La trilogía del encierro: La carretera, Puros hombres y Fiebre

Mario Morenza

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Después de la Era Gomecista, en Venezuela se publicaron en años consecutivos La carretera (1937) de Nelson Himiob, Puros hombres (1938) de Antonio Arráiz y Fiebre (1939) de Miguel Otero Silva. En las siguientes páginas glosaré sobre estas novelas que testimonian lo vivido durante aquellos años bajo este punitivo régimen.

 

Si existe una temática persistente en nuestra narrativa, es la constante de los autores venezolanos por representar la realidad social en sus ficciones. Desde Peonía hasta las novelas de Gallegos, pasando por los escritores de la vanguardia histórica hasta llegar, incluso, a los narradores de estas primeras décadas del siglo XXI.

Desde luego, el espacio narrativo representado afecta las psicologías de los personajes. En estas páginas esbozaré cómo los protagonistas de estas novelas, al estar en el encierro, alejados de sus territorios conocidos, experimentan una transformación en su manera de ser y pensar.

«El novelista vive en un auténtico laboratorio de observación histórica y sociológica» escribe René Girard en Mentira romántica y verdad novelesca (1985, 107). Y apunta en su libro: «Al revelar el deseo de sus héroes, el novelista, como siempre, revela la sensibilidad de su época o de la época que le seguirá» (p. 256). Para Girard, la novela es un cosmos en el que se reflejan el denominador común de la sensibilidad de los seres humanos de determinado momento, desde luego, todo esto es constatable cuando dicha novela es considerada un objeto de estimable valor literario.

Harry Levin en El realismo francés (1974), suerte de Biblia sobre esta estética, apunta las características predominantes del realismo, perfectamente aplicables a las esferas narrativas de nuestro país en el período estudiado. Tenemos, pues, que el realismo social persigue retratar la vida, el mundo real, con precisión pictórica, sin metáforas que embellezcan lo que «realmente» se detalla. Resalta, entonces, que la sencillez, la claridad en el estilo del autor, es fundamental para lograr su principal objetivo, sin recurrir a estéticas o metáforas estridentes que contaminen la realidad tal cual es. El escritor se convierte en un observador acérrimo, en un cronista de las acciones de la vida cotidiana, de lo que ocurre en la plaza, las costumbres del pueblo, su lenguaje coloquial, el mercado, el hogar, la escuela, el cuartel, el puerto, en el campo (Levin, 1974: 37-98) y en la cárcel.

La carretera (1937)

La carretera (1937) es una novela con un profundo enfoque testimonial. No por casualidad su protagonista se llama Nelson y, de igual modo, los otros quince estudiantes encarcelados que lo acompañan en la reclusión tienen su referente en la historia política venezolana: Antonio Sánchez Pacheco, Clemente Parpacén, Rafael Chirinos Lares, Enrique García Maldonado, Guillermo López Gallegos, Antonio Anzola, Luis Felipe Vargas, Herman Stelling (Paquito), José Antonio Marturet, Juan Gualberto Yanes, Inocente Palacios, Eduardo Celis Saune, Ricardo Razetti, Pedro Juliac, Luis Villalba (Lucho).

En el breve prólogo titulado «A los lectores extranjeros» (1937: 7), Himiob, desde su perspectiva de autor, testigo y víctima, expone el contexto de la obra: estudiantes que lucharon de manera infructuosa contra el oprobioso Juan Vicente Gómez, destacando las protestas de 1928 y los doscientos jóvenes detenidos y trasladados a Las Colonias. Con el transcurrir de los días, El Bagre, como era llamado el dictador, dio la orden de aislar a aquellos estudiantes a los que precisaba como líderes del movimiento y se sometieran a trabajos forzosos.

Acertadamente «Las Colonias» es el título de la primera parte, seguida de «El viaje», «El primer día», «El segundo día» y «Vida interior». Cada una de estas partes se puede resumir linealmente de este modo: captura, traslado, primer día en la cárcel, los trabajos forzosos correspondientes a la construcción de la carretera y el tedio, que no es otra cosa que el alarmante, pavoroso e imparable reino de la costumbre a la serie de horrores padecidos por los estudiantes: esa miseria, ese desamparo, la crueldad de los militares y el olor a muerte que atraviesa la narración se promueve como algo tan cotidiano como el amanecer. El horror se aplaca y no es más que otro elemento más que constituye lo habitual.

