Bolivia

Eventos desafortunados (IV)

Foto: Javier Cedeño Cáceres

Foto: Javier Cedeño Cáceres

AC | Salzburgo (Austria)

Siempre llegué a pensar que las amistades verdaderas son aquellas que nacen en circunstancias difíciles; así nacía esa amistad.

 Éramos cuatro, dos hombres y dos mujeres. Decíamos que estábamos juntos para protegernos los unos a los otros y que siempre íbamos a estar así. Todo cambió de la noche a la mañana. Después de una fuerte discusión en la que me vi involucrada, terminamos siendo dos mujeres juntas, uno de ellos, buscando como irse del país y otro en medio de todos, tratando de calmar las aguas.


Lea la primera, segunda y tercera parte de esta historia:


 Me gustaría explicar porqué todo se complicó, porqué terminé yéndome a las manos con un chamo que durante todo este viaje se había convertido en mi amigo. Éramos muy cercanos, nos llevábamos muy bien, éramos muy parecidos a nivel de personalidad. Muy alegres la mayoría del tiempo, pero ambos de carácter muy fuerte.  Terminé con la mano hinchada y él, bueno, tuvo que irse. No le quedó otra opción.

 Ya no éramos los cuatro mosqueteros, ahora solo quedábamos tres.

En este punto, todo se puso de mal en peor. Se involucra migraciones, la Policía, incitación a denuncias y terminan personas en la cárcel. Todo fue un tornado de acontecimientos muy desafortunado. Solo había pasado tres meses de estar en Bolivia y todo era un caos total.

No queríamos estar involucrados con problemas de migración y, además, la deportación es algo que cualquier persona evitaría a toda costa.

 Nos fuimos varios días a Salta (Argentina) a ver si teníamos algo de suerte para aliviar las cosas y calmar las aguas. Todo esto con limitados recursos económicos. Pedro nos consiguió los pasajes (esto tampoco fue fácil de conseguir) y pagamos el Hotel más barato que conseguimos.

 ¡Argentina, como te quiero mi bella Argentina! ¡Volvía a pisar tus tierras! ¡Quedé enamorada de ti, desde la primera vez que te vi!

 Recuerdo haber ido con 20 pesos argentinos al casino y haberme ganado en la ruleta 700 pesos. ¡Suerte de la buena! Fueron unos días muy calmados, pero como dicen por ahí… “del agua calma temeré”.

 Mi amiga sufrió la peor crisis de asma que había tenido durante estos meses. Pasamos dos días en el Hospital (me quedé con ella, dormí en una silla de la emergencia, no la iba a dejar sola). Ahí se fue todo el dinero que teníamos. Esa fue la suerte del Casino, como diciendo: “toma esto, se viene algo por ahí”. ¿Se podía estar peor? Pues, a veces sí. La doctora que la atendió le dijo las siguientes palabras: “Bolivia te va a matar, te tienes que ir”.

 ¿Irnos de Bolivia? ¿Para dónde? ¡Argentina es lo más cerca! Compramos los pasajes y nos vamos. No era tan fácil. Debíamos regresar a Bolivia, hacer dinero para poder irnos a otro país. ¿Cómo? Si apenas recibimos 50 dólares a la semana, es imposible, tenemos que comer.

 Al regresar a Bolivia Pedro nos dió la mejor de las sorpresas; él era un genio para sorprendernos, iba a cerrar el Bar. Es decir, nos dejó sin trabajo. Parece una historia de nunca acabar, la peor de las pesadillas. Ese fue su tercer golpe, y  fue el que nos dejó OUT.

