Ficción

Mutatio Cadmiae

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Jesús Alberto Moreno Granados | Colombia*

La máquina de escribir se averió aquella mañana.  Frente a la ventana abierta, el rocío de varios amaneceres y madrugadas y la ausencia frente a ella habían corroído las palancas porta tipos, echándoles a perder irremediablemente. La herrumbre se había solidificado mientras el gato a su lado miraba por la ventana farfullando un gruñido de caza a algo invisible.  En la pantalla en blanco y negro un ojo en primerísimo plano mira a un lado y otro. Desde la penumbra otro par de ojos observan impávidos, el ojo gigante proyectado. Títulos en letra blanca. “Perception it´s the media”. El ojo gigante mira y aparecen muchos otros ojos expectantes, revelados por la luz de la película que inunda la sala junto al ruido crujiente de un pivote que termina con la aparición del actor. Pantalón negro, camisa blanca, ala ancha: lleva en sus manos un cable conectado a un amplificador oculto: mira al público con los ojos exageradamente abiertos. Caminando se acaricia con la punta del cable el cráneo, el cuello, la nuca, los hombros. Comienza a enredarse el cable en las piernas, gira y se enlaza el torso; los brazos quedan atrapados mientras el ruido de interferencia pareciera sincronizarse con la luz intermitente de la vela encendida en la sala, -que imperceptiblemente-  ha llegado a una penumbra alterada por las sobras del actor en movimiento, ahora totalmente enredado en el cable. Cae al suelo con el sonido de una interferencia electrónica que calla en un susurro mientras la vela se apaga. El público estalla en aplausos en una histeria estética y los presentes miran en derredor que el actor ha desaparecido de la escena.

Martín Gastón Dheradio pulsa stop en el control remoto y detiene el reproductor. Enciende las luces del salón de clases 304 y de vuelta al escritorio se dirige al grupo con tono cansado y subrayado hastío, casi sin mirarles:

-Esto es todo por hoy. Nos vemos el martes, por favor recuerden el ensayo.-  

La clase sale, esparciéndose en un ruido chirriante de pasos con zapatillas deportivas.   

M.G Dheradio comenzó a viajar a los diecinueve años. Conoció Latinoamérica, estudió en Europa y volvió como desertor de las guerras del Coltán. No fue buen soldado y como alumno era parte de la generalidad mediocre. Cumplió 53 años siendo laureado como profesor insigne en la universidad de Yhuve y fue –mucho antes de la alopecia- un prominente artista joven de las artes multimedia que desapareció del panorama artístico,  del barrio, la ciudad y del país tras ser recluido en un hospital psiquiátrico, luego de lanzar el éxito en ventas que granjearía fama al desaparecido durante los siguientes treinta años.

Vivió una vida que durante mucho tiempo sintió haberle robado a otra persona, cuestionándose siempre sobre quién estaba viviendo la vida que realmente le pertenecía, en cuál ciudad estaba y en qué vuelo habría de haber llegado a ella. De un lado a otro, de una ciudad feroz a otra vacía recordaba años, rostros, sonidos y lugares. Encuentros fortuitos y sucesos nimios, cartas sin escribir, gente, canciones y documentos perdidos. El profesor Martín observaba el ojo de M.G Dheradio en la pantalla. Ese ojo sin tiempo del actor conservado en celuloide  observa en stop al profesor dentro del aula vacía, encerrado en la nostalgia acre del destierro: el que mira no  existe más que proyectado, y el que es mirado -de pie en el salón- reside dentro de sí sin saber dónde.

Apagué el proyector, cerré el aula. Viajé, otra vez. He llegado a casa y acaricio al gato que ronronea junto a la máquina de escribir dañada.  


*Jesús Alberto Moreno Granados, artista venezolano radicado en Colombia


La mejor franela del mundo

Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

Por Javier Cedeño Cáceres

Me regalaron la franela cuando tenía 11 años. Era negra azabache y tenía el nombre de un país estampado en letras doradas. A pesar del color del estampado, no era para nada extravagante, todo lo contrario: se adaptaba a las circunstancias del momento, podía ser elegante, deportiva, casual. Todo en uno. La tela, ni se diga, suave y liviana. En ese cumpleaños la mejor franela del mundo llegó a mí.

