó adentro, ordenó los muebles, abrió las ventanas y encendió el ventilador de la pared, para dispersar cualquier vestigio de olor que quedara y se dejó caer en el único sillón, el que todos se disputaban para ver televisión. A los tres años, terminaba una de sus inútiles visitas a la Delegación de la Policía judicial de Valencia y salía sin respuestas, un funcionario joven la abordó y le habló en voz baja. Doñita, la he visto varias veces por acá, averiguando sobre ese tal Bobby. Le voy a decir algo para que no pierda más su tiempo. La policía del estado lo mató, ¿me entiende? lo ajusticiaron y desaparecieron, eso es lo que se dijo en aquel entonces. ¿Y en dónde lo enterraron?  El joven alzó los hombros. Yo qué sé, desaparecido... Lo meterían en una fosa común o lo dejaron por ahí. No pierda más su tiempo, señora. A pesar de esa información, la señora Herminia continuó sus visitas, pero cada vez más espaciadas, a la Defensoría, la Fiscalía, las ONG. Lo que mantuvo sin faltar una sola noche, fue encender la vela y el ruego a los santos, por una información, una señal, que le ayudara a olvidar esa ausencia, ese vacío que se le atragantaba como un peso en el alma y la sobresaltaba de noche con pesadillas en la que veía a su Bobby aferrándose a sus ropa, repitiendo, gritando, tengo miedo, madre, tengo mucho miedo. Fue a recoger al pequeño Damián, puso una pasta en agua, aceite y una pizca de sal; Nelisbeth y Yolisbeth se sorprenderían al encontrarla en casa al regresar del colegio, les serviría almuerzo, trataría de no darles demasiada información sobre lo ocurrido. El asunto era bastante desagradable, morboso, y ya se enterarían por los chismes del barrio, por lo que les contara Damián. No sabía por qué, pero se decía que éste asunto era algo de ella, sólo de ella, que por alguna razón ese muchacho vino a morirse a su patio.

 

            La mañana siguiente, luego de una noche agitada, entrecortada de sueños pesados, de despertar dos veces bañada en sudor, volvió a su rutina. Pero, antes de acudir a su trabajo en el automercado, se presentó en la comisaría de la policía judicial, de acuerdo a la citación. Esperó pacientemente su turno. Finalmente un funcionario, de manera mecánica, sin mirarla ni prestarle ninguna atención, notoriamente fastidiado al hacer una y otra vez las mismas preguntas, un día tras otro, le tomó la declaración, la hizo firmar y estampar sus huellas digitales en el papel. Pero, en lugar de levantarse y precipitarse fuera de la inhóspita oficina, la señora Herminia se quedó sentada hasta que el funcionario levantó la vista.

—¿Señor, disculpe?

—Ya se puede ir...

—Señor, ¿qué se sabe del cuerpo?

—¿Cuál cuerpo?

Herminia señaló con el dedo el documento con su declaración.

—Ese, el que encontré en mi patio.

—Ajá, ciudadana, ¿qué pasa con el cuerpo?

—¿A dónde lo llevaron? ¿En dónde está?

El funcionario encogió los hombros e hizo un gesto con las manos, como expresando que tenía mucho trabajo por delante como para responder preguntas y curiosidades.

—No sé, ciudadana. De seguro estará en la morgue para la autopsia forense.

En la tarde, al terminar su turno en el automercado, llamó a la vecina para pedirle que se encargara un rato más de Damián, averiguó las rutas de autobuses y se encaminó a la morgue. Era un sótano oscuro, con olor terrible a desinfectante, familiares de muertos, gritos, llantos, risas y bromas de funcionarios entrando o saliendo. Preguntando llegó a la oficina administrativa. A esa hora sólo quedaban los camilleros y personal de guardia. Un muchacho joven, con la bata verde manchada de sangre vieja, con desgano la atendió. Le explicó que sí, efectivamente, el cuerpo del ciudadano Roberto Winston Yépez Aguilar, conocido como “El Robert” aún estaba ahí, en espera que la familia lo reclamara. Hizo un vago gesto hacia un salón vecino. Una puerta batiente dejaba ver intermitentemente hileras de cuerpos sobre viejas y oxidadas camillas. ¿Usted es de la familia, verdad? La señora Herminia no respondió. Le preguntó qué pasaba si nadie reclamaba el cuerpo. Se esperan unos días y se entierra en una de esas fosas comunes. Aquí estamos desbordados y no podemos tener los cuerpos mucho tiempo. ¿Usted es de la familia o no lo es?  Yo... Yo sólo conocía al muchacho. Bueno, doña, dígale a la familia que se apure. El joven terminó anotándole su número de teléfono celular para mantenerla informada.

