Diaspora

¡Ché! ¿Me estás cargando? (V)

Foto: Abraham Tovar | Arte: 4Dromedarios

Foto: Abraham Tovar | Arte: 4Dromedarios

AC | Salzburgo (Austria)

¡Argentina, tu eres mi gran amor No es la primera vez que piso tus tierras.


Volvamos varios años atrás, 2013, fue el año en el que pisé por primera vez tierras Argentinas, iba de vacaciones, fui a conocer, de paseo. Pero desde el primer día que llegué, me enamoré. Me enamoré de la gente, de la comida, de sus enormes calles. Para el 2013 se veía todo muy bello. ¡Claro! con ojos de turista, todo es muy bello. De regreso a Venezuela en ese entonces, me dije a mi misma que Argentina sería el país a donde me iría a vivir en un futuro.


Lea la primera, segunda, tercera y cuarta parte de esta historia:


Ahí estaba yo, en eso que decía yo; era el “futuro”, con una maleta destrozada, unos pocos dólares en el bolsillo y unas ganas de superación más grandes que el Obelisco.


Llegamos a la Ciudad de Buenos Aires un domingo en la noche, no se me olvida; es imposible olvidarlo. Llovía y nosotras estábamos agotadas, fue un viaje agotador por tierra, fue una experiencia horrible en la frontera, necesitábamos un respiro. Tengo familia, amigos y conocidos en la ciudad, esperaba que alguno me diera la mano solo para comenzar. Íbamos mentalizadas de que las cosas malas y las malas experiencias se iban a quedar en Bolivia. Buenos Aires es otra cosa, tiene otra vibra, es una ciudad grande, seguramente nos va a ir bien.


Conseguimos un hotel en Microcentro, ya lo habíamos visto antes de salir, era algo que ya estaba hablado. Quedarnos ahí por lo menos 15 días. Pagamos 5 días por adelantado. Yo estaba confiada de que una persona que me debía dinero me iba a pagar y con eso podíamos aguantar un poco más. Después de pagar el hotel nos quedamos con muy poco presupuesto. Nos alcanzaba para el día siguiente y ya.


Estoy consciente de que nuestra situación para ese entonces era completamente desfavorable. Todo pintaba para mal, pero para sorpresa de nosotras, nos ayudaron a conseguir un trabajo. El martes, es decir, dos días después de nuestra llegada a la ciudad, comenzamos a trabajar. Era un trabajo como ayudante de cocina en un restaurante de comida por kilo que hay en la ciudad. El sueldo que se me ofrecía para ese entonces era de 4.500 pesos argentinos al mes. De lunes a sábado, de 6:00 am hasta las 4:00 pm. Se veía duro, pero nosotras queríamos trabajar y lo necesitábamos.


Cabe destacar que para ese momento, estando recién llegada a la ciudad, no teníamos para hacer el trámite de solicitud de residencia, es un requisito indispensable para poder trabajar. Los primeros días no lo pedían con tanto afán porque eran los días de prueba. Yo pasé los días de prueba. En esa cocina se hacía de todo, había que preparar muchas cosas y de manera muy rápida. También había que dejar todo limpio y con algunas cosas adelantadas para el día siguiente.


Nunca le he tenido miedo al trabajo, siempre he sido una persona que, si no se hacer algo, lo aprendo y luego lo hago como una profesional. Aprendí a hacer empanadas, papas rellenas, comida china de todo tipo, pelar todo tipo de verduras y frutas. Aprendí muchísimo y me desgasté como nadie. Diariamente había que pelar varios sacos de papas, varios sacos de zanahorias y varios sacos más de Calabazas. ¿Tienen idea de lo difícil que es pelar una calabaza? Me quedaban las manos anaranjadas y adoloridas. Después de los primeros 15 días las cosas comenzaron a ponerse difíciles.


En Argentina se paga sueldo de manera mensual, es decir, una sola vez al mes. Yo ganaba muy poco, el hotel donde me estaba quedando me costaba 1.000 pesos más de lo que ganaba trabajando, no podía dar todo mi dinero del sueldo en el hotel, tenía que comprar comida y además pagar transporte. Además, me pedían un comprobante de que estaba haciendo mi trámite de residencia. Pedí ayuda a varios amigos, ninguno podía nunca.

Estaban muy ocupados o simplemente jamás contestaban a mis mensajes.


