Voces

El otro Joaquín Cortés

 Foto: Joaquín Cortés

Foto: Joaquín Cortés

Javier Cedeño Cáceres* | Venezuela

Cuando esperas encontrarte con Joaquín Cortés, lo menos que pasa por tu mente es un Joaquín que ya no toma fotografías o hace cine, un Joaquín que ya no capta con el lente de una cámara la esencia humana; aquel que con imágenes narraba una historia universal logrando que hasta el más indiferente pudiera asimilarla y tener una percepción clara de la identidad, origen, genio y temperamento de los individuos que únicamente él ha podido inmortalizar.

Este Joaquín Cortés solo necesita de lápiz y papel. Cada uno de sus planos se convirtieron en páginas llenas de palabras adornadas de colores rítmicos a través de comas, puntos, acentos, comillas. Para la iluminación se vale de recursos literarios: epítetos, hipérboles, antítesis. El sonido ya no depende de microfonía, sino de la conjugación perfecta de la gramática española complementada con la música compuesta por sílabas empleadas con la intención de dar un sentido claro a su expresión. Toda esta composición tiene la simpleza de poder ser editada por un borrador de goma. Este Joaquín Cortés ahora escribe literatura.

—Ya no hago cine y no creo que vaya a hacerlo nuevamente.  Pero es una decisión de tipo físico, porque no tengo las condiciones. Yo no estoy haciendo fotos tampoco: ahorita estoy escribiendo.

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—En ese momento me dije a mí mismo: “No hago más cine”. Decidí que ahí se terminaba mi carrera como cineasta.

II

 Joaquín Cortés (2018) | Foto: LACSzz

Joaquín Cortés (2018) | Foto: LACSzz

Después de haber recorrido Venezuela y parte del mundo con su cámara, actualmente Joaquín vive en un apartamento ubicado en los Altos Mirandinos sin ser ajeno a las dificultades del país. Su hogar ahora es un refugio y depende de un transporte público casi inexistente para poder movilizarse. A esto se le suma la separación a cuentagotas de su familia: uno de sus hijos se fue del país y en pocos días su hija también abandonará Venezuela.

—La razón de ahora por lo que la gente se va es muy distinta y dramática. Es una cosa que es dolorosa. Ellos no se van porque van a estar mejor, sino que aquí no pueden hacer nada. No hay oportunidades y eso no es justamente lo que a mí me pasaba en España.

Joaquín se refiere a la España que dejó, esa Barcelona que lo vio nacer en 1938 y donde vivió su niñez junto a su madre. En esa ciudad, a los 12 años de edad, vivió una de las etapas más traumáticas de su vida, cuando una parálisis inmovilizó sus piernas y, como tratamiento, le aplicaban constantes descargas eléctricas que al final no sirvieron para nada. Ante el temor de quedar inválido, Joaquín ingresó a un gimnasio para practicar, a pesar de sus limitaciones, lucha grecorromana.

 Foto recuerdo del Liceo Escolar de Barcelona (España), 1949

Foto recuerdo del Liceo Escolar de Barcelona (España), 1949

—Fue muy duro para mí tener esa edad y no poder caminar. Mi abuelito me llevaba cargado al gimnasio porque yo no podía hacerlo solo. Fue una época fuerte; era mucho sacrificio, eran ocho horas metido en un gimnasio.

Con el tiempo, la actividad física le devolvió la movilidad a sus piernas: “Un día me conseguí al médico que me daba las descargas eléctricas y él no lo podía creer”. El para entonces futuro cineasta se destacó competitivamente en el deporte que le regresó la esperanza, llevando a cabo una vida normal, no muy diferente a los del resto de los españoles de esa época. Su estilo y calidad de vida no fue un motivo para abandonar España.  

 Ganador en el campeonato de lucha grecorromana. Barcelona (España), c. 1955

Ganador en el campeonato de lucha grecorromana. Barcelona (España), c. 1955

A diferencia de los actuales motivos migratorios de sus hijos, Joaquín contrasta con las razones que lo empujaron a dejar su país natal junto a su madre en 1956.

—Yo trabajaba de grabador de metales y mi vida transcurría normal. No tenía ninguna inquietud de venirme para acá a hacer plata ni nada de eso, esa no era mi motivación.

De una dictadura a otra dictadura: salió de la de Franco para llegar a la de Pérez Jiménez y así establecerse en una Venezuela rica y vanguardista.

—Yo viví la Venezuela de 1956, tenía 17 años cuando llegué. Cumplí el mismo día que llegamos. Viví esa Venezuela, si no, no podría imaginar como era. Claro, no había escuelas de cine, no había nada, pero había esa cosa alegre de la gente, esa parte dicharachera que se ha ido perdiendo con el tiempo.

III

 Pesca en el llano durante la filmación de  Caballo Salvaje  | Foto: Igor Barreto

Pesca en el llano durante la filmación de Caballo Salvaje | Foto: Igor Barreto

Mientras camina al lugar de la entrevista, Joaquín Cortés cumple su labor de abuelo y padre. Aconseja a su nieta, de 10 años de edad,  sobre qué podría estudiar en unos cuantos años: “Cuando tú estudies todo será diferente, Sofía”, le dice. Llega a un asiento improvisado bajo el sol y se acomoda. Mira la cámara fijamente como queriendo descifrarla e imagina lo que pudo haber hecho hace muchos años con los avances tecnológicos que existen actualmente. “Imagínate, la misma cámara para tomar fotos y grabar”.

—Es magnífico que todo el mundo pueda usar una cámara, pero de ahí a ser documentalista hay una diferencia. Es bueno que la tecnología se haga accesible. Una de las cosas que me ha dolido más es tener la edad que tengo y no poder participar en lo que pasa en Venezuela. Ya no tengo físicamente la oportunidad de moverme; de poder hacerlo, yo estuviera registrando el momento de la Venezuela actual.

Aunque hubiese querido, él no podía imaginarse documentando las protestas antigubernamentales de 2017. En cambio, se resignó a admirar el trabajo de otros fotógrafos  que estuvieron en el momento correcto para grabar o tomar imágenes de la historia reciente del país. Está satisfecho con los materiales que, desde una perspectiva periodística, muestran la realidad de Venezuela y que, en un futuro, permitirán la elaboración de trabajos documentales. Pero tiene una opinión distinta del cine documental actual en Venezuela: “Creo que los cineastas están silenciados, creo que se autosilencian. Pero el material existe y eso es lo importante. Yo soy optimista”.

 Aviso de  Caballo Salvaje  para el Festival de Cannes

Aviso de Caballo Salvaje para el Festival de Cannes

Un grupo de niños que juega  interrumpe la toma durante la entrevista y Joaquín aprovecha la pausa para hablar sobre su estilo de hacer cine. Aclara que, ante todo, lo primordial al momento de trabajar es la sinceridad; la sinceridad del director consigo mismo y con los personajes.

—No hay que tratar de dárselas de vivo. Se va a notar. Yo siempre he dicho que las películas y las fotografías son como la gente que las hace. Cualquiera puede darse cuenta de cómo es un realizador porque su reflejo interior quedará plasmado en la película.