 Llegó a su casa ya anocheciendo, con la imagen de “El Robert” pálido, muerto, engavetado en un frío estante, abandonado por todos, esperando a que lo enterraran de mala manera en algún olvidado rincón del cementerio, junto con otros cuerpos que nadie reclamaba. ¿Con su Bobby habría sido igual? Al paso de los días y de comprobar que ningún familiar aparecía para reclamar el cuerpo, fue entrando en una especie de obsesión. No dejarlo abandonado, no permitir que con “El Robert” pasara lo mismo que se imaginaba ocurrió con su Bobby. Se lo debía a su hijo, se lo debía a ese pobre muchacho que vino a morirse en su patio, se lo debía a sí misma. Demasiados años tragando humillaciones, por ser madre de antisocial, culpable de traer al mundo un delincuente, culpable de no haberlo educado y formado cómo Dios manda, culpable por no estar ahí ni siquiera para enterrarlo decentemente. Llamó a una funeraria y le dieron un presupuesto. Llamó a su compadre Edmilton. Le rogó y suplicó por un préstamo. Llamó al contacto en la morgue. Todavía nada de familiares. Verificó el saldo de su cuenta de ahorro, guardado mes a mes para hacerle una fiestecita a Nelisbeth y Yolisbeth por su próxima graduación de bachilleres. La mañana siguiente volvió a llamar a la funeraria. Ellos se harían cargo de todo: retirar el cuerpo en la morgue, vestirlo, prepararlo, urna, velorio y entierro. Pero hacía falta el puesto en el cementerio. La señora Herminia les dio los datos de una parcelita, un puesto en un rincón alejado, en dónde estaba enterrada su madre y que ella guardaba para sí misma, para cuando llegara ese momento. Logró reunir el dinero. El ajetreo y las cosas por resolver opacaron la pena que llevaba. Sólo fue cuando se consiguió frente a la urna, en una pequeña sala de la céntrica funeraria, que se preguntó si todo esto tenía algún sentido. Estaba ella sola. Nadie ocupaba la hilera de sillas dispuestas, adosadas a las paredes. Una cruz, dos candelabros, sillas, la urna de madera pulida en el centro. El dinero no alcanzó para flores. Antes que cerraran la cubierta del ataúd, pudo entrever, por primera vez, la cara de “El Robert”, maquillado y arreglado. Un muchacho moreno, pelo negro, rostro común, apacible, similar a muchos con los que uno se cruzaba a diario en la calle o en las escalinatas del barrio. Pero no se parecía a su Bobby. ¿Cómo sería el rostro de Bobby muerto?  De seguro nadie lo arregló ni preparó. Todavía no terminaba de entender por qué se había metido en esto, porqué había gastado sus ahorros y pedido prestado para enterrar dignamente a éste desconocido. Sintió que alguien entraba. Uno de los encargados de la funeraria se colocó discretamente a su lado. Pensó que sería para alguna factura adicional, para informar de algún costo no previsto. Ya no le quedaba nada de dinero. Suspiró. El empleado tosió suavemente, como para atraer su atención.

—Señora... Disculpe, quería entregarle algo.

La señora Herminia, pensando encontrarse con facturas, volteó a verlo, resignada.

—Verá... Cuando preparamos el cuerpo del difunto, encontramos algo. Tenía el puño cerrado y se ve que los forenses ni siquiera se tomaron la molestia de revisarlo. Encontré esto y se lo quiero entregar.

El hombre le extendió la mano y le pasó un medallón circular, gris oscuro, manchado. Ella lo tomó con cuidado. Ya antes de recibirlo su corazón galopaba alocadamente. Tenía la misma forma y el mismo tamaño. Lo alzó para verlo mejor. Pudo distinguir la figura grabada, la melena rizada. Frotó la medalla con su dedo índice y pulgar para sacarle el sucio y hacerla brillar. Entonces no tuvo dudas. Era exactamente igual a la medalla de San Cipriano que años, siglos atrás, le colocó en el cuello a su Bobby... 


Marcos Tarre Briceño*

Marcos Tarre Briceño, venezolano, nacido en Nueva York. En 1983 publicó su primera novela, Colt Comando 5.56, que se convirtió en un bestseller y fue llevada al cine. Es columnista de prensa, novelista, guionista y editor. Reconocido analista del problema de la seguridad ciudadana, tanto en Venezuela como en América Latina, nutre sus obras de ficción de realismo, suspenso y actualidad. Su novela Operativo Victoria estuvo entre los finalistas del premio Rómulo Gallegos en 1989 y Bala Morena entre el grupo de obras seleccionadas por el jurado del premio Planeta en 1999. Ganó el concurso de cuentos Lola Fuenmayor con Tarde de enero en 1987 y Carros de fuego fue el finalista del Concurso de Cuentos del diario El Nacional en 1998. Los pelados van primero obtuvo mención publicación de la semana Negra de Gijón en el 2005. Sus obras de ficción se han llevado al cine y a versiones audiolibro. También ha realizado guiones para cine y televisión. Además de una extensa obra de análisis y ensayo, en narrativa, con su personaje serial ha publicado:

  • Colt Commando 5.56, Editorial Sarbo en 1983. Dos ediciones. Fue llevada al cine por el director César Bolívar en 1987 y fue la segunda película más vista de ese año.

  • Sentinel 44, 1985. Editorial Sarbo. Se escribió el guion para cine en 1987.

  • Bar 30, Editorial Sarbo en 1993. Dos ediciones.

  • Atentado VIP, Libros Marcados 2008; versión en audiolibro en España por Audiomol, en el 2015.

  • Rojo Expréss, editorial Mondadori en el 2010.

  • Otras novelas y publicaciones de género negro o thrillers:

    • Operativo Victoria, Editorial Sarbo en 1988. Entre los 5 finalistas del premio Internacional Rómulo Gallegos en 1989.

    • Bala Morena, entre el grupo de obras seleccionadas por el jurado del premio Planeta en 1999. Editorial Alfadil en 2004; editorial del Serbal, Barcelona, España, 2016 y seleccionada como invitada a la Semana Negra de Gijón, julio 2016.

    • Soldadito de plomo, relato, 2012. Editorial Sigueleyendo, Colección Bichos, Barcelona, España.

    • Caribe Rojo Libro de relatos, kindle Amazon 2014.

    • Relatos de la Orilla Negra, coautor, con el relato “Bobby y El Robert”. Editorial del Serbal, Barcelona, 2016.

    • Colección de relatos Bichos de la Orilla, en Kindle, 2018.