Para la residencia hicimos un trámite que no sabíamos que existía, uno en el que  debes hacer una declaración jurada, junto a dos testigos, y afirmar que no tienes dinero para cancelar la tasa migratoria. Eso hicimos, declararnos en bancarrota. Mentira no era, no teníamos nada de dinero y comíamos una vez al día. Por lo general yo me llevaba mi comida del trabajo a la casa y de ahí comíamos las dos. Por cierto, tengo que decir que mi amiga no pasó el período de prueba, obvio, estabas de prueba. Esos días trabajados se los pagaron muy muy bajos.


Recuerdo que para conseguir a los testigos nos paramos en la plaza de Once y dijimos: “Bueno, a la persona que veas con cara así, medio agradable, le preguntamos”. Vean el nivel, estaban dos personas en una plaza parando gente al azar para que fingieran que nos conocieran y nos firmaran una declaración jurada. Completamente descabellado, pero en situaciones como la que nosotras vivimos no pensábamos en nada más. A veces las situaciones te llevan a hacer cosas que jamás pensarías hacer. Hubo personas que nos dijeron que sí, y cuando íbamos a hacer esa locura llegó mi prima y una amiga para hacer ese papeleo. Personas que de verdad nos conocían.


Hicimos todo nuestro trámite, entregamos todos nuestros documentos en migraciones Argentinas y ya solo quedaba esperar: tres meses era el tiempo máximo de entrega de DNI (Documento Nacional de Identidad). Muchas personas nos decían que se tardaba mucho menos. Ya estamos más tranquilas. Precaria en mano, nada puede empeorar.


Pero no. Cuando crees que el universo conspira a tu favor, es la realidad la que te abre los ojos. Nos quedamos sin alojamiento en el Hotel. Era algo de esperarse, debíamos dinero, nadie fía, nadie regala nada. Nos dieron tres días para desalojar. ¿Para dónde nos vamos? Buscamos alojamiento como locas, una habitación, algo. Claro, nuestro presupuesto era bajo, en todos lados pedían meses de adelanto, pagar depósito, era algo que no podíamos hacer en ese momento.


Con todo ese problema del alojamiento, yo seguía trabajando como ayudante de cocina. Comía una sola vez al día, hacía mucho peso en el trabajo. Es que claro, esos costales de verduras, no se cargan solos de un lado a otro. Tenía la espalda adolorida. Cuando llegaba a casa en la tarde, me acostaba en la cama y ya después no me podía levantar más. La espalda me dolía como nunca. Hasta ese momento, era esa la única opción.

Sin tener donde vivir, salimos del hotel. Teníamos nuestras maletas (yo, lo que quedaba de la mía) y aún no sabíamos a dónde íbamos a ir. Una amiga nos ofreció un espacio para guardar nuestras maletas, así se nos haría más fácil el hecho de tener que movernos. Mi prima nos dio alojamiento por unos días.


El tiempo pasaba y se nos hacía muy extraño el hecho de que no estaban listos nuestros DNI. Íbamos de una casa a otra, no estábamos para nada estables. Para terminar de caer al suelo después de tantos golpes, nos llaman de Migraciones Argentinas. Se nos indica que debemos acudir al consulado de nuestro país, ya que no pudieron verificar nuestros antecendentes penales. Me pareció demasiado extraño, nuestros documentos estaban en orden, no hicimos uso de gestores ni pagamos algo por ellos. Fueron nuestras madres quienes sacaron de su tiempo para ese trámite.


El bello consulado de Venezuela en la ciudad de Buenos Aires, abarrotado de gente,eran colas interminables, todos teniendo el mismo problema. Es que odio todo lo que tenga que ver con trámites que impliquen algún consulado Venezolano en el extranjero. Nuestros consulados están en el extranjero de gratis porque la verdad no ayudan en nada. El punto es que, según el consulado Venezolano, nuestros antecedentes penales eran falsos.


La solución para eso era viajar a Venezuela y volver a hacer ese trámite. ¿Es en serio? ¿Me estás jodiendo? Señores, no tengo ni donde vivir, ¿y me dicen que la solución a mi problema es hacer el trámite de manera personal en Venezuela? ¡Que frustración!


Necesitábamos nuestro DNI, sin eso era casi imposible conseguir un trabajo serio. Un trabajo para ganar bien. No había otra, teníamos que volver a empezar.


