Letra Viva

El cementerio de las historias inconclusas

Foto: Javier Cedeño Cáceres

Foto: Javier Cedeño Cáceres

Crysly Egaña | Venezuela

Una mujer vestida de novia está llorando mientras va por las caminerías, pues nunca contrajo matrimonio porque su novio murió en un trágico accidente de tránsito cuando se dirigía a la iglesia. Una mujer camina aferrada al brazo de su esposo, pues esperan una respuesta por el hijo que no tuvieron por un aborto espontáneo. Una muchacha se reencontrará con ese amor que dejó al huir por la guerra en su país. Un hombre saldrá con la mujer de su vida, pues ella estaba de noviciado. Y luego estoy yo, que no sé qué hago exactamente en un lugar como este.

"El lugar del que hubiera pasado si”, se lee en un afiche.

El cielo a escala de grises. El clima frío. El ambiente sombrío. El aire lúgubre. Pareciera que alguien estuviera a punto de morir. No entiendo. Este es el lugar donde las personas vienen a vivir, vienen a sentir, vienen a recuperar las esperanzas en el mundo que les arrebató todo.

Me detengo. Hay una fila de personas. ¿Qué es esto? “Tengan a la mano los papeles”, grita una voz. ¿Papeles? ¿Qué papeles?, pienso en voz alta. “Chica, no puedes entrar si no tienes el cupo. Yo estuve años en lista de espera”, me dice la mujer que tengo delante. No entiendo, ¿lista de espera? ¿Por qué me otorgaron un cupo tan rápido? “Hey”, le tocó el hombro a la misma mujer. “¿Cómo se otorgan los lugares aquí?” “Por la cantidad de momentos inconclusos, por supuesto”.

Sigue avanzando y de repente se voltea: “Dicen que la edad es un valor agregado. Por ejemplo, los jóvenes son carne fresca para esto. Cuando se entregan, suelen hacerlo por completo. Hasta quedar secos. Recuperarse no es fácil y siempre terminan en lugares como este. Ignoran que la vida es larga y que pueden tener momentos más fuertes, o quizás no. Y a ti, ¿qué te trae por aquí?”. “Supongo que por la misma razón de todos los que están aquí”, alcancé a responder.

¿Acaso hay un motivo general? No lo sé. Lo dije por decirlo. Sinceramente, no tengo ni la menor idea de qué estoy haciendo con mi vida en este momento.

La fila avanza y logro ver el grabado de la entrada: CEMENTERIO DE LAS HISTORIAS INCONCLUSAS.

Está rodeado de enredaderas, limpio un poco y se puede leer NACIMOS PARA MORIR.

Where dreams come true se cuela en mi mente. Este lugar es una especie de Disneyland.

Aquí se vuelve realidad ese sueño que te carcome, el que recorre cada vena e inunda tu torrente sanguíneo y, de cierta manera, puede envenenar tu corazón.

Me entregan un papel pergamino. Escrito con caligrafía perfecta y en tinta: las reglas son simples. Solo se puede volver a un (1) momento inconcluso y tienes una (1) oportunidad en toda tu vida. De retirarte, pasará a manos de otra persona y será ella quien decida qué historia terminará. Al dar un paso más, estará dentro y se dará por sentado que usted está de acuerdo con lo expuesto anteriormente. Levanté la mirada, vi las lápidas en todo el recinto. El pie derecho marcó la marcha.

Hay caminerías de piedra en diferentes direcciones. Lo restante está cubierto por una grama perfectamente cuidada, árboles frondosos... y lápidas. Al nacer, se te asigna una. En vida, estará para esto, por si deseas acceder al momento inconcluso. Al morir, desaparece, pues los momentos inconclusos se irán contigo. Para localizar la que te corresponde, debes ir al año en el que naciste. Al llegar, está la señalización de cada letra del abecedario. Indica la inicial de tu nombre. Busco la “A”. No puedo ver el nombre de las demás lápidas, solo puedo ver la inscripción de la que te corresponde.

ALEJANDRA HOFFMAN

—1998—

No hay que llevar flores ni encender velas. Nada de canciones en latín ni fórmulas extrañas. No hay ningún ritual clandestino del viejo mundo por hacer. No hay una palabra usada como contraseña. No hay rituales. Es simple. Me detengo ante la lápida y se comienza a desplegar una especie de neblina densa en tonos blancos y grisáceos. ¿Se supone que son mis momentos inconclusos? ¿En blanco? No entiendo. Si yo hubiese tomado el avión... dejé de pensar. Apareció un punto en la neblina y empezó a expandirse hasta tomar una porción de toda la neblina. Allí estaba. Estaba subiéndome en el avión ese domingo.

