El dique y el tiempo

Lino J Zabala

Cuando los escombros sean removidos, y el agua del desastre sea drenada, y los perros rescatistas busquen en vano la vida estéril, este pueblito olvidado —donde algunos ancianos todavía creen que en la ciudad de Santiago de León estamos luchando por nuestra independencia contra la corona—, será de pronto observado por todo el mundo, y luego olvidado para siempre.

Bajo cúmulos y cúmulos de fango resurgirán sus habitantes, con sus estómagos hinchados, y sus lágrimas resecas bajo una mirada inerte, inservible, dispuestos a contar su propia historia. No dejo de imaginarme ahora el reflejo de una botella flotando sobre el mar inmenso, y no puedo más que continuar escribiendo.

Las argamasas deshechas, las rémoras de mar y el limo de agua dulce mezclados formarán un revestimiento casi impenetrable. Pasarán días o quizá semanas para que poco a poco todos vayamos emergiendo, y de pronto, en un rincón fortificado por las vigas de una casa caídas sobre una mesa y una silla, encontrarán un cuerpo y dirán ¨Alguien escribía¨. Pero rápidamente, por sus ropas y su aire de destierro, percibirán que era un forastero que vino a morirse aquí bajo todos los infortunios y todos los escombros del mundo. No obstante, a pesar de su condición de olvido, también él estará decidido a contarles a todos los fragmentos de su historia maltrecha.

Todos los días mis abuelos contaban las historias del valle en el que nacieron. Crecí en la capital escuchando el relato de un aguacero imparable, que al cabo de varios meses de lluvia hizo desbordar los ríos, cubriendo por completo la única salida hacia el mar y otros poblados. Eran niños y rápido se acostumbraron, aunque la comida empezó a escasear pronto. La mayor parte de los sembradíos se habían inundado. Había una gran variedad de animales silvestres en los cerros, de venados a perdices,  pero la caza diaria los fue mermando hasta desaparecer con los años. Mis abuelos cuentan que se enamoraron nadando en el río. La corriente era fuerte y no podías soltarte de la orilla, decían. Crecieron jugando ahí como todos los demás niños y no percibieron el instante en que dejaron de hacerlo.  Tiempo después, cuando los afluentes del río se secaron, junto a muchas otras personas decidieron marcharse de aquel pueblo abatido.        

Pero no fue la historia de la inundación la que más me fascinaba, sino lo que contaban sobre los habitantes del pueblo: la forma en que cada uno vivía esa inundación, como el relato del niño que jugaba a construir una balsa y que, de repente, al ver una luciérnaga volando en pleno día sobre el agua, se fue corriendo en dirección al monte y fue encontrado años después cuando habían dejado de buscarlo, sentado en un muro de concreto a la orilla de un pozo, comiendo limo, ranas y luciérnagas, y tomando con sus manos el rocío que caía para beberlo. O la fábula del hombre que embarazó a su hija adolescente y que dio a luz a tres monitos de tres razas distintas. O la leyenda de la niña que se soltó de la orilla del río y no murió ahogada sino que se convirtió en sirena. O el relato sobre el muchacho que consiguió, tras recorrer los cerros, una cueva que atravesaba hasta el otro lado. O la historia sobre la joven que fue violada por sus primos y atendió ella sola su parto, y que desde entonces se convirtió en la partera y matrona del pueblo; esa joven era la madre de mi abuela.

No dudé entonces en venir después de estudiar etnología. Me intrigaba descubrir si aquellas historias sobrevivían y cómo. Quería grabar, fotografiar, anotar, registrar de cualquier modo posible lo que vería.

El viaje desde el pueblo más cercano fue tortuoso. En el paisaje solo se veían cerros rojos, pero de pronto comenzó a aparecer la claridad del mar, anteponiéndose al cielo; supe entonces que había llegado. Luego la camioneta de pasajeros se adentró en el valle, en dirección contraria al mar. Lo primero que hice al llegar al valle fue buscar a los familiares de mi abuela o a sus descendientes. Ella me había contado que sus ocho hermanos decidieron quedarse en el poblado por respeto a los huesos de su madre. No fue difícil encontrarlos. La camioneta pasó frente a una casa de barro en ruinas, cuya única pared lisa tenía escrito en pintura negra “Justa Marcano, comadrona del pueblo”.

La primera impresión que tuve del poblado fue árida. Solo había una calle principal que atravesaba el poblado, con pequeños callejones mucho más recientes que surgían de ella.  No se veía ningún río, pero esas pequeñas callejuelas parecían afluentes y la calle principal un inmenso río. Los cerros eran imponentes alrededor de las minúsculas casas y su gente. La siguiente impresión que tuve fue que todas las historias eran ciertas.

Cuando vean el cadáver y se digan ¨Alguien escribía¨, también entenderán la necesidad imperiosa de hacerlo frente a aquella circunstancia. Al remover el cuerpo, notarán que abraza una botella de vidrio, llena de papeles. Luego, cuando reúnan todos los cuerpos en un prado seco, para identificarlos, al ver la piel y la ropa de aquel hombre magullado frente a la robustecida de los otros, dirán:  ¨Era un forastero¨. Pero eso será lo menos importante porque ya habrán leído el manuscrito.

