Letra Viva

No te culpes

 Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

Por Neysaraí Paz* | Venezuela

De:           Andrés Andrade Velásquez
                      <AAVelásquez@gmail.com>

Para:           Carlos Andrade
                      <Carlndrade62@gmail.com>

Fecha:   20 de julio de 2014, 16:14

Asunto: Re: Dime si es verdad, hijo


ENTIENDO QUE FUE DIFÍCIL para ti mandarme ese correo. No sé cómo hizo mamá para ubicarte después de tantos años desaparecido, pero me molestan sus intenciones. Los reencuentros no deberían ser para anunciar malas noticias, mucho menos si son así, en plural. Varias.

Lamento mucho que no te hayan contado lo de Carlitos, después de todo era tu tocayo y tu hijo, de ser por mí te lo habría dicho, pero el único contacto que me unía a ti era ese Mazinger Z que me regalaste el año antes de marcharte. Sé que no aguantabas los gritos de mamá. Quizás por eso te perdono, porque te entiendo.

Sin embargo, creo que debería ponerte al día y, aunque me agradaría que nos viéramos de nuevo, prefiero contarte esto por aquí. Me llamarás cobarde, puede ser, es algo que siempre he sido, y empezaremos por ahí.

¿Recuerdas la figura de Mazinger Z? Tuve que guardarla bajo la cama. Carlitos, que ya desde chiquito olía pega, tenía apetito por la destrucción. Minaba mis ganas de exhibirla, y, por qué no, de jugar. Además, sabes cómo era mamá, no tenía nada de paciencia y, en lugar de enseñarnos a no pelear, prefería pegarnos (pegarme) antes de que empezáramos.

La verdad es que Carlitos tendía a codiciar lo ajeno (lo mío) y si no se le complacía, como buen imitador, gritaba hasta conseguir lo que deseaba. Mi carácter es más pusilánime, heredado de ti, supongo. Así que en lugar de luchar decidí amoldarme a ellos. Lo que más apreciaba lo mantenía oculto, y lo demás se lo daba a Carlitos antes de que siquiera pensara en pedirlo. El silencio se hacía en la casa, mientras que yo, antes de culminar la adolescencia, ya era un hombre enjaulado en la rutina.

No te culpo por esto, probablemente si te hubieras quedado las cosas no serían diferentes. Tampoco me quejo, fui un estudiante excelente y me destaqué en la universidad. Lo que lamento es no haber tenido muchos amigos. En mi colegio era el detestado. Los demás me tenían manía porque era callado y responsable. Los profesores no dejaban de utilizarme de ejemplo cuando ellos se comportaban «mal». Les gustaba porque hacía más fácil su trabajo, pero yo nunca pude hacer el mío.

Antes de que sientas pena, con el tiempo uno lo supera, toca resignarse a afirmar que la infancia jamás regresa.

Sobre mi vida actual, despreocúpate, no es tan horrible, aunque seguramente mamá te hizo creer todo lo contrario.

Confieso que no me hice policía. Ese era mi sueño cuando mudaba los dientes. Quería ser un héroe, vencer a los malos y ser un ejemplo para otros. Tú eres adulto, la vida no es como la televisión. La televisión no te muestra que los hombres de uniforme compran la mercancía de tu hermano, al cual debían apresar, pero no, lo acribillaron cuando no quiso seguir pagándoles un porcentaje por «proteger la zona».

No sé qué debes sentir al saber esto, quiero que sepas que realmente lo lamento. Pero aún quedan unos puntos por aclarar.

Soy banquero, sí, esos que no soportas. Nunca te gustaron los bancos. Recuerdo escucharte decir que era un lugar maldito donde guardas tu plata y después no te la quieren dar. Admiraba tu sentido del humor y que no temías hacer el ridículo. Es algo que también heredé, como las ganas de huir del yugo de mamá.

Me independicé lo más pronto posible. Ahora alquilo un apartamento cerca de mi trabajo y veo a mamá solo el 31 y en su cumpleaños.

Pensarás que mi vida es solitaria, pues mi situación en el banco no se diferencia a la del colegio, pero desde que existe Netflix ya nadie está solo y menos yo, que tengo una dama que mantener.

Ella fue el salvavidas de un hombre hundido. Apareció durante la época en que ocultaba mi Mazinger Z. Le gustaban los canales de videos musicales, de esos que ahora escasean. Como nacimos en la buena era, veíamos a Michael Jackson y a Madonna, dos grandes inigualables. Está de más decir que ella quería ser como la Reina del Pop: cubrirse de escarcha y ser aplaudida en el escenario por los fans enloquecidos con su canto.

Como aún era un chamito no pensé que fuese a ser tan duro. Mantener a una diva no es sencillo, no puedes imaginar lo que cuestan el maquillaje y los vestidos, como tampoco lo cansada que es la vida del espectáculo. Más si debes montarte en dos rascacielos y portar zarcillos que parecen platos.  Y sí, todo corre por mi cuenta, es que ella me hace feliz. Desde el momento en que se robó el labial de mamá y me regresó la mirada en el espejo, supe que mi vida estaría dedicada a esa mujer.

Que se jodieran los policías, que se jodiera Carlitos, que se jodiera mamá que nunca debió tener hijos.

Ella traslada a otros mundos con su show. Siéndote sincero, nunca supo cantar, pero dobla las canciones con tal estilo y naturalidad que lo parece. En los carnavales se alza con la corona, sus admiradores cubren su escenario de flores, las mismas que terminan en la peluca que utiliza para homenajear a Karina.

Ella me hace libre.

De ella te informó mamá, cuando la vio en el club y por ende me vio a mí, envestido en el vestido más brillante. Así sus gritos no me afectaron como antaño.

No sé si sigas leyendo estas líneas, por si te interesa la bauticé Afrodita, en honor a Mazinger Z. Siempre lo he tenido en cuenta, papá.

Esta es la verdad. Siento que ahora tengas un hijo muerto y un hijo «marico». Aunque esto último es para otro correo.

Te quiere

Andrés.


Neysaraí Paz*

Estudiante del 9no semestre de Letras en la UCV. Ganadora del primer premio del concurso de cuentos de la Escuela de Letras por el relato No te culpes (Caracas, 2017). También fue otorgada con la Beca auspiciada por Marianne Díaz Rodríguez por el proyecto literario La planificación de lo insólito (2017). Actualmente dicta el taller “La narrativa y sus alrededores” en la Biblioteca de los Palos grandes.


El entierro

 Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

José Rafael Zabala Vásquez* | Venezuela

Entró al baño casi corriendo dando tumbos y tropezando con todo a su paso; a parte de su pereza habitual, se había entretenido de manera intencional viendo televisión mientras decidía entre cumplir con su compadre o dejarse dominar por aquel viejo rencor, que a pesar de los años transcurridos, se negaba a morir. Ya tomada tarde la decisión, debía recuperar el tiempo perdido. Más que una ducha, fue un salpicón, pues, más secó la toalla por lo escaso del agua, que por sus favores particulares. Como siempre, mascullaba surtidos y coloridos improperios, que entre mudos y susurrados, dejaban ilesos a cualquier posible destinatario, costumbre que lo acompañaba desde hacía muchos años y que era motivo de pleitos familiares; o como solía suceder a veces, eran los pleitos familiares los causantes de sus sordas maldiciones. Su mujer entró a la habitación mientras él rebotaba entre las cuatro paredes tratando de vestirse.        

“No sé cuál es tu apuro”.    Le dijo mientras lo veía; seria, ceño arrugado y brazos cruzados sobre el raído delantal de pana.   “Igual no vas a ir pa’ ningún lado”. Terminó, haciéndole un gesto burlón. Él le respondió presuroso con mil groserías, que ella pudo leer fácilmente en aquella mirada. Cuando se alejaba, lo escuchó ofendiéndola sin oírlo y le dijo: “te estoy escuchando.”

Ya eran las tres de la tarde, hora exacta en que el entierro del compadre salía desde su casa con rumbo a la iglesia: “Mi compadre”… “mi compadre”… “mi compadre”. Se repetía con diferentes entonaciones, como el que narraba solo con esas dos palabras el desarrollo de una gran amistad  y la desafortunada contienda con el difunto: muchas veces le deseó la muerte, es decir, fueron muchas las muertes que imaginó para él, fueron muchos los fantasiosos ataques en la carretera, las ilusorias incursiones nocturnas a su vivienda y las inéditas armas que creó sentado en el baño o acostado en su cama, mientras lo calcinaba la ira; pero estos deseos fueron disminuyendo de cantidad y contundencia hasta desaparecer, a medida que “el traidor”, como él lo llamaba, se agravaba de aquella inmisericorde enfermedad y aunque jamás pudo olvidar el enfrentamiento ni la causa, por compasión al moribundo, terminó hablándole un día cualquiera.

Decrépito, escuálido, de manos temblorosas, calvo brillante, de escasa dentadura y corta vista; resultado irreversible de un extraño mal, en combinación con tratamientos errados y la terquedad del portador, tras tantos años de doloroso padecer y la tortura sicológica de verse convertido en un despojo, decidió no esperar más por la hora menguada y salió a buscarla él mismo al abrigo de la soledad.       Un sonoro estallido removió la casa desde sus bases; cuando sus hijos lograron abrir la puerta de su habitación, el sofocante olor a pólvora quemada danzaba orgullosa y triunfante sobre el cadáver que se desangraba. A su lado reposaba su vieja escopeta, la que había logrado recortar laboriosamente hasta que la boca del cañón entrara debajo de su mandíbula y él pudiera alcanzar el gatillo del arma con su índice. Y sobre la descompuesta cama, un arrugado papel con los garabatos que su fatídico mal había dejado como sobras, de aquella envidiable letra perfecta: “Si esto es un castigo por mis errores, no me ha dado tiempo para arrepentirme”.  

