Letra Libre

El rumor de la contradicción. Comentario sobre Retrato de Abel con isla volcánica al fondo

Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

Mario Morenza | Venezuela

—¿Por qué  lo hiciste?

—Por el país, ¿por qué va a ser?

—¿Y entiendes el país?

—Pues...

—¿Y el país existe?

—Pues…

Retrato de Abel con isla volcánica al fondo,

Juan Carlos Méndez Guédez.



En febrero de 1995, Juan Carlos Méndez Guédez inicia la redacción de Retrato de Abel con isla volcánica al fondo en Caracas. La concluye en Salamanca, en el mes de febrero del año siguiente. En octubre de 1997 se imprime y está lista para distribuirse en los anaqueles de las librerías de Venezuela, y es quizá la primera de las novelas de la historia literaria reciente que acaricia, sacude y castiga con agudeza plástica y profundidad reflexiva, una de las temáticas que en estos tempranos años del segundo milenio llenaría las grillas de los festivales de lectura, cuartillas en tesis de maestría y publicaciones en blogs: les hablo, si aún no lo han intuido, del exilio (o preferiría llamarle: el tema de la emigración).

Si este asunto te interesa o si pretendes estudiarlo y hacer un paper para algún curso de literatura, no tienes excusas para acercarte a Retrato de Abel con isla volcánica al fondo.

De hecho, como ya seguro lo han notado, es una novela que se culmina fuera de nuestros territorios. Parte de sus palabras también son exiladas.

Las siguientes páginas aspiran a una lectura sobre una novela editada hace veinte años y que, sin embargo, su pulsión e intención narrativa nos llega hoy con mayor precisión y desnudez. Nuestra perspectiva de lo ocurrido en los noventa ha cambiado, hemos madurado como ciudadanos y lectores y, aunado a eso, tenemos la frialdad argumental como para no mezclar deseos ideológicos con una realidad que estuvo allí, sangrante y afanosa que, querámoslo o no, conmovió los destinos de las próximas décadas de nuestro país.

Veinte años han pasado desde su publicación y observamos los años noventa y las secuelas políticas de los ochenta, setenta y sesenta escanciadas en esa década, con la distancia de ser testigos y no protagonistas, sin las sangres tibias de pasiones mal llevadas y, si es el caso, con una instrumentación crítica y objetiva, lejos de furores ideológicos hacinados en esa brecha de nuestra historia, siempre con la sensación de que faltaba poco para un Caracazo ii, para un Caracazo iii, y muchos desenlaces siempre contenidos, a los que solo les faltaba, quién sabe, un motivo de aliento más que las ganas.

Ese rumor se respira en la novela. El rumor de la conspiración. El rumor en forma de estallido social: mañana bajarán los cerros a buscar lo que la burguesía les ha quitado, sin ni siquiera percatarse o acaso intuir que muchos de los agredidos están con ellos, como el caso de Claudio, protagonista y narrador de la novela que ve ceder las santamarías de su negocio de computadoras y ser desvalijado con saña, con locura hambrienta, como si los estómagos de los violadores reclamaran circuitos electrónicos para saciarse. Desde luego, la intentio autoris de la que nos habla Eduardo de Bustos en su ensayo «La falacia intencional» se aplica a esta obra. Es probable que Méndez Guédez no haya escrito esta obra para los lectores de su momento, para los lectores de los años noventa, sino para los lectores que, después de pasado el tiempo, puedan entender mejor una época, despejar las incógnitas de lo ocurrido y de lo que estuvo a punto de ocurrir.

El tiempo de los lectores de Retrato de Abel con isla volcánica al fondo es ahora. Una lectura que se vuelve más clara y precisa veinte años después (porque nos precisa, nos esclarece, nos evidencia). Para el momento, teníamos la angustia de esa ausencia de un lector ideal para esta obra. En este momento histórico, en el que el país y la cultura se encuentran en una posición delicada e indeterminada, volver sobre las páginas de Retrato de Abel… nos hará desentrañar con mejorada nitidez los fulgores oscuros que reventaron a finales de siglo xx.

El lector y ciudadano común pareciera apenas adquirir esa conciencia continental del suelo sobre el que posa sus pies, sobre el suelo en el que se proyectan sus sombras, y mirar el pasado con la suficiente objetividad como para explicárselo sin añadiduras ni pasiones. Con los años, estos lectores han sido capaces de alcanzar el molde de lector para el que Méndez Guédez pareciera haber escrito esta novela. En la obra en cuestión, se nos dibujan a dos hermanos de corrientes políticas totalmente antagónicas, pero ambos hermanos tienen un ideal tan único como utópico: el bolivariano. Ambos hermanos suelen manifestar su rechazo al otro con mecanismos similares. Ambos hermanos se encuentran en otro país y cada uno configura un espejo asimétrico del otro.