Durante años la utilicé mínimo dos veces por semana: “Ya Javier se va a poner la carne salada”, dice mi mamá, para referirse a una prenda de vestir que se utiliza frecuentemente. Las fotografías en las que salía parecían tomadas el mismo día porque no había momento importante en que no la llevara puesta.

Pasaron los años y la gente se acostumbró. El día que no llevaba la tradicional franela lucía “distinto”; era como ver a Karl Marx sin la barba o ver a la emblemática banda de rock Kiss sin maquillaje.

Hace unos años, cuando se podía, mi papá vendió la lavadora que teníamos para comprar otra, que iba a facilitar los quehaceres de la casa a todos los miembros de la familia. Al principio, pensaba que era mi imaginación, pero hasta hace poco fue que me di cuenta de las graves consecuencias de haber cambiado de aparato.

Mi novia, que no conoció mi época de adolescente, se me quedó mirando y me dijo:

— Amor, esa franela azul claro con esas letras blancas ya está como feíta. No deberías usarla más.

Mi reacción fue preguntarme: ¿Cuál franela azul? ¿Cuáles letras blancas? Mi mente, acostumbrada a ver a diario la misma ropita, no se había percatado que “la mejor franela del mundo”, “mi carne salada”, estaba desteñida hasta los tequeteques, tenía cuatro huecos y de paso estaba tan estirada que ya me parecía a un cantante de rap en plena Dieta de Maduro®.

La costumbre distorsiona la realidad y más cuando no se tienen referencias externas de lo que uno ve a diario y que se vuelven costumbre.

He escuchado desde que era un niño la frase “Venezuela es el mejor país del mundo” y otras cosas como “tenemos petróleo”, “aquí están las mujeres más hermosas”, “somos un país rico”; pare usted de contar esas frases soberbias que nos inculcaron desde pequeños.

Acostumbrados a lo bonito de la Venezuela de hace 20, 30 y 40 años fuimos creciendo con el chip de “somos ricos”,  sin caer en cuenta de la decadencia en la que poco a poco nos fuimos sumergiendo, tras mucho tiempo de mala administración política y social. Vino el lobo y nos comió; el lobo que nos advertía Arturo Uslar Pietri, el que se podía cazar con la famosa siembra del petróleo.

Una cosa es sentir amor y cariño por el país que forjó tu idiosincrasia; otra cosa es crearse una Venezuela imaginaria que está distorsionada, como la visión que yo tenía de mi franela favorita. Como cuando mi papá cambió de lavadora, cuando cambiamos de gobierno empezó el desgaste acelerado.

Ni recuerdos lúcidos quedan de aquel país que teníamos, que si bien nunca fue el mejor país del mundo, por lo menos el día a día de los venezolanos no se resumía en:

  • Trabajar para tratar de adquirir comida

  • Salir para tratar de conseguir transporte y poder trasladarse al trabajo

  • Caminar al no conseguir transporte

  • Tratar de conseguir agua para poder beber o bañarse

  • Intentar resguardarse de los malandros en la calle

  • Darse cuenta de que luego de trabajar todo el mes, tu sueldo no alcanza ni para un cartón de huevos

  • Vivir con la angustia de tratar de encontrar la medicina que tanto necesitan tus familiares

  • Tratar de tener algo de efectivo

  • Pensar en cuándo llegará la caja del CLAP

  • Lidiar con un país que poco a poco ha perdido su educación y tratar de no olvidar que la base de la sociedad es la cultura.

Antes de presumir mi franela recordé que estaba rota por el desgaste de una lavadora que resultó ser una estafa. Antes de sentirme orgulloso de ese trapito que llevaba puesto, me miré en el espejo y analicé la situación del estampado que dice “Venezuela”.

Aunque nunca fue cierto… sí, llegué a tener “la mejor franela del mundo”, la sigo amando y la quiero seguir usando por siempre, ¿pero de qué sirve ahora si no puedo ponérmela ni para ir a la esquina? La gente ya se acostumbró a verme con la ropa desgastada, pero creo que es hora de cambiar de lavadora o renovar mi ropa. Ninguna de las dos opciones son decisiones fáciles de cumplir.  

El sueño de los justos

Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

Por Juan Carlos Chirinos

(de La manzana de Nietzsche, Madrid, 2015)

...that I thought her as chaste as unsunn’d snow

Shakespeare

I.

