Letra Viva

Angélica

Foto: Efe

Foto: Efe

Isaac González Mendoza* | Caracas (Venezuela)

A Angélica le brillan los ojos, verdes y fijos en el parabrisas, mientras las luces de los carros se pasean sobre su cara amarillenta. La mano izquierda en el volante y la derecha, siempre, siempre, en la palanca.

Como es de estatura baja, a veces tiene que despegar un poco la espalda del asiento, así que puedo ver sus músculos marcados en su franela blanca, con el brassier apretándole la piel y, más abajo, los vellos amarillos que trazan el camino hacia sus pantaletas. "Voy a ir más rápido, no te vayas a cagar", me dice.

Es tan sensual.

Y entonces, con hábiles movimientos, cambia de cuarta a quinta: presiona el croche, mueve la palanca y pisa el acelerador.

Creo que le gusta que la miren. Por eso se muerde los labios a cada tanto, porque sabe que estoy viéndola concentrada en la carretera, que hoy parece un túnel sin salida por el apagón, que no sé cuántos días tiene ya.

He perdido la noción del tiempo. No sé ni la hora ni qué día es. Solo sé que es de noche y solo nos iluminan la Luna, uno que otro ojo de gato y los faros de los carros.

No siento miedo a pesar de que Angélica va a casi 100 kilómetros por hora. La aguja del velocímetro no termina de pasar de 99, se mantiene ahí, riéndose de nosotros. Solo se escucha el motor de la camioneta de Angélica y el viento entrando por la ventana. Y fuera del carro Caracas es como una ciudad muerta.

Por fin llegamos a Los Chaguaramos para dejar a Juan, dormido todavía. Tardamos unos segundos en despertarlo hasta que se va con dificultad inmerso en una nube de oscuridad. Fue un día largo para él: tuvo que asistir al menos cuatro operaciones de tiroteados.

En Los Chaguaramos la neblina se pasea entre las transversales y se posa sobre el río Guaire, visible desde el puente El abandono. Vemos unas figuras deformes a más de doscientos metros de distancia que se mueven como sombras, atravesados por la luz de la Luna. Angélica, contagiada por mi temor y el de Sandra, arranca y el carro suelta un chillido. Pasamos frente a ellos, pero no pudimos ver sus rostros. Caminan como ciegos, con los brazos un poco levantados hacia adelante.

—Zape gato -dice Angélica, que me mira por primera vez desde que salimos del hospital.

—¿Qué habrá sido eso, chama? -le pregunta Sandra, solo para seguir la conversación.

—Seguro son unos locos que se quedaron varados. No vayas a creer que son espíritus.

—No, vale.

—Estás clara que eres burde cagada.

Ambas se ríen y yo, aferrado al cinturón de seguridad, no digo nada.

—Como se ve que eres nuevo -me dice Angélica. ¿Cuánto tiempo tienes en el hospital?

—Apenas dos semanas -respondo.

—¿Y qué tal te ha parecido?

—En la clínica solo participaba en operaciones programadas. Estar en emergencias es otro nivel.

—Me imagino.

—Chama, felicítalo -dice Sandra.

—¿Por qué, pues?

—Está cumpliendo años.

—¿Qué? No, vale. ¿Y cuántos cumples?

—30.

—Qué manera de cumplir 30. Pobrecito -dice, y me sorprende al soltar la palanca para apretar mis cachetes-. Vamos a cantarle cumpleaños.

—No, no, no.

Y me cantan: "Cumpleaños feliz. Te deseamos a ti...". Mientras escucho me quedo hipnotizado mirando la carretera: las luces de la camioneta iluminando solo el asfalto, que se mueve frente a mí como una cinta para correr. A mi izquierda y derecha solo veo grises y uno que otro árbol u hoja que sobresalen como dibujos a carboncillo. No puedo identificar las zonas que tienen diminutos intentos de luz. Y voces lejanas balbuceando algo, y ollas repiqueteando, y gritos desgarradores que se pierden en el viento. "...pleaños feliz...".

Ambas aplauden emocionadas y me hacen cosquillas.

Por el olor a sal y pescado me doy cuenta de que estamos en La Guaira. Sandra se baja y corre hacia su casa. Pasa justo en medio de cinco personas que hablan alrededor de una fogata que hicieron dentro de una vieja lata de pintura. "Espero que la termines de pasar bien", me dice Sandra antes de irse.

Angélica arranca y comienza a hablarme. Me pregunta si tengo hijos y le digo que sí, que tengo una hija. Ella me cuenta sobre el suyo, llamado Gabriel: tiene dos años, le gustan los carros y el beisbol, odia las pizzas y prefiere las hamburguesas. El papá le manda dinero pero casi no lo llama ni le escribe. Vive con su mamá y Gabriel en Cotiza. Me pregunta por mi hija y solo le digo que se llama Sofía y que tiene tres años.

—Yo también soy enfermera, sabes -me dice de repente.-Ejercí como por un año pero el sueldo era un porquería. Por eso me metí a taxista.

—¿Y qué tal?

—No es lo más gratificante, ¿me entiendes? No estoy salvando al mundo, pero ayudo a otros a llegar a sus casas en una ciudad peligrosa.

De repente el cielo se ilumina por una luz naranja. Un aviso vial envuelto en llamas. Abajo una barricada es defendida por unos manifestantes mientras unos militares les disparan lacrimógenas. A tiempo frenó Angélica, que acaba de lanzar una mentada de madre.

