El entierro

 Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

José Rafael Zabala Vásquez* | Venezuela

Entró al baño casi corriendo dando tumbos y tropezando con todo a su paso; a parte de su pereza habitual, se había entretenido de manera intencional viendo televisión mientras decidía entre cumplir con su compadre o dejarse dominar por aquel viejo rencor, que a pesar de los años transcurridos, se negaba a morir. Ya tomada tarde la decisión, debía recuperar el tiempo perdido. Más que una ducha, fue un salpicón, pues, más secó la toalla por lo escaso del agua, que por sus favores particulares. Como siempre, mascullaba surtidos y coloridos improperios, que entre mudos y susurrados, dejaban ilesos a cualquier posible destinatario, costumbre que lo acompañaba desde hacía muchos años y que era motivo de pleitos familiares; o como solía suceder a veces, eran los pleitos familiares los causantes de sus sordas maldiciones. Su mujer entró a la habitación mientras él rebotaba entre las cuatro paredes tratando de vestirse.        

“No sé cuál es tu apuro”.    Le dijo mientras lo veía; seria, ceño arrugado y brazos cruzados sobre el raído delantal de pana.   “Igual no vas a ir pa’ ningún lado”. Terminó, haciéndole un gesto burlón. Él le respondió presuroso con mil groserías, que ella pudo leer fácilmente en aquella mirada. Cuando se alejaba, lo escuchó ofendiéndola sin oírlo y le dijo: “te estoy escuchando.”

Ya eran las tres de la tarde, hora exacta en que el entierro del compadre salía desde su casa con rumbo a la iglesia: “Mi compadre”… “mi compadre”… “mi compadre”. Se repetía con diferentes entonaciones, como el que narraba solo con esas dos palabras el desarrollo de una gran amistad  y la desafortunada contienda con el difunto: muchas veces le deseó la muerte, es decir, fueron muchas las muertes que imaginó para él, fueron muchos los fantasiosos ataques en la carretera, las ilusorias incursiones nocturnas a su vivienda y las inéditas armas que creó sentado en el baño o acostado en su cama, mientras lo calcinaba la ira; pero estos deseos fueron disminuyendo de cantidad y contundencia hasta desaparecer, a medida que “el traidor”, como él lo llamaba, se agravaba de aquella inmisericorde enfermedad y aunque jamás pudo olvidar el enfrentamiento ni la causa, por compasión al moribundo, terminó hablándole un día cualquiera.

Decrépito, escuálido, de manos temblorosas, calvo brillante, de escasa dentadura y corta vista; resultado irreversible de un extraño mal, en combinación con tratamientos errados y la terquedad del portador, tras tantos años de doloroso padecer y la tortura sicológica de verse convertido en un despojo, decidió no esperar más por la hora menguada y salió a buscarla él mismo al abrigo de la soledad.       Un sonoro estallido removió la casa desde sus bases; cuando sus hijos lograron abrir la puerta de su habitación, el sofocante olor a pólvora quemada danzaba orgullosa y triunfante sobre el cadáver que se desangraba. A su lado reposaba su vieja escopeta, la que había logrado recortar laboriosamente hasta que la boca del cañón entrara debajo de su mandíbula y él pudiera alcanzar el gatillo del arma con su índice. Y sobre la descompuesta cama, un arrugado papel con los garabatos que su fatídico mal había dejado como sobras, de aquella envidiable letra perfecta: “Si esto es un castigo por mis errores, no me ha dado tiempo para arrepentirme”.  

“¡Coño de la madre no joda!”   Protestó enérgicamente. “¡El perro se cagó otra vez sobre los zapatos!” Continuó gritando con ira; “No vas a ir pa’ ningún lado”.     Le respondió su mujer desde la cocina. “Cállate tú, cachona del coño. Contraatacó él con un grito silencioso mientras sacaba de una gaveta unos zapatos de suelas muy gastadas que tenía tiempo sin usar. Al finalizar, con un tino sorprendente, se colocó una mano abierta detrás de la oreja y con la otra señaló hacia la cocina, al tiempo que su mujer decía: “Te estoy escuchando”.

Cuando salió de su casa, ubicada en una de las calles más elevadas del pueblo, pudo ver allá abajo, en la iglesia, a la gente saliendo por la calle principal. Rumbo al cementerio, caminó lleno de dudas acompañado de una leve lluvia que empezaba a caer. Mientras el cortejo fúnebre aceleraba el paso, él cambiaba en dirección para tomar un atajo; pasó de nuevo frente a su casa y su mujer lo interrogó desde la ventana. “¿Pa dónde vas tú hombre terco?” dijo ella. “Cállate entrometida”, le respondió él con una mirada y siguió su camino sin hacerle caso. La mujer se resignó, un tanto avergonzada y sintiéndose eternamente culpable por todo lo sucedido. Lo vio a través de la lluvia. Con sus ojos de arrepentida y agradecida por no haberla abandonado, con un gesto sincero, lo bendijo, mientras decía quedamente, “te estoy escuchando”.

Él continuó su marcha, distante, pero paralela con la procesión, intentando mantener el paso y así sentir que aunque de lejos, iba acompañando a su compadre; con una lluvia leve pero constante, que ya lo había empapado y formaba pequeños charcos en la arcilla del camino, buscando ansioso con la vista, el mejor lugar para bajar, pero sufriendo del ataque incesante e inclemente de sus amargos recuerdos, que lo transportaban en el tiempo y lo distraían del camino, haciéndolo ignorar al menos dos buenos lugares para intentarlo hasta llegar al final de la calle.      Escogió un grupo de piedras que bajaban desde su posición en línea recta. Y aunque allí estaría aún algo lejos, quedaba justo frente al cementerio, cuyas chorreadas paredes de un blanco sucio trasdibujaban infinidad de formas caprichosas. La corte mortuoria se apresuraba hacia la entrada entre resbalones tropiezos y empujones meciendo al muerto como si quisieran dormirlo o como si quisieran despertarlo. Él intentó bajar torpemente por las resbaladizas piedras, apoyándose inseguro en las más altas y tratando de pisar las más planas, pero la mala combinación de humedad y suelas lisas dio como inevitable resultado un ligero resbalón que llevó su pié derecho a la grieta entre dos piedras; de forma simultánea perdió el apoyo con las manos y fue a chocar de frente con el peñasco más alto. Aturdido por el golpe y con el pie atrapado, no pudo sostenerse  y cayó de costado contra las salientes del medio, mientras el lado derecho de su cabeza rebotaba mortalmente sobre las rocas de más abajo.

Allí quedó atrapado y colgando, a merced de los inclementes proyectiles de la lluvia que arreciaba, con su espalda reposando, sobre aquellas duras almohadas y la cabeza pendiendo al revés, dirigida hacia el entierro. En sus ojos muertos se reflejaban las feas paredes del cementerio y el ataúd de su compadre, que bamboleándose, sobre cuatro amigos mojados y borrachos, pasaba debajo del portal crucificado del campo santo.

                                                                  “F I N”


José Rafael Zabala Vásquez*

Nació el 14 de Agosto de 1962 en el Pueblo de San Francisco, península de Macanao, Estado Nueva Esparta. Fue policía, director de teatro y artesano. Actualmente es escritor independiente.