Crónica

Despedida número 1

Foto: Javier Cedeño Cáceres | @CaracasEscribe

Foto: Javier Cedeño Cáceres | @CaracasEscribe

Isaac González Mendoza* | Caracas (Venezuela)

Te levantas temprano y preparas arepas con huevos revueltos para todos. Sabes que será el último desayuno con nosotros en mucho tiempo. Ya no te quedan lágrimas. Has llorado demasiado y estás cansada de ir a las instituciones públicas, donde siempre te tienen nuevas razones para no entregarte los papeles. Nada te hace cambiar de opinión, te mantienes firme mientras ves las arepas tostándose en el budare.

La mañana se desarrolla con la misma tranquilidad de siempre, solo que esta vez un cosquilleo se adueña de nuestros estómagos y miramos la luz del sol con más atención: parece que su brillo se ha intensificado. La niña, como todos los días, corre detrás de la perra de un extremo a otro de la casa. En otro momento la perra se hubiera cansado a los 20 minutos, pero pareciera saber que es el juego de despedida.

"El otro día la niña me estaba pidiendo tetero desesperada. Caminé por toda la ciudad para conseguir la leche. Ahí me di cuenta de que nos teníamos que ir", me dice tu esposo.

Desayunamos entre risas sin pensar ya en la "situación del país". Por un momento nos alejamos de la realidad y hablamos sobre las subidas al Ávila, los viajes a la playa, los Año Nuevo. Hay entre nosotros una complicidad para no mencionar en la mesa ninguno de los problemas que nos afectan. Sin embargo, tras evocar los encuentros en Galipán y las reuniones nocturnas espontáneas, guardamos un profundo silencio hasta terminar de comer lo poco que pudiste cocinar.

No te molestas porque te digo que no puedo ir al almuerzo de despedida. Entiendes que debo trabajar y que volveré para acompañarte al aeropuerto.

Por siete horas no puedo verte en tu (posible) último día en Venezuela. Mientras trabajo recuerdo cuando me regalaste aquellos zapatos marrones durante uno de esos últimos divertidos diciembres, antes de que las navidades se volvieran una fecha forzada en la que solo conmemoramos lo que hacíamos en la "buena" época. Insististe a pesar de que te dije que sentía pena. "Tú eres gafo", dijiste. Costaron 1.000 bolívares, lo mismo que un caramelo el 20 de abril de 2018.

Tres años después, mientras preguntábamos por unos helados que no pudimos comprar porque costaban el 80% de nuestros sueldos, me diste la noticia de que te ibas, la cual comprendí, pero preferí no hablar de ella para evitar tristezas innecesarias.

Llego lo más rápido que puedo a la casa donde te despedimos. Por la oscura avenida no se ven carros sino decenas de indigentes pidiendo dinero o vendiendo las sobras de las verduras que encuentran entre la basura. Ya en la casa veo que todos han terminado de llorar y de abrazarse, así que, en medio de la noche, emprendemos el viaje hacia el Aeropuerto de Maiquetía.

La autopista, donde algunos postes funcionan con intermitencia, se ve solitaria. Es porque, según el taxista que nos lleva, cada vez hay más vehículos averiados cuyos repuestos y reparación son casi imposibles de pagar.

Al llegar al Aeropuerto nos apropiamos de ocho asientos que alternamos entre sentarnos y colocar las maletas. Hablamos poco. Preferimos fingir que dormimos mientras esperamos a que llegue la hora de que te vayas. Las conversaciones empiezan pero nunca concluyen. Apenas mencionamos que hace frío y hacemos uno que otro comentario sobre la gente que va a revisar el peso de su equipaje.

De repente, en un intento por retener el wifi, vemos que ha ocurrido un sismo en Costa Rica, el país al que te vas. Comienzan los nervios. Oramos con la esperanza de que no vaya a ser suspendido el vuelo. Buscamos a cada rato noticias y nos topamos con un universo muy distinto al nuestro, en el que un terremoto es lo único que tal vez podría interrumpir la paz de los ciudadanos. Las demás informaciones son extrañezas como que la inflación se ubicó en 2,57%.

