Crónica

Crónicas del otro lado: el chuchero

Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

Javier Cedeño Cáceres* | Caracas (Venezuela)

No quiere dar su nombre y tampoco quiere hablar. Solo está parado a un lado del patinódromo ubicado en el Malecón de Cúcuta (Colombia) esperando a que la clase de patinaje finalice. Los niños dan la vuelta a la pista una y otra vez. Él los mira mientras saca chocolates, turrones y una docena de Frutilupis desde el interior de su morral. “Adivina cuánto hay en esta mercancía, en estas tres cositas hay más de dos sueldos mínimos de Venezuela”. Es venezolano, no lo dice, pero se delata.

A pesar de que no revela nada sobre su origen, en esta ocasión es evidente, pues su “tumbao” al hablar contrasta con el ritmo pausado del colombiano y con el “usted” cortés de ese lado de la frontera. No tiene zapatos. Calza unas zapatillas tipo Crocs y unas medias blancas. “Estas bichas son muy cómodas pa’ caminar, me pongo mis medias y ando de aquí pa’allá”.

El Chuchero vive en Cúcuta desde hace dos meses, pero tiene que cruzar caminando la frontera hasta Venezuela para comprar mercancía en bolívares. No utiliza ningún tipo de transporte a pesar de que debe recorrer dos horas entre ida y vuelta. Lo hace para ahorrar dinero. Sin embargo, las pérdidas son inevitables, pues, al pasar por la frontera debe pagar “aranceles” a los militares venezolanos para que lo dejen entrar al país. Ese día, más temprano, no tenía nada que darle a los oficiales, solo la mercancía.

—¿No tienes nada? Bueno, dame dos chocolates ahí —exigió un guardia nacional venezolano para dejarlo pasar.

“Me descompletaron la mercancía. Yo por lo menos ahí perdí parte de mi ganancia. No me lo estás preguntando, ‘mano’, pero es un rollo pasar la frontera. Los guardias siempre quieren quitarte algo. La vaina está ruda, no es como la gente piensa. Vienen pa acá a trabajar y creen que la vaina es ‘mantequilla’ (fácil). Uno tiene que guapear (esforzarse)”.

Las barras de chocolate las vende en 1.600 pesos, mientras que los turrones y los frutilupis los deja en dos por 1.000 pesos. “Me quitaron dos chocolates, pero ahorita agarro y vendo y recupero algo. Se le gana poco, pero lo importante es salir de la mercancía. Estamos en un país que no sabemos. Vivimos el día a día”.

II

La conversación es fluida, unilateral, un monólogo. No hay preguntas en esa entrevista improvisada, solo desahogo. Todavía no revela su nombre, pero cuenta que también vende jugo de naranja en las calles. Narra que emigró con su esposa desde Puerto Cabello. Ella es farmacéutica y trabaja como masajista en Colombia. Explica cómo es su relación con sus compatriotas venezolanos.

“Hay venezolanos que han venido acá y, lamentándolo mucho, han echado a perder la broma. Mucha gente, por ejemplo, me mira con mala cara por solamente ser venezolano. Nosotros tenemos es ese venezolano de raíz, ¿me entiendes?, ese venezolano que viene de nosotros. De hecho, me he puesto a hablar con mi esposa, he pensado en irme. Hay días en que uno se para y las ventas no son iguales”.

En esos días malos el Chuchero obsequia el jugo de naranja que le sobra. Él prefiere regalarlo en vez de botarlo. “¿Coye, quiere jugo, jefe?”, le dice a la gente en la calle. “Uno el venezolano es humilde, uno está echándole pichón, uno está haciendo el bien”, lo dice para justificar su acción y recalcar que no es ajeno ante las injusticias de su entorno.

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“Aquel día eso me cayó como que... ¡naguará! Coye es un niño vale, ¿cómo te vas a meter con un niño? ¿Cómo lo vas a maltratar así? Entonces le reclamé y el señor me dijo un poco de cosas y ofensas. Tuve que retroceder y quedarme callado porque no estoy en mi país. Estoy trabajando, hermano, igual que todos”. El Chuchero hace una pausa. Suena indignado, impotente. Cambia su tono de voz:  “Por lo menos vacié dos garrafitas de naranja hoy”.

