Letra Viva

Lectores nocturnos

Foto: Abraham Tovar | @Abraham95o

Foto: Abraham Tovar | @Abraham95o

Julio Bolívar | Venezuela

-La verdad que asombra la labor de ese ingeniero-

-¿Cuál labor?. Pregunto el otro lector.

-Esa, la de andar leyendo cuentos y enviar los que según su criterio son buenos cuentos.

- ¿Tú estás seguro de que es ingeniero?

- Si, ¿por qué?.

-Bueno es que a veces me pregunto, como me dijo el otro ingeniero, ¿en qué tiempo lee tanto?

-Bueno, tú sabes cómo son ellos, todo es un plan aplicando técnicas como el ABC. O el forestcard. Sobre todo los empleados públicos. Esos pasan el día leyendo periódicos y dibujando planos

-Y ¿eso qué es?, porque yo creo que leer cuentos no es un asunto de ingenieros. ¿Estás seguro que él trabaja? ¿o lee?

-Bueno, mira, no se debe meter la mano en el fuego por alguien que no conoces bien. Yo creo que es un lector o alguien le lee los cuentos y luego se luce ofreciendo lecturas para asombrarnos. 

-Resulta sospechoso, pero en todo caso, todas las semanas nos manda un cuento: Lo raro es que son buenos casi todos. Yo creo que no trabaja.

-No será que los reescribe, yo he encontrado variantes en los cuentos de Bioy Casares. Los que he leído. Los demás no sé. Ahora que lo digo voy a revisarlos todos.

- No tiene nada de raro, recuerda que un texto es un clásico cuando nos provoca reescribirlo. ¿No era Borges el que hablaba de eso? 

- No, era un francés que postuló esa idea de la reescritura de los clásicos, no recuerdo su nombre ahora. Borges buscaba  los dobles y por supuesto reescribió las ideas de Hume el aquel cuento raro llamado Tlön Ukbar Orbis tertius. Pero yo creo que un cuento o texto es clásico cuando puedes releerlo eternamente y siempre descubres algo nuevo.

-¿Estás seguro?, eso que acabas de decir puede ser un plagio de este ingeniero ingenioso. ¿No y que es un delito?

-Depende. Una vez leí de un poeta oriental que escribía artículos toda la semana. Decía que los escritores debían agradecer a los que plagiaban sus obras, porque eran sus mejores lectores, tanto era su admiración, que terminaban plagiándolos. Eso cambia el concepto de plagio y más ahora donde no consigues una idea original por ningún lado. Todo es copypage con el argumento de la intertextualidad, o la intrahistoria. Por supuesto justificado por Internet y la academia.

***

La tarde se espesaba en el cielo. Amenazaba la lluvia y la ciudad se iba vaciando lentamente y a la vez los coches llenaban las avenidas principales creando el caos usual de las tardes de los viernes.

-Recuerdas que te dije lo del cuento de Bioy. Tiene variantes como te dije, mira esto: No me negarás que en todo triunfo siempre hay algo repelente. ¿Vistes? La versión correcta, la de Bioy dice así: No me negarás que en todo triunfo hay algún referente. Este tipo introduce sus pensamientos y altera los de Bioy. Ese es el tema de los escritores, pueden crear vidas y destinos y jugar con sus ideas anarquistas o de cualquier índole y ponerlas en bocas de sus personajes o personajes ajenos, como en este caso.

-¿En serio? Estás seguro. Déjame buscar en las obras completas de Bioy que tengo aquí en el  baño, no te rías, es que mi mujer cerró el estudio para montar la Navidad y lo llenó de cajas olorosas a almizcle, horrible, sólo pude sacar a Bioy.

- Ajá, aquí está el cuento ese, es muy viejo. ¿Cuál es la línea? , bien: aquí es; "¡joder! ¡Esto es diferente a la de Bioy y  a la del ingeniero lector!. ¡Lee! : No me negarás que en todo fracaso siempre hay algo glorioso y agradable

- Y entonces, quien es el autor realmente de esta frase?

-¿Estás seguro de que es el libro de Bioy?

-Sí, mira la tapa. Bueno, no la puedes ver, pero imagínala.

-Además, este ingeniero nos dice que es el penúltimo. Lee bien el que viene y cotéjalo con el del autor que el escoja. 

-Yo creo que ese ingeniero no es ingeniero.

-¿Qué crees que es?

-No sé. Parece escritor. 

-Pero sólo ha escrito un solo libro. Un libro discreto, sobre una relación familiar muy amorosa, un amor perdido tal vez.

