Letra Libre

¡Ché! ¿Me estás cargando? (V)

Foto: Abraham Tovar | Arte: 4Dromedarios

Foto: Abraham Tovar | Arte: 4Dromedarios

AC | Salzburgo (Austria)

¡Argentina, tu eres mi gran amor No es la primera vez que piso tus tierras.


Volvamos varios años atrás, 2013, fue el año en el que pisé por primera vez tierras Argentinas, iba de vacaciones, fui a conocer, de paseo. Pero desde el primer día que llegué, me enamoré. Me enamoré de la gente, de la comida, de sus enormes calles. Para el 2013 se veía todo muy bello. ¡Claro! con ojos de turista, todo es muy bello. De regreso a Venezuela en ese entonces, me dije a mi misma que Argentina sería el país a donde me iría a vivir en un futuro.


Lea la primera, segunda, tercera y cuarta parte de esta historia:


Ahí estaba yo, en eso que decía yo; era el “futuro”, con una maleta destrozada, unos pocos dólares en el bolsillo y unas ganas de superación más grandes que el Obelisco.


Llegamos a la Ciudad de Buenos Aires un domingo en la noche, no se me olvida; es imposible olvidarlo. Llovía y nosotras estábamos agotadas, fue un viaje agotador por tierra, fue una experiencia horrible en la frontera, necesitábamos un respiro. Tengo familia, amigos y conocidos en la ciudad, esperaba que alguno me diera la mano solo para comenzar. Íbamos mentalizadas de que las cosas malas y las malas experiencias se iban a quedar en Bolivia. Buenos Aires es otra cosa, tiene otra vibra, es una ciudad grande, seguramente nos va a ir bien.


Conseguimos un hotel en Microcentro, ya lo habíamos visto antes de salir, era algo que ya estaba hablado. Quedarnos ahí por lo menos 15 días. Pagamos 5 días por adelantado. Yo estaba confiada de que una persona que me debía dinero me iba a pagar y con eso podíamos aguantar un poco más. Después de pagar el hotel nos quedamos con muy poco presupuesto. Nos alcanzaba para el día siguiente y ya.


Estoy consciente de que nuestra situación para ese entonces era completamente desfavorable. Todo pintaba para mal, pero para sorpresa de nosotras, nos ayudaron a conseguir un trabajo. El martes, es decir, dos días después de nuestra llegada a la ciudad, comenzamos a trabajar. Era un trabajo como ayudante de cocina en un restaurante de comida por kilo que hay en la ciudad. El sueldo que se me ofrecía para ese entonces era de 4.500 pesos argentinos al mes. De lunes a sábado, de 6:00 am hasta las 4:00 pm. Se veía duro, pero nosotras queríamos trabajar y lo necesitábamos.


Cabe destacar que para ese momento, estando recién llegada a la ciudad, no teníamos para hacer el trámite de solicitud de residencia, es un requisito indispensable para poder trabajar. Los primeros días no lo pedían con tanto afán porque eran los días de prueba. Yo pasé los días de prueba. En esa cocina se hacía de todo, había que preparar muchas cosas y de manera muy rápida. También había que dejar todo limpio y con algunas cosas adelantadas para el día siguiente.


Nunca le he tenido miedo al trabajo, siempre he sido una persona que, si no se hacer algo, lo aprendo y luego lo hago como una profesional. Aprendí a hacer empanadas, papas rellenas, comida china de todo tipo, pelar todo tipo de verduras y frutas. Aprendí muchísimo y me desgasté como nadie. Diariamente había que pelar varios sacos de papas, varios sacos de zanahorias y varios sacos más de Calabazas. ¿Tienen idea de lo difícil que es pelar una calabaza? Me quedaban las manos anaranjadas y adoloridas. Después de los primeros 15 días las cosas comenzaron a ponerse difíciles.


En Argentina se paga sueldo de manera mensual, es decir, una sola vez al mes. Yo ganaba muy poco, el hotel donde me estaba quedando me costaba 1.000 pesos más de lo que ganaba trabajando, no podía dar todo mi dinero del sueldo en el hotel, tenía que comprar comida y además pagar transporte. Además, me pedían un comprobante de que estaba haciendo mi trámite de residencia. Pedí ayuda a varios amigos, ninguno podía nunca.

Estaban muy ocupados o simplemente jamás contestaban a mis mensajes.


Para la residencia hicimos un trámite que no sabíamos que existía, uno en el que  debes hacer una declaración jurada, junto a dos testigos, y afirmar que no tienes dinero para cancelar la tasa migratoria. Eso hicimos, declararnos en bancarrota. Mentira no era, no teníamos nada de dinero y comíamos una vez al día. Por lo general yo me llevaba mi comida del trabajo a la casa y de ahí comíamos las dos. Por cierto, tengo que decir que mi amiga no pasó el período de prueba, obvio, estabas de prueba. Esos días trabajados se los pagaron muy muy bajos.


Recuerdo que para conseguir a los testigos nos paramos en la plaza de Once y dijimos: “Bueno, a la persona que veas con cara así, medio agradable, le preguntamos”. Vean el nivel, estaban dos personas en una plaza parando gente al azar para que fingieran que nos conocieran y nos firmaran una declaración jurada. Completamente descabellado, pero en situaciones como la que nosotras vivimos no pensábamos en nada más. A veces las situaciones te llevan a hacer cosas que jamás pensarías hacer. Hubo personas que nos dijeron que sí, y cuando íbamos a hacer esa locura llegó mi prima y una amiga para hacer ese papeleo. Personas que de verdad nos conocían.