De vuelta en migraciones Argentinas. Los operadores ya estaban al tanto de la situación de Venezuela, ellos pensaban que solo lo hacían para generar trabas y demoras en los trámites de los venezolanos. Por ende, nos otorgaron una extensión de 3 meses más en la precaria. Y nosotras a lo nuestro, volver a hacer la solicitud de los antecedentes penales en Venezuela por medio de nuestras madres.


Continuamos en la lucha del alojamiento, ya que solo nos quedaba esperar por los papeles desde Venezuela. Encontramos un lugar para vivir, un paisano era el responsable del lugar, estaba acorde a nuestro presupuesto. No nos pedían mucho para entrar, así que aceptamos y nos mudamos.


Las cosas se “estabilizaron” por un rato, seguíamos trabajando y buscando otros trabajos al mismo tiempo. Nos daba para ahorrar un poco, así que nos ilusionamos. Siempre buscábamos las mejores maneras de ahorrar, comíamos siempre lo más económico. Nos limitabamos a muchas cosas, pero sabíamos que era por un futuro mejor  para estar mejor y por fin poder lograr la estabilidad.


Todo pintaba bastante bien, no puedo mentir. Habíamos logrado reunir algo, estábamos tranquilas. Pero mi madre tiene un refrán: “de las aguas mansas, temeré”. Y es así, tanta tranquilidad, daba miedo. Y literalmente de esas aguas tranquilas salió la peor de las bestias a ponernos en peligro.


Mi amiga venía notando que algo no estaba bien; me preguntaba si yo había cambiado cosas de lugares dentro de la habitación, ella estaba segura de que alguien había entrado. Yo le decía que quizás eran ideas de ella, era imposible que alguien entrara, pues había una cámara de seguridad que daba justo a la entrada de la habitación y el encargado se daría cuenta si algo pasara.


El encargado era una persona bastante agradable, parecía ser una persona que había pasado también por par de situaciones difíciles y como Venezolano solo quería darle una mano a su gente. Era una persona de sentarse a hablar contigo, de tocar la puerta de tu habitación para saber si estabas bien, de invitarte a tomar una cerveza un viernes por la noche. Un tipo agradable, genera confianza, era carismático.



No me canso de negar con la cabeza al escribir esto, al hablar de éste hombre. Era, literalmente un lobo disfrazado de cordero.


En efecto… nos faltaban cosas en la habitación, entre esas cosas, nuestro dinero reunido. Ya no estaba nuestro esfuerzo y sudor: se había desaparecido. Decido confrontarlo, pedirle una explicación, le exijo ver las cámaras de seguridad. ¿Quién había estado en mi habitación? Las cámaras eran solo una ilusión, realmente no grababan, no funcionaban. No obstante con que nos roba, nos desaloja. Él estaba indignado de que alguién, bajo su propio techo, lo acusara de ladrón. ¿Me estás jodiendo? Volvemos a estar en la calle, sin un peso en el bolsillo. Parece una historia de nunca acabar, una pesadilla de la cual no te puedes despertar. ¿Qué hicimos para merecer ésto?


Ya estábamos a nada de tirar la toalla, de rendirnos. A veces, por muy fuerte que seas, no te provoca volver a levantarte. Pero mi amiga tiene un motivo, un motivo  muy grande que no la deja tirar la toalla, un motivo que había dejado en Venezuela y que ya no podía esperar más: su hija. Cuando tienes un motivo así por el cual luchar, no te quedas en el piso por mucho tiempo, te levantas despacio mientras tomas aire profundamente.


Buenos Aires cuenta con un servicio de “ayuda a personas en situación de calle”, es un refugio. Hasta allá fuimos a parar, pedimos información, daban camas principalmente a mujeres, pero debías llegar temprano para poder tener una por esa noche, ya que no cuentan con suficiente espacio.


Para los ojos del mundo y de nuestra familia, nosotras estábamos bien, “nos estábamos adaptando, reuniendo dinero para estar mejor”, pero la realidad era otra… otra completamente diferente.


Me quiero ahorrar muchos detalles, muchas cosas de las que prefiero no hablar, porque con el tiempo te das cuenta de que hay heridas que no se han podido curar y que hay recuerdos que preferiblemente quieres borrar de tu mente, porque es que a fin de cuentas no eres tan fuerte. Dormimos en el suelo en pleno invierno, pasamos días sin comer. Realmente fue bastante duro.