-No importa, tener muchos libros publicados no lo define como escritor, hay muchos por ahí que se jactan de libros publicados pero nadie los recuerda, ni a nadie le ha cambiado la vida.

-Es verdad, sobre todo poetas. Si lee, un día escribirá, al menos que esos cuentos sean sus propios escritos y por mera timidez les ponga con firma de los escritores que admira. Puede pasar. Conozco a un poeta que no quiere reeditar ninguno de sus libros, no sé si es para convertirse en un escritor de culto, o porque valora de pobre sus poemas. Tiene un ensayo sobre poesía que no se consigue.

-Puede ser.

-¿No tienes sueño?

-Sí. Esta novela me da sueño.

-¿Es muy larga?

-Sí, tiene más de mil páginas y debo entregarla a la editorial mañana y aún no encuentro un pueblo parecido a Puebla para que no se note tanto el plagio.

-¿De quién es?

- De Bolaños, ya sabes, es mi escritor favorito.

-Tengo sueño

-Yo también

-Hasta mañana

-Desc…

-zzzzzzzzzzzzzzzz…

-zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz….

-Recuerdo un cuento de Truman Capote que termina con dos personas que se duermen hablando por teléfono, ¿era por teléfono o dormían juntos?

-No sé. Los finales siempre se parecen, terminamos durmiéndonos, puede que por aburrimiento o por cansancio. Da igual. Siempre nos dormimos. Otras veces nos cuesta tomarle el ritmo a un libro y los desechamos y resulta que es un clásico. Un beso. Hasta mañana, amor.

-zzzzzzzzzzzzzz…


Julio Bolívar

ESCRITOR VENEZOLANO*


Segunda oportunidad

Foto: Daniela León | @Daniela_Aurora

Foto: Daniela León | @Daniela_Aurora

Natalie Azcona*

La primera vez que murió Carlos, él estaba en su cubículo intercambiando roces con algunas moscas y repasaba, una y otra vez, el informe detallado para la compañía. La ventana a su derecha asomaba picos de flores amarillas, sobre las que se posaban partículas que venían con el viento.

Carlos solo aguardaba. Era miércoles previo a la presentación, así que Lucía vendría con los respectivos regaños de casi jefa, de casi amante, de casi inteligente, de casi todo. Unos pasos atrás ya ella ordenaba en su mente un discurso políticamente correcto, que saldría luego de su boca como aros de fuego. Una vez más, vendría la batalla acostumbrada: con demasiado ruido y gotas de saliva pulverizada que saldrían de las comisuras de su boca. Era lamentable: tan poca mujer después de todo, salvo por los ojos serenos que aún escondía. Una y otra vez, ella repetía el manual de reglas sobre las cuales Carlos no se fijó mientras hacía su trabajo. Una y otra vez, los dedos de Carlos tamborileaban al compás de una buena canción sobre la mesa y, apenas perceptible, poco después de los tambores vinieron los arañazos y el ahogo súbito: se aferró a las toneladas de papel sobre la superficie del escritorio. Su corazón se detuvo, ya no podía aferrarse.

Hacía mucho frío en aquel entonces. Carlos despertó en el momento en que los doctores iban a colocar la hora en el reporte, Lucía lloraba al otro lado del pasillo. Entre las expresiones no quedaba ninguna otra sensación aparte del miedo. “Cinco minutos sin oxígeno, ¿cuáles son las probabilidades?”, el pasante insistía, y el doctor ateo de cabecera no encontraba más que dedicárselo a un milagro divino. “Sí, divino, pero tanto tiempo sin oxígeno habrá deteriorado sus funciones cerebrales, deberá estar bajo un estudio exhaustivo, si es que logra recuperarse”.



¿El paciente tiene familiares, enfermera?

Afuera hay una chica, creo que es su novia.

Debe darle las noticias.


Carlos abrió los ojos, a su alrededor de pronto hubo silencio, luego aplausos, y media sonrisa se dibujó en su rostro cuando lo apuntaron con una linterna, había vuelto. Su mano apretada de pronto se soltó, y en su palma se extirpaba un insecto. Lucía había estado todo el tiempo con Carlos en el hospital, había llorado desde el primer segundo y lo vio recuperarse. Esta vez ella era quien tamborileaba los dedos contra la puerta, y le ordenaba a cada enfermero que hiciera bien su trabajo mientras él seguía en reposo.