Como con El Domador [1978], con quien prácticamente dejó que el personaje principal, Enrique Altahona, cumpliera con su día a día y solo se limitó a grabarlo en su vida cotidiana. “La película la vas a hacer tú, no yo. Tú vas a hacer las cosas y yo te voy a seguir”, le dijo a El Domador antes de iniciar las grabaciones. Así fue.

—No sé. Yo pienso que es el mejor personaje que he tenido. Cuando uno hace una película lo más difícil es conseguir al personaje: tardé un año para conseguir a Enrique. Yo no quería hacer El Domador con cualquier domador. Yo vi a domadores por toneladas y no me convencían. Al que yo buscaba era una figura como él. Empezamos a hablar y me di cuenta de que este era el personaje, ni siquiera necesité hacerle pruebas.

 Joaquín Cortés con Enrique Altahona, El Domador | Foto: Jorge Beltrán

Joaquín Cortés con Enrique Altahona, El Domador | Foto: Jorge Beltrán

Este estilo improvisado Joaquín lo define como “cine de descubrimiento”, que consiste en hacer las películas a medida de que se va desarrollando, sin nada preconcebido. “Sin guión, pero no sin la idea”.

No se trata de trabajar sobre cualquier tema y dejarlo al libre albedrío, se debe tener conocimiento y algún concepto sobre la técnica y el lenguaje cinematográfico, previendo los recursos necesarios para el montaje. “No trato de imponer un criterio de como es el cine documental, lo que trato es dejar un espacio a esa otra oportunidad. Algunos colegas lo aplican de alguna forma sin saberlo”.

Así como El Domador, todos sus personajes son universales y se fundamentan en la simpleza que de cada uno de ellos. Los adornos innecesarios no se observan en la composición natural de Sorte (1977), ni en Minas de diamante (1979), ni en Mujeres de Oro (2012) y tampoco en Una gran ciudad (1973); este último tiene como protagonista el compendio multifacético de los transeúntes de Nueva York.

—Cuando la gente trata de hacer un personaje universal y lo desconecta de su medio para hacerlo más internacional, no funciona. Lo que sirve es que se muestre algo que usted no conoce y eso es lo que pasa con esos personajes. Yo he visto el El Domador con público de otros países y lo que les impresiona es que no es como ellos. Lo más internacional se convierte en lo más provincial.  

IV

 Londres (1974) | Foto: Joaquín Cortés

Londres (1974) | Foto: Joaquín Cortés

l¿Cómo con una fotografía se puede decir tanto? No sé, pero Joaquín logró que las ironías se encuentren en una sola imagen y se confronten. Como captar el momento en el que un coche para bebés coincide frente a frente con un anciano en sillas de ruedas en una calle de Londres (1974). El inicio y el final de la vida resumida en ese instante que para cualquiera hubiese pasado desapercibido, pero en cambio, Joaquín supo lo que ocurría y se ubicó para perpetuar la escena bajo un encuadre perfecto.

“Tuve la idea equivocada de que no se podía hacer cine y fotografía al mismo tiempo. Siempre estuve equivocado; podía haber seguido tomando fotos y haciendo cine”. En las etapas de las vida en que Joaquín se dedicaba a la fotografía, evitaba mezclarse con el cine, pero ahora percibe la realidad desde otro punto de vista, aunque está convencido de cuál fue su mayor éxito en la vida. “La fotografía. Sin duda mi mayor éxito está en la fotografía. Por supuesto que el cine también ha sido muy gratificante. Tú ves una película y no es la misma impresión que te da una fotografía. El cine tienes que verlo en unas condiciones diferentes. La fotografía tú la ves y a lo mejor queda impresa en tu mente para el resto de tu vida. Son dos medios que trabajan en el espectador de forma distinta. Yo le doy mucho valor a la fotografía”.

 Foto: Joaquín Cortés

Foto: Joaquín Cortés

Por ese valor es que lamenta que en Venezuela no haya una institución dedicada a destinar recursos para proyectos fotográficos, a diferencia del cine al que sí le otorgan presupuestos para financiar películas.

 Foto: Joaquín Cortés

Foto: Joaquín Cortés

—Hay una falla muy grande. Tu tienes ideas para una película, vas al Centro Nacional de Cinematografía y te dan dinero para la película, pero en fotografía no. Hoy en día, más que nunca, ir a un sitio a hacer un trabajo fotográfico cuesta dinero. No hay un respeto hacia la fotografía, no lo hay por parte de quienes tienen que tomar esas decisiones. En Venezuela hay muy buenos fotógrafos, pero están muy desprotegidos y eso me parece injusto.

V

 Foto: Joaquín Cortés

Foto: Joaquín Cortés

No le importa si sus libros se publican o no. Se conforma con crear el mundo infinito que ofrece la escritura, pues, el ejercicio de inventar partiendo de la nada es algo que le fascina. Solo se deja llevar gradualmente hasta que la historia nazca, tan espontánea como los ciclos de la naturaleza.

—La fotografía es diferente a la literatura: tú puedes pensar en algo y luego lo transformas, lo escribes y empiezas a reescribir. Ese proceso te lleva a quién sabe dónde. En cambio la fotografía es un “click” y ahí está todo.

Se acerca el final de la conversación y el Joaquín actual deja de hablar en retrospectiva, sobre ese pasado en el que era cineasta y fotógrafo. Se da cuenta de que lo que hace actualmente nada tiene que ver con lo que hizo siempre. El proceso es distinto. Ya tiene escrito un libro de cuentos y está redactando su primera novela.

 Foto: Joaquín Cortés

Foto: Joaquín Cortés

—Puedes hacer un gran libro con un lápiz y un papel. Por eso cuando me dice la gente: “Mira, me acabo de comprar la cámara no sé cuánto”, ¿con eso crees que vas a hacer lo que no has hecho hasta ahora?. Entonces comprate un lápiz y un papel y escribe El Quijote, Doña Bárbara. No hay nada más sencillo que escribir… Mi novela empieza en una Venezuela deshinibida, poderosa y con recursos. Termina en la situación en que estamos ahora. Es a través de ese personaje principal es que vamos a vivir todo eso. En ese protagonista hay una mezcla de varias personalidades.

¿Con qué palabras iniciará la obra literaria de Joaquín Cortés? No sé sabrá, si no dentro de algún tiempo. Lo que se sabe es que evocará el pasado de la Venezuela bonita que recibió a Joaquín y que con su imaginación volverá a una época donde sus personajes padecerán sus dramas individuales, mientras que paralelamente, en algún lugar de ese tiempo, el joven Joaquín Cortés explora y descubre poco a poco su pasión por el cine y la fotografía, hasta convertirse en uno de los más grandes artistas creadores de Venezuela.  

 Joaquín Cortés con su madre Carmen Peteiro. Barcelona (España), 1940.

Joaquín Cortés con su madre Carmen Peteiro. Barcelona (España), 1940.


Fotografías cortesía de:

  • LACSzz

  • Joaquín Cortés, Cuadernos Cineastas Venezolanos (2010)

  • Maestros de la Fotografía en Venezuela (2014)


Javier Cedeño Cáceres*

Periodista, cronista. Editor de la revista digital 4Dromedarios. Premio “Periodista Digital del año 2018“ (El Nacional).