La camioneta se detuvo en la Plaza de los Intercambios, como la llamaban desde la inundación, pues cuando los afluentes del río crecieron y bordearon al poblado, se perdió todo contacto con los otros pueblos de la península y la moneda dejó de circular. Fue la única posibilidad de un poblado que antes dependía absolutamente de pescar en el mar. Entonces se hicieron sembradíos en los cerros y todas las familias llevaban lo que cultivaban a la plaza central para cambiarlo por conejo, pescado, plátano, jojoto,  ñame, chaco, yuca y casabe para la sopa del domingo. Eso me lo explicó Álbara, la última hermana viva de mi abuela y la última hija de “la comadrona”. Vivía con dos hijas y sus hijas en una casa pequeña al lado de las ruinas del rancho de “la comadrona”. Estaba acostada en una cama, con sus piernas inútiles dobladas debajo de ella, un camisón roto y su carita absorbida  por el tiempo. Podrán verla ustedes en el grupo de fotos que guardé junto a los pliegos.

Ella me confirmó todas las historias de mis abuelos y me contó anécdotas suyas. Era completamente lúcida. Cuando le dije “Cuénteme esta otra historia”, me respondió tajante: “No son historias, sino personas vivas”. Me dijo además dónde encontrar esas  personas. Me he quedado en su casa desde entonces. Salgo durante todo el día a recorrer el poblado. Con el tiempo me dijo, convencida, que pronto ocurriría otra inundación. Después de grabar todas las conversaciones que he tenido con ella y de tomar varias fotos, decidí dejar consigo el cuaderno donde anoté sus relatos. “Usted los cuidará mejor que yo”, dije.

Después de hablar con varias personas subí al cerro. Allí vivía un señor del que todos se burlaban, pero al que también acudían todos los que querían saber sobre la época de la inundación. “El loco del muro’, dijeron unos jóvenes. “Suba por ahí”. Lo encontré desnudo sobre un muro de concreto quebradizo, a unos cuatro metros de altura, equilibrado sobre un pozo de agua putrefacta. Movía sus piernas sobre el precipicio y estaba conversando con las luciérnagas. Era muy viejo. Me preocupó su salud, pero a él solo le preocupaba una cosa. Tras cada oración balbuceaba: “Alirio, Alirio”. Le pregunté si era su nombre, pero me respondió “Mi nombre es el loco del muro, ¡Alirio, Alirio!”.  

Conversamos durante varios días, hasta que pude encajar algunas de sus frases enrevesadas para obtener un poco de  información. Alirio era su tío, el mismo hombre que cruzó a través de las cuevas de cuarzo en las montañas, aunque no se sabía si realmente llegó al otro lado. Pero el loco del muro estaba ahí, desde hace medio siglo,  esperando a que algún día volviera, no solo por ser su único familiar, sino porque era idéntico a su padre muerto.

Cuando logré descifrar el acertijo de sus relatos, los reduje a unos pocos pliegos de papel. Le pedí a Álbara que los guardara y subí al cerro para entregarle los borradores, porque así me lo pidió ella. Desde entonces le di mis borradores a cada interlocutor, ¿por qué lo hice? Lo hice para reivindicarme, pues por un tiempo dudé de la cordura de doña Álbara, desde que me dijo que pronto ocurriría otra inundación. Mi interés hasta entonces no era saber sobre la inundación y se lo dejé claro a ella y a cada entrevistado. Me interesaba saber cómo sobrevivieron en aquél encierro después de que el río se secó. Pero cada persona entrevistada me decía lo mismo, ¨Pronto habrá otra inundación¨. Entonces empecé a considerar que algo se ocultaba en esa creencia.  

Al volver al cerro para darle los borradores de su historia al loco del muro, lo encontré fuera del muro, comiendo musgo de un árbol; le ofrecí los manuscritos. Él caminó hacia el muro, tomó una daga que estaba escondida en una rendija entre dos bloques de la construcción, luego bajó la quebrada empinada y cortó dos hojas del banano a la orilla del pozo, junto al muro; subió y tomó los pliegos enrollándolos en una de las hojas. Luego se sentó de nuevo en el muro con el pliego en una mano, mientras que con la otra tomó la segunda hoja y la colocó sobre su cabeza, encorvando sus hombros, como esperando la lluvia.