El saco de naranja lo compra en Cúcuta entre 12.000 y 15.000 pesos, según el día. En una jornada con buenas ventas se pueden obtener hasta 25.000 pesos y, además, le quedan frutas para otra ocasión. El dinero que le sobra lo invierte en el pago del alquiler, 250.000 pesos mensuales (con servicios públicos); en comida y en remesas para su mamá en Venezuela. Se divide los gastos con su esposa, quien posee un sueldo mayor que él. El salario mínimo en Colombia actualmente es de 781.242 pesos mensuales.

“Aquí también la plata se vuelve sal y agua. Pero por lo menos aquí uno consigue los artículos que no hay en Venezuela: harina de maíz, arroz, carne, pollo. Con lo que uno medio gana aquí, uno come bien”.

III

En Venezuela probablemente el Chuchero no era chuchero, tenía un nombre. No caminaba tanto y, tal vez, no lo miraban atentamente cuando le escuchaban el acento. Su denominación común, “venezolano”, no salía en la primera plana de Sucesos y tampoco se resaltaba lo malo de su lugar de origen. La palabra “extranjero” no la relacionaba con él mismo sino con los colombianos, peruanos, ecuatorianos, chilenos, dominicanos y  portugueses que fueron en otro tiempo a trabajar a su país.

—Yo te lo voy a decir, lo que pasa es que me da un poco de pena —comenta como si fuera a confesar un pecado—: yo soy dueño de una tienda de ropa en Puerto Cabello. Me tuve que venir acá porque el capital ya no me daba. Cuando vendía la mercancía no podía comprar más prendas porque no me alcanzaba.

Su tienda la sustituyó por unas golosinas, su carro por unas Crocs y su casa por una habitación. Su familia se convirtió en imágenes y voces con las que habla cada tres días. El dinero que podría gastar diariamente en llamadas prefiere enviárselo a su madre y hermanos en Venezuela. El minuto para llamadas internacionales cuesta 200 pesos y 1.000 una llamada de 5 minutos.

“Está fuerte la vaina en Venezuela. Cuando me vine dije: ‘¿Qué puedo perder yo?’ Desde que estoy aquí cambio de pesos a bolivares. Compro en bolívares, vendo aquí y lo mando en pesos a mi familia. Abandonar a mi mamá fue una de las cosas más fuertes. Ella está por allá lejos, uno está por aquí. Por más que sea eso pega”.

El vendedor de chucherías mira la hora en su teléfono y voltea hacia el patinódromo, donde los niños terminan de entrenar. En la noche habrá una pequeña reunión en las gradas del recinto, ahí aprovechará para vender sus productos. Es prudente al momento de abordar a sus clientes y se acerca mostrando las golosinas que sostiene en sus manos. No siente pena de ser lo que es en ese momento, un chuchero, porque sabe que no está haciendo nada malo, pero cuando piensa en lo que era en su tierra natal la melancolía vuelve, pues un plato de comida pesa más que una tienda sin ropa, un carro sin repuestos y una esposa farmacéutica sin medicinas que vender.


*Javier Cedeño Cáceres

Periodista venezolano. Cofundador y director de la revista digital 4Dromedarios. Premio “Periodista Digital” del año 2018, otorgado por el diario El Nacional, medio para el que escribe desde hace más de tres años.


Crónicas del Olvido: Lawrence y Hanni Ossott

Hanni Ossot (1946-2002) | Foto: Vasco Szinetar

Hanni Ossot (1946-2002) | Foto: Vasco Szinetar

Alberto Hernández* | Guárico (Venezuela)

**Alberto Hernández**

**A Manuel Caballero**

**Foto: Vasco Szinetar**

“The only salvation is to realise that we know nothing about it”

**D.H.L**


1.-

Aquí estoy con Lawrence. Me ve como si quisiera traspasar el suelo que pisa. Sonríe a medias. Un ojo en penumbra. El otro vivo casi roza mis pies. Peinado de lado. Con una barbita de cura jesuita. Más bien de recién llegado de algún desierto. Me habla bajo y lento, como si alguien le soplara a los oídos.

Caminamos por la vereda de mi patio. Es un lugar donde todos tenemos derecho a pasear con nuestros fantasmas. Me habla en un inglés que entiendo a medias. Hace años perdí la capacidad de captar algunos idiomas. Mis muertos y mis espectros se han encargado de borrar todo eso.

Nos alegra ver quién viene a nuestro encuentro. Una mujer de 1983 se aproxima a nosotros y se arrima a la conversación. Hanni Ossott tiene ese astro que la ilumina. Es una muchacha bella. Se ampara en las palabras. Son dulces. Algún adjetivo la sobresalta. Me entrega una mano y yo la estrecho con suavidad. D.H. Lawrence se le acerca y la huele. Y ambos sonríen.