Jacqueline Goldberg: “La literatura siempre ha sido tiempo robado al tiempo”

 Jacqueline Goldberg (2018) | Foto: William Dumont (El Nacional)

Jacqueline Goldberg (2018) | Foto: William Dumont (El Nacional)

Keyla Brando | Venezuela

La escritora lleva en su maleta la película Reverón, su amigo Luigi Sciamanna le consiguió el disco bluray con subtítulos en inglés. Escogió esta cinta para presentarla en el cine foro que debe organizar como parte de su residencia de otoño en la Universidad de Iowa. Jacqueline Goldberg deja para sus lectores en Venezuela El cuarto de los temblores, un profuso trabajo sobre el temblor, condición que padece desde muy pequeña.    

 ¿Cuándo empezó el proceso de escritura del libro?

 No tengo una fecha exacta, pero calculo que en 2012. Este libro es un colash de mis investigaciones y anotaciones sobre el temblor. Ahora bien, hace cuatro años me senté a darle forma, sin saber muy bien hacia dónde estaba dirigido. Al principio pretendía hacer una narración hilada, pero después me di cuenta de que contaba con muchos fragmentos.

 ¿Por qué la demora en publicarlo? ¿Las editoriales o una decisión propia?

 Fue decisión propia. Lo retuve por dos años antes de entregarlo a la editorial. Siempre me sentaba a corregirlo. Hasta el último momento, ya en la imprenta, agregué unas tildes que faltaban. Tengo que recalcar la labor editorial de Carsten Totdmann. Desde el primer momento se apropió del proyecto. Su intención era que el libro temblara, por eso el diseño: alineado a la izquierda, sin justificar, con bastante aire, sin sangría. Detrás de cada página hay mucha dedicación y cariño. Otro editor sin duda me hubiese dicho: “Ya, basta de correcciones”. Pero él siempre estuvo atento a mis observaciones.  

 Estamos ante un testimonio, una confesión de vida, que ahora lo comparte con sus lectores. ¿Cómo se siente una vez que ha publicado el libro? ¿se quitó un peso de encima?

 Alguien me dijo que cuando escribiera sobre el temblor iba a dejar de temblar. Era un juego, por supuesto, no esperaba que eso sucediera. Me asustaba el hecho de que mi mamá lo leyera, pero ya lo hizo. Anteayer me llamó y compartió sus apreciaciones: “Es una joya. De tus libros, es el que más me gusta”. ¡Eso sí fue quitarme un peso de encima! Estoy contenta de haberlo escrito y decir lo que quería sobre el tema. Ahora bien, siento que no quiero seguir hablando sobre ello por un rato.

 En el libro presenta una profusa investigación sobre el temblor, desde la medicina hasta la literatura. ¿El temblor ha sido un Leitmotiv? ¿Hay una búsqueda consciente de estos legajos o se tropieza con ellos en su cotidianidad?

 Esos legajos los empecé a buscar especialmente para el libro. No han estado presente durante toda mi vida. En mis poemas hablo muy poco sobre el temblor, pero debo confesar que después se convirtió en una obsesión. Hasta los amigos que sabían sobre el proyecto me escribían para decirme que habían encontrado alguna imagen en un determinado libro. Ahora bien, mi atención no estaba enfocada exclusivamente en el temblor porque en paralelo continuaba con mi trabajo.  

 Es difícil encajar el libro dentro de un género. Hay poesía, ensayo, autobiografía. Se podría decir entonces que es transgenérico o como dices “des-generado”. ¿Podrías ahondar en esta idea?

 Los géneros son formas de dar forma a la voz. Me siento muy cómoda utilizando varios géneros porque así puedo expresar todo lo que siento. Evito encasillarme. Ni las editoriales ni las librerías son muy fanáticas de esta idea porque después no saben en qué estante poner el libro, pero ese no es mi problema. Los mismos tiempos imponen nuevas modalidades: mientras lees, te suena el celular, luego vas a la cocina y apagas la hornilla. No estoy descubriendo el agua tibia. La aproximación al conocimiento es fragmentaria. Nuestra vida está hipervinculada, por lo que es normal que se plasme en la literatura.

 ¿Cuál es la relación entre la fe y el temblor?

 La religión está presente en el libro meramente por un dato antropológico. Cómo obviar el hecho de que exista un santo de los temblores. Es la belleza que hay en esos elementos. Mi relación con la fe es un tema largo, pero te puedo decir que no la he buscado para que me dé alguna respuesta sobre mi temblor. En mi niñez me llevaron a una bruja, una tradición bastante maracucha, para buscar alguna explicación. La ciencia sigue sin decir nada.

 ¿Cambiaría algo si supieras la causa de tu temblor?

 Ciertamente nada va a cambiar porque mi condición no empeorará. Pero quiero dejar constancia de mis temblores para mi hijo, mis sobrinos y mis futuros nietos. Quizás más adelante salgan a la luz nuevas investigaciones sobre el tema.

 El temblor y la escritura… ¿Son dolorosos?

 La escritura duele porque expones tus penas y el temblor lo empeora porque hace que me duela la mano. No puedo tomar apuntes o contestar exámenes. Debo descansar constantemente.

 ¿El temblor es una discapacidad?

 Prefiero llamarlo una condición, pero puede ser perfectamente entendido como una discapacidad.

 El temblor forma parte de su vida. ¿Lo ha naturalizado y aceptado como suyo?

 No me queda de otra.

 ¿Qué padece peor: el temblor o la situación del país?

 La situación del país es un gran temblor que derrama todos los días copas y vasos. Que hace que uno se clave el tenedor y el cuchillo.

 ¿El país ha incrementado sus temblores?

 Sé que he temblado de rabia. Mis manos son como un sismógrafo. No puedo disimular: si me pasa algo, tiemblo. La intensidad depende del contexto.

 En todas sus lecturas sobre el tema, ¿ha encontrado alguna diferencia entre la mujer que tiembla y el hombre que tiembla?

 No creo. Sin embargo, en Facebook compartí un estado en el que preguntaba por los temblores y solo las mujeres respondieron. Eso me parece muy curioso.

 Todo lo que tiembla está vivo, ¿el temblor le recuerda que está viva?

 ¡Claro! Más bien los momentos en los que he dejado de temblar me causan más asombro.

 ¿Qué se siente haber recibido la residencia de otoño del Programa Internacional de Escritura de la Universidad de Iowa? ¿Buscaba una oportunidad así?

 Es un sueño. Esta es una de las residencias más completas y prestigiosas del mundo para los escritores. Hace algunos años hubo una posibilidad de postularme, pero decidí no hacerlo porque me hijo estaba muy pequeño y tenía un empleo fijo. Ahora trabajo por mi cuenta, ya mi hijo está grande y decidí intentarlo. Estoy contenta y asustada a la vez.

 ¿Por qué asustada?

 Porque son casi tres meses fuera de mi casa y jamás he estado tanto tiempo completamente dedicada a reflexionar sobre la literatura, quizás porque me inclino hacia la poesía. Un poema lo cierras y puedes volver luego a él. Siempre he tenido que compartir mi tiempo entre la escritura y la cotidianidad (el trabajo, los estudios, la maternidad). La literatura siempre ha sido tiempo robado al tiempo.