Entonces, en el capítulo inaugural tenemos, pues, el traslado a pie de los estudiantes hacia el presidio «Las Colonias». Hacia el final del episodio, detectamos un flashback (o analepsis, como prefiera llamarle) en el que, entre otras cosas, se explica la razón por la que los jóvenes se encuentran tras las rejas y que de algún modo explica la densidad reflexiva que se mantendrá durante toda la novela:

Ahora me sumerjo en los menudos hechos sucedidos los días anteriores, y, al revivir los pormenores de algunas escenas, se aleja un poco la somnolencia que me arrastra. Y permanezco lúcido, despierto totalmente, por varios minutos. Hasta que torno a sentir cierta laxitud, mucha rareza para iniciar movimientos. (Himiob, 1937: 15)

Es una escena similar a aquella que leeremos dos años después en Fiebre (1939), de Miguel Otero Silva, obra de mayor difusión; en la que se describe el reordenamiento de la cotidianidad trasladada a la cárcel, cómo se configura ese nuevo universo hacinado y amurallado. La sala, por ejemplo, donde permanecen treinta estudiantes, se llama Los Capacheros, por desarrollarse allí no pocas de las reyertas estudiantiles. El solar se llama La Tienda Roja, La Bomboniere, una sala que ostenta dos hileras largas de camas pulcras «que incitan al sueño» (p. 15). Mon Bijou, «de lonas muy blancas y de habitantes en extremo cuidadosos de sus ropas y de sus comodidades… Y El Comando, o sea, la cocina de la casa, donde duermen apretujados cinco o seis. Igualmente, es en «¡Zigala ibajala!», cuando, entre consignas, se narra el traslado de los estudiantes a La Rotunda. Se describe cómo los estudiantes miran con desconfianza al coronel Varela, quien fuera preso del régimen. Piensan que se trata de un espía gomero. En este capítulo se establece otra conexión con el inicio de Fiebre a través del eco libertario y de protesta que nace del  «zigala ibajala / sacalapatalajá».

En «El viaje», los estudiantes son movilizados de nuevo, solo que esta vez a un lugar incierto: sospechan que se trata de La Rotunda, en Maracay, sede de gobierno de Gómez, donde supuestamente irán a parlamentar; o a La China, una terrible cárcel. En cierto punto del trayecto no hay más carretera y emprenden de nuevo la marcha a pie. Todo parece indicar que su rumbo se encuentra en Los Llanos. A lo largo del camino, no son pocas las veces en la que se nos dibuja lo precario de los pueblos a la orilla de la carretera.

En «El primer día» se describen las penurias a las que se tienen que adaptar los estudiantes. Esa miseria dentro de La China, la agudeza de la metodología con la que se provee los platos de comida: apenas cuatro anémicas raciones para todos los presos, así que los estudiantes deben turnarse para comer.

Seguidamente en «El segundo día», los jóvenes presos políticos van a su primer día de trabajos forzosos. Se les informa que, al menos, deben construir seis metros de carretera diarios, sin importar cuánto tarden.

¿Cuánto hemos andado? Uno, dos kilómetros. Ya apenas se mira la mancha negra del campamento y del jagüey.
           —¿Cuánto nos falta? —pregunto a un preso que va delante de mí, casi desnudo.
           Como media hora, bachiller. Ahorita llegamos. La carretera está ahí mismito.
           —¿Y cuánto tiempo hay que trabajar todos los días en la carretera?
           —No es por tiempo, bachiller, es por tarea. Seis metros diarios hay que sacar. Mientras no lo saquen todos, no se puede ir nadie. (p. 98-99)

En «En los días pasan», Nelson narra cómo él y los estudiantes se van adaptando a los rigores del presidio, cómo logran filtrar el agua mediante la instalación de una estructura artesanal o cómo se las arreglan para comer. Se nos describe el atrasado sistema judicial venezolano mientras los crímenes cometidos por los demás presos forman parte de la narración. En el episodio «Una nueva organización política: zangania», corre el rumor de que los estudiantes, junto a los otros presos, organizaban una sublevación y son reubicados en otro calabozo a pocos metros del anterior. Allí crean una especie de micro nación con reglas particulares:

Poseedores de un calabozo para nosotros solos, se impone la creación de ciertos oficios que permiten mantenerlo limpio y en condiciones habitables. Es necesario un barrendero, para que todas las mañanas expulse la tierra y otras suciedades que caigan en el suelo de arenilla compacta; un lamparero, para que asee y encienda la lámpara de acetileno que ha de alumbrarnos por las noches; un pollinero, para que diariamente desinfecte el pollino; dos cocineros, cuya finalidad será la de hacer apetitosa la comida que nos venden; un repartidor, que disponga cuidadosamente de los platos y de las porciones de alimento que correspondan a cada quien; un boticario, que procure almacenar el mayor número posible de medicinas y que las defienda contra las requisas inesperadas; y otros tantos cargos como los vayan exigiendo las circunstancias.
De acuerdo «la comunidad» —nombre que hemos dado al conjunto de los dieciséis— en la creación de los oficios, se presenta la discusión respecto a quiénes han de encargarse de ellos. Todos pretenden para sí los más suaves, como el de lamparero, rechazando los más laboriosos o desagradables, como barrendero y pollinero.
Reunidos en asamblea, nos dedicamos a forjar una organización política que dé poder a alguien para la signación de cargos irrenunciables. Se proponen diversos proyectos, que no son aceptados. Y al fin hallamos la solución. Todos los meses se nombrará a uno con plenos poderes por un día, en el transcurso del cual distribuirá los oficios según su personal criterio. Reducirá su labor en el resto del mes a cuidar de que los trabajos se realicen cabalmente. Llevará el nombre de Zángano. Nadie podrá rechazar el cargo asignado. El que haya salido una vez Zángano, quedará excluido para el nombramiento del siguiente mes.
Recurrimos al método ultrademocrático de la rifa para elegir al primero que ha de encargarse de la Zangania. Toca la suerte a Paquito, quien inmediatamente procede a la repartición de los oficios. Soy nombrado barrendero, y el disgusto con que recibo el nombramiento, se amengua al mirarle la cara a Antonio Anzola, quien ha sido nombrado pollinero… (p. 139-140)

Más adelante en «La conspiración», los estudiantes se organizan y conspiran para asesinar a los militares de mayor rango y huir, libertar las otras cárceles y alcanzar la frontera. Lastimosamente sus planes son descubiertos. No obstante, el soldado al que confiaron sus planes los traiciona y son interrogados. Con astucia e inteligencia logran confundir a los militares y hacer caer toda la culpa y sospechas en el soldado que se suponía los iba a ayudar.

A partir de este momento, la novela adquiere una atmósfera cada vez más tétrica, los jóvenes presos políticos son sometidos a crueles trabajos, empujándolos hacia la enfermedad o la muerte. Esto golpea la moral de los estudiantes y devela cómo su tranquilidad psíquica se desmorona proporcionalmente con los malos tratos. Hacia el final del capítulo «Desmoralización», Nelson reflexiona:

Mas, profundizando, haciendo un detenido análisis, encontramos una razón nada compleja: el ambiente contaminado del presidio ha ejercido su influencia sobre nosotros, nos ha relajado la moralidad; el hecho de hallarnos sometidos desde hace tanto tiempo al despotismo de los jefes, nos ha infiltrado egoísmo, nos ha ido habituando a la pasividad frente a la injusticia, y lo que es más doloroso, ha ido despojando de rebeldía a nuestro espíritu, antes tan erguido, tan valiente. Algo semejante ocurre con el pueblo venezolano. El constante amordazamiento que sufre desde comienzos de siglo, el perenne atropellamiento de sus primordiales derechos realizado dentro de la mayor impunidad, el pernicioso egoísmo y la desvergonzada indiferencia por la legalidad de que dan ejemplo los políticos que rodean al Dictador, lo han ido desmoralizando paulatinamente, convirtiéndolo en pueblo esclavo. En diferente escala, son una misma cosa el ambiente del presidio y el de la Dictadura. (Himiob, 1937: 182)

Finalmente en «Vida interior», Nelson cuenta lo estático que está todo en su nuevo espacio. El aburrimiento lo llena todo. Solo hablan del pasado, solo hablan de planes futuros. En el capítulo «Al borde de la locura», el protagonista tiene un ataque de tristeza, furia, desesperación. Le grita a sus compañeros que quiere quedarse solo, que todos ellos lo estorban. Asimismo, en «Tedio», el pensamiento constante de que ya nadie cuenta nada. Ya nadie habla de libertad. Y este clima prevalecerá hasta finalizar la novela. Se resume en esta frase surrealista: «El hueco negro y profundo de las horas vacías amenaza tragarnos» (p. 229).

