Segunda oportunidad

Foto: Daniela León | @Daniela_Aurora

Foto: Daniela León | @Daniela_Aurora

Natalie Azcona*

La primera vez que murió Carlos, él estaba en su cubículo intercambiando roces con algunas moscas y repasaba, una y otra vez, el informe detallado para la compañía. La ventana a su derecha asomaba picos de flores amarillas, sobre las que se posaban partículas que venían con el viento.

Carlos solo aguardaba. Era miércoles previo a la presentación, así que Lucía vendría con los respectivos regaños de casi jefa, de casi amante, de casi inteligente, de casi todo. Unos pasos atrás ya ella ordenaba en su mente un discurso políticamente correcto, que saldría luego de su boca como aros de fuego. Una vez más, vendría la batalla acostumbrada: con demasiado ruido y gotas de saliva pulverizada que saldrían de las comisuras de su boca. Era lamentable: tan poca mujer después de todo, salvo por los ojos serenos que aún escondía. Una y otra vez, ella repetía el manual de reglas sobre las cuales Carlos no se fijó mientras hacía su trabajo. Una y otra vez, los dedos de Carlos tamborileaban al compás de una buena canción sobre la mesa y, apenas perceptible, poco después de los tambores vinieron los arañazos y el ahogo súbito: se aferró a las toneladas de papel sobre la superficie del escritorio. Su corazón se detuvo, ya no podía aferrarse.

Hacía mucho frío en aquel entonces. Carlos despertó en el momento en que los doctores iban a colocar la hora en el reporte, Lucía lloraba al otro lado del pasillo. Entre las expresiones no quedaba ninguna otra sensación aparte del miedo. “Cinco minutos sin oxígeno, ¿cuáles son las probabilidades?”, el pasante insistía, y el doctor ateo de cabecera no encontraba más que dedicárselo a un milagro divino. “Sí, divino, pero tanto tiempo sin oxígeno habrá deteriorado sus funciones cerebrales, deberá estar bajo un estudio exhaustivo, si es que logra recuperarse”.



¿El paciente tiene familiares, enfermera?

Afuera hay una chica, creo que es su novia.

Debe darle las noticias.


Carlos abrió los ojos, a su alrededor de pronto hubo silencio, luego aplausos, y media sonrisa se dibujó en su rostro cuando lo apuntaron con una linterna, había vuelto. Su mano apretada de pronto se soltó, y en su palma se extirpaba un insecto. Lucía había estado todo el tiempo con Carlos en el hospital, había llorado desde el primer segundo y lo vio recuperarse. Esta vez ella era quien tamborileaba los dedos contra la puerta, y le ordenaba a cada enfermero que hiciera bien su trabajo mientras él seguía en reposo.

La segunda vez que Carlos murió, murió despacio, ya era preso de Lucía. Se acomodaba bajo su regazo todas las noches y ya no se ocupaba en fingir placer, había tomado la costumbre de variar entre dos polos: dormir bajo su mano en la cara o huir al bar cuando ya no la soportaba. 


Natalie Azcona

Venezolana. Apasionada por la literatura y periodista en defensa de los inmigrantes en Estados Unidos. Asistió al taller de narrativa de Mario Morenza. Le gusta el chocolate amargo y las personas que se sonrojan