O´ Gran Sol

 Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

Juan Carlos Méndez Guédez*

Descubrió que la muchacha rubia de la mesa de enfrente era terriblemente hermosa. Sonrió.

Tuvo la impresión de que sus amigos aparecerían por la puerta llamando a Manolo para que les sirviese dos cervezas y que luego hablarían durante horas sobre esos cabellos dorados.

Creyó que iba a sentirse melancólico pero lo distrajo el color de la luz. No recordaba que tuviese esa textura quince años atrás. Una luz nítida que se afincaba en la piel y creaba un efecto metálico, como si un resplandor diurno se entremezclara en medio del humo, de los olores que la noche iba colando sobre las mesas.

Brindó. Brindó dos veces. La primera porque le gustaba el rostro de la rubia y la segunda porque le agradaba la contundencia de esa luz, el modo en que parecía untarse sobre la espalda de las muchachas, en los entre senos, en las manos de las mujeres que hablaban y reían a esa hora de la madrugada.

Le trajeron una nueva cerveza y una ración de pan con ajo. Bebió varios sorbos y apenas probó el pan. “Habrán cambiado al cocinero”, se lamentó. Supo que en los años de la universidad Manolo le habría advertido que no lo pidiera. “Hoy no, chaval. Mejor cómete unos calamares, están del carajo”.

Giró la mirada. El bar permanecía idéntico en todos sus detalles: un lugar de estudiantes pobres; mesas de pino; afiches amarillentos. Por eso no le resultó difícil escoger la misma mesa. Rincón de la izquierda, muy cerca del portón, junto a esa fotografía en la que un mar verdoso golpeaba sobre varias rocas.

“Los mismos manteles”, murmuró sorprendido al ver aquella sucesión de cuadros de colores sobre los que iban cayendo rastros de ceniza; gotas de cerveza; rayas de bolígrafo. “¿Alguna de estas manchas será nuestra?”, se preguntó.

Se sentía a gusto dentro del O´Gran Sol. Le había sucedido desde siempre.

Cuando fijaban un encuentro él llegaba a la hora, pero sus dos amigos tardaban un buen rato en aparecer. Nunca pedían disculpas; se excusaban mencionando algún profesor que se había extendido en insulsas explicaciones. Por eso se acostumbró a ciertos momentos de soledad dentro del bar: instantes de espera en los que paladeaba el amargor de su bebida o en los que miraba a la gente con discreción. De allí que ahora mismo, cuando detuvo su mirada sobre esa muchacha rubia que leía un libro en la mesa de enfrente experimentó otra vez la imposible visión de sus amigos pidiendo a gritos dos cervezas.

Pasaron algunos minutos. La mujer levantó el rostro en tres ocasiones y luego continuó leyendo. Él casi se sintió feliz al comprobar que Pedro y Emilio no podían aparecer en este instante. Detuvo su atención en el modo en que la luz se empozaba alrededor de la muchacha impregnándola de una textura líquida.

Ella alzó la barbilla, llamó al camarero, le dijo algo y volvió a hundir los ojos en el libro.

—Espero que hayas pedido calamares —dijo él elevando la voz—, el pan de ajo está muy malo.

La muchacha sonrió con tedio y se cubrió el rostro con el libro.

Él se desentendió de ella; bebió innumerables cervezas. Le agradaba esa sensación de lejanía que estallaba dentro de él con cada sorbo, como si el mundo se estuviese haciendo blando, esférico: materia acuosa en la que los pensamientos y los gestos podían deslizarse con una velocidad pausada. Después de un rato decidió cambiarse al fino porque el abdomen se le había inflamado y dentro las sienes le estalló un sonido punzante.

Llamó al mesonero y mientras le pedía una copa de La Ina, distinguió a la muchacha hablando con un hombre que le colocó algo en la mano y salió disparado hacia la calle. Dudó unos segundos, pero luego reconoció que aquel tipo era Cúcuta, el jíbaro que años atrás les vendía algo de marihuana a él y a sus amigos.

—¿No invitas? —le dijo a la muchacha y la vio enrojecer.

