La cruzada de los niños

 Foto: Abraham Tovar | Título: Inocencia de guerrero

Foto: Abraham Tovar | Título: Inocencia de guerrero

Israel Centeno*

No me digas que la luna brilla, muéstrame el brillo de la luz sobre cristales rotos.

Antón Chejov

A través de las ventanas rotas del cuarto de baño, Rubén Tenorio pudo sentir la imagen de aquella mañana. La densidad de la gasolina y el aceite quemado crepitaban superpuestas a la bulla de siempre; siempre es un adverbio oportunista, necesario para las expectativas fallidas del presente. Había pasado mala noche, dio un centenar de vueltas en su catre de hombre soltero, no importaba dónde durmiera, sucedía lo mismo cuando pernoctaba en una comisaría, amparado por la estrechez de una celda húmeda de paredes descascarilladas.

Amanecía hinchado como un tubérculo bando y claudicante. Al pararse frente al espejo, miraba su cara, una bolsa que contenía otras bolsas; la contemplación no duraba mucho, recibía con estoicismo los golpes en el centro de su estima, y luego, con pereza, azotaba su cara con agua fría, helada, tomada con un tazón desde un pipote plástico ubicado a un lado del lavamanos.

“Vida de mierda”, farfulló al pasar la toalla por su cara. Se repitieron, esta vez en forma de eco ahogado, las órdenes del sargento Viloria: “Todos los detectives deben trabajar en la defensa de la revolución. Si tú no lo quieres entender, Tenorio, debes entregarme el arma e irte a enterrar vivo en tu cuarto, porque no hay otro lugar adónde ir, hermano. En estos momentos las opciones no existen”.

El espejo continuaba devolviendo el reflejo de su cara fofa. Odiaba pensar que de alguna manera el rostro del presidente se hacía espacio en ella: el cara de bisté ocupa todo el espacio de la patria. “Es una fatalidad”, pensó. “Todos terminaremos siendo eso, una cosa maleable y madura”. Se cepilló los dientes y se arregló el cabello con los dedos, se metió en su traje gris y se echó el revólver en la sobaquera; apenas tenía tiempo para tomarse un café en la panadería de Joao o algo que supiera a café, un buche de agua sucia y amarga en su estómago, para no perder la costumbre.

Joao era inmutable, como siempre y desde antes de todo tiempo, corría ubicuo entre los mostradores y el cubículo de la caja registradora, una caja que usaba para marcar la entrada de billetes, no para guardar la cantidad de papeles que le entregaban como dinero. Lanzaba la basura de cambio en bolsas plásticas o sobre un rincón cubierto con recortes de periódico, como si fuera mierda de perro. De vez en cuando gritaba: “¡Miladys! Venga a recoger esta porquería y llévesela para atrás”.

¿Qué sentido tenía seguir trabajando para colectar papel sucio a cambio de conchas de pan, agua de café y el lunch del día? “Nunca he llegado a comprender a esta raza de atlantes anclados en el desastre. Deben tener algo del espíritu desgraciado de Magallanes”.

Joao estaba bronceado, se había pasado un mes en Madeira, un peñón-barco fondeado en el Atlántico, resistente a los embates de las aguas enfurecidas y de las espumas blancas de las corrientes nórdicas.

“Muy blancas, poeta” le comentaba Joao a un cliente, “blanquita como la sonrisa de la benamada”.

Rubén Tenorio sintió curiosidad, pero estaba vencido. No quiso averiguar, ni siquiera imaginar quién sería la benamada.

—¿Qué quiere el doctor? —gritó Joao desde el otro lado del mostrador—. Hoy tenemos conchas de pan con queso mexicano ligero. Es el que traen ahora, doctor, saladito, bueno para la salud —sonrió plegando las arrugas de su cara. Parecía un niño viejo e inocente—. Es puro calcio, ¿verdad poeta? —le preguntó al otro cliente.

 La gente se agolpaba a roer sus conchas de pan, a mojarlas en el café, a fumar cigarrillos baratos y a hacer ruido, mucho ruido con las palabras. Todos hablaban pestes de la vecina, de los estudiantes del Lino de Clemente, de la gente que buscaba comida en el basurero del restaurant chino, de la oposición, de los rusos, del gobierno, de los americanos. Era una bulla escupida desde un montón de bocas sin incidencias ni conclusiones; una galería de sentencias disparatadas, unas terminaban en conclusiones extremas, como incendiar el país y las otras intentaban hacerse la cama para pasar la noche con el prójimo. Eran fragmentarias, nos están matando como moscas, se les está poniendo el culo fofo, colectivos de mierda, no encontró la medicina y reventó, sicarios.