“¡Coño de la madre no joda!”   Protestó enérgicamente. “¡El perro se cagó otra vez sobre los zapatos!” Continuó gritando con ira; “No vas a ir pa’ ningún lado”.     Le respondió su mujer desde la cocina. “Cállate tú, cachona del coño. Contraatacó él con un grito silencioso mientras sacaba de una gaveta unos zapatos de suelas muy gastadas que tenía tiempo sin usar. Al finalizar, con un tino sorprendente, se colocó una mano abierta detrás de la oreja y con la otra señaló hacia la cocina, al tiempo que su mujer decía: “Te estoy escuchando”.

Cuando salió de su casa, ubicada en una de las calles más elevadas del pueblo, pudo ver allá abajo, en la iglesia, a la gente saliendo por la calle principal. Rumbo al cementerio, caminó lleno de dudas acompañado de una leve lluvia que empezaba a caer. Mientras el cortejo fúnebre aceleraba el paso, él cambiaba en dirección para tomar un atajo; pasó de nuevo frente a su casa y su mujer lo interrogó desde la ventana. “¿Pa dónde vas tú hombre terco?” dijo ella. “Cállate entrometida”, le respondió él con una mirada y siguió su camino sin hacerle caso. La mujer se resignó, un tanto avergonzada y sintiéndose eternamente culpable por todo lo sucedido. Lo vio a través de la lluvia. Con sus ojos de arrepentida y agradecida por no haberla abandonado, con un gesto sincero, lo bendijo, mientras decía quedamente, “te estoy escuchando”.

Él continuó su marcha, distante, pero paralela con la procesión, intentando mantener el paso y así sentir que aunque de lejos, iba acompañando a su compadre; con una lluvia leve pero constante, que ya lo había empapado y formaba pequeños charcos en la arcilla del camino, buscando ansioso con la vista, el mejor lugar para bajar, pero sufriendo del ataque incesante e inclemente de sus amargos recuerdos, que lo transportaban en el tiempo y lo distraían del camino, haciéndolo ignorar al menos dos buenos lugares para intentarlo hasta llegar al final de la calle.      Escogió un grupo de piedras que bajaban desde su posición en línea recta. Y aunque allí estaría aún algo lejos, quedaba justo frente al cementerio, cuyas chorreadas paredes de un blanco sucio trasdibujaban infinidad de formas caprichosas. La corte mortuoria se apresuraba hacia la entrada entre resbalones tropiezos y empujones meciendo al muerto como si quisieran dormirlo o como si quisieran despertarlo. Él intentó bajar torpemente por las resbaladizas piedras, apoyándose inseguro en las más altas y tratando de pisar las más planas, pero la mala combinación de humedad y suelas lisas dio como inevitable resultado un ligero resbalón que llevó su pié derecho a la grieta entre dos piedras; de forma simultánea perdió el apoyo con las manos y fue a chocar de frente con el peñasco más alto. Aturdido por el golpe y con el pie atrapado, no pudo sostenerse  y cayó de costado contra las salientes del medio, mientras el lado derecho de su cabeza rebotaba mortalmente sobre las rocas de más abajo.

Allí quedó atrapado y colgando, a merced de los inclementes proyectiles de la lluvia que arreciaba, con su espalda reposando, sobre aquellas duras almohadas y la cabeza pendiendo al revés, dirigida hacia el entierro. En sus ojos muertos se reflejaban las feas paredes del cementerio y el ataúd de su compadre, que bamboleándose, sobre cuatro amigos mojados y borrachos, pasaba debajo del portal crucificado del campo santo.

                                                                  “F I N”


José Rafael Zabala Vásquez*

Nació el 14 de Agosto de 1962 en el Pueblo de San Francisco, península de Macanao, Estado Nueva Esparta. Fue policía, director de teatro y artesano. Actualmente es escritor independiente.


Bobby y El Robert

 Foto: Javier Cedeño Cáceres

Foto: Javier Cedeño Cáceres

Marcos Tarre Briceño*

—¡Ave María Purísima! 

La señora Herminia se llevó las manos a los oídos. Dos nuevas detonaciones, seguidas, cercanas.  Con el corazón en la boca saltó de la cama, su mente registraba gritos y carreras afuera. En la oscuridad divisó la silueta menuda de Damiancito, caminando hacia el rectángulo más claro de la ventana. De un manotazo lo arrastró. El niño, bruscamente jalado, estalló en llanto. Lo empujó, protegiéndolo con su cuerpo, mientras apagaba el bombillo que colgaba del techo. En cuclillas se metió debajo de la mesa, apretando a las gemelas Nelisbeth y Yolisbeth, que ya estaban ahí. Calmaba al niño mientras murmuraba Dios te salve María, llena eras de gracia… Abrazó al pequeño con ternura, le habló con suavidad al oído. Mi amor, te he dicho mil veces que cuando hay tiros nunca debes asomarte a la ventana. Oyeron ruidos y golpes en el patio posterior, se apretaron con más fuerza. Luego, dos nuevas detonaciones, más lejanas y el silencio. El patio de atrás más de una vez había sido vía de paso de algún miembro de las bandas que se enfrentaban o ruta para escapar de la policía. Ahí, debajo de la mesa, abrazados, estaban seguros. …Bendita tu eres entre todas la mujeres y bendito sea el fruto de... Nelisbeth comenzó a arrastrase fuera de la mesa. Herminia extendió la mano y la retuvo por el brazo. Pero, mamá, ya todo terminó... Ya va, hija, ya va... Ruega por nosotros los pecadores así como... Ay, mamá, deja la pendejada... El barrio volvía a la tranquilidad, compuesta de televisores y radios con el volumen demasiado alto, lejanas carcajadas o gritos, el rumor interminable que subía de la autopista y de la ciudad, ladridos intermitentes, alguna sirena. Lentamente salieron y se levantaron. Las niñas Nelisbeth y Yolisbeth, ya unas señoritas, se dijo, volvieron a sus camas, al lado de la mesa y cocina, mientras que Damiancito, aferrado a su pecho, todavía hacía pucheros. Sin dejar de apretar al pequeño entre sus brazos, lo acostó en la cama, haciendo con su cuerpo una barrera entre la pared y el niño, respirando su olor dulzón tan parecido, tan igual a cómo olía de pequeñito su hijo mayor, hace tantos años, ahogando el recuerdo de la pena que le subía a la garganta y la atragantaba.

Antes del amanecer estaba en pie, como una autómata. No salía agua del grifo, tuvo que sacar el gran bidón de reserva, se bañó con una ponchera, tiritando de frío, en bata preparó el desayuno y las loncheras, mientras alistaba los uniformes escolares. Despertó a las niñas y al pequeño Damián, los oyó pelearse mientras se vestía para el trabajo y tomaba su café negro. Contando las monedas, le dio a Nelisbeth y Yolisbeth para el transporte y las despidió desde la puerta, con una mecánica bendición. Sólo le faltaba peinar a Damián y salir apurada. Miró su reloj. Estaba sobre el tiempo. Se revisó en el espejo. Lista. Se sorprendió al ver a Damián a su lado, con una expresión extraña en cara.

—Mami, hay un señor dormido en el patio.

—Hijo, no inventes.

Lo dijo por decir, por negar algo que sabía que podía ser verdad. Damián nunca inventaría algo así... Tampoco era la primera vez que un borrachito saltaba la tapia y pasaba la noche durmiendo en el pequeño patio del fondo. Se acercó a ver. El niño iba delante, señalando con el dedo. Pudo entrever el bulto azul y la cabeza de pelo negro, echado entre sus geranios y la jaula oxidada. Tomó una escoba, le dijo a Damián que se quedara adentro y abrió la llave de la puerta. En cuanto se asomó y vio mejor el cuerpo, supo que no estaba dormido. Posición fetal, cara hacia el muro, la camisa subida sobre la cabeza, una rodilla curiosamente alzada. Nadie dormiría en esa posición. Avanzó dos pasos, la escoba en alto, como si fuera a golpear. Al mismo tiempo que vio la enorme mancha oscura que escurría hacia la canaleta, sintió el desagradable olor agrio de la sangre seca y el más penetrante de excrementos.  Se persignó por reflejo, tratando de apartar a Damián, para que no viera más. Sintió que las piernas le temblaban, llevó al pequeño adentro y lo sentó frente al televisor...  Tragó unos sorbos de agua fría, mientras pensaba, ¿qué hago, Dios mío, qué hago? Salió de nuevo. Se acercó lentamente, reteniendo la respiración, moviendo los pies con cuidado, como si algún ruido pudiera perturbar a alguien. Rodeó el cuerpo. El sol ya comenzaba a iluminar con fuerza en luces, reflejos y sombras. La cara casi no se le veía, salvo los ojos abiertos, grandes, mirando el vacío; el mentón replegado contra el torso, las dos manos, con los puños cerrados se confundían con la sangre oscura que le tapaba el pecho y marcaba un ancho surco por la pendiente del patio. Los largos bermudas dejaban ver la piel morena; zapatos de goma de marca. Huellas de manos y dedos ensangrentados arañaban el piso de cemento. Las moscas ya revoloteaban. Un muchacho. El olor era fuerte. Retrocedió. ¿Qué hago?  ¿Qué debo hacer?   Se le partía el alma viendo el cuerpo, tirado ahí, en el piso... No podía dejarlo así... Cuando entró ya había tomado una decisión. Buscó el teléfono y marcó el número del celular de Edmilton. Gracias a Dios, lo consiguió enseguida. Compadre, es Herminia, tengo un problema y necesito tu ayuda... Esta mañana apareció un muerto en mi patio... Edmilton le prometió venir en cuanto pudiera. Tomó un ejemplar de periódico, con la idea de taparle la cara al hombre, pero cuando sintió el papel viejo entre sus dedos le pareció miserable y sucio. Buscó una funda de almohada limpia, blanca y aunque sabía que la perdería, salió con ella y con mucho cuidado espantó las moscas y la depositó con suavidad y miedo sobre la cabeza inmóvil. Luego llamó a su trabajo, para avisar que se le había presentado un inconveniente.