La carretera culmina con una reflexión: qué pasará después que los dejen libres. Nelson cree que el movimiento se dispersará por falta de una clara cohesión ideológica, otros se enfocarán en terminar sus estudios, otros, inclusive, no les quede otra opción que unirse a las filas del tirano… 

Una nota al pie refiere el lapso de tiempo en el que se escribió este libro: la fecha de inicio data de finales de 1929 y las últimas cuartillas hacia mediados de 1932. No obstante, la novela se nos antoja inmediata, familiar. Aún en Venezuela siguen existiendo los verdugos que ostentan el poder y castigando.

La carretera es el testimonio inacabado de una nación inacabada.

Puros hombres (1938)

En las páginas preliminares, Antonio Arráiz le advierte al lector la tesitura temática de Puros hombres (1938). Allí se deja leer: «Este es un libro brutal, desarrollado en un ambiente sórdido y violento, entre personajes primitivos. He sentido tanto escrúpulo al escribir muchas de sus escenas, como ardorosa tristeza un día al presenciarlas» (p. 7). Y pocas líneas más adelante sentencia: «Este libro es la cárcel», porque de algún modo el sistema político de la Venezuela de ese entonces constituía una prisión. Dedica, finalmente, Puros hombres a las generaciones del porvenir, con la esperanza de que estas escenas jamás volvieran a repetirse. Muchos le advirtieron a Antonio Arráiz que el país no estaba preparado para una novela tan descarnada.

Desde el primer episodio, «Donde el lector va a dar a un mundo singular, que probablemente desconocía», la novela es atravesada por una violencia atroz, se describen con detalle quirúrgico degollamientos y puñaladas; la atmósfera es dominada por un espacio narrativo constreñido, donde conviven la fetidez y la muerte, la enfermedad y la desesperanza: un lugar amurallado que es el estricto reflejo de un país.

En este  primer episodio prevalece la descripción de lo rural, de lo precario, de lo que ha sido despojado de cualquier presunción y lujo. Mientras Matías alucina por la borrachera que arrastra, una borrachera que no acepta como tal, se lee la primera imagen surrealista de la novela. Él piensa que «un hombre nunca se emborracha» y le da a esta frase una importancia trascendental, multiplica su significado; para Matías «la frase entera era como una trayectoria luminosa en la cual habían fragmentos fosforescentes y fragmentos oscuros: como por ejemplo, una sucesión de cocuyos en vuelo» (p. 11).

Matías, cegado por el alcohol, se imagina que su mujer le reclama que no ha llevado dinero a casa para la alimentación de los tripochos. Sin aspavientos, arremete contra ella y contra su pequeña hija, apenas una bebé, Martina, que no paraba de llorar. Por fortuna, Carlota, otra de sus hijas, logra escapar de los erráticos machetazos de su padre. He aquí otra escena surrealista y sangrienta:

Lo único desagradable e inoportuno era el estridente llanto de Martina, en el centro del rancho. Chillaba de una manera tal que amenazaba tragarse el mundo con sus chillidos, y horadaba la cabeza de Matías de una sien a la otra. De repente, el hombre soltó a la mujer, se levantó —mientras que ella caía inerte— fue hasta la puerta, cogió el machete, y juaj!, le rebanó la cabeza a la muchachita. (p. 17)

Miliani (1985) sostiene que Puros hombres rescata los ásperos relatos de Pocaterra o Blanco Fombona, pero inyecta a su obra los nuevos registros de los movimientos de vanguardia. De la misma manera, la novela no se detiene en un único personaje. Puros hombres se aleja de ser una novela en la que la trama se ciña a uno o dos personajes, la historia se adhiere al espacio opresivo, hostil y repulsivo de la prisión: sin duda, la cárcel es la protagonista, como lo es la montaña en La guaricha (1934) de Julián Padrón, el territorio anegado en petróleo en Mene (1936) de Ramón Díaz Sánchez o la isla en Cubagua (1931): estos espacios influyen en el comportamiento de los personajes: regulan y transforman sus psicologías:

Después de unos cuantos días en la prisión nadie repara en el bullicio cotidiano. (…) Cada día que transcurre cae en la informe niebla de lo pretérito, y todos los días que han pasado se hacinan como las hojas secas en el parque abandonado. (p. 34)

Por consiguiente, podemos afirmar que Puros hombres es un coro de voces: Martín Ponte, Rafael Barrios, Manuel Flores, Mano Blas, el viejo Bruno, Miguel Ángel, Pedro Agüero, Gasolina, el negro Julio y Matías, polifonías que conviven y se castigan, sufren, pelean, sobreviven. Solo cuando se les olvida que su realidad es una asfixiante tiranía, un resabio del mundo exterior, se permiten saberse vivos, dialogan y reflexionan sobre esa sociedad venezolana clausurada por los muros, sus muros.

