Abril

¡Ché! ¿Me estás cargando? (V)

Foto: Abraham Tovar | Arte: 4Dromedarios

Foto: Abraham Tovar | Arte: 4Dromedarios

AC | Salzburgo (Austria)

¡Argentina, tu eres mi gran amor No es la primera vez que piso tus tierras.


Volvamos varios años atrás, 2013, fue el año en el que pisé por primera vez tierras Argentinas, iba de vacaciones, fui a conocer, de paseo. Pero desde el primer día que llegué, me enamoré. Me enamoré de la gente, de la comida, de sus enormes calles. Para el 2013 se veía todo muy bello. ¡Claro! con ojos de turista, todo es muy bello. De regreso a Venezuela en ese entonces, me dije a mi misma que Argentina sería el país a donde me iría a vivir en un futuro.


Lea la primera, segunda, tercera y cuarta parte de esta historia:


Ahí estaba yo, en eso que decía yo; era el “futuro”, con una maleta destrozada, unos pocos dólares en el bolsillo y unas ganas de superación más grandes que el Obelisco.


Llegamos a la Ciudad de Buenos Aires un domingo en la noche, no se me olvida; es imposible olvidarlo. Llovía y nosotras estábamos agotadas, fue un viaje agotador por tierra, fue una experiencia horrible en la frontera, necesitábamos un respiro. Tengo familia, amigos y conocidos en la ciudad, esperaba que alguno me diera la mano solo para comenzar. Íbamos mentalizadas de que las cosas malas y las malas experiencias se iban a quedar en Bolivia. Buenos Aires es otra cosa, tiene otra vibra, es una ciudad grande, seguramente nos va a ir bien.


Conseguimos un hotel en Microcentro, ya lo habíamos visto antes de salir, era algo que ya estaba hablado. Quedarnos ahí por lo menos 15 días. Pagamos 5 días por adelantado. Yo estaba confiada de que una persona que me debía dinero me iba a pagar y con eso podíamos aguantar un poco más. Después de pagar el hotel nos quedamos con muy poco presupuesto. Nos alcanzaba para el día siguiente y ya.


Estoy consciente de que nuestra situación para ese entonces era completamente desfavorable. Todo pintaba para mal, pero para sorpresa de nosotras, nos ayudaron a conseguir un trabajo. El martes, es decir, dos días después de nuestra llegada a la ciudad, comenzamos a trabajar. Era un trabajo como ayudante de cocina en un restaurante de comida por kilo que hay en la ciudad. El sueldo que se me ofrecía para ese entonces era de 4.500 pesos argentinos al mes. De lunes a sábado, de 6:00 am hasta las 4:00 pm. Se veía duro, pero nosotras queríamos trabajar y lo necesitábamos.


Cabe destacar que para ese momento, estando recién llegada a la ciudad, no teníamos para hacer el trámite de solicitud de residencia, es un requisito indispensable para poder trabajar. Los primeros días no lo pedían con tanto afán porque eran los días de prueba. Yo pasé los días de prueba. En esa cocina se hacía de todo, había que preparar muchas cosas y de manera muy rápida. También había que dejar todo limpio y con algunas cosas adelantadas para el día siguiente.


Nunca le he tenido miedo al trabajo, siempre he sido una persona que, si no se hacer algo, lo aprendo y luego lo hago como una profesional. Aprendí a hacer empanadas, papas rellenas, comida china de todo tipo, pelar todo tipo de verduras y frutas. Aprendí muchísimo y me desgasté como nadie. Diariamente había que pelar varios sacos de papas, varios sacos de zanahorias y varios sacos más de Calabazas. ¿Tienen idea de lo difícil que es pelar una calabaza? Me quedaban las manos anaranjadas y adoloridas. Después de los primeros 15 días las cosas comenzaron a ponerse difíciles.


En Argentina se paga sueldo de manera mensual, es decir, una sola vez al mes. Yo ganaba muy poco, el hotel donde me estaba quedando me costaba 1.000 pesos más de lo que ganaba trabajando, no podía dar todo mi dinero del sueldo en el hotel, tenía que comprar comida y además pagar transporte. Además, me pedían un comprobante de que estaba haciendo mi trámite de residencia. Pedí ayuda a varios amigos, ninguno podía nunca.

Estaban muy ocupados o simplemente jamás contestaban a mis mensajes.


