¡Não falo português! (II)

Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

AC | Venezuela*

¡Brasil, Brasil, Brasil! … Primer país de mi travesía migratoria. Realmente no lo tomé como algo definitivo, como lo dije anteriormente: Me iba solo por seis meses, trabajaba, reunía un poco de dinero y regresaba; así que mi salida de Venezuela, hasta ese momento, no era un adiós, sino más bien un “hasta luego”.

La ruta para llegar a Bolivia sería atravesar Brasil. Siempre quise ir a Brasil, sobre todo a Río de Janeiro, pero en esta ocasión no iba para divertirme, era solo un destino transitorio.

Cruzar la frontera entre Venezuela y Brasil fue bastante sencillo: entras al módulo de migraciones, muestras tu pasaporte y listo, 90 días. En ese momento estaba bastante ansiosa, llena de nervios, adrenalina, tristeza y a la vez felicidad. Tenía un millón de emociones. Lo bueno es que no estaba sola, viajaba con otras personas que irían conmigo a lo mismo, a trabajar.

El viaje por tierra en Brasil comenzó bastante bien, íbamos cantando y bromeando, las cosas típicas de viajes por tierra. De todo quieres hablar y comentar, supongo que es para no hacer el trayecto aburrido y pesado.

Brasil está lleno de paisajes hermosos, gente muy alegre y también tiene un toque de locura.

Las cosas comenzaron a pintar un poco extrañas cuando se nos hace de noche en la vía y aún no habíamos parado a hidratarnos o incluso a estirar las piernas. Llevábamos muchas horas de carretera, era obvio que necesitábamos hacer una pausa, pero no sucedió. Llegamos a parar en un pueblo, buscábamos un banco para retirar dinero, ya que “nuestro jefe” no llevaba dinero en efectivo; raro. Es raro porque estabas en Venezuela, haces un viaje con los que van a ser tus empleados, a los cuales les prometiste todos los gastos pagos: alojamiento, comidas, incluso en el camino hacia Bolivia y ¿no cargas nada de efectivo? Bueno, Venezuela no es el país más seguro del mundo, quizás tuviste un poco de miedo y no quisiste arriesgar. Vamos a tomarlo así. Pero ya para ese momento comenzaron mis dudas.

“El jefe” no es la persona mejor vestida del mundo, no es arreglado. Tiene una cosa que lo caracteriza: carisma. Es un tipo bastante alegre, sonriente, bromista. Parece caerle bien a todo el mundo y llevarse bien con todo el mundo. Es un hombre de negocios, tiene agencias de viajes, restaurantes y ahora un bar.

El cajero no le dio dinero. Nuestras caras para ese momento eran un poema. Estábamos cansados, sedientos y hambrientos. Queríamos descansar, necesitábamos descansar. No sólo por nosotros sino también por el jefe, es quién viene manejando varios kilómetros de carretera sin descanso.

Decidimos parar en una bomba de gasolina. había un lugar donde estacionar y allí pasamos el resto de la noche. El jefe venía preparado con una hamaca, la sacó de la maleta, la colgó entre una viga y la camioneta y dijo: “Voy a dormir, ustedes pónganse cómodos, entenderán que necesito dormir un poco para seguir manejando”. Era obvio que no me iba a poner con dramas ni nada, era la persona que conducía, necesitaba descansar. Me acomodé como pude en los asientos de la camioneta y dormí. Así pasó la noche uno.

A la mañana siguiente, nuestras caras de cansancio no eran normales, no pegamos un ojo en toda la noche, los insectos, mosquitos y los ruidos de los camiones no nos dejaron dormir. Creo que también influyó mucho el hecho de que no podíamos creer lo que estábamos pasando.

El jefe no estaba de buen ánimo, no tenía dinero y necesitaba resolver esa situación lo antes posible. Uno de los que viaja con nosotros comentó que tenía algo de dinero, que podíamos ir a una casa de cambio y ahí resolver un poco. Yo también llevaba dinero pero en ese momento no dije nada (menos mal, más adelante sabrán el motivo) me quedé callada y dejé que fueran ellos los que decidan qué hacer.

Mi mente era un volcán en erupción, pensaba muchas cosas, pero jamás pensé que llegaría a estar en la situación que vivimos después.

El viaje continuó así; pocas paradas y si nos agarraba la noche, parábamos en alguna estación de gasolina para dormir.

Llegamos a Manaos, hay dos opciones para seguir con el viaje:

1) Seguir por carretera

2)Tomar un ferry que atraviesa el Rio Amazonas y llegar hasta Porto Velho.

