Letra Libre

"Después de la tormenta...." (VI)

Foto:  @ACcinema

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AC | Salzburgo (Austria)

Quiero pensar y quiero sentir que después de todo lo que viví y todo lo que pasé las cosas van a estar mejor. Yo voy a estar mejor. Ahora me encuentro viviendo en Austria. ¿Cómo llegué hasta acá? Digamos que fue la mano salvadora. Esa mano que salió de la nada y nos dijo: “Bueno, ahora deben respirar”. Mi madre decía siempre: “Dios aprieta pero no ahorca”, bueno madre, pues duró un año y medio apretando estuvo a nada de ahorcarme, por lo menos así lo sentí.


Lea la primera, segunda, tercera, cuarta y quinta parte de esta historia:


Bolivia y Argentina fueron una pesadilla, un mal sueño, una mala experiencia. Pero quiero estar segura de que algo aprendí, de que algo se quedó clavado dentro de mí que me hará ser una mejor persona, a pensar y ver la vida de una manera muy diferente. Y bueno, en parte sí me cambió, o mejor dicho, nos cambió. Ya no somos las mismas desde que salimos de Venezuela y eso se lo debemos a las malas y buenas experiencias. Buenas experiencias porque no todos los días puedes decir: “Crucé el río amazonas en barco por cinco días” o “conocí la Amazonía boliviana”. Son cosas que la mayoría de las personas no tienen pensado hacer. Y nosotras lo hicimos. ¡Lo logramos sin querer hacerlo! ¡Crucé por tierra tres países de Suramérica! Lo digo porque muchas veces no me lo creo. Esas son las buenas experiencias.

De las experiencias malas nos queda hacer de “tripas corazón”. Sacar de lo peor lo mejor. Esa parte me está costando mucho, pero sé que lo voy a lograr.

¡La calma …. ha llegado!

Austria nos ha recibido de muy buena manera, nos estamos adaptando y sin duda lo hacemos de la mejor manera. Comemos, estudiamos, trabajamos y también hacemos trabajo voluntario. Todavía no sé si me voy a quedar acá, pero trato de dar lo mejor en el país que hizo que nuestra agonía llegase a su fin. No me puedo olvidar de lo que viví, no logro sacarlo de mi cabeza, es algo que siempre está presente. Y ahora me come viva una etapa que muchos dicen es normal: superar. Cuesta y es difícil.

Mi historia en el extranjero no ha sido más que la peor pesadilla de aquel que sale buscando algo mejor, pero creanme, todas las historias son bien diferentes, no todos corren con la misma suerte. A mí me tocó esta, la asumí lo mejor que pude, la viví lo mejor que pude, la sigo viviendo. Pero como dije antes: siempre llega la calma y no importa el tiempo que pase porque siempre viene algo mejor. Para mí, Austria fue la calma.

Tengo mucho que decir de Austria, tengo mucho que contar de este país que poco a poco me enamora más. Por ahora, doy por cerrada mi pesadilla migratoria. Decreto que el Universo me puso aquí para disfrutar de lo mejor.

Es que la calma es así, llega de pronto y te deja con pocas palabras. Así estoy, con pocas palabras y millones de sensaciones (buenas, por supuesto).


Paz y tranquilidad. Ese pequeño fragmento sería todo. 


AC

*Venezolana radicada en Austria









Otra mirada a la oscuridad – En torno a True Detective 3

Foto: HBO

Foto: HBO

Lautaro Vincon* | Buenos Aires (Argentina)


All this life. All this loss.

What if it was just one big story that just kept going and going until it healed itself?

NIC PIZZOLATTO, True Detective (temporada 3)


En nuestra infancia, el arquetipo del monstruo no es más que una criatura indescriptible que vive agazapada a los pies de la cama cuando nos acostamos por la noche. Está debajo del colchón, se esconde dentro del placard, rasguña las ventanas. Quizá espera en el pasillo cuando lo atravesamos a oscuras de camino hacia al baño, o aguarda a que nos asomemos en la cocina porque la sed nos despertó antes del amanecer. Se fundamenta en los miedos que heredamos genéticamente de nuestros ancestros, el temor innato a la negrura que parecía abarcarlo todo más allá del círculo de fuego ante el cual se sentaban los primeros Hombres. Allí residían las bestias, que a pesar de ser repelidas por el calor, jamás dejaron de encarnar el peligro y la muerte misma. Con el paso del tiempo, la civilización trajo acarreada la comodidad y, en cierta forma, una seguridad a medias. Esos animales salvajes que rondaban la sabana, que esperaban en la espesura, que dormitaban en cavernas, fueron reemplazados por nuevas preocupaciones producto del auge y debacle de los sistemas en los que el Ser Humano moderno, lo quiera o no, se ve envuelto. Hoy, la intranquilidad por la seguridad de nuestros hijos depende de los delitos cometidos dentro de los sitios por donde nos movemos, desde robos, pasando por secuestros, asesinatos o lugares que sufren terrorismo desde una escala ínfima hasta las zonas de guerra del Medio Oriente. Otras formas de desvelo, sin ir más lejos, aunque no por eso menos importantes, son las cuestiones colindantes a la salud y la educación, el pago de impuestos a fin de mes, la permanencia en los trabajos, las relaciones intra y extrafamiliares. Los monstruos infantiles cambiaron, tomaron forma, se asentaron. Somos adultos. No hay nada en nuestro placard aparte de ropa. Nada debajo de la cama aparte de polvo. No le tememos a nada. Excepto, a la realidad.