Para la residencia hicimos un trámite que no sabíamos que existía, uno en el que  debes hacer una declaración jurada, junto a dos testigos, y afirmar que no tienes dinero para cancelar la tasa migratoria. Eso hicimos, declararnos en bancarrota. Mentira no era, no teníamos nada de dinero y comíamos una vez al día. Por lo general yo me llevaba mi comida del trabajo a la casa y de ahí comíamos las dos. Por cierto, tengo que decir que mi amiga no pasó el período de prueba, obvio, estabas de prueba. Esos días trabajados se los pagaron muy muy bajos.


Recuerdo que para conseguir a los testigos nos paramos en la plaza de Once y dijimos: “Bueno, a la persona que veas con cara así, medio agradable, le preguntamos”. Vean el nivel, estaban dos personas en una plaza parando gente al azar para que fingieran que nos conocieran y nos firmaran una declaración jurada. Completamente descabellado, pero en situaciones como la que nosotras vivimos no pensábamos en nada más. A veces las situaciones te llevan a hacer cosas que jamás pensarías hacer. Hubo personas que nos dijeron que sí, y cuando íbamos a hacer esa locura llegó mi prima y una amiga para hacer ese papeleo. Personas que de verdad nos conocían.


Hicimos todo nuestro trámite, entregamos todos nuestros documentos en migraciones Argentinas y ya solo quedaba esperar: tres meses era el tiempo máximo de entrega de DNI (Documento Nacional de Identidad). Muchas personas nos decían que se tardaba mucho menos. Ya estamos más tranquilas. Precaria en mano, nada puede empeorar.


Pero no. Cuando crees que el universo conspira a tu favor, es la realidad la que te abre los ojos. Nos quedamos sin alojamiento en el Hotel. Era algo de esperarse, debíamos dinero, nadie fía, nadie regala nada. Nos dieron tres días para desalojar. ¿Para dónde nos vamos? Buscamos alojamiento como locas, una habitación, algo. Claro, nuestro presupuesto era bajo, en todos lados pedían meses de adelanto, pagar depósito, era algo que no podíamos hacer en ese momento.


Con todo ese problema del alojamiento, yo seguía trabajando como ayudante de cocina. Comía una sola vez al día, hacía mucho peso en el trabajo. Es que claro, esos costales de verduras, no se cargan solos de un lado a otro. Tenía la espalda adolorida. Cuando llegaba a casa en la tarde, me acostaba en la cama y ya después no me podía levantar más. La espalda me dolía como nunca. Hasta ese momento, era esa la única opción.

Sin tener donde vivir, salimos del hotel. Teníamos nuestras maletas (yo, lo que quedaba de la mía) y aún no sabíamos a dónde íbamos a ir. Una amiga nos ofreció un espacio para guardar nuestras maletas, así se nos haría más fácil el hecho de tener que movernos. Mi prima nos dio alojamiento por unos días.


El tiempo pasaba y se nos hacía muy extraño el hecho de que no estaban listos nuestros DNI. Íbamos de una casa a otra, no estábamos para nada estables. Para terminar de caer al suelo después de tantos golpes, nos llaman de Migraciones Argentinas. Se nos indica que debemos acudir al consulado de nuestro país, ya que no pudieron verificar nuestros antecendentes penales. Me pareció demasiado extraño, nuestros documentos estaban en orden, no hicimos uso de gestores ni pagamos algo por ellos. Fueron nuestras madres quienes sacaron de su tiempo para ese trámite.


El bello consulado de Venezuela en la ciudad de Buenos Aires, abarrotado de gente,eran colas interminables, todos teniendo el mismo problema. Es que odio todo lo que tenga que ver con trámites que impliquen algún consulado Venezolano en el extranjero. Nuestros consulados están en el extranjero de gratis porque la verdad no ayudan en nada. El punto es que, según el consulado Venezolano, nuestros antecedentes penales eran falsos.


La solución para eso era viajar a Venezuela y volver a hacer ese trámite. ¿Es en serio? ¿Me estás jodiendo? Señores, no tengo ni donde vivir, ¿y me dicen que la solución a mi problema es hacer el trámite de manera personal en Venezuela? ¡Que frustración!


Necesitábamos nuestro DNI, sin eso era casi imposible conseguir un trabajo serio. Un trabajo para ganar bien. No había otra, teníamos que volver a empezar.