 No me quedaba otra más que pedir ayuda. Pedir que por favor me prestaran dinero, que me dieran alojamiento en Buenos Aires, vender cosas que me quedaban en Venezuela… pedí mucho. No sé, alguién que me diera la mano para salir de ese pozo en el que cada día parecía ser peor.  La verdad, yo no conseguí mucho; quizás no tenía buenos contactos. Mi amiga sí consiguió. Había una persona que le iba a pagar el Boleto Aereo a otro país. Ella no lo aceptó, sabía que iba a dejarme a mí en esa pesadilla, ella no podía hacerme algo así. Vendí mi telefóno celular, una persona me prestó dinero y con eso pagué nuestros pasajes a Buenos Aires (Argentina) por tierra.

 Parecía que la pesadilla boliviana estaba llegando a su final. Por fin iba a decirle adiós a Pedro y su mayor estafa; adiós al peor de los cuatro mosqueteros y hasta nunca al mosquetero mas experimentado de todos. Éramos las dos “damas” juntas hasta el final.

 Pero Bolivia nos despidió con broche de oro en su frontera.

 Al llegar a la frontera de Bolivia y Argentina, detienen el autobús, es normal, rutinario dirían algunos, pero la rutina tuvo un giro inesperado. Nos llaman solo a mi amiga y a mí para revisar nuestros equipajes.

 A mí, personalmente, los policías me ponen muy nerviosa, les tengo respeto y también es mucho miedo lo que me producen. Yo estaba hecha una hoja, temblaba como perro chihuahueño. Mi amiga estaba tranquila, a ella eso no le producía absolutamente nada.

 Rompieron mi maleta, literalmente la destrozaron. Toda mi ropa estaba regada en el suelo y  un perro policía pasaba por encima de ella, una y otra vez. Me hicieron pasar a un cuarto y me pidieron que me quitara la ropa. ¿Toda? – pregunté yo. Y la respuesta fue: “Sí y rápido”.

 Les juro que me trataron como a una delincuente, como si llevara toneladas de droga. Fueron dos horas de tortura. Los policías olfateaban la ropa interior. Mi cara era de asco y repudio. ¿Por qué nos hacían esto a nosotras? Según lo que decían ellos: “Estamos buscando a unos paisanos de ustedes, que se dedican a pasar droga de Bolivia a Argentina y queremos asegurarnos de que no sean ustedes”. ¡Claro! Todo tiene sentido.

 Ser venezolanas ahí tuvo peso. Éramos las únicas Venezolanas en ese autobús. Mucha gente que viajaba con nosotras gritaban desde lejos que era denigrante lo que estaban haciendo con nosotras, que era injusto e inhumano. Pero vamos, la Policía debe hacer su trabajo ¿no?. No encontraron nada, se quedaron con una crema de peinar que iba en mi maleta, pues, a ellos les arrojaba un color extraño en la prueba de narcóticos, el cosmético estaba vencido.

 Bolivia, no fue tu culpa. Espero volver a pisar tus tierras, pero de otra forma y bajo otras circunstancias. Conocerte de otra manera. Sin duda seguiré extrañando tu sopa de maní.

 ¡Argentina! ¿Y tú? ¿Nos trataste bien? Ya lo sabremos en la próxima parte.


AC

*Venezolana radicada en Austria


Eventos desafortunados (III)

Foto: Josibeth Lanza

Foto: Josibeth Lanza

AC | Venezuela*


¡Wow, qué calor!— Fueron mis primeras palabras al llegar a la ciudad de Santa Cruz de la Sierra en Bolivia. Mi ropa estaba completamente marrón; mi camisa, mis zapatos… nada servía más. — ¿Por qué?— Se preguntarán ustedes. Bueno, una serie de eventos desafortunados nos ocurrieron en territorio boliviano.


Lea la primera y segunda parte de esta historia:


Nuestra ruta incluyó pasar por el Amazonas boliviano, un lugar increíble, con animales tan exóticos y diferentes, como peligrosos. Es una zona que, como el jefe dijo, era bastante peligrosa y poco transitada. Ahí estábamos nosotros, accidentados, en medio de la nada, con un caucho espichado. La ruta es bastante difícil, hay que tener paciencia. El peso de la camioneta, más la velocidad conllevó a que eso sucediera. Nos accidentamos dos veces por el mismo motivo.