 La beca la va a alejar del país por un rato. ¿Lo ve como una oportunidad de oxigenarse para regresar?

 Dudo que me desconecte del país. Mi familia queda aquí. Simplemente lo voy a ver desde una ventana distinta. Yo misma estoy muy curiosa de esa experiencia. Qué sentiré al volver.

 

¿Cuál siente que debe ser el papel del escritor en tiempos tan oscuros como los que transita el país?

Seguir dando cuenta de lo que vivimos y lo que sentimos. En algún momento eso servirá para otros. Los historiadores y los periodistas hablan sobre lo que acontece; los escritores plasman las reacciones más humanas.

El temblor es…

No tengo más nada que decir sobre el temblor. Todo está en el libro.

Sobre la autora:

Venezolana con ocho apellidos polacos 

Su familia es polaca, se crió en Maracaibo y hace 27 años que vive en Caracas. Estudió Letras en la Universidad del Zulia, pero primero incursionó en Economía. Ahora comenta que debió haber cursado Comunicación Social porque su vida profesional se ha desarrollado en gran parte en periódicos y revistas. Es doctora en Ciencias Sociales y nunca ha dado clases. La academia responde a un interés intelectual. También es editora y apasionada por la gastronomía. Su poemario Limones en almíbar recibió la mención especial del jurado del Premio Tenedor de Oro 2015 a la Publicación Gastronómica. En 2012 ganó la décimo segunda edición del Premio Transgenérico de la Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana con su libro Las horas claras y en agosto de este año viajará a Estados Unidos para la residencia de otoño del Programa Internacional de Escritura de la Universidad de Iowa. En esta oportunidad pasó algo inédito: irán dos venezolanos, la escritora y Roberto Echeto.


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La entrevista fue publicada originalmente en El Nacional. La presente es una versión aumentada para la revista 4Dromedarios

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En La Comarca de Lupe Gehrenbeck

Texto: Isaac González Mendoza

Video y fotos: Abraham Castillo

Cuando Lupe Gehrenbeck fue por primera vez a un ensayo de la coral del Conservatorio se puso a llorar. La conmovía la fuerza de la unión entre las voces y la orquesta. El problema es que, en medio de la emoción, a aquella adolescente de 15 años se le hacía imposible cantar. Volvió a intentarlo una segunda vez, pero no aguantó las lágrimas, así que le dijo a su mamá que no le comprara el traje y decidió, en lugar de cantar, estudiar un instrumento de orquesta. Quería seguir viviendo con ese estremecimiento por dentro.

Entonces empezó a estudiar violonchelo. Hizo un viaje, que le agradece a José Antonio Abreu, hacia la profundidad del universo de la música. Pero se dio cuenta de que su emoción, en realidad, no provenía de la orquesta, sino de la voz humana. Llegó hasta el tercer semestre de Sociología y, cuando abrieron la Escuela de Arte, se cambió sin vacilar. Solo le consultó a su mamá, que le contestó: "Ay, mi amor, si te ibas a morir de hambre como sociólogo, de la Escuela de Arte no sé…".

 

Lupe pudo haber hecho equivalencia e iniciar Arte en el segundo semestre, pero eso le arrebataba la opción de graduarse con honores, por eso preferió hacer la carrera desde el principio; como lo planificó, logró ser magnam cum laude. La especialidad que escogió fue la de Artes Plásticas, pues consideró que un artista debe poseer un conocimiento integral. En ese transcurso conoció a Isaac Chocrón, Román Chalbaud y José Ignacio Cabrujas, quien empezó a impartir un taller de teatro.

En ese momento estaba entre el teatro y la música. Comenzó a llegar media hora tarde a los ensayos de la orquesta, luego una hora y después faltó porque ya estaba muy avanzada en los ensayos teatrales con Cabrujas. Fue orgánico: ahí estaban las voces de la orquesta cantándole que tenía que quedarse en las tablas.

El maestro Abreu le preguntó por qué no asistía y ella le anunció su renuncia, que no fue aceptada. Eso no impidió que siguiera faltando. Hasta que el fundador del Sistema de Orquestas consintió su retiro, pero no le habló durante 10 años.

El tiempo pasó y el reencuentro no pudo ser esquivado. Cuando Lupe ganó el Premio Juana Sujo, Abreu era ministro de Cultura y le tocó entregarle el reconocimiento.

"Cuando me llamaron para recibir el premio en el escenario, él me lo entregó, me dio la mano y me dijo: 'Valió la pena, muchachita'. Ahí me perdonó, a partir de ahí me volvió a hablar. Él no me había perdonado que dejara la música", contó. Luego Cabrujas le propuso interpretar en Drácula un papel que iba a hacer Pierina España, quien no pudo participar porque estaba grabando una película en España. "Ahí empecé a hacer teatro profesional. Imagínate tú, con Raúl Amundaray".

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La dramaturgia de Lupe Gehrenbeck está cargada de elementos de la cotidianidad venezolana. Describe los problemas que atañen su sociedad, en especial con dos temas que la afectan mucho en la actualidad: la diáspora y la inestabilidad en la familia. Dos obras que podrían representar una pequeña parte de su trabajo en este sentido son Cruz de mayo y Ni que nos vayamos nos podemos ir. La primera habla de la estructura maternal del país signada por una paternidad irresponsable. La segunda es acerca del sufrimiento que genera tener que dejar el país y cargar con todo lo construido aquí.

La casa en la que vive, llamada “La Comarca”, es un lugar armónico en el que convergen estatuas del Quijote o José Gregorio Hernández, libros organizados en una extensa biblioteca, escaleras que parecen transportarte a una jungla, aves que se acercan sin temor y el incesante sonido del agua que te hace olvidar que estás metido en una atormentada ciudad. En medio de ese hogar, también teatral, habla de su oficio como escritora.

—Es que las cosas tienen valor por sí mismas. El asunto es tener los ojos abiertos, pienso yo. Hay momentos en que yo agradezco mucho la espera. Tener que esperar a alguien en un café es lo mejor que puede pasarle a un escritor, pienso yo. A mí me ha sucedido en varias ocasiones que he tenido que esperar en un café: entonces me dedico a observar. Llega un momento en que lo que veo es alucinante, porque es lo humano, la gente que transita. Es bellísimo. Y claro, empiezo a tomar nota en el acto. Pero también eso te puede pasar con... no sé, yo no sé cómo es la escogencia de los temas. Pasa un poco que el tema te escoge a ti de alguna manera. O me echa un cuento Felipe (su esposo). Me echa 10 cuentos y uno de ellos me parece extraordinario. Él me echa los 10 para que escriba 10 obras. Pero hay uno que me hace tilín porque tiene que ver con mi sensibilidad, con mi manera de ver las cosas, con lo que me conmueve.

Hay una cita de Diderot que yo tengo ahí en mi estudio que es increíble. Yo la anoté hace muchísimos años cuando era muy joven. Todavía me sirve: "Nadie logrará convencerme de que me equivoco al conmoverme". Nadie me va a convencer de que cuando me conmuevo me equivoco. "Ay no, te pusiste así pero por sensiblería. O te pareció tal cosa". Cuando tú sientes, no te equivocas. Puede que sientas por una causa o por otra, no por lo que estás pensando que sientes, pero si sientes, no te equivocas. Confía en eso.