Cuando me preparé para ser flair bartender y para competir, muchas personas en el mundo de las barras me decían “date a conocer, eres buena, eso te va a ayudar en tu carrera, compite, no importa si no ganas, pero se verá tu nombre”, así lo hice en Argentina. Me preparé para una competencia que había en el Centro Internacional de Coctelería, quería darme a conocer y demostrarme a mí misma que sí podía. Competí y quedé de sexto lugar dentro de mi categoría. Logré lo que quería, darme a conocer. Me llegaron varias ofertas de trabajo dentro de mi área, varios hoteles importantes. Propuestas que no pude aceptar porque el requisito indispensable para obtener el trabajo era en DNI y yo no lo tenía.


Trabajé en varios bares de la ciudad, ejercí como bartender, era algo que me agradaba mucho. De esos Bares, aún sigo recibiendo mensajes de apoyo y motivación. Es que cuando eres buena en lo que haces, la gente lo reconoce de inmediato.


¿Qué habría sido de nosotras en Argentina si nuestra suerte hubiese sido diferente? ¿De haber tenido lo único que nos hacía falta para terminar de colocar los dos pies sobre las vías, el DNI? ¿Habríamos pasado por lo mismo? No lo creo.


Nueve meses pasamos en Argentina. Tres veces hicimos el proceso de migraciones argentinas y el consulado. Nos mudamos una cantidad incontable de veces. Mi amiga tiene una deuda de más de 30.000 pesos, dicen que las madres hacen cualquier cosas por sus hijos, ella es una prueba de ello. Tiene a su hija a su lado y eso no tiene precio.



De Buenos Aires me guardo muchas cosas, me ahorro muchos detalles, es que 2.200 palabras se me están quedando cortas. Pero no escribo para dar lástima, no escribo para aburrir a las personas que me leen, escribo para desahogarme y escribo para sacar de adentro todo eso malo que viví.


Repito, Argentina te amo. Te amo desde el fondo de mi corazón porque me enseñaste a no darme por vencida, me enseñaste a no ser tan confiada, me enseñaste a llorar, a llorar con sentimiento, a valorar cada bocado de comida. Me enseñaste demasiado y por eso te doy las gracias.


Hoy, a dos años de haber dejado tus tierras, te recuerdo muy bonito. Porque aunque mi situación no fue la mejor, conocí gente muy agradable, gente muy buena. Espero volverte a ver, dicen que a la tercera va la vencida.


¿Dónde estoy hoy? ¡Lejos! En tierras nuevas y aprendiendo nuevas cosas. ¿Cómo estoy? Mejor, mucho mejor.


De esto, también hablaré, hasta la próxima.


Saludos, AC.

Eventos desafortunados (IV)

Foto: Javier Cedeño Cáceres

Foto: Javier Cedeño Cáceres

AC | Salzburgo (Austria)

Siempre llegué a pensar que las amistades verdaderas son aquellas que nacen en circunstancias difíciles; así nacía esa amistad.

 Éramos cuatro, dos hombres y dos mujeres. Decíamos que estábamos juntos para protegernos los unos a los otros y que siempre íbamos a estar así. Todo cambió de la noche a la mañana. Después de una fuerte discusión en la que me vi involucrada, terminamos siendo dos mujeres juntas, uno de ellos, buscando como irse del país y otro en medio de todos, tratando de calmar las aguas.


Lea la primera, segunda y tercera parte de esta historia:


 Me gustaría explicar porqué todo se complicó, porqué terminé yéndome a las manos con un chamo que durante todo este viaje se había convertido en mi amigo. Éramos muy cercanos, nos llevábamos muy bien, éramos muy parecidos a nivel de personalidad. Muy alegres la mayoría del tiempo, pero ambos de carácter muy fuerte.  Terminé con la mano hinchada y él, bueno, tuvo que irse. No le quedó otra opción.

 Ya no éramos los cuatro mosqueteros, ahora solo quedábamos tres.

En este punto, todo se puso de mal en peor. Se involucra migraciones, la Policía, incitación a denuncias y terminan personas en la cárcel. Todo fue un tornado de acontecimientos muy desafortunado. Solo había pasado tres meses de estar en Bolivia y todo era un caos total.

No queríamos estar involucrados con problemas de migración y, además, la deportación es algo que cualquier persona evitaría a toda costa.

 Nos fuimos varios días a Salta (Argentina) a ver si teníamos algo de suerte para aliviar las cosas y calmar las aguas. Todo esto con limitados recursos económicos. Pedro nos consiguió los pasajes (esto tampoco fue fácil de conseguir) y pagamos el Hotel más barato que conseguimos.