—¿Por qué no? —contestó ella y le alargó un montoncito de hierba envuelto en una servilleta. A él se le congeló la sonrisa, le hizo una seña indicándole que guardara aquello de inmediato, y por unos segundos pensó en marcharse, pero la mirada de la mujer lo paralizó en la silla.

Después de unos minutos ella se acercó a la mesa y se sentó.

—Por favor —le advirtió la mujer rubia—, no me digas que estás a punto de divorciarte, que soy la mujer más bella que has visto nunca, y que esta puede ser una noche especial...

—Bueno, mejor te invito una botella de fino y nos emborrachamos juntos...

—Para ti no va a ser tan difícil, ya estás muy mareado... cuéntame algo ¿eres andaluz? —interrogó ella.

—No —se rio él—. Caraqueño, pero mis amigos y yo veníamos mucho a este bar cuando estudiábamos en la universidad y si teníamos dinero o estábamos muy felices, o las dos cosas a la vez, pedíamos una botella de fino...

—¿Por qué?

—Al día siguiente amaneces como si no hubiese bebido ni una gota de alcohol.

 

La muchacha soltó una risa opaca. Una especie de quejido, de espasmo.

Comenzaron a beber. Ella le susurró su nombre: Aixa, y le explicó que vivía en Florida desde hacía tres años. Allí trabajaba vendiendo cosméticos y dando clases de baile a ancianos que intentaban apretarle las nalgas cuando ella les explicaba cómo dar un giro.

—¿Y tú?

Él se quedó silencioso. El fino se le había subido a la cabeza con una velocidad desconocida. Supuso que los quince años transcurridos desde que terminó la universidad serían el origen de su abrupta borrachera. Respiró hondo y trató de disimular el mareo.

—Yo no. Yo nada. Yo no vivo en Florida —murmuró, y las palabras la parecieron arena dentro de la boca.

—Eso lo sé... ¿te pregunto qué haces?

—Yo, yo no hago gran cosa. Yo no me he ido. Yo no me voy ni a Florida, ni a ninguna parte.

Aixa sonrió y acarició la mesa. Pareció replegarse en sí misma, miró el reloj. Él supo que ella deseaba de marcharse y se apresuró a hablar.

—Espera, lo que quiero decirte es que soy asesor de unas empresas en Maracaibo. Que ya no vivo en Caracas.

—Igual que yo —contestó Aixa y bebió otro sorbo de su copa.

—Aquí ya no vive nadie —dijo él con voz pastosa—. Todos se fueron. Mis amigos también. Emilio a Londres; Pedro a La Coruña. Hace cuatro años, creo. Nos despedimos aquí mismo. En este país ya no queda nadie.

—Quedamos tú y yo- murmuró Aixa.

—Tú tampoco. Tú estás en Florida...

—Bueno, pero ahora mismo...

—Ahora no importa. Tú estás en Florida.

—¿Y qué pasó con tus amigos?

—Nada especial. Pedro llegó una tarde y nos dijo que se iba a Galicia, que tenía un trabajo con unas vacas, y a las semanas Emilio había conseguido trabajo en una empresa de programas de computación en Londres. No me dijeron nada, ¿sabes? Bueno, solo en el último momento. Y la verdad es que no sé si hablaron entre ellos, si habían planificado irse... Nunca me comentaron nada, pero es demasiada casualidad...Yo le pregunté a la esposa de Pedro. Ella es una tipa estupenda y me dijo que esos asuntos se deciden de un día para otro, que no le diera más vueltas, que Emilio, Pedro y yo seríamos siempre como Los Panchos, pero que este país estaba jodido, que aquí el que no se escape se va a hundir...

Aixa se sirvió el resto de la botella de fino. En el bar solo permanecían ellos dos y un señor que hojeaba un periódico.

Él se quedó callado porque sintió un ardor en la garganta y con las uñas quiso marcar un círculo sobre la madera de la mesa.

—Te pusiste triste de repente —dijo Aixa, y su voz también había adquirido una textura pastosa.

—Perdona... —se disculpó él.