De vuelta en migraciones Argentinas. Los operadores ya estaban al tanto de la situación de Venezuela, ellos pensaban que solo lo hacían para generar trabas y demoras en los trámites de los venezolanos. Por ende, nos otorgaron una extensión de 3 meses más en la precaria. Y nosotras a lo nuestro, volver a hacer la solicitud de los antecedentes penales en Venezuela por medio de nuestras madres.


Continuamos en la lucha del alojamiento, ya que solo nos quedaba esperar por los papeles desde Venezuela. Encontramos un lugar para vivir, un paisano era el responsable del lugar, estaba acorde a nuestro presupuesto. No nos pedían mucho para entrar, así que aceptamos y nos mudamos.


Las cosas se “estabilizaron” por un rato, seguíamos trabajando y buscando otros trabajos al mismo tiempo. Nos daba para ahorrar un poco, así que nos ilusionamos. Siempre buscábamos las mejores maneras de ahorrar, comíamos siempre lo más económico. Nos limitabamos a muchas cosas, pero sabíamos que era por un futuro mejor  para estar mejor y por fin poder lograr la estabilidad.


Todo pintaba bastante bien, no puedo mentir. Habíamos logrado reunir algo, estábamos tranquilas. Pero mi madre tiene un refrán: “de las aguas mansas, temeré”. Y es así, tanta tranquilidad, daba miedo. Y literalmente de esas aguas tranquilas salió la peor de las bestias a ponernos en peligro.


Mi amiga venía notando que algo no estaba bien; me preguntaba si yo había cambiado cosas de lugares dentro de la habitación, ella estaba segura de que alguien había entrado. Yo le decía que quizás eran ideas de ella, era imposible que alguien entrara, pues había una cámara de seguridad que daba justo a la entrada de la habitación y el encargado se daría cuenta si algo pasara.


El encargado era una persona bastante agradable, parecía ser una persona que había pasado también por par de situaciones difíciles y como Venezolano solo quería darle una mano a su gente. Era una persona de sentarse a hablar contigo, de tocar la puerta de tu habitación para saber si estabas bien, de invitarte a tomar una cerveza un viernes por la noche. Un tipo agradable, genera confianza, era carismático.



No me canso de negar con la cabeza al escribir esto, al hablar de éste hombre. Era, literalmente un lobo disfrazado de cordero.


En efecto… nos faltaban cosas en la habitación, entre esas cosas, nuestro dinero reunido. Ya no estaba nuestro esfuerzo y sudor: se había desaparecido. Decido confrontarlo, pedirle una explicación, le exijo ver las cámaras de seguridad. ¿Quién había estado en mi habitación? Las cámaras eran solo una ilusión, realmente no grababan, no funcionaban. No obstante con que nos roba, nos desaloja. Él estaba indignado de que alguién, bajo su propio techo, lo acusara de ladrón. ¿Me estás jodiendo? Volvemos a estar en la calle, sin un peso en el bolsillo. Parece una historia de nunca acabar, una pesadilla de la cual no te puedes despertar. ¿Qué hicimos para merecer ésto?


Ya estábamos a nada de tirar la toalla, de rendirnos. A veces, por muy fuerte que seas, no te provoca volver a levantarte. Pero mi amiga tiene un motivo, un motivo  muy grande que no la deja tirar la toalla, un motivo que había dejado en Venezuela y que ya no podía esperar más: su hija. Cuando tienes un motivo así por el cual luchar, no te quedas en el piso por mucho tiempo, te levantas despacio mientras tomas aire profundamente.


Buenos Aires cuenta con un servicio de “ayuda a personas en situación de calle”, es un refugio. Hasta allá fuimos a parar, pedimos información, daban camas principalmente a mujeres, pero debías llegar temprano para poder tener una por esa noche, ya que no cuentan con suficiente espacio.


Para los ojos del mundo y de nuestra familia, nosotras estábamos bien, “nos estábamos adaptando, reuniendo dinero para estar mejor”, pero la realidad era otra… otra completamente diferente.


Me quiero ahorrar muchos detalles, muchas cosas de las que prefiero no hablar, porque con el tiempo te das cuenta de que hay heridas que no se han podido curar y que hay recuerdos que preferiblemente quieres borrar de tu mente, porque es que a fin de cuentas no eres tan fuerte. Dormimos en el suelo en pleno invierno, pasamos días sin comer. Realmente fue bastante duro.