La segunda vez que Carlos murió, murió despacio, ya era preso de Lucía. Se acomodaba bajo su regazo todas las noches y ya no se ocupaba en fingir placer, había tomado la costumbre de variar entre dos polos: dormir bajo su mano en la cara o huir al bar cuando ya no la soportaba. 


Natalie Azcona

Venezolana. Apasionada por la literatura y periodista en defensa de los inmigrantes en Estados Unidos. Asistió al taller de narrativa de Mario Morenza. Le gusta el chocolate amargo y las personas que se sonrojan


Angélica

Foto: Efe

Foto: Efe

Isaac González Mendoza* | Caracas (Venezuela)

A Angélica le brillan los ojos, verdes y fijos en el parabrisas, mientras las luces de los carros se pasean sobre su cara amarillenta. La mano izquierda en el volante y la derecha, siempre, siempre, en la palanca.

Como es de estatura baja, a veces tiene que despegar un poco la espalda del asiento, así que puedo ver sus músculos marcados en su franela blanca, con el brassier apretándole la piel y, más abajo, los vellos amarillos que trazan el camino hacia sus pantaletas. "Voy a ir más rápido, no te vayas a cagar", me dice.

Es tan sensual.

Y entonces, con hábiles movimientos, cambia de cuarta a quinta: presiona el croche, mueve la palanca y pisa el acelerador.

Creo que le gusta que la miren. Por eso se muerde los labios a cada tanto, porque sabe que estoy viéndola concentrada en la carretera, que hoy parece un túnel sin salida por el apagón, que no sé cuántos días tiene ya.

He perdido la noción del tiempo. No sé ni la hora ni qué día es. Solo sé que es de noche y solo nos iluminan la Luna, uno que otro ojo de gato y los faros de los carros.

No siento miedo a pesar de que Angélica va a casi 100 kilómetros por hora. La aguja del velocímetro no termina de pasar de 99, se mantiene ahí, riéndose de nosotros. Solo se escucha el motor de la camioneta de Angélica y el viento entrando por la ventana. Y fuera del carro Caracas es como una ciudad muerta.

Por fin llegamos a Los Chaguaramos para dejar a Juan, dormido todavía. Tardamos unos segundos en despertarlo hasta que se va con dificultad inmerso en una nube de oscuridad. Fue un día largo para él: tuvo que asistir al menos cuatro operaciones de tiroteados.

En Los Chaguaramos la neblina se pasea entre las transversales y se posa sobre el río Guaire, visible desde el puente El abandono. Vemos unas figuras deformes a más de doscientos metros de distancia que se mueven como sombras, atravesados por la luz de la Luna. Angélica, contagiada por mi temor y el de Sandra, arranca y el carro suelta un chillido. Pasamos frente a ellos, pero no pudimos ver sus rostros. Caminan como ciegos, con los brazos un poco levantados hacia adelante.

—Zape gato -dice Angélica, que me mira por primera vez desde que salimos del hospital.

—¿Qué habrá sido eso, chama? -le pregunta Sandra, solo para seguir la conversación.

—Seguro son unos locos que se quedaron varados. No vayas a creer que son espíritus.

—No, vale.

—Estás clara que eres burde cagada.

Ambas se ríen y yo, aferrado al cinturón de seguridad, no digo nada.

—Como se ve que eres nuevo -me dice Angélica. ¿Cuánto tiempo tienes en el hospital?

—Apenas dos semanas -respondo.

—¿Y qué tal te ha parecido?

—En la clínica solo participaba en operaciones programadas. Estar en emergencias es otro nivel.

—Me imagino.

—Chama, felicítalo -dice Sandra.

—¿Por qué, pues?

—Está cumpliendo años.

—¿Qué? No, vale. ¿Y cuántos cumples?

—30.

—Qué manera de cumplir 30. Pobrecito -dice, y me sorprende al soltar la palanca para apretar mis cachetes-. Vamos a cantarle cumpleaños.

—No, no, no.

Y me cantan: "Cumpleaños feliz. Te deseamos a ti...". Mientras escucho me quedo hipnotizado mirando la carretera: las luces de la camioneta iluminando solo el asfalto, que se mueve frente a mí como una cinta para correr. A mi izquierda y derecha solo veo grises y uno que otro árbol u hoja que sobresalen como dibujos a carboncillo. No puedo identificar las zonas que tienen diminutos intentos de luz. Y voces lejanas balbuceando algo, y ollas repiqueteando, y gritos desgarradores que se pierden en el viento. "...pleaños feliz...".