Entonces él dice:

“Dios es el gran impulso que aún no ha encontrado un cuerpo/ pero se urge avanzar hacia la encarnación con la gran urgencia creadora…”

Me traduce al oído la muchacha Ossott. Sus palabras en español rozan mi oreja derecha. Mientras tanto, el poeta mira hacia un horizonte que choca con un edificio cuyas paredes son de ladrillos muy rojos. Un níspero exultante le tapa parte de la mole que mira con insistencia.

Ahora, inesperadamente, Hanni deja de traducir y logro oír esto de los labios del poeta de habla sajona:

“Oh death

about you I know nothing, nothing-

about the afterwards

as a matter of fact, we know nothing…”


La venezolana, la muchacha blanca y bella, sonríe casi seria y me hala suavemente por un brazo, y me habla como si lo hiciera con Lawrence, pero en español:

“Oh muerte

acerca de ti no sé nada, nada…

acerca del después

en realidad, no sabemos nada…”

En un instante, el poeta se hizo polvo. Desapareció. Hanni Ossott me convidó a sentarme con ella bajo el níspero de mi patio y allí me leyó esto:

“Como es sabido, la poesía de Lawrence no es una poesía ‘artísticamente tallada’. Sus poemas no son joyas, no son objetos cristalizados. Traduciéndolos provoca corregirlos, cambiar las repeticiones o reiteraciones, despoblar el énfasis”.

—Hanni, ¿algún intelectual de su misma lengua asomó esa crítica?

—Poetas como Eliot y Pound tuvieron profundas reservas respecto a su poesía.

—Sí, se nota en muchos de sus textos ese énfasis que tú adviertes…

—A veces podemos percibir en sus poemas cierto tono de demanda, apelación que irradia por encima de una preocupación por la preciosidad del lenguaje.

—¿Y su temática? ¿Qué pasa con ella?

—Su ocupación es el alma y la mirada interior (insight).

Hanni me habla desde el prólogo de la publicación que hiciera la Dirección General de Cultura y Extensión de la Universidad de los Andes, en Ediciones Actual, Colección Poesía, en Mérida, en 1983. Ella hizo las traducciones, de allí su interés en afirmar que “la poesía de Lawrence excava en las galerías del alma y encuentra allí el cristal y también los desgastes, lo que mina…Cavando en lo profundo, conecta Lawrence el alma al alma de la Tierra y a su Noche”.

Hanni Ossott habla mientras se complace en rastrear el vuelo de un pájaro que trata de instalarse en una rama del níspero.



2.-

La muerte está en la boca de la traductora. Lawrence la pronuncia en “Ship o f Death”, la deletrea en inglés y Hanni la saborea en español. Son dos entidades que han asumido la ausencia como una estación terrena, como una presencia que va y viene y de alguna manera favorece o entorpece el tránsito vital.

Lawrence escribe:

“I sing of autumn and the falling fruit

and the long journey towards oblivion.

The apples falling like great drops of dew

to bruise themselves an exit from themselves.

Have you built your ship of death, oh, have you?

Build then your ship of death, for yoy will need it!

Can man his own quietus make

With a bare bodkin? (…)”

Hanni silabea:

“Canto el otoño y la fruta que cae

y el largo viaje hacia el olvido.

Las manzanas que caen como grandes gotas de rocío

rasgando ellas mismas una salida desde sí mismas.

¿Has construido tu barco de la muerte? , oh, ¿lo has construido?

Construye entonces tu barco de la muerte, ¡porque lo necesitarás!

¿Puede el hombre lograr su descanso

Con un simple puñal? (…)”


La muchacha, la poeta calla. Se levanta del banco donde estamos y toca el tronco del níspero. Su rostro albo se acerca a la rugosidad de la corteza. Pone su frente en él y me mira.

“Debo agradecerle a Rafael Cadenas la atención que prestó a estas traducciones a través de la revisión y corrección”.

Dijo esto con mucho afecto. Aún con la frente contra el árbol.

Cambió de tono. Se retiró del níspero pero no se salió de la sombra que éste nos regalaba. Eran las tres de la tarde. Ella dijo:

“Lawrence se ocupa de indagar en sí mismo (self)”… y pronuncia una oración que el poeta traducido dejo escrita: “¿Cómo llegar a ser uno mismo?”

Se sienta de nuevo y vuelve a callar. Mira hacia la tarde que se entierra por el occidente de su rostro.