—No, no te preocupes. Me gusta. Bueno, más bien me gusta verte a ti...no estoy acostumbrada a ver un hombre que...

Aixa distinguió la manera en que él elevó la cara tomado por un gesto rabioso que se esfumó en pocos segundos.

—¿Y ustedes siguen en contacto? —interrogó ella para disipar la tensión.

—Sí...de vez en cuando hablamos. Una vez estuve averiguando para pedir una beca y estudiar en Roma, pero había un papel que necesitaba y yo no podía conseguir...creo...o es que necesitaba muchos papeles y yo no conseguía ninguno. No lo sé. Igual cualquier día de estos reúno plata y me voy a visitarlos.

—Yo creo que les gustará verte.

—Siempre que veníamos al O’ Gran Sol había mujeres hermosas en alguna mesa. Así como tú...Emilio conoció a su primera esposa en esta mesa. Y a la segunda, la que vive con él ahora, la conoció en la barra. Y antes de separarnos yo siempre venía aquí con mi primera mujer, que era la mejor amiga de la esposa de Pedro. Nos encantaba el pan con ajo, pero ellas odiaban el fino. El fino solo lo bebíamos Emilio, Pedro y yo.

—¿Y por qué no te has ido? ¿Por qué no te vas? —interrogó ella.

—Alguien tiene que quedarse cuidando esto —dijo él con una sonrisa y deslizó sus manos sobre la mesa y luego señaló hacia el resto del bar.

Bebieron en silencio sus copas. Cuando acabaron él quiso invitarla, pero ella insistió en pagar su parte. Al salir, el hombre preguntó por un antiguo camarero llamado Manolo, pero nadie supo responderle.

—Que sola se quedó esta vaina —dijo él cuando estuvieron cerca de la puerta.

—Demasiado —confirmó Aixa viendo la hilera de sillas vacías—. Dicen que pronto habrá una huelga general.

—La gente tiene miedo. Se van a dormir temprano... Nosotros también deberíamos tener miedo, pero el fino lo hace a uno inmortal.

Al salir a la calle, él sintió como Aixa se aferraba a su mano.

—Qué fría estás.

—Me acompañas hasta el hotel. No quiero ir sola. Se me hizo muy tarde.

—Bueno...igual debimos comprar otra botella de fino.

—Yo no puedo beber más.

—Tú no me has contado nada de ti.

—No hay nada. Ya te lo dije: Florida; viejos que me quieren agarrar las nalgas; venta de cosméticos.

Atravesaron una avenida solitaria acompañados por la luz inútil de semáforos que parpadeaban impregnando la calle de un brillo tembloroso. Al llegar a una esquina oyeron un ruido a sus espaldas y vieron cuatro niños apareciendo entre cajas y bolsas de basura. Uno de ellos tenía la cara huesuda y una cicatriz que le recorría el cuello. Apuraron el paso. Los niños lanzaron un frasco vacío que no llegó a estallar.

Aixa señaló hacia una calle indicando la dirección de su hotel, pero un nuevo ruido estalló a sus espaldas. Giraron la cara. Uno de los niños caminaba muy cerca y murmuraba palabras incomprensibles. Apretaron el paso. Al llegar a una esquina, los dos se escondieron en la penumbrosa entrada de un edificio y miraron pasar al muchachito: un cuerpo de alambre que olía como agua empozada.

Cuando estuvieron seguros de que ya habían burlado la persecución, salieron a la calle. Él sentía que el mareo se le iba disipando. Un sabor agrio hervía dentro de su boca. Aixa fue aligerando la presión que ejercía contra su mano y se liberó por completo al llegar frente a un hotel de paredes amarillentas.

—Bueno, adiós —dijo ella entre susurros.

Se miraron un rato. Él no supo qué decir. Hizo un gesto con la mano y miró hacia la calle buscando un taxi, pero Aixa saltó sobre él y le dio un beso en la boca. Luego ella caminó hacia la entrada del hotel.