Hicimos todo nuestro trámite, entregamos todos nuestros documentos en migraciones Argentinas y ya solo quedaba esperar: tres meses era el tiempo máximo de entrega de DNI (Documento Nacional de Identidad). Muchas personas nos decían que se tardaba mucho menos. Ya estamos más tranquilas. Precaria en mano, nada puede empeorar.


Pero no. Cuando crees que el universo conspira a tu favor, es la realidad la que te abre los ojos. Nos quedamos sin alojamiento en el Hotel. Era algo de esperarse, debíamos dinero, nadie fía, nadie regala nada. Nos dieron tres días para desalojar. ¿Para dónde nos vamos? Buscamos alojamiento como locas, una habitación, algo. Claro, nuestro presupuesto era bajo, en todos lados pedían meses de adelanto, pagar depósito, era algo que no podíamos hacer en ese momento.


Con todo ese problema del alojamiento, yo seguía trabajando como ayudante de cocina. Comía una sola vez al día, hacía mucho peso en el trabajo. Es que claro, esos costales de verduras, no se cargan solos de un lado a otro. Tenía la espalda adolorida. Cuando llegaba a casa en la tarde, me acostaba en la cama y ya después no me podía levantar más. La espalda me dolía como nunca. Hasta ese momento, era esa la única opción.

Sin tener donde vivir, salimos del hotel. Teníamos nuestras maletas (yo, lo que quedaba de la mía) y aún no sabíamos a dónde íbamos a ir. Una amiga nos ofreció un espacio para guardar nuestras maletas, así se nos haría más fácil el hecho de tener que movernos. Mi prima nos dio alojamiento por unos días.


El tiempo pasaba y se nos hacía muy extraño el hecho de que no estaban listos nuestros DNI. Íbamos de una casa a otra, no estábamos para nada estables. Para terminar de caer al suelo después de tantos golpes, nos llaman de Migraciones Argentinas. Se nos indica que debemos acudir al consulado de nuestro país, ya que no pudieron verificar nuestros antecendentes penales. Me pareció demasiado extraño, nuestros documentos estaban en orden, no hicimos uso de gestores ni pagamos algo por ellos. Fueron nuestras madres quienes sacaron de su tiempo para ese trámite.


El bello consulado de Venezuela en la ciudad de Buenos Aires, abarrotado de gente,eran colas interminables, todos teniendo el mismo problema. Es que odio todo lo que tenga que ver con trámites que impliquen algún consulado Venezolano en el extranjero. Nuestros consulados están en el extranjero de gratis porque la verdad no ayudan en nada. El punto es que, según el consulado Venezolano, nuestros antecedentes penales eran falsos.


La solución para eso era viajar a Venezuela y volver a hacer ese trámite. ¿Es en serio? ¿Me estás jodiendo? Señores, no tengo ni donde vivir, ¿y me dicen que la solución a mi problema es hacer el trámite de manera personal en Venezuela? ¡Que frustración!


Necesitábamos nuestro DNI, sin eso era casi imposible conseguir un trabajo serio. Un trabajo para ganar bien. No había otra, teníamos que volver a empezar.


De vuelta en migraciones Argentinas. Los operadores ya estaban al tanto de la situación de Venezuela, ellos pensaban que solo lo hacían para generar trabas y demoras en los trámites de los venezolanos. Por ende, nos otorgaron una extensión de 3 meses más en la precaria. Y nosotras a lo nuestro, volver a hacer la solicitud de los antecedentes penales en Venezuela por medio de nuestras madres.


Continuamos en la lucha del alojamiento, ya que solo nos quedaba esperar por los papeles desde Venezuela. Encontramos un lugar para vivir, un paisano era el responsable del lugar, estaba acorde a nuestro presupuesto. No nos pedían mucho para entrar, así que aceptamos y nos mudamos.


Las cosas se “estabilizaron” por un rato, seguíamos trabajando y buscando otros trabajos al mismo tiempo. Nos daba para ahorrar un poco, así que nos ilusionamos. Siempre buscábamos las mejores maneras de ahorrar, comíamos siempre lo más económico. Nos limitabamos a muchas cosas, pero sabíamos que era por un futuro mejor  para estar mejor y por fin poder lograr la estabilidad.


Todo pintaba bastante bien, no puedo mentir. Habíamos logrado reunir algo, estábamos tranquilas. Pero mi madre tiene un refrán: “de las aguas mansas, temeré”. Y es así, tanta tranquilidad, daba miedo. Y literalmente de esas aguas tranquilas salió la peor de las bestias a ponernos en peligro.


Mi amiga venía notando que algo no estaba bien; me preguntaba si yo había cambiado cosas de lugares dentro de la habitación, ella estaba segura de que alguien había entrado. Yo le decía que quizás eran ideas de ella, era imposible que alguien entrara, pues había una cámara de seguridad que daba justo a la entrada de la habitación y el encargado se daría cuenta si algo pasara.


El encargado era una persona bastante agradable, parecía ser una persona que había pasado también por par de situaciones difíciles y como Venezolano solo quería darle una mano a su gente. Era una persona de sentarse a hablar contigo, de tocar la puerta de tu habitación para saber si estabas bien, de invitarte a tomar una cerveza un viernes por la noche. Un tipo agradable, genera confianza, era carismático.