El humo del tabaco siempre encapsulará a José en las conversaciones con su hermano, entre botellas de vino que sustituyen a otras ya vacías y recuerdos tumultuosos. Claudio, el narrador y protagonista de la obra, no fuma, pero está sobrecargando e incubando continuamente esas memorias de su vida pasada en Cabudare, de sus amores fatuos, de sus relaciones inconclusas e inaprensibles con su padre y ahora «recuperado» hermano.

Retrato de Abel… vaticina veinte años después de ser editada las atmósferas que caerán en Venezuela. Pero la Venezuela que anticipa no está ubicada en los territorios patrios, sino en cada versión de Venezuela que se ha llevado consigo cada uno de los exiliados (o emigrados). Esa población desgarrada de Venezuela que trama otra nacionalidad y cuyo Gloria al bravo pueblo podría acobijar esta estrofa: como diría Kavafis: «Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares / La ciudad te seguirá. Vagarás/ por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo/ y en estas mismas casas encanecerás./ Siempre llegarás a esta ciudad».

El universo narrativo de Retrato de Abel con isla volcánica al fondo es menos apocalíptico en sus intenciones predictivas, pero sí decreta los distanciamientos y elabora una especie de camino hacia la literatura del exilio (¿o de emigraciones?) que se respira en la narrativa actual (Miguel Gomes, Juan Carlos Chirinos, Eduardo Sánchez Rugeles, entre otros). De existir en ella una Apocalipsis, esta ocurrirá en los meandros psíquicos de los personajes.

En Retrato de Abel… se afinan los climas y tensiones políticas de los noventa, lógico efecto de la demagogia y corrupciones que se denuncian en la novela y, además de esto, se condicionan dos vertientes que, sin la maestría argumentativa del autor, podrían haber sucumbido en una antología de lugares comunes. Se dibuja la vida de dos hermanos, José y Claudio, el primero de derechas, tonto útil; el segundo de izquierdas, cabeza caliente, y, de alguna manera, también tonto útil. José y Claudio luchan por defender sus ideales, ambos tutelados por el celaje de lo que representa el nombre de Bolívar. Esas dos versiones de la realidad se contraponen sin saber que el otro está en las comarcas del «enemigo». Un enemigo que canta el mismo himno y adora a un mismo Libertador, o a lo que se piensa que fue un Libertador.

Como era de esperarse, José y Claudio emigran. Su situación lejos del país es la metáfora de «una expectante amenaza del pasado», leeremos en la novela, que desde los primeros movimientos narrativos se huele la espesura de esas vivencias anteriores de los personajes. Esa adolescencia febril, lanzando bombillos llenos de pintura o espiando lascivamente a la chica más apetecible del barrio mientras esta se bañaba.

Claudio y José parecieran intuir un regreso para negarse a sí mismos y no seguir anulando con arbitrarias reivindicaciones los errores acumulados en sus vidas. A José solo lo acompaña el humo (el del tabaco negro también) y «los diez muertos encima» que le achaca o le promedia Victoria a su curriculum vitae como esbirro del Gobierno.

José y Claudio persisten aislados en una isla. Los hermanos acuñan en su biografía una nueva versión del desespero, ese que en cierto momento llevó a Claudio a apoyar combinaciones de fuerzas tan inverosímiles y contradictorias como un movimiento que tenía por consigna

«contra la democracia corrupta

unión cívico militar religiosa».



Sin embargo, se recuerda a través del humo y el alcohol, aquella tierra natal, la que (re)clama el regreso de ambos. José, ya no tiene nada a qué temerle. Participó en un golpe de Estado (en el mundo ficcional de la novela) llevado a cabo en 1990 y ya todos los que asistieron a ese intento de derrocar al presidente han sido indultados. Pese a esto, Claudio experimenta el acecho de un demonio de la perversidad que lo invita a volver, en lugar de lanzarse al vacío. Su vacío tiene la forma de incendiar la casa cuando Victoria y el hijo de su esposa estén durmiendo. Y huir (regresar) a su patria con el dinero que logre recolectar en una casa de empeño a costa de las prendas de su ya calcinada esposa. Claudio, hacia el desenlace de la novela, está a punto de fabricar su propio  golpe de Estado, pero solo le concede a su esposa un intento de violación. La figura femenina es la que compone los acordes de su hogar, por tal razón, Claudio encuentra un pretexto para esa rabia contenida en las cartas a Simone de Beauvoir, o en el fracasado y abortado intento de escribir una novela «noventosamente» titulada Manual para bailar Lambada. Es una especie de venganza feminista y la víctima es un «Claudio ama de casa». En determinado punto de la trama, cuando el protagonista empieza a labrar su reflexión, prefiere y apela por el regreso. Otra huida hacia el terreno que quizá jamás debió abandonar.