¿De dónde habrían salido estos improvisados guerreros llamados a sí mismos resistencia, protegidos por escudos de cartón y madera?

—Eso es fascismo, camarada —dijo alguien, y la bulla lo arropó.

Yo me quedé con la imagen de un niño casi desnudo, vistiendo un paupérrimo traje de superhéroe, usando una franela como burka, protegiendo su torso desnudo con pedazos de madera o cartón. Aquellos infantes cruzados habían aprendido a hacer máscaras antigases con botellones de plástico, y a devolver los proyectiles que les lanzaban con sus manos envueltas en trapos, parecían sobrevivientes de alguna malaventura.

Comí la concha de pan y bebí sin prisa el guarapo. Parecía disfrutar la bulla lenta pero atropellada, como la vida entonces, recordé de nuevo las órdenes de Viloria, nos quería en la calle, nos quería poner a cazar a aquellos niños escuderos. Se me vino de vuelta un buche amargo que escupí en una de las canastas llenas de basura, que bien hubiera podido ser una de las bolsas de billetes de Joao o la deshojada constitución de la patria.

Crucé la ciudad camino al centro en mi viejo Daewoo cielo, insensible a la plasticidad del aceite y la gasolina quemada, pasé por varios puntos donde se había comenzado a reunir la gente para trancar calles y avenidas, no tuve ningún problema, mi Daewoo cielo, al igual que yo, era parte de la humareda, de la corriente de cabos invisibles que se bifurcaba en todas las confluencias del valle de Caracas. El Ávila, siempre majestuoso, era el telón de todos los dramas, subía y caía tras cada una de las agitadas e imprevisibles escenas citadinas, a veces la caída de aquel telón iba acompañada por el punzante aleteo de las guacharacas, esos coloridos pájaros habían aprendido a navegar las corrientes de humo ennegrecido, el horror de los excesos y de los crímenes impunes. “Es preferible” pensé, “al oscuro aleteo de un vampiro”.

Me sentí mal por los vampiros, por las guacharacas, por los escuderos, por los soldados de la policía lanzados a defender la revolución a costa de convertirse en criminales. Me sentí mal por todos ellos y por mí, Rubén Tenorio, el detective.

 —Coño, Viloria. Yo no soy policía nacional, ¡soy detective! —grité, dando un golpe con el puño sobre su escritorio—. Dame un caso, ponme a la orden del Ministerio Público. No me mandes a buscar lo que no se me ha perdido. ¡No quiero cumplir órdenes de este tipo, Viloria!

Viloria tomó de su escritorio un lápiz gastado, mordido, casi sin punta, e hizo el amago de usarlo como dardo contra mi frente. Repitió el amago un par de veces. Respiró con dificultad, su pecho parecía un ventilador descompuesto, sus ojos estaban inyectados de un líquido amarillo que a veces parecía verde. Pensé, “debe estar enfermo, muy enfermo, amargo por dentro, debe ser el hígado”.

—Qué caso un carajo, Rubén. En este país se acabaron los casos.

—Envíame a trabajar para el Ministerio Público.

—Coño, ¿no te has enterado aún? ¡Luisa es el enemigo!

—No seas marico, Viloria. Luisa es la fiscal —me tomé la libertad de hablarle como cuando solíamos beber en los botiquines de alto riesgo que sobreviven en la avenida Casanova.

—Explícaselo al presidente, dale esas explicaciones al siquiatra. La fiscal es el enemigo. La vieja puta esta, ahora se mueve en aguas turbias y eso se llama traición.

—Déjame trabajar con ella —insistí—. Dame algún caso que te haya mandado antes de convertirse en “la vieja puta ésta”. Técnicamente sigue siendo la fiscal y debe haberte mandado algo.

Viloria se llevó el lápiz a la boca, lo mordió un par de veces y sonrió. Abrió su archivador y sacó un expediente. Lo lanzó sobre el escritorio.

—Allí lo tienes.

—Qué es?

—Una camarada, tú la conoces: Silbido.

—…

—No se sabe por qué, pero se la quebraron en un trancazo. Parece que estaba en una movida, tú sabes, haciéndole un quite a los muchachos del programa éste, chico, los carajitos que trabajan para el siquiatra y para el Ministro de Información. No me preguntes nada, ella estaba allá en la Cancillería y de repente aparece con los escuderos. Recibió un par de tiros, la mataron.

—¿Quién la mató?

