Cuento: Negrita de mi amor

  Foto:  Isaac González Mendoza

Foto: Isaac González Mendoza

Roque Gil

 

Cuando la vi sentada en las gradas mientras miraba hacia la nada, asumí que tenía una historia que contar. Ver a una mujer de unos 75 años masticando una arepa medio envuelta en papel aluminio a las 7:30 de la mañana, en un lugar tan desolado y de gran magnitud como aquel campo me resultaba intrigante. Observarla allí, con la espalda ligeramente encorvada, las piernas juntas y la mirada perdida me hizo imaginar una serie de acontecimientos que la llevaron a estar allí en ese momento.

Mirna es una señora que llevaba 30 años casada con Martín. Él la conoció en el campo de béisbol. Ella solía sentarse en las gradas a observarlo mientras él ejecutaba los procedimientos del juego. Al asistir a casi todos sus partidos la chispa se mantenía. El juego de miradas nutría su esencia.

Martín sabía. Él alimentó esa unión cada día.

No tardaron demasiado en establecer un romance que, aunque lleno de méritos y desventajas, tuvo más momentos buenos que malos. Él se dirigía a ella como “Negrita de mi amor”.

Sus vidas se definían por infinitas alegrías, sopas de gallina, El Canal de las Estrellas, olor a mango piche que provenía de la jaula del loro y café. Los sermones por incompetencia, el diccionario médico Vidal y el cachito de jamón con Riko Malt o El Chichero son elementos que jamás podían faltar.

Pero a Mirna le arrebataron a Martín.

-Te escucho llorando, te siento brillando- dijo dirigiéndose al Sol.

Su piel no brilla, su cabello seco reposa sobre sus hombros. Las arrugas de su falda contrastan con lo sutil de sus pestañas.   

Es el efecto del trajín que actúa sobre ella. A pesar de tener un arduo trabajo en el negocio de los quesos en San Bernardino, ella es una mujer que, de manera optimista, ha afrontado cada puñalada que la vida le ha arrojado. No estaría demás mencionar sus esfuerzos por ganar El Chance, el Kino o El Zulia, cosa que le genera sensación de plenitud, de que en realidad su vida se encuentra solo parcialmente vacía.

Sus citas matutinas en las gradas despobladas constituyen cierto grado de necedad ante la imposibilidad: en el campo asolado encuentra a Martín y este la consuela.

Es la carencia. Es no poder dormir debido a la falta del ronquido, es lavar un solo plato, es no compartir gajos de naranja. Ese es el problema, la naranja.

A las 7:41 am se acercó un abuelito con un par de jugos, dijo algo con ánimo alegre y se dirigió directamente a su asiento, junto al de la señora, quien, sonreída, ya no observaba más hacia la nada.