Un largo rato estuvo como ida del mundo. Se levantó, se acercó, me dio un beso y se alejó. La perdí de vista y me quedé bajo la sombra del níspero con estas palabras:

“Un hombre joven me dijo:

Estoy interesado en el problema de la realidad.

Le dije: ¿en verdad?

Entonces lo vi volviendo a mirar, subrepticiamente,

su propia sombra fascinante en el gran espejo”.



(“A Young man said to me:

I am interested in the problem of reality.

I said: really!

Then I saw him turn to glance again, surreptitiously,

In the big mirror, at his own fascinating shadow”)

Aún oigo la pronunciación de la poeta venezolana bajo el níspero, por eso a varios días de su encuentro, hoy sigo aquí con los dos, con D.H. Lawrence y ella, la bella muchacha de la poesía de mi tierra y de la foto en la UCV.  


Alberto Hernández*

Es poeta, narrador y periodista. Es egresado del Pedagógico de Maracay con un postgrado de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar. Es fundador de la revista literaria Umbra y colabora además en revistas y periódicos nacionales y extranjeros. Su obra literaria es extensa y ha sido merecedora de varios reconocimientos. Ha publicado un importante número de poemarios: La mofa del musgo (1980), Última instancia (1985) mención honorífica en el Concurso Literario de la Secretaría de Cultura del Estado Aragua; Párpado de insolación (1989), mención honorífica en la II Bienal Literaria del Ateneo de Calabozo (1985-1987); Ojos de afuera (1989) ganadora del 1r Premio del II Concurso Literario Ipasme; Nortes ( 1991), mención de honor Primer Concurso Literario “Madre Perla”; Intentos y el exilio(1996), libro ganador del Premio II Bienal Nueva Esparta; Bestias de superficie (1998) premio de Poesía del Ateneo de El Tigre y diario Antorcha 1992 y traducido al idioma árabe por Abdul Zagbour en 2005; Poética del desatino (2001); En boca ajena. Antología poética 1980-2001 (México, 2001);Tierra de la que soy. Latin American Writers Institute, Universidad de Nueva York (2002). Nortes/ Norths (Universidad de Nueva York, 2002); El poema de la ciudad (2003) con ediciones en Vnezuela y en México. Ha escrito también cuentos como Fragmentos de la misma memoria (1994); Cortoletraje (1999) y Virginidades y otros desafíos. Latin American Writers Institute (Universidad de Nueva York, 2000); cuenta también con libros de ensayo literario y crónicas. Publica un blog llamado Puertas de Gallina.


Datemi tutto, questo è una rapina!

Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

Mario Morenza* | Venezuela

«Creo que el gol que anoté ha sido importante. No teníamos otra alternativa. Lo importante para el equipo era obtener el triunfo. Y lo logramos».

Se llamaba Luciano Re Cecconi y le decían el Ángel Rubio. Su melena dorada le confería un aire de bienaventuranza, de candidato infaltable a un casting para interpretar a un héroe alado y bíblico. Re Cecconi era el jugador más querido, divertido y alegre. Sin embargo, su imagen de estampilla religiosa era incapaz de obrar el milagro que el equipo necesitaba: calmar los ánimos exaltados.

Jugó en el controversial Lazio de los setenta, que se asemejaba más a dos facciones de la mafia que a un equipo. Los dos bandos en pugna habían incorporado revolveres Smith & Wesson a sus entrenamientos. La práctica de tiro al blanco con balas calibre 44 era una actividad más popular que los tiros penales.

En las calles de la Italia de aquellos años se respiraba una atmósfera igualmente inquietante. Manifestaciones violentas, secuestros a diario y terroristas de ideologías diversas propiciaban el miedo y la paranoia. Los atracos eran tan comunes como los goles de los domingos de la Serie A Italiana.

El Ángel Rubio era mediocampista y era incansable. Sin lugar a dudas, el motor de un equipo lleno de jugadores conflictivos, por lo que, al poco tiempo de fichar con la Lazio, se ganó el aprecio de la fanaticada. Pero a inicios de 1977 ya los buenos tiempos de Luciano Re Cecconi habían quedado atrás y también los mejores del equipo romano. En la memoria de los irriducibili permanecían como un grato y lejano recuerdo los triunfos de la temporada 73/74, cuando la Lazio alcanzó el Scudetto venciendo a la superpoderosa Juventus.

