Altares

Altares sobre el hielo

Foto: Javier Cedeño Cáceres

Foto: Javier Cedeño Cáceres

Lino Zabala | Río Grande del Sur (Brasil)

La última hoja gris, polvorienta, se desprendió bajo un lento suspiro de su pequeña rama ya deshecha, de su sustento de savia ya bebida, en su instante exacto y finito. Se descolgó así, sin capacidad para meditarlo, sin tiempo que perder, sin nada más que hacer que deslizarse en medio de un cúmulo de ramas acabadas. Su leve derrumbe culminó sobre un lecho de hielo.

Esa madrugada, la vieja Helena de Amparo, despertó con su camisón de dormir empapado en sudor. Bajo la oscuridad que prevalecía palpó su cara, para cerciorarse de que no continuaba dormida. Hizo un largo suspiro, cerró sus ojos y volvió a ver la hoja que caía. Abrió los ojos y vio un leve rayo de luz que se escurría por las rendijas del techo.

“De nuevo el mismo sueño”. Se dijo agobiada, y estiró sus piernas hasta el suelo.

Con la punta de sus dedos, serpenteó a través del piso para encontrar las alpargatas que dejó a ras de la cama la noche anterior. Se las colocó y se puso de pie. Caminó sosteniéndose de las paredes hasta llegar a la cocina, con la impresión de que si desprendía sus manos del muro, caería sin aviso. No fue sino, hasta que destapó el pote del café y olfateó su fresco olor amargo, que se percibió despierta por completo. Entonces midió el polvo necesario con la misma tapa y lo arrojó en el agua que comenzaría a hervir.

Mientras se colaba el café se preguntaba a sí misma por qué soñaba hace ya tanto tiempo con aquél desierto de hielo. Luego pensó que el sueño no era más que una reacción al calor sofocante en el que dormía e intentó olvidarlo de nuevo.  Sirvió el líquido hirviente en una taza de arcilla que su hija mayor había modelado para ella años atrás. Con la taza todavía humeante en su mano izquierda, salió de la cocina, atravesó la sala, pasó al frente del cuarto de su hijo, levantó la mirada hacia un rincón de la sala, y vio el altar con flores de trinitarias en un vaso con agua, y la foto de su hija iluminada por una vela casi desgastada.

“Buen día”. Dijo en voz baja, y siguió andando.

Abrió la puerta de enfrente, y salió de la casa.  Arrastró sus pies en la arena polvorienta del muerto jardín. Tomó otro sorbo, porque el café ya había tomado la temperatura que más le agradaba, y continuó caminando atravesando el poblado. Llegó hasta el kiosco de refresco que atendía todos los días. Sacó la llave del cinto del camisón, abrió la puerta de aluminio y la cerró tras de sí. Encendió la luz, puso la taza en el mostrador donde atendía a los clientes, abrió su negocio y abrió el refrigerador para guardar unos refrescos. Se mantuvo inmóvil por un momento,  abstraída, asustada, alegre, temblorosa, frente a su frágil destino. Se sintió tan cerca del delirio que cayó de bruces en el suelo.

Volvió a soñar con una hoja seca hecha migajas sobre una montaña de hielo. El primer cliente del día la encontró tirada boca abajo en medio del kiosco y cuando despertó estaba sentada en una silla de mimbre al frente del negocio, rodeada por todas las señoras que llevaban a sus niños a la escuela. Una le dijo:

“Es la virgen del valle, doña Amparo”. Dijo una señora a su lado.

Se puso de pie y entró a su kiosco, como pudo, porque todo el pueblo estaba apretujado dentro. Alguien susurró “ya despertó”, e intentaron abrirle paso. Entró empujando en el tumulto de gente y se detuvo frente al freezer. Pudo observar con calma entonces; algunas botellas verdes ahogadas en la camada de hielo reseco, y una segunda capa de hielo fresco más frágil que se extendía por las cuatro esquinas del aparato. En una de las esquinas, justo al frente de ella se alzaban sobre la camada de hielo unos pequeños y finos pies de cristal, rodeados por un amplio vestido de hielo blanco, seguidas por manitos de cristal de hielo que se enlazaban en el pecho, una cara delicada y transparente y una corona de hielo, amarillenta por el óxido del refrigerador.

Durante los primeros tres días la sorpresa de la aparición alcanzó los poblados cercanos. Las personas llegaban en bandadas desde el amanecer, se reunían para orar en cualquier horario y en las noches Helena de Amparo dormía en la silla de mimbre al lado de la virgen, y su hijo junto a ella en el suelo. La puerta del congelador no se había vuelto a cerrar, y el hecho de que la figura no se derritiera frente al sofocante calor del mediodía, solo convencía a todos del innegable milagro. La tarde del sábado el padre Alcacer hizo la misa al frente del kiosco. Doña Amparo y su hijo estaban a su lado. Al finalizar los miró pensativo y declaró:

“Me encargaré de que esto se sepa”. Luego se acercó al oído de Doña Amparo y le dijo: “Por amor al cielo cierre ese congelador, no podemos permitir que se derrita”.

