Un adiós / A Catuche

Cascada de Catuche | Arturo Michelena | 1898

Cascada de Catuche | Arturo Michelena | 1898

José Antonio Maitín (1804-1874) | Venezuela


¡Oh, cómo me interesa, Catuche silencioso, 

Tu bosque misterioso De Lirio y de Jazmín; 

Y tus frondosos techos Que aparan, solitarios, 

Los rayos incendiarios Que bajan del zenit! 



Y el diáfano rocío 

Que en la hoja se menea, 

Y el vientecillo orea Alígero y sutil; 

Y del copey altivo 

La verde, la ancha copa; 

Y la pintada tropa De mariposas mil. 



¡Oh, cómo me deleitan 

Tus palmas y tus flores, 

Y alados los cantores 

Que beben tu cristal; 

Y el colibrí pintado 

Que gira en vuelo incierto, 

Y el plácido desierto 

Que fecundado vas!



Tú, arroyo, me recuerdas, 

Con esa tu verdura, 

Tu pompa y tu frescura, 

Y con tus flores mil, 

El valle delicioso, 

Feliz, aunque apartado, 

Hermoso, aunque olvidado, 

Del blando Choroní. 



¿Acaso algún mancebo 

De la ciudad vecina, 

Catuche, no encamina 

Sus pasos hacia ti? 

¿Acaso no hay un triste, 

De tu silencio amigo, 

Que venga sin testigos A suspirar aquí? 



¿No vienen a quejarse 

Al son de ese tu arrullo, 

Al lánguido murcullo 

De aquesta soledad? 

La soledad, que vierte 

Suspiros misteriosos y sones armoniosos 

Calmante del pesar? 



¿No vienen a tu orilla 

Los dulces trovadores? 

¿No cantan sus amores 

Al son de tu compás? 

¿No buscan en tu seno 

Las bellas creaciones, 

Que den a sus canciones 

Dulzura celestial? 



¡Catuche!, pues me inspiras 

Un solo sentimiento, 

No esperes que un momento

Me olvide yo de ti. 

No esperes, pues te debo 

Una ilusión siquiera, 

Que tu memoria muera 

Quimérica y gentil. 



Y cuando yo retorne 

Al sitio que he dejado, 

Al valle afortunado 

Del blando Choroní, 

Al recorrer gozoso, 

Los bosques y las breñas, 

Las fuentes y las peñas, 

Me acordaré de ti. 



¿No hay quien venga, claro arroyo, 

A suspirar en tu seno, 

Bajo el enramado ameno 

Con que te engalanas tú? 

¿No hay un mísero que pruebe, 

En esa ciudad gigante, 

En su vida un solo instante 

De indefinible inquietud? 



Solo yo busco ¡oh torrente! 

La paz de tu blando arrrullo,

En tanto que tu murmullo, 

Los demás huyen tal vez; 

Que el enfado que me abruma 

Otro encanto no resiste, 

Y el alma no encuentra ¡ay, triste! 

Ilusión en el placer. 



Y es por eso que, sentado, 

Mis horas paso en tu orilla, 

Una mano en la mejilla 

Y en fantástica inacción, 

Con un suspiro en los labios 

Y la visita en tu corriente, 

Un pensamiento en la frente 

Y un ¡ay! En el corazón. 



Por eso que, solitario, 

Con la vista voy siguiendo 

Tus aguas, que transcurriendo 

Hacia la represa van, 

Y acercándose al conducto 

Van su perfil estrechando, 

Y en la reja murmurando 

Entran con gracioso afán. 



Y su ignorado camino

Siguen tristes y calladas, 

Hasta que al aire lanzadas 

Dejan luego su prisión, 

Cual virgen que se sepulta 

Entre una cárcel y un velo, 

Y de allí se eleva al cielo 

En pos de un mundo mejor. 



Tal vez tus limpios cristales 

Irán de alguna hermosura 

A lavar la frente pura 

O los delicados pies, 

Y en el pintado lebrillo 

A reflejar de sus ojos 

Ya el amor, ya los enojos, 

Las angustias o el placer. 



¿Y qué será cuando corras, 

Por el cutis reluciente 

De un brazo torneado, ardiente, 

De hermosura angelical? 

¿Qué será, cuando humedezcas 

El abundante cabello, 

Y desciendas por el cuello 

Transparente y virginal? 



¿No encontrarás en tal punto 

Una vista que perciba, 

Un corazón que conciba 

Tu felicidad sin fin? 

¿No sentirás a tu modo 

Cierto delirante anhelo? 

¿No perderás ese hielo 

Con que vas corriendo aquí? 



¡Cuántas habrá, blanco arroyo 

Que el secreto del baño 

Lamentan, ya un desengaño, 

Ya de un desdén el rigor, 

Y con llanto apasionado 

Sus pesares acaricien, 

Y en los misterios te inicien 

Que encierra su corazón! 



Catuche, cuando en tus ondas 

Se mire alguna hermosura, 

Y en tu fondo su figura 

Le reflejes celestial, 

Le dirás que en estos sitios, 

En estos mismos lugares, 

Un trovador sus pesares 

Y su amor vino a cantar. 



Le dirás, si algún gemido 

Del pecho lanza amorosa, 

Que en tu margen silenciosa 

Un bardo también gimió; 

Y le dirás, si entonare 

Patética una letrilla, 

Que en tu deliciosa orilla 

También un bardo cantó. 



Catuche, con Dios te quedas, 

Adiós bosques, adiós flores, 

Adiós alados cantores 

Que más, tal vez, no veré; 

Mas cuando en mis soledades 

Recorra el bosque y las breñas, 

Los torrentes y las peñas, 

En vosotros pensaré.


José Antonio Maitín

(Puerto Cabello, 1804-Choroní, 1874)

José Antonio Maitín fue un poeta y dramaturgo venezolano. Esta considerado como el más excelso poeta romántico de Venezuela.