Ambas aplauden emocionadas y me hacen cosquillas.

Por el olor a sal y pescado me doy cuenta de que estamos en La Guaira. Sandra se baja y corre hacia su casa. Pasa justo en medio de cinco personas que hablan alrededor de una fogata que hicieron dentro de una vieja lata de pintura. "Espero que la termines de pasar bien", me dice Sandra antes de irse.

Angélica arranca y comienza a hablarme. Me pregunta si tengo hijos y le digo que sí, que tengo una hija. Ella me cuenta sobre el suyo, llamado Gabriel: tiene dos años, le gustan los carros y el beisbol, odia las pizzas y prefiere las hamburguesas. El papá le manda dinero pero casi no lo llama ni le escribe. Vive con su mamá y Gabriel en Cotiza. Me pregunta por mi hija y solo le digo que se llama Sofía y que tiene tres años.

—Yo también soy enfermera, sabes -me dice de repente.-Ejercí como por un año pero el sueldo era un porquería. Por eso me metí a taxista.

—¿Y qué tal?

—No es lo más gratificante, ¿me entiendes? No estoy salvando al mundo, pero ayudo a otros a llegar a sus casas en una ciudad peligrosa.

De repente el cielo se ilumina por una luz naranja. Un aviso vial envuelto en llamas. Abajo una barricada es defendida por unos manifestantes mientras unos militares les disparan lacrimógenas. A tiempo frenó Angélica, que acaba de lanzar una mentada de madre.

"Hacia dónde se dirige", nos pregunta un militar empapado de sudor. "Este es cliente mío. Le hago transporte". "Bájense", responde. "No, amigo. Nada que ver". Entendía que Angélica era una mujer dura, fuerte, que no pensaba dos veces antes de contestar con una grosería. Pero me sorprendió aquella respuesta frente a un tipo que tiene un FAL colgando en su hombro. "Que te bajes", dice otra vez el sargento, que aparenta una veintena de años.

Pero no, Angélica no cede, así que arranca otra vez la camioneta.

No entiendo cómo aceleró y pasó por un lado de la barricada y los militares, de quienes se desprendieron dos para perseguirnos. Ahora sí ella había superado la rayita de los 99 kilómetros. Ya estábamos por 102 cuando los perdimos. Y el viento metiéndose por la ventana, y los gritos desesperados lejos, y la nube negra que nos escoltaba, y el sonido de las motos de los militares perdiéndose detrás de nosotros. "¿Estás cagado", me pregunta Angélica. Y yo solo miro hacia delante, creyendo que así voy a salvarnos a los dos. Ella también mira hacia delante, apretando el volante y mordiéndose los labios.

Es tan sensual.


Los lugares comunes de Pancho Massiani

Dibujo de Felipe Márquez

Dibujo de Felipe Márquez

Graciela Yáñez Vicentini | Caracas*

Para Francisco y sus secuaces:

Fabiola, Luis, Rodrigo, Eleonora y el resto de los visitantes



Un pollo sofocado en un bolsillo, un pendejo que no sabía qué hacer con su vida y que seguía enamorado de una tal Carolina que no le paraba ni medio: a eso me refiero con los lugares comunes de Massiani.



*

Recuerdo una tarde, una celebración de cumpleaños de Pancho, en que la comitiva –porque no era él solo, hay que decir que los amigotes lo alentaban, y bastante– invirtió buena parte de la tarde en llamar a una tal Carolina que no quería apersonarse. Tanto insistió ¿Corcho, Pancho?, que la tipa se apareció, finalmente, en la fiesta, con su hermana y su sobrina. Buena parte de la noche, entonces, tuvo que destinarse al próximo logro que dictaba la lógica: que Carolina –la de carne y hueso; lo juro, que así se llamaba la fulana– se sentara al lado de Pancho, en su cama, y a lo mejor de todo aquello se lograse hasta el robo de un beso.

Enlazo esa escena con otra, la segunda salida directamente de la página: una conversación telefónica –el teléfono, como se ve, elemento decisivo y reiterado en el universo de Pancho– durante la que Corcho, arrojado a la hazaña de escribir la gran novela realista, iba tecleando palabra por palabra la conversación que sostenía con su interlocutor a medida que iba transcurriendo el diálogo. Palabra dicha, palabra escrita. Hasta que, como podía esperarse, el amigo se percató de que por eso se dilataba tanto Corcho en responderle, y por eso le pedía tantas veces que se repitiera. Exasperación telefónica, fin de la llamada, fin de la anécdota: realismo puro, diálogo magistral que resume en su brevedad la mejor propuesta que he leído para explicar los avatares de la literatura y la vida, de la representación y lo representado.