No me canso de negar con la cabeza al escribir esto, al hablar de éste hombre. Era, literalmente un lobo disfrazado de cordero.


En efecto… nos faltaban cosas en la habitación, entre esas cosas, nuestro dinero reunido. Ya no estaba nuestro esfuerzo y sudor: se había desaparecido. Decido confrontarlo, pedirle una explicación, le exijo ver las cámaras de seguridad. ¿Quién había estado en mi habitación? Las cámaras eran solo una ilusión, realmente no grababan, no funcionaban. No obstante con que nos roba, nos desaloja. Él estaba indignado de que alguién, bajo su propio techo, lo acusara de ladrón. ¿Me estás jodiendo? Volvemos a estar en la calle, sin un peso en el bolsillo. Parece una historia de nunca acabar, una pesadilla de la cual no te puedes despertar. ¿Qué hicimos para merecer ésto?


Ya estábamos a nada de tirar la toalla, de rendirnos. A veces, por muy fuerte que seas, no te provoca volver a levantarte. Pero mi amiga tiene un motivo, un motivo  muy grande que no la deja tirar la toalla, un motivo que había dejado en Venezuela y que ya no podía esperar más: su hija. Cuando tienes un motivo así por el cual luchar, no te quedas en el piso por mucho tiempo, te levantas despacio mientras tomas aire profundamente.


Buenos Aires cuenta con un servicio de “ayuda a personas en situación de calle”, es un refugio. Hasta allá fuimos a parar, pedimos información, daban camas principalmente a mujeres, pero debías llegar temprano para poder tener una por esa noche, ya que no cuentan con suficiente espacio.


Para los ojos del mundo y de nuestra familia, nosotras estábamos bien, “nos estábamos adaptando, reuniendo dinero para estar mejor”, pero la realidad era otra… otra completamente diferente.


Me quiero ahorrar muchos detalles, muchas cosas de las que prefiero no hablar, porque con el tiempo te das cuenta de que hay heridas que no se han podido curar y que hay recuerdos que preferiblemente quieres borrar de tu mente, porque es que a fin de cuentas no eres tan fuerte. Dormimos en el suelo en pleno invierno, pasamos días sin comer. Realmente fue bastante duro.


Cuando me preparé para ser flair bartender y para competir, muchas personas en el mundo de las barras me decían “date a conocer, eres buena, eso te va a ayudar en tu carrera, compite, no importa si no ganas, pero se verá tu nombre”, así lo hice en Argentina. Me preparé para una competencia que había en el Centro Internacional de Coctelería, quería darme a conocer y demostrarme a mí misma que sí podía. Competí y quedé de sexto lugar dentro de mi categoría. Logré lo que quería, darme a conocer. Me llegaron varias ofertas de trabajo dentro de mi área, varios hoteles importantes. Propuestas que no pude aceptar porque el requisito indispensable para obtener el trabajo era en DNI y yo no lo tenía.


Trabajé en varios bares de la ciudad, ejercí como bartender, era algo que me agradaba mucho. De esos Bares, aún sigo recibiendo mensajes de apoyo y motivación. Es que cuando eres buena en lo que haces, la gente lo reconoce de inmediato.


¿Qué habría sido de nosotras en Argentina si nuestra suerte hubiese sido diferente? ¿De haber tenido lo único que nos hacía falta para terminar de colocar los dos pies sobre las vías, el DNI? ¿Habríamos pasado por lo mismo? No lo creo.


Nueve meses pasamos en Argentina. Tres veces hicimos el proceso de migraciones argentinas y el consulado. Nos mudamos una cantidad incontable de veces. Mi amiga tiene una deuda de más de 30.000 pesos, dicen que las madres hacen cualquier cosas por sus hijos, ella es una prueba de ello. Tiene a su hija a su lado y eso no tiene precio.



De Buenos Aires me guardo muchas cosas, me ahorro muchos detalles, es que 2.200 palabras se me están quedando cortas. Pero no escribo para dar lástima, no escribo para aburrir a las personas que me leen, escribo para desahogarme y escribo para sacar de adentro todo eso malo que viví.


Repito, Argentina te amo. Te amo desde el fondo de mi corazón porque me enseñaste a no darme por vencida, me enseñaste a no ser tan confiada, me enseñaste a llorar, a llorar con sentimiento, a valorar cada bocado de comida. Me enseñaste demasiado y por eso te doy las gracias.


Hoy, a dos años de haber dejado tus tierras, te recuerdo muy bonito. Porque aunque mi situación no fue la mejor, conocí gente muy agradable, gente muy buena. Espero volverte a ver, dicen que a la tercera va la vencida.


¿Dónde estoy hoy? ¡Lejos! En tierras nuevas y aprendiendo nuevas cosas. ¿Cómo estoy? Mejor, mucho mejor.


De esto, también hablaré, hasta la próxima.


Saludos, AC.

Crónicas del Olvido: los trabajos del tiempo

Foto: Abraham Tovar | @ abraham95o

Foto: Abraham Tovar | @abraham95o

Alberto Hernández* | Guárico (Venezuela)


“Mi único tema es lo que ya no está.