Su mano se movía, como todas las mañanas, con la destreza de la primera vez. Hay cierta pericia que solo da el tiempo y el control de lo que te rodea, y eso se notaba de inmediato. Había que poner atención en la manera como se tensaba la piel en la yema del índice; tanto, que las huellas dactilares adquirían un relieve particular, como si estuvieran preparadas para estampar sus cimas y llanos sobre un testamento. Daniela afincaba los dedos para conseguir las formas deseadas; moldeaba a su gusto las cantidades que se presentaban ante sus ojos; lo mismo con la arcilla que con la masa. Una, para hacer vasijas y recipientes de colores; la otra, para obtener el preciado pan, de oloroso final. Sus yemas eran famosas por sacar las mejores piezas, tanto del barro como de la harina. Esa madrugada era la harina lo que manipulaba; estarían esperando el pan recién hecho para untarlo con mantequilla o hundirlo en el café espumoso. Daniela sabía que el suyo era apreciado, lo cual la hacía trabajar con más gusto. Nada como tener seguidores para que las cosas se den bien.

Y a Daniela la seguían sus compañeras. Sus hermanas.

Desde que llegó al convento, siendo casi una niña, Daniela demostró la cualidad que la hizo diferente de las demás. Su destreza como panadera asombraba a todas, al punto de que sor Eugenia, la madre superiora, para negarle ocasión a la envidia, el orgullo y la soberbia en su congregación, se vio obligada a prohibir las alabanzas abiertas y si no hubiera sido porque el pan era una de las debilidades que ella se permitía, habría también alejado a Daniela de los fogones. Pensó que asignándole otras tareas, algunas arduas, conseguiría el necesario equilibrio entre éxito y fracaso. Mantener libre de maleza la huerta en jornadas matutinas, limpiar los desvanes y echar una mano en el taller de cerámica distraería la mente de la muchacha del pecado de la soberbia y, ante las demás hermanas —muchas de ellas jóvenes e ingenuas—, la colocaría en un lugar más o menos humano. Humildad, hijas, hay que practicar la humildad en cada cosa que hacemos, aconsejaba mientras hundía un delicado bollo en la leche recién ordeñada de la vaca del establo.

Daniela cumplía sus tareas con la misma obediencia que sus hermanas; cada mañana ponía empeño en dejar los tomates y las berzas libres de la maleza que los asfixiaba, empezó a sacudir el polvo y a ordenar los espaciosos sótanos del convento en los que reposaban muebles y objetos de toda clase, y se dejó iniciar por la hermana ceramista en el antiguo oficio de la alfarería, en el que destacó de inmediato. Hay una conexión entre darle forma y sabor a un pan y dar forma y color a una vasija. Para el sabor y el color hay que saber, sentenciaba la hermana ceramista, contenta porque podía compartir con una discípula su pasión por el barro. También las cerámicas de Daniela fueron celebradas, pero no con el mismo fanatismo que su pan. Su pan, que alegraba los corazones de las dedicadas mujeres del convento.

La fama reposteril de Daniela no se mantuvo a salvo entre los muros del recinto donde vivía; no, al menos, a los ojos del obispo, que las visitó atraído por el comentario de algún subalterno lenguaraz. Antes incluso de hincar sus dientes perfectos en la masa recién horneada, desde la entrada del claustro el olor dulce de la harina cocida lo arrastraba hacia la cocina. Las hermanas contemplaron al santo hombre mordiendo el trocito de pan y éste quedó en éxtasis, mirando hacia el techo, como descubriendo la presencia del espíritu sobre sus cabezas.

—Se alaba esta casa: se hace el pan —dictaminó cuando hubo devorado las tres piezas que le habían colocado.

El obispo fue prudente (o egoísta) y supo cubrir con un piadoso manto de silencio el don que escondía el recinto; sor Eugenia se lo agradeció por la tranquilidad del convento. Pero el olor del pan es más veloz que la censura, y en poco tiempo el pueblo todo se acercó ansioso por comer la harina horneada. La superiora autorizó la venta de chucherías, calmando los paladares curiosos y sacándole provecho —¿por qué no?— a la suerte con que el convento había sido bendecido.

