La lija poética: un acercamiento a la poesía de Antonio Arráiz

Por: Keyla Kristhina Brando / @LaBrando_

El 27 de marzo de 1903 nace en Barquisimeto Antonio Arráiz, poeta, novelista y periodista venezolano. Vivió entre dos hemisferios: el norte (Estados Unidos) y el sur (Venezuela). Representante de la vanguardia, encarcelado siete años en La Rotunda, director de El Nacional... Para recordar su natalicio, comparto el siguiente ensayo que realicé por mi paso en la Escuela de Letras de la UCV.  

Heme aquí como soy:

imperfecto y potente

No te pido tu aplauso

Antonio Arráiz

 

Comer con la boca abierta, hurgarse la nariz en público o exprimirse un grano en frente de otra persona son ese tipo de comportamientos que se consideran como de mala educación. Estamos rodeados por eufemismos y mejores formas de decir y hacer las cosas. El hombre primitivo, sin tantos modales (moldes) impuestos por la sociedad, parece quedar cada vez más relegado; sin embargo, lo seguimos escuchando dentro de nosotros como el eco del trote de la sangre en el cuerpo. Antonio Arráiz nos abre la ventana hacia el contacto con lo originario: el hombre que se rige por sus instintos y nada más. El amor en su génesis, sin edulcorantes y detallitos en el día de San Valentín. Y la voz de la naturaleza que se hace audible en sus poemas: no estamos viendo un paisaje, ahora lo escuchamos hablar.

Mariano Picón Salas califica a Arráiz como un “poeta del sol” por su fuerte masculinidad y, por ende, su lenguaje viril. “El sol se levanta sobre la luna”, es decir, en palabras de Rafael Arráiz Lucca, lo afirmativo del sol se antepone a lo contemplativo de la luna. Combina la modernidad de los románticos. Ya no nos detenemos ante un mirador, ahora nos sumergimos en la búsqueda o, mejor dicho, en el rescate de lo verdaderamente auténtico: “Canto mi América virgen/ canto mi América india/ sin españoles y sin cristianismo/ canto mi triste América”. Se podría decir que Arráiz considera que lo auténtico se encuentra en el territorio libre en el que vivieron los ancestros indígenas, un paraíso utópico al que no podremos acceder jamás porque ha sido contaminado por la llegada de extranjeros: “Al principio de las cosas/ los hombres sublimes y bellos/ andaban la selva con pasos de rey./ Pero vosotros antepasados míos,/ ¿por qué tomasteis la senda/ que nos condujo a las ciudades frías?”, este fragmento forma parte del poema “Reproche” y ya entendemos el porqué del título. Con lo anterior, observamos su inclinación americanista, que a la vez va aunada al venezolanismo y al indigenismo.

No es lo mismo ser venezolano a ser venezolanista, el primero se refiere a los que nacen en el país y el segundo a los que abogan por la nación. Arráiz canta y manifiesta su amor al país a lo largo de su poesía, pero con mayor presencia en el libro Parsimonia. Venezuela va a ser en esencia una mujer, específicamente una figura maternal, que a veces se resiste a ser poseída por la voz poética y es por eso que se entabla una relación amorosa en la que la amada es ingrata ante los gestos del amante: “Aunque seas mala madre,/ estaré adherido a ti, Venezuela,/ adherido a tu amor”. La finalidad de ese amante es fundirse en una sola persona con Venezuela: él ya no es un ciudadano del territorio, él es el país en sí: “He de amarte tan fuerte que no pueda ya más,/ y el amor que te tenga, Venezuela,/ me disuelva en ti”.

De igual manera, está presente la vena indigenista, de forma más profusa en Áspero, mediante la evocación constante de la figura del aborigen guerrero que defendía sus tierras: “Hoy he recordado/ a mi hermano de sangre que murió en la batalla”. Al final de este poema (“El hermano muerto”), la voz poética expresa su deseo por convertirse en la figura que él tanto desea y admira: la del indígena, “¡quién fuera mi hermano de sangre!”. En otro poema (“El consejo”) esta voz ahora forma parte de la comunidad aborigen: “Nosotros los bravos/ celebramos consejo”. Con lo anterior logramos evidenciar los dos puntos de vista: el que ha oído hablar o a ha leído sobre los indígenas y se identifica con ellos, y el que personifica un papel dentro de la misma comunidad de los nativos. Es indiscutible su interés por el tema y llega a su punto más emblemático en el poema “La raza”: “¿No te resuena mi voz a recuerdo?/ Grita en mí mi raza/ Grita en mí la raza india”. Es una voz que ya no logra hablar, tiene que GRITAR porque no puede conformarse con el simple recuerdo que nos parece haber oído en algún lugar, pero no sabemos cuándo.