Sólo hablar de lo perdido”

**José Emilio Pacheco**


1.-

Labor del tiempo es desgastar. O descubrir lo construido para destruirlo. Labor del tiempo es borrar, perder. O recuperar para volver a destruir. El tiempo es uno de los temas más recurridos de la poesía, del ser humano sensible y consciente de su futura desaparición. Todos estamos atentos a los designios del tiempo, de la finitud, de la hora que llegará. Del silencio que arropará lo que no queda. O lo que quedará una vez que el tiempo tome nuestro lugar.

El tiempo no deja de pasar y cuando lo hace, ya no estamos. Discurre en el otro, en el que está y sabe de él.

Son muchos los asuntos que atiende el tiempo, de allí el título del poemario de Néstor Rojas, “Los trabajos del tiempo”, Premio Bienal de Literatura “Miguel Ramón Utrera”, Maracay, 1996, editado por la Secretaría de Cultura de Aragua.

El jurado estuvo conformado por Elizabeth Schön, Igor Barreto y Enrique Mujica, quienes destacaron “la búsqueda existencial del tiempo, la estructura formal y la unidad que mantiene la homogeneidad del cuerpo poético”.

Ese año 96 el jurado mencionó libros de José Tomás Angola, Bettsimar Díaz y Harry Almela.

2.-

Néstor Rojas abre la puerta con una pregunta:

“¿Quién escapa a los hambrientos/ dientes de las edades?// La muerte no habita en nuestros muros, / sino en nosotros”.

El tiempo es la vida para la muerte. Es el pasar de la existencia para terminar en el silencio, en la nada, en la ausencia. En el tiempo del no ser.  Por eso la interrogante: quien pregunta sobre el tiempo queda suspendido en él. La poesía recurre a su llamado para reflejarlo desde la incertidumbre. No hay certeza en la poesía. Todo es voluble, toda vez que el tiempo es el molde que la hace y la deshace. La poesía no es tiempo. Es su pasar.

Y si el tiempo es inasible, calculado en la esfera de un reloj o en la agonía de un ser vivo, la muerte es su herramienta para entender que el primero es el espacio donde se mueve la inexistencia. El vacío es una definición: una recurrencia “por donde entraban/ y salían los muertos”.

Y más: “Por encima de nosotros/ crecen hierbas/ pero ninguna hierba/ nacerá de nosotros”.

El pesimismo desde la misma tumba. Tensión temática que advertimos en José Emilio Pacheco. Persistencia en la poesía de todos los tiempos. El tiempo está en la muerte. La muerte en el tiempo. No hay salida. Sólo vivir para que la poesía se extienda, y ser el Cesare Pavese en cada vocablo recreado.

“Sabemos que más adelante/ nos espera la muerte/ Pero esa bendición no es nada espantosa”

No habrá temor si ella es la seguridad de que estamos a salvo del tiempo.

Y si el tiempo pasa, como pasan las palabras, como se conjugan los verbos en todas las dimensiones, la poesía destaca su duración, su larga respiración mientras como un animal carnívoro el tiempo recurre a su poder:

“Sólo cuando uno va/ muriendo de vejez/ se percata/ de la existencia del tiempo. / De cómo pasa/ silencioso/ devorándonos”.

3.-

Una muestra de esta manera de sentir la existencia, la advertimos en “Reflexión sobre el otoño”:

“He visto estos días

a los árboles

despojarse de sus hojas.

Para ellos

vendrá una primavera

que es como decir

otra vida.

Florecerán

y echarán frutos

para sobrevivirse.

Pero nosotros,

Los recién llegados,

cuando morimos

nos deshojamos

para siempre”.



Pero no se vive en vano, porque “apegado a los principios/y razones de mi inútil rebeldía, / pienso que sólo la vida/ tiene existencia verdadera. / Ni el más grande de los ejércitos/ podrá derrotarla”.

4.-

Una selección de versos nos dará más respuestas acerca del tema que Néstor Rojas esgrime para hacer de su labor verbal la sintaxis de su paso por el mundo:

“No hay receta para vivir/ Menos para sobrevivir” (Modus vivendi)

“Anhelo encontrar las palabras/ que me son necesarias/ para no morir del todo” (Aspiración de un pesimista)

“¿Qué nos depara/ la inexorable fugacidad del tiempo?” (Queja contra el tiempo)

“Nuestro futuro/ pertenece al caos” (Nada retarda el adiós)

“La vida es un paseo largo/ y difícil que se da cada día/ hacia la oscuridad” (El rumbo incierto)

“Desde la orilla negra de la muerte/ respira el polvo del insomnio” (De paso)

“Pues el que dice adiós/ no vuelve” (Filo de relámpago)

“Vano anochecer. / La casa se adormece/ sin mí” (Reposo)

5.-

Y sobre la poesía, sobre el plano visible de los sonidos interiores, los más hondos, el poeta Rojas escribe algunos instantes en los que una intención de poética abreva en su mirada:

“Cada poema será sol que suena. / Pájaro de luna/ será la poesía del hijo de los dioses” (Como albas, sombreados)

“¿Quién dirá/ los versos/ que escribió/ para nadie?” (Ebrio de nubes)

“Sus ojos/ encumbrados/ ven/ los abismos del verso.” (Los abismos del verso)

6.-

Dos poemas para cerrar; el primero, visionario:



EL DESTIERRO

El que soñó tu casa

entra

cada vez que quiere

sin necesidad de llaves.

Hoy ha ordenado la diáspora.

Sufriremos los rigores

de su implacable ley.

Nos nos apresuremos.


Lo que se avecina

ya llega.



LIMITACIONES

Para todo hay término.