Todo lo que Claudio describe en la siguiente cita, postula esa extraña fascinación por lo que antes negaba o repudiaba, se tratan de los verdaderos símbolos patrios de su país dejado en el olvido, o quizá la estrofa de un futuro himno: un canto apocalíptico y ciento por ciento venezolano:

Volveré. La costumbre del caos y del miedo también tiene sus reglas. Les diré a todos y especialmente a Victoria que amo el desorden, el autobús que no llega, el retardo en el tráfico, los disparos en la noche, los rumores golpistas, los supuestos barrios que se rebelan durante la madrugada y vienen con antorchas a incendiar los edificios, las bombas en los centros comerciales, los atentados. (Méndez Guédez, 1997: 10)

Sostuve, desde el comienzo de estas páginas, que Retrato de Abel... es una novela que narra el exilio, pero sería miope y reducida esta observación si nos quedamos en esto.

No es tan solo eso esta novela.

También es una novela de transformación. Hacia su final, en esas veinte páginas de cierre, de un cierre atómicamente reflexivo, en el que Claudio se mira hacia adentro y profundiza en los daños que han sufrido las membranas de sus sentimientos, se dice con relación a su hermano (¿o así mismo?): «Tendré que ir preparando para él las señales, los rastros para que indague, para que al buscarme se busque». Y es la tensión que implica la erupción en los personajes de este libro. Victoria, muy conveniente la pulcritud onomástica de la esposa de Claudio, lo abandona y promete darle una pensión y recomendarlo a un trabajo en un muelle con unos primos lejanos, como un castigo, o ironía del destino para alguien que se exila en una isla, se aísla en intensas borracheras con su hermano recién encontrado, y ahora trabajará en un muelle para ver partir y llegar personas. Seres que quizás y definitivamente partan a tierras lejanas, y observará con desdén y melancolía, el arribo de otras tantas, su llegada a las Canarias con la firme convicción de quedarse para siempre. Claudio piensa todo esto y en su discurso intuimos que algo está por hacer erupción, pero que es contenido por una fuerza natural que desconocemos. Quizá su hermano José, su contrapartida, némesis, además de compartir la nacionalidad y el ADN, también sea conocedor de qué mecanismos se ocultan en el interior psíquico de Claudio y ha evitado que este explote. Corrijo: que ambos exploten, con todo a su alrededor, incluyendo el país y, por extensión, sus himnos ambiciosos y sus contradictorias consignas.


Mario Morenza*

En 2008, publica La senda de los diálogos perdidos (ganador del Premio Nacional Universitario de Literatura) y Pasillos de mi memoria ajena (finalista del concurso para autores inéditos convocado por Monte Ávila Editores). Relatos de este autor han sido reconocidos con diversos galardones: destaca la inclusión de «Vitrum» en la Antología de la Novísima Narrativa joven Hispanoamericana (2008) y en 2016 «Las tribulaciones de un censor antiplagios» resulta ganador de la 71a edición del Concurso de Cuentos del diario El Nacional.


La redención en una “mula” de 90 años

Foto: captura

Foto: captura

Isaac González Mendoza | Venezuela

El tiempo le ha pasado factura a Earl Stone (Clint Eastwood). A los 90 años de edad, su negocio de horticultor ha caído en bancarrota y se siente muy solo, pues su obsesión por el trabajo lo alejó de su familia, que también optó por distanciarse de él ante su indiferencia hacia eventos sociales como bodas o bautizos.

De manera casual, Stone consigue una fuente de ingresos totalmente distinta a los honestos oficios que ha practicado durante toda su vida, entre ellos haber sido uno de los héroes de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial: se ha convertido, con su modesto carro, en una “mula”, que en el lenguaje popular es la persona que trafica drogas.

Como es un hombre mayor, tranquilo y cordial, le va muy bien evitando que la policía lo detenga para inspeccionarlo, así que se convierte en un exitoso empleado en este nuevo emprendimiento. Tanto así que logra comprarse una lujosísima camioneta y paga fiestas para su familia y sus compañeros veteranos. De la noche a la mañana, pasa de ser un fracasado a alguien con dinero y querido por muchos.

La mula, la última película del oscarizado Clint Eastwood, que se estrenó ayer en Venezuela, aborda temas muy actuales como el racismo, la doble moral, el narcotráfico, la dificultad de las personas de más de 70 años de edad para adaptarse a la era del Internet. Se agrega el drama de que esta “mula” es quien carga con el ritmo de la historia, la familia.

Desde 2008, cuando interpretó al malhumorado Walt Kowalski, Eastwood no actuaba en una película dirigida por él mismo. Esta vez actúa el papel de un personaje que quiere redimirse de sus errores cometiendo otro error. A sus 88 años de edad, este genio cinematográfico parece regresar al concepto de William “Will” Munny, el terrible vaquero de Unforgiven (1992)con el que ganó sus dos primeros Premios Oscar.