Cuando me preparé para ser flair bartender y para competir, muchas personas en el mundo de las barras me decían “date a conocer, eres buena, eso te va a ayudar en tu carrera, compite, no importa si no ganas, pero se verá tu nombre”, así lo hice en Argentina. Me preparé para una competencia que había en el Centro Internacional de Coctelería, quería darme a conocer y demostrarme a mí misma que sí podía. Competí y quedé de sexto lugar dentro de mi categoría. Logré lo que quería, darme a conocer. Me llegaron varias ofertas de trabajo dentro de mi área, varios hoteles importantes. Propuestas que no pude aceptar porque el requisito indispensable para obtener el trabajo era en DNI y yo no lo tenía.


Trabajé en varios bares de la ciudad, ejercí como bartender, era algo que me agradaba mucho. De esos Bares, aún sigo recibiendo mensajes de apoyo y motivación. Es que cuando eres buena en lo que haces, la gente lo reconoce de inmediato.


¿Qué habría sido de nosotras en Argentina si nuestra suerte hubiese sido diferente? ¿De haber tenido lo único que nos hacía falta para terminar de colocar los dos pies sobre las vías, el DNI? ¿Habríamos pasado por lo mismo? No lo creo.


Nueve meses pasamos en Argentina. Tres veces hicimos el proceso de migraciones argentinas y el consulado. Nos mudamos una cantidad incontable de veces. Mi amiga tiene una deuda de más de 30.000 pesos, dicen que las madres hacen cualquier cosas por sus hijos, ella es una prueba de ello. Tiene a su hija a su lado y eso no tiene precio.



De Buenos Aires me guardo muchas cosas, me ahorro muchos detalles, es que 2.200 palabras se me están quedando cortas. Pero no escribo para dar lástima, no escribo para aburrir a las personas que me leen, escribo para desahogarme y escribo para sacar de adentro todo eso malo que viví.


Repito, Argentina te amo. Te amo desde el fondo de mi corazón porque me enseñaste a no darme por vencida, me enseñaste a no ser tan confiada, me enseñaste a llorar, a llorar con sentimiento, a valorar cada bocado de comida. Me enseñaste demasiado y por eso te doy las gracias.


Hoy, a dos años de haber dejado tus tierras, te recuerdo muy bonito. Porque aunque mi situación no fue la mejor, conocí gente muy agradable, gente muy buena. Espero volverte a ver, dicen que a la tercera va la vencida.


¿Dónde estoy hoy? ¡Lejos! En tierras nuevas y aprendiendo nuevas cosas. ¿Cómo estoy? Mejor, mucho mejor.


De esto, también hablaré, hasta la próxima.


Saludos, AC.

Crónicas del Olvido: los trabajos del tiempo

Foto: Abraham Tovar | @ abraham95o

Foto: Abraham Tovar | @abraham95o

Alberto Hernández* | Guárico (Venezuela)


“Mi único tema es lo que ya no está.

Sólo hablar de lo perdido”

**José Emilio Pacheco**


1.-

Labor del tiempo es desgastar. O descubrir lo construido para destruirlo. Labor del tiempo es borrar, perder. O recuperar para volver a destruir. El tiempo es uno de los temas más recurridos de la poesía, del ser humano sensible y consciente de su futura desaparición. Todos estamos atentos a los designios del tiempo, de la finitud, de la hora que llegará. Del silencio que arropará lo que no queda. O lo que quedará una vez que el tiempo tome nuestro lugar.

El tiempo no deja de pasar y cuando lo hace, ya no estamos. Discurre en el otro, en el que está y sabe de él.

Son muchos los asuntos que atiende el tiempo, de allí el título del poemario de Néstor Rojas, “Los trabajos del tiempo”, Premio Bienal de Literatura “Miguel Ramón Utrera”, Maracay, 1996, editado por la Secretaría de Cultura de Aragua.

El jurado estuvo conformado por Elizabeth Schön, Igor Barreto y Enrique Mujica, quienes destacaron “la búsqueda existencial del tiempo, la estructura formal y la unidad que mantiene la homogeneidad del cuerpo poético”.

Ese año 96 el jurado mencionó libros de José Tomás Angola, Bettsimar Díaz y Harry Almela.

2.-

Néstor Rojas abre la puerta con una pregunta:

“¿Quién escapa a los hambrientos/ dientes de las edades?// La muerte no habita en nuestros muros, / sino en nosotros”.