"Hacia dónde se dirige", nos pregunta un militar empapado de sudor. "Este es cliente mío. Le hago transporte". "Bájense", responde. "No, amigo. Nada que ver". Entendía que Angélica era una mujer dura, fuerte, que no pensaba dos veces antes de contestar con una grosería. Pero me sorprendió aquella respuesta frente a un tipo que tiene un FAL colgando en su hombro. "Que te bajes", dice otra vez el sargento, que aparenta una veintena de años.

Pero no, Angélica no cede, así que arranca otra vez la camioneta.

No entiendo cómo aceleró y pasó por un lado de la barricada y los militares, de quienes se desprendieron dos para perseguirnos. Ahora sí ella había superado la rayita de los 99 kilómetros. Ya estábamos por 102 cuando los perdimos. Y el viento metiéndose por la ventana, y los gritos desesperados lejos, y la nube negra que nos escoltaba, y el sonido de las motos de los militares perdiéndose detrás de nosotros. "¿Estás cagado", me pregunta Angélica. Y yo solo miro hacia delante, creyendo que así voy a salvarnos a los dos. Ella también mira hacia delante, apretando el volante y mordiéndose los labios.

Es tan sensual.


Los lugares comunes de Pancho Massiani

Dibujo de Felipe Márquez

Dibujo de Felipe Márquez

Graciela Yáñez Vicentini | Caracas*

Para Francisco y sus secuaces:

Fabiola, Luis, Rodrigo, Eleonora y el resto de los visitantes



Un pollo sofocado en un bolsillo, un pendejo que no sabía qué hacer con su vida y que seguía enamorado de una tal Carolina que no le paraba ni medio: a eso me refiero con los lugares comunes de Massiani.



*

Recuerdo una tarde, una celebración de cumpleaños de Pancho, en que la comitiva –porque no era él solo, hay que decir que los amigotes lo alentaban, y bastante– invirtió buena parte de la tarde en llamar a una tal Carolina que no quería apersonarse. Tanto insistió ¿Corcho, Pancho?, que la tipa se apareció, finalmente, en la fiesta, con su hermana y su sobrina. Buena parte de la noche, entonces, tuvo que destinarse al próximo logro que dictaba la lógica: que Carolina –la de carne y hueso; lo juro, que así se llamaba la fulana– se sentara al lado de Pancho, en su cama, y a lo mejor de todo aquello se lograse hasta el robo de un beso.

Enlazo esa escena con otra, la segunda salida directamente de la página: una conversación telefónica –el teléfono, como se ve, elemento decisivo y reiterado en el universo de Pancho– durante la que Corcho, arrojado a la hazaña de escribir la gran novela realista, iba tecleando palabra por palabra la conversación que sostenía con su interlocutor a medida que iba transcurriendo el diálogo. Palabra dicha, palabra escrita. Hasta que, como podía esperarse, el amigo se percató de que por eso se dilataba tanto Corcho en responderle, y por eso le pedía tantas veces que se repitiera. Exasperación telefónica, fin de la llamada, fin de la anécdota: realismo puro, diálogo magistral que resume en su brevedad la mejor propuesta que he leído para explicar los avatares de la literatura y la vida, de la representación y lo representado.

*

Dibujo de Felipe Márquez

Dibujo de Felipe Márquez

Hasta quien no ha leído a Massiani está familiarizado con “Un regalo para Julia” y con la novela que “nació de una mentira” y se transformó en Piedra de mar. Digo que son los lugares comunes de Pancho porque son lo que todo el mundo cita de su obra, son como la Rayuela de Cortázar… y sospecho que a él le gustaría mucho esta comparación. Pero son sus lugares comunes por algo, algo muy simple: porque no podemos superarlos. Hay algo de Julia y de ese pollo sofocado y de esa llamadera exasperante que me lleva no solo a Pancho y su literatura, Pancho y su vida, Pancho y nosotros; sino a nosotros, sencillamente: nosotros sin Pancho. La razón por la que nadie supera los lugares comunes de Massiani es porque son comunes, claro, pero comunes a lo que nos hace humanos. Todos hemos sido un regalo que no pudo entregarse, un regalo que no pudo recibirse –¿una visita frustrada a Cortázar?–, una chica que no nos paró ni media bola o una soledad llamando diecisiete veces por teléfono para implorar una visita a las 4 de la tarde. En palabras de Pancho: a todos nos han mandado al carajo. Todos hemos sido débiles, vulnerables, patéticos y –algunos– hasta lo suficientemente sinceros para contarlo.



Pero –y aquí viene lo extraordinario– no todos sabemos hacerlo como lo hacía Pancho.



Caracas, 2 de abril de 2019

Graciela Yáñez Vicentini



Antorcha

Antorcha Foto.png

Lautaro Vincon* | Buenos Aires (Argentina)

Emilia se dio cuenta de que el auto de policía los seguía cuando ya lo tenían a cincuenta metros. Codeó a Octavio. Él lo había notado hacía rato. No iba a parar. ¿Quiénes se creían para hacerles luces y frenarlos en medio de la ruta? Emilia recalcó que no era moco de pavo, que era la policía. Octavio dijo que le importaba tres carajos. Esas actitudes eran las que a Emilia le quitaban las ganas de seguir a su lado. Que quién se creía este, que quién se creía el otro. La prepotencia a flor de piel. La misma que su madre, una viuda mandona que había llegado de España hacía medio siglo y ahora creía que podía comerse el mundo. Emilia había pensado en separarse más de una vez y usar de excusa a su suegra. Los platos con el escudo de Galicia la tenían harta; el lobito marino del modular que cambiaba de color según el clima también la tenía harta; incluso el gato, viejo y gordo, a pesar de que Emilia adorara a los animales. Cualquier excusa era buena cuando una estaba decidida. Octavio había salido igual a su madre. Nadie tenía razón excepto él.