Él comenzó a avanzar hacia la avenida. Una moto pasó veloz como un insecto saltándose la luz roja de los semáforos. “¿Qué hora será en Londres?”, pensó él, “¿Y en La Coruña?”. “¿Será la misma hora en Londres y en La Coruña?”. Intentó contar con los dedos para calcular la diferencia, pero después tuvo que admitir que había olvidado si eran cinco horas más, o cinco horas menos. Hurgó en su cartera para buscar el número de teléfono de sus amigos, pero fue inútil.

Volteó la mirada hacia el hotel y le pareció que Aixa seguía en la puerta. Se acercó unos metros. Era ella, sin duda. No supo si llamarla o acercarse. La mujer contemplaba las ventanas del hotel y detallaba una en especial, una que permanecía con la luz encendida.

Aixa se dio cuenta de que él todavía estaba allí y se aproximó con pasos rápidos.

—Oye, ¿no quieres fumar? —le preguntó con voz nerviosa.

—Mañana trabajo —respondió él—. Tengo dos reuniones en la mañana y una en la tarde.

—¿Y no quieres fumar monte conmigo? ¿No quieres ir a tu hotel, no quieres que fumemos allí?

Él sintió que se excitaba. Comenzó a morderle la oreja a Aixa, pero se sorprendió al ver que ella se estremecía y se echaba unos pasos hacia atrás.

—Vamos. Llévame- insistió la mujer.

Después de quince minutos lograron conseguir un taxi. Subieron a la habitación y allí fumaron tirados sobre la cama. Él sintió que se iba relajando y que la lámpara del techo comenzaba a alejarse, a oscilar imperceptiblemente. Tal vez se hubiese dormido, pero la mano helada de Aixa se aferró a su verga y comenzó a acariciarla. Él se dio la vuelta. En unos segundos se espabiló y se lanzó sobre la mujer: durazno, poliéster, fino, hierba. Sabor mentolado. Algo burbujeaba en su cuerpo.

Se desnudó.

Cuando comenzó a quitarle la ropa a Aixa, ella se levantó, le dio una bofetada y con pasos veloces se encerró en el baño.

 

Desde la calle se escuchó el sonido de una sirena.

Él duró unos minutos acostado en la cama.

Le ardía la mejilla. Un poco. Solo un poco.

No supo qué hacer. Trató de liar un cacho, pero no pudo. Nunca había aprendido a hacerlo. Emilio fue siempre el encargado de esas tareas. Esa era la dinámica. Él ponía el dinero; Pedro le compraba a Cúcuta y Emilio preparaba los canutos.

Hastiado, dejó la hierba en la mesa de noche y se puso en pie.

—Aixa, ¿te pasa algo? —murmuró junto a la puerta del baño.

—Nada, nada, espérame un momento —dijo ella.

Volvió a la cama. Aguardó unos instantes, pero el sueño lo fue venciendo. El reloj marcaba las tres y media. Cuando abrió los ojos para cambiarse de posición ya eran las cuatro y Aixa seguía encerrada. Asustado se levantó. Desde la calle penetraba un olor a frutas podridas.

—Aixa, ¿qué sucede? Aixa...

—Ya salgo, ya salgo, pero no quiero que hagamos nada, no quiero, prométeme que no haremos nada.

—Te lo prometo, pero sal de allí.

—No haremos nada, promételo.

—Te lo juro. Sal de una vez. Si quieres me acuesto en la alfombra, si quieres llamo para que te den otra habitación, pero sal.

Sintió alivio cuando escuchó el sonido del seguro. Aixa apareció con el pelo empapado y envuelta en una toalla magenta. Caminó descalza hasta la cama y se arropó con las cobijas. “Tiene los pies bonitos”, pensó él y se sentó sobre la alfombra. Ella lo miró con ojos inexpresivos y empezó a morderse una uña. Estuvieron mucho rato contemplándose, hasta que él cerró los ojos para dormir. No pudo hacerlo. Una punzada atravesó sus sienes y comenzó a gotear como un líquido ardiente sobre sus ojos. Abrió los párpados. El dolor comenzó a palpitar dentro de su cabeza. Cambió de posición para intentar dormirse, pero fue inútil. Entró al baño, se mojó el rostro. La piel de las mejillas tenía un color verde que por instantes se tornaba ligeramente azulado.