Seguir por carretera era la opción, pero para nuestra mala fortuna la carretera estaba cerrada. El ferry era la única opción.

Cruzar por el río Amazonas fue una experiencia única, no puedo negarlo. Creo que es de las cosas que se hacen una sola vez en la vida. En el ferry te dan comida, desayuno, almuerzo y cena. Fue un viaje de 5 días en medio de la nada. Sólo se veía agua, cocodrilos y “garimpeiros”. Pero, ¿dónde dormimos esos 5 días? Pues, las personas que conocen de este viaje se vienen preparadas con una hamaca, la cuelgan en el ferry y pueden dormir. Obvio, el jefe estaba preparado, nosotros no. A nosotros nos tocó dormir en el suelo: literal. Apenas se ponía el sol, sacábamos nuestro suéter, lo estirábamos en el suelo y nos poníamos a dormir.

Deben pensar que pasé roncha porque quise, pude haber sacado mis cosas de la maleta y ponerme un poco más cómoda; eso no es así. Mi maleta estaba atada y cubierta por una lona encima del techo de la camioneta, desde un principio se nos dijo: “De acá arriba ya no sale más nada hasta Bolivia”. Era muy poco probable deshacer todo en cada parada para sacar algo de las maletas.

Al llegar a Porto Velho me percato de que algo no está bien, dejan bajar la camioneta del ferry pero a nosotros no. ¿Qué pasa? ¿Qué dicen? Yo no entiendo, no hablo portugués.

¿Recuerdan que no teníamos dinero? Pues, el jefe había hecho un trato, había acordado que él iba a buscar dinero y que si no volvía para el día siguiente se podían quedar con nosotros como pago. Si, así como lo leen.

En ese momento era para agarrar todas las cosas e irse de regreso a Venezuela, eso no iba a traer nada positivo. Estaba en shock, yo no podía creer que eso estuviese pasando ¿Y si no volvía? ¿Y si realmente todo estaba planeando para que nosotros fuéramos explotados? ¿Vendidos como trata de personas? Todo se pasaba por mi cabeza. ¿Cómo había llegado yo a estar en esa situación? Esa noche no dormí. Nadie lo hizo. Estábamos consternados. Nos veían como un pedazo de carne, como unos objetos, no podíamos bajar del ferry, no teníamos comida. Todo estaba muy mal.

Las propuestas indecentes nunca faltaron, ser mujer en una situación así nunca es fácil. Sexo a cambio de comida, era fácil, se dice con mucha naturalidad. En Brasil es un tema que no es tabú. Un tema libre, un tema que se toca mucho, tanto, que si no entendías el portugués, te mostraban un condón como señal. ¡Vamos!, un condón todos saben para qué se usa.

En este punto digo: “Yo tengo dinero, vamos, cambiamos y compramos comida”.

—Yo tengo unas perlas, podemos venderlas y comemos, creo que es lo mejor.— dijo el más viejo del grupo. Un hombre lleno de años y sabiduría, el hombre de confianza, mi madre lo conocía en persona. Era a quién mi madre le dijo; “Cuida muy bien a mi negra y me la traes de regreso”. Sus perlas fueron la opción, quizás él se sentía un poco responsable por esa situación y trató de hacer lo mejor que pudo.

La noche pasó….se hizo mediodía… estaba empezando a caer la noche y aparece a lo lejos la bendita camioneta. Era el jefe, había vuelto. Me sentía a salvo, feliz de volverle a ver, aunque sabía que había sido él quién nos puso en esa situación. ¡Que alivio!

El jefe llegó bastante bromista, bañado, descansado e incluso llevaba puestas unas prendas de oro que no se las había visto antes. Nos llevó a comer, para “aliviar” el mal rato. Nos hizo pensar que las cosas realmente se le habían ido de las manos, pero que no volvería a pasar, que él era un hombre responsable y de palabra. Para ese momento ya nosotros no eramos sus empleados, para él, ya éramos sus amigos.

Ese carisma, ese maldito carisma.

“Les espera lo mejor”, decía el jefe. Ya van a estar mejor, repetía de manera bromista.

El resto del camino de Brasil se me hizo rápido. Íbamos bromeando, cantando e incluso repitiendo frases que habíamos aprendiendo a decir en portugués. Todo había sido un simple mal momento, no dejemos que las cosas malas empañen lo bueno que está por venir.

Brasil, Brasil, Brasil, después de ti, pensé que venía lo mejor, pero no fue tu culpa, la culpa fue mía por seguir creyendo y teniendo fe.

Bolivia ….. ¡Ahí vamos!

Esta historia está apenas por comenzar.

Saludos, AC.


AC

*Venezolana radicada en Austria