El encontronazo con Ferreyra en el baño del salón donde la oficina había organizado la fiesta de fin de año había sido la gota que rebalsara el vaso. Emilia lo había hecho para comprobar si podía salir de ese círculo vicioso que se había formado entre Octavio y ella. Quería demostrarle que no siempre se podía tener la razón. Ferreyra estaba loco por Emilia. Le había arrastrado el ala durante gran parte del año. Emilia lo persiguió hasta el baño, lo arrinconó en un cubículo, se subió la pollera y el resto se dio por inercia. Con los días, dejó que todos sus compañeros hablaran. No intentó ocultarlo. Tarde o temprano, aunque no fuera por boca de ella, terminaría llegando a oídos de Octavio. Uno de sus compañeros en la distribuidora era conocido del novio de una chica de la oficina en la que trabajaba Emilia. Octavio le había preguntado por qué y ella se había encogido de hombros. Le preguntó si él fallaba en algo. Otro encogimiento de hombros. Al parecer, Octavio no había entendido que lo que buscaba Emilia era que él se diera cuenta solo, sin decírselo. No se podía tener siempre la razón; no se podía controlar todo, todo el tiempo.

La respuesta de Octavio había sido un fin de semana en pareja, para reavivar el amor que se estaba perdiendo. Si Emilia había aceptado era porque le parecía genial la idea de llenarlo de esperanza y abandonarlo a la vuelta.

Así que ahí estaban, en plena ruta y de noche, con la policía detrás de ellos.

Octavio aceleró. La aguja del velocímetro fue de izquierda a derecha en pocos segundos. Emilia se aferró al asiento.

—¿Qué vas a hacer?

—Esperá y te vas a dar cuenta. Vos, tranqui.

El coche policial fue quedando atrás, apenas una mancha. Octavio apretó el volante y bajó algunos cambios mientras pisaba el freno. Apagó las luces del auto. Se desvió hacia la banquina. Avanzó algunos metros hasta confundirse con unos pastos crecidos que había en el descampado. El rugido del motor cesó. Emilia quiso saber qué pretendía. Octavio le chistó para callarla. La policía pasó de largo. Los árboles del otro lado de la ruta se tiñeron de azul.

—Ni se dieron cuenta de que estábamos acá, ¿viste?

Emilia rió. Octavio creyó que, con su risa, lo estaba festejando. Seguía tan estúpido como siempre.

Esperaron un rato. Emilia, en silencio. Octavio, sin dejar de jactarse de su gran hazaña al evadir a la policía. Todo un macho con un coeficiente intelectual que superaba al de Einstein. Intentó encender el motor. Ni un sonido. Tres, cuatro, cinco intentos más.

—Me vas a matar, pero me parece que se fundió —dijo tras salir y revisar con la linterna de su celular.

—¿Y ahora?

—Llamo a la grúa.

—¿Vamos a pasar la noche acá?

Octavio se encogió de hombros. Emilia quiso ahorcarlo ahí mismo.



***



Octavio empezó a gritar. A Emilia le costó abrir los ojos. Se habían dormido después de estar en silencio durante un rato, por no decir que ella se había dejado llevar por los ronquidos de él. La maternidad, le habían dicho a Emilia, despertaría un instinto especial. Con el llanto del bebé, saltaría de la cama como si tuviera un resorte en el culo. El único problema con eso era que, a corto plazo, no se veía embarazada. Y menos de Octavio. Cuando pudo acomodarse en el asiento de cuero viejo, levantó la cabeza. Lo vio a su lado, con las piernas retraídas y la pera sobre las rodillas. Formaba una pelota con todo su cuerpo. Miraba hacia afuera. Lo único que se podía apreciar por las ventanillas o el parabrisas del auto era la oscuridad del campo desnudo.

—¿Qué pasó?

—¿Lo viste?

—No.

—Estaba parado al lado del capó y nos miraba.

—¿Quién?

—Un tipo.

—No vi nada.

Octavio bajó la ventanilla. El aire frío se coló en el interior del coche. Asomó la cabeza. A los segundos, volvió a sentarse. Subió de nuevo la ventanilla. Quiso seguir hablando del asunto pero, a pesar de los nervios, se quedó dormido al instante.



***



Emilia no había oído la puerta al abrirse. Tampoco lo había oído levantarse. Estaba sola. Octavio se había ido. Sobresaltada, se sentó y pegó su cara al vidrio. Afuera no había movimientos. Entre quedarse adentro y esperar la grúa o salir a buscarlo, prefirió lo segundo. Lo llamó a los gritos. Su voz, arrastrada por el viento, se perdió. Con la linterna del celular iluminó los yuyos a su alrededor. Caminó en círculos, buscando algún signo de Octavio. Una huella en el barro. Algo que se le hubiera caído de los bolsillos. Una prenda de ropa. Notó lo lejos que estaba del coche cuando pisó el asfalto de la ruta. Miró hacia atrás. El techo del auto reflejaba la luna en cuarto creciente. Si la luna estaba a sus espaldas, ¿qué era el resplandor que atravesaba los árboles delante de ella?