Primero llegaron dos motorizados de la Policía Metropolitana. Uno se comía una empanada amarilla que sacó de una bolsita de papel con manchas de grasa, mientras el otro tocaba la puerta. La señora Herminia, pendiente, les abrió enseguida.  Eran jóvenes, morenos, con lentes oscuros, uniformes, chaleco antibalas y correaje desgastados.

—¿Aquí es el muerto?

—Si, allá al fondo...

El uniformado de la empanada entró, miró a su alrededor y se sentó al lado de Damián, a terminar su empanada, mirando los dibujos animados de la televisión. El otro, que parecía de más jerarquía, caminó hacia el fondo. Herminia lo seguía. El funcionario miró el patio, las viejas jaulas vacías de los pájaros, los geranios marchitos, las cajas y gaveras apiladas, la bombona de gas, los restos oxidados de la bicicleta de Nelisbeth y el cuerpo en el piso. Se acercó un paso e inclinó como con recelo. Señaló la funda sobre la cabeza.

—¿Y eso?

—Se lo puse yo. Usted, sabe, por las moscas.

—Alteró la escena del crimen.

El policía hizo una pausa, se irguió y agregó:

—Qué cagada...

La señora Herminia no supo si se refería a la supuesta alteración de la escena, al mal olor que emanaba del cuerpo o simplemente lo que la atención del muerto implicaba para la rutina del funcionario policial. Volvieron al interior. El otro policía, ya terminado el desayuno, le había cambiado el canal al niño y con el mayor desparpajo, preguntó:

—Doñita, ¿no tendrá un vasito de leche que le sobre?

Mientras tanto, su compañero se llevó el radio portátil a la boca:

—Central, positivo el tres cinco. Notifiquen a la judicial y al forense.

Luego, haciendo un vago gesto hacia el patio y el cuerpo, preguntó:

—¿Lo conoce? ¿Es familia suya?

La señora Herminia negó con la cabeza, en silencio.

           

            A final de mañana un concierto de sirenas, rugido de motores y gritos anunciaron el arribo de los investigadores de la policía judicial y los forenses. Entraron sin saludar, sin pedir permiso para invadir la pequeña casa, con malas caras y gestos bruscos, como aburridos de su macabro trabajo o deshumanizados por lidiar con tanta muerte y miseria cotidiana. Hablaban del juego de pelota mientras, de forma rudimentaria y mecánica, tomaban unas fotos y hacían unos croquis del cadáver. Levantaron al cuerpo como un fardo, dos hombres agarrando los pies y uno los dos brazos, pisaron la sangre, lo arrastraron hasta la puerta, la cabeza le colgaba, dando tumbos, golpeando el piso, tropezaron con la puerta, lograron sacarlo y lo tiraron en la parte posterior de una camioneta pickup, como si fuera un saco de verduras. El recorrido quedó marcado por las gotas de sangre que caían del cuerpo y las marcas de los zapatos de los funcionarios. Herminia, con los ojos desmesuradamente abiertos sobre la nada, ocultando la cara del pequeño Damián contra su regazo, sintiendo un vacío que le helaba el alma, contemplaba, temblaba, escuchaba. Le dieron tres plomazos. Un malandro menos... Cayó y se desangró ahí... El muy cabrón tardó en morir... Ni siquiera parece mayor de edad. Mejor así, menos trabajo para nosotros, a estos coños hay que quebrarlos jovencitos, después se ponen demasiado mañosos... Murió como un perro sarnoso…

Un hombre de chaqueta de lona negra, lentes oscuros, la pistola terciada en la cintura, cigarrillo en la comisura de los labios, ya cuando se iban, la increpó:

—¿Usted fue la que encontró al occiso?

Herminia asintió con la cabeza.

—¿Escuchó algo?

—Si... Hubo tiros, gritos y carreras en la vereda... anoche.

—¿A qué hora?

—Serían como las once...

—¿Y no se molestó en ir a revisar el patio?

Negó con la cabeza, respirando con dificultad.

No, a veces saltan el muro y pasan, se van. Pensé que se había ido...

—Pues el carajo se murió desangrado, ahí... Si lo hubiera conseguido anoche, quizás se salva.

Dos gruesas lágrimas brotaron de los ojos de Herminia. No hizo nada para evitar que se deslizaran por sus mejillas. Esa olvidada y apartada sensación de vergüenza, de sentirse culpable, intimidada, empequeñecida frente al irrespeto y prepotencia de los policías. El hombre sacudió el cigarrillo para hacer caer la ceniza.

—¿Qué le pasa? ¿Conocía al muerto?

Estuvo tentada en decirle que sí, que sabía que a ese muchacho le apodaban “El Robert”, cobraba peaje y traficaba para una de las bandas del barrio. Pero prefirió negar con la cabeza, en silencio.  El funcionario terminó de llenar un formulario y se lo pasó.

—Es una citación... Mañana a las nueve... Tendrán que tomarle la declaración.

—Pero... Yo trabajo, no puedo faltar de nuevo.