Son las 12:00 am. Tu padre, acostado en el suelo con un bolso en la cabeza como almohada, acaba de cumplir 60 años. No tenemos ni un dulce para celebrarlo, así que entre todos improvisamos el "Cumpleaños feliz". Nos reímos un rato y callamos otra vez, esperando que el azar no sea tan vil y te permita irte tranquila.

Te veo mientras esperas el momento. Te veo seria y llena de convicción, pensando en lo que dejas aquí y en lo que vas a construir allá. Sabes que esta es una nueva aventura y que posees las armas para enfrentarla. Y te costó tanto decidirte, te costó tanto desprenderte de lo que te pertenece. Por eso piensas que quizás en algún momento regresarás.

Sin darnos cuenta se hacen las 4:00 am. En el Aeropuerto, a esa hora de la madrugada, el tiempo parece detenido. Hay gente que camina de un lado a otro con miradas agudas que no voltean hacia los que se quedan. Otros se sientan en medio de la cola y se ponen a jugar UNO o a leer un libro.

Cuando ya es tu hora te acompañamos, con la cara erguida y en fila india, a la entrada. Tú, tu esposo y la niña empiezan a llorar. Nos contagiamos de lágrimas frente a los hieráticos funcionarios militares. A la última que abrazas es a tu mamá. Parece un abrazo eterno. No sentimos incomodidad a pesar de que detrás de nosotros hay personas que nos piden permiso porque también tienen que entrar. Vemos a los padres de cabello canoso despidiendo a sus hijos, cómo se quedan aquí solos y desconsolados, tal vez más tranquilos porque sus chamos estarán en un lugar más seguro. Tú y tu mamá se sueltan luego de mantenerse por cinco segundos agarradas de la mano. Ingresas caminando de espalda para seguir viéndonos, nos lanzas besos y te ríes mientras se te salen las lágrimas. Hasta que desapareces entre la gente.


Isaac González Mendoza*

Es periodista. Ha escrito para el diario El Nacional y textos suyos han aparecido en La Nación (Argentina), El Comercio (Perú) y El Tiempo (Colombia). Actualmente es parte del equipo de la página de noticias Efecto Cocuyo. Cofundador de la revista digital 4Dromedarios.


"Después de la tormenta...." (VI)

Foto:  @ACcinema

Foto: @ACcinema

AC | Salzburgo (Austria)

Quiero pensar y quiero sentir que después de todo lo que viví y todo lo que pasé las cosas van a estar mejor. Yo voy a estar mejor. Ahora me encuentro viviendo en Austria. ¿Cómo llegué hasta acá? Digamos que fue la mano salvadora. Esa mano que salió de la nada y nos dijo: “Bueno, ahora deben respirar”. Mi madre decía siempre: “Dios aprieta pero no ahorca”, bueno madre, pues duró un año y medio apretando estuvo a nada de ahorcarme, por lo menos así lo sentí.


Lea la primera, segunda, tercera, cuarta y quinta parte de esta historia:


Bolivia y Argentina fueron una pesadilla, un mal sueño, una mala experiencia. Pero quiero estar segura de que algo aprendí, de que algo se quedó clavado dentro de mí que me hará ser una mejor persona, a pensar y ver la vida de una manera muy diferente. Y bueno, en parte sí me cambió, o mejor dicho, nos cambió. Ya no somos las mismas desde que salimos de Venezuela y eso se lo debemos a las malas y buenas experiencias. Buenas experiencias porque no todos los días puedes decir: “Crucé el río amazonas en barco por cinco días” o “conocí la Amazonía boliviana”. Son cosas que la mayoría de las personas no tienen pensado hacer. Y nosotras lo hicimos. ¡Lo logramos sin querer hacerlo! ¡Crucé por tierra tres países de Suramérica! Lo digo porque muchas veces no me lo creo. Esas son las buenas experiencias.

De las experiencias malas nos queda hacer de “tripas corazón”. Sacar de lo peor lo mejor. Esa parte me está costando mucho, pero sé que lo voy a lograr.

¡La calma …. ha llegado!