Estuvimos horas en esa carretera, terreno de piedras con tierra, humedad y animales que jamás en mi vida había visto. Prendimos fogatas en medio de la carretera para pedir ayuda, si eso no es una verdadera aventura, no sé entonces qué lo será. En ese momento no veía la hora de terminar de llegar, habíamos pasado demasiado, estaba agotada. Tanto física como mentalmente. Llevaba muchos días sin hablar con mi mamá, ya comenzaba a desesperarme.

En este punto, no puedo negar que fue un viaje lleno de muchas cosas, aventuras increíbles y momentos que jamás voy a olvidar, para bien o para mal. Pero recuerden, aún estoy hablando de mi viaje en carretera, no he hablado de lo que sucedió una vez instalados en el destino.

Cabe destacar que Santa Cruz no era mi destino final, todavía me faltaba un tramo. Yo me instalaría en una pequeña ciudad llamada Tarija, sitio muy cercano a la bella Ciudad de Salta (Argentina). De Santa cruz puedo hablar muy poco, conocí muy poco, la verdad estaba tan agotada que sólo quería bañarme y acostarme a dormir.

Continuamos nuestro camino hacia Tarija. Al llegar a Tarija comenzaría la pesadilla más larga que he vivido. El jefe, a quien en este momento le pondremos un nombre para identificarlo de mejor manera: Pedro.

Pedro nos había comentado, al llegar a Tarija, que el lugar que tenía reservado para ser nuestro alojamiento se lo habían cancelado a último momento por falta de organización de su parte, se disculpaba por ello. En ese momento, nos dice que debemos decidir entre ir a vivir (de momento) a un lote que él tenía o pagar nosotros un Hotel. Nuestra primera respuesta fue: veamos el lote. No queríamos gastar lo que nos quedaba, necesitábamos ahorrar al máximo.

El lote era un terreno en proceso de “construcción” que Pedro utilizaba como depósito y estacionamiento de sus autobuses. Había también una pequeña casa ahí dentro, realmente era un espacio de 5 metros cuadrados, con una cama matrimonial, una litera y un baño. Todo estaba sucio, lleno de mucho polvo, ratones, arañas, en muy mal estado. Al ver eso, nuestra respuesta fue obvia. “Nos vamos a un Hotel”.

No es por querer ser exquisitos, pero veníamos de un viaje de más de 15 días, estábamos cansados, necesitábamos un lugar donde descansar y abrigarnos bien, ya que Tarija nos recibió con una temperatura de 2°C. Nadie se iba a poner a limpiar esa asquerosidad. Un hotel por tres días fue lo que pagamos para relajarnos y conocer un poco.

Este fue nuestro primer error en Bolivia. Pagamos el hotel entre todos, gastamos nuestro dinero, teniendo en cuenta que ya habíamos pagado en Brasil para sobrevivir. Pedro había prometido devolver ese dinero, pero eso no había sucedido.

Tarija es una ciudad bastante pequeña, para ese entonces, no había ni un centro comercial a donde ir, era literalmente un pueblo. Yo seguía con mi mentalidad positiva. “Todo pinta muy mal, pero vamos, sí se puede”. Conocimos el restaurante y el bar donde se iba a trabajar. Todo parecía estar en orden.

Ya teníamos claro qué era lo que íbamos a hacer. Estaba todo organizado y se había hablado del tema comida, tema trabajo, tema alojamiento. Yo se los voy a aclarar muy brevemente:

1- Comida: seríamos los encargados de preparar las tres comidas del día en el restaurante para la venta. También debíamos cocinar para la familia de Pedro y para nosotros.