Las mismas circunstancias que se presentan en Unforgiven llevan a Stone, a su edad limitado para un mercado invadido por los equipos tecnológicos, a dedicarse a una actividad ilegal. Se siente un inadaptado de nuestra era.

En una de las escenas, Eastwood sintetiza la incompatibilidad con el siglo XXI de Stone, la doble moral, el racismo y las limitaciones de la generación millennial.

En esa parte, el protagonista se detiene en plena carretera para ayudar a una pareja de negros a cambiar un neumático. El hombre, que no sabe cómo hacerlo, le dice a Stone que va a buscar por el Internet de su teléfono. Y él le responde: “Esta generación usa el Internet para todo”. Luego Stone, ignorando que podría ofenderlo, le dice en actitud de amigo “nigger”, el insulto en inglés utilizado por años contra las personas negras. “Ya no usamos eso. Puedes decirme negro”, le responde el hombre.

Stone, aunque se muestra como un hombre duro e insensible, es un personaje lleno de amabilidad que incluso llega a aconsejar a sus peores enemigos. Sabe que aunque es una “mula” muy vieja, todavía tiene tiempo para dar buenos consejos y arreglar un poco su entorno. Pero el tiempo sigue siendo limitado.

La muerte en Wikipedia

Foto: Javier Cedeño Cáceres

Foto: Javier Cedeño Cáceres

Por Hilario Altares* | Argentina

La nueva era me va a matar…

y no lo digo de forma literal,

sino por las páginas biográficas

como Wikipedia, que no esperan a que

uno  dé, aunque sea, un último suspiro o estertor

cuando ya están publicándolo para que se enteren.

La inmortalidad en estos tiempos dura mientras estés vivo.

Pareciera que fuera la muerte quien administra las “benditas”  páginas biográficas,

o como si al nacer nos injertaran un cardiofrecuencímetro en el pecho

para saber el momento exacto de nuestra muerte y avisar a

Wikipedia que estás muerto.  Jimmy Wales

y Larry Sanger lo sabrán antes que

nadie; inclusive primero

que tu doctor.  

Dichosos fueron los que todavía son inmortales.

Aquellos que escribieron en papel y siguen vivos letra por letra.

A los que en la descripción del autor solo le estamparon la fecha de nacimiento (1989-  ).

A los que no conocieron a los millennials ofendidos y no fueron devorados

por los insultos de los insultados: los #Ciberborregos

#SíguemeYTeSigo, #DoyFollowBack.


La ventaja de no estar en Wikipedia

es que tal vez dentro de algunos siglos

alguien leerá algún nombre y se preguntará:

¿Todavía vive Hilario Altares?

Eventos desafortunados (III)

Foto: Josibeth Lanza

Foto: Josibeth Lanza

AC | Venezuela*


¡Wow, qué calor!— Fueron mis primeras palabras al llegar a la ciudad de Santa Cruz de la Sierra en Bolivia. Mi ropa estaba completamente marrón; mi camisa, mis zapatos… nada servía más. — ¿Por qué?— Se preguntarán ustedes. Bueno, una serie de eventos desafortunados nos ocurrieron en territorio boliviano.


Lea la primera y segunda parte de esta historia:


Nuestra ruta incluyó pasar por el Amazonas boliviano, un lugar increíble, con animales tan exóticos y diferentes, como peligrosos. Es una zona que, como el jefe dijo, era bastante peligrosa y poco transitada. Ahí estábamos nosotros, accidentados, en medio de la nada, con un caucho espichado. La ruta es bastante difícil, hay que tener paciencia. El peso de la camioneta, más la velocidad conllevó a que eso sucediera. Nos accidentamos dos veces por el mismo motivo.

Estuvimos horas en esa carretera, terreno de piedras con tierra, humedad y animales que jamás en mi vida había visto. Prendimos fogatas en medio de la carretera para pedir ayuda, si eso no es una verdadera aventura, no sé entonces qué lo será. En ese momento no veía la hora de terminar de llegar, habíamos pasado demasiado, estaba agotada. Tanto física como mentalmente. Llevaba muchos días sin hablar con mi mamá, ya comenzaba a desesperarme.

En este punto, no puedo negar que fue un viaje lleno de muchas cosas, aventuras increíbles y momentos que jamás voy a olvidar, para bien o para mal. Pero recuerden, aún estoy hablando de mi viaje en carretera, no he hablado de lo que sucedió una vez instalados en el destino.

Cabe destacar que Santa Cruz no era mi destino final, todavía me faltaba un tramo. Yo me instalaría en una pequeña ciudad llamada Tarija, sitio muy cercano a la bella Ciudad de Salta (Argentina). De Santa cruz puedo hablar muy poco, conocí muy poco, la verdad estaba tan agotada que sólo quería bañarme y acostarme a dormir.

Continuamos nuestro camino hacia Tarija. Al llegar a Tarija comenzaría la pesadilla más larga que he vivido. El jefe, a quien en este momento le pondremos un nombre para identificarlo de mejor manera: Pedro.