Austria nos ha recibido de muy buena manera, nos estamos adaptando y sin duda lo hacemos de la mejor manera. Comemos, estudiamos, trabajamos y también hacemos trabajo voluntario. Todavía no sé si me voy a quedar acá, pero trato de dar lo mejor en el país que hizo que nuestra agonía llegase a su fin. No me puedo olvidar de lo que viví, no logro sacarlo de mi cabeza, es algo que siempre está presente. Y ahora me come viva una etapa que muchos dicen es normal: superar. Cuesta y es difícil.

Mi historia en el extranjero no ha sido más que la peor pesadilla de aquel que sale buscando algo mejor, pero creanme, todas las historias son bien diferentes, no todos corren con la misma suerte. A mí me tocó esta, la asumí lo mejor que pude, la viví lo mejor que pude, la sigo viviendo. Pero como dije antes: siempre llega la calma y no importa el tiempo que pase porque siempre viene algo mejor. Para mí, Austria fue la calma.

Tengo mucho que decir de Austria, tengo mucho que contar de este país que poco a poco me enamora más. Por ahora, doy por cerrada mi pesadilla migratoria. Decreto que el Universo me puso aquí para disfrutar de lo mejor.

Es que la calma es así, llega de pronto y te deja con pocas palabras. Así estoy, con pocas palabras y millones de sensaciones (buenas, por supuesto).


Paz y tranquilidad. Ese pequeño fragmento sería todo. 


AC

*Venezolana radicada en Austria









Crónicas del Olvido: los trabajos del tiempo

Foto: Abraham Tovar | @ abraham95o

Foto: Abraham Tovar | @abraham95o

Alberto Hernández* | Guárico (Venezuela)


“Mi único tema es lo que ya no está.

Sólo hablar de lo perdido”

**José Emilio Pacheco**


1.-

Labor del tiempo es desgastar. O descubrir lo construido para destruirlo. Labor del tiempo es borrar, perder. O recuperar para volver a destruir. El tiempo es uno de los temas más recurridos de la poesía, del ser humano sensible y consciente de su futura desaparición. Todos estamos atentos a los designios del tiempo, de la finitud, de la hora que llegará. Del silencio que arropará lo que no queda. O lo que quedará una vez que el tiempo tome nuestro lugar.

El tiempo no deja de pasar y cuando lo hace, ya no estamos. Discurre en el otro, en el que está y sabe de él.

Son muchos los asuntos que atiende el tiempo, de allí el título del poemario de Néstor Rojas, “Los trabajos del tiempo”, Premio Bienal de Literatura “Miguel Ramón Utrera”, Maracay, 1996, editado por la Secretaría de Cultura de Aragua.

El jurado estuvo conformado por Elizabeth Schön, Igor Barreto y Enrique Mujica, quienes destacaron “la búsqueda existencial del tiempo, la estructura formal y la unidad que mantiene la homogeneidad del cuerpo poético”.

Ese año 96 el jurado mencionó libros de José Tomás Angola, Bettsimar Díaz y Harry Almela.

2.-

Néstor Rojas abre la puerta con una pregunta:

“¿Quién escapa a los hambrientos/ dientes de las edades?// La muerte no habita en nuestros muros, / sino en nosotros”.

El tiempo es la vida para la muerte. Es el pasar de la existencia para terminar en el silencio, en la nada, en la ausencia. En el tiempo del no ser.  Por eso la interrogante: quien pregunta sobre el tiempo queda suspendido en él. La poesía recurre a su llamado para reflejarlo desde la incertidumbre. No hay certeza en la poesía. Todo es voluble, toda vez que el tiempo es el molde que la hace y la deshace. La poesía no es tiempo. Es su pasar.

Y si el tiempo es inasible, calculado en la esfera de un reloj o en la agonía de un ser vivo, la muerte es su herramienta para entender que el primero es el espacio donde se mueve la inexistencia. El vacío es una definición: una recurrencia “por donde entraban/ y salían los muertos”.

Y más: “Por encima de nosotros/ crecen hierbas/ pero ninguna hierba/ nacerá de nosotros”.

El pesimismo desde la misma tumba. Tensión temática que advertimos en José Emilio Pacheco. Persistencia en la poesía de todos los tiempos. El tiempo está en la muerte. La muerte en el tiempo. No hay salida. Sólo vivir para que la poesía se extienda, y ser el Cesare Pavese en cada vocablo recreado.