*

Dibujo de Felipe Márquez

Dibujo de Felipe Márquez

Hasta quien no ha leído a Massiani está familiarizado con “Un regalo para Julia” y con la novela que “nació de una mentira” y se transformó en Piedra de mar. Digo que son los lugares comunes de Pancho porque son lo que todo el mundo cita de su obra, son como la Rayuela de Cortázar… y sospecho que a él le gustaría mucho esta comparación. Pero son sus lugares comunes por algo, algo muy simple: porque no podemos superarlos. Hay algo de Julia y de ese pollo sofocado y de esa llamadera exasperante que me lleva no solo a Pancho y su literatura, Pancho y su vida, Pancho y nosotros; sino a nosotros, sencillamente: nosotros sin Pancho. La razón por la que nadie supera los lugares comunes de Massiani es porque son comunes, claro, pero comunes a lo que nos hace humanos. Todos hemos sido un regalo que no pudo entregarse, un regalo que no pudo recibirse –¿una visita frustrada a Cortázar?–, una chica que no nos paró ni media bola o una soledad llamando diecisiete veces por teléfono para implorar una visita a las 4 de la tarde. En palabras de Pancho: a todos nos han mandado al carajo. Todos hemos sido débiles, vulnerables, patéticos y –algunos– hasta lo suficientemente sinceros para contarlo.



Pero –y aquí viene lo extraordinario– no todos sabemos hacerlo como lo hacía Pancho.



Caracas, 2 de abril de 2019

Graciela Yáñez Vicentini



Antorcha

Antorcha Foto.png

Lautaro Vincon* | Buenos Aires (Argentina)

Emilia se dio cuenta de que el auto de policía los seguía cuando ya lo tenían a cincuenta metros. Codeó a Octavio. Él lo había notado hacía rato. No iba a parar. ¿Quiénes se creían para hacerles luces y frenarlos en medio de la ruta? Emilia recalcó que no era moco de pavo, que era la policía. Octavio dijo que le importaba tres carajos. Esas actitudes eran las que a Emilia le quitaban las ganas de seguir a su lado. Que quién se creía este, que quién se creía el otro. La prepotencia a flor de piel. La misma que su madre, una viuda mandona que había llegado de España hacía medio siglo y ahora creía que podía comerse el mundo. Emilia había pensado en separarse más de una vez y usar de excusa a su suegra. Los platos con el escudo de Galicia la tenían harta; el lobito marino del modular que cambiaba de color según el clima también la tenía harta; incluso el gato, viejo y gordo, a pesar de que Emilia adorara a los animales. Cualquier excusa era buena cuando una estaba decidida. Octavio había salido igual a su madre. Nadie tenía razón excepto él.

El encontronazo con Ferreyra en el baño del salón donde la oficina había organizado la fiesta de fin de año había sido la gota que rebalsara el vaso. Emilia lo había hecho para comprobar si podía salir de ese círculo vicioso que se había formado entre Octavio y ella. Quería demostrarle que no siempre se podía tener la razón. Ferreyra estaba loco por Emilia. Le había arrastrado el ala durante gran parte del año. Emilia lo persiguió hasta el baño, lo arrinconó en un cubículo, se subió la pollera y el resto se dio por inercia. Con los días, dejó que todos sus compañeros hablaran. No intentó ocultarlo. Tarde o temprano, aunque no fuera por boca de ella, terminaría llegando a oídos de Octavio. Uno de sus compañeros en la distribuidora era conocido del novio de una chica de la oficina en la que trabajaba Emilia. Octavio le había preguntado por qué y ella se había encogido de hombros. Le preguntó si él fallaba en algo. Otro encogimiento de hombros. Al parecer, Octavio no había entendido que lo que buscaba Emilia era que él se diera cuenta solo, sin decírselo. No se podía tener siempre la razón; no se podía controlar todo, todo el tiempo.

La respuesta de Octavio había sido un fin de semana en pareja, para reavivar el amor que se estaba perdiendo. Si Emilia había aceptado era porque le parecía genial la idea de llenarlo de esperanza y abandonarlo a la vuelta.

Así que ahí estaban, en plena ruta y de noche, con la policía detrás de ellos.

Octavio aceleró. La aguja del velocímetro fue de izquierda a derecha en pocos segundos. Emilia se aferró al asiento.

—¿Qué vas a hacer?