Nic Pizollatto (1975 – escritor, guionista, director y productor estadounidense) parece haberse dado cuenta de lo anteriormente expuesto. En la tercera entrega de su serie True Detective –cada temporada es autoconclusiva y narra las vivencias de personajes distintos– dejó de lado ese miedo irracional a lo desconocido, cargado de referencias al horror cósmico de Lovecraft y R. W. Chambers que se vio en la primera, y se decidió por dotar a la historia de miedos reales, racionales, de esos que nos persiguen en el día a día.

Allá por 2014, en el auge de las series televisivas, True Detective 1 llegó para quedarse y ganar el corazón de miles de espectadores. Dirigida por Cary Fukunaga, y protagonizada por los renombrados Matthew McConaughey y Woody Harrelson, sus ocho capítulos situados en Louisiana estuvieron tan bien presentados que todavía hoy, cinco años después, siguen resonando en Internet los diálogos existencialistas que reflejaban el pesimismo de Nietzche o de Ligotti entre los dos detectives mientras seguían la pista del asesino en cuestión. Tras la partida de Fukunaga, True Detective 2 (2015), que rebalsaba de expectativas, dejó mucho que desear. Si bien las actuaciones de Rachel McAddams, Colin Farrell y Vince Vaughn no estuvieron nada mal, las críticas de la audiencia no tardaron en llegar; sobre todo por situaciones y armado de personajes que parecían forzados (como es el caso de McAddams o Kelly Reilly –actriz que cumplía el rol de esposa de Vaughn–; protagónicos femeninos que habían sido creados debido a los comentarios de un público que aseguraba que Pizzolatto no sabía escribir mujeres). A pesar de todo, la nueva historia, emplazada en California, había perdido algo –mucho–: el ambiente sombrío de la primera temporada.

En esta tercera entrega, Pizzolatto dejó de lado el fracaso engorroso que lo seguía de cerca y volvió a sus orígenes de la mejor manera posible. La oscuridad sigue presente y volvió para quedarse, aunque ha evolucionado.

Mahershala Ali (dos veces ganador del Oscar como actor de reparto en las películas Moonlight y Green Book) interpreta al detective Wayne Hays. Lo acompaña Stephen Dorff en el papel del detective Roland West. El secuestro de los hermanos Julie y Will Purcell deviene en la desaparición absoluta de la primera y el encuentro del cuerpo sin vida del segundo. La historia se cuenta en tres líneas temporales: los ’80, los ’90 –cuando se reabre el caso– y la actualidad –cuando Hays, anciano y víctima de pérdidas de memoria que se agravan es entrevistado por una documentalista especializada en crímenes no resueltos–. El escenario es la meseta de Ozark, una región montañosa y sumamente arbolada en el Medio Oeste de los Estados Unidos. El ambiente desolado del pueblo comparte ese aire opresivo de la primera Twin Peaks. La investigación lleva a ambos protagonistas tras las pistas de un asesino que parece rondar no solo la precariedad de esa región de Arkansas en plena década de los ’80 sino también los bosques, dejando a su paso dados, cartas, juguetes y muñecas de pajas.

A medida que avanza la trama, el papel de Amelia Reardon –interpretado magistralmente por Carmen Ejogo–, maestra de los hermanos Purcell y aficionada a los poemas de R. P. Warren, toma un rumbo protagónico al entablar una relación amorosa con Hays (Ali), quien se muestra reticente al contacto con los demás debido a ser veterano de Vietnam, experiencia que lo obliga a cargar con el peso y las cicatrices que toda guerra deja no solo en el cuerpo sino en el alma. De esa manera, se va construyendo un matrimonio que da como resultado dos hijos. Amelia y Hays se vuelven padres. Las discusiones se tornan habituales al quedar en evidencia el poco tiempo que él pasa con los chicos. Hays, que no puede evitar su tendencia a la soledad, intenta recapacitar y salvar a su familia antes de que esta se hunda víctima del divorcio. Lo mismo le sucede a la amistad que comparte con West, erosionada por los silencios y la obstinación de Hays. Como si fuera un macro reflejo del protagonista, la sociedad misma se ve envuelta en una espiral descendente que amenaza con implosionar y destruirse sobre sus propios cimientos.

En True Detective 3 hay de todo y para todos los gustos. La oscuridad social es ese monstruo adulto y realista al que Pizzolatto decidió aferrarse para narrar esta nueva entrega –recurso bastante similar que supo hacer en su libro de relatos “La profundidad del mar amarillo”–, para alejarse a pasos cortos del Rey Amarillo que habita la laberíntica Carcosa y que, desde allí,  parece mirarnos con su ojo omnipresente. El monstruo no se escapa de un abismo en las profundidades de un imaginario colectivo que fue construido durante siglos; el monstruo esta vez es tangible y, como lo vengo vaticinando, está a la vuelta de la esquina: la nueva temporada cuenta con un abanico de incontables personajes rotos. El prejuicio y el racismo están al pie del cañón: un veterano de guerra que, por vivir en la indigencia, se vuelve sospechoso; Hays mismo, que es mirado con desconfianza por el simple hecho de pertenecer a la comunidad afroamericana; el padre de los hermanos Purcell ‎(Scoot McNairy), acusado de ocultar su homosexualidad. Hay mucha pobreza flotando, también, donde el mundo rural en el que apenas se puede sobrevivir se mezcla con trabajos mal pagos y con pocas miras de ascenso; hechos estos que llevan a las noches de cerveza y penas en los bares del pueblo, o, en un extremo, al alcoholismo y los trabajos clandestinos como la corrupción y la prostitución –la madre de los hermanos Purcell (Mamie Gummer).