“Sabemos que más adelante/ nos espera la muerte/ Pero esa bendición no es nada espantosa”

No habrá temor si ella es la seguridad de que estamos a salvo del tiempo.

Y si el tiempo pasa, como pasan las palabras, como se conjugan los verbos en todas las dimensiones, la poesía destaca su duración, su larga respiración mientras como un animal carnívoro el tiempo recurre a su poder:

“Sólo cuando uno va/ muriendo de vejez/ se percata/ de la existencia del tiempo. / De cómo pasa/ silencioso/ devorándonos”.

3.-

Una muestra de esta manera de sentir la existencia, la advertimos en “Reflexión sobre el otoño”:

“He visto estos días

a los árboles

despojarse de sus hojas.

Para ellos

vendrá una primavera

que es como decir

otra vida.

Florecerán

y echarán frutos

para sobrevivirse.

Pero nosotros,

Los recién llegados,

cuando morimos

nos deshojamos

para siempre”.



Pero no se vive en vano, porque “apegado a los principios/y razones de mi inútil rebeldía, / pienso que sólo la vida/ tiene existencia verdadera. / Ni el más grande de los ejércitos/ podrá derrotarla”.

4.-

Una selección de versos nos dará más respuestas acerca del tema que Néstor Rojas esgrime para hacer de su labor verbal la sintaxis de su paso por el mundo:

“No hay receta para vivir/ Menos para sobrevivir” (Modus vivendi)

“Anhelo encontrar las palabras/ que me son necesarias/ para no morir del todo” (Aspiración de un pesimista)

“¿Qué nos depara/ la inexorable fugacidad del tiempo?” (Queja contra el tiempo)

“Nuestro futuro/ pertenece al caos” (Nada retarda el adiós)

“La vida es un paseo largo/ y difícil que se da cada día/ hacia la oscuridad” (El rumbo incierto)

“Desde la orilla negra de la muerte/ respira el polvo del insomnio” (De paso)

“Pues el que dice adiós/ no vuelve” (Filo de relámpago)

“Vano anochecer. / La casa se adormece/ sin mí” (Reposo)

5.-

Y sobre la poesía, sobre el plano visible de los sonidos interiores, los más hondos, el poeta Rojas escribe algunos instantes en los que una intención de poética abreva en su mirada:

“Cada poema será sol que suena. / Pájaro de luna/ será la poesía del hijo de los dioses” (Como albas, sombreados)

“¿Quién dirá/ los versos/ que escribió/ para nadie?” (Ebrio de nubes)

“Sus ojos/ encumbrados/ ven/ los abismos del verso.” (Los abismos del verso)

6.-

Dos poemas para cerrar; el primero, visionario:



EL DESTIERRO

El que soñó tu casa

entra

cada vez que quiere

sin necesidad de llaves.

Hoy ha ordenado la diáspora.

Sufriremos los rigores

de su implacable ley.

Nos nos apresuremos.


Lo que se avecina

ya llega.



LIMITACIONES

Para todo hay término.

Acaban los sueños

y las formas celestes

y terrestres.

Todas las cosas del mundo

acaban

transformadas.

Para que la vida

continúe”.


“Los trabajos del tiempo” continúan su labor. El tiempo, la insignia que nos avisa de todo, de la consumación de nuestro tránsito. El tiempo, esa advertencia permanente, hace su trabajo.