El tiempo es la vida para la muerte. Es el pasar de la existencia para terminar en el silencio, en la nada, en la ausencia. En el tiempo del no ser.  Por eso la interrogante: quien pregunta sobre el tiempo queda suspendido en él. La poesía recurre a su llamado para reflejarlo desde la incertidumbre. No hay certeza en la poesía. Todo es voluble, toda vez que el tiempo es el molde que la hace y la deshace. La poesía no es tiempo. Es su pasar.

Y si el tiempo es inasible, calculado en la esfera de un reloj o en la agonía de un ser vivo, la muerte es su herramienta para entender que el primero es el espacio donde se mueve la inexistencia. El vacío es una definición: una recurrencia “por donde entraban/ y salían los muertos”.

Y más: “Por encima de nosotros/ crecen hierbas/ pero ninguna hierba/ nacerá de nosotros”.

El pesimismo desde la misma tumba. Tensión temática que advertimos en José Emilio Pacheco. Persistencia en la poesía de todos los tiempos. El tiempo está en la muerte. La muerte en el tiempo. No hay salida. Sólo vivir para que la poesía se extienda, y ser el Cesare Pavese en cada vocablo recreado.

“Sabemos que más adelante/ nos espera la muerte/ Pero esa bendición no es nada espantosa”

No habrá temor si ella es la seguridad de que estamos a salvo del tiempo.

Y si el tiempo pasa, como pasan las palabras, como se conjugan los verbos en todas las dimensiones, la poesía destaca su duración, su larga respiración mientras como un animal carnívoro el tiempo recurre a su poder:

“Sólo cuando uno va/ muriendo de vejez/ se percata/ de la existencia del tiempo. / De cómo pasa/ silencioso/ devorándonos”.

3.-

Una muestra de esta manera de sentir la existencia, la advertimos en “Reflexión sobre el otoño”:

“He visto estos días

a los árboles

despojarse de sus hojas.

Para ellos

vendrá una primavera

que es como decir

otra vida.

Florecerán

y echarán frutos

para sobrevivirse.

Pero nosotros,

Los recién llegados,

cuando morimos

nos deshojamos

para siempre”.



Pero no se vive en vano, porque “apegado a los principios/y razones de mi inútil rebeldía, / pienso que sólo la vida/ tiene existencia verdadera. / Ni el más grande de los ejércitos/ podrá derrotarla”.

4.-

Una selección de versos nos dará más respuestas acerca del tema que Néstor Rojas esgrime para hacer de su labor verbal la sintaxis de su paso por el mundo:

“No hay receta para vivir/ Menos para sobrevivir” (Modus vivendi)

“Anhelo encontrar las palabras/ que me son necesarias/ para no morir del todo” (Aspiración de un pesimista)

“¿Qué nos depara/ la inexorable fugacidad del tiempo?” (Queja contra el tiempo)

“Nuestro futuro/ pertenece al caos” (Nada retarda el adiós)

“La vida es un paseo largo/ y difícil que se da cada día/ hacia la oscuridad” (El rumbo incierto)

“Desde la orilla negra de la muerte/ respira el polvo del insomnio” (De paso)

“Pues el que dice adiós/ no vuelve” (Filo de relámpago)

“Vano anochecer. / La casa se adormece/ sin mí” (Reposo)

5.-

Y sobre la poesía, sobre el plano visible de los sonidos interiores, los más hondos, el poeta Rojas escribe algunos instantes en los que una intención de poética abreva en su mirada:

“Cada poema será sol que suena. / Pájaro de luna/ será la poesía del hijo de los dioses” (Como albas, sombreados)

“¿Quién dirá/ los versos/ que escribió/ para nadie?” (Ebrio de nubes)

“Sus ojos/ encumbrados/ ven/ los abismos del verso.” (Los abismos del verso)

6.-

Dos poemas para cerrar; el primero, visionario:



EL DESTIERRO

El que soñó tu casa

entra

cada vez que quiere

sin necesidad de llaves.

Hoy ha ordenado la diáspora.

Sufriremos los rigores

de su implacable ley.

Nos nos apresuremos.


Lo que se avecina

ya llega.



LIMITACIONES

Para todo hay término.

Acaban los sueños

y las formas celestes

y terrestres.

Todas las cosas del mundo

acaban

transformadas.

Para que la vida

continúe”.


“Los trabajos del tiempo” continúan su labor. El tiempo, la insignia que nos avisa de todo, de la consumación de nuestro tránsito. El tiempo, esa advertencia permanente, hace su trabajo.