De esta manera, llegamos al capítulo VIII, que se compone de discusiones sobre política y economía similares a las que se leerán en Fiebre (1939); en este episodio los reos sueñan con la libertad lejos de esa realidad amurallada, distanciada de lo que ocurre en el país; sueñan con seres que han sido apartados de ese país, como un residuo irrecuperable, y que, aun así, las ganas de conocer su entorno no han sido vencidas.

En Puros hombres la cárcel es una fábrica de reflexiones. La atmósfera recreada por Antonio Arráiz nos recuerda el capítulo «La cárcel» de Canción de negros y los pasajes más aciagos de Memorias de un venezolano en la decadencia (1927). En este sentido, el capítulo X es clave para entender el propósito central de la novela: la denuncia que Antonio Arráiz hace a la represión gomecista de la cual él fue víctima, se trata de un capítulo que dialoga con el prólogo, cuando Arráiz escribe que Venezuela es la cárcel: la cárcel es el país: la cárcel engulle los bocados más pestilentes y nocivos de la sociedad: asesinos, psicópatas, pero también, en el vientre de esta bestia, se reciben a estudiantes y hombres comunes que conspiraban contra Gómez. En este episodio también se habla de la enfermedad y de los muertos que ha sumado la tisis en El Refugio, nombre curioso, por no decir apropiado, para una prisión en la que los presos parecieran estar a salvo de lo que se vive en las calles venezolanas. En ese nombre se cifra lo que se respira allí: el refugio de una sociedad que remeda a aquellos hombres que están fuera de sus comarcas: si jugamos a los espejos, e invertimos el título de la novela, Puros hombres, como si estuviera ante un espejo, leeremos Hombres puros: el mundo en la novela se divide en los que están dentro de El Refugio (puros hombres) y los que están afuera de El Refugio (hombres puros). Los de adentro están despojados de esa pureza que, al menos, gozan aquellos hombres puros que resisten opresiones y luchan todavía por una libertad. La trama secreta que hila las historias en la novela de Arráiz nos guía a entender a los «puros hombres» como seres que ya no pueden luchar por una libertad y a los que solo les queda reflexionar sobre los que están afuera: sus semejantes y, al mismo tiempo, sus contrarios libres.

No obstante, la novela no sigue una trama precisa, ya que la trama es el padecimiento que resisten los presos en su encierro. La única libertad que ostentan es reflexionar y recordar, además del anémico anhelo de ser citados para realizar trabajos forzosos en la construcción de carreteras, que es el equivalente a unas vacaciones. Así se les pasan los días, indefinidamente, días idénticos unos a otros, mientras eluden a algo tan común y corriente como las enfermedades o la mismísima muerte.

No existe otra trama, porque, en Puros hombres la sucesión de hechos capaces de registrar un desarrollo, clímax y fin se retrae en el encierro. La vida sigue un sentido en espiral o centrífugo, detenido o hacia el pasado, pero nunca lineal: se desconoce el fin de cada uno de los reos, aunque se intuya en los espacios comunes de la muerte y la desesperanza: entre su llegada al recinto y la salida de él media el escozor del tiempo y del espacio estancado en El Refugio. Los habitantes, o los, mejor dicho, sobrevivientes de El Refugio, conocen muy bien de qué se trata vivir los días así, «indefinidamente».

La trama, pues, riñe con la naturaleza hostil de la novela. El Refugio es un espacio en el que el tiempo está clausurado. Lo único que ocurre ajeno al desasosiego —y no es que puede ocurrir otra cosa— es la muerte.