—¿Quieres que te diga quién la mató? No tengo hipótesis, pero tengo la respuesta fina, la que le gustaría al ministro. Pero el detective eres tú. Querías un caso, ¿no? Bueno, aquí está. Dale tu respuesta a la fiscal, una distinta a la que yo le daría al ministro, una respuesta que el ministro o los productores del programa no esperan —bajó la voz en tono de complicidad—. Será nuestro pequeño acto de rebeldía —agregó. De inmediato lanzó el lápiz al tacho de basura, giró la silla y me dio la espalda—. Pero antes me tienes que entregar tu arma. Este trabajo lo tienes que hacer por cuenta propia, a la moda, en rebelión civil. Vas a seguir en la nómina porque yo quiero, pero desde ahora, Rubén Tenorio, estás por tu cuenta, o por la cuenta de la fiscal.

Le entregué mi arma sin titubear y puse mis credenciales sobre el escritorio.

—Quédate con las credenciales. De alguna manera, aunque trabajes para la fiscal, seguir siendo funcionario de esta comisaría te va a abrir las puertas de la morgue —jugó con la ironía y luego agregó—: creo que te interesará ver el cuerpo de la occisa.

No perdí el tiempo. Con mi Daewoo vencí la película de aceite, gasolina quemada y neblina lacrimógena en la que se había convertido el universo vía Bello Monte. Pude leer algo del expediente, Susana Santander, la camarada Silbido, quién lo iba a decir. No sé por qué la llamaban Silbido, la conocí, no fuimos íntimos, pero practicamos el amor libre, su esposo estudió con un tío mío el bachillerato y parte de la universidad. Armé mis teorías, estaba podrida de buena y hacía silbar a hombres y a mujeres, era una experta en contrainteligencia, trabajaba para el canciller, y además era la esposa de Pedro Silva, un funcionario de la presidencia, hombre de confianza a la hora de hacerle el mandado al siquiatra o al ministro de información, incluso al presidente. Era muy bueno generando confusión, manipulando las realidades, enturbiando las pequeñas victorias de los infelices a quienes apresaba y liberaba jugando al gato y al ratón.

Pedro era experto en armar escenas y trampas, un día montó la muerte de un soldado a manos de una turba opositora enardecida. Fanático del realismo italiano, hizo el montaje de uno de esos momentos a los cuales el siquiatra llama críticos. Trabajó el linchamiento sin efectos especiales, esto significa mandar al hombre al lugar indicado, delatarlo, promover su captura por los exaltados e instigar a la venganza a través de las redes sociales e in situ; puro realismo barato, nada fuera de serie, tribal.

Así maneja la dinámica de la calle: uno de sus hombres, uno de los muchachos que trabajan en el programa del ministro de información y que han hecho del cinismo revolucionario un arte, señala al infiltrado; desde ese momento se convierte en testigo y director de la escena del linchamiento. Graba, instiga, debe ser algo cruel, que le revuelva los escrúpulos a Satanás; así lo ha recomendado Pedro. Luego de consumada la operación, el testigo, el director de escena y fotógrafo, envía el asunto al canal para que lo conviertan en viral en la media. Todo esto es celebrado en los pasillos de los ministerios involucrados en la operación, pero algo no me cuadra. La cancillería trata de mantenerse al margen, aun cuando le anotamos una a la canalla.

Pero la muerte de Susana Santander era diferente. Esposa de Pedro, hija del canciller, la niña bonita del ex del ex embajador Malvarrosa.

Romero era el doctor y guardián de la morgue, además era el que decidía cuáles cuerpos había que evacuar y cuáles debían quedarse para autopsias más detalladas. Todo dependía de su humor y de las órdenes del siquiatra. Sin muchas formalidades le dije que estaba interesado en ver el informe Santander.

—¿Para qué? —me preguntó—. Si quieres te lo digo de forma oral para que pruebes mi memoria: la mataron de dos balazos, uno en el hombro y otro en el cuello; murió desangrada, de forma casi instantánea. Sabes, dicen que cuando uno se muere se siente frío, pero no, ella debe haber sentido el calor anterior a la muerte, es un calor sofocante, que se confunde con un frío intenso.

—De todas maneras, me gustaría verla.

—Coño, Tenorio, no seas necrófilo; hay demasiados cuerpos y no hay espacio para la jurungadera de cadáveres.

—¿Ni siquiera tratándose de ella?

—¿Tendría que tener algún privilegio? ¡Está muerta!