El tres de mayo, celebración de la Santa Cruz y cumpleaños de Daniela, ocupada con la huerta, la limpieza y la alfarería, sus hermanas la sorprendieron con un regalo que contrariaba las órdenes de la superiora, pero que esta no tuvo valor para reprobar: colgaron sobre la repisa donde se amasaba la harina una cruz de madera sobre la que se podía leer se alaba esta casa: se hace el pan. Daniela pronunció un tímido «gracias», alegre de que sus seguidoras fueran tan fieles a los panes.

En sus cuarenta años de servicio, la madre superiora se había permitido escasísimos caprichos, y ya era hora de que también su cuerpo conociera algún goce. Los panes de Daniela eran un placer inocente, pensaba, mientras dejaba que un trozo de pan se ablandara dentro del caldo aceitoso. Miró a la más anciana de las monjas, sor Generosa, y se dio cuenta de que, alejada ya de las tentaciones del mundo material, masticaba el pan disfrutando cada aroma, cada sabor, cada boronita que le resbalaba por su huesuda cara. Los ojos le brillaban con extraña avaricia, ansiando las jóvenes manos, pero en seguida recuperó su rostro honorable y beato. Ciertamente, se convenció sor Eugenia, no podría haber nada de malo en un alimento que hacía feliz a un ser humano tan mayor y virtuoso. La fama de santa perseguía a sor Generosa.

A la mañana siguiente, Daniela se levantó antes de que el sol saliera, alineó sobre la mesa los utensilios para preparar las barras del día y las golosinas que servían a la gente del pueblo cercano a cambio de una pequeña cantidad que apenas alcanzaba para comprar los materiales de la siguiente jornada. Daniela había sido dispensada de los oficios matinales. La soledad de la cocina, única condición que ella había rogado a la superiora para hacer su trabajo con tranquilidad, constituía su espacio sagrado; los instantes de la cocción de la harina con que alababa a la Creación. Daniela tarareaba bajito mientras se movía de un lado a otro, cuidando de que el alimento estuviera en su punto; de que la masa no bajara, de que el suelo no se ensuciara con harina derramada o mantequilla mal derretida. Allí Daniela era feliz, única y pura.

Le gustaba su cocina iluminada y aséptica. Por eso sintió cierta incomodidad cuando se percató de que la cruz que las hermanas habían colgado el día anterior tenía pegado un trozo de telaraña que no había sido removido del todo. Como habían encontrado la cruz en el sótano donde se acumulaba el polvo, la tarea de limpiarla no había sido fácil y ella entendió que no era reprochable que todavía la cruz mostrara señales del lugar que había habitado por siglos. Acercó una silla y se subió con un trapo, dispuesta a quitar de la cruz el desperfecto que afeaba el trabajo de sus amadas compañeras. Y se concentró, como hacía con todo, en la limpieza de la reliquia.

En el refectorio, sor Generosa fue la primera que se dio cuenta de que lo más característico, el olor a pan recién hecho, faltaba en ese momento: ¿no habría bollitos esa mañana?, preguntó a la novicia que le ayudaba a sentarse, y esta la tranquilizó diciéndole que estaban a punto de salir las cestas de los panes, pero la anciana insistió en que no era posible, porque no olía a pan y ella, en sus noventa y tres años de vida, había sido testigo de muchos prodigios, pero nunca, jamás, había sabido de unos panes recién salidos del horno que no desprendieran el olor que siempre los precede. El razonamiento hizo que sor Eugenia enviara a dos hermanas a la cocina y de inmediato se oyeron los gritos de las muchachas que atrajeron a todas; y cuando sor Eugenia se abrió paso entre sus compañeras descubrió a Daniela tendida en el suelo, inconsciente, su cabeza posada sobre un pequeño charco de sangre.

Tratando de alcanzar la cruz recién colgada se había resbalado de la silla y se había golpeado en la cabeza.

Sor Eugenia aplicó los primeros auxilios a la chica: constató que aún tenía pulso y ordenó trasladarla a su celda. Entre cuatro la levantaron y la llevaron con cuidado hasta su cama, la desnudaron y le asearon la cabeza, que tenía un pequeño corte que sangraba con más escándalo que consecuencias. Recobró el ánimo Daniela y, bajo protesta, se vio obligada a permanecer en su celda mientras llegaba el médico del pueblo para que constatara el estado de su cabeza. Éste confirmó que no se trataba más que de una imprudente caída de una silla y que, en apariencia, no había pasado de un susto. Pero, por si acaso, debían llevar a Daniela al ambulatorio cercano para realizarle las radiografías y encefalogramas necesarios para asegurarse de que no hubiera traumatismos internos. La paciente protestó que se sentía perfectamente, que todo era culpa suya por su torpeza, que debió haber tenido más cuidado, que no volvería a pasar. En realidad temía salir del convento porque el mundo exterior es más peligroso, si se quiere, que una simple caída.

