Diciembre

Mago que saca el sol de su sombrero

Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

LINO ZABALA* | VENEZUELA

“Sencillamente como un modesto mago
de rojo circo de domingo o de feria
tomo los naipes del amor
los barajo con parsimonia
y en las narices del viejo público
que es como hacerlo en mis narices
mágicamente los transformo
en nuevos naipes de amistad”

Mario Benedetti (1973)

Cierro mis dos manos,

miro la derecha, está insegura,

miro la izquierda, está nerviosa,

el sombrero está en el suelo,

cual sombrero de un mago, cuyo truco falló.



Soplo mi mano derecha,

sale revoloteando una polilla,

soplo mi mano izquierda, no sale nada.

El público me mira escéptico, curioso.



Abro las dos manos, palpando el horizonte:

la derecha señala hacia el norte,

la izquierda no siente la brisa,

y avergonzada, recoge el sombrero.



Siempre es así, hago mis trucos

con la mano derecha y mis fracasos

los delego a la mano izquierda

resentida y silenciosa.



No obstante, este último truco

lo ejecutaré con ambas manos.

Este truco no tendrá pretensiones,

no soñará con resucitar a los muertos

o con revivir amores muertos.



Tan solo consiste en

tomar una prudente distancia

con fingida calma y alegría,

recoger el sombrero sin inmutarme,

mostrárselo a la noche, solitaria,

puesto que el público se fue,

y sacar dentro de él,

el sol noble y clandestino



que hará de esta noche, inaudita;

un día de utopías renovadas,

de muertos que se paran y caminan,

de pueblos y recuerdos que vienen hacia mí.



Y lo más importante:

de tu mirada, que se acerca 

y demuestra tenerme confianza.

De sonrisas que reviven.


LINO ZABALA

*Escritor venezolano radicado en Brasil






¡Não falo português! (II)

Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

AC | Venezuela*

¡Brasil, Brasil, Brasil! … Primer país de mi travesía migratoria. Realmente no lo tomé como algo definitivo, como lo dije anteriormente: Me iba solo por seis meses, trabajaba, reunía un poco de dinero y regresaba; así que mi salida de Venezuela, hasta ese momento, no era un adiós, sino más bien un “hasta luego”.

La ruta para llegar a Bolivia sería atravesar Brasil. Siempre quise ir a Brasil, sobre todo a Río de Janeiro, pero en esta ocasión no iba para divertirme, era solo un destino transitorio.

Cruzar la frontera entre Venezuela y Brasil fue bastante sencillo: entras al módulo de migraciones, muestras tu pasaporte y listo, 90 días. En ese momento estaba bastante ansiosa, llena de nervios, adrenalina, tristeza y a la vez felicidad. Tenía un millón de emociones. Lo bueno es que no estaba sola, viajaba con otras personas que irían conmigo a lo mismo, a trabajar.

El viaje por tierra en Brasil comenzó bastante bien, íbamos cantando y bromeando, las cosas típicas de viajes por tierra. De todo quieres hablar y comentar, supongo que es para no hacer el trayecto aburrido y pesado.

Brasil está lleno de paisajes hermosos, gente muy alegre y también tiene un toque de locura.

Las cosas comenzaron a pintar un poco extrañas cuando se nos hace de noche en la vía y aún no habíamos parado a hidratarnos o incluso a estirar las piernas. Llevábamos muchas horas de carretera, era obvio que necesitábamos hacer una pausa, pero no sucedió. Llegamos a parar en un pueblo, buscábamos un banco para retirar dinero, ya que “nuestro jefe” no llevaba dinero en efectivo; raro. Es raro porque estabas en Venezuela, haces un viaje con los que van a ser tus empleados, a los cuales les prometiste todos los gastos pagos: alojamiento, comidas, incluso en el camino hacia Bolivia y ¿no cargas nada de efectivo? Bueno, Venezuela no es el país más seguro del mundo, quizás tuviste un poco de miedo y no quisiste arriesgar. Vamos a tomarlo así. Pero ya para ese momento comenzaron mis dudas.

“El jefe” no es la persona mejor vestida del mundo, no es arreglado. Tiene una cosa que lo caracteriza: carisma. Es un tipo bastante alegre, sonriente, bromista. Parece caerle bien a todo el mundo y llevarse bien con todo el mundo. Es un hombre de negocios, tiene agencias de viajes, restaurantes y ahora un bar.

El cajero no le dio dinero. Nuestras caras para ese momento eran un poema. Estábamos cansados, sedientos y hambrientos. Queríamos descansar, necesitábamos descansar. No sólo por nosotros sino también por el jefe, es quién viene manejando varios kilómetros de carretera sin descanso.