Acaban los sueños

y las formas celestes

y terrestres.

Todas las cosas del mundo

acaban

transformadas.

Para que la vida

continúe”.


“Los trabajos del tiempo” continúan su labor. El tiempo, la insignia que nos avisa de todo, de la consumación de nuestro tránsito. El tiempo, esa advertencia permanente, hace su trabajo.


Alberto Hernández*

Es poeta, narrador y periodista. Es egresado del Pedagógico de Maracay con un postgrado de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Es fundador de la revista literaria Umbra y colabora además en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Su obra literaria es extensa y ha sido merecedora de varios reconocimientos. Ha publicado un importante número de poemarios: La mofa del musgo (1980), Última instancia (1985) mención honorífica en el Concurso Literario de la Secretaría de Cultura del Estado Aragua; Párpado de insolación (1989), mención honorífica en la II Bienal Literaria del Ateneo de Calabozo (1985-1987); Ojos de afuera (1989) ganadora del 1r Premio del II Concurso Literario Ipasme; Nortes ( 1991), mención de honor Primer Concurso Literario “Madre Perla”; Intentos y el exilio(1996), libro ganador del Premio II Bienal Nueva Esparta; Bestias de superficie (1998) premio de Poesía del Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992 y traducido al idioma árabe por Abdul Zagbour en 2005; Poética del desatino (2001); En boca ajena. Antología poética 1980-2001 (México, 2001);Tierra de la que soy. Latin American Writers Institute, Universidad de Nueva York (2002). Nortes/ Norths (Universidad de Nueva York, 2002); El poema de la ciudad (2003) con ediciones en Vnezuela y en México. Ha escrito también cuentos como Fragmentos de la misma memoria (1994); Cortoletraje (1999) y Virginidades y otros desafíos. Latin American Writers Institute (Universidad de Nueva York, 2000); cuenta también con libros de ensayo literario y crónicas. Publica un blog llamado Puertas de Gallina.





La palabra y sus dones. La enfermedad

Foto: AC

Foto: AC

Mario Morenza* | Caracas (Venezuela)

La naturaleza ha sido ingrata. Ha localizado hegemónicamente el don de la palabra en los seres humanos, haciéndonos sus usuarios exclusivos. Quizá eso sea lo que nos haga humanos y nos haga seres y nos distancie de nuestros vecinos terrestres o acuáticos o aéreos. Somos, pues, el único animal al que se le encargó ponerle nombre a todos los fenómenos del mundo. En la novela La enfermedad (2006) de Alberto Barrera Tyszka una frase resume una frontera aún más lapidaria entre los vivos del planeta: «La única diferencia entre el hombre y las demás especies es que el hombre es el único animal que sabe que va a morir» (p. 125). La palabra, lo que nos nombra y lo que nos atrevemos a nombrar.

Nuestras palabras han regulado el silencio de nuestro cuerpo, ese silencio que se disolverá acaso para siempre una vez dejemos de ser, una vez que ya no haya ni palabras ni vida ni aliento en nosotros. Las palabras le han conferido un volumen etéreo a lo que pensamos o lo que —por alguna razón, razones privadas o secretas, ¡qué importa!— por inquebrantable tiempo hemos hecho el enorme esfuerzo por ocultar o al menos mantenerlo lejos de oídos ajenos cuando el ocultamiento se nos hace ya imposible de decimos, confesamos, traicionamos el secreto que atesorábamos pues hemos confiado ciegamente en alguien o ya, intuimos, es hora de revelarlo. Le han adherido una capa de sonido al dolor: ay es una palabra que es común en todos los idiomas de la Tierra. Decimos ay cuando nos hieren y cuando caemos en cuenta que hemos hablado de más y ya es muy tarde para recoger nuestras palabras. Ya estas andan por su cuenta y no podemos hacer más nada. El aire y otras voces corromperán sin escrúpulos lo que hemos dicho o confiado ciegamente.

Las palabras han tramado la Historia de la humanidad y por ella nos han conducido y enredado. Así como «El llanto es escasamente literario» (Barrera Tyszka, 2006: 46) podríamos decir que «el dolor es el más terrible de los lenguajes de nuestro cuerpo. Una gramática de gritos. Un ay convertido en sonido único» (p. 24).

El mundo y nuestro cuerpo están en constante diálogo. Cuando nos quedan pocas palabras para expulsar al aire, cuando nos queda poca vida, cuando nos quedan escasas conversaciones con una persona vinculada a nosotros por la sangre o por el afecto, es que en verdad comprendemos el peso y espesor de las palabras.

La novela La enfermedad, más allá de ser una alegoría a esa etapa final de la vida de los únicos seres capaces de saber que van a morir, es una exposición descarnada de la biografía que pueden tener las palabras. La palabra como átomo del alma de un hombre, los universos que puede convocar, evocar y secuestrar con tan solo decir. Ellas son las que explican las verdades del mundo, y en ellas se fundan todos los credos. «La oportunidad de un nombre» es lo que realmente tenemos.

Podríamos agregar también que las palabras son la sangre de la realidad. Al existir silencio, y solo silencio, caeríamos en un abismo, en un espacio vacío sin formas ni explicaciones. Leemos en la novela: «La palabra muerte es un hechizo impredecible» (p. 38). Javier Miranda en sus últimos minutos lo intuye, por eso, en el tono de una súplica, de un último deseo, se lo exige a su hijo: «Háblame, no dejes que me muera en silencio» (p. 168).