Caso aparte el hecho de que Lovecraft no se ha ido por completo. Queda en evidencia el libro de Will Purcell que hayan los detectives: “Los bosques de Leng”. Si bien el libro en cuestión no existe, le debe su título a la meseta de Leng, ubicación en la que, según la ficción  del maestro del horror cósmico, chocaban todas las realidades posibles. Lo que nos hace preguntar: ¿los chicos, entonces, fueron absorbidos por una entidad sobrenatural? ¿Dónde están realmente? Stephen King –otro seguidor de Lovecraft– también es traído a colación mediante dos detalles: la niebla, esa niebla densa que es otro elemento presente en su obra, hace acto de aparición en la escena en que el pueblo entero peina la zona en busca de los hermanos. ¿Los Purcell están ahí y nadie puede verlos? Por otro lado, quizá es casualidad, y quizá no, que West, el compañero de Hays, se llame Roland, igual que el pistolero de la saga “La Torre Oscura”. Se nota que a Pizzolatto le costó desprenderse de sus influencias fantásticas, y yo, por lo menos, lo aplaudo de pie por eso.

Hay misterio, hay un crimen y una investigación policial de procedimiento clásico contada en tres tiempos, pero sobre todo hay Humanidad: hombres y mujeres que sufren lo cotidiano, que lloran escondidos porque aman y temen amar. Porque amar, después de todo, es sufrir por la pérdida del ser amado, sea un marido o una esposa, un amigo, un hijo. Amar es morir de a poco, porque morimos un poquito cada segundo mientras el tiempo se disuelve como arena entre nuestros dedos. ¿Será que Hays, en la senilidad que sufre en la actualidad, le escapa a la muerte? ¿Será que no deja de verse a sí mismo y a los fantasmas de su pasado porque quiere seguir viviendo en sus propios ecos arrojados a la marea de sus recuerdos fallidos? ¿Será que, a pesar de todo lo ocurrido, está aún dando vueltas en ese enorme y selvático laberinto que fue Vietnam para no afrontar el mismísimo paso del tiempo que jamás dejará de consumir al mundo?

En su poema “Caliban upon Setebos”, Browning, a través del shakesperiano Calibán, decía en uno de sus versos: a bitter heart that bides its time and bites –un corazón amargo que aguarda su momento y muerde–; el Tiempo, que es como una rueda y, si lo subestimamos nos puede devolver al mismo lugar del cual partimos, es eso, ni más ni menos: la amargura que espera su momento porque sabe que, tarde o temprano, podrá mordernos. El Tiempo es una creación humana, y al percibirlo, tememos que se nos acabe porque ello significaría el fin al que nadie le escapa. El que lo hace queda perdido en la repetición sin sentido de un mundo en el que los monstruos ya no esperan a la noche para asustarnos. La oscuridad, aunque nueva, es y será siempre la misma. Lo afirma Pizzolatto, lo reafirma Rust Cohle, y Wayne Hays termina por convencernos: está adentro, en lo más profundo de nosotros. Y jamás se irá.


LAUTARO VINCON

(Buenos Aires, 1991)

Escritor sin seudónimo, fotógrafo aficionado, músico improvisado. Se pasea entre la ciencia ficción, la fantasía, el thriller, el terror y la weird fiction. Le gustan el café, los videojuegos y los gatos. Asistió al taller de escritura de Leandro Ávalos Blacha. Actualmente colabora en la revista digital venezolana “4 Dromedarios”. Facebook: /vinconlautaro




La isla donde anida la desesperanza

Foto:  @ACcinema

Foto: @ACcinema

Mario Morenza* | Caracas (Venezuela)

Los personajes en La otra isla asumen la desesperanza como una estrofa más del Gloria al bravo pueblo o del Das Deutschlandlied. Cuando me enfrento a la imagen de una isla, identifico (y enlazo) esa noción al vértigo horizontal del naufragio. Del mismo modo, no puedo evitar relacionarla a Odiseo en la isla de Circe, como mártir y emblema de la esencia humana en el aislamiento. Esta atmósfera enlazada (o anudada) al silencio será el bálsamo para el personaje de Edeltraud Kreutzer, que, indagando un poco, podría interpretarse su incertidumbre sobre la muerte de su hijo como una tramada excusa que ella instrumenta para encontrarse en otro espacio ajeno al propio, para alejarse de (sus) calles donde anida la tristeza. Y de esa tristeza refugiarse en una isla del Caribe, la isla que transformó a Wolfgang Kreutzer. 

Pero este Wolfgang no fue a naufragar a la Isla de Margarita, fue a echar raíces, a complacer la continental propuesta de Renata, su mujer. Wolfgang fue a distender su mente y lengua germánica. Se exilió en el hablar neoespartano. Modificó gradualmente su soberbio e impronunciable Wolfgang por el margariteño Gorfan. 

Los cantos matutinos de los gallos labraron sus raíces para que se plantaran progresivamente con ese encantamiento, casi hipnótico, casi mantra orquestado por un caos ovíparo. Y es en este punto cuando se me hace imposible no pensar en el poema «Los gallos» de Eugenio Montejo, que se me viene como la voz de un eco tan lejano y quebrantado como debe ser la nostalgia por un mar nórdico, un partido de la Bundesliga o una revitalizadora Löwenbräu después de trabajar; un poema cuyos versos resumen a Wolfgang Kreutzer y asumen la tristeza como un territorio para que esta, en lugar de anidar, acampe y se siembre en los movimientos dubitativos de Wolfgang devenido en ese Gorfan de la crianza de los gallos: «Gallos ventrílocuos donde me habla la noche, / ¿son mi parte de abismo?». Momentos religiosos y proféticos de encantamiento. 