Apagó la linterna. Se quedó dura donde estaba. El resplandor bailaba entre los troncos flacos. Se alejaba cada vez más. Emilia intentó no hacer ruido al andar. Se internó en el bosque. Más allá de la última hilera de árboles, un hombre sostenía una antorcha. Reconoció los contornos masculinos por el ancho de su espalda, la manera de mover las piernas, el grueso de los brazos. La llama, oscilante, aparecía y desaparecía. El hombre caminaba campo adentro. Y arrastraba un bulto. Otro hombre. Lo llevaba de los pies y golpeaba su cabeza contra el suelo.

Emilia los siguió. Marchaba detrás de ellos, casi al ras del barro. El pasto crecido rozaba su cara. Mantenía cierta distancia. Un tero gritó. Podía sentirse amenazado por la actividad nocturna imprevista. El hombre siguió su camino sin vacilar. Emilia se detuvo y esperó. Continuó al notar que se estaba quedando atrás.

Si hubiera elegido bien, no tendría que haber estado ahí, la panza sucia y oliendo la bosta de alguna vaca que había pastado por la zona durante el día. La peor decisión, sin dudas, era querer salvar esa relación que ya no valía nada. O menos que nada. Se había aguantado y hecho de tripas corazón en vez de decirle que su tiempo juntos se había terminado hacía rato. ¿Para qué? Para quedarse en medio de la ruta con ese auto de mierda y Octavio perdido vaya a saber una por dónde. Él era una máquina de decir frases sin sentido y carcajadas que servían solo para atraer la atención de los demás. Actuaba como un adolescente las dieciséis horas que permanecía despierto y esperaba que esa fuese la fórmula para atraer personas a su círculo social. Jamás se mordía la lengua. Por supuesto, una de sus aficiones era opinar sin estar informado: usar la lógica, como decía él. La lógica no servía si faltaban los datos que la construyeran. Al contrario de lo que él creía, algo que su madre se encargaba de alimentar, oírlo decir esa lista de sinsentidos no era para nada entretenido. Era el punto cúlmine de lo incompleto. Un vacío que absorbía todo a su paso, como la había absorbido a ella. Octavio solo esperaba la expresión de sorpresa en el otro, la reacción, el cambio producido a partir de sus palabras, y parecía ignorar que lo único que producía en los demás era aburrimiento. Emilia lo había notado: la gente fingía escucharlo. La expresión “les entra por un oído y les sale por el otro” en forma literal.

El edificio, una caja gris en medio del descampado, imponía cierta civilización a ese desierto desconocido. La llama de la antorcha iba y venía, amagaba con apagarse y tomaba fuerza de nuevo. El hombre atravesó el umbral de la construcción. Emilia alzó la cabeza entre los yuyos. Indecisa, con temor a que el desconocido volviera sobre sus pasos y la descubriera, esperó a que el resplandor naranja fuera apenas una luz mortecina que se difuminaba en el interior del edificio.



***



En alguna radio escondida sonaba el tango “Yo soy María”. Su abuela, María también, le vino a la mente. Aseguraba que Piazzolla la había compuesto para ella. Si se concentraba, Emilia podía oler el perfume a lavanda de su ropa. Los dedos flacos que le acariciaban la espalda al abrazarse. El contacto con sus rulos largos cuando se apoyaba en su hombro. La abuela María había terminado sus días en un lugar como ese. En la penumbra, mantenida a raya por la claridad difusa que entraba por las ventanas abiertas, se adivinaba el contorno de las cosas con una sola mirada de reojo.

El cartel sobre la puerta de doble hoja que decía ENFERMERÍA precedía al PABELLÓN C, un salón grande dividido por un pasillo ancho. Dos hileras de camas a los costados. Sobre las sábanas y los colchones con manchones oscuros, distintos objetos: un mazo de cartas, un cuaderno, lápices, una pelota de tenis. Como personas que se habían dormido de improviso, los piyamas percudidos sobre las cabeceras; las mangas colgaban hasta rozar los pañuelos de papel en el suelo de baldosas blancas y negras. Los azulejos agrietados de las paredes eran de un color verde lavado, donde durante años habían grabado los nombres de los internos y otras frases con tonos obscenos. Algunas camillas dispersas bloqueaban el paso. Emilia las esquivó sin moverlas. A toda costa, evitaba ser la fuente de un ruido inesperado que alertara a cualquiera que pudiese estar por ahí, a pesar de que el lugar, por obvias razones, tuviese toda la pinta de estar abandonado. Se sintió como si una fuerza más allá de su cuerpo la arrastrara, tirara de unos hilos invisibles. Tal cual como sucedía con el hombre de la antorcha que cargaba con el otro. Emilia y el arrastrado, dos muñecos de trapo.

Con la luz de la llama oscilante como guía, Emilia llegó hasta el final del pabellón. Cruzó otro pasillo. Entró en el comedor comunitario. Mesas redondas y sillas de plásticos caídas de lado. Vasos descartables aplastados. Charcos de un líquido que se pegaba a las suelas de sus zapatillas. Por la ventana del comedor podía verse el patio decorado con bancos debajo de los árboles altos y frondosos al que se accedía a través de una puerta vaivén.