Los silencios de nuestra vida secretamente han sido los ensayos de muerte que nos han acompañado. Hay lugares en la Tierra, explica Bolaño en alguna entrevista o ensayo, donde el silencio se lo traga todo. Los habitantes de esos lugares entran en ese vértigo ausente de sonido y, de pronto, sin control, empiezan a gritar. Aniquilan el silencio con una energía similar a la que usaría una persona que no desea hablar, que ya está empezando a conocer el peso de las palabras, a una persona como Andrés Miranda que ha repetido por un par de décadas las mismas sentencias sinceras, esas noticias que le informan a sus pacientes que ya deben prepararse para morir, que les queda poco tiempo, escasas palabras, nada de aliento. Y esas palabras vendrán al mundo, a hacerse sonido y aire con una carga, cada una dirá más de lo que antes se suponía que decía. El cuerpo sabe que debe deshacerse de ellas y sus contenidos pronto, muy pronto, cuanto antes mejor. Que no se queden almacenadas en el cuerpo. Esas palabras son capaces de raspar el aire, vienen escamadas, con músculos, músculos y espinas, con dolor y furia.

Esto último me lleva a pensar en el ensayo de Terry Eagleton «¿Qué es la literatura?» (1998). Lo cito: «La literatura transforma e intensifica el lenguaje ordinario, se aleja sistemáticamente de la forma en que se habla en la vida diaria» (p. 5). Pienso que si sostenemos con pinzas las palabras de Javier Miranda, que no son las palabras de cualquier hombre sino las de un hombre que sabe que va a morir, que su calendario de vida tiene fecha de vencimiento y que quiere obviar la dieta de la nutricionista para comer fritangas; si pensamos detenidamente en sus palabras, notamos que se acercan a ese lenguaje cotidiano, esas palabras que podemos escucharle a alguien en una cola, solo que las de él se hacen literarias: de un momento a otro cualquier palabra que uno diga al saberse conjurado por una enfermedad vienen llenas de literatura, aunque no nos lo propongamos.

Karina, la secretaria, se sorprende de alguna que otra frase escrita por Ernesto Durán. Tal vez no hablemos de contextos literarios o reales, tal vez hablemos de temas, de ambientes propicios para que se den relámpagos literarios en la vida cotidiana con la firma de personas con oficios comunes, o alejados de los que se conoce como oficios literarios. Hace algunos años supe de una ingeniero que citó, sin saberlo, a Javier Marías. Se trataba de una frase casi proverbial de Corazón tan blanco (1994): «Quisiera tener párpados en los oídos», así lo dijo antes de bajarse en una estación del Metro previa a la que debía descender yo.

Eagleton, en su ensayo, comenta que «[l]os formalistas, por consiguiente, vieron el lenguaje literario como un conjunto de desviaciones de una norma, como una especie de violencia lingüística: la literatura es una clase “especial” de lenguaje que contrasta con el lenguaje “ordinario”» (p. 7) que generalmente empleamos.

La novela de Barrera Tyszka nos hace entender que las palabras ya son literarias. Ya son literatura sin la necesidad de que sus personajes se propongan nada. Cada vez que hablamos, tramamos un texto literario, y estos hilos se sostienen, se solidifican y se saturan, cuando se respira ese clima áspero de la muerte que se aproxima. El lenguaje se contagia de esa atmósfera. En esos momentos frases como «¡Mírame, carajo!» o hasta un «Ya no quiero seguir, no quiero más» tienen otra resonancia a lo que quizá seamos capaces de escuchar en las vías públicas o en la intimidad incluso. La literatura puede surgir de cualquier voz con la misma efectividad con que Eugene Ionesco admite a través de sus personajes de una obra teatral a la que asistí hace poco, La joven casadera. La frase a la que me refiero dice que «la verdad puede surgir de cualquier cerebro». Pueden ser las mismas palabras. Todo depende de los momentos, de las situaciones que calibran el estado de los seres humanos. Las palabras están allí, esperándonos. A veces las palabras nos hacen daño, no podemos evitar escucharlas cuando se lanzan al aire y se vienen hacia nuestros oídos, hacia nuestra piel, para lacerarla (a quienes les produce ataques nerviosos, alergia). En el ranking de velocidad de la naturaleza, la luz y las palabras son inalcanzables. Las palabras están allí, al acecho, esperándonos para que las pronunciemos y aliviemos o laceremos al otro, esperándonos para que las escuchemos, nos calmemos o nos conviertan en una bestia furiosa. Sea cual sea la reacción que tomemos, están allí las palabras para hacernos cada vez más humanos.

El camino hacia la incertidumbre – En torno a The Leftovers

Foto: HBO

Foto: HBO

Lautaro Vincon* | Buenos Aires (Argentina)

Dos datos principales: por un lado, la serie, basada en el libro de Tom Perrotta, pertenece a Damon Lindelof (aquel que nos trajo la tan amada y criticada “Lost”); por otro, damos por hecho que la verosimilitud del mundo de The Leftovers se ve envuelta desde el minuto cero en una situación imposible, o sin explicación aparente: el 2% de la población mundial desaparece/se esfuma. Sí. Desaparecen. Y nadie sabe ni cómo, ni por qué, ni adónde fueron.

The Leftovers, que sería algo así como “las sobras” o “los que quedaron”, narra la historia de ellos, valga la redundancia, de los que quedaron, de ese 98% de la Humanidad que intenta seguir de pie tras la pérdida ocurrida un 14 de octubre.