—Acabas de publicar Cruz de Mayo, algo que me parece complicado porque el teatro se lee muy poco. Lo disfrutamos cuando ya está montado.

—Yo creo que nosotros somos muy flojos. La gente, en general, si se lo ponen fácil, toma el camino más fácil. También hay un maltrato con la dramaturgia a nivel literario que, pienso, es un género de los más afortunados porque justamente lo que escribes de repente lo puedes ver convertido en realidad, en carne y hueso. Eso es un privilegio fantástico para el escritor, en términos de realización, y para el espectador que transita por aquello ya una vez masticado, elaborado y convertido en vida, en emoción. Es una cosa que tiene una potencia, la potencia de lo directo, de lo que sucede. Ahora ponte tú a escribir un episodio, una circunstancia cualquiera, en términos de que suceda, o nárrala en términos de que la cuentas en una novela, en una narración breve, un cuento. Hurgar en la esencia de la historia hasta llegar a lo que es verdaderamente la acción que hace que suceda la cosa, que es distinto a que yo te la cuente. Es un esfuerzo titánico. Ese es el gran rollo del dramaturgo. Y sin embargo, pues, como la gente tiene la posibilidad de verlo puesto en escena, en esa inmediatez, las casas editoriales no están interesadas en publicarlo porque se vende mucho menos la dramaturgia. La gente no compra los libros de teatro, los compran los teatreros.

—Cómo haces para no caer en la tentación de imitar a los escritores que admiras.

—Eso es un problema de diversión. Yo me divierto mucho cuando escribo. Tiene que ver con el goce. Yo me divierto porque invento y porque empiezo a hablar. A veces pienso: será que se me fueron las musas. Porque a veces me encuentro textos que se me olvidó que escribí. Obras enteras me encuentro yo en la computadora. Y digo: guao, cómo me imaginé yo eso. Me sorprende. Cuando me pongo, que estoy como trancada, me pongo a elaborar lo que debo decir, lo que quiero decir, me sale mamarracho, me sale horrendo. Pero cuando me divierto, cuando lo hago, y me meto en la cosa, y los personajes empiezan a hablar solos… porque cada personaje habla de una manera. No habla como tú. Habla como hablan ellos. Cuando ya lo empezaste a armar, cuando el dramaturgo se devuelve, se encuentra con que está diciendo las cosas no como él las diría. Empiezas a dejar al personaje hablar. Yo no creo en cosas mágicas, pero sí creo que hay una cosa que sucede: a mí me ha pasado que he escrito obras que casi que me las dictaron, lo cual es una maravilla. Hay obras que yo he escrito en un día. Hay obras que he escrito en ocho años.

—En Venezuela, aunque está plagada de miedos, las historias parecieran estar en cualquier sitio.

—Y son historias urgentes. Por eso es que yo le decía a los talleristas: tú no tienes que ir a buscar las historias, es que las historias están ahí esperando por ti. ¿Cómo las pueden hacer esperar de esa manera? Están ahí. Son urgentes. Hay una urgencia en la realidad venezolana por la que todas las artes tienen que dar respuesta. Yo siento que muchas las dan.

—¿En tus talleres has visto interés hacia la dramaturgia venezolana?

—Hay mucha gente joven que quiere escribir, que tiene muchas cosas que decir. Lo que les falta es un poco la herramienta para saberlo hacer. Pero yo creo que hay una gente joven tan bonita en este país, y que tiene tantas ganas de hacer cosas. Que tiene tanto talento. Los que están conmigo en el taller, y en el taller del año pasado también, son una gente con mucho ímpetu, creatividad, impulso, ganas y juventud.

—Muchos de ellos seguro se van a ir

—Sí, hay mucho de eso y me entristece mucho. Porque yo hice dos producciones con un director que después se fue, así que hice otra producción con otro director. Este año me gustaba un muchacho para darle un trabajo, proponerle la próxima producción… ah no, se fue para Bogotá. Me he enterado que gente que quiero mucho está buscando cómo irse. Espero que en el futuro próximo tengamos suficientes razones para verlos volver.

—¿Por qué tú no te vas?

—Bueno yo estoy anclada en este país de una manera… siento que sin Venezuela yo no tendría de qué hablar. Porque es que yo soy esto. A mí lo que me interesa tiene que ver con esto. Lo que yo soy, cómo veo las cosas, viene de aquí. Yo me voy por razones de trabajo y regreso. Voy y vengo todo el tiempo, porque es que si no es así como que me enchufo, me cargo, me desenchufo y llega un momento en que se me está acabando la batería y tengo que volver para volverme a enchufar porque es como que dejo de ser.

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José Napoleón Oropeza: “Mi oficio de lector de poesía animará por siempre al escritor que voy siendo”

Julio Bolívar

En esta conversación José Napoleón Oropeza (Puerto Nutrias, Barinas, 1950), radicado en Valencia desde hace muchos años, recorre la trayectoria de su obra narrativa y crítica; a propósito de la presentación en Barquisimeto y Carora, este próximo 15 y 16 de marzo, de su última novela El cielo invertido; además de su trabajo en el Ateneo de Valencia por más de 18 años. Oropeza ha obtenido dos veces el premio de cuentos de El Nacional, recogidos en la antología Entre la cuna y el dinosaurio

Estás trabajando el último tomo de lo que ya sería un quinteto, después de tu novela sobre Monseñor Salvador Montes de Oca, El cielo invertido. ¿Con esta nueva novela que cierra un edificio narrativo estructurado por un personaje central, Eduardo Montes, quien atraviesa todo este mar narrativo, como diría José Balza, te queda algo por escribir todavía?

Aún no he comenzado a escribir la primera versión de la novela que cerraría el periplo iniciado con Las redes de siempre. Me encuentro en el proceso de investigación: empiezan a aflorar algunas imágenes que emergen creando una suerte de remolino interno: el proceso de atisbo de algunas señales y anécdotas. La titularía Para cerrar un cuerpo, en homenaje a Oswaldo Trejo, quien, durante muchísimos años, al igual que Esdras Parra, fue mi amigo, mi hermano y mi maestro. El título se lo debo precisamente a él. Como te decía anteriormente, me encuentro en el proceso de investigación y de anotaciones y relectura de las obras de la gran poeta Enriqueta Arvelo Larriva, Oswaldo Trejo y Esdras Parra, quienes, conjuntamente con Eduardo Montes y otros personajes que surgirán sobre la marcha del relato, “anudarán” el cuerpo del libro.

Igualmente, en estos días revisaré otra novela que, en su primera versión, acabo de concluir y que no forma parte del corpus narrativo armado por Eduardo Montes. Se titula La lluvia inconclusa. Hace dos años terminé un libro de cuentos titulado El huésped invisible. Ojalá logre publicarlo pronto, pues yo no paro y en estos momentos trabajo en otro libro de cuentos que he titulado La rosa inacabada y en dos textos de reflexiones sobre la poesía y las artes visuales: en un segundo tomo de El habla secreta y en apreciaciones sobre la obra de algunos artistas del universo de las artes visuales que he titulado Las líneas y las máscaras.