Pedro nos había comentado, al llegar a Tarija, que el lugar que tenía reservado para ser nuestro alojamiento se lo habían cancelado a último momento por falta de organización de su parte, se disculpaba por ello. En ese momento, nos dice que debemos decidir entre ir a vivir (de momento) a un lote que él tenía o pagar nosotros un Hotel. Nuestra primera respuesta fue: veamos el lote. No queríamos gastar lo que nos quedaba, necesitábamos ahorrar al máximo.

El lote era un terreno en proceso de “construcción” que Pedro utilizaba como depósito y estacionamiento de sus autobuses. Había también una pequeña casa ahí dentro, realmente era un espacio de 5 metros cuadrados, con una cama matrimonial, una litera y un baño. Todo estaba sucio, lleno de mucho polvo, ratones, arañas, en muy mal estado. Al ver eso, nuestra respuesta fue obvia. “Nos vamos a un Hotel”.

No es por querer ser exquisitos, pero veníamos de un viaje de más de 15 días, estábamos cansados, necesitábamos un lugar donde descansar y abrigarnos bien, ya que Tarija nos recibió con una temperatura de 2°C. Nadie se iba a poner a limpiar esa asquerosidad. Un hotel por tres días fue lo que pagamos para relajarnos y conocer un poco.

Este fue nuestro primer error en Bolivia. Pagamos el hotel entre todos, gastamos nuestro dinero, teniendo en cuenta que ya habíamos pagado en Brasil para sobrevivir. Pedro había prometido devolver ese dinero, pero eso no había sucedido.

Tarija es una ciudad bastante pequeña, para ese entonces, no había ni un centro comercial a donde ir, era literalmente un pueblo. Yo seguía con mi mentalidad positiva. “Todo pinta muy mal, pero vamos, sí se puede”. Conocimos el restaurante y el bar donde se iba a trabajar. Todo parecía estar en orden.

Ya teníamos claro qué era lo que íbamos a hacer. Estaba todo organizado y se había hablado del tema comida, tema trabajo, tema alojamiento. Yo se los voy a aclarar muy brevemente:

1- Comida: seríamos los encargados de preparar las tres comidas del día en el restaurante para la venta. También debíamos cocinar para la familia de Pedro y para nosotros.

2- Trabajo: en el restaurante se trabajaría de lunes a viernes; y los fines de semana trabajaríamos en el bar. También había una opción extra, para el que quisiera, podía trabajar también en la agencia de viaje. La agencia ofrece viajes en Autobús desde Tarija (Bolivia) hasta Salta (Argentina).

3- Alojamiento: el lote o el Restaurante, mientras Pedro conseguía un alojamiento mejor. Obvio, el restaurante fue la opción. Obvio, preferíamos mil veces dormir en sillas antes que ir al lote. Tampoco el restaurante era un lugar de lujo: dormir en los sofás fue lo primero.

Cuando estás en esa situación y sabes que tu vida depende de alguien más, tratas de hacer lo mejor que puedas con los recursos que tengas.

Ya que estaban todos los planes en la mesa, se comenzó a trabajar.

...Y así cómo cuando construyes una torre de cartas, creyendo que eres la persona más ingeniosa del planeta entero, pero olvidas que son cartas sobrepuestas y que hasta la brisa las puede tumbar. Así mismo sucedió, la brisa comenzó a soplar y mi torre de cartas se vino abajo...

El restaurante no vendía nada de comida, pero NADA. El bar iba bien, pero no lo suficiente. La agencia de viajes no necesitaba cuatro personas, con una era suficiente… y Pedro no quería seguir perdiendo dinero.

PRIMER GOLPE: “No voy a seguir cubriendo sus gastos de comida, voy a cerrar el Restaurante, por ende, tampoco pueden vivir aquí. Se van al Lote o no voy a seguir trabajando con ustedes”. Por más que peleamos, pataleamos y hasta lloramos, no pudimos hacer nada. Esa fue su última palabra. El Lote se convirtió en mi hogar a partir de ese momento.

Mi hogar, el peor lugar dónde he vivido, se limpió lo mejor que se pudo. Se acondicionó para que fuese habitable, pues, éramos cuatro personas ahí. Un solo baño. Que no se nos juntaran las ganas de ir al baño a todos al mismo tiempo, si no, sería un verdadero problema. Noches completas sin dormir, los ratones hacían de las suyas. Se compró de todo para acabar con ellos, pero no hubo manera.

Las noches eran el mejor momento para ellos entrar, se montaban entre la ropa, buscando comida, encima de la cama, en todos lados, hubo ratones que pasaban por mi cabeza. La peor pesadilla que he vivido.