Es fácil continuar tras la muerte de un ser querido, saber que esa persona que antes estaba ya no está más, que falleció y cerró el ciclo vital al que todos estamos condenados. Esa es la palabra correcta: cierre. Pero si esos seres queridos desaparecen y dejan un vacío (literal y simbólico) allí donde se encontraban pocos segundos antes, ¿cómo nos enfrentamos al shock, a la incertidumbre del no saber qué pasó y dónde están?, ¿cómo seguir viviendo sin saber si el evento pasa de nuevo? Y lo más trágico: ¿ellos volverán? Y si vuelven, ¿nosotros seremos los mismos?

Es un mundo sin respuestas, donde el Absurdo hace aparición (si así se quiere clasificar ciertas subtramas de la serie), los personajes se enfrentan a situaciones usuales y familiares que son llevadas a un extremo debido a la tensión acaecida tras El Suceso o La Ascensión, como si un dios invisible estuviera tirando de un hilo para ver hasta qué punto pueden llegar o cuánto pueden resistir sin quebrarse.

Kevin Garvey (jefe de policía de Mapleton, New York), Nora Durst (ama de casa en búsqueda laboral que perdió a su marido y a sus dos hijos en La Ascensión), Matt Jamison (reverendo de Mapleton), y Laurie Garvey ( esposa de Kevin y psicóloga que se une a Los Culpables Remanentes) guían la historia entre sectas que se prohíben a sí mismos olvidar lo sucedido, enfermos psiquiátricos que dicen escuchar voces, falsos mesías, miedos y soledades, llantos que brotan de repente después de un momento de risas cargadas de tensión. Personajes rotos, personajes que se asemejan a la realidad cotidiana que a veces intentamos ocultar, con los silencios típicos que arrasan con cualquier pareja carente de solidez y acaban por rasgar a las familias.

La piedra angular que sostiene la serie entera, el pilar al que recurre Lindelof, es que los momentos más importantes de la trama no son vistos, sino narrados en boca de los personajes, obligando al espectador a dejarse llevar por su propia imaginación, por lo que solo nos queda creer o reventar (algo que sigue en pie hasta el último momento del capítulo final, con ese «¿Me crees?» de Nora, y ese «Te creo» de Kevin). El punto fuerte está ahí y se hace notar: jugar con la fe y desdoblar los resabios religiosos que van apareciendo, con la consciencia de que todas las personas necesitan algo en qué creer, por más mínimo o delirante que parezca. Eso es lo que obliga (a nosotros y a ellos, los leftovers) a dar saltos de fe… La fe que, al final, termina opacada por el amor. A Kevin le sucede, mientras mira a Nora a los ojos: no creer porque la necesidad grabada en nuestros genes nos lo dicta, sino creer por amor, que es lo único que queda cuando ya no creemos en nada más.


LAUTARO VINCON

(BUENOS AIRES, 1991)

Escritor sin seudónimo, fotógrafo aficionado, músico improvisado. Se pasea entre la ciencia ficción, la fantasía, el thriller psicológico, el terror y la weird fiction. Ha publicado cuentos y poesías en certámenes, y varios proyectos en auto-edición. Estudió en el taller de escritura de Leandro Ávalos Blacha. Más información en: www.facebook.com/vinconlautaro.


Crónicas del otro lado: el chuchero

Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

Javier Cedeño Cáceres* | Caracas (Venezuela)

No quiere dar su nombre y tampoco quiere hablar. Solo está parado a un lado del patinódromo ubicado en el Malecón de Cúcuta (Colombia) esperando a que la clase de patinaje finalice. Los niños dan la vuelta a la pista una y otra vez. Él los mira mientras saca chocolates, turrones y una docena de Frutilupis desde el interior de su morral. “Adivina cuánto hay en esta mercancía, en estas tres cositas hay más de dos sueldos mínimos de Venezuela”. Es venezolano, no lo dice, pero se delata.

A pesar de que no revela nada sobre su origen, en esta ocasión es evidente, pues su “tumbao” al hablar contrasta con el ritmo pausado del colombiano y con el “usted” cortés de ese lado de la frontera. No tiene zapatos. Calza unas zapatillas tipo Crocs y unas medias blancas. “Estas bichas son muy cómodas pa’ caminar, me pongo mis medias y ando de aquí pa’allá”.

El Chuchero vive en Cúcuta desde hace dos meses, pero tiene que cruzar caminando la frontera hasta Venezuela para comprar mercancía en bolívares. No utiliza ningún tipo de transporte a pesar de que debe recorrer dos horas entre ida y vuelta. Lo hace para ahorrar dinero. Sin embargo, las pérdidas son inevitables, pues, al pasar por la frontera debe pagar “aranceles” a los militares venezolanos para que lo dejen entrar al país. Ese día, más temprano, no tenía nada que darle a los oficiales, solo la mercancía.

—¿No tienes nada? Bueno, dame dos chocolates ahí —exigió un guardia nacional venezolano para dejarlo pasar.

“Me descompletaron la mercancía. Yo por lo menos ahí perdí parte de mi ganancia. No me lo estás preguntando, ‘mano’, pero es un rollo pasar la frontera. Los guardias siempre quieren quitarte algo. La vaina está ruda, no es como la gente piensa. Vienen pa acá a trabajar y creen que la vaina es ‘mantequilla’ (fácil). Uno tiene que guapear (esforzarse)”.