El mundo editorial no escapa de la crisis en la cual estamos inmersos y que nos consume tantas energías, pero alguna puerta se abrirá para dar a conocer estos libros. Eso espero y deseo. Pero, entretanto, no paro ni de leer ni de escribir: sigo levantándome todos los días de madrugada, esperando que, antes de que salga el sol, habré leído unas cuantas páginas o habré escrito aunque sea una sola.

Paralelamente a este conjunto de novelas has escrito otros textos como El bosque de los elegidos, en homenaje al gran artista de la fotografía Diane Arbus; Entre el oro y la carne, novela armada sobre aspectos de la vida del bolerista Felipe Pirela, y Testamento de un pájaro, así como numerosos cuentos y ensayos. Siempre con un lenguaje focalizado por la imagen, ¿concibes otra manera de narrar o ver lo que no ha sucedido?

Creo que ello se explicaría en el hecho de que soy un empedernido lector de poesía desde que tenía diez años de edad. Las narraciones, cuentos, novelas e incluso el abordaje de lo real a partir de la forma ensayo nacen y crecen siempre a partir de una imagen o de un grupo de imágenes poéticas que van dando forma al tejido verbal. Así nació y creció Los perfiles de agua, mi primer libro de ensayos. Como diría Wallace Stevens, la imagen constituye la revelación, el aura que sostiene el universo. Así como lo real resulta ser el elemento indispensable para el surgimiento de la metáfora, en la narración la imagen configura la armazón del cuerpo, proporciona la luz insondable desde la cual se atisba un posible universo y la poesía seguirá siendo el instante en el cual Dios y las cosas mudan de piel mediante una palabra, tal como le respondí a alguien que me preguntó qué era para mí la poesía, es decir, el arte, pues sin el temblor poético jamás existirá el arte ni para el creador ni para el espectador. ¿Quién, ni siquiera yo, hubiese creído, antes de que se produjera el estallido de una imagen de centenares de graffitis en las paredes de la Valencia de los años ochenta, que surgiría en mí el fogoso deseo de escribir Testamento de un pájaro?

¿De todos tus libros cuál dirías que es el mejor?

Creo que Las puertas ocultas, novela que forma parte de la pentagonía que me propuse escribir desde el nacimiento de Las redes de siempre, constituye el primer gran nudo de ese cuerpo narrativo imaginado y estructurado por Eduardo Montes. Dentro de ese cuerpo es el tercer libro, concebido casi inmediatamente después de Las hojas más ásperas, segundo libro, escrito en Londres y luego revisado acá en Valencia. Después de publicar ese tercer libro, me concentré en la revisión formal de El cielo invertido, publicado en el año 2016, bajo el patrocinio de Bid&co y la Universidad Católica Andrés Bello.  

Cuando te hablo de “gran nudo”, quiero destacar tanto el lirismo de la prosa como el equilibrio arquitectónico de Las puertas ocultas, escrita en una especie de rapto en el momento en que me propuse dar forma a una anécdota que venía gestándose a lo largo de más de treinta años, cuando ocurrió mi primera visita a La Habana y conversé durante varias horas con José Lezama Lima, el poeta inmortal. Pero creo que, a la hora de efectuar un balance muy íntimo de lo que he escrito hasta ahora —novelas, cuentos, ensayos—, sigo teniendo especial predilección por El bosque de los elegidos, concebido y escrito en Londres en los años ochenta, tras el enorme  impacto que me produjo descubrir la belleza y el drama humano que envolvía la fotografía de Diane Arbus: otear en aquellas fotografías la belleza de los “monstruos”, de los seres marginados por todas las sociedades: una prostituta, un retrasado, un drogómano, un travesti, fue todo un desafío. Envolver su existencia en una atmósfera desolada —pero insondablemente hermosa— produjo en mí grandes satisfacciones. Siempre será un pozo.

Te hablaba antes de la llamarada que se produjo en mí tras ver y admirar, por vez primera, las fotografías de Diane Arbus y la magia de un graffiti que proporcionaría en mí la explosión interna a la cual daría forma en Testamento de un pájaro. Tanto El bosque de los elegidos, como —casi enseguida— Testamento de un pájaro surgieron de mi hallazgo de la obra de esta extraordinaria artista y de los escritores anónimos que registraban imágenes y hasta símbolos en las paredes de Valencia. La recepción que ambos libros produjeron en algunos lectores me alegró bastante: El bosque de los elegidos ha sido leída y comentada con verdadero fervor por algunos escritores y poetas connotados, entre ellos Julio Miranda, Luis Britto García, María Antonieta Flores y el escritor cubano Raúl Rivero. Su lectura y comentarios me llenaron de regocijo. Descubrí, maravillado, que esa novela había producido diversas emociones e interpretaciones y hasta cierto estremecimiento.

Tu obra siempre retrata la vida de hombres y mujeres con un universo particular y hermoso, que paradójicamente resultan rechazados, a pesar de sus vidas dramáticas o desgraciadas como Felipe Pirela, Esdras Parra, Enriqueta Arvelo Larriva, Salvador Montes de Oca, el cubano Virgilio Piñera, seres que más allá del fulgor en sus obras, han sido apartados, marginados por la crítica y el establishment literario. ¿De dónde surge ese interés, esa atracción?

Creo que en cierto modo te he hablado de tal “atracción” cuando descubrí el universo de Diane Arbus, tan fascinante y poético. Constituyó —y todavía lo es— un universo inagotable, profundamente insondable que nunca terminará de ser “leído”. Sin embargo, debo reconocer, igualmente, que en el universo de mi infancia, allá en Puerto Nutrias y en Pedraza, inolvidables pueblos barineses, se fueron tejiendo y anudando en mí, en el alma del niño que no distinguía qué era real o fantástico, algunas imágenes que, lentamente, se empozarían en mí como arquetipos. El  niño que fui no conceptualizaba sobre todo lo que acontecía a su alrededor, pero vivía absorto en una atmósfera de continua ensoñación: la figura de un padre y de un tío sumergidos noche y día en el alcohol, las crecidas del río Apure que, por igual, nos dejaba en el patio de la casa un caimán extraviado o una mujer sin dientes que pasaba por las calles vestida con pieles de culebra, armada de un rejo con el cual supuestamente le pegaba a sus padres y de quien se decía en corrillos del pueblo que era, a la vez, hombre y mujer.

Seguramente tales imágenes, arquetípicas o no, permanecieron inmersas en mí, a la espera de otro instante en que, tras una especie de niebla, se produjese la posibilidad del reencuentro fascinante con lo “oscuro”, con lo irreal, con las visiones fantásticas y patéticamente reales de seres que, como Diane Arbus, Felipe Pirela, Esdras Parra o Salvador Montes de Oca, surgen dotados de un ánima revestida por una luz distinta a la de los seres que los rodearon en su universo familiar. Todos ellos nacieron con un talento especial: una manera de comprender y asir lo real desde una visión diferente a la de sus congéneres. Esa “luz” distinta surge, en diferentes escenarios, ante mi vista, como el lugar para el reencuentro con las imágenes arquetípicas de lo “monstruoso” que se produjo en la infancia cuando veía pasar por las calles aquella mujer (o aquel hombre) fascinante que recorría Puerto Nutrias, paseándose con un rejo o una enorme boa deslizándose por su pecho desnudo. Tan fascinante como pudiese resultar la espera de la muerte durante tres días, en el caso de Salvador Montes de Oca, coronado con alambre de púas alrededor de la cabeza y del cuello, gritando Viva Cristo Rey, a pleno sol, al borde de su tumba.