La idea de Pedro era hacer que el bar funcionara, él era un hombre de contactos, tenía contactos también con medios de comunicación de la ciudad. Fuimos a varios programas de televisión y promocionamos el Bar lo mejor que pudimos, hicimos ofertas, descuentos, de todo. No solo lo hacíamos por él, era también por nosotros mismos… necesitábamos trabajar. Necesitábamos el dinero. Ganábamos 50 dólares a la semana, de los cuales, se nos iba en comida y transporte. Pasé días haciendo una sola comida, no quería gastar, y hacía hasta lo imposible por ahorrar algo de dinero.

Pero cuando crees que puedes aguantar los golpes, te llega otro.

SEGUNDO GOLPE: nos enfermamos. Mi amiga, asmática, era internada por el asma muchas veces en el hospital. La medicina es cara en Bolivia cuando no cuentas con un seguro médico. Yo me enfermé muchas veces del estómago, no comía bien y comer siempre en la calle no es bueno para nadie. Lo poco que siempre lográbamos reunir, se iba en medicamentos.

Parecía que no iba a existir una luz en ese túnel que estábamos transitando. Pero llegó esa “luz” que podía hacer que todo cambiara. Conocí al director de una escuela gastronómica, Pedro lo hizo llegar a mí. Él también me había visto preparar los cócteles que se ofrecían en el Bar por televisión. Existió la oferta de trabajar con él en esa academia Gastronómica dando clases básicas de coctelería y también coctelería acrobática (Flair), son cosas que hago y me he dedicado a hacer. Comencé a hacer programas de TV, de la mano de este señor de la academia.

Él tenía un espacio en la TV, cocinaba y daba tips para la semana. Yo me ocupaba de la parte divertida, tragos libres de alcohol y además promocionaba mis cursos de coctelería y Flair en la academia.

Me aferré lo más que pude a esa opción. De hecho, me volví una especie de “cara conocida” en Tarija, la gente me veía en la calle y me reconocían de inmediato. La señora del mercadito, donde solía almorzar, me dijo: “Tu eres la muchacha de la TV y comes aquí, que alegría, eres mucho más linda en persona que en la TV”. Fui a programas de Radio. De verdad fue un verdadero respiro.

El señor de más edad, que viajó con nosotros, también comenzó a dar clases en esa academia. No lo había comentado antes, pero él es chef internacional. A los dos nos vino de maravilla. Me lo creí, creí en ese proyecto. Hablaba con mi familia, les comentaba lo que pasaba, no todo, solo lo bueno que podía estar viviendo. Nunca es bueno darle dolores de cabeza a ellos, igual es muy difícil que te pueda ayudar estando tan lejos. Parecía que todo se encaminaba, pero una vez más, todo fue una simple ilusión.

Viví en carne propia los problemas de ser mujer, ser el sexo débil, y ser sexualizada hasta el punto más bajo y denigrante. Aprendí de la peor manera que cuando eres mujer no importa lo buena que seas en algo y lo preparada que estés. En algunas culturas y en algunos lugares no va a importar, siempre van a querer algo de ti y cuando hablo de “algo” me refiero a sexo.

Mi sueño de dar clases y de poder hacer dinero gracias a mis conocimientos y experiencia se iban a ver truncados por una conversación. Haré un resumen de ella.

Chef: Los programas han sido un éxito y ya hay varias personas interesadas en tomar los cursos contigo.

Yo: Pues eso me alegra mucho. Para ti sería genial, pues ayuda a la academia y para mi mucho mejor, pues puedo solventar mi situación aquí.

Chef: Bueno, tu situación aquí la puedo solucionar yo. Te pago los gastos de la Visa, trabajas aquí y bueno, quién sabe si después tu y yo podemos salir. Eres una mujer muy linda y bueno, yo estoy solo. ¿Si me entiendes?

Yo: Claro que te entiendo, pero yo soy lesbiana, así que nuestro trato será profesional y si quieres, podemos ser amigos. Yo no tengo problema siempre y cuando exista el respeto.

Chef: Ah, ¿es que te gustan las mujeres?

Yo: Sí, pero eso no debería ser problema. No influye en nada para los cursos ni nada.

Desde ese momento él dejó de responder mis mensajes y no atendía a mis llamadas, de hecho, me enteré en la academia que se habían cancelado los cursos. No me pagó por mis días ya trabajados y tampoco le pagó a mi amigo. ¿Entonces? ¿Significaba que yo tenía que acostarme con él o tener una relación con él para poder dar las clases? ¡Gracias, pero no! Supongo que no soy la primera mujer en el mundo a la que le sucede algo parecido, que tiene que vivir algo tan indignante como eso. ¿Hasta cuándo tendremos que vivir situaciones así? ¡Asco me da!.

Ahí seguía yo, sin dinero, viviendo en una ratonera, enferma, con ganas de abandonar todo y regresarme a Venezuela. Regresar no era una opción, no podía volver. ¿Qué podía hacer? ¿Quién me podía ayudar? Todo iba de mal en peor.