El 18 de enero de 1977 fue una noche gélida y fatídica. El Ángel Rubio, acompañado por Pietro Ghedin, defensa de la Lazio, quería darle un pequeño susto a otro amigo, el joyero Bruno Tabocchini. Lo que ambos jugadores ignoraban es que la broma inocente terminaría de una manera distinta a lo planeado.

Aquella tarde, Re Cecconi y Ghedin se apersonaron en la joyería de la Via Netti. Cuando Luciano Re Cecconi entró al local con el rostro cubierto con un pasamontañas y apuntó con su arma al joyero, gritó: Datemi tutto, questo è una rapina! / ¡Dámelo todo, esto es un atraco!

El joyero había sido víctima de atracos, como era usual entre muchos comerciantes. Semanas atrás, obstinado ante los criminales que saqueaban su negocio cuando les daba la gana, decidió hacer una inversión en sistema de seguridad para su negocio: comprar una Walther 7’65. Al escuchar a sus espaldas las palabras amenazadoras, con la premura del sheriff más rápido de los spaghetti western de Sergio Leone, desenfundó su arma, se giró y disparó.

La bala atravesó el pecho del Ángel Rubio.

Luciano Re Cecconi sonreía antes de recibir el impacto del proyectil. Cayó al suelo con los brazos extendidos, como si intentara aletear.

Re Cecconi murió media hora después.

El joyero fue declarado inocente y absuelto por legítima defensa.

El funeral se celebró en la Basílica de San Pedro. Luciano Re Cecconi irónicamente había sido el único jugador que siempre dejaba su arma de fuego escondida entre su ropa durante los entrenamientos.

Su compañero de equipo, Vicenzo D’amico lo recuerda y precisa en pocas, pero definitivas palabras: «Era un muchacho dulcísimo. Un muchacho, buenísimo. Tenía 28 años».


Mario Morenza*

En 2008, publica La senda de los diálogos perdidos (ganador del Premio Nacional Universitario de Literatura) y Pasillos de mi memoria ajena (finalista del concurso para autores inéditos convocado por Monte Ávila Editores). Relatos de este autor han sido reconocidos con diversos galardones: destaca la inclusión de «Vitrum» en la Antología de la Novísima Narrativa joven Hispanoamericana (2008) y en 2016 «Las tribulaciones de un censor antiplagios» resulta ganador de la 71a edición del Concurso de Cuentos del diario El Nacional.


Crónica: El infierno del Río Guaire

Texto: Eduardo Ponte | @acaballoregalao

Video y Fotografías: Abraham Tovar | @abraham95o

Menores de edad buscan en las aguas residuales tesoros perdidos. Los llamados “garimpeiros del Guaire” intentan conseguir prendas que la gente haya dejado escapar por el desagüe para comprar comida y ropa

Caracas, como muchas capitales del mundo, está surcada por un río. Sus aguas son el testimonio de todo lo que arrastra una de las ciudades más violentas del mundo. El color turbulento no permite ver lo que yace en el fondo: oro y otros metales preciosos. Pero antes de llegar al botín, se debe pasar por el infierno. “Esto es del demonio. Por aquí navega el diablo”, comenta Arelis Ortuño. Son las once de la mañana y lleva varias horas doblada –sin desayuno– con una cuchara que mueve en círculos hasta que descubre, entre el lodo, el ínfimo destello de 0,90 gramos de metal pesado, dúctil y de color amarillo. “Son los restos de una guaya“. Se emociona porque acaba de conseguir una prenda que alguna mujer dejó  escapar por el desagüe. Sonríe y su gesto curva las gotas de sudor que recorren su rostro. Ahora tiene lo que se convertirá en el mercado negro en 80.000 bolívares.

 
 

La jornada inicia bajo un sol inclemente. No usa ni guantes, ni botas. Su tostada piel está al descubierto en las riberas del disoluto afluente caraqueño, de 72 km de longitud. Es su extraña y poca higiénica manera de “rebuscarse”.

“Esto es terrible. ¿Pero qué se hace? No se lo recomiendo a nadie”, se pregunta mientras pasa suavemente sus dedos por las hediondas aguas. Luego vuelve y despliega una sonrisa alargada, casi privada, y comenta: “Ustedes son periodistas decentes. Se ven decentes. No todos nos tratan igual”.

 
 

El sol del mediodía desdibuja el rostro de Ortuño. No es una mujer ansiosa, pero sí arisca. Tiene la rudeza de los que sobrevivieron y lograron hacerse espacio en un mundo que una y otra vez les recuerda que sobran, que no los necesitan. “Nadie nos ayuda. Este gobierno nos tiene pasando hambre, mucha hambre”, afirma.