Entró en la ducha y abrió el agua fría; un hilo de hielo comenzó a derramarse por su cabeza. El dolor se fue atenuando con lentitud. Una sensación de cansancio se deslizó por su cuerpo. Estuvo media hora bajo la ducha. La mirada perdida, la respiración agitada y las náuseas apretándole el cuello. Los últimos minutos abrió la boca para beber parte del agua que chorreaba por su cara.

Tembloroso se frotó con la toalla y se vistió. Pronto amanecería y podría beberse un jugo de tomate y dos aspirinas. Salió a la habitación con pasos lentos. Al voltear la mirada pudo distinguir a Aixa completamente desnuda. Se aproximó a ella sin saber si aquel gesto era un azar, una invitación, otro acercamiento inútil entre ambos. Desde la calle penetraba una luz como de algodones sucios. Él quiso dar la vuelta alrededor de la cama, pero algo lo detuvo: aquella piel. Aixa. Aquella piel.

La espalda era un mapa lleno de llagas. Pequeños orificios: círculos negros, marrones, rojos. Incisiones que avanzaban desde la nuca hasta alcanzar el inicio de las nalgas. Moratones; costras. Las piernas repetían aquellos rastros y él casi pudo imaginar la lentitud con la que alguien (¿un amante, un esposo, un familiar?) deslizaba una navaja o apagaba cigarrillos sobre el cuerpo exhausto de Aixa.

Sintió que el estómago se le contraía. Quiso escapar, salir corriendo. Se asomó al ventanal para tomar un poco de aire y en medio de la luz del amanecer distinguió a los niños que había tropezado en la madrugada hurgando entre cajas llenas de frutas descompuestas.

Escuchó un sonido. Giró la cara. Aixa cubrió su cuerpo con las cobijas.

—El mundo es horrible, ¿verdad? —dijo ella.

Luego levantó la mano y lo llamó con un gesto. Él se acostó. Al principio sin tocarla, pero una vez que ella lo pidió, abrazándola con torpeza.

Lamentaba haber dejado de fumar meses atrás porque deseaba un cigarrillo para olvidar de esa piel oculta por las sábanas. Después de un rato levantó el teléfono del hotel. Con algún esfuerzo logró recordar de memoria el número de Emilio en Londres. Deseaba hablar con él, contarle estas horas espantosas, saludarlo, decirle que en el bar de siempre servían ahora un horrible pan de ajo; que Manolo ya no trabajaba allí; que el fino daba unas resacas de mierda; que Aixa no dormía; que Aixa no lograba dormirse.

Se sorprendió al escuchar la voz de Pedro. Una voz asustada, tensa. Quiso saludarlo, decirle quién era, pero en el último instante colgó.

Volvió a acostarse junto a Aixa con gestos pausados. Por la respiración de la mujer comprendió que al fin se había quedado dormida. Algo desconocido, algo inusual palpitaba en aquel cuerpo relajado, como si una dulce rendición tomara cada músculo.

Acarició con levedad el cabello de Aixa.

Cerró el ventanal; bajó la velocidad del aire acondicionado y deslizó las cortinas hasta que el cuarto quedó en penumbras. Le gustó mirar entre sombras a la mujer; contemplarla cada segundo; cuidarla para que nada interrumpiese su sueño.

El hombre supo que llegaría tarde a las reuniones de ese día.

No le importó demasiado.


Juan Carlos Méndez Guédez*

Barquisimeto, 1967. Autor de novelas como La ola detenida, El baile de madame Kalalú, Los maletines y Una tarde con campanas. También ha publicado los libros de cuentos: La noche y yo, Ideogramas, y Hasta luego, Míster Salinger, entre otros. Es autor de la novela corta: Veinte merengues de amor y una bachata desesperada y del libro de viajes: Y recuerda que te espero.  Doctor en literatura hispanoamericana por la Universidad de Salamanca. Reside en España.

 

En Francia, la editorial parisina Métailié ha traducido y publicado su obra: Los maletines bajo el título de Les Valises.