Angélica

Foto: Efe

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Isaac González Mendoza* | Caracas (Venezuela)

A Angélica le brillan los ojos, verdes y fijos en el parabrisas, mientras las luces de los carros se pasean sobre su cara amarillenta. La mano izquierda en el volante y la derecha, siempre, siempre, en la palanca.

Como es de estatura baja, a veces tiene que despegar un poco la espalda del asiento, así que puedo ver sus músculos marcados en su franela blanca, con el brassier apretándole la piel y, más abajo, los vellos amarillos que trazan el camino hacia sus pantaletas. "Voy a ir más rápido, no te vayas a cagar", me dice.

Es tan sensual.

Y entonces, con hábiles movimientos, cambia de cuarta a quinta: presiona el croche, mueve la palanca y pisa el acelerador.

Creo que le gusta que la miren. Por eso se muerde los labios a cada tanto, porque sabe que estoy viéndola concentrada en la carretera, que hoy parece un túnel sin salida por el apagón, que no sé cuántos días tiene ya.

He perdido la noción del tiempo. No sé ni la hora ni qué día es. Solo sé que es de noche y solo nos iluminan la Luna, uno que otro ojo de gato y los faros de los carros.

No siento miedo a pesar de que Angélica va a casi 100 kilómetros por hora. La aguja del velocímetro no termina de pasar de 99, se mantiene ahí, riéndose de nosotros. Solo se escucha el motor de la camioneta de Angélica y el viento entrando por la ventana. Y fuera del carro Caracas es como una ciudad muerta.

Por fin llegamos a Los Chaguaramos para dejar a Juan, dormido todavía. Tardamos unos segundos en despertarlo hasta que se va con dificultad inmerso en una nube de oscuridad. Fue un día largo para él: tuvo que asistir al menos cuatro operaciones de tiroteados.

En Los Chaguaramos la neblina se pasea entre las transversales y se posa sobre el río Guaire, visible desde el puente El abandono. Vemos unas figuras deformes a más de doscientos metros de distancia que se mueven como sombras, atravesados por la luz de la Luna. Angélica, contagiada por mi temor y el de Sandra, arranca y el carro suelta un chillido. Pasamos frente a ellos, pero no pudimos ver sus rostros. Caminan como ciegos, con los brazos un poco levantados hacia adelante.

—Zape gato -dice Angélica, que me mira por primera vez desde que salimos del hospital.

—¿Qué habrá sido eso, chama? -le pregunta Sandra, solo para seguir la conversación.

—Seguro son unos locos que se quedaron varados. No vayas a creer que son espíritus.

—No, vale.

—Estás clara que eres burde cagada.

Ambas se ríen y yo, aferrado al cinturón de seguridad, no digo nada.

—Como se ve que eres nuevo -me dice Angélica. ¿Cuánto tiempo tienes en el hospital?

—Apenas dos semanas -respondo.

—¿Y qué tal te ha parecido?

—En la clínica solo participaba en operaciones programadas. Estar en emergencias es otro nivel.

—Me imagino.

—Chama, felicítalo -dice Sandra.

—¿Por qué, pues?

—Está cumpliendo años.

—¿Qué? No, vale. ¿Y cuántos cumples?

—30.

—Qué manera de cumplir 30. Pobrecito -dice, y me sorprende al soltar la palanca para apretar mis cachetes-. Vamos a cantarle cumpleaños.

—No, no, no.

Y me cantan: "Cumpleaños feliz. Te deseamos a ti...". Mientras escucho me quedo hipnotizado mirando la carretera: las luces de la camioneta iluminando solo el asfalto, que se mueve frente a mí como una cinta para correr. A mi izquierda y derecha solo veo grises y uno que otro árbol u hoja que sobresalen como dibujos a carboncillo. No puedo identificar las zonas que tienen diminutos intentos de luz. Y voces lejanas balbuceando algo, y ollas repiqueteando, y gritos desgarradores que se pierden en el viento. "...pleaños feliz...".

Ambas aplauden emocionadas y me hacen cosquillas.

Por el olor a sal y pescado me doy cuenta de que estamos en La Guaira. Sandra se baja y corre hacia su casa. Pasa justo en medio de cinco personas que hablan alrededor de una fogata que hicieron dentro de una vieja lata de pintura. "Espero que la termines de pasar bien", me dice Sandra antes de irse.

Angélica arranca y comienza a hablarme. Me pregunta si tengo hijos y le digo que sí, que tengo una hija. Ella me cuenta sobre el suyo, llamado Gabriel: tiene dos años, le gustan los carros y el beisbol, odia las pizzas y prefiere las hamburguesas. El papá le manda dinero pero casi no lo llama ni le escribe. Vive con su mamá y Gabriel en Cotiza. Me pregunta por mi hija y solo le digo que se llama Sofía y que tiene tres años.

—Yo también soy enfermera, sabes -me dice de repente.-Ejercí como por un año pero el sueldo era un porquería. Por eso me metí a taxista.

—¿Y qué tal?

—No es lo más gratificante, ¿me entiendes? No estoy salvando al mundo, pero ayudo a otros a llegar a sus casas en una ciudad peligrosa.

De repente el cielo se ilumina por una luz naranja. Un aviso vial envuelto en llamas. Abajo una barricada es defendida por unos manifestantes mientras unos militares les disparan lacrimógenas. A tiempo frenó Angélica, que acaba de lanzar una mentada de madre.

"Hacia dónde se dirige", nos pregunta un militar empapado de sudor. "Este es cliente mío. Le hago transporte". "Bájense", responde. "No, amigo. Nada que ver". Entendía que Angélica era una mujer dura, fuerte, que no pensaba dos veces antes de contestar con una grosería. Pero me sorprendió aquella respuesta frente a un tipo que tiene un FAL colgando en su hombro. "Que te bajes", dice otra vez el sargento, que aparenta una veintena de años.

Pero no, Angélica no cede, así que arranca otra vez la camioneta.

No entiendo cómo aceleró y pasó por un lado de la barricada y los militares, de quienes se desprendieron dos para perseguirnos. Ahora sí ella había superado la rayita de los 99 kilómetros. Ya estábamos por 102 cuando los perdimos. Y el viento metiéndose por la ventana, y los gritos desesperados lejos, y la nube negra que nos escoltaba, y el sonido de las motos de los militares perdiéndose detrás de nosotros. "¿Estás cagado", me pregunta Angélica. Y yo solo miro hacia delante, creyendo que así voy a salvarnos a los dos. Ella también mira hacia delante, apretando el volante y mordiéndose los labios.

Es tan sensual.