Alberto Hernández*

Es poeta, narrador y periodista. Es egresado del Pedagógico de Maracay con un postgrado de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Es fundador de la revista literaria Umbra y colabora además en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Su obra literaria es extensa y ha sido merecedora de varios reconocimientos. Ha publicado un importante número de poemarios: La mofa del musgo (1980), Última instancia (1985) mención honorífica en el Concurso Literario de la Secretaría de Cultura del Estado Aragua; Párpado de insolación (1989), mención honorífica en la II Bienal Literaria del Ateneo de Calabozo (1985-1987); Ojos de afuera (1989) ganadora del 1r Premio del II Concurso Literario Ipasme; Nortes ( 1991), mención de honor Primer Concurso Literario “Madre Perla”; Intentos y el exilio(1996), libro ganador del Premio II Bienal Nueva Esparta; Bestias de superficie (1998) premio de Poesía del Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992 y traducido al idioma árabe por Abdul Zagbour en 2005; Poética del desatino (2001); En boca ajena. Antología poética 1980-2001 (México, 2001);Tierra de la que soy. Latin American Writers Institute, Universidad de Nueva York (2002). Nortes/ Norths (Universidad de Nueva York, 2002); El poema de la ciudad (2003) con ediciones en Vnezuela y en México. Ha escrito también cuentos como Fragmentos de la misma memoria (1994); Cortoletraje (1999) y Virginidades y otros desafíos. Latin American Writers Institute (Universidad de Nueva York, 2000); cuenta también con libros de ensayo literario y crónicas. Publica un blog llamado Puertas de Gallina.





Mujeres venezolanas

Foto: Abraham Tovar | @ abraham95o

Foto: Abraham Tovar | @abraham95o

Ezequiel Borges | Caracas (Venezuela)

…para Nidia Hernández


La última luna,

la luna que queda

en el horizonte,

es tuya,

mujer venezolana,

nunca te temeré

porque tuve una madre

y era buena.

Tú,

Susana Duijm,

de niño yo te amaba

en las estampillas,

tú, Teresa de la Parra,

aristócrata

y escritora de ocasión,

eso dicen,

¿quiénes seríamos si no nos

hubieras contado la Caracas de los años veinte?

Tú, Teresa Carreño,

Gertrudis, María Teresa,

que en el otoño de 1863

tocaste tu piano

para el viejo guerrero

Abraham Lincoln

en la Casa Blanca,

tú, Ana Enriqueta Terán,

que decías:

"algo de mí que besa a quien no besa",

tú Morella Muñoz que fuiste mi madrina y yo,

yo no lo sabía

hasta que fue tarde

para devolverte el beso,

tú Sofía Imber,

que nos cuidaste a mí

y a mi padre

y que nunca te podremos devolver

el amor,

tú Luisa Cáceres de Arismendi

que tuviste doce hijos

y todos se los entregaste a la causa

de la libertad,

tú Yulimar Rojas que puedes

saltar tres veces

sin que te agarre la dictadura,

tú,

mujer venezolana

-de todos los tiempos-,

al amparo de quien

he crecido maltrecho pero hombre,

debes saber

que en este día incierto

me recuerdas

a mi madre valiente.


Ezequiel Borges

Poeta venezolano*


Angélica

Foto: Efe

Foto: Efe

Isaac González Mendoza* | Caracas (Venezuela)

A Angélica le brillan los ojos, verdes y fijos en el parabrisas, mientras las luces de los carros se pasean sobre su cara amarillenta. La mano izquierda en el volante y la derecha, siempre, siempre, en la palanca.

Como es de estatura baja, a veces tiene que despegar un poco la espalda del asiento, así que puedo ver sus músculos marcados en su franela blanca, con el brassier apretándole la piel y, más abajo, los vellos amarillos que trazan el camino hacia sus pantaletas. "Voy a ir más rápido, no te vayas a cagar", me dice.

Es tan sensual.

Y entonces, con hábiles movimientos, cambia de cuarta a quinta: presiona el croche, mueve la palanca y pisa el acelerador.

Creo que le gusta que la miren. Por eso se muerde los labios a cada tanto, porque sabe que estoy viéndola concentrada en la carretera, que hoy parece un túnel sin salida por el apagón, que no sé cuántos días tiene ya.

He perdido la noción del tiempo. No sé ni la hora ni qué día es. Solo sé que es de noche y solo nos iluminan la Luna, uno que otro ojo de gato y los faros de los carros.