Un fogonazo la sobresaltó. En medio del patio, el círculo de fuego de una hoguera iluminaba la noche. El hombre la había encendido con su antorcha. Emilia, que mantenía su postura agachada, se acercó hasta el marco de la ventana. Se asomó.

¿Qué pretendía el tipo ese? ¿Por qué bailaba de esa manera alrededor de las llamas? ¿Había notado que el otro se retorcía en el suelo?

—Ni se te ocurra acercarte a ayudarlo —dijo una voz detrás de ella.

Emilia se dio vuelta.

Otro hombre, un tercer desconocido, se ponía en cuclillas a su lado. Emilia reconoció al policía por su uniforme.

—¿Qué hacés acá?

Sin saber por dónde empezar, Emilia respondió:

—Se nos quedó el auto en la ruta.

—¿Vos y quién más?

—Mi novio.

—¿Ustedes son los que…? Les estaba haciendo luces para avisarles.

—¿Era usted?

—Sí.

—¿Avisarnos?

—Que no levantaran a nadie que hiciera dedo. Trasladaron a los internos del hospicio y uno se escapó. ¿Y tu novio?

—Me desperté y se había ido.

El policía se rascó la cabeza. Se alzó unos centímetros por encima del marco.

—¿Sabés quién es el que está en el pasto?

Emilia se acomodó a su lado y entornó los ojos para enfocar la vista.

Era un desconocido. O podía ser Octavio.

¿Podía ser Octavio? No había oído sus gritos ni lo había oído levantarse del asiento.

Negó con la cabeza.

—La radio no me funciona acá. No tengo señal. Vamos a tener que ir hasta el auto para avisar a Central de que lo encontramos y…

El policía dejó la frase por la mitad.

El tipo había levantado sobre su cabeza al arrastrado y lo había arrojado en la hoguera. Los gritos desgarraban el silencio del campo. Saltaban brasas. El quemado intentó alejarse del fuego y el interno lo pateó para que cayera de espaldas hasta quedarse tendido, sin moverse.

Emilia se llevó una mano a la boca para ahogar el grito. El policía murmuró un insulto.

—Rajá ya. Metete en tu auto. Encerrate y no le abras a nadie. Voy a detenerlo.



***

Emilia volvió sobre sus pasos. Piazzolla seguía sonando, ahora en otra canción que reconoció de oído. Tres disparos, o más, se impusieron sobre la música justo cuando salía del edificio. El bosque, cada vez más cerca. Tropezó. Raspó sus rodillas. Al levantarse, miró hacia atrás. En la entrada del hospicio, el interno sostenía la antorcha en su mano.

Emilia se puso de pie con esfuerzo, se impulsó con las manos en el suelo. Quiso no pensar en los gritos del hombre que la perseguía, en la llama que parecía una luciérnaga. Era imposible. Entró al bosque. Lo atravesó. La presencia del interno cada vez más cerca.

El alivio la inundó al salir a la ruta. En la banquina de enfrente, entre los matorrales, el auto de Octavio. Los pasos en cámara lenta; los metros hasta el coche, eternos.

Antes de entrar, lo vio por el parabrisas. Octavio estaba durmiendo en el asiento del conductor. Emilia abrió la puerta del acompañante, saltó adentro y accionó las trabas.

Octavio despertó.

—¿Dónde estabas?

—¿Vos dónde estabas? Fui a buscarte.

—Yo estaba acá. Nunca salí. De golpe, abrí los ojos y te habías ido. ¿Qué te pasó, de dónde venís?

Emilia miró hacia el bosque. Sin rastros de la antorcha entre los árboles. Sin luces azules. Sin gritos. Sin disparos. Ni un movimiento. Ni un sonido.

—¿Por qué no saliste a buscarme?

Octavio se encogió de hombros, como lo había hecho cuando ella le preguntó si pasarían la noche en ese lugar, con el coche roto.

¿Por qué esperar a mandarlo a la mierda hasta que volvieran de su fin de semana de amor, si a como venían las cosas todo se había acabado antes de tiempo?

Emilia no podía tolerarlo.

No iba a tolerarlo.

Octavio la ignoró y miró por la ventana. La interrumpió cuando estaba a punto de soltarlo todo.

—¿Qué hace ese tipo…?

Emilia se giró.

El campo.

El bosque.

La ruta.

Los yuyos.

La antorcha.


LAUTARO VINCON

(Buenos Aires, 1991)

Escritor sin seudónimo, fotógrafo aficionado, músico improvisado. Se pasea entre la ciencia ficción, la fantasía, el thriller psicológico, el terror y la weird fiction. Ha publicado cuentos y poesías en certámenes, y varios proyectos en auto-edición. Estudió en el taller de escritura de Leandro Ávalos Blacha. Más información en: www.facebook.com/vinconlautaro.


Altares sobre el hielo

Foto: Javier Cedeño Cáceres

Foto: Javier Cedeño Cáceres

Lino Zabala | Río Grande del Sur (Brasil)

La última hoja gris, polvorienta, se desprendió bajo un lento suspiro de su pequeña rama ya deshecha, de su sustento de savia ya bebida, en su instante exacto y finito. Se descolgó así, sin capacidad para meditarlo, sin tiempo que perder, sin nada más que hacer que deslizarse en medio de un cúmulo de ramas acabadas. Su leve derrumbe culminó sobre un lecho de hielo.