—Esperá y te vas a dar cuenta. Vos, tranqui.

El coche policial fue quedando atrás, apenas una mancha. Octavio apretó el volante y bajó algunos cambios mientras pisaba el freno. Apagó las luces del auto. Se desvió hacia la banquina. Avanzó algunos metros hasta confundirse con unos pastos crecidos que había en el descampado. El rugido del motor cesó. Emilia quiso saber qué pretendía. Octavio le chistó para callarla. La policía pasó de largo. Los árboles del otro lado de la ruta se tiñeron de azul.

—Ni se dieron cuenta de que estábamos acá, ¿viste?

Emilia rió. Octavio creyó que, con su risa, lo estaba festejando. Seguía tan estúpido como siempre.

Esperaron un rato. Emilia, en silencio. Octavio, sin dejar de jactarse de su gran hazaña al evadir a la policía. Todo un macho con un coeficiente intelectual que superaba al de Einstein. Intentó encender el motor. Ni un sonido. Tres, cuatro, cinco intentos más.

—Me vas a matar, pero me parece que se fundió —dijo tras salir y revisar con la linterna de su celular.

—¿Y ahora?

—Llamo a la grúa.

—¿Vamos a pasar la noche acá?

Octavio se encogió de hombros. Emilia quiso ahorcarlo ahí mismo.



***



Octavio empezó a gritar. A Emilia le costó abrir los ojos. Se habían dormido después de estar en silencio durante un rato, por no decir que ella se había dejado llevar por los ronquidos de él. La maternidad, le habían dicho a Emilia, despertaría un instinto especial. Con el llanto del bebé, saltaría de la cama como si tuviera un resorte en el culo. El único problema con eso era que, a corto plazo, no se veía embarazada. Y menos de Octavio. Cuando pudo acomodarse en el asiento de cuero viejo, levantó la cabeza. Lo vio a su lado, con las piernas retraídas y la pera sobre las rodillas. Formaba una pelota con todo su cuerpo. Miraba hacia afuera. Lo único que se podía apreciar por las ventanillas o el parabrisas del auto era la oscuridad del campo desnudo.

—¿Qué pasó?

—¿Lo viste?

—No.

—Estaba parado al lado del capó y nos miraba.

—¿Quién?

—Un tipo.

—No vi nada.

Octavio bajó la ventanilla. El aire frío se coló en el interior del coche. Asomó la cabeza. A los segundos, volvió a sentarse. Subió de nuevo la ventanilla. Quiso seguir hablando del asunto pero, a pesar de los nervios, se quedó dormido al instante.



***



Emilia no había oído la puerta al abrirse. Tampoco lo había oído levantarse. Estaba sola. Octavio se había ido. Sobresaltada, se sentó y pegó su cara al vidrio. Afuera no había movimientos. Entre quedarse adentro y esperar la grúa o salir a buscarlo, prefirió lo segundo. Lo llamó a los gritos. Su voz, arrastrada por el viento, se perdió. Con la linterna del celular iluminó los yuyos a su alrededor. Caminó en círculos, buscando algún signo de Octavio. Una huella en el barro. Algo que se le hubiera caído de los bolsillos. Una prenda de ropa. Notó lo lejos que estaba del coche cuando pisó el asfalto de la ruta. Miró hacia atrás. El techo del auto reflejaba la luna en cuarto creciente. Si la luna estaba a sus espaldas, ¿qué era el resplandor que atravesaba los árboles delante de ella?

Apagó la linterna. Se quedó dura donde estaba. El resplandor bailaba entre los troncos flacos. Se alejaba cada vez más. Emilia intentó no hacer ruido al andar. Se internó en el bosque. Más allá de la última hilera de árboles, un hombre sostenía una antorcha. Reconoció los contornos masculinos por el ancho de su espalda, la manera de mover las piernas, el grueso de los brazos. La llama, oscilante, aparecía y desaparecía. El hombre caminaba campo adentro. Y arrastraba un bulto. Otro hombre. Lo llevaba de los pies y golpeaba su cabeza contra el suelo.

Emilia los siguió. Marchaba detrás de ellos, casi al ras del barro. El pasto crecido rozaba su cara. Mantenía cierta distancia. Un tero gritó. Podía sentirse amenazado por la actividad nocturna imprevista. El hombre siguió su camino sin vacilar. Emilia se detuvo y esperó. Continuó al notar que se estaba quedando atrás.