El policía alzó los hombros, le dio la espalda. Antes de salir lanzó la colilla del cigarrillo a una esquina del salón. Los vecinos, aglomerados en la puerta, hablaban en voz baja. Herminia le pidió a una amiga que cuidara al pequeño Damián; respondió con monosílabos a las preguntas y regresó a su casa. Cerró la puerta. No pudo contenerse más, cayó de rodillas, doblada en dos, sus manos aferradas en la cabeza, jadeando, dejando salir la ola de desesperación que la sacudía. ¡Bobby, mi Bobby! Diez años de dolor reprimido, de esforzarse en no pensar, no recordar, no ver, no querer saber, no sentir, no más dolor ni humillaciones y todo regresaba, así, de golpe. Permaneció jadeando en el piso por largo tiempo, hasta que su llanto se convirtió en algo tenue, vaporoso, salido de las entrañas. Se levantó con dificultad. Miró como extrañada las cuatro paredes, el piso salpicado de sangre, los muebles baratos, el viejo televisor, la nevera casi vacía, la puerta entreabierta dejaba salir un rayo de luz amarilla. Madre, te voy a construir la mejor casa del barrio, para que todos se mueran de la envidia, ya verás... Suspiró hondo. Pensó en llamar al compadre Edmilton, aún sin venir, para contarle las novedades. Miró a su alrededor en busca de su teléfono celular. Juraba haberlo dejado sobre el aparato de televisión. Pero ya no estaba. Se dijo que en la confusión algún funcionario se lo habría llevado. Alzó los hombros. Buscó un tobo de plástico. Comprobar que había agua en la grifería tampoco le importó. Buscó un cepillo, una pastilla de jabón azul, esponja, trapos, cloro. Comenzó por el reguero de manchas desde el patio hasta la puerta. Se arrodilló y lentamente limpió, con cuidado, meticulosamente. Doña Herminia, ese muchacho suyo se está juntando con gente mala. Las manchas salían con facilidad, convertidas en un líquido rosáceo, absorbidas por el trapo y la esponja, eliminadas con el cloro. La zona limpia quedaba demarcada del resto del piso de cemento, húmeda y oscura. Fue avanzando hacia la puerta, poco a poco, mancha a mancha. ¿Hijo, en qué andas metido? Nada, mamá, no hagas caso a las pendejadas que dicen por ahí. Terminó con el piso. Le pasó también la esponja jabonosa a la puerta, la abrió. Ya los curiosos y vecinos se habían dispersado. El cielo resplandecía de azul y de sol. La calle sin aceras, la escalinata, los montones de basura y la colina de ranchos que veía al frente seguían ahí, como si nada hubiera pasado o cambiado, el ruido, los gritos, motores, cornetas y risas eran las mismas de ayer o anteayer. Amiga, compre una medallita de San Cipriano, yo se la preparo y se la pone a su hijo, que no se la quite nunca, eso le conjura los peligros. Regresó adentro. En el patio trabajó con grandes baldes de agua. La mancha de sangre, el camino negro hacia la canal era ancho, horrible, coagulado, casi seco. Las moscas seguían ahí. Descalza, armada con una escoba enjabonada y mucha agua, continuó la limpieza. Logró deshacer las manchas, empujando el agua roja y jabonosa hacia el orificio en la pared que servía de desagüe. Fueron meses de carreras, entradas o salidas intempestivas, billetes arrugados dejados sobre la mesa, su Bobby ya no almorzaba ni cenaba en casa, comenzó a dejar de quedarse a dormir, se perdía, dos, tres días, una semana. Lo más grueso y seco de la mancha ya no existía. Quedaban salpicones, remansos y recodos por limpiar. Herminia se secó la frente. No le importaba el calor, ni el sudor que le bajaba por el rostro, ni el cansancio y el dolor en la espalda. Prosiguió la limpieza, en cuclillas, con el grueso cepillo, jabón azul y el frasco de cloro. Ese contacto con la sangre producía una especie de intimidad, una extraña y próxima relación con ese muchacho que vino anoche a morirse en su patio. También una noche su Bobby llegó de madrugada, nervioso, la mirada perdida, las manos temblorosas. Le recalentó la cena. El muchacho se desboronó, estalló en llanto y sollozos. Madre, tengo mucho miedo. Le acarició la cabeza, sobre su regazo, hasta que se tranquilizó. No pudo dejar de ver la culata de la pistola negra que sobresalía del pantalón. Hijo, se me pone esta medallita de San Cipriano y no se la quite nunca. Fue la última vez que lo vio. Siguieron días sin saber de él y la preocupación por su ausencia que se prolongaba, por su silencio, por semanas, meses; salpicada de ocasionales rumores, respuestas a las preguntas a los muchachos de la zona: está enconchao, ya aparecerá... Doñita, no se angustie, que tuvo que salir del país... Está en Porlamar, viviendo con una noviecita. A los seis meses, acompañada por el compadre Edmilton, recorrió morgues, hospitales, comisarías policiales, no consiguió nada y terminó, por no dejar, poniendo la denuncia de la desaparición de su hijo Bobby en la Policía Judicial. Terminó con las últimas manchas y salpicaduras en el patio, revisó con atención, por algún rincón o gota faltante. Recogió las cosas y las llevó a la batea. Con lo que quedaba del jabón azul y cloro limpió la esponja, trapos y cepillos utilizados. A los dos años recibió la visita de un joven, la cara atravesada de piercings y tatuajes. ¿Usted es la mamá del Bobby?  Yo vi cuando lo detuvieron, una patrulla, allá en Valencia. Se lo llevaron. Dicen que no llegó al puesto policial. La señora Herminia se trasladó varias veces en autobús a Valencia. En el cuartel de la policía estatal, luego de horas de hacerla esperar, no le supieron informar de ningún procedimiento en el que se mencionara a su Bobby, además, eso era algo viejo ya, archivado; no había tiempo ni voluntad para revisar partes policiales. Por consejo de un funcionario, fue a los periódicos locales y pidió ver todas las ediciones de esa fecha, día a día, página por página. Tampoco consiguió nada. Llevó el caso de su Bobby a la Fiscalía General, a la Defensoría del Pueblo, a tres organizaciones de defensa de Derechos Humanos. El tiempo pasaba, la ausencia y el no saber se juntaban y convertían en un nudo permanente en el estómago, una tristeza amarrada, en lágrimas reprimidas mientras atendía a Nelisbeth y Yolisbeth, que ya ni siquiera preguntaban por su hermano mayor, en cambiarle los pañales y darle el tetero a Damián, que apenas lo conoció. En la noche, agotada, todavía tenía fuerzas para prender una vela, arrodillarse e implorar a los santos, San Judas Tadeo, San Marcos de León, San Cipriano y a las ánimas benditas del purgatorio por una noticia o señal sobre el paradero de su primogénito. La señora Herminia regresó adentro, ordenó los muebles, abrió las ventanas y encendió el ventilador de la pared, para dispersar cualquier vestigio de olor que quedara y se dejó caer en el único sillón, el que todos se disputaban para ver televisión. A los tres años, terminaba una de sus inútiles visitas a la Delegación de la Policía judicial de Valencia y salía sin respuestas, un funcionario joven la abordó y le habló en voz baja. Doñita, la he visto varias veces por acá, averiguando sobre ese tal Bobby. Le voy a decir algo para que no pierda más su tiempo. La policía del estado lo mató, ¿me entiende? lo ajusticiaron y desaparecieron, eso es lo que se dijo en aquel entonces. ¿Y en dónde lo enterraron?  El joven alzó los hombros. Yo qué sé, desaparecido... Lo meterían en una fosa común o lo dejaron por ahí. No pierda más su tiempo, señora. A pesar de esa información, la señora Herminia continuó sus visitas, pero cada vez más espaciadas, a la Defensoría, la Fiscalía, las ONG. Lo que mantuvo sin faltar una sola noche, fue encender la vela y el ruego a los santos, por una información, una señal, que le ayudara a olvidar esa ausencia, ese vacío que se le atragantaba como un peso en el alma y la sobresaltaba de noche con pesadillas en la que veía a su Bobby aferrándose a sus ropa, repitiendo, gritando, tengo miedo, madre, tengo mucho miedo. Fue a recoger al pequeño Damián, puso una pasta en agua, aceite y una pizca de sal; Nelisbeth y Yolisbeth se sorprenderían al encontrarla en casa al regresar del colegio, les serviría almuerzo, trataría de no darles demasiada información sobre lo ocurrido. El asunto era bastante desagradable, morboso, y ya se enterarían por los chismes del barrio, por lo que les contara Damián. No sabía por qué, pero se decía que éste asunto era algo de ella, sólo de ella, que por alguna razón ese muchacho vino a morirse a su patio.

 

            La mañana siguiente, luego de una noche agitada, entrecortada de sueños pesados, de despertar dos veces bañada en sudor, volvió a su rutina. Pero, antes de acudir a su trabajo en el automercado, se presentó en la comisaría de la policía judicial, de acuerdo a la citación. Esperó pacientemente su turno. Finalmente un funcionario, de manera mecánica, sin mirarla ni prestarle ninguna atención, notoriamente fastidiado al hacer una y otra vez las mismas preguntas, un día tras otro, le tomó la declaración, la hizo firmar y estampar sus huellas digitales en el papel. Pero, en lugar de levantarse y precipitarse fuera de la inhóspita oficina, la señora Herminia se quedó sentada hasta que el funcionario levantó la vista.

—¿Señor, disculpe?

—Ya se puede ir...

—Señor, ¿qué se sabe del cuerpo?

—¿Cuál cuerpo?

Herminia señaló con el dedo el documento con su declaración.

—Ese, el que encontré en mi patio.

—Ajá, ciudadana, ¿qué pasa con el cuerpo?

—¿A dónde lo llevaron? ¿En dónde está?

El funcionario encogió los hombros e hizo un gesto con las manos, como expresando que tenía mucho trabajo por delante como para responder preguntas y curiosidades.

—No sé, ciudadana. De seguro estará en la morgue para la autopsia forense.

En la tarde, al terminar su turno en el automercado, llamó a la vecina para pedirle que se encargara un rato más de Damián, averiguó las rutas de autobuses y se encaminó a la morgue. Era un sótano oscuro, con olor terrible a desinfectante, familiares de muertos, gritos, llantos, risas y bromas de funcionarios entrando o saliendo. Preguntando llegó a la oficina administrativa. A esa hora sólo quedaban los camilleros y personal de guardia. Un muchacho joven, con la bata verde manchada de sangre vieja, con desgano la atendió. Le explicó que sí, efectivamente, el cuerpo del ciudadano Roberto Winston Yépez Aguilar, conocido como “El Robert” aún estaba ahí, en espera que la familia lo reclamara. Hizo un vago gesto hacia un salón vecino. Una puerta batiente dejaba ver intermitentemente hileras de cuerpos sobre viejas y oxidadas camillas. ¿Usted es de la familia, verdad? La señora Herminia no respondió. Le preguntó qué pasaba si nadie reclamaba el cuerpo. Se esperan unos días y se entierra en una de esas fosas comunes. Aquí estamos desbordados y no podemos tener los cuerpos mucho tiempo. ¿Usted es de la familia o no lo es?  Yo... Yo sólo conocía al muchacho. Bueno, doña, dígale a la familia que se apure. El joven terminó anotándole su número de teléfono celular para mantenerla informada.