Esa madrugada, la vieja Helena de Amparo, despertó con su camisón de dormir empapado en sudor. Bajo la oscuridad que prevalecía palpó su cara, para cerciorarse de que no continuaba dormida. Hizo un largo suspiro, cerró sus ojos y volvió a ver la hoja que caía. Abrió los ojos y vio un leve rayo de luz que se escurría por las rendijas del techo.

“De nuevo el mismo sueño”. Se dijo agobiada, y estiró sus piernas hasta el suelo.

Con la punta de sus dedos, serpenteó a través del piso para encontrar las alpargatas que dejó a ras de la cama la noche anterior. Se las colocó y se puso de pie. Caminó sosteniéndose de las paredes hasta llegar a la cocina, con la impresión de que si desprendía sus manos del muro, caería sin aviso. No fue sino, hasta que destapó el pote del café y olfateó su fresco olor amargo, que se percibió despierta por completo. Entonces midió el polvo necesario con la misma tapa y lo arrojó en el agua que comenzaría a hervir.

Mientras se colaba el café se preguntaba a sí misma por qué soñaba hace ya tanto tiempo con aquél desierto de hielo. Luego pensó que el sueño no era más que una reacción al calor sofocante en el que dormía e intentó olvidarlo de nuevo.  Sirvió el líquido hirviente en una taza de arcilla que su hija mayor había modelado para ella años atrás. Con la taza todavía humeante en su mano izquierda, salió de la cocina, atravesó la sala, pasó al frente del cuarto de su hijo, levantó la mirada hacia un rincón de la sala, y vio el altar con flores de trinitarias en un vaso con agua, y la foto de su hija iluminada por una vela casi desgastada.

“Buen día”. Dijo en voz baja, y siguió andando.

Abrió la puerta de enfrente, y salió de la casa.  Arrastró sus pies en la arena polvorienta del muerto jardín. Tomó otro sorbo, porque el café ya había tomado la temperatura que más le agradaba, y continuó caminando atravesando el poblado. Llegó hasta el kiosco de refresco que atendía todos los días. Sacó la llave del cinto del camisón, abrió la puerta de aluminio y la cerró tras de sí. Encendió la luz, puso la taza en el mostrador donde atendía a los clientes, abrió su negocio y abrió el refrigerador para guardar unos refrescos. Se mantuvo inmóvil por un momento,  abstraída, asustada, alegre, temblorosa, frente a su frágil destino. Se sintió tan cerca del delirio que cayó de bruces en el suelo.

Volvió a soñar con una hoja seca hecha migajas sobre una montaña de hielo. El primer cliente del día la encontró tirada boca abajo en medio del kiosco y cuando despertó estaba sentada en una silla de mimbre al frente del negocio, rodeada por todas las señoras que llevaban a sus niños a la escuela. Una le dijo:

“Es la virgen del valle, doña Amparo”. Dijo una señora a su lado.

Se puso de pie y entró a su kiosco, como pudo, porque todo el pueblo estaba apretujado dentro. Alguien susurró “ya despertó”, e intentaron abrirle paso. Entró empujando en el tumulto de gente y se detuvo frente al freezer. Pudo observar con calma entonces; algunas botellas verdes ahogadas en la camada de hielo reseco, y una segunda capa de hielo fresco más frágil que se extendía por las cuatro esquinas del aparato. En una de las esquinas, justo al frente de ella se alzaban sobre la camada de hielo unos pequeños y finos pies de cristal, rodeados por un amplio vestido de hielo blanco, seguidas por manitos de cristal de hielo que se enlazaban en el pecho, una cara delicada y transparente y una corona de hielo, amarillenta por el óxido del refrigerador.

Durante los primeros tres días la sorpresa de la aparición alcanzó los poblados cercanos. Las personas llegaban en bandadas desde el amanecer, se reunían para orar en cualquier horario y en las noches Helena de Amparo dormía en la silla de mimbre al lado de la virgen, y su hijo junto a ella en el suelo. La puerta del congelador no se había vuelto a cerrar, y el hecho de que la figura no se derritiera frente al sofocante calor del mediodía, solo convencía a todos del innegable milagro. La tarde del sábado el padre Alcacer hizo la misa al frente del kiosco. Doña Amparo y su hijo estaban a su lado. Al finalizar los miró pensativo y declaró:

“Me encargaré de que esto se sepa”. Luego se acercó al oído de Doña Amparo y le dijo: “Por amor al cielo cierre ese congelador, no podemos permitir que se derrita”.

Al amanecer del domingo, cuando las primeras personas llegaban al kiosco, notaron a Doña amparo durmiendo en la silla, el congelador estaba cerrado y encima estaba puesto el altar de su hija muerta con una vela derretida por completo. Cuando ella despertó miles de personas hacían fila esperándola, todas llevaban trinitarias o tulipanes y retratos de difuntos en sus manos. Se acomodaron los altares en el mostrador y sobre una de las puertas del congelador. La otra puerta se mantuvo abierta durante el día para que todos fueran bendecidos por la virgen. Cuando no hubo espacio para las flores que empezaban a cubrir el piso y las paredes del kiosko, comenzaron a colocar racimos sobre racimos dentro del refrigerador, rodeando la escultura. Al anochecer todos se acomodaron donde pudieron, y durmieron sueños profundos acostados sobre el mostrador usando racimos de flores como almohadas, acostados en el suelo, dentro y fuera del kiosko, en la acera, y unos sobre otros.