Esto no es lo principal, hay más. Si él no se hubiese ido del país... y dejé de pensar nuevamente. Apareció otro punto en la neblina, que comenzó a expandirse hasta tomar una porción, tal cual como en el anterior. ¿Qué es esto? Acerco mi mano al segundo punto y desaparece entre la neblina. ¿Esta es la forma de entrar? ¿Es posible salir? ¿Tan fácil se cambia el curso de la vida?

Recordé el afiche que había visto cuando iba caminando hacia la entrada: “El lugar del que hubiera pasado si”. Ahí lo entendí. ¿Y si yo hubiera escuchado...? Y apareció el punto. ¿Y si yo hubiera cambiado...? Apareció otro punto. ¿Y si yo le hubiera dicho...? Y así comenzaron a aparecer diferentes puntos. Habrá momentos inconclusos como “¿Y si...?”, y que sean agregados a una situación específica. Es casi infinito. ¿Cómo escoger?

¿Vale la pena el riesgo? ¿Realmente son historias inconclusas? Un momento inconcluso. Una única vez en toda la vida. Me dejé llevar. Acerqué mi mano al punto y la neblina me absorbió.

 

Despierto temprano como de costumbre. Me sumerjo en la rutina. Una sucesión de eventos, uno tras otro. La aceleración como característica principal. No sé en qué momento alguien apretó un botón y todo se revolucionó. Solo veo el check list que tengo que terminar. De repente, me quedo helada. Me quedo impactada porque no lo creo. Está allí de pie. Viene caminando hacia mí. Me saluda con la mano. Sonríe. Yo sonrío. “Hola, qué tal tu corre-corre diario”. No alcanzó a responder nada. Me está hablando, me saluda y se preocupa por mí.

Miré a mi alrededor y fue entonces cuando comprendí la trampa. Fascinante hasta el punto de la inverosimilitud. Corro. Corro con todo lo que mis pulmones me permiten y siento. Vivo cada inhalación y cada expiración, cómo el oxígeno entra por mis fosas nasales y cómo llenan mis pulmones. El ritmo cardíaco aumenta. Estoy viviendo.

Lo dejo todo en manos de esa otra persona, que sea ella quien elija la historia que debe continuar. Al final, creo que sí nos podemos condenar a nosotros mismos. Me hago consciente de lo que había hecho realmente: encerrarme en mi propia fantasía.

Sin disimulo

Datemi tutto, questo è una rapina!

Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

Mario Morenza* | Venezuela

«Creo que el gol que anoté ha sido importante. No teníamos otra alternativa. Lo importante para el equipo era obtener el triunfo. Y lo logramos».

Se llamaba Luciano Re Cecconi y le decían el Ángel Rubio. Su melena dorada le confería un aire de bienaventuranza, de candidato infaltable a un casting para interpretar a un héroe alado y bíblico. Re Cecconi era el jugador más querido, divertido y alegre. Sin embargo, su imagen de estampilla religiosa era incapaz de obrar el milagro que el equipo necesitaba: calmar los ánimos exaltados.

Jugó en el controversial Lazio de los setenta, que se asemejaba más a dos facciones de la mafia que a un equipo. Los dos bandos en pugna habían incorporado revolveres Smith & Wesson a sus entrenamientos. La práctica de tiro al blanco con balas calibre 44 era una actividad más popular que los tiros penales.

En las calles de la Italia de aquellos años se respiraba una atmósfera igualmente inquietante. Manifestaciones violentas, secuestros a diario y terroristas de ideologías diversas propiciaban el miedo y la paranoia. Los atracos eran tan comunes como los goles de los domingos de la Serie A Italiana.

El Ángel Rubio era mediocampista y era incansable. Sin lugar a dudas, el motor de un equipo lleno de jugadores conflictivos, por lo que, al poco tiempo de fichar con la Lazio, se ganó el aprecio de la fanaticada. Pero a inicios de 1977 ya los buenos tiempos de Luciano Re Cecconi habían quedado atrás y también los mejores del equipo romano. En la memoria de los irriducibili permanecían como un grato y lejano recuerdo los triunfos de la temporada 73/74, cuando la Lazio alcanzó el Scudetto venciendo a la superpoderosa Juventus.

El 18 de enero de 1977 fue una noche gélida y fatídica. El Ángel Rubio, acompañado por Pietro Ghedin, defensa de la Lazio, quería darle un pequeño susto a otro amigo, el joyero Bruno Tabocchini. Lo que ambos jugadores ignoraban es que la broma inocente terminaría de una manera distinta a lo planeado.