El amor también va a estar presente en la obra de Antonio Arráiz, pero es un amor que abarca diversas tonalidades. El hombre detallista que llena de halagos a su mujer: “Algún día tocará la belleza a mi puerta/ (...) Entonces/ floreceré en ofrendas/ (...) Y yo la llamaré:/ Mi reina india”. El hombre apasionado y lleno de deseo por su amada: “La tierra venezolana, voluptuosa y dúctil al tacto,/ que provoca besarla”. El hombre dominante que condiciona el funcionamiento de la relación: “Ella, en cambio,/ me dará todo su amor”. En fin, el hombre sensible que se enamora de aquello que complementa su ser: “Todo en ti es amor; todo es propicio al amor”. 

Hemos escuchado repetidas veces el término “Pachamama” o “Mama Pacha”, que en lenguas aborígenes significa la Madre Tierra. En la poesía de Arráiz este elemento está muy presente y lo más curioso es que le da la misma figura femenina de la madre y la considera como un ser vivo que está en constante comunicación con nosotros: al ser sus hijos estamos ligados a ella. Vemos que el poeta le canta en los tres libros: ÁsperoParsimonia y Cinco sinfonías. Ella nos oye: “la selva parece que para/ la respiración/ para oírnos…”. Ella nos cura: “Tú eres siempre solícita,/ Madre Naturaleza./ Me socorres con tonos mágicos”. Y a ella siempre volveremos porque es nuestro origen: “Salve, amiga. Heme aquí, de regreso,/ de retorno hacia ti”.

El poeta que quiere hacer patria tiene sus dos máximos exponentes en Andrés Bello y luego en Lazo Martí. Sin embargo, Antonio Arráiz mantiene esta idea y aquí vemos una relación con los antecesores a su poesía, en otras palabras no lo podemos juzgar como una isla solitaria, sino más bien como un poeta que mantiene, a su manera, la tradición que ya se había forjado años atrás. La primera vez que la encontramos mencionada es en el libro Parsimonia, en el poema “Veintidós futbolistas”: “Veintidós futbolistas en tierra venezolana/ vamos plasmando patria”. Y luego, en el leitmotiv de la “Cuarta sinfonía” la patria es trilce (triste y dulce a la vez), por lo que está cargada de oxímoros: “¿Quién no llora?/ ¿Quién no llora sobre la ardiente Venezuela?/ ¿Quién no llora lágrimas de jubiloso, de terrible/ de trágicamente alegre/ dolor?”.

Ahora bien, pasemos a la imagen de la mujer como pareja y objeto de deseo del hombre. La poesía de Arráiz está llena de poemas hacia dicha imagen; no obstante, se entabla una relación en la que el personaje dominante será el hombre y la mujer quedará en mayor o menor grado doblegada a su voluntad. En “Ancestral” la voz poética le dice: “tú me has de seguir/ porque así yo lo quiero/ (…) Mujer yo conquistaré tu pan/ (…) Yo soy fuerte y grande/ (…) Yo no tengo que amarte, mujer”. Sin embargo, ella sí debe hacerlo, por lo que se plantea un vínculo desigual en el que la reciprocidad no parece tener lugar. Otro aspecto relevante es el carnal: “son ojos de mujer lujuriosa”, que incitan al placer sexual entre la pareja: “Soy un sello candente/ Y sellarte es, amada,/ mi más bella, mi más grande, mi más primorosa obra de arte”. Si bien hemos visto que hay una admiración hacia lo femenino, llegamos a una fuerte contradicción, al final del poemario Áspero, sobre la idea que nos hemos ido forjando de la mujer porque, a pesar de tener un aire celestial (“Mujer: bendita seas./ Mujer que encontré en mi camino”), en otras ocasiones será una fuente de rechazo: “Pero yo,/ el yo que tengo además de mi cuerpo,/ se habrá fugado antes/ (…) por senderos que aún no conozco,/ (…) donde no hay mujeres que amarguen la vida”.

Guillermo Sucre anuncia la presencia del “hombre mítico dominado por sus solas apariencias, sus instintos, sus hambres materiales” protagonista de la poesía de Arráiz. Este hombre es una persona primitiva que razona como tal y se relaciona con los elementos que le rodean con cierta tosquedad y aspereza, como el título de su primer poemario Áspero. Su delicadeza es igual a la de una lija: “¡Mi orgullo de ser hombre/ De haber nacido como todos los demás/ De ser un animal que vino al mundo”. Hay una exaltación del comportamiento salvaje que implica el enfrentamiento para conseguir lo que se desea (mujeres o comida): “¡La lucha/ de los hombres/ por la mujer!”, “(…) Y una trópica tarde olorosa/ nos matamos dos hombres abordo por un último rancio pellejo”. De igual manera es resaltada la virilidad del hombre, característica fundamental en todo lo masculino: “Contra ti se retuercen mis apremios viriles/ Te descargo el torrente de mis miembros feroces”.