Esa noche todos durmieron menos Helena de Amparo que, amaneció pensando en todos sus muertos, sentada en su mecedor de mimbre. Recordó la calurosa mañana distante en que ella tenía diez años y fue junto a su hermanito de seis, al otro lado del pueblo para visitar a su abuela. Tenían órdenes de seguir por la calle principal que en aquél entonces no estaba asfaltada, pero la sofocante caminata la inspiró a tomar un atajo por el camino de piedras. Subieron una pequeña colina de barro rojo, desde donde se podían ver las casitas cuesta abajo, hechas de barro con techos de hojas de palma, y en el medio, la casita de barro de la abuela. Helena le gritó a su hermanito, “quien llega primero”, y corrió en dirección a las casitas. El camino de piedras era empinado, pero eso solo le agregaría más diversión. A las orillas del camina habían crecido arbustos de orégano salvaje, ella se detuvo para arrancar un ramo y llevárselo a la abuela. Solo después de haber arrancado el racimo de orégano percibió que estaba ya bajando la colina, que se veían cerca las casitas y que estaba sola. Levantó la mirada y vio al niño acostado a la orilla del camino, se acercó y lo encontró temblando y con lágrimas en los ojos, ahogado por un ataque de asma. También recordó la última vez que vio a su padre, zarpando para la pesca y volvió con su barriga hinchada y limo del océano cubriendo su cuerpo de tal forma, que parecía haber crecido en su piel de ahogado. Cerró los ojos y vio a su madre mucho tiempo después, con esa extraña protuberancia en la garganta que creció y creció durante años hasta asfixiarla. Por último vio a su hija que había ido a jugar al río con otros jóvenes de la vereda y fue hallada tres días después corriente abajo, con moretones en el cuerpo; recordó que durante el velorio todavía goteaba agua del río, que se escurría por debajo del ataúd y dejó un charco en el piso. Entonces abrió los ojos y los vio todos parados frente a ella, y no solo eso, si no que toda la carretera estaba llena de gente, reconoció a la mayoría, eran los muertos cuyos altares habían sido llevados al kiosko. También había otros que ella no reconoció pues no era del pueblo, habían llegado ahí vagando desde otros lugares. Aquello, pensó Helena, parecía un carnaval de espectros.

Sin aviso, todos se marcharon, porque desde lejos se aproximaba un estruendo que se hacía ensordecedor, y es que a primera hora del lunes, el padre Alcacer llegó al pueblo seguido por una caravana de carros tocando sus trompetas para despertar a todo el mundo. El padre había traído a tanta gente que muchos se preguntaron si todos cabrían en aquél pueblito. Las personas que dormían frente al kiosko, despertaron. El padre Alcacer gritó a todos con soberbia alegría:

“Me he comunicado con el pastor, él le ha mandado una carta al cardenal, y éste ha prometido escribirle al sumo pontífice para que venga a presenciar el milagro”.

En medio de la alegría Helena de Amparo permaneció inmóvil en su mecedor. Su hijo la abrazó y le dijo: “Escuchaste, va a venir el papa”.

Entonces percibió que Helena había muerto esa mañana, con los ojos abiertos y una leve sonrisa en su rostro. El padre se aproximó a ella para cerrar sus ojos y hacer una cruz en su frente. Luego caminó hasta la entrada del kiosko, viendo que la alegría en la gente había cesado y se había transformado en espanto.  Al entrar al kiosko notó que habían olvidado cerrar la puerta del freezer la noche anterior. La figura de la virgen se había derretido y solo quedaba un manto de hielo en el refrigerador, cubierto por una capa de flores marchitas, y así el día más glorioso de aquél pueblo acabó mucho antes de haber comenzado.


LINO ZABALA

*Escritor venezolano radicado en Brasil


El cementerio de las historias inconclusas

Foto: Javier Cedeño Cáceres

Foto: Javier Cedeño Cáceres

Crysly Egaña | Venezuela

Una mujer vestida de novia está llorando mientras va por las caminerías, pues nunca contrajo matrimonio porque su novio murió en un trágico accidente de tránsito cuando se dirigía a la iglesia. Una mujer camina aferrada al brazo de su esposo, pues esperan una respuesta por el hijo que no tuvieron por un aborto espontáneo. Una muchacha se reencontrará con ese amor que dejó al huir por la guerra en su país. Un hombre saldrá con la mujer de su vida, pues ella estaba de noviciado. Y luego estoy yo, que no sé qué hago exactamente en un lugar como este.

"El lugar del que hubiera pasado si”, se lee en un afiche.

El cielo a escala de grises. El clima frío. El ambiente sombrío. El aire lúgubre. Pareciera que alguien estuviera a punto de morir. No entiendo. Este es el lugar donde las personas vienen a vivir, vienen a sentir, vienen a recuperar las esperanzas en el mundo que les arrebató todo.

Me detengo. Hay una fila de personas. ¿Qué es esto? “Tengan a la mano los papeles”, grita una voz. ¿Papeles? ¿Qué papeles?, pienso en voz alta. “Chica, no puedes entrar si no tienes el cupo. Yo estuve años en lista de espera”, me dice la mujer que tengo delante. No entiendo, ¿lista de espera? ¿Por qué me otorgaron un cupo tan rápido? “Hey”, le tocó el hombro a la misma mujer. “¿Cómo se otorgan los lugares aquí?” “Por la cantidad de momentos inconclusos, por supuesto”.