Las barras de chocolate las vende en 1.600 pesos, mientras que los turrones y los frutilupis los deja en dos por 1.000 pesos. “Me quitaron dos chocolates, pero ahorita agarro y vendo y recupero algo. Se le gana poco, pero lo importante es salir de la mercancía. Estamos en un país que no sabemos. Vivimos el día a día”.

II

La conversación es fluida, unilateral, un monólogo. No hay preguntas en esa entrevista improvisada, solo desahogo. Todavía no revela su nombre, pero cuenta que también vende jugo de naranja en las calles. Narra que emigró con su esposa desde Puerto Cabello. Ella es farmacéutica y trabaja como masajista en Colombia. Explica cómo es su relación con sus compatriotas venezolanos.

“Hay venezolanos que han venido acá y, lamentándolo mucho, han echado a perder la broma. Mucha gente, por ejemplo, me mira con mala cara por solamente ser venezolano. Nosotros tenemos es ese venezolano de raíz, ¿me entiendes?, ese venezolano que viene de nosotros. De hecho, me he puesto a hablar con mi esposa, he pensado en irme. Hay días en que uno se para y las ventas no son iguales”.

En esos días malos el Chuchero obsequia el jugo de naranja que le sobra. Él prefiere regalarlo en vez de botarlo. “¿Coye, quiere jugo, jefe?”, le dice a la gente en la calle. “Uno el venezolano es humilde, uno está echándole pichón, uno está haciendo el bien”, lo dice para justificar su acción y recalcar que no es ajeno ante las injusticias de su entorno.

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“Aquel día eso me cayó como que... ¡naguará! Coye es un niño vale, ¿cómo te vas a meter con un niño? ¿Cómo lo vas a maltratar así? Entonces le reclamé y el señor me dijo un poco de cosas y ofensas. Tuve que retroceder y quedarme callado porque no estoy en mi país. Estoy trabajando, hermano, igual que todos”. El Chuchero hace una pausa. Suena indignado, impotente. Cambia su tono de voz:  “Por lo menos vacié dos garrafitas de naranja hoy”.

El saco de naranja lo compra en Cúcuta entre 12.000 y 15.000 pesos, según el día. En una jornada con buenas ventas se pueden obtener hasta 25.000 pesos y, además, le quedan frutas para otra ocasión. El dinero que le sobra lo invierte en el pago del alquiler, 250.000 pesos mensuales (con servicios públicos); en comida y en remesas para su mamá en Venezuela. Se divide los gastos con su esposa, quien posee un sueldo mayor que él. El salario mínimo en Colombia actualmente es de 781.242 pesos mensuales.

“Aquí también la plata se vuelve sal y agua. Pero por lo menos aquí uno consigue los artículos que no hay en Venezuela: harina de maíz, arroz, carne, pollo. Con lo que uno medio gana aquí, uno come bien”.

III

En Venezuela probablemente el Chuchero no era chuchero, tenía un nombre. No caminaba tanto y, tal vez, no lo miraban atentamente cuando le escuchaban el acento. Su denominación común, “venezolano”, no salía en la primera plana de Sucesos y tampoco se resaltaba lo malo de su lugar de origen. La palabra “extranjero” no la relacionaba con él mismo sino con los colombianos, peruanos, ecuatorianos, chilenos, dominicanos y  portugueses que fueron en otro tiempo a trabajar a su país.

—Yo te lo voy a decir, lo que pasa es que me da un poco de pena —comenta como si fuera a confesar un pecado—: yo soy dueño de una tienda de ropa en Puerto Cabello. Me tuve que venir acá porque el capital ya no me daba. Cuando vendía la mercancía no podía comprar más prendas porque no me alcanzaba.

Su tienda la sustituyó por unas golosinas, su carro por unas Crocs y su casa por una habitación. Su familia se convirtió en imágenes y voces con las que habla cada tres días. El dinero que podría gastar diariamente en llamadas prefiere enviárselo a su madre y hermanos en Venezuela. El minuto para llamadas internacionales cuesta 200 pesos y 1.000 una llamada de 5 minutos.

“Está fuerte la vaina en Venezuela. Cuando me vine dije: ‘¿Qué puedo perder yo?’ Desde que estoy aquí cambio de pesos a bolivares. Compro en bolívares, vendo aquí y lo mando en pesos a mi familia. Abandonar a mi mamá fue una de las cosas más fuertes. Ella está por allá lejos, uno está por aquí. Por más que sea eso pega”.

El vendedor de chucherías mira la hora en su teléfono y voltea hacia el patinódromo, donde los niños terminan de entrenar. En la noche habrá una pequeña reunión en las gradas del recinto, ahí aprovechará para vender sus productos. Es prudente al momento de abordar a sus clientes y se acerca mostrando las golosinas que sostiene en sus manos. No siente pena de ser lo que es en ese momento, un chuchero, porque sabe que no está haciendo nada malo, pero cuando piensa en lo que era en su tierra natal la melancolía vuelve, pues un plato de comida pesa más que una tienda sin ropa, un carro sin repuestos y una esposa farmacéutica sin medicinas que vender.


*Javier Cedeño Cáceres

Periodista venezolano. Cofundador y director de la revista digital 4Dromedarios. Premio “Periodista Digital” del año 2018, otorgado por el diario El Nacional, medio para el que escribe desde hace más de tres años.