Fiebre (1939)

La narrativa de Fiebre (1939) no está libre de los desmanes de la dictadura y de su afán en perfeccionar procedimientos en torturas. En el capítulo VI leemos: «Todo estaba quieto, lastimosamente quieto. La palabra protesta era un muñón sangrante. La cárcel significaba cementerio» (p. 61), y páginas más adelante:

Pero no era Robledillo solamente. Era el mismo clamor insurgente en cada corredor y en cada aula. Y una mañana la vieja Universidad nos vio salir en largas hileras, con una resolución estampada en las frentes. La ciudad entera se echó a las calles para vernos pasar. Y fuimos entrando, uno a uno, por el portal enmarcado de bayoneta y rostros torvos, en voluntaria marcha hacia la entraña misma del terror. (p. 63)

Se trata de un capítulo en el que se revela la hostil realidad carcelaria de la dictadura que ya se asomaba en Puros hombres, en el que se revela la oscura realidad carcelaria, la férrea dictadura, sus procedimientos de tortura, de flagelación: «El fantasma del hombre a quien los mil latigazos convirtieron en masa deforme y ensangrentada. El que recibió la ración de arsénico en la escudilla de café» (p. 62). Se cuenta que todo comenzó vertiginosamente y de manera espontánea, «como las expresiones de la naturaleza» (p. 62).

La universidad fue trasladada a la cárcel. Así como se abre el capítulo IV, las escenas habituales de la universidad se escenifican en la cárcel sin que aquella pierda su fisonomía, su talante académico: «Somos presos políticos venezolanos y tenemos un hambre aguda de veinticuatro horas. La universidad, sin embargo, se ha trasladado a la cárcel sin perder su fisonomía» (p. 65).

Una narración en la que se evidencia realismo social. Como una pastillita aparecen estas escenas en la novela. No se trata de la vida en la cárcel, sino más bien cómo reacciona la sociedad ante tal evento:

Los obreros de Caracas se negaron a acudir al trabajo en señal de protesta por nuestro encarcelamiento. Obreros que carecen de organizaciones gremiales y de experiencia de lucha se guiaron por su instinto que les hizo adivinar la ciudad muerte sin el aporte de sus brazos. Y ahí está, muerta, la ciudad. Mudas las calles, desiertos los almacenes, sin humo las chimeneas. Es lo que se llama huelga general en otros países. Aquí no se llama de ningún modo porque nunca había sucedido antes. (p. 67)

Mujeres también exhibieron sus boinas y abogados redactaron documentos a favor de los estudiantes. Hombres protestaron. Se enfrentaron a pedradas con la policía. Fueron apresados. Se quedaron en la cárcel, aún después de que los estudiantes quedaran en libertad.

En «Montonera» se cuenta el trayecto de Vidal Rojas a caballo hasta un punto determinado en el que se encontrará con Anselmo y continuarán el rumbo que los lleve hasta el campamento del general Urrutia, en el que también está Ceballos, que ya es coronel. Durante su viaje, se suscitan en el texto descripciones de corte naturalista, criollista y, en el caso que nos corresponde, de realismo social: Vidal Rojas debate consigo mismo y reflexiona sobre su rol en esta nueva etapa de su vida como combatiente de forma activa contra el régimen.

Pero hay siempre en mis meditaciones entre dos Vidal Rojas que pocas veces andan de acuerdo. Hilario Figueras me decía, en sus ratos libres de pedantería doctrinaria, que tal enfrentamiento no obedecía a complicaciones espirituales sino a mi condición contradictoria de pequeño burgués. Y para explicarme el significado de la etiqueta «pequeño burgués» recurría a sus pesadas divagaciones sobre economía. (p. 142)

Ya en el campamento, Ceballos, que está afinado en roles militares, le ordena a un soldado que le enseñe a Vidal Rojas cómo usar un fusil: «Y fue así como el soldado Agapito, que había hecho servicio militar en Maracay, me enseñó en cuatro lecciones la fórmula para enviarle un recado de muerte al prójimo» (p. 148). El diálogo entre Anselmo y Vidal Rojas es estrechamente similar a uno de Las lanzas coloradas. Incluso, podemos encontrar una respuesta en este diálogo de Otero Silva al diálogo en la novela de Uslar Pietri.