No siento miedo a pesar de que Angélica va a casi 100 kilómetros por hora. La aguja del velocímetro no termina de pasar de 99, se mantiene ahí, riéndose de nosotros. Solo se escucha el motor de la camioneta de Angélica y el viento entrando por la ventana. Y fuera del carro Caracas es como una ciudad muerta.

Por fin llegamos a Los Chaguaramos para dejar a Juan, dormido todavía. Tardamos unos segundos en despertarlo hasta que se va con dificultad inmerso en una nube de oscuridad. Fue un día largo para él: tuvo que asistir al menos cuatro operaciones de tiroteados.

En Los Chaguaramos la neblina se pasea entre las transversales y se posa sobre el río Guaire, visible desde el puente El abandono. Vemos unas figuras deformes a más de doscientos metros de distancia que se mueven como sombras, atravesados por la luz de la Luna. Angélica, contagiada por mi temor y el de Sandra, arranca y el carro suelta un chillido. Pasamos frente a ellos, pero no pudimos ver sus rostros. Caminan como ciegos, con los brazos un poco levantados hacia adelante.

—Zape gato -dice Angélica, que me mira por primera vez desde que salimos del hospital.

—¿Qué habrá sido eso, chama? -le pregunta Sandra, solo para seguir la conversación.

—Seguro son unos locos que se quedaron varados. No vayas a creer que son espíritus.

—No, vale.

—Estás clara que eres burde cagada.

Ambas se ríen y yo, aferrado al cinturón de seguridad, no digo nada.

—Como se ve que eres nuevo -me dice Angélica. ¿Cuánto tiempo tienes en el hospital?

—Apenas dos semanas -respondo.

—¿Y qué tal te ha parecido?

—En la clínica solo participaba en operaciones programadas. Estar en emergencias es otro nivel.

—Me imagino.

—Chama, felicítalo -dice Sandra.

—¿Por qué, pues?

—Está cumpliendo años.

—¿Qué? No, vale. ¿Y cuántos cumples?

—30.

—Qué manera de cumplir 30. Pobrecito -dice, y me sorprende al soltar la palanca para apretar mis cachetes-. Vamos a cantarle cumpleaños.

—No, no, no.

Y me cantan: "Cumpleaños feliz. Te deseamos a ti...". Mientras escucho me quedo hipnotizado mirando la carretera: las luces de la camioneta iluminando solo el asfalto, que se mueve frente a mí como una cinta para correr. A mi izquierda y derecha solo veo grises y uno que otro árbol u hoja que sobresalen como dibujos a carboncillo. No puedo identificar las zonas que tienen diminutos intentos de luz. Y voces lejanas balbuceando algo, y ollas repiqueteando, y gritos desgarradores que se pierden en el viento. "...pleaños feliz...".

Ambas aplauden emocionadas y me hacen cosquillas.

Por el olor a sal y pescado me doy cuenta de que estamos en La Guaira. Sandra se baja y corre hacia su casa. Pasa justo en medio de cinco personas que hablan alrededor de una fogata que hicieron dentro de una vieja lata de pintura. "Espero que la termines de pasar bien", me dice Sandra antes de irse.

Angélica arranca y comienza a hablarme. Me pregunta si tengo hijos y le digo que sí, que tengo una hija. Ella me cuenta sobre el suyo, llamado Gabriel: tiene dos años, le gustan los carros y el beisbol, odia las pizzas y prefiere las hamburguesas. El papá le manda dinero pero casi no lo llama ni le escribe. Vive con su mamá y Gabriel en Cotiza. Me pregunta por mi hija y solo le digo que se llama Sofía y que tiene tres años.

—Yo también soy enfermera, sabes -me dice de repente.-Ejercí como por un año pero el sueldo era un porquería. Por eso me metí a taxista.

—¿Y qué tal?

—No es lo más gratificante, ¿me entiendes? No estoy salvando al mundo, pero ayudo a otros a llegar a sus casas en una ciudad peligrosa.

De repente el cielo se ilumina por una luz naranja. Un aviso vial envuelto en llamas. Abajo una barricada es defendida por unos manifestantes mientras unos militares les disparan lacrimógenas. A tiempo frenó Angélica, que acaba de lanzar una mentada de madre.

"Hacia dónde se dirige", nos pregunta un militar empapado de sudor. "Este es cliente mío. Le hago transporte". "Bájense", responde. "No, amigo. Nada que ver". Entendía que Angélica era una mujer dura, fuerte, que no pensaba dos veces antes de contestar con una grosería. Pero me sorprendió aquella respuesta frente a un tipo que tiene un FAL colgando en su hombro. "Que te bajes", dice otra vez el sargento, que aparenta una veintena de años.

