¡Ché! ¿Me estás cargando? (V)

Foto: Abraham Tovar | Arte: 4Dromedarios

Foto: Abraham Tovar | Arte: 4Dromedarios

AC | Salzburgo (Austria)

¡Argentina, tu eres mi gran amor No es la primera vez que piso tus tierras.


Volvamos varios años atrás, 2013, fue el año en el que pisé por primera vez tierras Argentinas, iba de vacaciones, fui a conocer, de paseo. Pero desde el primer día que llegué, me enamoré. Me enamoré de la gente, de la comida, de sus enormes calles. Para el 2013 se veía todo muy bello. ¡Claro! con ojos de turista, todo es muy bello. De regreso a Venezuela en ese entonces, me dije a mi misma que Argentina sería el país a donde me iría a vivir en un futuro.


Lea la primera, segunda, tercera y cuarta parte de esta historia:


Ahí estaba yo, en eso que decía yo; era el “futuro”, con una maleta destrozada, unos pocos dólares en el bolsillo y unas ganas de superación más grandes que el Obelisco.


Llegamos a la Ciudad de Buenos Aires un domingo en la noche, no se me olvida; es imposible olvidarlo. Llovía y nosotras estábamos agotadas, fue un viaje agotador por tierra, fue una experiencia horrible en la frontera, necesitábamos un respiro. Tengo familia, amigos y conocidos en la ciudad, esperaba que alguno me diera la mano solo para comenzar. Íbamos mentalizadas de que las cosas malas y las malas experiencias se iban a quedar en Bolivia. Buenos Aires es otra cosa, tiene otra vibra, es una ciudad grande, seguramente nos va a ir bien.


Conseguimos un hotel en Microcentro, ya lo habíamos visto antes de salir, era algo que ya estaba hablado. Quedarnos ahí por lo menos 15 días. Pagamos 5 días por adelantado. Yo estaba confiada de que una persona que me debía dinero me iba a pagar y con eso podíamos aguantar un poco más. Después de pagar el hotel nos quedamos con muy poco presupuesto. Nos alcanzaba para el día siguiente y ya.


Estoy consciente de que nuestra situación para ese entonces era completamente desfavorable. Todo pintaba para mal, pero para sorpresa de nosotras, nos ayudaron a conseguir un trabajo. El martes, es decir, dos días después de nuestra llegada a la ciudad, comenzamos a trabajar. Era un trabajo como ayudante de cocina en un restaurante de comida por kilo que hay en la ciudad. El sueldo que se me ofrecía para ese entonces era de 4.500 pesos argentinos al mes. De lunes a sábado, de 6:00 am hasta las 4:00 pm. Se veía duro, pero nosotras queríamos trabajar y lo necesitábamos.


Cabe destacar que para ese momento, estando recién llegada a la ciudad, no teníamos para hacer el trámite de solicitud de residencia, es un requisito indispensable para poder trabajar. Los primeros días no lo pedían con tanto afán porque eran los días de prueba. Yo pasé los días de prueba. En esa cocina se hacía de todo, había que preparar muchas cosas y de manera muy rápida. También había que dejar todo limpio y con algunas cosas adelantadas para el día siguiente.


Nunca le he tenido miedo al trabajo, siempre he sido una persona que, si no se hacer algo, lo aprendo y luego lo hago como una profesional. Aprendí a hacer empanadas, papas rellenas, comida china de todo tipo, pelar todo tipo de verduras y frutas. Aprendí muchísimo y me desgasté como nadie. Diariamente había que pelar varios sacos de papas, varios sacos de zanahorias y varios sacos más de Calabazas. ¿Tienen idea de lo difícil que es pelar una calabaza? Me quedaban las manos anaranjadas y adoloridas. Después de los primeros 15 días las cosas comenzaron a ponerse difíciles.