Alberto Hernández*

Es poeta, narrador y periodista. Es egresado del Pedagógico de Maracay con un postgrado de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Es fundador de la revista literaria Umbra y colabora además en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Su obra literaria es extensa y ha sido merecedora de varios reconocimientos. Ha publicado un importante número de poemarios: La mofa del musgo (1980), Última instancia (1985) mención honorífica en el Concurso Literario de la Secretaría de Cultura del Estado Aragua; Párpado de insolación (1989), mención honorífica en la II Bienal Literaria del Ateneo de Calabozo (1985-1987); Ojos de afuera (1989) ganadora del 1r Premio del II Concurso Literario Ipasme; Nortes ( 1991), mención de honor Primer Concurso Literario “Madre Perla”; Intentos y el exilio(1996), libro ganador del Premio II Bienal Nueva Esparta; Bestias de superficie (1998) premio de Poesía del Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992 y traducido al idioma árabe por Abdul Zagbour en 2005; Poética del desatino (2001); En boca ajena. Antología poética 1980-2001 (México, 2001);Tierra de la que soy. Latin American Writers Institute, Universidad de Nueva York (2002). Nortes/ Norths (Universidad de Nueva York, 2002); El poema de la ciudad (2003) con ediciones en Vnezuela y en México. Ha escrito también cuentos como Fragmentos de la misma memoria (1994); Cortoletraje (1999) y Virginidades y otros desafíos. Latin American Writers Institute (Universidad de Nueva York, 2000); cuenta también con libros de ensayo literario y crónicas. Publica un blog llamado Puertas de Gallina.





Crónicas del otro lado: el chuchero

Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

Javier Cedeño Cáceres* | Caracas (Venezuela)

No quiere dar su nombre y tampoco quiere hablar. Solo está parado a un lado del patinódromo ubicado en el Malecón de Cúcuta (Colombia) esperando a que la clase de patinaje finalice. Los niños dan la vuelta a la pista una y otra vez. Él los mira mientras saca chocolates, turrones y una docena de Frutilupis desde el interior de su morral. “Adivina cuánto hay en esta mercancía, en estas tres cositas hay más de dos sueldos mínimos de Venezuela”. Es venezolano, no lo dice, pero se delata.

A pesar de que no revela nada sobre su origen, en esta ocasión es evidente, pues su “tumbao” al hablar contrasta con el ritmo pausado del colombiano y con el “usted” cortés de ese lado de la frontera. No tiene zapatos. Calza unas zapatillas tipo Crocs y unas medias blancas. “Estas bichas son muy cómodas pa’ caminar, me pongo mis medias y ando de aquí pa’allá”.

El Chuchero vive en Cúcuta desde hace dos meses, pero tiene que cruzar caminando la frontera hasta Venezuela para comprar mercancía en bolívares. No utiliza ningún tipo de transporte a pesar de que debe recorrer dos horas entre ida y vuelta. Lo hace para ahorrar dinero. Sin embargo, las pérdidas son inevitables, pues, al pasar por la frontera debe pagar “aranceles” a los militares venezolanos para que lo dejen entrar al país. Ese día, más temprano, no tenía nada que darle a los oficiales, solo la mercancía.

—¿No tienes nada? Bueno, dame dos chocolates ahí —exigió un guardia nacional venezolano para dejarlo pasar.

“Me descompletaron la mercancía. Yo por lo menos ahí perdí parte de mi ganancia. No me lo estás preguntando, ‘mano’, pero es un rollo pasar la frontera. Los guardias siempre quieren quitarte algo. La vaina está ruda, no es como la gente piensa. Vienen pa acá a trabajar y creen que la vaina es ‘mantequilla’ (fácil). Uno tiene que guapear (esforzarse)”.

Las barras de chocolate las vende en 1.600 pesos, mientras que los turrones y los frutilupis los deja en dos por 1.000 pesos. “Me quitaron dos chocolates, pero ahorita agarro y vendo y recupero algo. Se le gana poco, pero lo importante es salir de la mercancía. Estamos en un país que no sabemos. Vivimos el día a día”.

II

La conversación es fluida, unilateral, un monólogo. No hay preguntas en esa entrevista improvisada, solo desahogo. Todavía no revela su nombre, pero cuenta que también vende jugo de naranja en las calles. Narra que emigró con su esposa desde Puerto Cabello. Ella es farmacéutica y trabaja como masajista en Colombia. Explica cómo es su relación con sus compatriotas venezolanos.

“Hay venezolanos que han venido acá y, lamentándolo mucho, han echado a perder la broma. Mucha gente, por ejemplo, me mira con mala cara por solamente ser venezolano. Nosotros tenemos es ese venezolano de raíz, ¿me entiendes?, ese venezolano que viene de nosotros. De hecho, me he puesto a hablar con mi esposa, he pensado en irme. Hay días en que uno se para y las ventas no son iguales”.