—Bueno, era la hija…. era la esposa del camarada…

—Uno ya la vio y el otro no la quiere ver.

—¿Y? Necesito ver esos tiros, Romero.

—Ya te di el informe: hombro y cuello. Uno no tiene orificio de salida, la bala se le quedó en la tráquea.

—Ponme algo por escrito.

—El camarada Silva lo tiene por escrito. Y el exembajador y el excanciller. Apenas una página, el Sebin está buscando a los perros que le quitaron la vida, eso no quedará impune, ya rendirán cuentas —comenzó a reírse y a sobarse las manos, como si fuese el siquiatra.

Salí de la morgue lleno de frustración, esperaba algo detallado, qué músculos atravesó la bala, órganos, arterias dañadas, distancias aproximadas, ángulos. Esperaba ver a Susana, que su cuerpo muerto me revelara lo que no hizo en vida, pero Romero era un funcionario perezoso e infranqueable, no iba a lograr nada con él. Cierta claridad incómoda me acercaba a una hipótesis definitiva, no quería llegar con tanta facilidad a la solución del caso, algo o alguien me empujaba a solucionar el asunto en un respiro, Pedro o el ex del ex canciller. ¡Pero si no los había visto! ¿Acaso podían mover los hilos invisibles de mi vida? Todo era muy obvio, uno aprende en este oficio a desconfiar de la verdad, sobre todo, cuando es evidente. Decidí tomar el camino oscuro, transitar la mentira que estaba en un terreno diferente, no podía concluir que Silva había hecho linchar a su esposa, sin otro motivo que no fuese un asunto de Estado, el ex embajador quería sepultar el hecho para evitarle un bochorno al ex canciller. Algo había salido mal en la operación, no se atrevían a subir el asesinato a las redes sociales, filtrarlo y hacerlo viral; ¿y si no había ninguna operación detrás de todo?

Decidí buscar fuera de la pecera y emprendí mi camino hacia el Litoral, Necesitaba respirar algo diferente, reencontrarme con los olores del mar. Sin embargo, me desvié hacia San Martín para hacerle una visita a mi tío, se la debía; Quería saber si todo iba bien con él, si le había llegado de España la remesa de las hermanas, si no andaba metido en líos con la gente de su bloque. Mi tío puede ser un hombre difícil en una época turbulenta, se busca líos con los agentes que reparten las bolsas de comida en el mercado, se envuelve en situaciones con los círculos de defensa comunal, se pelea con ellos y sin embargo es astuto; aunque dicen que tiene sus problemas y es un buscador de pleitos, se convierte en la pieza más cuerda de la orquesta familiar en los tiempos alocados que nos ha tocado vivir.

Antes de entrar al estacionamiento de los bloques, vi a un grupo de muchachos trabajando en sus escudos, reparaban los aparejos de guerra reforzando con palos los tablones, dibujaban símbolos, echaban manos de pintura a la superficie de los pertrechos, recolectaban atomizadores para usarlos como lanzallamas, desgarraban banderas, intercambiaban máscaras y guantes, ajustaban guayas para barricadas invisibles y se aseguraban de que a los miguelitos no les faltasen clavos.

Estacioné el auto y en vez de encaminarme directamente al apartamento donde vive mi tío, me acerqué a los niños cruzados. Conocía a algunos, los había visto crecer y jugar básquet o pelota de goma en las canchas entre los bloques II y III; si no fuese por los eventos y la inercia de los tiempos, parecería que ellos se estuviesen preparando para un encuentro entre equipos, una partida de fútbol, o uno de esos juegos de calle que solíamos armar antes de la época de los videojuegos. La realidad era otra, ellos se habían convertido en los personajes de un videojuego armándose para una épica callejera, una banda de luchadores con un discurso mínimo, restringido a palabras que abarcan mucho y explican poco. Espartaco gritaba libertad, los niños cruzados gritaban Jerusalén y ellos, al igual que los anteriores, repetían una y otra vez la palabra, la cantaban a manera de rap, la verseaban con mala pronunciación, deseaban distorsionarse en un gesto de rebeldía, todos lo hacemos alguna vez en la adolescencia; no era lo mismo la libertad de los libertadores que la libertad de los esclavos, quise explicarles, pero ellos repetían libertad como un canto tribal, necesario para la cohesión. Pensé, la libertad de la tribu nómada, arbitraria y cruel, libertad de manadas, es una nueva inteligencia, la de ellos no tiene nada que ver con el idioma o la cultura reconocida por mi generación, la narrativa surge de reacciones instantáneas, reflejos, son los movimientos de los videojuegos y quizás algunos dramas de las animaciones japonesas; todo aquello se mezcla con el lenguaje de la realidad política, la sintaxis importa poco. Ellos no me respondieron cuando les pregunté por sus padres, amigos de la infancia, lo hice con la intención de que no repararan en mi profesión, aunque también quería saber hasta qué punto los padres estaban involucrados en sus peleas.