 Llegó a su casa ya anocheciendo, con la imagen de “El Robert” pálido, muerto, engavetado en un frío estante, abandonado por todos, esperando a que lo enterraran de mala manera en algún olvidado rincón del cementerio, junto con otros cuerpos que nadie reclamaba. ¿Con su Bobby habría sido igual? Al paso de los días y de comprobar que ningún familiar aparecía para reclamar el cuerpo, fue entrando en una especie de obsesión. No dejarlo abandonado, no permitir que con “El Robert” pasara lo mismo que se imaginaba ocurrió con su Bobby. Se lo debía a su hijo, se lo debía a ese pobre muchacho que vino a morirse en su patio, se lo debía a sí misma. Demasiados años tragando humillaciones, por ser madre de antisocial, culpable de traer al mundo un delincuente, culpable de no haberlo educado y formado cómo Dios manda, culpable por no estar ahí ni siquiera para enterrarlo decentemente. Llamó a una funeraria y le dieron un presupuesto. Llamó a su compadre Edmilton. Le rogó y suplicó por un préstamo. Llamó al contacto en la morgue. Todavía nada de familiares. Verificó el saldo de su cuenta de ahorro, guardado mes a mes para hacerle una fiestecita a Nelisbeth y Yolisbeth por su próxima graduación de bachilleres. La mañana siguiente volvió a llamar a la funeraria. Ellos se harían cargo de todo: retirar el cuerpo en la morgue, vestirlo, prepararlo, urna, velorio y entierro. Pero hacía falta el puesto en el cementerio. La señora Herminia les dio los datos de una parcelita, un puesto en un rincón alejado, en dónde estaba enterrada su madre y que ella guardaba para sí misma, para cuando llegara ese momento. Logró reunir el dinero. El ajetreo y las cosas por resolver opacaron la pena que llevaba. Sólo fue cuando se consiguió frente a la urna, en una pequeña sala de la céntrica funeraria, que se preguntó si todo esto tenía algún sentido. Estaba ella sola. Nadie ocupaba la hilera de sillas dispuestas, adosadas a las paredes. Una cruz, dos candelabros, sillas, la urna de madera pulida en el centro. El dinero no alcanzó para flores. Antes que cerraran la cubierta del ataúd, pudo entrever, por primera vez, la cara de “El Robert”, maquillado y arreglado. Un muchacho moreno, pelo negro, rostro común, apacible, similar a muchos con los que uno se cruzaba a diario en la calle o en las escalinatas del barrio. Pero no se parecía a su Bobby. ¿Cómo sería el rostro de Bobby muerto?  De seguro nadie lo arregló ni preparó. Todavía no terminaba de entender por qué se había metido en esto, porqué había gastado sus ahorros y pedido prestado para enterrar dignamente a éste desconocido. Sintió que alguien entraba. Uno de los encargados de la funeraria se colocó discretamente a su lado. Pensó que sería para alguna factura adicional, para informar de algún costo no previsto. Ya no le quedaba nada de dinero. Suspiró. El empleado tosió suavemente, como para atraer su atención.

—Señora... Disculpe, quería entregarle algo.

La señora Herminia, pensando encontrarse con facturas, volteó a verlo, resignada.

—Verá... Cuando preparamos el cuerpo del difunto, encontramos algo. Tenía el puño cerrado y se ve que los forenses ni siquiera se tomaron la molestia de revisarlo. Encontré esto y se lo quiero entregar.

El hombre le extendió la mano y le pasó un medallón circular, gris oscuro, manchado. Ella lo tomó con cuidado. Ya antes de recibirlo su corazón galopaba alocadamente. Tenía la misma forma y el mismo tamaño. Lo alzó para verlo mejor. Pudo distinguir la figura grabada, la melena rizada. Frotó la medalla con su dedo índice y pulgar para sacarle el sucio y hacerla brillar. Entonces no tuvo dudas. Era exactamente igual a la medalla de San Cipriano que años, siglos atrás, le colocó en el cuello a su Bobby... 


Marcos Tarre Briceño*

Marcos Tarre Briceño, venezolano, nacido en Nueva York. En 1983 publicó su primera novela, Colt Comando 5.56, que se convirtió en un bestseller y fue llevada al cine. Es columnista de prensa, novelista, guionista y editor. Reconocido analista del problema de la seguridad ciudadana, tanto en Venezuela como en América Latina, nutre sus obras de ficción de realismo, suspenso y actualidad. Su novela Operativo Victoria estuvo entre los finalistas del premio Rómulo Gallegos en 1989 y Bala Morena entre el grupo de obras seleccionadas por el jurado del premio Planeta en 1999. Ganó el concurso de cuentos Lola Fuenmayor con Tarde de enero en 1987 y Carros de fuego fue el finalista del Concurso de Cuentos del diario El Nacional en 1998. Los pelados van primero obtuvo mención publicación de la semana Negra de Gijón en el 2005. Sus obras de ficción se han llevado al cine y a versiones audiolibro. También ha realizado guiones para cine y televisión. Además de una extensa obra de análisis y ensayo, en narrativa, con su personaje serial ha publicado:

  • Colt Commando 5.56, Editorial Sarbo en 1983. Dos ediciones. Fue llevada al cine por el director César Bolívar en 1987 y fue la segunda película más vista de ese año.

  • Sentinel 44, 1985. Editorial Sarbo. Se escribió el guion para cine en 1987.

  • Bar 30, Editorial Sarbo en 1993. Dos ediciones.

  • Atentado VIP, Libros Marcados 2008; versión en audiolibro en España por Audiomol, en el 2015.

  • Rojo Expréss, editorial Mondadori en el 2010.

  • Otras novelas y publicaciones de género negro o thrillers:

    • Operativo Victoria, Editorial Sarbo en 1988. Entre los 5 finalistas del premio Internacional Rómulo Gallegos en 1989.

    • Bala Morena, entre el grupo de obras seleccionadas por el jurado del premio Planeta en 1999. Editorial Alfadil en 2004; editorial del Serbal, Barcelona, España, 2016 y seleccionada como invitada a la Semana Negra de Gijón, julio 2016.

    • Soldadito de plomo, relato, 2012. Editorial Sigueleyendo, Colección Bichos, Barcelona, España.

    • Caribe Rojo Libro de relatos, kindle Amazon 2014.

    • Relatos de la Orilla Negra, coautor, con el relato “Bobby y El Robert”. Editorial del Serbal, Barcelona, 2016.

    • Colección de relatos Bichos de la Orilla, en Kindle, 2018.


El muñeco de nieve

 Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

Raquel Rivas Rojas*

Para Lyo, que inventó conmigo este cuento


Digamos que esta historia comienza con la nieve. En realidad no sé cómo empieza esta historia. Cuando la gente le dice a uno que empiece por el principio, es porque no se da cuenta de que justamente el principio es el lado más oscuro, más indescifrable de un relato. A veces lo más difícil es encontrar el hilo que da inicio a la trama. Había nevado. Por ahí se puede empezar. Había más de medio metro de agua helada sobre todas las cosas y el mundo parecía hecho de esa substancia blanca que aplaca los sonidos y los pensamientos, que calla los pájaros y sólo deja hablar la luz.

 En las mañanas, mirando por la ventana mientras me tomaba el segundo té después del desayuno, escuchaba en la radio noticias sobre la gente que se había quedado atrapada en las carreteras y las autopistas. Decían que no había nevado así desde hacía medio siglo. Nadie sabía muy bien qué hacer. Hasta un ministro renunció por no ser capaz de manejar la crisis. Sus partidarios se quejaron porque su retiro forzoso del cargo no se debía a que era incapaz, sino a que la naturaleza se había ensañado con esta parte del reino. Y así todas las mañanas. Un escándalo cada día, una furia que parecía fabricada para contrarrestar el silencio helado de la nieve que seguía creciendo, indiferente.

El pan y la leche se habían acabado en el abasto del pueblo. También la carne, el pescado, el pollo y todos los productos frescos. Entrar en aquel lugar desolado me hacía recordar la tierra remota en la que nací, donde el más mínimo rumor desataba una ola de compras nerviosas que en minutos dejaba las estanterías de los abastos arrasadas, vacías como la boca inútil de un viejo sin dientes. En esas dos semanas había ido varias veces a hacer compras y había recorrido los pasillos con mi bolsa de yute debajo del brazo, sin saber qué llevarme. Esa vez elegí unas cebollas mustias que quedaban al fondo de una cesta azul, un kilo de arroz basmati y tres latas de atún en aceite de oliva. También aproveché que acababa de llegar la leche y compré un litro y medio, junto con unas galletas que sabían como las galletas de soda de mi infancia.

Regresé a la casa con la sensación de que el fin del mundo estaba llegando pero no nos habíamos dado cuenta todavía. Mientras caminaba con cuidado para no resbalarme en las aceras abultadas de hielo se me ocurrió que el ruido que hacían mis botas sobre la nieve se parecía mucho al sonido de fondo de una película de catástrofes inevitables. Miré el cielo azulísimo y pensé que si no volvía a nevar estaríamos a salvo. ¿A salvo de qué? No sé. Ya lo dije. No sé muy bien dónde empieza esta historia. Pero creo que ese día de cielo azul y de compra precaria fue el día que vi a los niños haciendo en la plaza un inmenso muñeco de nieve.

 

Tenía que bordear la plaza para llegar a mi puerta. Me paré un momento a decidir cuál camino estaba más despejado. Y fue en ese instante que fijé en la memoria la imagen de los tres niños. Estaban vestidos con ropas oscuras. Uno de ellos tenía un gorro rojo con un gran pompón arriba que sobresalía como un chiste malo. Recuerdo que pensé que no tenían guantes y que se les congelarían los dedos antes de que terminaran de hacer el muñeco de nieve. Elegí el camino de la derecha, que un vecino fortachón y retirado limpiaba todas las mañanas con un entusiasmo sospechoso. Antes de llegar a mi casa le di una última mirada al grupo que reía y gritaba festejando pasadas o futuras ocurrencias.

