Los lugares comunes de Pancho Massiani

Dibujo de Felipe Márquez

Dibujo de Felipe Márquez

Graciela Yáñez Vicentini | Caracas*

Para Francisco y sus secuaces:

Fabiola, Luis, Rodrigo, Eleonora y el resto de los visitantes



Un pollo sofocado en un bolsillo, un pendejo que no sabía qué hacer con su vida y que seguía enamorado de una tal Carolina que no le paraba ni medio: a eso me refiero con los lugares comunes de Massiani.



*

Recuerdo una tarde, una celebración de cumpleaños de Pancho, en que la comitiva –porque no era él solo, hay que decir que los amigotes lo alentaban, y bastante– invirtió buena parte de la tarde en llamar a una tal Carolina que no quería apersonarse. Tanto insistió ¿Corcho, Pancho?, que la tipa se apareció, finalmente, en la fiesta, con su hermana y su sobrina. Buena parte de la noche, entonces, tuvo que destinarse al próximo logro que dictaba la lógica: que Carolina –la de carne y hueso; lo juro, que así se llamaba la fulana– se sentara al lado de Pancho, en su cama, y a lo mejor de todo aquello se lograse hasta el robo de un beso.

Enlazo esa escena con otra, la segunda salida directamente de la página: una conversación telefónica –el teléfono, como se ve, elemento decisivo y reiterado en el universo de Pancho– durante la que Corcho, arrojado a la hazaña de escribir la gran novela realista, iba tecleando palabra por palabra la conversación que sostenía con su interlocutor a medida que iba transcurriendo el diálogo. Palabra dicha, palabra escrita. Hasta que, como podía esperarse, el amigo se percató de que por eso se dilataba tanto Corcho en responderle, y por eso le pedía tantas veces que se repitiera. Exasperación telefónica, fin de la llamada, fin de la anécdota: realismo puro, diálogo magistral que resume en su brevedad la mejor propuesta que he leído para explicar los avatares de la literatura y la vida, de la representación y lo representado.

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Dibujo de Felipe Márquez

Dibujo de Felipe Márquez

Hasta quien no ha leído a Massiani está familiarizado con “Un regalo para Julia” y con la novela que “nació de una mentira” y se transformó en Piedra de mar. Digo que son los lugares comunes de Pancho porque son lo que todo el mundo cita de su obra, son como la Rayuela de Cortázar… y sospecho que a él le gustaría mucho esta comparación. Pero son sus lugares comunes por algo, algo muy simple: porque no podemos superarlos. Hay algo de Julia y de ese pollo sofocado y de esa llamadera exasperante que me lleva no solo a Pancho y su literatura, Pancho y su vida, Pancho y nosotros; sino a nosotros, sencillamente: nosotros sin Pancho. La razón por la que nadie supera los lugares comunes de Massiani es porque son comunes, claro, pero comunes a lo que nos hace humanos. Todos hemos sido un regalo que no pudo entregarse, un regalo que no pudo recibirse –¿una visita frustrada a Cortázar?–, una chica que no nos paró ni media bola o una soledad llamando diecisiete veces por teléfono para implorar una visita a las 4 de la tarde. En palabras de Pancho: a todos nos han mandado al carajo. Todos hemos sido débiles, vulnerables, patéticos y –algunos– hasta lo suficientemente sinceros para contarlo.



Pero –y aquí viene lo extraordinario– no todos sabemos hacerlo como lo hacía Pancho.



Caracas, 2 de abril de 2019

Graciela Yáñez Vicentini