 

El paisaje, marrón y fétido, no es impedimento para que Ortuño busque alguna riqueza que le deje el río más contaminado de Caracas. Hierve la sangre ver a niños y mujeres caminar por sus veredas. “A mí no me gusta. Yo no me meto completo, solo en la orillita. Si me sumerjo, muero”. La crisis en Venezuela y la falta de oportunidades fue el empuje para dedicarse a este oficio. “Yo también soy carretillera. Este no es mi único trabajo”, aclara.

Para su sobrino –de 15 años de edad– trabajar en el Guaire es parte de la rutina. “Estoy aquí desde los 10 años” y muestra orgulloso los restos de una cadena de oro que acaba de encontrar. La mayoría ha estado por estas quebradas desde la infancia y ha dejado de lado todo el miedo a las corrientes del río. Están enfocados en el metal brillante que los “haga millonarios” o por lo menos que les permita sobrevivir. 

 
 

 

Ortuño escucha a su sobrino, atenta. No lo corrige. Pasan unos minutos en total silencio, hasta que irrumpe, de nuevo, su voz: “Odio estar acá: todo esto ya me tiene cansada”. Se detiene, resopla, levanta el dedo índice, señala el horizonte haciendo un semicírculo y dice: “¿Yo ni siquiera sé qué hago aquí?”. Se pierde en la inmensidad de la quebrada molesta con ella misma. Parece envuelta en una burbuja de tristeza como si esta vida improvisada fuese a durar para siempre.

 
 

Por su parte, otro indigente, de 16 años, de figura delgada y rostro nostálgico, sostiene que por comida y ropa prefiere arriesgar su vida en ese oficio antes de “caer en la delincuencia”.

“Estamos aquí por la crisis que se vive en el país. No somos malandros”, grita uno de los muchachos, mientras subía por la quebrada. “La gente se burla de nosotros: ‘¿estás sacando oro o mierda?”, les gritan.

 
 

Luis David Patiño es otro de los “garimpeiros del Guaire” –así se apodan–. Tiene tan solo 15 años, pero lleva cinco trabajando como “minero en el río”. Todavía recuerda cuando su tía lo llevó por primera vez. ¿Qué es lo más extraño que has conseguido? Su respuesta es enigmática: “De todo”. Luego señala a los zamuros en la basura, que parsimoniosamente extienden sus alas.

Su historia es alarmante. Se muerde las uñas y mira al resto de sus compañeros con reserva. Su cuerpecito se oculta dentro de una ruñida franela dos tallas más grandes. Tiene la fe puesta en el río. “Espero que esto me ayude a superarme para poder estudiar”. Recuerda, a punto de llorar, que antes era un delincuente: “Hasta hace algunos meses era malandro. Secuestraba, robaba y extorsionaba”. El menor de edad insiste en que no se alimenta bien. “Comemos de la basura y de lo que gentilmente nos da cualquiera”.

Los “garimpeiros del río Guaire” proliferan en busca del tesoro perdido. “Cada día somos más menores de edad dedicados a esto”, comenta una de las niñas presentes, quien prefirió mantener su identidad en el anonimato.

 
 

Da pavor ver a más de seis niños sumergidos en estas aguas servidas sin temor a infecciones. “Ya estamos acostumbrados al olor. No nos enfermamos”, agrega. Patiño labora de lunes a lunes, desde las ocho de la mañana hasta las cuatro de la tarde. “Es un trabajo sano, para no caer en la delincuencia”, sostiene desde las orillas del torrente ubicado a la altura de la California Sur. Escenas similares también se repiten en El Paraíso, San Martín, Caño Amarillo y la UCV.

Patiño, con los pies destrozados de tanto caminar y las uñas carcomidas por el lodo, asegura que en un día de “suerte” puede llegar a sacar más de 500.000 bolívares en piezas.

Las historias de estos “garimpeiros” se van consumiendo al ritmo de la tarde. Si no fuera por sus carcajadas, reinaría en este minúsculo rincón de Caracas un silencio apenas zumbado por el tamborileo regular de la corriente. El lugar es un hervidero. El cielo está despejado. Patiño, por ahora, envuelve su mínimo botín en un pequeño plástico y regresa a su casa –un banquito de una plaza en Altamira–. Se persigna: “En el nombre de Dios”. Espera tener más suerte mañana.