Sabía bien que al menos uno de ellos podía estar entre los que a finales del verano se dedicaban a esperar que llegara la media noche para robarse los pipotes de basura de las casas que daban al parque. Entre risas nerviosas arrastraban los potes de plástico y les prendían fuego detrás de la cancha de fútbol. Yo los había visto más de una vez. Había visto las danzas salvajes que hacían alrededor de las fogatas y me había quejado con los vecinos. Pero todos sabían quienes eran y nadie quería denunciarlos. Eran sus hijos o sus nietos. O los hijos de alguien con quien habían ido a la escuela. Todos aquí se conocen.}

Por las huellas que habían dejado en la nieve, se veía que habían hecho una primera bola, más bien pequeña, tal vez usando una pelota o algún otro objeto de relleno, y la habían ido empujando alrededor de la plaza. A cada vuelta la bola crecía más y más, dejando un rastro que parecía el de un gusano gigante que hubiera perdido el rumbo. El resultado era un dibujo laberíntico que terminaba en aquel monstruo de hielo. Antes de abrir la puerta noté que la bola de nieve, que estaba ya en el centro de la plaza, era del tamaño del más pequeño de los tres niños. Pensé en las maravillas que se pueden hacer con ese material, al mismo tiempo duro y amable, que se deja moldear y que puede esconder tantas cosas.

Supongo que sería al día siguiente, al mirar por la ventana de la sala con mi segunda taza de té en las manos, que vi el muñeco terminado. Le habían añadido una cabeza y le habían hecho una cara. Tenía puesto el gorro rojo que usaba uno de los niños y una bufanda desflecada que seguramente se había congelado ya. Debajo del gorro, después de una nariz hecha con lo que parecía un trozo de palo seco, le habían construido la boca con un objeto que no podía identificar desde lejos, pero que le daba al conjunto un aire más bien siniestro. El muñeco de nieve parecía reírse ahí afuera de todos y de todo.

La vez siguiente que salí al abasto, sin demasiadas esperanzas de conseguir mucho que comer, crucé en diagonal la plaza. Había nevado otra vez durante la noche y la nieve estaba esponjosa y suave. Mientras caminaba iba hundiéndome poco a poco hasta que la nieve me llegó más arriba de los tobillos. Me acerqué al muñeco blanco que seguía entero dominando el lugar y fue cuando lo vi. Debía haber sospechado algo en ese momento, pero después de sentir una especie de escalofrío que me paró los pelos de la nuca, pensé que todos los vecinos habían visto aquello y que si a nadie le había parecido extraño, tal vez no lo era. La boca del muñeco de nieve era un zapato de bebé incrustado de perfil.

Ese día regresé con la bolsa del abasto algo más pesada. No tanto de comida sino más bien de papel sanitario, jabón de lavar, destapador de cañerías. Cosas que tal vez no necesitaba de inmediato, pero que sentía la necesidad de acumular, como si me preparara para tiempos más difíciles. Los estantes estaban llenos a medias, pero yo ya me había resignado a comer arroz con atún hasta que el mundo volviera a la normalidad. Al salir del abasto me paré a mirar la cartelera en la que la gente del pueblo deja anuncios. Trabajos ocasionales, venta de cosas que ya nadie quiere, perros perdidos. Me había llamado la atención una carita triste. Un niño que apenas caminaba se había perdido esa semana y sus padres estaban desesperados buscándolo. El camino de regreso lo hice bajo una aguanieve gris que amenazaba con convertir la visión impoluta de la plaza en un charco más bien inmundo. Me apuré a entrar en la casa sin mirar hacia atrás.

Pasaron días, supongo. No sé en realidad si pasaron días, pero para todos los efectos mi memoria ha instalado aquí una pausa, un tiempo que no recuerdo en términos precisos. Sólo sé que hubo lluvia, algo de sol, más lluvia. Unas estalactitas transparentes y deformes, como largas zanahorias de hielo que crecieran en el aire, se instalaron en mi ventana por más de una semana. Uno de los días soleados pasé un largo rato tomándole fotos a esos extraños objetos que habían invadido mi campo visual. Ese día, por no dejar, le tomé también una foto a lo que quedaba del muñeco de nieve.

Parte de la cabeza se había disuelto ya y el zapato de niño que una vez le había servido de boca se había caído al piso y parecía esperar el regreso de su dueño. Tal vez fue al día siguiente que me di cuenta del zapato, cuando miraba las fotos de las estalactitas en la pantalla de mi laptop. La verdad es que no le di importancia. Pero el resto de una idea se me quedó pendiente en algún lado, como la letra de una canción que no terminaba de recordar, como la pieza que no encaja y se queda danzando hasta en los sueños. Por eso, cuando volví al abasto a comprar atún y leche me metí en el bolsillo la cámara, casi sin pensarlo.

Me paré frente al muñeco de nieve y le tomé cuatro fotos, una por cada lado. No sé por qué lo hice. Fue un impulso. Es lo que le dije al par de policías que vinieron a tocar a mi puerta unos días después. Imprimí las fotos y se las entregué en un sobre transparente al día siguiente que descubrieron el cuerpo. A simple vista no había nada en las fotos que indicara que ahí adentro había un niño. Pero si se miraba bien, ampliando un par de puntos oscuros, en una de ellas se veían claramente tres dedos y en la otra una mata de pelo oscuro y revuelto. Es posible que me llamen a declarar, o al menos eso me informó uno de los policías con amabilidad profesional.

Tampoco sé cómo termina esta historia. El final de una historia debería revelar una verdad, apuntar hacia una certeza. Pero en este caso no es posible. No puedo ofrecer más que un cierre indeciso a esta historia que no sé cómo empezó. Tal vez todo comenzó como un juego de niños que querían aprovechar que había nevado como nunca en los últimos cincuenta años. Unos niños en busca de un lugar donde esconder una presa cobrada por pura diversión. La diversión de aprovecharse del más débil. Parte de lo que pasó lo vimos todos. Sucedió frente a nuestras casas y a plena luz del día. Tal vez por eso esta historia sólo puede tener un final abierto. Un futuro lleno de sospechas, miradas de soslayo, puertas cerradas con doble llave, pesadillas al filo de la madrugada.

Los funcionarios del equipo forense siguen en la plaza buscando evidencias. Cruzan de un lado a otro con sus trajes blancos que les cubren el cuerpo entero de la cabeza a los pies. Llevan y traen bolsas, cajas y contenedores varios. La plaza está rodeada de una cinta amarilla y roja que prohíbe el paso y tres policías de uniforme negro y chalecos fosforescentes vigilan que la prohibición se cumpla al pie de la letra. Los vecinos se asoman de vez en cuando a las ventanas. La señora que atiende el café de enfrente sale cada dos o tres horas con un termo y ofrece la bebida humeante en vasos de plástico. Los vasos se acumulan en el basurero de la esquina.

En el noticiero de la televisora local ya se comenta el hallazgo. Es muy pronto para saber qué pasó. El cuerpo no ha sido identificado todavía pero todos sospechan que se trata del niño que se perdió hace dos semanas. Algunos vecinos aparecen en la pantalla comentando el suceso asustados o sorprendidos o indiferentes. Al final de la noticia aparece la foto fija de tres pequeños dedos congelados. Reconozco la imagen y me asalta la certeza de que ya nada será como antes. Ahora miro la plaza como si fuera un cementerio con una sola tumba. Esta mañana alguien dejó en el piso, sobre la nieve y casi frente a mi ventana, un pequeño ramo de flores rojas y amarillas.


Raquel Rivas Rojas*

Raquel Rivas Rojas. Licenciada en Comunicación Social (UCV, 1985), Magíster en Literatura Latinoamericana (USB, 1992), PhD en Estudios Culturales Latinoamericanos (King´s College London, 2001). Ha publicado los libros de ensayo Sujetos, actos y textos de una identidad (Caracas: CELARG, 1998) Bulla y buchiplumeo. Masificación cultural y recepción letrada en la Venezuela Gomecista (Caracas: La Nave Va, 2002) y Narrar en dictadura (Caracas: Premio Ramos Sucre, 2011), así como el volumen de cuentos El patio del vecino (Caracas: Equinoccio, 2013) y la novela policial Muerte en el Guaire (Caracas: Ediciones B, 2016).




O´ Gran Sol

 Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

Juan Carlos Méndez Guédez*

Descubrió que la muchacha rubia de la mesa de enfrente era terriblemente hermosa. Sonrió.

Tuvo la impresión de que sus amigos aparecerían por la puerta llamando a Manolo para que les sirviese dos cervezas y que luego hablarían durante horas sobre esos cabellos dorados.

Creyó que iba a sentirse melancólico pero lo distrajo el color de la luz. No recordaba que tuviese esa textura quince años atrás. Una luz nítida que se afincaba en la piel y creaba un efecto metálico, como si un resplandor diurno se entremezclara en medio del humo, de los olores que la noche iba colando sobre las mesas.

Brindó. Brindó dos veces. La primera porque le gustaba el rostro de la rubia y la segunda porque le agradaba la contundencia de esa luz, el modo en que parecía untarse sobre la espalda de las muchachas, en los entre senos, en las manos de las mujeres que hablaban y reían a esa hora de la madrugada.

Le trajeron una nueva cerveza y una ración de pan con ajo. Bebió varios sorbos y apenas probó el pan. “Habrán cambiado al cocinero”, se lamentó. Supo que en los años de la universidad Manolo le habría advertido que no lo pidiera. “Hoy no, chaval. Mejor cómete unos calamares, están del carajo”.