 ¡Argentina, como te quiero mi bella Argentina! ¡Volvía a pisar tus tierras! ¡Quedé enamorada de ti, desde la primera vez que te vi!

 Recuerdo haber ido con 20 pesos argentinos al casino y haberme ganado en la ruleta 700 pesos. ¡Suerte de la buena! Fueron unos días muy calmados, pero como dicen por ahí… “del agua calma temeré”.

 Mi amiga sufrió la peor crisis de asma que había tenido durante estos meses. Pasamos dos días en el Hospital (me quedé con ella, dormí en una silla de la emergencia, no la iba a dejar sola). Ahí se fue todo el dinero que teníamos. Esa fue la suerte del Casino, como diciendo: “toma esto, se viene algo por ahí”. ¿Se podía estar peor? Pues, a veces sí. La doctora que la atendió le dijo las siguientes palabras: “Bolivia te va a matar, te tienes que ir”.

 ¿Irnos de Bolivia? ¿Para dónde? ¡Argentina es lo más cerca! Compramos los pasajes y nos vamos. No era tan fácil. Debíamos regresar a Bolivia, hacer dinero para poder irnos a otro país. ¿Cómo? Si apenas recibimos 50 dólares a la semana, es imposible, tenemos que comer.

 Al regresar a Bolivia Pedro nos dió la mejor de las sorpresas; él era un genio para sorprendernos, iba a cerrar el Bar. Es decir, nos dejó sin trabajo. Parece una historia de nunca acabar, la peor de las pesadillas. Ese fue su tercer golpe, y  fue el que nos dejó OUT.

 No me quedaba otra más que pedir ayuda. Pedir que por favor me prestaran dinero, que me dieran alojamiento en Buenos Aires, vender cosas que me quedaban en Venezuela… pedí mucho. No sé, alguién que me diera la mano para salir de ese pozo en el que cada día parecía ser peor.  La verdad, yo no conseguí mucho; quizás no tenía buenos contactos. Mi amiga sí consiguió. Había una persona que le iba a pagar el Boleto Aereo a otro país. Ella no lo aceptó, sabía que iba a dejarme a mí en esa pesadilla, ella no podía hacerme algo así. Vendí mi telefóno celular, una persona me prestó dinero y con eso pagué nuestros pasajes a Buenos Aires (Argentina) por tierra.

 Parecía que la pesadilla boliviana estaba llegando a su final. Por fin iba a decirle adiós a Pedro y su mayor estafa; adiós al peor de los cuatro mosqueteros y hasta nunca al mosquetero mas experimentado de todos. Éramos las dos “damas” juntas hasta el final.

 Pero Bolivia nos despidió con broche de oro en su frontera.

 Al llegar a la frontera de Bolivia y Argentina, detienen el autobús, es normal, rutinario dirían algunos, pero la rutina tuvo un giro inesperado. Nos llaman solo a mi amiga y a mí para revisar nuestros equipajes.

 A mí, personalmente, los policías me ponen muy nerviosa, les tengo respeto y también es mucho miedo lo que me producen. Yo estaba hecha una hoja, temblaba como perro chihuahueño. Mi amiga estaba tranquila, a ella eso no le producía absolutamente nada.

 Rompieron mi maleta, literalmente la destrozaron. Toda mi ropa estaba regada en el suelo y  un perro policía pasaba por encima de ella, una y otra vez. Me hicieron pasar a un cuarto y me pidieron que me quitara la ropa. ¿Toda? – pregunté yo. Y la respuesta fue: “Sí y rápido”.

 Les juro que me trataron como a una delincuente, como si llevara toneladas de droga. Fueron dos horas de tortura. Los policías olfateaban la ropa interior. Mi cara era de asco y repudio. ¿Por qué nos hacían esto a nosotras? Según lo que decían ellos: “Estamos buscando a unos paisanos de ustedes, que se dedican a pasar droga de Bolivia a Argentina y queremos asegurarnos de que no sean ustedes”. ¡Claro! Todo tiene sentido.

 Ser venezolanas ahí tuvo peso. Éramos las únicas Venezolanas en ese autobús. Mucha gente que viajaba con nosotras gritaban desde lejos que era denigrante lo que estaban haciendo con nosotras, que era injusto e inhumano. Pero vamos, la Policía debe hacer su trabajo ¿no?. No encontraron nada, se quedaron con una crema de peinar que iba en mi maleta, pues, a ellos les arrojaba un color extraño en la prueba de narcóticos, el cosmético estaba vencido.