En esos días malos el Chuchero obsequia el jugo de naranja que le sobra. Él prefiere regalarlo en vez de botarlo. “¿Coye, quiere jugo, jefe?”, le dice a la gente en la calle. “Uno el venezolano es humilde, uno está echándole pichón, uno está haciendo el bien”, lo dice para justificar su acción y recalcar que no es ajeno ante las injusticias de su entorno.

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“Aquel día eso me cayó como que... ¡naguará! Coye es un niño vale, ¿cómo te vas a meter con un niño? ¿Cómo lo vas a maltratar así? Entonces le reclamé y el señor me dijo un poco de cosas y ofensas. Tuve que retroceder y quedarme callado porque no estoy en mi país. Estoy trabajando, hermano, igual que todos”. El Chuchero hace una pausa. Suena indignado, impotente. Cambia su tono de voz:  “Por lo menos vacié dos garrafitas de naranja hoy”.

El saco de naranja lo compra en Cúcuta entre 12.000 y 15.000 pesos, según el día. En una jornada con buenas ventas se pueden obtener hasta 25.000 pesos y, además, le quedan frutas para otra ocasión. El dinero que le sobra lo invierte en el pago del alquiler, 250.000 pesos mensuales (con servicios públicos); en comida y en remesas para su mamá en Venezuela. Se divide los gastos con su esposa, quien posee un sueldo mayor que él. El salario mínimo en Colombia actualmente es de 781.242 pesos mensuales.

“Aquí también la plata se vuelve sal y agua. Pero por lo menos aquí uno consigue los artículos que no hay en Venezuela: harina de maíz, arroz, carne, pollo. Con lo que uno medio gana aquí, uno come bien”.

III

En Venezuela probablemente el Chuchero no era chuchero, tenía un nombre. No caminaba tanto y, tal vez, no lo miraban atentamente cuando le escuchaban el acento. Su denominación común, “venezolano”, no salía en la primera plana de Sucesos y tampoco se resaltaba lo malo de su lugar de origen. La palabra “extranjero” no la relacionaba con él mismo sino con los colombianos, peruanos, ecuatorianos, chilenos, dominicanos y  portugueses que fueron en otro tiempo a trabajar a su país.

—Yo te lo voy a decir, lo que pasa es que me da un poco de pena —comenta como si fuera a confesar un pecado—: yo soy dueño de una tienda de ropa en Puerto Cabello. Me tuve que venir acá porque el capital ya no me daba. Cuando vendía la mercancía no podía comprar más prendas porque no me alcanzaba.

Su tienda la sustituyó por unas golosinas, su carro por unas Crocs y su casa por una habitación. Su familia se convirtió en imágenes y voces con las que habla cada tres días. El dinero que podría gastar diariamente en llamadas prefiere enviárselo a su madre y hermanos en Venezuela. El minuto para llamadas internacionales cuesta 200 pesos y 1.000 una llamada de 5 minutos.

“Está fuerte la vaina en Venezuela. Cuando me vine dije: ‘¿Qué puedo perder yo?’ Desde que estoy aquí cambio de pesos a bolivares. Compro en bolívares, vendo aquí y lo mando en pesos a mi familia. Abandonar a mi mamá fue una de las cosas más fuertes. Ella está por allá lejos, uno está por aquí. Por más que sea eso pega”.

El vendedor de chucherías mira la hora en su teléfono y voltea hacia el patinódromo, donde los niños terminan de entrenar. En la noche habrá una pequeña reunión en las gradas del recinto, ahí aprovechará para vender sus productos. Es prudente al momento de abordar a sus clientes y se acerca mostrando las golosinas que sostiene en sus manos. No siente pena de ser lo que es en ese momento, un chuchero, porque sabe que no está haciendo nada malo, pero cuando piensa en lo que era en su tierra natal la melancolía vuelve, pues un plato de comida pesa más que una tienda sin ropa, un carro sin repuestos y una esposa farmacéutica sin medicinas que vender.


*Javier Cedeño Cáceres

Periodista venezolano. Cofundador y director de la revista digital 4Dromedarios. Premio “Periodista Digital” del año 2018, otorgado por el diario El Nacional, medio para el que escribe desde hace más de tres años.