Decidimos parar en una bomba de gasolina. había un lugar donde estacionar y allí pasamos el resto de la noche. El jefe venía preparado con una hamaca, la sacó de la maleta, la colgó entre una viga y la camioneta y dijo: “Voy a dormir, ustedes pónganse cómodos, entenderán que necesito dormir un poco para seguir manejando”. Era obvio que no me iba a poner con dramas ni nada, era la persona que conducía, necesitaba descansar. Me acomodé como pude en los asientos de la camioneta y dormí. Así pasó la noche uno.

A la mañana siguiente, nuestras caras de cansancio no eran normales, no pegamos un ojo en toda la noche, los insectos, mosquitos y los ruidos de los camiones no nos dejaron dormir. Creo que también influyó mucho el hecho de que no podíamos creer lo que estábamos pasando.

El jefe no estaba de buen ánimo, no tenía dinero y necesitaba resolver esa situación lo antes posible. Uno de los que viaja con nosotros comentó que tenía algo de dinero, que podíamos ir a una casa de cambio y ahí resolver un poco. Yo también llevaba dinero pero en ese momento no dije nada (menos mal, más adelante sabrán el motivo) me quedé callada y dejé que fueran ellos los que decidan qué hacer.

Mi mente era un volcán en erupción, pensaba muchas cosas, pero jamás pensé que llegaría a estar en la situación que vivimos después.

El viaje continuó así; pocas paradas y si nos agarraba la noche, parábamos en alguna estación de gasolina para dormir.

Llegamos a Manaos, hay dos opciones para seguir con el viaje:

1) Seguir por carretera

2)Tomar un ferry que atraviesa el Rio Amazonas y llegar hasta Porto Velho.

Seguir por carretera era la opción, pero para nuestra mala fortuna la carretera estaba cerrada. El ferry era la única opción.

Cruzar por el río Amazonas fue una experiencia única, no puedo negarlo. Creo que es de las cosas que se hacen una sola vez en la vida. En el ferry te dan comida, desayuno, almuerzo y cena. Fue un viaje de 5 días en medio de la nada. Sólo se veía agua, cocodrilos y “garimpeiros”. Pero, ¿dónde dormimos esos 5 días? Pues, las personas que conocen de este viaje se vienen preparadas con una hamaca, la cuelgan en el ferry y pueden dormir. Obvio, el jefe estaba preparado, nosotros no. A nosotros nos tocó dormir en el suelo: literal. Apenas se ponía el sol, sacábamos nuestro suéter, lo estirábamos en el suelo y nos poníamos a dormir.

Deben pensar que pasé roncha porque quise, pude haber sacado mis cosas de la maleta y ponerme un poco más cómoda; eso no es así. Mi maleta estaba atada y cubierta por una lona encima del techo de la camioneta, desde un principio se nos dijo: “De acá arriba ya no sale más nada hasta Bolivia”. Era muy poco probable deshacer todo en cada parada para sacar algo de las maletas.

Al llegar a Porto Velho me percato de que algo no está bien, dejan bajar la camioneta del ferry pero a nosotros no. ¿Qué pasa? ¿Qué dicen? Yo no entiendo, no hablo portugués.

¿Recuerdan que no teníamos dinero? Pues, el jefe había hecho un trato, había acordado que él iba a buscar dinero y que si no volvía para el día siguiente se podían quedar con nosotros como pago. Si, así como lo leen.

En ese momento era para agarrar todas las cosas e irse de regreso a Venezuela, eso no iba a traer nada positivo. Estaba en shock, yo no podía creer que eso estuviese pasando ¿Y si no volvía? ¿Y si realmente todo estaba planeando para que nosotros fuéramos explotados? ¿Vendidos como trata de personas? Todo se pasaba por mi cabeza. ¿Cómo había llegado yo a estar en esa situación? Esa noche no dormí. Nadie lo hizo. Estábamos consternados. Nos veían como un pedazo de carne, como unos objetos, no podíamos bajar del ferry, no teníamos comida. Todo estaba muy mal.

Las propuestas indecentes nunca faltaron, ser mujer en una situación así nunca es fácil. Sexo a cambio de comida, era fácil, se dice con mucha naturalidad. En Brasil es un tema que no es tabú. Un tema libre, un tema que se toca mucho, tanto, que si no entendías el portugués, te mostraban un condón como señal. ¡Vamos!, un condón todos saben para qué se usa.

En este punto digo: “Yo tengo dinero, vamos, cambiamos y compramos comida”.