Uno de ellos, el más alebrestado y nervioso, dijo con desprecio,

—El viejo hace lo suyo en la pantalla, no se despega del teléfono, está dándolo todo por la causa.

Los otros rieron como lobeznos.

—¿Tú no estás en Twitter? —me preguntaron.

—No tengo tiempo —respondí.

—Entonces no comprenderás nada —me dijo una criatura.

—Y ustedes, qué hacen, ¿comprenden?

—Somos multitasking —se rieron—. Comprendemos, usamos la pantalla, protegemos a la gente, devolvemos los proyectiles.

Cuando les pregunté dónde protestaban, me respondieron que por allí.

—Ese guion lo dicta el día y el movimiento de los tombos, nosotros no tenemos un lugar, mi papá lo llama “la guerrillita de la guerrillita¨, somos como buhoneros, nos movemos por las autopistas buscando un frente; ahora se abrió uno en El Paraíso, pero este grupo prefiere ir a morir a Los Verdes.

Hablaban de morir en grupo con la liviandad de los inmortales.

—Allí los malditos están masacrando a la gente, Rubén.

Una niña de unos dieciséis años usó mi nombre. Era la hija del Pecos, ella sabía que yo era detective, que trabajaba para la policía, habría podido decírselo a los demás y ponerme en problemas, pero por allí no andaban los oscuros rumores ni la invisible oscilación del ministro ni del siquiatra ni de Pedro Silva para dar la orden. Ella me miró con sus brasas encendidas, tenía en sus ojos el fuego escamoteado a las barricadas, la pasión y la seguridad de su presente, ella era el futuro y el futuro siempre será así, luminoso como mis ojos, parecía decirme, lucho para mantener en alto la llama, parecía decirme. Todos eran conceptos elaborados, y sin embargo sentí cómo mi cara se ablandaba aún más hasta convertirse en una chayota.

Le di la espalda movido por la rabia y la ternura, algunos de ellos esa misma tarde terminarían con un tiro o con el pecho abollado por un proyectil lacrimógeno, probablemente terminarían arrumados con otros cuerpos en el lugar donde terminó la camarada Silbido.

“Maldita vida nos ha tocado vivir”.

Encontré a mi tío en la puerta del bloque donde vive, estaba como siempre a esas horas, le gustaba pararse bajo un frondoso árbol de acacia, recostar la cadera a uno de los autos estacionados. Si el tiempo no hubiese pasado en dirección equivocada, él estaría esperando a un contendiente para jugar una partida de ajedrez sobre el capote de uno de esos autos, ahora estaba allí por costumbre. Apenas respondió a mi saludo, no se alegró de verme; cuando le daba la gana, no mostraba ningún sentimiento por la familia. En realidad, ¿desde hace cuánto la familia tenía algún significado entre nosotros? Las preguntas y respuestas fueron las habituales, pocas y evasivas para no comprometernos en ninguna conversación incómoda, no obstante, le pregunté por Pedro.

—Te acuerdas de él?

—¿Cuál de ellos? Es el nombre más común después de José.

—Pedro Silva.

—Estudiamos juntos en el Aplicación e hicimos un par de años en la universidad.

—¿Cómo terminó casado con la hija del excanciller?

—Quién sabe, él siempre ha terminado donde ha querido, dijo que terminaría en Miraflores; no es el presidente, pero trabaja en el palacio.

—Es raro cómo se movió, no lo digo por su trabajo en la presidencia, eso es fácil, si sabes reconocer las ramas por dónde trepar, Pedro es un hombre de garras en las cuatro extremidades, pero ¿cómo logró casarse con esa carajita?

—Eso se lo tienes que preguntar a él, Rubén. Él podía haber tenido muchas garras, pero vivía con Malvarrosa, ese viejo solterón que trabajó con el canciller en los tiempos de todos los presidentes.

—Entonces…

—Claro, se los empujaba al viejo. Y el viejo lo empujó a palacio o a la cancillería, se pusieron la boina roja; ser revolucionario en este país es un asunto de pasión y sangre, uno nace, no se hace, uno nace con las bajas pasiones.

—No digas vainas, tío.