Pero no, Angélica no cede, así que arranca otra vez la camioneta.

No entiendo cómo aceleró y pasó por un lado de la barricada y los militares, de quienes se desprendieron dos para perseguirnos. Ahora sí ella había superado la rayita de los 99 kilómetros. Ya estábamos por 102 cuando los perdimos. Y el viento metiéndose por la ventana, y los gritos desesperados lejos, y la nube negra que nos escoltaba, y el sonido de las motos de los militares perdiéndose detrás de nosotros. "¿Estás cagado", me pregunta Angélica. Y yo solo miro hacia delante, creyendo que así voy a salvarnos a los dos. Ella también mira hacia delante, apretando el volante y mordiéndose los labios.

Es tan sensual.


Los lugares comunes de Pancho Massiani

Dibujo de Felipe Márquez

Dibujo de Felipe Márquez

Graciela Yáñez Vicentini | Caracas*

Para Francisco y sus secuaces:

Fabiola, Luis, Rodrigo, Eleonora y el resto de los visitantes



Un pollo sofocado en un bolsillo, un pendejo que no sabía qué hacer con su vida y que seguía enamorado de una tal Carolina que no le paraba ni medio: a eso me refiero con los lugares comunes de Massiani.



*

Recuerdo una tarde, una celebración de cumpleaños de Pancho, en que la comitiva –porque no era él solo, hay que decir que los amigotes lo alentaban, y bastante– invirtió buena parte de la tarde en llamar a una tal Carolina que no quería apersonarse. Tanto insistió ¿Corcho, Pancho?, que la tipa se apareció, finalmente, en la fiesta, con su hermana y su sobrina. Buena parte de la noche, entonces, tuvo que destinarse al próximo logro que dictaba la lógica: que Carolina –la de carne y hueso; lo juro, que así se llamaba la fulana– se sentara al lado de Pancho, en su cama, y a lo mejor de todo aquello se lograse hasta el robo de un beso.

Enlazo esa escena con otra, la segunda salida directamente de la página: una conversación telefónica –el teléfono, como se ve, elemento decisivo y reiterado en el universo de Pancho– durante la que Corcho, arrojado a la hazaña de escribir la gran novela realista, iba tecleando palabra por palabra la conversación que sostenía con su interlocutor a medida que iba transcurriendo el diálogo. Palabra dicha, palabra escrita. Hasta que, como podía esperarse, el amigo se percató de que por eso se dilataba tanto Corcho en responderle, y por eso le pedía tantas veces que se repitiera. Exasperación telefónica, fin de la llamada, fin de la anécdota: realismo puro, diálogo magistral que resume en su brevedad la mejor propuesta que he leído para explicar los avatares de la literatura y la vida, de la representación y lo representado.

*

Dibujo de Felipe Márquez

Dibujo de Felipe Márquez

Hasta quien no ha leído a Massiani está familiarizado con “Un regalo para Julia” y con la novela que “nació de una mentira” y se transformó en Piedra de mar. Digo que son los lugares comunes de Pancho porque son lo que todo el mundo cita de su obra, son como la Rayuela de Cortázar… y sospecho que a él le gustaría mucho esta comparación. Pero son sus lugares comunes por algo, algo muy simple: porque no podemos superarlos. Hay algo de Julia y de ese pollo sofocado y de esa llamadera exasperante que me lleva no solo a Pancho y su literatura, Pancho y su vida, Pancho y nosotros; sino a nosotros, sencillamente: nosotros sin Pancho. La razón por la que nadie supera los lugares comunes de Massiani es porque son comunes, claro, pero comunes a lo que nos hace humanos. Todos hemos sido un regalo que no pudo entregarse, un regalo que no pudo recibirse –¿una visita frustrada a Cortázar?–, una chica que no nos paró ni media bola o una soledad llamando diecisiete veces por teléfono para implorar una visita a las 4 de la tarde. En palabras de Pancho: a todos nos han mandado al carajo. Todos hemos sido débiles, vulnerables, patéticos y –algunos– hasta lo suficientemente sinceros para contarlo.



Pero –y aquí viene lo extraordinario– no todos sabemos hacerlo como lo hacía Pancho.



Caracas, 2 de abril de 2019

Graciela Yáñez Vicentini