—Yo tengo unas perlas, podemos venderlas y comemos, creo que es lo mejor.— dijo el más viejo del grupo. Un hombre lleno de años y sabiduría, el hombre de confianza, mi madre lo conocía en persona. Era a quién mi madre le dijo; “Cuida muy bien a mi negra y me la traes de regreso”. Sus perlas fueron la opción, quizás él se sentía un poco responsable por esa situación y trató de hacer lo mejor que pudo.

La noche pasó….se hizo mediodía… estaba empezando a caer la noche y aparece a lo lejos la bendita camioneta. Era el jefe, había vuelto. Me sentía a salvo, feliz de volverle a ver, aunque sabía que había sido él quién nos puso en esa situación. ¡Que alivio!

El jefe llegó bastante bromista, bañado, descansado e incluso llevaba puestas unas prendas de oro que no se las había visto antes. Nos llevó a comer, para “aliviar” el mal rato. Nos hizo pensar que las cosas realmente se le habían ido de las manos, pero que no volvería a pasar, que él era un hombre responsable y de palabra. Para ese momento ya nosotros no eramos sus empleados, para él, ya éramos sus amigos.

Ese carisma, ese maldito carisma.

“Les espera lo mejor”, decía el jefe. Ya van a estar mejor, repetía de manera bromista.

El resto del camino de Brasil se me hizo rápido. Íbamos bromeando, cantando e incluso repitiendo frases que habíamos aprendiendo a decir en portugués. Todo había sido un simple mal momento, no dejemos que las cosas malas empañen lo bueno que está por venir.

Brasil, Brasil, Brasil, después de ti, pensé que venía lo mejor, pero no fue tu culpa, la culpa fue mía por seguir creyendo y teniendo fe.

Bolivia ….. ¡Ahí vamos!

Esta historia está apenas por comenzar.

Saludos, AC.


AC

*Venezolana radicada en Austria


Radio Italia

Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

Ezequiel Borges*| Venezuela

Mi viejo amigo,
a quien tantos poemas debo,
poemas japoneses y chinos
sobre todo,
creía
que la usura era el único
mal del mundo,
yo lo acompaño
una parte del camino
como se acompaña
a los amigos.

Pero no soy Ezra Pound
ni nunca prestaré mi voz
a Radio Italia,
ni nunca me escucharás decir
que odio a los judíos,
aunque tengo grandes reservas
con el estado de Israel.

Mi viejo amigo creía
que la palabra era capaz de cambiar
el mundo,
que la palabra podía cambiar 
el tiempo.

Yo creo que la palabra
sólo sirve
para cambiarse a uno mismo,
si acaso.

Aunque los fascistas
de Radio Italia
te digan qué soñar,
sueña lo que quieras.


Ezequiel Borges

Poeta venezolano*


Datemi tutto, questo è una rapina!

Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

Mario Morenza* | Venezuela

«Creo que el gol que anoté ha sido importante. No teníamos otra alternativa. Lo importante para el equipo era obtener el triunfo. Y lo logramos».

Se llamaba Luciano Re Cecconi y le decían el Ángel Rubio. Su melena dorada le confería un aire de bienaventuranza, de candidato infaltable a un casting para interpretar a un héroe alado y bíblico. Re Cecconi era el jugador más querido, divertido y alegre. Sin embargo, su imagen de estampilla religiosa era incapaz de obrar el milagro que el equipo necesitaba: calmar los ánimos exaltados.

Jugó en el controversial Lazio de los setenta, que se asemejaba más a dos facciones de la mafia que a un equipo. Los dos bandos en pugna habían incorporado revolveres Smith & Wesson a sus entrenamientos. La práctica de tiro al blanco con balas calibre 44 era una actividad más popular que los tiros penales.

En las calles de la Italia de aquellos años se respiraba una atmósfera igualmente inquietante. Manifestaciones violentas, secuestros a diario y terroristas de ideologías diversas propiciaban el miedo y la paranoia. Los atracos eran tan comunes como los goles de los domingos de la Serie A Italiana.

El Ángel Rubio era mediocampista y era incansable. Sin lugar a dudas, el motor de un equipo lleno de jugadores conflictivos, por lo que, al poco tiempo de fichar con la Lazio, se ganó el aprecio de la fanaticada. Pero a inicios de 1977 ya los buenos tiempos de Luciano Re Cecconi habían quedado atrás y también los mejores del equipo romano. En la memoria de los irriducibili permanecían como un grato y lejano recuerdo los triunfos de la temporada 73/74, cuando la Lazio alcanzó el Scudetto venciendo a la superpoderosa Juventus.

El 18 de enero de 1977 fue una noche gélida y fatídica. El Ángel Rubio, acompañado por Pietro Ghedin, defensa de la Lazio, quería darle un pequeño susto a otro amigo, el joyero Bruno Tabocchini. Lo que ambos jugadores ignoraban es que la broma inocente terminaría de una manera distinta a lo planeado.