—Que sí. Nos pasamos la vida lanzándonos zancadillas, doblándonos la nariz contra los muros, esperando a que aparezca un revolucionario para vengarnos junto a él de aquella o de la otra zancadilla.

—Pero Malvarrosa no era de esa índole, cuando llegó aquí a los bloques, ya se había convertido en el ex del ex. No tenía otra alternativa que ponerse la boina roja y tirarse o dejarse tirar por el Pedro.

—Quién sabe, hijo. Malvarrosa sirvió muchos años en la cancillería, en la cancillería las lealtades son vagas, él amaba al canciller y el canciller tenía una hija, luego el canciller dejó de amarlo y él terminó pudriéndose en estos bloques, comprendiendo que había administrado mal su culo, pero ordenó al detalle su venganza.

—Tú dices que…

—Sí, yo digo.

—Pedro y Susana?

Bajé al Litoral pensando en Malvarrosa y sus conexiones, en la trama sacada de un folletín por mi tío. Él tenía razón hasta cierto punto, el país era una telenovela; a pesar de vivir en los bloques, Malvarrosa se mantuvo como una especie de tutor de los cuadros de la revolución, Allí encaja Pedro, al mismo tiempo a Malvarrosa le gustaba armar historias sacadas de las páginas sociales. Antes de la revolución, él era el rey de los salones de la cancillería, un maestro en la disertación sobre los asuntos baladíes de los príncipes y las princesas de las cortes europeas, de la gente de la recién vestida alta sociedad unida a la clásica oligarquía mantuana; después, aun siendo el ex del canciller, para propósitos revolucionarios, cambió el libreto y bajó la factura de sus tramas, las acomodó a las nuevas convenciones, un formato barato, de telenovela vespertina, se apasionaba, o mejor dicho, apasionaba a la gente en los recesos de las clases de formación de cuadros con historias de plebeyos y princesas, La narrativa de Ligia Elena, la niña rica que se casa con el trompetista de la vecindad.

Al aparecer el mar, luego del segundo Boquerón, de pronto se hizo la claridad.

Sabía adónde ir a tomar una cerveza y comer pescado frito, más nada.

Vía Mamo vive Pepe del Toro, un teniente retirado que participó en la épica de las intentonas de los golpes de Chávez, las malas lenguas dicen que tuvo una amistad cercana con Malvarrosa, cuando Malvarrosa aun andaba con el canciller, participó en una que otra de sus fiestas y de sus travesuras mundanas.

Encontré a Pepe del Toro hamacándose bajo un uvero de playa, ¿qué más puede hacer un teniente retirado en tiempos turbulentos? Pudrirse el hígado de manera elegante y tropical o conspirar. Pepe del Toro es uno de los que conspira con chismes sin sacar el hígado del azadón, tiene la escuela y las pasiones vengativas de Malvarrosa.

Me dio una cálida bienvenida, de inmediato mandó a buscar unas ruedas de carite para freírlas, no me sentí especial, de alguna manera cumplía un rol, llenaba un hueco en su tarde. El aire de mar entraba con toda su sal y su luz esmeraldina a mis pulmones, al remanso del teniente no llegaba el humo ni el desasosiego de la ciudad, las formas de Reverón surgen del blanco día, de las espumas y del horizonte abierto.

La fuerte brisa de Mamo nos fue llevando de un árbol a otro y de una conversación a otra; así aterrizamos en la tragedia de la familia Santander, nos lamentamos de la forma en que había sido asesinada la mejor de sus hijas por una banda de escuderitos.

—Pepe, ¿cómo llegó ella hasta allí? ¿Qué estaba buscando en un campo de batalla que no era el suyo?

Pepe suspiró como lo hacen los borrachos frente al mar. Moviendo los labios como un bagre y abultando las mandíbulas como si tuviera agallas.

—Rubén, a ella no se le había perdido nada allí, a menos que hubiese estado protestando genuinamente, mucha de nuestra gente está contra la consulta a la que ha llamado el gobierno.

—Pero ella no estaba en contra, trabajaba para la cancillería, era amiga del ministro de información, ella no tenía nada que hacer en El Paraíso, Pepe. Por lo menos me tienes que conceder que ella no encaja con una manada de muchachitos, si me la pones en una marcha, puede ser que lo piense. Susana no estaba preparada para hacer este tipo de jugadas, correr entre las bombas lacrimógenas, esquivar las llamas de las molotovs, y menos con gente que no era de su edad. Ella pudo expresarse de otra manera si acaso estaba en desacuerdo con algo, la hija del canciller está en un punto donde no se puede estar en desacuerdo, ¿o sí? Algo está mal, se encasquilla, no funciona la historia, ¿qué? ¿Quién la puso allí?