Giró la mirada. El bar permanecía idéntico en todos sus detalles: un lugar de estudiantes pobres; mesas de pino; afiches amarillentos. Por eso no le resultó difícil escoger la misma mesa. Rincón de la izquierda, muy cerca del portón, junto a esa fotografía en la que un mar verdoso golpeaba sobre varias rocas.

“Los mismos manteles”, murmuró sorprendido al ver aquella sucesión de cuadros de colores sobre los que iban cayendo rastros de ceniza; gotas de cerveza; rayas de bolígrafo. “¿Alguna de estas manchas será nuestra?”, se preguntó.

Se sentía a gusto dentro del O´Gran Sol. Le había sucedido desde siempre.

Cuando fijaban un encuentro él llegaba a la hora, pero sus dos amigos tardaban un buen rato en aparecer. Nunca pedían disculpas; se excusaban mencionando algún profesor que se había extendido en insulsas explicaciones. Por eso se acostumbró a ciertos momentos de soledad dentro del bar: instantes de espera en los que paladeaba el amargor de su bebida o en los que miraba a la gente con discreción. De allí que ahora mismo, cuando detuvo su mirada sobre esa muchacha rubia que leía un libro en la mesa de enfrente experimentó otra vez la imposible visión de sus amigos pidiendo a gritos dos cervezas.

Pasaron algunos minutos. La mujer levantó el rostro en tres ocasiones y luego continuó leyendo. Él casi se sintió feliz al comprobar que Pedro y Emilio no podían aparecer en este instante. Detuvo su atención en el modo en que la luz se empozaba alrededor de la muchacha impregnándola de una textura líquida.

Ella alzó la barbilla, llamó al camarero, le dijo algo y volvió a hundir los ojos en el libro.

—Espero que hayas pedido calamares —dijo él elevando la voz—, el pan de ajo está muy malo.

La muchacha sonrió con tedio y se cubrió el rostro con el libro.

Él se desentendió de ella; bebió innumerables cervezas. Le agradaba esa sensación de lejanía que estallaba dentro de él con cada sorbo, como si el mundo se estuviese haciendo blando, esférico: materia acuosa en la que los pensamientos y los gestos podían deslizarse con una velocidad pausada. Después de un rato decidió cambiarse al fino porque el abdomen se le había inflamado y dentro las sienes le estalló un sonido punzante.

Llamó al mesonero y mientras le pedía una copa de La Ina, distinguió a la muchacha hablando con un hombre que le colocó algo en la mano y salió disparado hacia la calle. Dudó unos segundos, pero luego reconoció que aquel tipo era Cúcuta, el jíbaro que años atrás les vendía algo de marihuana a él y a sus amigos.

—¿No invitas? —le dijo a la muchacha y la vio enrojecer.

—¿Por qué no? —contestó ella y le alargó un montoncito de hierba envuelto en una servilleta. A él se le congeló la sonrisa, le hizo una seña indicándole que guardara aquello de inmediato, y por unos segundos pensó en marcharse, pero la mirada de la mujer lo paralizó en la silla.

Después de unos minutos ella se acercó a la mesa y se sentó.

—Por favor —le advirtió la mujer rubia—, no me digas que estás a punto de divorciarte, que soy la mujer más bella que has visto nunca, y que esta puede ser una noche especial...

—Bueno, mejor te invito una botella de fino y nos emborrachamos juntos...

—Para ti no va a ser tan difícil, ya estás muy mareado... cuéntame algo ¿eres andaluz? —interrogó ella.

—No —se rio él—. Caraqueño, pero mis amigos y yo veníamos mucho a este bar cuando estudiábamos en la universidad y si teníamos dinero o estábamos muy felices, o las dos cosas a la vez, pedíamos una botella de fino...

—¿Por qué?

—Al día siguiente amaneces como si no hubiese bebido ni una gota de alcohol.

 

La muchacha soltó una risa opaca. Una especie de quejido, de espasmo.

Comenzaron a beber. Ella le susurró su nombre: Aixa, y le explicó que vivía en Florida desde hacía tres años. Allí trabajaba vendiendo cosméticos y dando clases de baile a ancianos que intentaban apretarle las nalgas cuando ella les explicaba cómo dar un giro.

—¿Y tú?

Él se quedó silencioso. El fino se le había subido a la cabeza con una velocidad desconocida. Supuso que los quince años transcurridos desde que terminó la universidad serían el origen de su abrupta borrachera. Respiró hondo y trató de disimular el mareo.

—Yo no. Yo nada. Yo no vivo en Florida —murmuró, y las palabras la parecieron arena dentro de la boca.

—Eso lo sé... ¿te pregunto qué haces?

—Yo, yo no hago gran cosa. Yo no me he ido. Yo no me voy ni a Florida, ni a ninguna parte.

Aixa sonrió y acarició la mesa. Pareció replegarse en sí misma, miró el reloj. Él supo que ella deseaba de marcharse y se apresuró a hablar.

—Espera, lo que quiero decirte es que soy asesor de unas empresas en Maracaibo. Que ya no vivo en Caracas.

—Igual que yo —contestó Aixa y bebió otro sorbo de su copa.

—Aquí ya no vive nadie —dijo él con voz pastosa—. Todos se fueron. Mis amigos también. Emilio a Londres; Pedro a La Coruña. Hace cuatro años, creo. Nos despedimos aquí mismo. En este país ya no queda nadie.

—Quedamos tú y yo- murmuró Aixa.

—Tú tampoco. Tú estás en Florida...

—Bueno, pero ahora mismo...

—Ahora no importa. Tú estás en Florida.

—¿Y qué pasó con tus amigos?

—Nada especial. Pedro llegó una tarde y nos dijo que se iba a Galicia, que tenía un trabajo con unas vacas, y a las semanas Emilio había conseguido trabajo en una empresa de programas de computación en Londres. No me dijeron nada, ¿sabes? Bueno, solo en el último momento. Y la verdad es que no sé si hablaron entre ellos, si habían planificado irse... Nunca me comentaron nada, pero es demasiada casualidad...Yo le pregunté a la esposa de Pedro. Ella es una tipa estupenda y me dijo que esos asuntos se deciden de un día para otro, que no le diera más vueltas, que Emilio, Pedro y yo seríamos siempre como Los Panchos, pero que este país estaba jodido, que aquí el que no se escape se va a hundir...

Aixa se sirvió el resto de la botella de fino. En el bar solo permanecían ellos dos y un señor que hojeaba un periódico.

Él se quedó callado porque sintió un ardor en la garganta y con las uñas quiso marcar un círculo sobre la madera de la mesa.

—Te pusiste triste de repente —dijo Aixa, y su voz también había adquirido una textura pastosa.

—Perdona... —se disculpó él.

—No, no te preocupes. Me gusta. Bueno, más bien me gusta verte a ti...no estoy acostumbrada a ver un hombre que...

Aixa distinguió la manera en que él elevó la cara tomado por un gesto rabioso que se esfumó en pocos segundos.

—¿Y ustedes siguen en contacto? —interrogó ella para disipar la tensión.

—Sí...de vez en cuando hablamos. Una vez estuve averiguando para pedir una beca y estudiar en Roma, pero había un papel que necesitaba y yo no podía conseguir...creo...o es que necesitaba muchos papeles y yo no conseguía ninguno. No lo sé. Igual cualquier día de estos reúno plata y me voy a visitarlos.

—Yo creo que les gustará verte.

—Siempre que veníamos al O’ Gran Sol había mujeres hermosas en alguna mesa. Así como tú...Emilio conoció a su primera esposa en esta mesa. Y a la segunda, la que vive con él ahora, la conoció en la barra. Y antes de separarnos yo siempre venía aquí con mi primera mujer, que era la mejor amiga de la esposa de Pedro. Nos encantaba el pan con ajo, pero ellas odiaban el fino. El fino solo lo bebíamos Emilio, Pedro y yo.

—¿Y por qué no te has ido? ¿Por qué no te vas? —interrogó ella.

—Alguien tiene que quedarse cuidando esto —dijo él con una sonrisa y deslizó sus manos sobre la mesa y luego señaló hacia el resto del bar.

Bebieron en silencio sus copas. Cuando acabaron él quiso invitarla, pero ella insistió en pagar su parte. Al salir, el hombre preguntó por un antiguo camarero llamado Manolo, pero nadie supo responderle.

—Que sola se quedó esta vaina —dijo él cuando estuvieron cerca de la puerta.

—Demasiado —confirmó Aixa viendo la hilera de sillas vacías—. Dicen que pronto habrá una huelga general.

—La gente tiene miedo. Se van a dormir temprano... Nosotros también deberíamos tener miedo, pero el fino lo hace a uno inmortal.

Al salir a la calle, él sintió como Aixa se aferraba a su mano.

—Qué fría estás.

—Me acompañas hasta el hotel. No quiero ir sola. Se me hizo muy tarde.

—Bueno...igual debimos comprar otra botella de fino.

—Yo no puedo beber más.

—Tú no me has contado nada de ti.

—No hay nada. Ya te lo dije: Florida; viejos que me quieren agarrar las nalgas; venta de cosméticos.

Atravesaron una avenida solitaria acompañados por la luz inútil de semáforos que parpadeaban impregnando la calle de un brillo tembloroso. Al llegar a una esquina oyeron un ruido a sus espaldas y vieron cuatro niños apareciendo entre cajas y bolsas de basura. Uno de ellos tenía la cara huesuda y una cicatriz que le recorría el cuello. Apuraron el paso. Los niños lanzaron un frasco vacío que no llegó a estallar.