Y entre cantos de gallo y estrofas, ha llegado el momento de teorizar, y recuerdo que hoy, antes de despertar, se me reveló, por medio de una voz onírica y nórdica que me recitó palabras al oído en un idioma extraño, que la teoría sería alemana de tener nacionalidad, que para adentrarse en la literatura, no se orientaría a la usanza de los neoespartanos para asimilar el tiempo, más bien mediría sus pasos con absoluta precisión, sistemáticamente, y no se la calcularía a vuelo de pájaro o a ojo por ciento; la teoría es aliada de esa intuición de ensayo y error propios de Gorfan para criar a sus futuros campeones, mezclada con la de los galleros de nacimiento para saberlos luchadores o simplemente sacarles cría.

A través de las lupas de la teoría, me veo como un marxista trasnochado, con reflexiones resucitadas por el temblor de voces en otro idioma. Por ejemplo, asumiéndome como marxista, diría que los cantos de los gallos son una respuesta a la acelerada y devastadora modernidad, hija bastarda del capitalismo, cantos de gallos que se unen al grito eufórico de Katsimbalis, borracho de vida y poesía, que se desgarra las cuerdas vocales para que el himno de la naturaleza se escuche entre tanto smog y bramido de fábricas. Un marxista escucharía en el canto de los gallos una respuesta a ese «caos en el que todos dan órdenes y que nadie sigue» (Suniaga, 2005: p. 8). Y es aquí donde se destila la carne de una viril novela policíaca, pero esa novela policíaca con aristas de crítica social, y también a una izquierda en lo que se sospecha la intentio autoris a la que se refirió Umberto Eco. 

Un anarquista agregaría esta cita al catálogo de frases del partido en el que esté inscrito: «Margarita, la isla de la utopía, el único lugar del planeta donde todos mandan y nadie obedece» (Suniaga, 2005: 8). 

    En cambio, un estructuralista, y asumiéndome como tal, abordaría La otra isla —o en esta isla que es la teoría literaria donde es rutina naufragar—  cómo son representados en la novela los siguientes hemisferios, o las siguientes dos caras de una misma moneda: Duelo a y Duelo b. En el primero, se hablaría de ese duelo que llevan los personajes, en esos ojos donde la tristeza ya ha echado raíces, como los de Edeltraud con la incertidumbre de la muerte de su hijo enquistada en ellos; o los ojos de Renata, en los que se delató la resignación al momento de la muerte por agua de su esposo y en los que también se revelaron, como un códice de la evocación, unos ojos de quien aspiró a otra piel de la incertidumbre: la de vivir un día distinto con cada amanecer; o la mirada de Gorfan, extraviada en el vacío poroso de una gallera en aquellos momentos hostiles en los que sus gallos perdieron la verticalidad y murieron picoteados por rivales. Y también no debemos olvidar en esta isla a la persona que antes era Gorfan, que ostentaba el Wolfgang como emblema de identidad y del cual se despojó una vez que quizo olvidarse definitivamente de sus raíces y transplantarse a esta isla que lo vería morir, pero que antes añoró su tierra y comprendió, sin percatarse del todo, que la tristeza anida en ese mar que rodea esa insólita porción de tierra. O de Renata, que entra en llanto irrefrenable y angustioso cuando es interrogada por Benítez, y el abogado fungiendo de detective privado por necesidad, se pregunta si la desesperanza es motivo suficiente para un crimen, incluso si sobrepasa la maldad o la ambición, en lo que supone un momento clave para indagar el sentido de la novela.

El Duelo b no es otro que esa pugna que aletea en los gallos. Animales criados para una lucha en la que reñirán la apuesta, los tragos y el vicio. Animales que se manifiestan como determinantes directos para los primeros duelos. Esos gallos que mataron a Wolfgang, que lo arponearon desde que escuchó por primera vez su canto como si fuera la primera mañana del universo, cuando Gorfan comienza a incubarse en él, a decretarse, a establecer su conjuro con la isla.

También leería en La otra isla esas curiosas paradojas que se dan en el hablar, en lo distante que puede ser una traducción, sobre la raza de los gallos, o la resistencia indígena, sobre coger y coger. Por los momentos, ya se me hace larga esta reseña y mi naufragio en un intento de teoría, y no me queda otra que brindar, como diría Bogart en la gran pantalla: for old times sake, y por Wolfgang Kreutzer, prost!!!


Mario Morenza*

En 2008, publica La senda de los diálogos perdidos (ganador del Premio Nacional Universitario de Literatura) y Pasillos de mi memoria ajena (finalista del concurso para autores inéditos convocado por Monte Ávila Editores). Relatos de este autor han sido reconocidos con diversos galardones: destaca la inclusión de «Vitrum» en la Antología de la Novísima Narrativa joven Hispanoamericana (2008) y en 2016 «Las tribulaciones de un censor antiplagios» resulta ganador de la 71a edición del Concurso de Cuentos del diario El Nacional.




¡Ché! ¿Me estás cargando? (V)

Foto: Abraham Tovar | Arte: 4Dromedarios

Foto: Abraham Tovar | Arte: 4Dromedarios

AC | Salzburgo (Austria)

¡Argentina, tu eres mi gran amor No es la primera vez que piso tus tierras.


Volvamos varios años atrás, 2013, fue el año en el que pisé por primera vez tierras Argentinas, iba de vacaciones, fui a conocer, de paseo. Pero desde el primer día que llegué, me enamoré. Me enamoré de la gente, de la comida, de sus enormes calles. Para el 2013 se veía todo muy bello. ¡Claro! con ojos de turista, todo es muy bello. De regreso a Venezuela en ese entonces, me dije a mi misma que Argentina sería el país a donde me iría a vivir en un futuro.