2- Trabajo: en el restaurante se trabajaría de lunes a viernes; y los fines de semana trabajaríamos en el bar. También había una opción extra, para el que quisiera, podía trabajar también en la agencia de viaje. La agencia ofrece viajes en Autobús desde Tarija (Bolivia) hasta Salta (Argentina).

3- Alojamiento: el lote o el Restaurante, mientras Pedro conseguía un alojamiento mejor. Obvio, el restaurante fue la opción. Obvio, preferíamos mil veces dormir en sillas antes que ir al lote. Tampoco el restaurante era un lugar de lujo: dormir en los sofás fue lo primero.

Cuando estás en esa situación y sabes que tu vida depende de alguien más, tratas de hacer lo mejor que puedas con los recursos que tengas.

Ya que estaban todos los planes en la mesa, se comenzó a trabajar.

...Y así cómo cuando construyes una torre de cartas, creyendo que eres la persona más ingeniosa del planeta entero, pero olvidas que son cartas sobrepuestas y que hasta la brisa las puede tumbar. Así mismo sucedió, la brisa comenzó a soplar y mi torre de cartas se vino abajo...

El restaurante no vendía nada de comida, pero NADA. El bar iba bien, pero no lo suficiente. La agencia de viajes no necesitaba cuatro personas, con una era suficiente… y Pedro no quería seguir perdiendo dinero.

PRIMER GOLPE: “No voy a seguir cubriendo sus gastos de comida, voy a cerrar el Restaurante, por ende, tampoco pueden vivir aquí. Se van al Lote o no voy a seguir trabajando con ustedes”. Por más que peleamos, pataleamos y hasta lloramos, no pudimos hacer nada. Esa fue su última palabra. El Lote se convirtió en mi hogar a partir de ese momento.

Mi hogar, el peor lugar dónde he vivido, se limpió lo mejor que se pudo. Se acondicionó para que fuese habitable, pues, éramos cuatro personas ahí. Un solo baño. Que no se nos juntaran las ganas de ir al baño a todos al mismo tiempo, si no, sería un verdadero problema. Noches completas sin dormir, los ratones hacían de las suyas. Se compró de todo para acabar con ellos, pero no hubo manera.

Las noches eran el mejor momento para ellos entrar, se montaban entre la ropa, buscando comida, encima de la cama, en todos lados, hubo ratones que pasaban por mi cabeza. La peor pesadilla que he vivido.

La idea de Pedro era hacer que el bar funcionara, él era un hombre de contactos, tenía contactos también con medios de comunicación de la ciudad. Fuimos a varios programas de televisión y promocionamos el Bar lo mejor que pudimos, hicimos ofertas, descuentos, de todo. No solo lo hacíamos por él, era también por nosotros mismos… necesitábamos trabajar. Necesitábamos el dinero. Ganábamos 50 dólares a la semana, de los cuales, se nos iba en comida y transporte. Pasé días haciendo una sola comida, no quería gastar, y hacía hasta lo imposible por ahorrar algo de dinero.

Pero cuando crees que puedes aguantar los golpes, te llega otro.

SEGUNDO GOLPE: nos enfermamos. Mi amiga, asmática, era internada por el asma muchas veces en el hospital. La medicina es cara en Bolivia cuando no cuentas con un seguro médico. Yo me enfermé muchas veces del estómago, no comía bien y comer siempre en la calle no es bueno para nadie. Lo poco que siempre lográbamos reunir, se iba en medicamentos.

Parecía que no iba a existir una luz en ese túnel que estábamos transitando. Pero llegó esa “luz” que podía hacer que todo cambiara. Conocí al director de una escuela gastronómica, Pedro lo hizo llegar a mí. Él también me había visto preparar los cócteles que se ofrecían en el Bar por televisión. Existió la oferta de trabajar con él en esa academia Gastronómica dando clases básicas de coctelería y también coctelería acrobática (Flair), son cosas que hago y me he dedicado a hacer. Comencé a hacer programas de TV, de la mano de este señor de la academia.