En Argentina se paga sueldo de manera mensual, es decir, una sola vez al mes. Yo ganaba muy poco, el hotel donde me estaba quedando me costaba 1.000 pesos más de lo que ganaba trabajando, no podía dar todo mi dinero del sueldo en el hotel, tenía que comprar comida y además pagar transporte. Además, me pedían un comprobante de que estaba haciendo mi trámite de residencia. Pedí ayuda a varios amigos, ninguno podía nunca.

Estaban muy ocupados o simplemente jamás contestaban a mis mensajes.


Para la residencia hicimos un trámite que no sabíamos que existía, uno en el que  debes hacer una declaración jurada, junto a dos testigos, y afirmar que no tienes dinero para cancelar la tasa migratoria. Eso hicimos, declararnos en bancarrota. Mentira no era, no teníamos nada de dinero y comíamos una vez al día. Por lo general yo me llevaba mi comida del trabajo a la casa y de ahí comíamos las dos. Por cierto, tengo que decir que mi amiga no pasó el período de prueba, obvio, estabas de prueba. Esos días trabajados se los pagaron muy muy bajos.


Recuerdo que para conseguir a los testigos nos paramos en la plaza de Once y dijimos: “Bueno, a la persona que veas con cara así, medio agradable, le preguntamos”. Vean el nivel, estaban dos personas en una plaza parando gente al azar para que fingieran que nos conocieran y nos firmaran una declaración jurada. Completamente descabellado, pero en situaciones como la que nosotras vivimos no pensábamos en nada más. A veces las situaciones te llevan a hacer cosas que jamás pensarías hacer. Hubo personas que nos dijeron que sí, y cuando íbamos a hacer esa locura llegó mi prima y una amiga para hacer ese papeleo. Personas que de verdad nos conocían.


Hicimos todo nuestro trámite, entregamos todos nuestros documentos en migraciones Argentinas y ya solo quedaba esperar: tres meses era el tiempo máximo de entrega de DNI (Documento Nacional de Identidad). Muchas personas nos decían que se tardaba mucho menos. Ya estamos más tranquilas. Precaria en mano, nada puede empeorar.


Pero no. Cuando crees que el universo conspira a tu favor, es la realidad la que te abre los ojos. Nos quedamos sin alojamiento en el Hotel. Era algo de esperarse, debíamos dinero, nadie fía, nadie regala nada. Nos dieron tres días para desalojar. ¿Para dónde nos vamos? Buscamos alojamiento como locas, una habitación, algo. Claro, nuestro presupuesto era bajo, en todos lados pedían meses de adelanto, pagar depósito, era algo que no podíamos hacer en ese momento.


Con todo ese problema del alojamiento, yo seguía trabajando como ayudante de cocina. Comía una sola vez al día, hacía mucho peso en el trabajo. Es que claro, esos costales de verduras, no se cargan solos de un lado a otro. Tenía la espalda adolorida. Cuando llegaba a casa en la tarde, me acostaba en la cama y ya después no me podía levantar más. La espalda me dolía como nunca. Hasta ese momento, era esa la única opción.

Sin tener donde vivir, salimos del hotel. Teníamos nuestras maletas (yo, lo que quedaba de la mía) y aún no sabíamos a dónde íbamos a ir. Una amiga nos ofreció un espacio para guardar nuestras maletas, así se nos haría más fácil el hecho de tener que movernos. Mi prima nos dio alojamiento por unos días.


El tiempo pasaba y se nos hacía muy extraño el hecho de que no estaban listos nuestros DNI. Íbamos de una casa a otra, no estábamos para nada estables. Para terminar de caer al suelo después de tantos golpes, nos llaman de Migraciones Argentinas. Se nos indica que debemos acudir al consulado de nuestro país, ya que no pudieron verificar nuestros antecendentes penales. Me pareció demasiado extraño, nuestros documentos estaban en orden, no hicimos uso de gestores ni pagamos algo por ellos. Fueron nuestras madres quienes sacaron de su tiempo para ese trámite.