Si hubiera elegido bien, no tendría que haber estado ahí, la panza sucia y oliendo la bosta de alguna vaca que había pastado por la zona durante el día. La peor decisión, sin dudas, era querer salvar esa relación que ya no valía nada. O menos que nada. Se había aguantado y hecho de tripas corazón en vez de decirle que su tiempo juntos se había terminado hacía rato. ¿Para qué? Para quedarse en medio de la ruta con ese auto de mierda y Octavio perdido vaya a saber una por dónde. Él era una máquina de decir frases sin sentido y carcajadas que servían solo para atraer la atención de los demás. Actuaba como un adolescente las dieciséis horas que permanecía despierto y esperaba que esa fuese la fórmula para atraer personas a su círculo social. Jamás se mordía la lengua. Por supuesto, una de sus aficiones era opinar sin estar informado: usar la lógica, como decía él. La lógica no servía si faltaban los datos que la construyeran. Al contrario de lo que él creía, algo que su madre se encargaba de alimentar, oírlo decir esa lista de sinsentidos no era para nada entretenido. Era el punto cúlmine de lo incompleto. Un vacío que absorbía todo a su paso, como la había absorbido a ella. Octavio solo esperaba la expresión de sorpresa en el otro, la reacción, el cambio producido a partir de sus palabras, y parecía ignorar que lo único que producía en los demás era aburrimiento. Emilia lo había notado: la gente fingía escucharlo. La expresión “les entra por un oído y les sale por el otro” en forma literal.

El edificio, una caja gris en medio del descampado, imponía cierta civilización a ese desierto desconocido. La llama de la antorcha iba y venía, amagaba con apagarse y tomaba fuerza de nuevo. El hombre atravesó el umbral de la construcción. Emilia alzó la cabeza entre los yuyos. Indecisa, con temor a que el desconocido volviera sobre sus pasos y la descubriera, esperó a que el resplandor naranja fuera apenas una luz mortecina que se difuminaba en el interior del edificio.



***



En alguna radio escondida sonaba el tango “Yo soy María”. Su abuela, María también, le vino a la mente. Aseguraba que Piazzolla la había compuesto para ella. Si se concentraba, Emilia podía oler el perfume a lavanda de su ropa. Los dedos flacos que le acariciaban la espalda al abrazarse. El contacto con sus rulos largos cuando se apoyaba en su hombro. La abuela María había terminado sus días en un lugar como ese. En la penumbra, mantenida a raya por la claridad difusa que entraba por las ventanas abiertas, se adivinaba el contorno de las cosas con una sola mirada de reojo.

El cartel sobre la puerta de doble hoja que decía ENFERMERÍA precedía al PABELLÓN C, un salón grande dividido por un pasillo ancho. Dos hileras de camas a los costados. Sobre las sábanas y los colchones con manchones oscuros, distintos objetos: un mazo de cartas, un cuaderno, lápices, una pelota de tenis. Como personas que se habían dormido de improviso, los piyamas percudidos sobre las cabeceras; las mangas colgaban hasta rozar los pañuelos de papel en el suelo de baldosas blancas y negras. Los azulejos agrietados de las paredes eran de un color verde lavado, donde durante años habían grabado los nombres de los internos y otras frases con tonos obscenos. Algunas camillas dispersas bloqueaban el paso. Emilia las esquivó sin moverlas. A toda costa, evitaba ser la fuente de un ruido inesperado que alertara a cualquiera que pudiese estar por ahí, a pesar de que el lugar, por obvias razones, tuviese toda la pinta de estar abandonado. Se sintió como si una fuerza más allá de su cuerpo la arrastrara, tirara de unos hilos invisibles. Tal cual como sucedía con el hombre de la antorcha que cargaba con el otro. Emilia y el arrastrado, dos muñecos de trapo.

Con la luz de la llama oscilante como guía, Emilia llegó hasta el final del pabellón. Cruzó otro pasillo. Entró en el comedor comunitario. Mesas redondas y sillas de plásticos caídas de lado. Vasos descartables aplastados. Charcos de un líquido que se pegaba a las suelas de sus zapatillas. Por la ventana del comedor podía verse el patio decorado con bancos debajo de los árboles altos y frondosos al que se accedía a través de una puerta vaivén.

Un fogonazo la sobresaltó. En medio del patio, el círculo de fuego de una hoguera iluminaba la noche. El hombre la había encendido con su antorcha. Emilia, que mantenía su postura agachada, se acercó hasta el marco de la ventana. Se asomó.