Aquella tarde, Re Cecconi y Ghedin se apersonaron en la joyería de la Via Netti. Cuando Luciano Re Cecconi entró al local con el rostro cubierto con un pasamontañas y apuntó con su arma al joyero, gritó: Datemi tutto, questo è una rapina! / ¡Dámelo todo, esto es un atraco!

El joyero había sido víctima de atracos, como era usual entre muchos comerciantes. Semanas atrás, obstinado ante los criminales que saqueaban su negocio cuando les daba la gana, decidió hacer una inversión en sistema de seguridad para su negocio: comprar una Walther 7’65. Al escuchar a sus espaldas las palabras amenazadoras, con la premura del sheriff más rápido de los spaghetti western de Sergio Leone, desenfundó su arma, se giró y disparó.

La bala atravesó el pecho del Ángel Rubio.

Luciano Re Cecconi sonreía antes de recibir el impacto del proyectil. Cayó al suelo con los brazos extendidos, como si intentara aletear.

Re Cecconi murió media hora después.

El joyero fue declarado inocente y absuelto por legítima defensa.

El funeral se celebró en la Basílica de San Pedro. Luciano Re Cecconi irónicamente había sido el único jugador que siempre dejaba su arma de fuego escondida entre su ropa durante los entrenamientos.

Su compañero de equipo, Vicenzo D’amico lo recuerda y precisa en pocas, pero definitivas palabras: «Era un muchacho dulcísimo. Un muchacho, buenísimo. Tenía 28 años».


Mario Morenza*

En 2008, publica La senda de los diálogos perdidos (ganador del Premio Nacional Universitario de Literatura) y Pasillos de mi memoria ajena (finalista del concurso para autores inéditos convocado por Monte Ávila Editores). Relatos de este autor han sido reconocidos con diversos galardones: destaca la inclusión de «Vitrum» en la Antología de la Novísima Narrativa joven Hispanoamericana (2008) y en 2016 «Las tribulaciones de un censor antiplagios» resulta ganador de la 71a edición del Concurso de Cuentos del diario El Nacional.


Recuerdo de Teodoro

Teodoro Petkoff | Foto: Cortesía de El Nacional

Teodoro Petkoff | Foto: Cortesía de El Nacional

Eduardo Liendo | Venezuela

El túnel del San Carlos es uno de los im-

portantes secretos que resguardó el silencio de Alberto

Lovera en el desamparado momento del martirio. La

fuga ha causado un gran impacto político. Se vuelve a

hablar de los revolucionarios con respeto. Uno de los

evadidos, Teodoro Petkoff, antes de salir dejó escrita

una frase de Sun Tzu para que fuese leída por sus car-

celeros: «Desconfía del agua que duerme».

Petkoff estuvo antes prisionero en Tacarigua y

con ingenio logró su traslado al San Carlos. Es un di-

rigente muy estimado por sus compañeros, impulsivo

y audaz, brillante intelectual, polémico en sus ideas

y con sensibilidad para aproximarse y escuchar a los

hombres sencillos.

Es un líder nato que posee el aura feliz que ro-

dea a algunos artistas y deportistas ídolos. Armando,

recuerda ahora parte de una conversación con él que le

dejó pensativo:

—¿Qué lees? —preguntó Teodoro.

—La historia de la revolución rusa, de Trotsky —res-

pondió Armando.

—¿Ah? Está muy bien eso de que ustedes aquí en

la isla no tengan cocos que los espanten.

—Es muy interesante.

—Sí, es absolutamente necio tratar de desaparecer

esa figura del drama revolucionario contemporáneo. Es

uno de esos privilegiados cerebros que produjo la re-

volución rusa, una élite intelectual como no ha dado

ninguna otra revolución en esa magnitud. Habrá que

rescatar lo valioso que existe en el pensamiento de ese

hombre. Da pena que no se pueda citar a Trotsky en un

escrito, como no sea para estigmatizarlo, o si no hay que

hacer no sé cuántas aclaratorias para lavarse el pecado.

Hablaron luego sobre la creación artística; en un

momento dijo Petkoff utilizando una imagen muy cruda:


—Si un pintor quiere colocarse su pincel en el

culo y embadurnar la tela con él, que lo haga. Queremos

hacer una revolución para liberar al hombre y no para

reprimirlo más; ¿por qué forzosamente realismo socia-

lista? El arte debe ser tan amplio como la imaginación

del hombre lo permita.

—Sí —dijo Armando—, en cierto modo, el hom-

bre es su imaginación.

Por dentro, se removía un dogma.




Eduardo Liendo. Los topos,1985,  pp.166-67. Monte Ávila Editores



#CuentosEnanos: Brisa Mañanera

Y el viento hizo volar  las cenizas de lo que alguna vez fue un cuerpo que a través de  los suspiros perturbó la calma de la brisa mañanera
— @JavierWebEN