El bello consulado de Venezuela en la ciudad de Buenos Aires, abarrotado de gente,eran colas interminables, todos teniendo el mismo problema. Es que odio todo lo que tenga que ver con trámites que impliquen algún consulado Venezolano en el extranjero. Nuestros consulados están en el extranjero de gratis porque la verdad no ayudan en nada. El punto es que, según el consulado Venezolano, nuestros antecedentes penales eran falsos.


La solución para eso era viajar a Venezuela y volver a hacer ese trámite. ¿Es en serio? ¿Me estás jodiendo? Señores, no tengo ni donde vivir, ¿y me dicen que la solución a mi problema es hacer el trámite de manera personal en Venezuela? ¡Que frustración!


Necesitábamos nuestro DNI, sin eso era casi imposible conseguir un trabajo serio. Un trabajo para ganar bien. No había otra, teníamos que volver a empezar.


De vuelta en migraciones Argentinas. Los operadores ya estaban al tanto de la situación de Venezuela, ellos pensaban que solo lo hacían para generar trabas y demoras en los trámites de los venezolanos. Por ende, nos otorgaron una extensión de 3 meses más en la precaria. Y nosotras a lo nuestro, volver a hacer la solicitud de los antecedentes penales en Venezuela por medio de nuestras madres.


Continuamos en la lucha del alojamiento, ya que solo nos quedaba esperar por los papeles desde Venezuela. Encontramos un lugar para vivir, un paisano era el responsable del lugar, estaba acorde a nuestro presupuesto. No nos pedían mucho para entrar, así que aceptamos y nos mudamos.


Las cosas se “estabilizaron” por un rato, seguíamos trabajando y buscando otros trabajos al mismo tiempo. Nos daba para ahorrar un poco, así que nos ilusionamos. Siempre buscábamos las mejores maneras de ahorrar, comíamos siempre lo más económico. Nos limitabamos a muchas cosas, pero sabíamos que era por un futuro mejor  para estar mejor y por fin poder lograr la estabilidad.


Todo pintaba bastante bien, no puedo mentir. Habíamos logrado reunir algo, estábamos tranquilas. Pero mi madre tiene un refrán: “de las aguas mansas, temeré”. Y es así, tanta tranquilidad, daba miedo. Y literalmente de esas aguas tranquilas salió la peor de las bestias a ponernos en peligro.


Mi amiga venía notando que algo no estaba bien; me preguntaba si yo había cambiado cosas de lugares dentro de la habitación, ella estaba segura de que alguien había entrado. Yo le decía que quizás eran ideas de ella, era imposible que alguien entrara, pues había una cámara de seguridad que daba justo a la entrada de la habitación y el encargado se daría cuenta si algo pasara.


El encargado era una persona bastante agradable, parecía ser una persona que había pasado también por par de situaciones difíciles y como Venezolano solo quería darle una mano a su gente. Era una persona de sentarse a hablar contigo, de tocar la puerta de tu habitación para saber si estabas bien, de invitarte a tomar una cerveza un viernes por la noche. Un tipo agradable, genera confianza, era carismático.



No me canso de negar con la cabeza al escribir esto, al hablar de éste hombre. Era, literalmente un lobo disfrazado de cordero.


En efecto… nos faltaban cosas en la habitación, entre esas cosas, nuestro dinero reunido. Ya no estaba nuestro esfuerzo y sudor: se había desaparecido. Decido confrontarlo, pedirle una explicación, le exijo ver las cámaras de seguridad. ¿Quién había estado en mi habitación? Las cámaras eran solo una ilusión, realmente no grababan, no funcionaban. No obstante con que nos roba, nos desaloja. Él estaba indignado de que alguién, bajo su propio techo, lo acusara de ladrón. ¿Me estás jodiendo? Volvemos a estar en la calle, sin un peso en el bolsillo. Parece una historia de nunca acabar, una pesadilla de la cual no te puedes despertar. ¿Qué hicimos para merecer ésto?


