Las gárgolas del vertedero

 Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

Isaac González Mendoza | Venezuela*

Hace meses que Caracas ha sido arropada por una oscuridad azulada. Miro los edificios envejecidos, desde lejos veo el polvo que cae de las fachadas. Ese mismo polvo se ha metido en las casas, invadiendo los cuartos y las salas, para entonces quedarse flotando con una lentitud fascinante.

Creo que es de noche cuando despierto a las seis de la mañana. Me quito las telas de encima, las telas dejadas por la gente que abandonó la ciudad. Estoy sorprendido por mi resistencia al frío.

Me quedo mirando la cara de mamá, sus ojos morados, su boca agrietada y seca como la tierra de donde vinimos, sus cabellos sucios y sus manos arregladas.

Vamos, pues, me dice de repente, como si nunca hubiera estado dormida.

Para mí no son montañas de basura, para mí son criaturas gigantes que se han quedado paralizadas, y que con el tiempo se han convertido en desechos. Ahí están el sapo, el rinoceronte, la ballena, todos hechos de basura, y la luz describe sus sombras en el poco suelo que nos queda.

Mientras caminamos por el sendero hacia La Comunidad oigo el eco que viene desde “Allá”, así le llaman a todo lo que no es de aquí ni de Caracas. El sonido me recuerda a los disparos que oíamos en Los Valles, y que por un período yo confundí con relámpagos, por eso salía a mirar el cielo cada vez que aparecían. Hasta que mamá un día me apartó de la ventana de un manotazo.

Me pregunto: ¿quiénes están “Allá”? ¿Qué están haciendo mientras nosotros exploramos estas montañas? Quizás hay alguien pensando en mí, aunque no me conozca, mientras yo pienso en ella o en él.  

Hoy hay demasiada gente en La Comunidad. Ya se distribuyeron los espacios y está cada quien ubicado. Por suerte una de nuestras compañeras nos guardó un lugar.

En esta parte suelen venir cinco o seis personas, pero se han multiplicado: ahora hay por lo menos 15.

Los miro.

Agachados, con las piernas como ancas de rana, los hombros tensos, las orejas alerta, escarban entre los trastos buscando, tal vez, un pedazo de carne seca, carpacho de pollo, vegetales, insectos, culebras. Tal vez.

Los que acaban de llegar, en su mayoría, no están tan mal, solo les cuelga un poco la piel y se le ven los ojos saltones. Pero al menos no están muy dibujadas las costillas.

Hace una semana había uno cuyas piernas no podían mantenerlo en pie. El viento lo movía de lado a lado, parecía un juguete de madera. Hasta que colapsó. Mamá, nuestra amiga y yo buscamos su cuerpo para hacerle oraciones. Pero ni sus huesos conseguimos. Recuerdo su cara. Sus ojos marrones que estaban a punto de salirse de su cara, sus pómulos demasiado pronunciados, su barbilla desgastada y una ternura inverosímil, una amabilidad que no entendía y una risa tétrica.

Busco entre latas y plásticos, entre zapatos rotos y prendas deterioradas. Con mis uñas astilladas escarbo. No siento el dolor si sangro. Ignoro si mis manos están curtidas. Si consigo un gusano, una cucaracha, una lagartija, me como un pedazo y le dejo un poco a mamá.

El Hombre de la Boca llega.

Se nos queda mirando, apretando los labios, frunciendo toda su frente arrugada, con los ojos brillando como las metras que tenía en mi casa. El viento de Caracas nos invade y rodea nuestros cuerpos, trae el polvo que ya ha pasado por los hogares abandonados y habitados. El Hombre de la Boca sigue viéndonos, agacha la cabeza para mirar al suelo y luego la levanta y se ríe de nosotros. No estoy asustado, estoy embelesado por su boca deforme, su único diente y su lengua destrozada.

Mamá lo ignora y me dice Vámonos. Aquí no hay nada. Mañana iremos a otro lado.

Nos quedamos en otra cueva. La que teníamos fue derrumbada por la ventisca. Yo no dejaba de pensar en el “Allá”, ese eco extraño que, según me cuentan los de La Comunidad, está a cientos de kilómetros de Caracas y a miles de nosotros, en un lugar donde la gente come carne, pescado y maíz. Cierro los ojos e imagino cómo se siente el sabor, cómo el sabor pasa por mi nariz y después, al tragar, siento que mi estómago se llena.

Durante la madrugada, que ahora calculamos por inercia porque el cielo azulado oscuro de Caracas se trasladó para acá, me levanto y miro las criaturas gigantes. Entre ellas aparece el Hombre de la Boca. Se me queda mirando otra vez. Solo que en esta ocasión mantiene una mueca ridícula, sin hacer otro movimiento además de frotarse las manos. Le lanzo una piedra pero no alcanzo a pegarle. Déjanos en paz, le digo. No deja de verme. Así que yo le sostengo la mirada.

Cuando mamá despierta yo todavía estoy afuera, viendo la nada.

Pasamos por al menos cinco sitios. Todos están desbordados. Miles de individuos se han mudado para acá. Siento un ardor en el estómago y mamá suda. Encontramos un lugar donde no hay tanta gente. Apenas se ven conchas de plátano y de naranjas, tomates casi podridos y cebollas maduras. Nos agachamos y empezamos a escarbar y recoger; escarbar y recoger; escarbar y recoger.

Ya hemos colectado lo suficiente para esta noche cuando toco, en medio de la operación, algo suave. Aparto más los desechos y veo un pelaje blanco sucio de polvo. Es carne de vaca, quizás abandonada por los ganaderos que se fueron. ¿Qué viste?, me pregunta mamá al percatarse de mi expresión. Le señalo con los labios. Ella se acerca en cuclillas y me dice que la deje porque ya está descompuesta. Con un cuchillo corto un poco y lo meto en mi bolsa. Déjala ya, insiste mamá. Sigo cortando. No puedo controlarme. El ardor me está quemando hasta el pecho. Mis manos están bañadas de sangre. Me chupo los dedos. Apúrate, ya vámonos, susurra desesperada mamá.

El olor se apodera del lugar. Todos voltean hacia nosotros. Qué es eso, dice un niño amarillento, Tiene que ser carne, contesta un hombre alto, Estos la están escondiendo, dice una mujer desdentada.

Mi cuerpo tiembla y, de repente, dejo de sentir el ardor: viene un ejército de gente que pasa encima de las criaturas gigantes, que se derrumban a medida que les cae el paso. De pronto el suelo, el suelo que nos queda, deja de ser desechos y se vuelve negro. Una gran sombra de personas se apodera del suelo y corren hacia nosotros. Mamá se queda paralizada.

Suelto la mano de mamá. La dejo. Corro. La dejo abandonada porque estoy asustado.

Me muevo hasta una de las montañas situadas a un extremo. Reviso la bolsa. No hay nada. Entonces volteo la cara hacia Caracas y veo los edificios soltando polvo. Más “Allá” el eco que se mete en mi cabeza. Grito, no sé qué, a ver si alguien me escucha. No pasa nada. El ardor en mi estómago viaja hacia mi pecho y luego a la garganta. Miro hacia la densa sombra de gente. Ni un rastro de mamá. Y el Hombre de la Boca viéndome, con una sonrisa larga y su único diente brillando.


*Isaac González Mendoza, periodista y escritor venezolano