Aixa señaló hacia una calle indicando la dirección de su hotel, pero un nuevo ruido estalló a sus espaldas. Giraron la cara. Uno de los niños caminaba muy cerca y murmuraba palabras incomprensibles. Apretaron el paso. Al llegar a una esquina, los dos se escondieron en la penumbrosa entrada de un edificio y miraron pasar al muchachito: un cuerpo de alambre que olía como agua empozada.

Cuando estuvieron seguros de que ya habían burlado la persecución, salieron a la calle. Él sentía que el mareo se le iba disipando. Un sabor agrio hervía dentro de su boca. Aixa fue aligerando la presión que ejercía contra su mano y se liberó por completo al llegar frente a un hotel de paredes amarillentas.

—Bueno, adiós —dijo ella entre susurros.

Se miraron un rato. Él no supo qué decir. Hizo un gesto con la mano y miró hacia la calle buscando un taxi, pero Aixa saltó sobre él y le dio un beso en la boca. Luego ella caminó hacia la entrada del hotel.

Él comenzó a avanzar hacia la avenida. Una moto pasó veloz como un insecto saltándose la luz roja de los semáforos. “¿Qué hora será en Londres?”, pensó él, “¿Y en La Coruña?”. “¿Será la misma hora en Londres y en La Coruña?”. Intentó contar con los dedos para calcular la diferencia, pero después tuvo que admitir que había olvidado si eran cinco horas más, o cinco horas menos. Hurgó en su cartera para buscar el número de teléfono de sus amigos, pero fue inútil.

Volteó la mirada hacia el hotel y le pareció que Aixa seguía en la puerta. Se acercó unos metros. Era ella, sin duda. No supo si llamarla o acercarse. La mujer contemplaba las ventanas del hotel y detallaba una en especial, una que permanecía con la luz encendida.

Aixa se dio cuenta de que él todavía estaba allí y se aproximó con pasos rápidos.

—Oye, ¿no quieres fumar? —le preguntó con voz nerviosa.

—Mañana trabajo —respondió él—. Tengo dos reuniones en la mañana y una en la tarde.

—¿Y no quieres fumar monte conmigo? ¿No quieres ir a tu hotel, no quieres que fumemos allí?

Él sintió que se excitaba. Comenzó a morderle la oreja a Aixa, pero se sorprendió al ver que ella se estremecía y se echaba unos pasos hacia atrás.

—Vamos. Llévame- insistió la mujer.

Después de quince minutos lograron conseguir un taxi. Subieron a la habitación y allí fumaron tirados sobre la cama. Él sintió que se iba relajando y que la lámpara del techo comenzaba a alejarse, a oscilar imperceptiblemente. Tal vez se hubiese dormido, pero la mano helada de Aixa se aferró a su verga y comenzó a acariciarla. Él se dio la vuelta. En unos segundos se espabiló y se lanzó sobre la mujer: durazno, poliéster, fino, hierba. Sabor mentolado. Algo burbujeaba en su cuerpo.

Se desnudó.

Cuando comenzó a quitarle la ropa a Aixa, ella se levantó, le dio una bofetada y con pasos veloces se encerró en el baño.

 

Desde la calle se escuchó el sonido de una sirena.

Él duró unos minutos acostado en la cama.

Le ardía la mejilla. Un poco. Solo un poco.

No supo qué hacer. Trató de liar un cacho, pero no pudo. Nunca había aprendido a hacerlo. Emilio fue siempre el encargado de esas tareas. Esa era la dinámica. Él ponía el dinero; Pedro le compraba a Cúcuta y Emilio preparaba los canutos.

Hastiado, dejó la hierba en la mesa de noche y se puso en pie.

—Aixa, ¿te pasa algo? —murmuró junto a la puerta del baño.

—Nada, nada, espérame un momento —dijo ella.

Volvió a la cama. Aguardó unos instantes, pero el sueño lo fue venciendo. El reloj marcaba las tres y media. Cuando abrió los ojos para cambiarse de posición ya eran las cuatro y Aixa seguía encerrada. Asustado se levantó. Desde la calle penetraba un olor a frutas podridas.

—Aixa, ¿qué sucede? Aixa...

—Ya salgo, ya salgo, pero no quiero que hagamos nada, no quiero, prométeme que no haremos nada.

—Te lo prometo, pero sal de allí.

—No haremos nada, promételo.

—Te lo juro. Sal de una vez. Si quieres me acuesto en la alfombra, si quieres llamo para que te den otra habitación, pero sal.

Sintió alivio cuando escuchó el sonido del seguro. Aixa apareció con el pelo empapado y envuelta en una toalla magenta. Caminó descalza hasta la cama y se arropó con las cobijas. “Tiene los pies bonitos”, pensó él y se sentó sobre la alfombra. Ella lo miró con ojos inexpresivos y empezó a morderse una uña. Estuvieron mucho rato contemplándose, hasta que él cerró los ojos para dormir. No pudo hacerlo. Una punzada atravesó sus sienes y comenzó a gotear como un líquido ardiente sobre sus ojos. Abrió los párpados. El dolor comenzó a palpitar dentro de su cabeza. Cambió de posición para intentar dormirse, pero fue inútil. Entró al baño, se mojó el rostro. La piel de las mejillas tenía un color verde que por instantes se tornaba ligeramente azulado.

Entró en la ducha y abrió el agua fría; un hilo de hielo comenzó a derramarse por su cabeza. El dolor se fue atenuando con lentitud. Una sensación de cansancio se deslizó por su cuerpo. Estuvo media hora bajo la ducha. La mirada perdida, la respiración agitada y las náuseas apretándole el cuello. Los últimos minutos abrió la boca para beber parte del agua que chorreaba por su cara.

Tembloroso se frotó con la toalla y se vistió. Pronto amanecería y podría beberse un jugo de tomate y dos aspirinas. Salió a la habitación con pasos lentos. Al voltear la mirada pudo distinguir a Aixa completamente desnuda. Se aproximó a ella sin saber si aquel gesto era un azar, una invitación, otro acercamiento inútil entre ambos. Desde la calle penetraba una luz como de algodones sucios. Él quiso dar la vuelta alrededor de la cama, pero algo lo detuvo: aquella piel. Aixa. Aquella piel.

La espalda era un mapa lleno de llagas. Pequeños orificios: círculos negros, marrones, rojos. Incisiones que avanzaban desde la nuca hasta alcanzar el inicio de las nalgas. Moratones; costras. Las piernas repetían aquellos rastros y él casi pudo imaginar la lentitud con la que alguien (¿un amante, un esposo, un familiar?) deslizaba una navaja o apagaba cigarrillos sobre el cuerpo exhausto de Aixa.

Sintió que el estómago se le contraía. Quiso escapar, salir corriendo. Se asomó al ventanal para tomar un poco de aire y en medio de la luz del amanecer distinguió a los niños que había tropezado en la madrugada hurgando entre cajas llenas de frutas descompuestas.

Escuchó un sonido. Giró la cara. Aixa cubrió su cuerpo con las cobijas.

—El mundo es horrible, ¿verdad? —dijo ella.

Luego levantó la mano y lo llamó con un gesto. Él se acostó. Al principio sin tocarla, pero una vez que ella lo pidió, abrazándola con torpeza.

Lamentaba haber dejado de fumar meses atrás porque deseaba un cigarrillo para olvidar de esa piel oculta por las sábanas. Después de un rato levantó el teléfono del hotel. Con algún esfuerzo logró recordar de memoria el número de Emilio en Londres. Deseaba hablar con él, contarle estas horas espantosas, saludarlo, decirle que en el bar de siempre servían ahora un horrible pan de ajo; que Manolo ya no trabajaba allí; que el fino daba unas resacas de mierda; que Aixa no dormía; que Aixa no lograba dormirse.

Se sorprendió al escuchar la voz de Pedro. Una voz asustada, tensa. Quiso saludarlo, decirle quién era, pero en el último instante colgó.

Volvió a acostarse junto a Aixa con gestos pausados. Por la respiración de la mujer comprendió que al fin se había quedado dormida. Algo desconocido, algo inusual palpitaba en aquel cuerpo relajado, como si una dulce rendición tomara cada músculo.

Acarició con levedad el cabello de Aixa.

Cerró el ventanal; bajó la velocidad del aire acondicionado y deslizó las cortinas hasta que el cuarto quedó en penumbras. Le gustó mirar entre sombras a la mujer; contemplarla cada segundo; cuidarla para que nada interrumpiese su sueño.

El hombre supo que llegaría tarde a las reuniones de ese día.

No le importó demasiado.


Juan Carlos Méndez Guédez*

Barquisimeto, 1967. Autor de novelas como La ola detenida, El baile de madame Kalalú, Los maletines y Una tarde con campanas. También ha publicado los libros de cuentos: La noche y yo, Ideogramas, y Hasta luego, Míster Salinger, entre otros. Es autor de la novela corta: Veinte merengues de amor y una bachata desesperada y del libro de viajes: Y recuerda que te espero.  Doctor en literatura hispanoamericana por la Universidad de Salamanca. Reside en España.

 

En Francia, la editorial parisina Métailié ha traducido y publicado su obra: Los maletines bajo el título de Les Valises.