Esos seres envueltos en un halo luminoso, porque hacen de sus acciones un escudo de lucha, como fue el caso de Virgilio Piñera enfrentando al régimen comunista transmutado en un viejo pánico; o de Esdras Parra, el único ángel que vivió en la tierra y que convirtió su propio cuerpo en la posibilidad de un viaje en perpetuo vaivén, en busca de la definición sexual. Seres que nos resultarán siempre fascinantes porque, más allá de la vida o de la muerte, crearon un pozo de infinitos halos luminosos, al ofrecer su vida —tal como lo hizo San Juan de la Cruz a su manera— como el lugar para la transmutación y la refundación del ser a partir de todo cuanto hacen o ejecutan desde su ámbito existencial, religioso o artístico: tras cada acto suyo, vuelve a repetirse la historia del Génesis en la parcela o esfera en la cual se debate su periplo de vida.

Para fijar un rostro ha sido una de las más amplias y profundas reflexiones sobre la narrativa venezolana, ¿qué hay de aquel ensayista riguroso que escribió ese libro referencial?

Para fijar un rostro, concebido y estructurado inicialmente mientras cursaba mis estudios doctorales en el Kings Collage de la Universidad de Londres desde julio 1978 hasta 1982, que ha sido revisado en varias oportunidades y publicado, inicialmente, por la Editorial Vadell Hermanos en 1984 y luego reeditado por la Secretaría de Cultura del Gobierno de Carabobo en 2003, ha sido una suerte de diálogo e inventario de mis aproximaciones al estudio del devenir de la forma de la novelística venezolana. Constituye, hasta ahora, el proceso de mi revisión y mi “lectura” del proceso de evolución formal de la novela venezolana contemporánea. Una especie de diálogo que arranca con el legado del maestro Rómulo Gallegos, pasando por el inventario de todas las indagaciones formales de los grandes maestros de la novela nacional, entre ellos: Arturo Uslar Pietri, Miguel Otero Silva, Salvador Garmendia, Adriano González León, Oswaldo Trejo, José Balza, Luis Britto García, Carlos Noguera hasta Francisco Massiani.  

En la actualidad realizo el inventario de la obra de otros novelistas importantes que, o surgieron después de Cassiani o que no fueron tratados en la oportunidad en que concebí en Londres el libro, bajo estrictos compromisos académicos —tales como el requisito de que las novelas examinadas se hallaran disponibles en la Biblioteca del Kings College o en la de la Biblioteca Central de la Universidad de Londres. Por citar un ejemplo: no fue revisado el universo novelístico formal creado por Denzil Romero.

Además de revisar la primera versión de La lluvia inconclusa, investigar para la novela en homenaje a Oswaldo Trejo, escribir los dos libros de cuentos a los cuales te hice referencia y leer la obra de algunos poetas venezolanos en función de un segundo tomo de El habla secreta, me encuentro “dialogando” con la obra de algunos novelistas que no fueron examinados en mi tesis conducente al doctorado y que ya exhiben un universo sólido de propuestas dignas de estudio y de reflexión crítica, como sería el caso de Eduardo Liendo, Ednodio Quintero, Edilio Peña, Victoria Di Stefano, Denzil Romero, Federico Vega y Francisco Suniaga.

En cuanto al “diálogo” con los nombres y las figuras que fijaron o marcaron tendencias dentro del proceso de la evolución de las formas, estructuras y técnicas en la poesía escrita a lo largo del S. XX, me sucedió algo similar en la concepción de El habla secreta, editada inicialmente por el Conac y la Asociación de Escritores del estado Barinas, en 2002, puesto que el libro fue presentado en la I Bienal Nacional de Literatura “Orlando Araujo”, en  2001, y obtuvo el Premio Único.

Luego de agotada esa edición, la Universidad de Carabobo realizó otra, publicada en 2011. Ha sido reeditada, en formato digital por la misma universidad. Como te dije antes, hoy por hoy, me encuentro dialogando y  revisando nuevos nombres y tendencias surgidas después de Harry Almela, con quien cerré el registro cuando concebí y estructuré el libro a comienzos del 2000, después de pasearme por las líneas creadas por Salustio González Rincones, José Antonio Ramos Sucre, Fernando Paz Castillo, Vicente Gerbasi, Ida Gramcko, Enriqueta Arvelo Larriva, Luz Machado, Rafael Cadenas, Alfredo Silva Estrada, Eugenio Montejo, entre otras figuras más, hasta llegar a la revisión de la obra de Harry Almela.

Por los momentos, me encuentro sumergido en el proceso de lectura del universo escrito por figuras y nombres surgidos y emergentes en estas primeras décadas del S. XXI, con el fin de acercarnos, quizás no al “rostro” absoluto de nuestra poesía y nuestra novela, pero por lo menos sí al mayor número de líneas y perfiles que apunten hacia la consolidación de un universo cerrado o abierto a nuevas indagaciones. Partiendo siempre, como base, del abordaje y estudio de autores que tengan, al menos, dos libros publicados, pues ello permite atisbar las posibles líneas que consolidarían una voz y un universo peculiar dentro del proceso y el devenir histórico de nuestra poesía. Igual sucedería en el caso de artistas de las artes visuales y mi revisión de sus propuestas en el proyectado ensayo crítico Las líneas y las máscaras.

Ha pasado un año difícil dentro del país, convulsionado tanto social como políticamente. Desde el año de la salida de tu última novela, ¿qué temas te preocupan del país para lo que viene a partir de 2018?

Sí, tienes razón, todo ha resultado tremendamente frustrante y doloroso para quienes creyeron en el proyecto de la mal llamada revolución del Siglo XXI. Vivimos en un país deshilachado por la barbarie y la mediocridad enquistada desde el poder en las últimas décadas, sometidos a un vaivén incesante: todos los días amanecemos inmersos en medio de una escena realmente aterradora. Pero, sobre todo, por la violencia cotidiana propiciada por dos fenómenos sociales que parecieran no tocar fondo nunca: cambian todos los días, pero para mal, pues se intensifican sin que exista ni un ápice de voluntad manifiesta de parte de la claque gobernante en el país por ponerle fin a esta ventosa, a esta medusa que nos carcome el alma: me refiero a la violencia brutal en las calles y a la hambruna generalizada, aupada por la desidia  para establecer un proceso de revisión en las políticas económicas que abra, lenta, pero de manera segura, un camino progresivo hacia la solución de estos problemas.

La hambruna en la calle se ve y se palpa con mucho dolor. Gente peleando por quedarse con el mejor “botín” recogido en las bolsas de basura. Hordas de niños harapientos deambulando en las calles, como nunca antes lo habíamos visto, y lo más terrible de todo: niños que asesinan a policías, pandillas de niños armados que andan “por estas calles” buscando comida, pero, también, participando de arrebatones de carteras en los autobuses o en las colas, las interminables colas de la gente que amanece, desde la madrugada, a la espera de que abran el supermercado, esperanzada en conseguir “cualquier” cosa qué comprar.