Lea la primera, segunda, tercera y cuarta parte de esta historia:


Ahí estaba yo, en eso que decía yo; era el “futuro”, con una maleta destrozada, unos pocos dólares en el bolsillo y unas ganas de superación más grandes que el Obelisco.


Llegamos a la Ciudad de Buenos Aires un domingo en la noche, no se me olvida; es imposible olvidarlo. Llovía y nosotras estábamos agotadas, fue un viaje agotador por tierra, fue una experiencia horrible en la frontera, necesitábamos un respiro. Tengo familia, amigos y conocidos en la ciudad, esperaba que alguno me diera la mano solo para comenzar. Íbamos mentalizadas de que las cosas malas y las malas experiencias se iban a quedar en Bolivia. Buenos Aires es otra cosa, tiene otra vibra, es una ciudad grande, seguramente nos va a ir bien.


Conseguimos un hotel en Microcentro, ya lo habíamos visto antes de salir, era algo que ya estaba hablado. Quedarnos ahí por lo menos 15 días. Pagamos 5 días por adelantado. Yo estaba confiada de que una persona que me debía dinero me iba a pagar y con eso podíamos aguantar un poco más. Después de pagar el hotel nos quedamos con muy poco presupuesto. Nos alcanzaba para el día siguiente y ya.


Estoy consciente de que nuestra situación para ese entonces era completamente desfavorable. Todo pintaba para mal, pero para sorpresa de nosotras, nos ayudaron a conseguir un trabajo. El martes, es decir, dos días después de nuestra llegada a la ciudad, comenzamos a trabajar. Era un trabajo como ayudante de cocina en un restaurante de comida por kilo que hay en la ciudad. El sueldo que se me ofrecía para ese entonces era de 4.500 pesos argentinos al mes. De lunes a sábado, de 6:00 am hasta las 4:00 pm. Se veía duro, pero nosotras queríamos trabajar y lo necesitábamos.


Cabe destacar que para ese momento, estando recién llegada a la ciudad, no teníamos para hacer el trámite de solicitud de residencia, es un requisito indispensable para poder trabajar. Los primeros días no lo pedían con tanto afán porque eran los días de prueba. Yo pasé los días de prueba. En esa cocina se hacía de todo, había que preparar muchas cosas y de manera muy rápida. También había que dejar todo limpio y con algunas cosas adelantadas para el día siguiente.


Nunca le he tenido miedo al trabajo, siempre he sido una persona que, si no se hacer algo, lo aprendo y luego lo hago como una profesional. Aprendí a hacer empanadas, papas rellenas, comida china de todo tipo, pelar todo tipo de verduras y frutas. Aprendí muchísimo y me desgasté como nadie. Diariamente había que pelar varios sacos de papas, varios sacos de zanahorias y varios sacos más de Calabazas. ¿Tienen idea de lo difícil que es pelar una calabaza? Me quedaban las manos anaranjadas y adoloridas. Después de los primeros 15 días las cosas comenzaron a ponerse difíciles.


En Argentina se paga sueldo de manera mensual, es decir, una sola vez al mes. Yo ganaba muy poco, el hotel donde me estaba quedando me costaba 1.000 pesos más de lo que ganaba trabajando, no podía dar todo mi dinero del sueldo en el hotel, tenía que comprar comida y además pagar transporte. Además, me pedían un comprobante de que estaba haciendo mi trámite de residencia. Pedí ayuda a varios amigos, ninguno podía nunca.

Estaban muy ocupados o simplemente jamás contestaban a mis mensajes.


Para la residencia hicimos un trámite que no sabíamos que existía, uno en el que  debes hacer una declaración jurada, junto a dos testigos, y afirmar que no tienes dinero para cancelar la tasa migratoria. Eso hicimos, declararnos en bancarrota. Mentira no era, no teníamos nada de dinero y comíamos una vez al día. Por lo general yo me llevaba mi comida del trabajo a la casa y de ahí comíamos las dos. Por cierto, tengo que decir que mi amiga no pasó el período de prueba, obvio, estabas de prueba. Esos días trabajados se los pagaron muy muy bajos.


Recuerdo que para conseguir a los testigos nos paramos en la plaza de Once y dijimos: “Bueno, a la persona que veas con cara así, medio agradable, le preguntamos”. Vean el nivel, estaban dos personas en una plaza parando gente al azar para que fingieran que nos conocieran y nos firmaran una declaración jurada. Completamente descabellado, pero en situaciones como la que nosotras vivimos no pensábamos en nada más. A veces las situaciones te llevan a hacer cosas que jamás pensarías hacer. Hubo personas que nos dijeron que sí, y cuando íbamos a hacer esa locura llegó mi prima y una amiga para hacer ese papeleo. Personas que de verdad nos conocían.


Hicimos todo nuestro trámite, entregamos todos nuestros documentos en migraciones Argentinas y ya solo quedaba esperar: tres meses era el tiempo máximo de entrega de DNI (Documento Nacional de Identidad). Muchas personas nos decían que se tardaba mucho menos. Ya estamos más tranquilas. Precaria en mano, nada puede empeorar.


Pero no. Cuando crees que el universo conspira a tu favor, es la realidad la que te abre los ojos. Nos quedamos sin alojamiento en el Hotel. Era algo de esperarse, debíamos dinero, nadie fía, nadie regala nada. Nos dieron tres días para desalojar. ¿Para dónde nos vamos? Buscamos alojamiento como locas, una habitación, algo. Claro, nuestro presupuesto era bajo, en todos lados pedían meses de adelanto, pagar depósito, era algo que no podíamos hacer en ese momento.