Al amanecer del domingo, cuando las primeras personas llegaban al kiosco, notaron a Doña amparo durmiendo en la silla, el congelador estaba cerrado y encima estaba puesto el altar de su hija muerta con una vela derretida por completo. Cuando ella despertó miles de personas hacían fila esperándola, todas llevaban trinitarias o tulipanes y retratos de difuntos en sus manos. Se acomodaron los altares en el mostrador y sobre una de las puertas del congelador. La otra puerta se mantuvo abierta durante el día para que todos fueran bendecidos por la virgen. Cuando no hubo espacio para las flores que empezaban a cubrir el piso y las paredes del kiosko, comenzaron a colocar racimos sobre racimos dentro del refrigerador, rodeando la escultura. Al anochecer todos se acomodaron donde pudieron, y durmieron sueños profundos acostados sobre el mostrador usando racimos de flores como almohadas, acostados en el suelo, dentro y fuera del kiosko, en la acera, y unos sobre otros.

Esa noche todos durmieron menos Helena de Amparo que, amaneció pensando en todos sus muertos, sentada en su mecedor de mimbre. Recordó la calurosa mañana distante en que ella tenía diez años y fue junto a su hermanito de seis, al otro lado del pueblo para visitar a su abuela. Tenían órdenes de seguir por la calle principal que en aquél entonces no estaba asfaltada, pero la sofocante caminata la inspiró a tomar un atajo por el camino de piedras. Subieron una pequeña colina de barro rojo, desde donde se podían ver las casitas cuesta abajo, hechas de barro con techos de hojas de palma, y en el medio, la casita de barro de la abuela. Helena le gritó a su hermanito, “quien llega primero”, y corrió en dirección a las casitas. El camino de piedras era empinado, pero eso solo le agregaría más diversión. A las orillas del camina habían crecido arbustos de orégano salvaje, ella se detuvo para arrancar un ramo y llevárselo a la abuela. Solo después de haber arrancado el racimo de orégano percibió que estaba ya bajando la colina, que se veían cerca las casitas y que estaba sola. Levantó la mirada y vio al niño acostado a la orilla del camino, se acercó y lo encontró temblando y con lágrimas en los ojos, ahogado por un ataque de asma. También recordó la última vez que vio a su padre, zarpando para la pesca y volvió con su barriga hinchada y limo del océano cubriendo su cuerpo de tal forma, que parecía haber crecido en su piel de ahogado. Cerró los ojos y vio a su madre mucho tiempo después, con esa extraña protuberancia en la garganta que creció y creció durante años hasta asfixiarla. Por último vio a su hija que había ido a jugar al río con otros jóvenes de la vereda y fue hallada tres días después corriente abajo, con moretones en el cuerpo; recordó que durante el velorio todavía goteaba agua del río, que se escurría por debajo del ataúd y dejó un charco en el piso. Entonces abrió los ojos y los vio todos parados frente a ella, y no solo eso, si no que toda la carretera estaba llena de gente, reconoció a la mayoría, eran los muertos cuyos altares habían sido llevados al kiosko. También había otros que ella no reconoció pues no era del pueblo, habían llegado ahí vagando desde otros lugares. Aquello, pensó Helena, parecía un carnaval de espectros.

Sin aviso, todos se marcharon, porque desde lejos se aproximaba un estruendo que se hacía ensordecedor, y es que a primera hora del lunes, el padre Alcacer llegó al pueblo seguido por una caravana de carros tocando sus trompetas para despertar a todo el mundo. El padre había traído a tanta gente que muchos se preguntaron si todos cabrían en aquél pueblito. Las personas que dormían frente al kiosko, despertaron. El padre Alcacer gritó a todos con soberbia alegría:

“Me he comunicado con el pastor, él le ha mandado una carta al cardenal, y éste ha prometido escribirle al sumo pontífice para que venga a presenciar el milagro”.

En medio de la alegría Helena de Amparo permaneció inmóvil en su mecedor. Su hijo la abrazó y le dijo: “Escuchaste, va a venir el papa”.

Entonces percibió que Helena había muerto esa mañana, con los ojos abiertos y una leve sonrisa en su rostro. El padre se aproximó a ella para cerrar sus ojos y hacer una cruz en su frente. Luego caminó hasta la entrada del kiosko, viendo que la alegría en la gente había cesado y se había transformado en espanto.  Al entrar al kiosko notó que habían olvidado cerrar la puerta del freezer la noche anterior. La figura de la virgen se había derretido y solo quedaba un manto de hielo en el refrigerador, cubierto por una capa de flores marchitas, y así el día más glorioso de aquél pueblo acabó mucho antes de haber comenzado.


LINO ZABALA

*Escritor venezolano radicado en Brasil