La hiperinflación o el arrebato al escuálido bolsillo de nosotros, los tristes asalariados, por parte de unos comerciantes que ponen a las cosas el precio que les da la gana son los perfiles de un país hundido en la miseria, en una guerra cotidiana de pobre contra pobre, propiciada a mansalva, desde las altas esferas del gobierno. A todo ello se añade la violencia en las calles, la violencia verbal y física que lleva, lamentablemente, en muchísimos casos, todas las semanas a un incremento del índice de muertos.

En esa novela que, como te lo referí anteriormente, acabo de concluir en su primera versión, titulada La lluvia inconclusa, planteo esa problemática, como lo hice, dentro de otra perspectiva y con otros propósitos al analizar y ofrecer visiones sobre el país, su devenir histórico y sus problemas sociales en fragmentos de Las redes de siempre, en algunos de mis relatos o en Las hojas más ásperas y, también, en cierta manera, en Testamento de un pájaro.

Entre los venezolanos, ¿qué autores actuales te interesan?

Leí, cuando recién fue publicada, la novela La otra isla de Francisco Suniaga y me gustó muchísimo, lo mismo que su otra novela El pasajero de Truman. También Federico Vega y su obra. En estos días volveré a ellas. Releo casi siempre, con obsesiva frecuencia, Marzo Anterior y la siempre hermosa Setecientas palmeras plantadas en un mismo lugar, de José Balza. Igualmente, Lluvia de Victoria Di Stefano, quizá su mejor novela.

Para mí, esas novelas son y serán siempre actuales, como también lo será Canaima, de Rómulo Gallegos; El osario de Dios, de Alfredo Armas Alfonzo; Cubagua, de Enrique Bernardo Núñez; Cumboto, de Ramón Díaz Sánchez; y Piedra de Mar, de Francisco Massiani. De los autores más jóvenes he leído y releo  estupendos cuentos de Juan Carlos Méndez Guédez, Fedosy Santaella, Héctor Torres, Rodrigo Blanco Calderón y Domingo Michelli, tristemente desaparecido a muy temprana edad. Novelas de Ana Teresa Torres, Juan Carlos Méndez Guédez, Rubi Guerra, Gustavo Valle y Juan Carlos Chirinos, cuyas propuestas formales me han resultado novedosas y muy acertadas. Indudablemente, contribuyen al fortalecimiento de nuestra novela contemporánea y trazan, cada uno de ellos, líneas y tendencias sumamente interesantes.

No sé si la lista de los “actuales” será larga o no. Pero es mi lista. Sin nombrarte otras que me acompañan casi a diario, como sería La Biblia o los poemas de Enriqueta Arvelo Larriva, Vicente Gerbasi, Ida Gramcko, Alfredo Silva Estrada y Eugenio Montejo, en el terreno de la poesía venezolana: yo leo poesía todos los días del mundo, lo mismo que una o dos páginas del Viejo Testamento y de Don Quijote de La Mancha. La Biblia y Don Quijote serán siempre el sol, la luna y las mareas. Y ha sido así desde 1965, cuando en el Seminario de Guanare, me sentaba a leer sus páginas, a las cuatro de la madrugada, esperando el amanecer.

Me pregunto sobre el Oropeza cuentista, ¿habrá otro libro reunido como Entre la cuna y el Dinosaurio para estos días que vienen?

Terminé de escribir y ahora reviso un nuevo conjunto de cuentos que he titulado El huésped invisible, donde reúno todos los relatos en los cuales venía trabajando desde 2002, cuando di a conocer, a través de El Nacional, la pieza “Entre la cuna y el dinosaurio”, con el que obtuve el Premio de Cuentos de El Nacional por segunda vez y que abrió la antología que, bajo ese mismo título, editara Víctor Bravo en 2006. En la actualidad, escribo un nuevo volumen de cuentos titulado La rosa inacabada, del cual ya llevo escrito siete.

¿Tu trabajo nos recuerda la coherencia del edificio narrativo que nos legó el maestro Gallegos?

Tú has leído Para fijar un rostro y sabes que valoro muchísimo su esfuerzo en ofrecernos un “mapa” del país a través de la reinvención de mitos e historias de nuestras regiones planteadas en sus novelas. En el conjunto me sigue gustando muchísimo Cantaclaro y, sobre todo, Canaima, a la que considero el gran nudo de toda su invención creadora.

Me resulta elogioso el que compares mi propuesta con la del gran maestro, como en alguna oportunidad lo apuntó Julio Miranda en su libro El gesto de narrar, al señalar que Rómulo Gallegos, José Balza y José Napoleón Oropeza estaríamos emparentados por las propuestas de ofrecer en nuestras novelas la visión ficticia de los mitos e historias de nuestro país. En cierto modo, como te decía en la respuesta a una de tus interrogantes, he tratado de ofrecer una “visión” de algún aspecto histórico o social del país en mis novelas, y en muchos de mis cuentos. Parte de la noche o, quizá, A punto de detenerse sobre las cenizas recogen y expresan desde la ficción mis planteamientos sobre el problema de la violencia generada entre los jóvenes de nuestro país. En mi novela Testamento de un pájaro, desde la visión de un grafitero, se recoge parte de ese “retrato” de país, expresado en la escritura en las paredes.

 

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José Napoleón Oropeza nació en Puerto de Nutrias Venezuela, el 13 de octubre de 1950. Profesor de literatura en la Universidad de Carabobo. Ha publicado una extensa obra narrativa y ensayística recogida en los siguientes títulos: La Muerte se Mueve con la Tierra Encima, 1972 (Cuentos); Parte de la Noche ,1972 (Cuentos); Las Redes de Siempre, 1975 (Novela); Los Perfiles de Agua, 1978 (Ensayo); Ningún Espacio para Muerte Próxima, 1978 (Cuentos); Donde Todo el Universo es una Orilla, 1979 (Cuentos); Las Hojas Más Ásperas, 1984 (Novela); Para Fijar un Rostro, 1984 y 2004 (Ensayo); El Bosque de los Elegidos, 1986 (Novela); Entre el Oro y la Carne, 1989 (Novela); La Guerra de los Caracoles (Cuentos) 1991; Testamento de un Pájaro, 1999 (Novela); La carta que contenía arena, 2005 (Cuentos); Entre la Cuna y el Dinosaurio,2006 (Antología de Cuentos); El habla secreta, 2011 (Ensayo); Las puertas ocultas, 2011 (Novela); El Cielo Invertido, 2016 (Novela, dos ediciones).

Ha sido reconocido con diversos premios y en dos ocasiones (1971 y 2002) con el prestigioso premio que convoca cada año El Nacional. Así como el de la crítica en 2012 con su novela Las Puertas ocultas. Es Individuo de Número de la Academia Venezolana de la Lengua, Correspondiente de la Real Española, desde octubre de 2015, cuando pronunció su Discurso de Incorporación bajo el título de “Arturo Uslar Pietri y la estética del cuento contemporáneo”.