Con todo ese problema del alojamiento, yo seguía trabajando como ayudante de cocina. Comía una sola vez al día, hacía mucho peso en el trabajo. Es que claro, esos costales de verduras, no se cargan solos de un lado a otro. Tenía la espalda adolorida. Cuando llegaba a casa en la tarde, me acostaba en la cama y ya después no me podía levantar más. La espalda me dolía como nunca. Hasta ese momento, era esa la única opción.

Sin tener donde vivir, salimos del hotel. Teníamos nuestras maletas (yo, lo que quedaba de la mía) y aún no sabíamos a dónde íbamos a ir. Una amiga nos ofreció un espacio para guardar nuestras maletas, así se nos haría más fácil el hecho de tener que movernos. Mi prima nos dio alojamiento por unos días.


El tiempo pasaba y se nos hacía muy extraño el hecho de que no estaban listos nuestros DNI. Íbamos de una casa a otra, no estábamos para nada estables. Para terminar de caer al suelo después de tantos golpes, nos llaman de Migraciones Argentinas. Se nos indica que debemos acudir al consulado de nuestro país, ya que no pudieron verificar nuestros antecendentes penales. Me pareció demasiado extraño, nuestros documentos estaban en orden, no hicimos uso de gestores ni pagamos algo por ellos. Fueron nuestras madres quienes sacaron de su tiempo para ese trámite.


El bello consulado de Venezuela en la ciudad de Buenos Aires, abarrotado de gente,eran colas interminables, todos teniendo el mismo problema. Es que odio todo lo que tenga que ver con trámites que impliquen algún consulado Venezolano en el extranjero. Nuestros consulados están en el extranjero de gratis porque la verdad no ayudan en nada. El punto es que, según el consulado Venezolano, nuestros antecedentes penales eran falsos.


La solución para eso era viajar a Venezuela y volver a hacer ese trámite. ¿Es en serio? ¿Me estás jodiendo? Señores, no tengo ni donde vivir, ¿y me dicen que la solución a mi problema es hacer el trámite de manera personal en Venezuela? ¡Que frustración!


Necesitábamos nuestro DNI, sin eso era casi imposible conseguir un trabajo serio. Un trabajo para ganar bien. No había otra, teníamos que volver a empezar.


De vuelta en migraciones Argentinas. Los operadores ya estaban al tanto de la situación de Venezuela, ellos pensaban que solo lo hacían para generar trabas y demoras en los trámites de los venezolanos. Por ende, nos otorgaron una extensión de 3 meses más en la precaria. Y nosotras a lo nuestro, volver a hacer la solicitud de los antecedentes penales en Venezuela por medio de nuestras madres.


Continuamos en la lucha del alojamiento, ya que solo nos quedaba esperar por los papeles desde Venezuela. Encontramos un lugar para vivir, un paisano era el responsable del lugar, estaba acorde a nuestro presupuesto. No nos pedían mucho para entrar, así que aceptamos y nos mudamos.


Las cosas se “estabilizaron” por un rato, seguíamos trabajando y buscando otros trabajos al mismo tiempo. Nos daba para ahorrar un poco, así que nos ilusionamos. Siempre buscábamos las mejores maneras de ahorrar, comíamos siempre lo más económico. Nos limitabamos a muchas cosas, pero sabíamos que era por un futuro mejor  para estar mejor y por fin poder lograr la estabilidad.


Todo pintaba bastante bien, no puedo mentir. Habíamos logrado reunir algo, estábamos tranquilas. Pero mi madre tiene un refrán: “de las aguas mansas, temeré”. Y es así, tanta tranquilidad, daba miedo. Y literalmente de esas aguas tranquilas salió la peor de las bestias a ponernos en peligro.


Mi amiga venía notando que algo no estaba bien; me preguntaba si yo había cambiado cosas de lugares dentro de la habitación, ella estaba segura de que alguien había entrado. Yo le decía que quizás eran ideas de ella, era imposible que alguien entrara, pues había una cámara de seguridad que daba justo a la entrada de la habitación y el encargado se daría cuenta si algo pasara.


El encargado era una persona bastante agradable, parecía ser una persona que había pasado también por par de situaciones difíciles y como Venezolano solo quería darle una mano a su gente. Era una persona de sentarse a hablar contigo, de tocar la puerta de tu habitación para saber si estabas bien, de invitarte a tomar una cerveza un viernes por la noche. Un tipo agradable, genera confianza, era carismático.



No me canso de negar con la cabeza al escribir esto, al hablar de éste hombre. Era, literalmente un lobo disfrazado de cordero.


En efecto… nos faltaban cosas en la habitación, entre esas cosas, nuestro dinero reunido. Ya no estaba nuestro esfuerzo y sudor: se había desaparecido. Decido confrontarlo, pedirle una explicación, le exijo ver las cámaras de seguridad. ¿Quién había estado en mi habitación? Las cámaras eran solo una ilusión, realmente no grababan, no funcionaban. No obstante con que nos roba, nos desaloja. Él estaba indignado de que alguién, bajo su propio techo, lo acusara de ladrón. ¿Me estás jodiendo? Volvemos a estar en la calle, sin un peso en el bolsillo. Parece una historia de nunca acabar, una pesadilla de la cual no te puedes despertar. ¿Qué hicimos para merecer ésto?


Ya estábamos a nada de tirar la toalla, de rendirnos. A veces, por muy fuerte que seas, no te provoca volver a levantarte. Pero mi amiga tiene un motivo, un motivo  muy grande que no la deja tirar la toalla, un motivo que había dejado en Venezuela y que ya no podía esperar más: su hija. Cuando tienes un motivo así por el cual luchar, no te quedas en el piso por mucho tiempo, te levantas despacio mientras tomas aire profundamente.