Sigue avanzando y de repente se voltea: “Dicen que la edad es un valor agregado. Por ejemplo, los jóvenes son carne fresca para esto. Cuando se entregan, suelen hacerlo por completo. Hasta quedar secos. Recuperarse no es fácil y siempre terminan en lugares como este. Ignoran que la vida es larga y que pueden tener momentos más fuertes, o quizás no. Y a ti, ¿qué te trae por aquí?”. “Supongo que por la misma razón de todos los que están aquí”, alcancé a responder.

¿Acaso hay un motivo general? No lo sé. Lo dije por decirlo. Sinceramente, no tengo ni la menor idea de qué estoy haciendo con mi vida en este momento.

La fila avanza y logro ver el grabado de la entrada: CEMENTERIO DE LAS HISTORIAS INCONCLUSAS.

Está rodeado de enredaderas, limpio un poco y se puede leer NACIMOS PARA MORIR.

Where dreams come true se cuela en mi mente. Este lugar es una especie de Disneyland.

Aquí se vuelve realidad ese sueño que te carcome, el que recorre cada vena e inunda tu torrente sanguíneo y, de cierta manera, puede envenenar tu corazón.

Me entregan un papel pergamino. Escrito con caligrafía perfecta y en tinta: las reglas son simples. Solo se puede volver a un (1) momento inconcluso y tienes una (1) oportunidad en toda tu vida. De retirarte, pasará a manos de otra persona y será ella quien decida qué historia terminará. Al dar un paso más, estará dentro y se dará por sentado que usted está de acuerdo con lo expuesto anteriormente. Levanté la mirada, vi las lápidas en todo el recinto. El pie derecho marcó la marcha.

Hay caminerías de piedra en diferentes direcciones. Lo restante está cubierto por una grama perfectamente cuidada, árboles frondosos... y lápidas. Al nacer, se te asigna una. En vida, estará para esto, por si deseas acceder al momento inconcluso. Al morir, desaparece, pues los momentos inconclusos se irán contigo. Para localizar la que te corresponde, debes ir al año en el que naciste. Al llegar, está la señalización de cada letra del abecedario. Indica la inicial de tu nombre. Busco la “A”. No puedo ver el nombre de las demás lápidas, solo puedo ver la inscripción de la que te corresponde.

ALEJANDRA HOFFMAN

—1998—

No hay que llevar flores ni encender velas. Nada de canciones en latín ni fórmulas extrañas. No hay ningún ritual clandestino del viejo mundo por hacer. No hay una palabra usada como contraseña. No hay rituales. Es simple. Me detengo ante la lápida y se comienza a desplegar una especie de neblina densa en tonos blancos y grisáceos. ¿Se supone que son mis momentos inconclusos? ¿En blanco? No entiendo. Si yo hubiese tomado el avión... dejé de pensar. Apareció un punto en la neblina y empezó a expandirse hasta tomar una porción de toda la neblina. Allí estaba. Estaba subiéndome en el avión ese domingo.

Esto no es lo principal, hay más. Si él no se hubiese ido del país... y dejé de pensar nuevamente. Apareció otro punto en la neblina, que comenzó a expandirse hasta tomar una porción, tal cual como en el anterior. ¿Qué es esto? Acerco mi mano al segundo punto y desaparece entre la neblina. ¿Esta es la forma de entrar? ¿Es posible salir? ¿Tan fácil se cambia el curso de la vida?

Recordé el afiche que había visto cuando iba caminando hacia la entrada: “El lugar del que hubiera pasado si”. Ahí lo entendí. ¿Y si yo hubiera escuchado...? Y apareció el punto. ¿Y si yo hubiera cambiado...? Apareció otro punto. ¿Y si yo le hubiera dicho...? Y así comenzaron a aparecer diferentes puntos. Habrá momentos inconclusos como “¿Y si...?”, y que sean agregados a una situación específica. Es casi infinito. ¿Cómo escoger?

¿Vale la pena el riesgo? ¿Realmente son historias inconclusas? Un momento inconcluso. Una única vez en toda la vida. Me dejé llevar. Acerqué mi mano al punto y la neblina me absorbió.

 

Despierto temprano como de costumbre. Me sumerjo en la rutina. Una sucesión de eventos, uno tras otro. La aceleración como característica principal. No sé en qué momento alguien apretó un botón y todo se revolucionó. Solo veo el check list que tengo que terminar. De repente, me quedo helada. Me quedo impactada porque no lo creo. Está allí de pie. Viene caminando hacia mí. Me saluda con la mano. Sonríe. Yo sonrío. “Hola, qué tal tu corre-corre diario”. No alcanzó a responder nada. Me está hablando, me saluda y se preocupa por mí.

Miré a mi alrededor y fue entonces cuando comprendí la trampa. Fascinante hasta el punto de la inverosimilitud. Corro. Corro con todo lo que mis pulmones me permiten y siento. Vivo cada inhalación y cada expiración, cómo el oxígeno entra por mis fosas nasales y cómo llenan mis pulmones. El ritmo cardíaco aumenta. Estoy viviendo.

Lo dejo todo en manos de esa otra persona, que sea ella quien elija la historia que debe continuar. Al final, creo que sí nos podemos condenar a nosotros mismos. Me hago consciente de lo que había hecho realmente: encerrarme en mi propia fantasía.