Aquella tarde, Re Cecconi y Ghedin se apersonaron en la joyería de la Via Netti. Cuando Luciano Re Cecconi entró al local con el rostro cubierto con un pasamontañas y apuntó con su arma al joyero, gritó: Datemi tutto, questo è una rapina! / ¡Dámelo todo, esto es un atraco!

El joyero había sido víctima de atracos, como era usual entre muchos comerciantes. Semanas atrás, obstinado ante los criminales que saqueaban su negocio cuando les daba la gana, decidió hacer una inversión en sistema de seguridad para su negocio: comprar una Walther 7’65. Al escuchar a sus espaldas las palabras amenazadoras, con la premura del sheriff más rápido de los spaghetti western de Sergio Leone, desenfundó su arma, se giró y disparó.

La bala atravesó el pecho del Ángel Rubio.

Luciano Re Cecconi sonreía antes de recibir el impacto del proyectil. Cayó al suelo con los brazos extendidos, como si intentara aletear.

Re Cecconi murió media hora después.

El joyero fue declarado inocente y absuelto por legítima defensa.

El funeral se celebró en la Basílica de San Pedro. Luciano Re Cecconi irónicamente había sido el único jugador que siempre dejaba su arma de fuego escondida entre su ropa durante los entrenamientos.

Su compañero de equipo, Vicenzo D’amico lo recuerda y precisa en pocas, pero definitivas palabras: «Era un muchacho dulcísimo. Un muchacho, buenísimo. Tenía 28 años».


Mario Morenza*

En 2008, publica La senda de los diálogos perdidos (ganador del Premio Nacional Universitario de Literatura) y Pasillos de mi memoria ajena (finalista del concurso para autores inéditos convocado por Monte Ávila Editores). Relatos de este autor han sido reconocidos con diversos galardones: destaca la inclusión de «Vitrum» en la Antología de la Novísima Narrativa joven Hispanoamericana (2008) y en 2016 «Las tribulaciones de un censor antiplagios» resulta ganador de la 71a edición del Concurso de Cuentos del diario El Nacional.


Recuerdo de Teodoro

Teodoro Petkoff | Foto: Cortesía de El Nacional

Teodoro Petkoff | Foto: Cortesía de El Nacional

Eduardo Liendo | Venezuela

El túnel del San Carlos es uno de los im-

portantes secretos que resguardó el silencio de Alberto

Lovera en el desamparado momento del martirio. La

fuga ha causado un gran impacto político. Se vuelve a

hablar de los revolucionarios con respeto. Uno de los

evadidos, Teodoro Petkoff, antes de salir dejó escrita

una frase de Sun Tzu para que fuese leída por sus car-

celeros: «Desconfía del agua que duerme».

Petkoff estuvo antes prisionero en Tacarigua y

con ingenio logró su traslado al San Carlos. Es un di-

rigente muy estimado por sus compañeros, impulsivo

y audaz, brillante intelectual, polémico en sus ideas

y con sensibilidad para aproximarse y escuchar a los

hombres sencillos.

Es un líder nato que posee el aura feliz que ro-

dea a algunos artistas y deportistas ídolos. Armando,

recuerda ahora parte de una conversación con él que le

dejó pensativo:

—¿Qué lees? —preguntó Teodoro.

—La historia de la revolución rusa, de Trotsky —res-

pondió Armando.

—¿Ah? Está muy bien eso de que ustedes aquí en

la isla no tengan cocos que los espanten.

—Es muy interesante.

—Sí, es absolutamente necio tratar de desaparecer

esa figura del drama revolucionario contemporáneo. Es

uno de esos privilegiados cerebros que produjo la re-

volución rusa, una élite intelectual como no ha dado

ninguna otra revolución en esa magnitud. Habrá que

rescatar lo valioso que existe en el pensamiento de ese

hombre. Da pena que no se pueda citar a Trotsky en un

escrito, como no sea para estigmatizarlo, o si no hay que

hacer no sé cuántas aclaratorias para lavarse el pecado.

Hablaron luego sobre la creación artística; en un

momento dijo Petkoff utilizando una imagen muy cruda:


—Si un pintor quiere colocarse su pincel en el

culo y embadurnar la tela con él, que lo haga. Queremos

hacer una revolución para liberar al hombre y no para

reprimirlo más; ¿por qué forzosamente realismo socia-

lista? El arte debe ser tan amplio como la imaginación

del hombre lo permita.

—Sí —dijo Armando—, en cierto modo, el hom-

bre es su imaginación.

Por dentro, se removía un dogma.




Eduardo Liendo. Los topos,1985,  pp.166-67. Monte Ávila Editores