Sabrinuchis

 Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

Génesis Herrera

“Epa, mami, que rico ta’eso”, le gritó un hombre a Sabrina cuando cruzaba la calle para ir a la bodega a comprar. Ella estaba acostumbrada a ese tipo de cosas, sabía que estaba buenota y que todos en el barrio querían con ella. Ya había terminado con Keyber, así que estaba solita y disponible para cualquier tipo que se resbalara. Pidió dos kilos de molida y le picó el ojo al carnicero. “Toma, mi amor, esto va por la casa”, le dijo el viejo con el delantal lleno de sangre de res cuando le entregó la bolsita con el pedido. “Gracias, papi, por eso es que yo no me olvido de ti”, le soltó Sabrina y se dio media vuelta dejando que su “papi” disfrutara  de lo que dejaba mostrar su licra verde súper ajustada. Así solía agradecerle los favores a los hombres. “Siempre hay que dejarlos mirar, chama, pa’que vean todo lo que no se han podido comer, pa’que se ilusionen pues”, le solía decir a su amiga Yesika, una morena dos años menor que ella y que, aunque no estuviera tan buena, su amiga mayor pensaba que tenía potencial.

 

Sabrina solía subir las escaleras hacia su casa lento y con soltura. Le encantaba que los hombres la miraran y le lanzaran  flores. Era feliz en su barrio y no cambiaría esas calles por nada del mundo. La fachada amarilla con fucsia se había convertido en una de las más famosas de la zona. Por debajo de esa puerta de hierro metían los cables de la miniteca que ponían a sonar a todo volumen todos los viernes por la noche. “Sabrinita nunca dice que no”, decían los muchachos que vivían metidos en la única cancha que quedaba por ahí. “Todas las chamas deberían de ser como ella, tienen que dejar de estarse montando tanto por todo”, agregaba Maykel, un integrante más de la lista de todos los que estaban babeando por la muchacha más bonita del barrio.

 

Carla Infante, la tía de Sabrinuchis, como ella misma la llamaba, vivía unas cuantas casas más abajo y la carne que había estado comprando en la bodega era para su tía. Sabrina se sacó la llave del sostén y con un empujoncito abrió la puerta. Se fue directo  a la cocina y, en la nevera, sostenida con un imán en forma de botella de cerveza, encontró la nota que le había dejado su tía Carla: Mami me fui a la peluquería a hacerme los pies. Llámame cuando llegues y deja la carne en el frice. Sabrinuchis se sacó de la licra el Samsung Galaxy S6 que le había regalado su ex novio Keyber, el cual, de paso, lucía con orgullo. Buscó el nombre de su tía en los contactos y marcó. Carla le atendió de inmediato. “Aló, tía. Bendición, mami, ya te dejé la carne en el frice, está dentro de una bolsita verde pa’que no la vayas a confundir con las paticas de pollo todas viejas que tienes ahí. No, mami, tranquila. Revisa tu güasap que te mandé unas foticos con unos diseños bien finos pa’que te hagan las uñas. No dejes que Karina te vaya a hacer una mamarrachada por favor vale. Por eso es que más nunca he ido a la peluquería. Siempre me deja doliendo las uñas como por una semana y tú sabes que eso no me cuadra después para bailar. Esa vaina me duele y tú sabes que yo en las fiestas nunca me siento. No vale, mami, tranquila: yo te espero aquí. Igualito Yesika no me ha llamado y quedamos en que la iba a acompañar a hacerse unas mechas en las greñas. Ahora está empeñada en ponerse catira igual que yo. Verga, mami, te dejo que me están dando ganas de vomi..”. Sabrina trancó como pudo y se fue corriendo al baño, se agachó y pegó la cara en el borde de la poceta; vomitó todo lo que había almorzado y también la empanada de cazón que se había comido en el desayuno. Esta situación la preocupó mucho. Se acordó de que tenía dos semanas de retraso y ella no estaba para estar teniendo muchachitos.

 

Salió disparada hacia la farmacia y compró la última prueba de embarazo que quedaba. Por primera vez no le importó si la miraban cuando subía las escaleras y corriendo entró de nuevo a la casa. Se tomó lo primero que encontró  para que le dieran ganas de orinar: un litro de leche que quedaba en la nevera. Sabrina sudaba frío. Si daba positivo su reputación se iría a pique y ya en la carnicería no le regalarían nada. Maldijo a Keyber en silencio y luego a ella por estúpida. La última vez que había tenido sexo con él, el muy sucio le había insistido en que lo hicieran sin condón “porque así se sentía más rico”. Mientras esperaba con impaciencia que pasaran los dos minutos que faltaban para ver el resultado, miró su celular y pensó que no todo con Keyber había sido malo.

 

Pasaron dos años y Sabrina seguía viviendo en la casa de la fachada amarilla con fucsia. Ya no conectaban los cables de la miniteca en los enchufes de su sala y ya le cobraban los kilos de carne en la bodega. Su hijo Yeison ya caminaba y de vez en cuando Yesika pasaba las tardes en su casa jugando con el niño y contándole a su amiga cómo se había convertido en la más buenota del barrio. Sabrinuchis se dedicaba a su hijo y, aunque las licras ya no le servían, ella se negaba a usar otra cosa. Mientras su amiga le decía que Maykel se había puesto buenísimo y que la había invitado a salir, ella miraba con recelo el Samsung Galaxy S6 que, si bien siempre sirvió para chismear en Facebook y ver videos, nunca para localizar a Keyber.