Buenos Aires cuenta con un servicio de “ayuda a personas en situación de calle”, es un refugio. Hasta allá fuimos a parar, pedimos información, daban camas principalmente a mujeres, pero debías llegar temprano para poder tener una por esa noche, ya que no cuentan con suficiente espacio.


Para los ojos del mundo y de nuestra familia, nosotras estábamos bien, “nos estábamos adaptando, reuniendo dinero para estar mejor”, pero la realidad era otra… otra completamente diferente.


Me quiero ahorrar muchos detalles, muchas cosas de las que prefiero no hablar, porque con el tiempo te das cuenta de que hay heridas que no se han podido curar y que hay recuerdos que preferiblemente quieres borrar de tu mente, porque es que a fin de cuentas no eres tan fuerte. Dormimos en el suelo en pleno invierno, pasamos días sin comer. Realmente fue bastante duro.


Cuando me preparé para ser flair bartender y para competir, muchas personas en el mundo de las barras me decían “date a conocer, eres buena, eso te va a ayudar en tu carrera, compite, no importa si no ganas, pero se verá tu nombre”, así lo hice en Argentina. Me preparé para una competencia que había en el Centro Internacional de Coctelería, quería darme a conocer y demostrarme a mí misma que sí podía. Competí y quedé de sexto lugar dentro de mi categoría. Logré lo que quería, darme a conocer. Me llegaron varias ofertas de trabajo dentro de mi área, varios hoteles importantes. Propuestas que no pude aceptar porque el requisito indispensable para obtener el trabajo era en DNI y yo no lo tenía.


Trabajé en varios bares de la ciudad, ejercí como bartender, era algo que me agradaba mucho. De esos Bares, aún sigo recibiendo mensajes de apoyo y motivación. Es que cuando eres buena en lo que haces, la gente lo reconoce de inmediato.


¿Qué habría sido de nosotras en Argentina si nuestra suerte hubiese sido diferente? ¿De haber tenido lo único que nos hacía falta para terminar de colocar los dos pies sobre las vías, el DNI? ¿Habríamos pasado por lo mismo? No lo creo.


Nueve meses pasamos en Argentina. Tres veces hicimos el proceso de migraciones argentinas y el consulado. Nos mudamos una cantidad incontable de veces. Mi amiga tiene una deuda de más de 30.000 pesos, dicen que las madres hacen cualquier cosas por sus hijos, ella es una prueba de ello. Tiene a su hija a su lado y eso no tiene precio.



De Buenos Aires me guardo muchas cosas, me ahorro muchos detalles, es que 2.200 palabras se me están quedando cortas. Pero no escribo para dar lástima, no escribo para aburrir a las personas que me leen, escribo para desahogarme y escribo para sacar de adentro todo eso malo que viví.


Repito, Argentina te amo. Te amo desde el fondo de mi corazón porque me enseñaste a no darme por vencida, me enseñaste a no ser tan confiada, me enseñaste a llorar, a llorar con sentimiento, a valorar cada bocado de comida. Me enseñaste demasiado y por eso te doy las gracias.


Hoy, a dos años de haber dejado tus tierras, te recuerdo muy bonito. Porque aunque mi situación no fue la mejor, conocí gente muy agradable, gente muy buena. Espero volverte a ver, dicen que a la tercera va la vencida.


¿Dónde estoy hoy? ¡Lejos! En tierras nuevas y aprendiendo nuevas cosas. ¿Cómo estoy? Mejor, mucho mejor.


De esto, también hablaré, hasta la próxima.


Saludos, AC.

Crónicas del Olvido: los trabajos del tiempo

Foto: Abraham Tovar | @ abraham95o

Foto: Abraham Tovar | @abraham95o

Alberto Hernández* | Guárico (Venezuela)


“Mi único tema es lo que ya no está.

Sólo hablar de lo perdido”

**José Emilio Pacheco**


1.-

Labor del tiempo es desgastar. O descubrir lo construido para destruirlo. Labor del tiempo es borrar, perder. O recuperar para volver a destruir. El tiempo es uno de los temas más recurridos de la poesía, del ser humano sensible y consciente de su futura desaparición. Todos estamos atentos a los designios del tiempo, de la finitud, de la hora que llegará. Del silencio que arropará lo que no queda. O lo que quedará una vez que el tiempo tome nuestro lugar.

El tiempo no deja de pasar y cuando lo hace, ya no estamos. Discurre en el otro, en el que está y sabe de él.

Son muchos los asuntos que atiende el tiempo, de allí el título del poemario de Néstor Rojas, “Los trabajos del tiempo”, Premio Bienal de Literatura “Miguel Ramón Utrera”, Maracay, 1996, editado por la Secretaría de Cultura de Aragua.

El jurado estuvo conformado por Elizabeth Schön, Igor Barreto y Enrique Mujica, quienes destacaron “la búsqueda existencial del tiempo, la estructura formal y la unidad que mantiene la homogeneidad del cuerpo poético”.

Ese año 96 el jurado mencionó libros de José Tomás Angola, Bettsimar Díaz y Harry Almela.

2.-

Néstor Rojas abre la puerta con una pregunta:

“¿Quién escapa a los hambrientos/ dientes de las edades?// La muerte no habita en nuestros muros, / sino en nosotros”.

El tiempo es la vida para la muerte. Es el pasar de la existencia para terminar en el silencio, en la nada, en la ausencia. En el tiempo del no ser.  Por eso la interrogante: quien pregunta sobre el tiempo queda suspendido en él. La poesía recurre a su llamado para reflejarlo desde la incertidumbre. No hay certeza en la poesía. Todo es voluble, toda vez que el tiempo es el molde que la hace y la deshace. La poesía no es tiempo. Es su pasar.