¿Qué pretendía el tipo ese? ¿Por qué bailaba de esa manera alrededor de las llamas? ¿Había notado que el otro se retorcía en el suelo?

—Ni se te ocurra acercarte a ayudarlo —dijo una voz detrás de ella.

Emilia se dio vuelta.

Otro hombre, un tercer desconocido, se ponía en cuclillas a su lado. Emilia reconoció al policía por su uniforme.

—¿Qué hacés acá?

Sin saber por dónde empezar, Emilia respondió:

—Se nos quedó el auto en la ruta.

—¿Vos y quién más?

—Mi novio.

—¿Ustedes son los que…? Les estaba haciendo luces para avisarles.

—¿Era usted?

—Sí.

—¿Avisarnos?

—Que no levantaran a nadie que hiciera dedo. Trasladaron a los internos del hospicio y uno se escapó. ¿Y tu novio?

—Me desperté y se había ido.

El policía se rascó la cabeza. Se alzó unos centímetros por encima del marco.

—¿Sabés quién es el que está en el pasto?

Emilia se acomodó a su lado y entornó los ojos para enfocar la vista.

Era un desconocido. O podía ser Octavio.

¿Podía ser Octavio? No había oído sus gritos ni lo había oído levantarse del asiento.

Negó con la cabeza.

—La radio no me funciona acá. No tengo señal. Vamos a tener que ir hasta el auto para avisar a Central de que lo encontramos y…

El policía dejó la frase por la mitad.

El tipo había levantado sobre su cabeza al arrastrado y lo había arrojado en la hoguera. Los gritos desgarraban el silencio del campo. Saltaban brasas. El quemado intentó alejarse del fuego y el interno lo pateó para que cayera de espaldas hasta quedarse tendido, sin moverse.

Emilia se llevó una mano a la boca para ahogar el grito. El policía murmuró un insulto.

—Rajá ya. Metete en tu auto. Encerrate y no le abras a nadie. Voy a detenerlo.



***

Emilia volvió sobre sus pasos. Piazzolla seguía sonando, ahora en otra canción que reconoció de oído. Tres disparos, o más, se impusieron sobre la música justo cuando salía del edificio. El bosque, cada vez más cerca. Tropezó. Raspó sus rodillas. Al levantarse, miró hacia atrás. En la entrada del hospicio, el interno sostenía la antorcha en su mano.

Emilia se puso de pie con esfuerzo, se impulsó con las manos en el suelo. Quiso no pensar en los gritos del hombre que la perseguía, en la llama que parecía una luciérnaga. Era imposible. Entró al bosque. Lo atravesó. La presencia del interno cada vez más cerca.

El alivio la inundó al salir a la ruta. En la banquina de enfrente, entre los matorrales, el auto de Octavio. Los pasos en cámara lenta; los metros hasta el coche, eternos.

Antes de entrar, lo vio por el parabrisas. Octavio estaba durmiendo en el asiento del conductor. Emilia abrió la puerta del acompañante, saltó adentro y accionó las trabas.

Octavio despertó.

—¿Dónde estabas?

—¿Vos dónde estabas? Fui a buscarte.

—Yo estaba acá. Nunca salí. De golpe, abrí los ojos y te habías ido. ¿Qué te pasó, de dónde venís?

Emilia miró hacia el bosque. Sin rastros de la antorcha entre los árboles. Sin luces azules. Sin gritos. Sin disparos. Ni un movimiento. Ni un sonido.

—¿Por qué no saliste a buscarme?

Octavio se encogió de hombros, como lo había hecho cuando ella le preguntó si pasarían la noche en ese lugar, con el coche roto.

¿Por qué esperar a mandarlo a la mierda hasta que volvieran de su fin de semana de amor, si a como venían las cosas todo se había acabado antes de tiempo?

Emilia no podía tolerarlo.

No iba a tolerarlo.

Octavio la ignoró y miró por la ventana. La interrumpió cuando estaba a punto de soltarlo todo.

—¿Qué hace ese tipo…?

Emilia se giró.

El campo.

El bosque.

La ruta.

Los yuyos.

La antorcha.


LAUTARO VINCON

(Buenos Aires, 1991)

Escritor sin seudónimo, fotógrafo aficionado, músico improvisado. Se pasea entre la ciencia ficción, la fantasía, el thriller psicológico, el terror y la weird fiction. Ha publicado cuentos y poesías en certámenes, y varios proyectos en auto-edición. Estudió en el taller de escritura de Leandro Ávalos Blacha. Más información en: www.facebook.com/vinconlautaro.