Ya estábamos a nada de tirar la toalla, de rendirnos. A veces, por muy fuerte que seas, no te provoca volver a levantarte. Pero mi amiga tiene un motivo, un motivo  muy grande que no la deja tirar la toalla, un motivo que había dejado en Venezuela y que ya no podía esperar más: su hija. Cuando tienes un motivo así por el cual luchar, no te quedas en el piso por mucho tiempo, te levantas despacio mientras tomas aire profundamente.


Buenos Aires cuenta con un servicio de “ayuda a personas en situación de calle”, es un refugio. Hasta allá fuimos a parar, pedimos información, daban camas principalmente a mujeres, pero debías llegar temprano para poder tener una por esa noche, ya que no cuentan con suficiente espacio.


Para los ojos del mundo y de nuestra familia, nosotras estábamos bien, “nos estábamos adaptando, reuniendo dinero para estar mejor”, pero la realidad era otra… otra completamente diferente.


Me quiero ahorrar muchos detalles, muchas cosas de las que prefiero no hablar, porque con el tiempo te das cuenta de que hay heridas que no se han podido curar y que hay recuerdos que preferiblemente quieres borrar de tu mente, porque es que a fin de cuentas no eres tan fuerte. Dormimos en el suelo en pleno invierno, pasamos días sin comer. Realmente fue bastante duro.


Cuando me preparé para ser flair bartender y para competir, muchas personas en el mundo de las barras me decían “date a conocer, eres buena, eso te va a ayudar en tu carrera, compite, no importa si no ganas, pero se verá tu nombre”, así lo hice en Argentina. Me preparé para una competencia que había en el Centro Internacional de Coctelería, quería darme a conocer y demostrarme a mí misma que sí podía. Competí y quedé de sexto lugar dentro de mi categoría. Logré lo que quería, darme a conocer. Me llegaron varias ofertas de trabajo dentro de mi área, varios hoteles importantes. Propuestas que no pude aceptar porque el requisito indispensable para obtener el trabajo era en DNI y yo no lo tenía.


Trabajé en varios bares de la ciudad, ejercí como bartender, era algo que me agradaba mucho. De esos Bares, aún sigo recibiendo mensajes de apoyo y motivación. Es que cuando eres buena en lo que haces, la gente lo reconoce de inmediato.


¿Qué habría sido de nosotras en Argentina si nuestra suerte hubiese sido diferente? ¿De haber tenido lo único que nos hacía falta para terminar de colocar los dos pies sobre las vías, el DNI? ¿Habríamos pasado por lo mismo? No lo creo.


Nueve meses pasamos en Argentina. Tres veces hicimos el proceso de migraciones argentinas y el consulado. Nos mudamos una cantidad incontable de veces. Mi amiga tiene una deuda de más de 30.000 pesos, dicen que las madres hacen cualquier cosas por sus hijos, ella es una prueba de ello. Tiene a su hija a su lado y eso no tiene precio.



De Buenos Aires me guardo muchas cosas, me ahorro muchos detalles, es que 2.200 palabras se me están quedando cortas. Pero no escribo para dar lástima, no escribo para aburrir a las personas que me leen, escribo para desahogarme y escribo para sacar de adentro todo eso malo que viví.


Repito, Argentina te amo. Te amo desde el fondo de mi corazón porque me enseñaste a no darme por vencida, me enseñaste a no ser tan confiada, me enseñaste a llorar, a llorar con sentimiento, a valorar cada bocado de comida. Me enseñaste demasiado y por eso te doy las gracias.


Hoy, a dos años de haber dejado tus tierras, te recuerdo muy bonito. Porque aunque mi situación no fue la mejor, conocí gente muy agradable, gente muy buena. Espero volverte a ver, dicen que a la tercera va la vencida.


¿Dónde estoy hoy? ¡Lejos! En tierras nuevas y aprendiendo nuevas cosas. ¿Cómo estoy? Mejor, mucho mejor.


De esto, también hablaré, hasta la próxima.


Saludos, AC.