De nuevo Pepe movió los labios como si buscara filtrar el aire y sorbió un trago directo de la botella de cerveza. Meneaba la cabeza buscando encajar las piezas.

—Tú crees que Pedro la sembró en la escena para armar uno de sus escándalos?

—Es demasiado obvio. Una verdad tan cierta que se me convierte en mentira, Pepe.

—¿Entonces qué?

—No sé, no sé —le dije y, como si el aire del mar me hubiera creado la posibilidad, le pedí algo que sabía de antemano sería difícil, pero no imposible—. Pepe, ¿me puedes conseguir una cita con Pedro Silva en el canal?

Mi apuesta había sido alta, una cita con Pedro Silva, el señor de los asuntos especiales para el ministro de información, el viudo, el amante del ex del canciller, la mano derecha del siquiatra. Cuando asesinan a una mujer el primer sospechoso es el marido, pero en el caso de un hombre que siembra víctimas para sacar provecho político, la sospecha mata a la sospecha, ése era un axioma, porque de alguna manera habían callado el caso, podríamos estar jugando con los altos niveles de impunidad en el país y sería otro punto oscuro, un caso frío, pero no habían redirigido la culpa hacia los escuderitos, la culpa se quedaba con Pedro y desde mi punto de vista, todo eso lo exculpaba y me devolvía al ex del canciller, al viejo Malvarrosa. ¿Cómo pudo el viejo hacer la jugada a la distancia?

 Pasaron los días sin recibir la llamada de Silva. Le insistí a Pepe del Toro.

—Es difícil, Rubén —me dijo—, darte una cita en estos momentos, cuando todo parece tambalearse, él actúa invisible y tú lo puedes exponer, además, Malvarrosa está muy nervioso y lo ha puesto en guardia, por ahí se ha colado la noticia de que Susana era una infiltrada que trabajaba para la fiscal. En todo caso, Pedro me dijo que contactaría contigo tan pronto te le pusieras a tiro, ten paciencia.

Pero yo estaba tan desesperado que deslicé un chantaje a Malvarrosa.

—Quiero hablar sobre el viejo –le dije –quiero traer a tema su ruina –le dije –quiero hurgar en sus rencores. Es extraño, Pepe, en un momento en que todo el mundo tiene algo que perder, él podía hacer sentir una pérdida mayor sobre quienes lo han relegado a unos bloques en San Martín como tutor de cuadros políticos.

—Ay Tenorio, ese tipo de presión es contraproducente, no te exasperes, quédate tranquillo —me contestó Pepe.

Me había quedado en blanco, sin oficio, Viloria no me quiere recibir en la oficina. Busqué actualizar al fiscal que llevaba el expediente del caso de la camarada Silbido, pero él andaba hostigado buscando refugio en una embajada, acusado de alta traición, no iba a ponerse en riesgo entrevistándose conmigo. Mi dilema se abultaba como un absceso en una muela, palpitante y doloroso, nada me obligaba a continuar adelante, tenía la sensación de estar afuera en el espacio, la ociosidad comenzaba a consumirme inmerso en el caos de la ciudad. No aguantaba quedarme en el cuarto oliendo pasivo la mugre picante, el aceite y la gasolina, ¿por qué me obsesionaba tanto el caso de Susana y Malvarrosa mientras el número de nuevas víctimas aumentaba hora tras hora?

Concluí, el país es el escenario perfecto para cometer crímenes sin consecuencias. Mis insomnios se incrementaron, estaba atrapado en la soledad de mi cuarto, me venía abajo con él, agobiado por el calor y la humedad, pasaba horas frente al espejo contemplando el tubérculo podrido de mi cara, me repetía, “soy un investigador y debo resolver un crimen. No se trata de hacer justicia, no se trata de honrar mi trabajo, el insignificante asunto Santander – Malvarrosa se ha convertido en la roca de Sísifo, un motivo en sí mismo, el aire que alivia la roña de mi existencia.”.