La idea anterior se ve reforzada por el uso de un lenguaje brusco que se aleja del “preciosismo modernista y la cursilería romántica”, como lo señala Rafael Arráiz Lucca. En el poema “Exaltación” la voz poética está consciente del tono que quiere usar para expresar lo que siente: “Lenguaje mío:/ conviértete en loco tropel/ al decir exaltación”. Con la palabra tropel se puede abarcar gran parte de su obra: al acercarnos a ella logramos sumergirnos en un ritmo violento, algo desbocado, que sobrepasa la barrera de lo ordinario. En definitiva son poemas extraordinarios, a pesar (o por fortuna) de su falta de “sabiduría expresiva”, comentada por Arráiz Lucca. Pero la misma voz poética nos los dice en el poema “La voz vanidosa” que podría considerarse un manifiesto de su obra ya que esboza su esencia: “¿Quiero acaso ser norma?/ ¿Indiscutible norma perfecta?/ Heme aquí como soy:/ imperfecto y potente./ No te pido tu aplauso”.

Las metáforas, los temas no líricos y los personajes son algunas de las características de dicho lenguaje. En el caso de las metáforas, no estamos ante una poesía llena de ellas, las encontramos esparcidas a lo largo de la obra, pero no son de una belleza notoria como las de Andrés Bello, sino más comunes: “La tristeza es una cosa suave y leve” o “Su saludo era/ turbador como una noche de luna”. En cuanto a los temas no líricos descubrimos cierta semejanza con la poesía de Salustio González Rincones y su canto a la sífilis y a las figuras geométricas, he aquí otra conexión con la malla cultural de la poesía venezolana. Antonio Arráiz le va a cantar, por ejemplo, a la sangre: “¡La sangre que salta/ y que huele en la tierra!”; a la agonía de su perro: “Mi perro se muere; me mira,/ me mira muy hondo. Deseo/ apartar mi mirada de él”, y a la naturaleza que está llena “de cátodos y deiones y de mónadas y de alcaloides/ y de vitaminas”. Sin olvidar los personajes de sus poemas que incluyen: marineros, mecánicos (“Hombres cuya rudeza tan ruda es,/ que es fraterna”), leñadores (“Solos, solos, los hombres de barbas agresivas”), los futbolistas (“Veintidós futboleros en tierra venezolana/ llenos de vida, transidos de juventud”) y hasta choferes (“Si muero en la carretera,/ ¡hasta otra vez, choferes!”).

La poesía de Arráiz tuvo una gran importancia sociopolítica, como lo explica Rafael Arráiz Lucca, porque influyó en el grupo de estudiantes de la “Generación del 28”, que a su vez caló en la conciencia colectiva de la población. En “Los obreros muertos en la carretera” escuchamos a la voz poética relatar lo que le sucedió a un grupo de desafortunados y la poca importancia que le dieron a sus restos: “Mézclalos con la tierra./ Sin urna, sin sudarios, sin flores/ sin melindres./ Mete los ocho cuerpos en el hoyo desnudo”, esto podría formar parte de una crítica social que involucra a los opresores del régimen gomecista y a los oprimidos y sus condiciones de vida. Aún Arráiz no sabía que él mismo iba a ser víctima de estos desmadres.

Cabe destacar el carácter atemporal de su obra porque logra transcender en el tiempo: “Allá lejos, la angosta silueta del país/ lentamente se hace más angosta y más gris. Al fin es una línea indecisa y borrosa”. ¿Es Venezuela actualmente una línea indecisa y borrosa?, ¿estamos viviendo en el país que logró vislumbrar Antonio Arráiz? Probablemente sí o quizás no. La importancia radica en la capacidad visionaria del poeta y su sensibilidad para poder captar la idiosincrasia del venezolano, por lo que logra proyectar una imagen, no tan equívoca, del futuro del país.

Se podría decir que algunos de los poemas más curiosos del autor son aquellos recopilados en los Poemas póstumos, escritos ya en su madurez y en otras tierras. Constatamos un cambio en su lenguaje, si bien mantiene el tono característico de aspereza, ya no va a ser tan rudo, quizás esto se haya originado por la sabiduría adquirida con el paso de los años y por encontrarse ante un nuevo paisaje: el del norte. En “Viento del norte” se puede percibir un punto álgido de su obra porque agudiza su capacidad de observación y engloba la mayoría de los temas que ha trabajado: la mujer (“Viento de mujer”), la América (“El sur se acurruca, se inclina, se orina.”), la voz que grita (“El mal sin principio ni fin./ ¡Piedad!”) y el tropel ensordecedor de las palabras (“Escuálidos, inválidos, pálidos, trémulos, tenues, enclenques./ Los sapos. Los topos. Los zopos. La hez. La lombriz.”). Igualmente en el poema “Fragmento” se establece una conexión con los primeros tiempos de creación del poeta (“Amo el garaje”) y las herramientas que hacen funcionar a las máquinas, ejemplos perfectos de la modernidad: “Su dogal, el craso autómata del progreso,/ metal y aceite”.  A pesar de ello, es bien sabido que su pasión siempre fue la naturaleza indómita “clavada en siglos serenos de hartura y de/ satisfacción” y especialmente la de su tierra venezolana, que recuerda con melancolía en el poema “I” del libro Preludios: “Nada ha cambiado,/ hermosa y morena tierra mía./ Igual que en aquel tiempo”.

Bibliografía
Arráiz, A (1987). Obra poética. Antonio Arráiz. Caracas: Monte Ávila Editores.