De regreso a casa de doña Álbara, la encontré guardando sus relatos y los finalizados del loco del muro, en un antiguo horno de cal, cuyas paredes revestidas protegerían los escritos de aquella lluvia que empezaba a caer. Resulta que después de más de sesenta años desde la inundación, todos en aquel pueblito esperaban otra catástrofe tras cada llovizna, por eso el inicio del aguacero despertó el pánico. A mí me pareció innecesario y continué mi trabajo, entrevistando personas y entregándoles los pliegos originales. Aunque ellos ya resguardaban sus propias historias, empezaron a necesitar aquellos papeles, y cuando empezó la lluvia muchos ancianos me mandaron a llamar. Eso fue lo que entendí cuando llegué a la casa de una mujer que me mostró un armario donde guardaba toda clase de porcelanas europeas del siglo XIX, casi sin uso, y me dijo que cuando comenzaron los focos independentistas en la Asunción, muchos realistas huyeron a los rincones más apartados del mundo y su tatarabuelo se escondió aquí. O cuando visité a una señora que cuidaba monos en el patio de su casa y que al verme se llenó de una ira inexplicable y me gritó: ¨¡Cuido monos porque mi papá los cuidaba, pero la gentuza dice que son mis hijos!¨, y continuó: ¨Entra y te digo la verdad¨.  Cerró la puerta inmediatamente al entrar. Lo interpreté como una clara señal; aquellos papeles eran ahora parte de aquellas historias, antes escritas en quienes las vivieron o las oyeron.  Todos esperaban morir, dejando sus relatos donde pudieran ser hallados.

Imagino ahora que cuando lean esta parte del manuscrito frente al cúmulo de cadáveres, harán una pausa y dirán: ¨No son cuentos sino un mapa¨, y un día quizá alguien recorrerá los escombros del pueblo buscando los relatos que resguarda.

Una mañana, caminando en la Plaza de los Intercambios, percibí que llovía desde hacía cinco días seguidos; me preocupé. Entonces hice una pregunta retrasada, pues debí hacerla el primer día de sol en que llegué. ¿Por qué cree que habrá otra inundación? Cada persona joven o anciana respondía lo mismo: poco después de que se secara el río que había separado al pueblo del mundo, hace más o menos medio siglo, todos los habitantes empezaron a construir un dique enorme y algunos muros en sitios específicos encima en los cerros. Fueron jornadas históricas en las que cada persona puede decir ¨Yo era casi un bebé, pero recuerdo haber cargado piedras en una carreta¨.  Tras cada lluvia se subían los niveles del dique, pero ellos no solo los usaban para proteger al pueblo sino para concentrar el agua dulce. Por generaciones subían a llenar baldes de agua y los trasladaban hasta sus hogares equilibrándolos sobre sus cabezas. Pero hace pocos años fue construida una planta de tratamiento de agua salada a la orilla del mar, esta distribuía agua dulce a todos los poblados a través de tuberías. Entonces dejamos de usar el agua de los diques que se han estado llenando con cada lluvia, decían.

Al percatarme del aguacero continuo, recordé al loco del muro, que estaría sin protección bajo la lluvia. Corrí con mi paraguas hasta su colina, para dárselo, era lo único que podía ofrecerle, pues él no habría aceptado que lo llevara hasta el pueblo para protegerlo. Pero al llegar encontré una neblina de polvo donde estuvo el muro, ahora no era más que escombros apilados sobre el fango, y el viejo estaría abajo, enterrado junto a sus luciérnagas. La lluvia se hacía más fuerte y pensé en ver el dique. Seguí la dirección que me habían dado y, sin saber dónde estaba exactamente, fui directo hasta la represa, como si también yo la hubiese construido.

Un camino de tierra unía al dique con esta parte del cerro, la más alta, y el otro extremo se conectaba a otra colina. Tenía unos treinta metros de altura y estaba hecho de piedras enormes. A un lado había un pozo poco profundo que tocaba los pies del dique y se perdía entre el monte, la tierra, unas colinas y luego el pueblo. Del otro lado el agua tocaba las nubes, rozando la boca del dique y perdiéndose en los cerros, que parecían islas bajo la lluvia.

En ese instante me percaté de algo más, solo había una historia en el pueblo que aún no estaba resguardada, la mía. Bajé corriendo hasta el poblado, entré sin parar a la casa de doña Álvara y comencé a escribir. Escribí el resto del día y toda la noche, mientras los relámpagos alumbraban al pueblo. Me faltaba el tiempo y todavía no había escrito nada sobre el dique. Cuando se cortó la electricidad tuve que parar... Poco después doña Álbara gritó desde su cuarto. Sus hijas y yo corrimos, y al encender la vela, notamos su mirada clavada en el techo, y su cuerpo retraído e inmóvil. Al amanecer inmediatamente escribí sobre su cordura, pues tenía razón.

A mitad de la mañana los truenos se empezaron a mezclar con los gritos del poblado. Al hacerse insoportables, salí hasta el porche de la casa y vi una caravana de jóvenes. Frente a ellos estaba un viejo, el loco del muro; descalzo, empolvado y sin ropa, pero vivo, guiando a todos los jóvenes a un túnel de cuarzo entre las montañas, que debía atravesarlas hasta el otro lado. No quise seguirlos. Volví a entrar a la casa  y me senté en la silla. Me quedé viendo una botella de vidrio con una vela desgastada por dentro.

Escuché un estruendo mayor, como si se hubiese quebrado el mundo, o el dique. No era más que la historia partiéndose en millones de pedazos, azotando como un golpe simultáneo cada puerta de cada casa. Escribo: ¨El dique no contiene agua sino nuestras penurias¨. No me queda más que guardar los pliegos en la botella.