 Decidí lanzar la jugada. La oposición había convocado a un trancazo frente al canal del Estado. He allí una puerta, la eventualidad de llegar hasta uno de los productores del programa, una posibilidad de ver a Pedro, o al siquiatra. No me detuve a temblar cuando me di cuenta de que bordeaba el delirio, con determinación corrí a la escena, el lugar estaba desolado, las sucesivas confrontaciones entre manifestantes, guardias nacionales y colectivos paramilitares habían causado estragos, las multitudes habían desaparecido, las podía escuchar teclear sus comentarios en Twitter y en su lugar quedaron pequeñas escuadras de jóvenes y adultos flanqueados por escuderos, estos grupos se planteaban una confrontación circular, espasmódica, de comando, eran pequeñas guerrillas que atacaban y se retiraban y luego se volvían a preparar para emboscar; esas condiciones no eran las ideales para que yo alcanzara uno de los portones del canal, sin embargo, me uní a los grupos, formé parte de la coreografía de sus acciones; nadie preguntó, nadie me escrutó con su mirada, un escuadrón de motorizados de la Guardia Nacional avanzó sobre nosotros y el grupo se dividió para atacar por los costados. Decidí quedarme solo en el medio, levanté las manos y un objeto zumbó cerca de mi oreja izquierda, me habían disparado un proyectil lacrimógeno. Esquivé un segundo, me lancé y di de lleno con mi cara en el pavimento, mi carne reblandecida temblaba sobre la superficie, la cabeza, el alma, el orgullo, todo lo tenía fuera de foco, sin embargo, crecía desde adentro una fuerza, desde un hueso insospechado del esternón un latido enérgico, un envión me hizo rodar justo a tiempo para evitar la patada de remate de uno de los soldados; un grupo de manifestantes arremetió con piedras y cocteles Molotov, aproveché el momento y a la carrera, renqueando, busqué refugio en el quiosco de periódicos que estaba en una de las esquinas del canal de televisión. Como pude me arrastré debajo, el aire era poco y denso, caliente, busqué alivio pegando la cara a uno de los muros que servían de base al tarantín, el teléfono comenzó a vibrar en el bolsillo del pantalón, debí haberme causado laceraciones en mi brazo, el dolor era intenso, pero lo moví de cualquier manera para alcanzar el teléfono, me lo llevé a la cara, traté de ver la pantalla, una explosión ensordeció a toda la cuadra, de nuevo el calor, recordé a Romero, antes de morir se siente un gran calor; vi la pantalla y leí Pepe del Toro, activé la opción manos libres.

—¡Salte de allí y vuelve a tu hueco!

¿Cómo sabía dónde estaba? Sin embargo, las ganas de volver a mi cuarto miserable, al espejo que reflejaba la flacidez de mi rostro fueron inmensas. Repté con la decisión de incorporarme y confrontar a la guardia, eché mano a mis credenciales y las puse en alto, parecía un loco, el teléfono sonó de nuevo, los manifestantes, los guardias y los paramilitares se retiraban, me había quedado en tierra de nadie, a medio camino de la nada.

 —¡Hola, hola, Rubén!! Ve al canal, la vaina está cuadrada. ¡Pedro te espera!

No tuve chance de responder, al otro lado de la humareda negra se dibujaba la imagen de Pedro Silva, parecía sonreír mientras hablaba por un artefacto de comunicación militar; me saludó con la mano, como si estuviéramos en una feria. De inmediato sentí algo contundente golpear mi oreja, era un guardia, era un paramilitar o un escuderito; todo se hizo claro, muy claro, como la primera frase de una gran historia.


 Israel Centeno*

Israel Centeno, Caracas, 1958. Escritor de cuentos y novelas, profesor de creatividad literaria y promotor cultural.

 Su obra, alrededor de quince libros, entre los que se pueden mencionar las novelas Calletania, Bajo las Hojas, Bengala, Jinete a pie y el libro de cuentos Criaturas de la Noche, ha sido editada en Venezuela, España y Estados Unidos y forma parte de antologías en Venezuela, España, Inglaterra y Eslovenia.

 Premio del Consejo Nacional de la Cultura (CONAC) y Premio Municipal de Caracas en 1992, por su primera novela Calletania, Premio Bienal de Guayana Lucila Palacios, y Premio del Concurso Anual de Cuentos del diario “El Nacional” en 2003 por su cuento Según pasan los años. Su libro de relatos Bamboo City y su novela El Complot (The Conspiracy) han sido traducidos al inglés y editados en Estados Unidos.

 Ha traducido al español las novelas Perú de Gordon Lish, El Jardín/Constance de Fenimore Woolson, Un inconveniente de Mary Cholmodeley y Diario de un hombre de éxito de Ernest Dowson, editados por Editorial Periférica, España. Fue escritor en residencia de City of Asylum Pittsburgh entre 2011 y 2013. Vive en Pittsburgh Pennsylvania.