Pedro cada día se portaba peor. Nos hacía peores desplantes. Nos trataba como basura. Pero nosotros con ese pensamiento: “Todos vinimos juntos, nos quedamos juntos. Si despide a uno, va a tener que despedir a los cuatro. No nos vamos a dejar hundir”. Ese grupo, tipo los cuatro mosqueteros, terminaría de la peor manera...

Continuará...

 


AC

*Venezolana radicada en Austria


¡Não falo português! (II)

Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

AC | Venezuela*

¡Brasil, Brasil, Brasil! … Primer país de mi travesía migratoria. Realmente no lo tomé como algo definitivo, como lo dije anteriormente: Me iba solo por seis meses, trabajaba, reunía un poco de dinero y regresaba; así que mi salida de Venezuela, hasta ese momento, no era un adiós, sino más bien un “hasta luego”.

La ruta para llegar a Bolivia sería atravesar Brasil. Siempre quise ir a Brasil, sobre todo a Río de Janeiro, pero en esta ocasión no iba para divertirme, era solo un destino transitorio.

Cruzar la frontera entre Venezuela y Brasil fue bastante sencillo: entras al módulo de migraciones, muestras tu pasaporte y listo, 90 días. En ese momento estaba bastante ansiosa, llena de nervios, adrenalina, tristeza y a la vez felicidad. Tenía un millón de emociones. Lo bueno es que no estaba sola, viajaba con otras personas que irían conmigo a lo mismo, a trabajar.

El viaje por tierra en Brasil comenzó bastante bien, íbamos cantando y bromeando, las cosas típicas de viajes por tierra. De todo quieres hablar y comentar, supongo que es para no hacer el trayecto aburrido y pesado.

Brasil está lleno de paisajes hermosos, gente muy alegre y también tiene un toque de locura.

Las cosas comenzaron a pintar un poco extrañas cuando se nos hace de noche en la vía y aún no habíamos parado a hidratarnos o incluso a estirar las piernas. Llevábamos muchas horas de carretera, era obvio que necesitábamos hacer una pausa, pero no sucedió. Llegamos a parar en un pueblo, buscábamos un banco para retirar dinero, ya que “nuestro jefe” no llevaba dinero en efectivo; raro. Es raro porque estabas en Venezuela, haces un viaje con los que van a ser tus empleados, a los cuales les prometiste todos los gastos pagos: alojamiento, comidas, incluso en el camino hacia Bolivia y ¿no cargas nada de efectivo? Bueno, Venezuela no es el país más seguro del mundo, quizás tuviste un poco de miedo y no quisiste arriesgar. Vamos a tomarlo así. Pero ya para ese momento comenzaron mis dudas.

“El jefe” no es la persona mejor vestida del mundo, no es arreglado. Tiene una cosa que lo caracteriza: carisma. Es un tipo bastante alegre, sonriente, bromista. Parece caerle bien a todo el mundo y llevarse bien con todo el mundo. Es un hombre de negocios, tiene agencias de viajes, restaurantes y ahora un bar.

El cajero no le dio dinero. Nuestras caras para ese momento eran un poema. Estábamos cansados, sedientos y hambrientos. Queríamos descansar, necesitábamos descansar. No sólo por nosotros sino también por el jefe, es quién viene manejando varios kilómetros de carretera sin descanso.

Decidimos parar en una bomba de gasolina. había un lugar donde estacionar y allí pasamos el resto de la noche. El jefe venía preparado con una hamaca, la sacó de la maleta, la colgó entre una viga y la camioneta y dijo: “Voy a dormir, ustedes pónganse cómodos, entenderán que necesito dormir un poco para seguir manejando”. Era obvio que no me iba a poner con dramas ni nada, era la persona que conducía, necesitaba descansar. Me acomodé como pude en los asientos de la camioneta y dormí. Así pasó la noche uno.

A la mañana siguiente, nuestras caras de cansancio no eran normales, no pegamos un ojo en toda la noche, los insectos, mosquitos y los ruidos de los camiones no nos dejaron dormir. Creo que también influyó mucho el hecho de que no podíamos creer lo que estábamos pasando.

El jefe no estaba de buen ánimo, no tenía dinero y necesitaba resolver esa situación lo antes posible. Uno de los que viaja con nosotros comentó que tenía algo de dinero, que podíamos ir a una casa de cambio y ahí resolver un poco. Yo también llevaba dinero pero en ese momento no dije nada (menos mal, más adelante sabrán el motivo) me quedé callada y dejé que fueran ellos los que decidan qué hacer.

Mi mente era un volcán en erupción, pensaba muchas cosas, pero jamás pensé que llegaría a estar en la situación que vivimos después.

El viaje continuó así; pocas paradas y si nos agarraba la noche, parábamos en alguna estación de gasolina para dormir.