 Bolivia, no fue tu culpa. Espero volver a pisar tus tierras, pero de otra forma y bajo otras circunstancias. Conocerte de otra manera. Sin duda seguiré extrañando tu sopa de maní.

 ¡Argentina! ¿Y tú? ¿Nos trataste bien? Ya lo sabremos en la próxima parte.


AC

*Venezolana radicada en Austria


El rumor de la contradicción. Comentario sobre Retrato de Abel con isla volcánica al fondo

Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

Mario Morenza | Venezuela

—¿Por qué  lo hiciste?

—Por el país, ¿por qué va a ser?

—¿Y entiendes el país?

—Pues...

—¿Y el país existe?

—Pues…

Retrato de Abel con isla volcánica al fondo,

Juan Carlos Méndez Guédez.



En febrero de 1995, Juan Carlos Méndez Guédez inicia la redacción de Retrato de Abel con isla volcánica al fondo en Caracas. La concluye en Salamanca, en el mes de febrero del año siguiente. En octubre de 1997 se imprime y está lista para distribuirse en los anaqueles de las librerías de Venezuela, y es quizá la primera de las novelas de la historia literaria reciente que acaricia, sacude y castiga con agudeza plástica y profundidad reflexiva, una de las temáticas que en estos tempranos años del segundo milenio llenaría las grillas de los festivales de lectura, cuartillas en tesis de maestría y publicaciones en blogs: les hablo, si aún no lo han intuido, del exilio (o preferiría llamarle: el tema de la emigración).

Si este asunto te interesa o si pretendes estudiarlo y hacer un paper para algún curso de literatura, no tienes excusas para acercarte a Retrato de Abel con isla volcánica al fondo.

De hecho, como ya seguro lo han notado, es una novela que se culmina fuera de nuestros territorios. Parte de sus palabras también son exiladas.

Las siguientes páginas aspiran a una lectura sobre una novela editada hace veinte años y que, sin embargo, su pulsión e intención narrativa nos llega hoy con mayor precisión y desnudez. Nuestra perspectiva de lo ocurrido en los noventa ha cambiado, hemos madurado como ciudadanos y lectores y, aunado a eso, tenemos la frialdad argumental como para no mezclar deseos ideológicos con una realidad que estuvo allí, sangrante y afanosa que, querámoslo o no, conmovió los destinos de las próximas décadas de nuestro país.

Veinte años han pasado desde su publicación y observamos los años noventa y las secuelas políticas de los ochenta, setenta y sesenta escanciadas en esa década, con la distancia de ser testigos y no protagonistas, sin las sangres tibias de pasiones mal llevadas y, si es el caso, con una instrumentación crítica y objetiva, lejos de furores ideológicos hacinados en esa brecha de nuestra historia, siempre con la sensación de que faltaba poco para un Caracazo ii, para un Caracazo iii, y muchos desenlaces siempre contenidos, a los que solo les faltaba, quién sabe, un motivo de aliento más que las ganas.

Ese rumor se respira en la novela. El rumor de la conspiración. El rumor en forma de estallido social: mañana bajarán los cerros a buscar lo que la burguesía les ha quitado, sin ni siquiera percatarse o acaso intuir que muchos de los agredidos están con ellos, como el caso de Claudio, protagonista y narrador de la novela que ve ceder las santamarías de su negocio de computadoras y ser desvalijado con saña, con locura hambrienta, como si los estómagos de los violadores reclamaran circuitos electrónicos para saciarse. Desde luego, la intentio autoris de la que nos habla Eduardo de Bustos en su ensayo «La falacia intencional» se aplica a esta obra. Es probable que Méndez Guédez no haya escrito esta obra para los lectores de su momento, para los lectores de los años noventa, sino para los lectores que, después de pasado el tiempo, puedan entender mejor una época, despejar las incógnitas de lo ocurrido y de lo que estuvo a punto de ocurrir.

El tiempo de los lectores de Retrato de Abel con isla volcánica al fondo es ahora. Una lectura que se vuelve más clara y precisa veinte años después (porque nos precisa, nos esclarece, nos evidencia). Para el momento, teníamos la angustia de esa ausencia de un lector ideal para esta obra. En este momento histórico, en el que el país y la cultura se encuentran en una posición delicada e indeterminada, volver sobre las páginas de Retrato de Abel… nos hará desentrañar con mejorada nitidez los fulgores oscuros que reventaron a finales de siglo xx.