Y si el tiempo es inasible, calculado en la esfera de un reloj o en la agonía de un ser vivo, la muerte es su herramienta para entender que el primero es el espacio donde se mueve la inexistencia. El vacío es una definición: una recurrencia “por donde entraban/ y salían los muertos”.

Y más: “Por encima de nosotros/ crecen hierbas/ pero ninguna hierba/ nacerá de nosotros”.

El pesimismo desde la misma tumba. Tensión temática que advertimos en José Emilio Pacheco. Persistencia en la poesía de todos los tiempos. El tiempo está en la muerte. La muerte en el tiempo. No hay salida. Sólo vivir para que la poesía se extienda, y ser el Cesare Pavese en cada vocablo recreado.

“Sabemos que más adelante/ nos espera la muerte/ Pero esa bendición no es nada espantosa”

No habrá temor si ella es la seguridad de que estamos a salvo del tiempo.

Y si el tiempo pasa, como pasan las palabras, como se conjugan los verbos en todas las dimensiones, la poesía destaca su duración, su larga respiración mientras como un animal carnívoro el tiempo recurre a su poder:

“Sólo cuando uno va/ muriendo de vejez/ se percata/ de la existencia del tiempo. / De cómo pasa/ silencioso/ devorándonos”.

3.-

Una muestra de esta manera de sentir la existencia, la advertimos en “Reflexión sobre el otoño”:

“He visto estos días

a los árboles

despojarse de sus hojas.

Para ellos

vendrá una primavera

que es como decir

otra vida.

Florecerán

y echarán frutos

para sobrevivirse.

Pero nosotros,

Los recién llegados,

cuando morimos

nos deshojamos

para siempre”.



Pero no se vive en vano, porque “apegado a los principios/y razones de mi inútil rebeldía, / pienso que sólo la vida/ tiene existencia verdadera. / Ni el más grande de los ejércitos/ podrá derrotarla”.

4.-

Una selección de versos nos dará más respuestas acerca del tema que Néstor Rojas esgrime para hacer de su labor verbal la sintaxis de su paso por el mundo:

“No hay receta para vivir/ Menos para sobrevivir” (Modus vivendi)

“Anhelo encontrar las palabras/ que me son necesarias/ para no morir del todo” (Aspiración de un pesimista)

“¿Qué nos depara/ la inexorable fugacidad del tiempo?” (Queja contra el tiempo)

“Nuestro futuro/ pertenece al caos” (Nada retarda el adiós)

“La vida es un paseo largo/ y difícil que se da cada día/ hacia la oscuridad” (El rumbo incierto)

“Desde la orilla negra de la muerte/ respira el polvo del insomnio” (De paso)

“Pues el que dice adiós/ no vuelve” (Filo de relámpago)

“Vano anochecer. / La casa se adormece/ sin mí” (Reposo)

5.-

Y sobre la poesía, sobre el plano visible de los sonidos interiores, los más hondos, el poeta Rojas escribe algunos instantes en los que una intención de poética abreva en su mirada:

“Cada poema será sol que suena. / Pájaro de luna/ será la poesía del hijo de los dioses” (Como albas, sombreados)

“¿Quién dirá/ los versos/ que escribió/ para nadie?” (Ebrio de nubes)

“Sus ojos/ encumbrados/ ven/ los abismos del verso.” (Los abismos del verso)

6.-

Dos poemas para cerrar; el primero, visionario:



EL DESTIERRO

El que soñó tu casa

entra

cada vez que quiere

sin necesidad de llaves.

Hoy ha ordenado la diáspora.

Sufriremos los rigores

de su implacable ley.

Nos nos apresuremos.


Lo que se avecina

ya llega.



LIMITACIONES

Para todo hay término.

Acaban los sueños

y las formas celestes

y terrestres.

Todas las cosas del mundo

acaban

transformadas.

Para que la vida

continúe”.


“Los trabajos del tiempo” continúan su labor. El tiempo, la insignia que nos avisa de todo, de la consumación de nuestro tránsito. El tiempo, esa advertencia permanente, hace su trabajo.


Alberto Hernández*

Es poeta, narrador y periodista. Es egresado del Pedagógico de Maracay con un postgrado de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Es fundador de la revista literaria Umbra y colabora además en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Su obra literaria es extensa y ha sido merecedora de varios reconocimientos. Ha publicado un importante número de poemarios: La mofa del musgo (1980), Última instancia (1985) mención honorífica en el Concurso Literario de la Secretaría de Cultura del Estado Aragua; Párpado de insolación (1989), mención honorífica en la II Bienal Literaria del Ateneo de Calabozo (1985-1987); Ojos de afuera (1989) ganadora del 1r Premio del II Concurso Literario Ipasme; Nortes ( 1991), mención de honor Primer Concurso Literario “Madre Perla”; Intentos y el exilio(1996), libro ganador del Premio II Bienal Nueva Esparta; Bestias de superficie (1998) premio de Poesía del Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992 y traducido al idioma árabe por Abdul Zagbour en 2005; Poética del desatino (2001); En boca ajena. Antología poética 1980-2001 (México, 2001);Tierra de la que soy. Latin American Writers Institute, Universidad de Nueva York (2002). Nortes/ Norths (Universidad de Nueva York, 2002); El poema de la ciudad (2003) con ediciones en Vnezuela y en México. Ha escrito también cuentos como Fragmentos de la misma memoria (1994); Cortoletraje (1999) y Virginidades y otros desafíos. Latin American Writers Institute (Universidad de Nueva York, 2000); cuenta también con libros de ensayo literario y crónicas. Publica un blog llamado Puertas de Gallina.