Llegamos a Manaos, hay dos opciones para seguir con el viaje:

1) Seguir por carretera

2)Tomar un ferry que atraviesa el Rio Amazonas y llegar hasta Porto Velho.

Seguir por carretera era la opción, pero para nuestra mala fortuna la carretera estaba cerrada. El ferry era la única opción.

Cruzar por el río Amazonas fue una experiencia única, no puedo negarlo. Creo que es de las cosas que se hacen una sola vez en la vida. En el ferry te dan comida, desayuno, almuerzo y cena. Fue un viaje de 5 días en medio de la nada. Sólo se veía agua, cocodrilos y “garimpeiros”. Pero, ¿dónde dormimos esos 5 días? Pues, las personas que conocen de este viaje se vienen preparadas con una hamaca, la cuelgan en el ferry y pueden dormir. Obvio, el jefe estaba preparado, nosotros no. A nosotros nos tocó dormir en el suelo: literal. Apenas se ponía el sol, sacábamos nuestro suéter, lo estirábamos en el suelo y nos poníamos a dormir.

Deben pensar que pasé roncha porque quise, pude haber sacado mis cosas de la maleta y ponerme un poco más cómoda; eso no es así. Mi maleta estaba atada y cubierta por una lona encima del techo de la camioneta, desde un principio se nos dijo: “De acá arriba ya no sale más nada hasta Bolivia”. Era muy poco probable deshacer todo en cada parada para sacar algo de las maletas.

Al llegar a Porto Velho me percato de que algo no está bien, dejan bajar la camioneta del ferry pero a nosotros no. ¿Qué pasa? ¿Qué dicen? Yo no entiendo, no hablo portugués.

¿Recuerdan que no teníamos dinero? Pues, el jefe había hecho un trato, había acordado que él iba a buscar dinero y que si no volvía para el día siguiente se podían quedar con nosotros como pago. Si, así como lo leen.

En ese momento era para agarrar todas las cosas e irse de regreso a Venezuela, eso no iba a traer nada positivo. Estaba en shock, yo no podía creer que eso estuviese pasando ¿Y si no volvía? ¿Y si realmente todo estaba planeando para que nosotros fuéramos explotados? ¿Vendidos como trata de personas? Todo se pasaba por mi cabeza. ¿Cómo había llegado yo a estar en esa situación? Esa noche no dormí. Nadie lo hizo. Estábamos consternados. Nos veían como un pedazo de carne, como unos objetos, no podíamos bajar del ferry, no teníamos comida. Todo estaba muy mal.

Las propuestas indecentes nunca faltaron, ser mujer en una situación así nunca es fácil. Sexo a cambio de comida, era fácil, se dice con mucha naturalidad. En Brasil es un tema que no es tabú. Un tema libre, un tema que se toca mucho, tanto, que si no entendías el portugués, te mostraban un condón como señal. ¡Vamos!, un condón todos saben para qué se usa.

En este punto digo: “Yo tengo dinero, vamos, cambiamos y compramos comida”.

—Yo tengo unas perlas, podemos venderlas y comemos, creo que es lo mejor.— dijo el más viejo del grupo. Un hombre lleno de años y sabiduría, el hombre de confianza, mi madre lo conocía en persona. Era a quién mi madre le dijo; “Cuida muy bien a mi negra y me la traes de regreso”. Sus perlas fueron la opción, quizás él se sentía un poco responsable por esa situación y trató de hacer lo mejor que pudo.

La noche pasó….se hizo mediodía… estaba empezando a caer la noche y aparece a lo lejos la bendita camioneta. Era el jefe, había vuelto. Me sentía a salvo, feliz de volverle a ver, aunque sabía que había sido él quién nos puso en esa situación. ¡Que alivio!

El jefe llegó bastante bromista, bañado, descansado e incluso llevaba puestas unas prendas de oro que no se las había visto antes. Nos llevó a comer, para “aliviar” el mal rato. Nos hizo pensar que las cosas realmente se le habían ido de las manos, pero que no volvería a pasar, que él era un hombre responsable y de palabra. Para ese momento ya nosotros no eramos sus empleados, para él, ya éramos sus amigos.

Ese carisma, ese maldito carisma.

“Les espera lo mejor”, decía el jefe. Ya van a estar mejor, repetía de manera bromista.

El resto del camino de Brasil se me hizo rápido. Íbamos bromeando, cantando e incluso repitiendo frases que habíamos aprendiendo a decir en portugués. Todo había sido un simple mal momento, no dejemos que las cosas malas empañen lo bueno que está por venir.

Brasil, Brasil, Brasil, después de ti, pensé que venía lo mejor, pero no fue tu culpa, la culpa fue mía por seguir creyendo y teniendo fe.

Bolivia ….. ¡Ahí vamos!

Esta historia está apenas por comenzar.

Saludos, AC.


AC

*Venezolana radicada en Austria