El lector y ciudadano común pareciera apenas adquirir esa conciencia continental del suelo sobre el que posa sus pies, sobre el suelo en el que se proyectan sus sombras, y mirar el pasado con la suficiente objetividad como para explicárselo sin añadiduras ni pasiones. Con los años, estos lectores han sido capaces de alcanzar el molde de lector para el que Méndez Guédez pareciera haber escrito esta novela. En la obra en cuestión, se nos dibujan a dos hermanos de corrientes políticas totalmente antagónicas, pero ambos hermanos tienen un ideal tan único como utópico: el bolivariano. Ambos hermanos suelen manifestar su rechazo al otro con mecanismos similares. Ambos hermanos se encuentran en otro país y cada uno configura un espejo asimétrico del otro.

El humo del tabaco siempre encapsulará a José en las conversaciones con su hermano, entre botellas de vino que sustituyen a otras ya vacías y recuerdos tumultuosos. Claudio, el narrador y protagonista de la obra, no fuma, pero está sobrecargando e incubando continuamente esas memorias de su vida pasada en Cabudare, de sus amores fatuos, de sus relaciones inconclusas e inaprensibles con su padre y ahora «recuperado» hermano.

Retrato de Abel… vaticina veinte años después de ser editada las atmósferas que caerán en Venezuela. Pero la Venezuela que anticipa no está ubicada en los territorios patrios, sino en cada versión de Venezuela que se ha llevado consigo cada uno de los exiliados (o emigrados). Esa población desgarrada de Venezuela que trama otra nacionalidad y cuyo Gloria al bravo pueblo podría acobijar esta estrofa: como diría Kavafis: «Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares / La ciudad te seguirá. Vagarás/ por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo/ y en estas mismas casas encanecerás./ Siempre llegarás a esta ciudad».

El universo narrativo de Retrato de Abel con isla volcánica al fondo es menos apocalíptico en sus intenciones predictivas, pero sí decreta los distanciamientos y elabora una especie de camino hacia la literatura del exilio (¿o de emigraciones?) que se respira en la narrativa actual (Miguel Gomes, Juan Carlos Chirinos, Eduardo Sánchez Rugeles, entre otros). De existir en ella una Apocalipsis, esta ocurrirá en los meandros psíquicos de los personajes.

En Retrato de Abel… se afinan los climas y tensiones políticas de los noventa, lógico efecto de la demagogia y corrupciones que se denuncian en la novela y, además de esto, se condicionan dos vertientes que, sin la maestría argumentativa del autor, podrían haber sucumbido en una antología de lugares comunes. Se dibuja la vida de dos hermanos, José y Claudio, el primero de derechas, tonto útil; el segundo de izquierdas, cabeza caliente, y, de alguna manera, también tonto útil. José y Claudio luchan por defender sus ideales, ambos tutelados por el celaje de lo que representa el nombre de Bolívar. Esas dos versiones de la realidad se contraponen sin saber que el otro está en las comarcas del «enemigo». Un enemigo que canta el mismo himno y adora a un mismo Libertador, o a lo que se piensa que fue un Libertador.

Como era de esperarse, José y Claudio emigran. Su situación lejos del país es la metáfora de «una expectante amenaza del pasado», leeremos en la novela, que desde los primeros movimientos narrativos se huele la espesura de esas vivencias anteriores de los personajes. Esa adolescencia febril, lanzando bombillos llenos de pintura o espiando lascivamente a la chica más apetecible del barrio mientras esta se bañaba.

Claudio y José parecieran intuir un regreso para negarse a sí mismos y no seguir anulando con arbitrarias reivindicaciones los errores acumulados en sus vidas. A José solo lo acompaña el humo (el del tabaco negro también) y «los diez muertos encima» que le achaca o le promedia Victoria a su curriculum vitae como esbirro del Gobierno.

José y Claudio persisten aislados en una isla. Los hermanos acuñan en su biografía una nueva versión del desespero, ese que en cierto momento llevó a Claudio a apoyar combinaciones de fuerzas tan inverosímiles y contradictorias como un movimiento que tenía por consigna

«contra la democracia corrupta

unión cívico militar religiosa».