Crónicas del Olvido: Lawrence y Hanni Ossott

Hanni Ossot (1946-2002) | Foto: Vasco Szinetar

Hanni Ossot (1946-2002) | Foto: Vasco Szinetar

Alberto Hernández* | Guárico (Venezuela)

**Alberto Hernández**

**A Manuel Caballero**

**Foto: Vasco Szinetar**

“The only salvation is to realise that we know nothing about it”

**D.H.L**


1.-

Aquí estoy con Lawrence. Me ve como si quisiera traspasar el suelo que pisa. Sonríe a medias. Un ojo en penumbra. El otro vivo casi roza mis pies. Peinado de lado. Con una barbita de cura jesuita. Más bien de recién llegado de algún desierto. Me habla bajo y lento, como si alguien le soplara a los oídos.

Caminamos por la vereda de mi patio. Es un lugar donde todos tenemos derecho a pasear con nuestros fantasmas. Me habla en un inglés que entiendo a medias. Hace años perdí la capacidad de captar algunos idiomas. Mis muertos y mis espectros se han encargado de borrar todo eso.

Nos alegra ver quién viene a nuestro encuentro. Una mujer de 1983 se aproxima a nosotros y se arrima a la conversación. Hanni Ossott tiene ese astro que la ilumina. Es una muchacha bella. Se ampara en las palabras. Son dulces. Algún adjetivo la sobresalta. Me entrega una mano y yo la estrecho con suavidad. D.H. Lawrence se le acerca y la huele. Y ambos sonríen.

Entonces él dice:

“Dios es el gran impulso que aún no ha encontrado un cuerpo/ pero se urge avanzar hacia la encarnación con la gran urgencia creadora…”

Me traduce al oído la muchacha Ossott. Sus palabras en español rozan mi oreja derecha. Mientras tanto, el poeta mira hacia un horizonte que choca con un edificio cuyas paredes son de ladrillos muy rojos. Un níspero exultante le tapa parte de la mole que mira con insistencia.

Ahora, inesperadamente, Hanni deja de traducir y logro oír esto de los labios del poeta de habla sajona:

“Oh death

about you I know nothing, nothing-

about the afterwards

as a matter of fact, we know nothing…”


La venezolana, la muchacha blanca y bella, sonríe casi seria y me hala suavemente por un brazo, y me habla como si lo hiciera con Lawrence, pero en español:

“Oh muerte

acerca de ti no sé nada, nada…

acerca del después

en realidad, no sabemos nada…”

En un instante, el poeta se hizo polvo. Desapareció. Hanni Ossott me convidó a sentarme con ella bajo el níspero de mi patio y allí me leyó esto:

“Como es sabido, la poesía de Lawrence no es una poesía ‘artísticamente tallada’. Sus poemas no son joyas, no son objetos cristalizados. Traduciéndolos provoca corregirlos, cambiar las repeticiones o reiteraciones, despoblar el énfasis”.

—Hanni, ¿algún intelectual de su misma lengua asomó esa crítica?

—Poetas como Eliot y Pound tuvieron profundas reservas respecto a su poesía.

—Sí, se nota en muchos de sus textos ese énfasis que tú adviertes…

—A veces podemos percibir en sus poemas cierto tono de demanda, apelación que irradia por encima de una preocupación por la preciosidad del lenguaje.

—¿Y su temática? ¿Qué pasa con ella?

—Su ocupación es el alma y la mirada interior (insight).

Hanni me habla desde el prólogo de la publicación que hiciera la Dirección General de Cultura y Extensión de la Universidad de los Andes, en Ediciones Actual, Colección Poesía, en Mérida, en 1983. Ella hizo las traducciones, de allí su interés en afirmar que “la poesía de Lawrence excava en las galerías del alma y encuentra allí el cristal y también los desgastes, lo que mina…Cavando en lo profundo, conecta Lawrence el alma al alma de la Tierra y a su Noche”.

Hanni Ossott habla mientras se complace en rastrear el vuelo de un pájaro que trata de instalarse en una rama del níspero.