—Bueno, Anselmo, ¿y tú por qué te alistas en la revolución?
—¡Guá! Es muy sencillo. Porque el coronel Urrutia se alza y me mandó a llamá.
—¿Solamente por eso?
—¿Y por qué más va a sé, pues?
—Pero, ¿qué harías tú si el coronel Urrutia, en vez de alzarse, fuera jefe civil en este mismo gobierno?
—Pues en tal vez yo sería comisario.
—¿Serías tú capaz de hacerte cómplice de este gobierno de ladrones y asesinos?
—Si usté supone que el coronel juera jefe civil, pues yo sería comisario. Yo no tengo que hacé con los gobiernos sino con el coronel Urrutia. Pá eso soy oficial suyo.
—¿Pero tú no tienes criterio propio?
—¿Criterio propio? ¡Uhm! ¿Qué pájaro es ése? (p. 145)[1]

El capítulo VII de «Montonera» gravita sobre la pesadumbre: los desmanes padecidos por los reclusos en Palenque. Se cuentan tres historias enlazadas por un síntoma común: la enfermedad de los presos; tres historias trágicas, absurdas e irónicas que conforman el antepenúltimo capítulo.

La primera de estas historias refiere las vicisitudes de tres franceses, en especial uno de ellos, que ha robado y, por su culpa, han apresado a sus compatriotas. Desde que llegó a Palenque está moribundo y solo tiene consigo una débil disposición por vivir: los cien bolívares que engarrota en una de sus manos y se niega a soltar, incluso durante su primera muerte. La segunda, es la historia del indio y su culebra doméstica, que amenaza, sin embargo, el sueño de los otros. La tercera y última narra la historia de Belisario, que está muriendo de disentería crónica, se sabe enfermo, sin ánimos de trabajar en la carretera. El sargento lo insta a ponerse de pie y empezar a trabajar duro, bajo el sol castigador. El sargento sostiene que lo de Belisario es flojera. Finalmente, Belisario muere y el sargento la diagnostica con miope y cínico ojo clínico: dice que fue a causa de la flojera, como si esta fuera una enfermedad.

La carta de Vidal Rojas es un tratado que resume el sufrimiento de su generación, una generación que era inocente y decidió enfrentarse contra un enemigo totalitario, funesto e invencible. Con todo y esto, Vidal Rojas aún alberga una fe sólida. Aquel estudiante que se define de este modo: «Tengo veinticuatro años y estudio medicina, diseco cadáveres…» (p. 93).

En la tercera parte, titulada «Fiebre», Vidal Rojas observa que un nuevo contingente de presos ha llegado procedente de los calabozos de La Rotunda. Se trata de una docena de presos políticos. Entre ellos atisba, con emoción, pues ya empezaba a enloquecerse de soledad, a Robledillo y a Hilario Figueras, además de un pinto, que se encuentra débil enfermo. Robledillo pone al día a Vidal Rojas de los sucedido con Armando (hermano de Cecilia), con Cecilia, que al principio Vidal Rojas presiente que ha muerto, pues ella amenazó en varias ocasiones con suicidarse, pero no: se casó con un joyero. Habla también sobre las vidas del sinvergüenza de Urrutia y su adlátere Ceballos, quienes huyeron a Colombia y luego solicitaron amnistía. Amnistía que les fue concedida y ahora trabajan para el gomecismo.

Robledillo cuenta que cayó preso, pues los esbirros de Gómez lo involucraban con unos panfletos antigobierno y pensaban que él era el redactor. Cuando allanaron la casa no encontraron nada que lo relacionara, pero sí cinco revólveres. En el caso de Hilario Figueras y otros apresados, lo han acusado de ser los organizadores de una red clandestina que distribuía panfletos entre obreros. Acierta a decir que a Hilario Figueras siempre le parecieron más efectivas este tipo de acciones que las mismas bombas (pp. 222-223). Es un capítulo que administra la narración hacia el desenlace. Desde que se inició esta tercera parte, o inclusive, a mediados de la segunda parte de la novela, he notado que el progreso de la historia se estanca.

En el capítulo VIII de esta parte, leemos cómo el encierro ha curtido las vidas de Vidal Rojas y sus compañeros. La cárcel es una industria del pensamiento: aquella frase de Plata quemada (Piglia, 2000) es aplicable aquí de la misma forma que en el personaje de Julián de Canción de negros: ambos están en el encierro y de allí reflexionan sobre el mundo, sobre la realidad, sobre las adversidades que atraviesan.

La cárcel transforma, cataliza, desmenuza la vida de los hombres. Y en esta trilogía de novelas publicadas en años consecutivos observamos cómo los apresados tienden a cambiar su forma de sentir y pensar el mundo, pensarse a sí mismos, en el encierro.

[1] Y la respuesta es el conformismo (ver páginas 109-111, 170-172 de Las lanzas coloradas (1981)).