Sin embargo, se recuerda a través del humo y el alcohol, aquella tierra natal, la que (re)clama el regreso de ambos. José, ya no tiene nada a qué temerle. Participó en un golpe de Estado (en el mundo ficcional de la novela) llevado a cabo en 1990 y ya todos los que asistieron a ese intento de derrocar al presidente han sido indultados. Pese a esto, Claudio experimenta el acecho de un demonio de la perversidad que lo invita a volver, en lugar de lanzarse al vacío. Su vacío tiene la forma de incendiar la casa cuando Victoria y el hijo de su esposa estén durmiendo. Y huir (regresar) a su patria con el dinero que logre recolectar en una casa de empeño a costa de las prendas de su ya calcinada esposa. Claudio, hacia el desenlace de la novela, está a punto de fabricar su propio  golpe de Estado, pero solo le concede a su esposa un intento de violación. La figura femenina es la que compone los acordes de su hogar, por tal razón, Claudio encuentra un pretexto para esa rabia contenida en las cartas a Simone de Beauvoir, o en el fracasado y abortado intento de escribir una novela «noventosamente» titulada Manual para bailar Lambada. Es una especie de venganza feminista y la víctima es un «Claudio ama de casa». En determinado punto de la trama, cuando el protagonista empieza a labrar su reflexión, prefiere y apela por el regreso. Otra huida hacia el terreno que quizá jamás debió abandonar.

Todo lo que Claudio describe en la siguiente cita, postula esa extraña fascinación por lo que antes negaba o repudiaba, se tratan de los verdaderos símbolos patrios de su país dejado en el olvido, o quizá la estrofa de un futuro himno: un canto apocalíptico y ciento por ciento venezolano:

Volveré. La costumbre del caos y del miedo también tiene sus reglas. Les diré a todos y especialmente a Victoria que amo el desorden, el autobús que no llega, el retardo en el tráfico, los disparos en la noche, los rumores golpistas, los supuestos barrios que se rebelan durante la madrugada y vienen con antorchas a incendiar los edificios, las bombas en los centros comerciales, los atentados. (Méndez Guédez, 1997: 10)

Sostuve, desde el comienzo de estas páginas, que Retrato de Abel... es una novela que narra el exilio, pero sería miope y reducida esta observación si nos quedamos en esto.

No es tan solo eso esta novela.

También es una novela de transformación. Hacia su final, en esas veinte páginas de cierre, de un cierre atómicamente reflexivo, en el que Claudio se mira hacia adentro y profundiza en los daños que han sufrido las membranas de sus sentimientos, se dice con relación a su hermano (¿o así mismo?): «Tendré que ir preparando para él las señales, los rastros para que indague, para que al buscarme se busque». Y es la tensión que implica la erupción en los personajes de este libro. Victoria, muy conveniente la pulcritud onomástica de la esposa de Claudio, lo abandona y promete darle una pensión y recomendarlo a un trabajo en un muelle con unos primos lejanos, como un castigo, o ironía del destino para alguien que se exila en una isla, se aísla en intensas borracheras con su hermano recién encontrado, y ahora trabajará en un muelle para ver partir y llegar personas. Seres que quizás y definitivamente partan a tierras lejanas, y observará con desdén y melancolía, el arribo de otras tantas, su llegada a las Canarias con la firme convicción de quedarse para siempre. Claudio piensa todo esto y en su discurso intuimos que algo está por hacer erupción, pero que es contenido por una fuerza natural que desconocemos. Quizá su hermano José, su contrapartida, némesis, además de compartir la nacionalidad y el ADN, también sea conocedor de qué mecanismos se ocultan en el interior psíquico de Claudio y ha evitado que este explote. Corrijo: que ambos exploten, con todo a su alrededor, incluyendo el país y, por extensión, sus himnos ambiciosos y sus contradictorias consignas.


Mario Morenza*

En 2008, publica La senda de los diálogos perdidos (ganador del Premio Nacional Universitario de Literatura) y Pasillos de mi memoria ajena (finalista del concurso para autores inéditos convocado por Monte Ávila Editores). Relatos de este autor han sido reconocidos con diversos galardones: destaca la inclusión de «Vitrum» en la Antología de la Novísima Narrativa joven Hispanoamericana (2008) y en 2016 «Las tribulaciones de un censor antiplagios» resulta ganador de la 71a edición del Concurso de Cuentos del diario El Nacional.