2.-

La muerte está en la boca de la traductora. Lawrence la pronuncia en “Ship o f Death”, la deletrea en inglés y Hanni la saborea en español. Son dos entidades que han asumido la ausencia como una estación terrena, como una presencia que va y viene y de alguna manera favorece o entorpece el tránsito vital.

Lawrence escribe:

“I sing of autumn and the falling fruit

and the long journey towards oblivion.

The apples falling like great drops of dew

to bruise themselves an exit from themselves.

Have you built your ship of death, oh, have you?

Build then your ship of death, for yoy will need it!

Can man his own quietus make

With a bare bodkin? (…)”

Hanni silabea:

“Canto el otoño y la fruta que cae

y el largo viaje hacia el olvido.

Las manzanas que caen como grandes gotas de rocío

rasgando ellas mismas una salida desde sí mismas.

¿Has construido tu barco de la muerte? , oh, ¿lo has construido?

Construye entonces tu barco de la muerte, ¡porque lo necesitarás!

¿Puede el hombre lograr su descanso

Con un simple puñal? (…)”


La muchacha, la poeta calla. Se levanta del banco donde estamos y toca el tronco del níspero. Su rostro albo se acerca a la rugosidad de la corteza. Pone su frente en él y me mira.

“Debo agradecerle a Rafael Cadenas la atención que prestó a estas traducciones a través de la revisión y corrección”.

Dijo esto con mucho afecto. Aún con la frente contra el árbol.

Cambió de tono. Se retiró del níspero pero no se salió de la sombra que éste nos regalaba. Eran las tres de la tarde. Ella dijo:

“Lawrence se ocupa de indagar en sí mismo (self)”… y pronuncia una oración que el poeta traducido dejo escrita: “¿Cómo llegar a ser uno mismo?”

Se sienta de nuevo y vuelve a callar. Mira hacia la tarde que se entierra por el occidente de su rostro.

Un largo rato estuvo como ida del mundo. Se levantó, se acercó, me dio un beso y se alejó. La perdí de vista y me quedé bajo la sombra del níspero con estas palabras:

“Un hombre joven me dijo:

Estoy interesado en el problema de la realidad.

Le dije: ¿en verdad?

Entonces lo vi volviendo a mirar, subrepticiamente,

su propia sombra fascinante en el gran espejo”.



(“A Young man said to me:

I am interested in the problem of reality.

I said: really!

Then I saw him turn to glance again, surreptitiously,

In the big mirror, at his own fascinating shadow”)

Aún oigo la pronunciación de la poeta venezolana bajo el níspero, por eso a varios días de su encuentro, hoy sigo aquí con los dos, con D.H. Lawrence y ella, la bella muchacha de la poesía de mi tierra y de la foto en la UCV.  


Alberto Hernández*

Es poeta, narrador y periodista. Es egresado del Pedagógico de Maracay con un postgrado de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Es fundador de la revista literaria Umbra y colabora además en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Su obra literaria es extensa y ha sido merecedora de varios reconocimientos. Ha publicado un importante número de poemarios: La mofa del musgo (1980), Última instancia (1985) mención honorífica en el Concurso Literario de la Secretaría de Cultura del Estado Aragua; Párpado de insolación (1989), mención honorífica en la II Bienal Literaria del Ateneo de Calabozo (1985-1987); Ojos de afuera (1989) ganadora del 1r Premio del II Concurso Literario Ipasme; Nortes ( 1991), mención de honor Primer Concurso Literario “Madre Perla”; Intentos y el exilio(1996), libro ganador del Premio II Bienal Nueva Esparta; Bestias de superficie (1998) premio de Poesía del Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992 y traducido al idioma árabe por Abdul Zagbour en 2005; Poética del desatino (2001); En boca ajena. Antología poética 1980-2001 (México, 2001);Tierra de la que soy. Latin American Writers Institute, Universidad de Nueva York (2002). Nortes/ Norths (Universidad de Nueva York, 2002); El poema de la ciudad (2003) con ediciones en Vnezuela y en México. Ha escrito también cuentos como Fragmentos de la misma memoria (1994); Cortoletraje (1999) y Virginidades y otros desafíos. Latin American Writers Institute (Universidad de Nueva York, 2000); cuenta también con libros de ensayo literario y crónicas. Publica un blog llamado Puertas de Gallina.