Él tenía un espacio en la TV, cocinaba y daba tips para la semana. Yo me ocupaba de la parte divertida, tragos libres de alcohol y además promocionaba mis cursos de coctelería y Flair en la academia.

Me aferré lo más que pude a esa opción. De hecho, me volví una especie de “cara conocida” en Tarija, la gente me veía en la calle y me reconocían de inmediato. La señora del mercadito, donde solía almorzar, me dijo: “Tu eres la muchacha de la TV y comes aquí, que alegría, eres mucho más linda en persona que en la TV”. Fui a programas de Radio. De verdad fue un verdadero respiro.

El señor de más edad, que viajó con nosotros, también comenzó a dar clases en esa academia. No lo había comentado antes, pero él es chef internacional. A los dos nos vino de maravilla. Me lo creí, creí en ese proyecto. Hablaba con mi familia, les comentaba lo que pasaba, no todo, solo lo bueno que podía estar viviendo. Nunca es bueno darle dolores de cabeza a ellos, igual es muy difícil que te pueda ayudar estando tan lejos. Parecía que todo se encaminaba, pero una vez más, todo fue una simple ilusión.

Viví en carne propia los problemas de ser mujer, ser el sexo débil, y ser sexualizada hasta el punto más bajo y denigrante. Aprendí de la peor manera que cuando eres mujer no importa lo buena que seas en algo y lo preparada que estés. En algunas culturas y en algunos lugares no va a importar, siempre van a querer algo de ti y cuando hablo de “algo” me refiero a sexo.

Mi sueño de dar clases y de poder hacer dinero gracias a mis conocimientos y experiencia se iban a ver truncados por una conversación. Haré un resumen de ella.

Chef: Los programas han sido un éxito y ya hay varias personas interesadas en tomar los cursos contigo.

Yo: Pues eso me alegra mucho. Para ti sería genial, pues ayuda a la academia y para mi mucho mejor, pues puedo solventar mi situación aquí.

Chef: Bueno, tu situación aquí la puedo solucionar yo. Te pago los gastos de la Visa, trabajas aquí y bueno, quién sabe si después tu y yo podemos salir. Eres una mujer muy linda y bueno, yo estoy solo. ¿Si me entiendes?

Yo: Claro que te entiendo, pero yo soy lesbiana, así que nuestro trato será profesional y si quieres, podemos ser amigos. Yo no tengo problema siempre y cuando exista el respeto.

Chef: Ah, ¿es que te gustan las mujeres?

Yo: Sí, pero eso no debería ser problema. No influye en nada para los cursos ni nada.

Desde ese momento él dejó de responder mis mensajes y no atendía a mis llamadas, de hecho, me enteré en la academia que se habían cancelado los cursos. No me pagó por mis días ya trabajados y tampoco le pagó a mi amigo. ¿Entonces? ¿Significaba que yo tenía que acostarme con él o tener una relación con él para poder dar las clases? ¡Gracias, pero no! Supongo que no soy la primera mujer en el mundo a la que le sucede algo parecido, que tiene que vivir algo tan indignante como eso. ¿Hasta cuándo tendremos que vivir situaciones así? ¡Asco me da!.

Ahí seguía yo, sin dinero, viviendo en una ratonera, enferma, con ganas de abandonar todo y regresarme a Venezuela. Regresar no era una opción, no podía volver. ¿Qué podía hacer? ¿Quién me podía ayudar? Todo iba de mal en peor.

Pedro cada día se portaba peor. Nos hacía peores desplantes. Nos trataba como basura. Pero nosotros con ese pensamiento: “Todos vinimos juntos, nos quedamos juntos. Si despide a uno, va a tener que despedir a los cuatro. No nos vamos a dejar hundir”. Ese grupo, tipo los cuatro mosqueteros, terminaría de la peor manera...

Continuará...

 


AC

*Venezolana radicada en Austria