La chica trastabilló y por un momento creyó ver todo a su alrededor; todo quiere decir que percibió cada objeto de la celda con una nitidez que le zarandeó la estabilidad. El médico dijo que era normal que se sintiera mareada, pero que debía ir. La superiora, piadosa pero práctica, estuvo de acuerdo y prometió que en la tarde, cuando Daniela hubiera reposado, ella misma la acercaría a la consulta del doctor para que le practicaran los exámenes que hicieran falta.

Así, pues, en la tarde sor Eugenia detuvo la furgoneta de la congregación frente al ambulatorio, acompañada por Daniela. El médico las recibió con cariñosa amabilidad y las enfermeras se asomaban para ver a la ya famosa chica que hacía las sabrosas golosinas del convento. En realizar las radiografías y los exámenes de la cabeza se demoraron varias horas, que Daniela asumió como justa penitencia por su torpeza y, sobre todo, por su soberbia al creer que podía mejorar el regalo que con tanto afecto le habían obsequiado sus compañeras.

Cuando por fin el doctor terminó de hacer las pruebas, les aseguró que en cuanto tuviera los resultados se los llevaría a la madre superiora, y que si de nuevo sentía algún mareo o se le nublaba la vista que le avisara de inmediato, nunca estaba de más estar atentos. Daniela se colocó su tocado e insistió en que debían marcharse ya pues había deberes que la esperaban en el convento. El doctor le ordenó reposo por ese día y sor Eugenia le aseguró que podía estar tranquilo, que la testaruda hermanita cumpliría con sus órdenes.

Salieron al pasillo donde Daniela vio a un joven barbudo que cabeceaba sentado en una silla del pasillo mientras leía una revista. Los pantalones largos y raídos en el ruedo, las sandalias envejecidas, la camiseta blanca que dejaba adivinar las costillas, el pelo largo y descuidado, las uñas sucias de trabajar en el campo o de derribar árboles en el bosque; todo le habló a Daniela de un hombre fuerte o sano, un hombre que emanaba un efluvio agradable, como sus panes. Sor Eugenia se percató de la curiosidad de la chica y comentó, con humor y sin darle mayor importancia:

—Así de tediosa debió de ser la espera de nuestro Señor antes de la audiencia con el sanedrín, ¿no te parece?

Y hasta ese momento ella no lo había relacionado con Jesús; pero a partir de entonces y hasta que regresaron al convento, Daniela se mostró alegre y vivaz, como si las fuerzas regresaran a ella y la caída no fuera más que un recuerdo lejano.

En lo que quedaba del día la chica se las ingenió para engañar las órdenes del médico y limpiar un poco en los sótanos; había que airear unos antiguos bancos de iglesia que quizá les servirían a ellas para las oraciones privadas en tiempos de tormenta.

Cuando sacaron un confesionario que encontraron arrimado detrás de los bancos, descubrieron la reliquia: allí brillaba la madera rosada de un Cristo yacente, cubierto con obscenidad por la mugre y las cagadas de rata. Resplandecía, sin embargo.

Las hermanitas jamás habían sido más felices.

II.

Después de meditarlo y consultarlo con sor Generosa y las demás hermanas mayores del claustro, la madre superiora decidió que el hallazgo no se haría público; sólo se le notificaría, como era natural, al señor obispo. Suficiente tenían ellas con la gente que día tras día esperaba comprar las famosas golosinas para además tener que soportar la curiosidad, aunque piadosa, de los creyentes que quisieran adorar la imagen recién hallada. Aunque no era extraña la figura del Redentor en posición horizontal, sor Eugenia había visitado varios conventos que poseían una de estas representaciones, aunque ella recordaba que en todos los casos se trataba del cuerpo de Jesús luego del descendimiento (las heridas de las manos, los pies, la cabeza y el costado eran evidentes en esas esculturas); en esta que su convento atesoraba el artista había sido explícito: se trataba del hijo de Dios durmiendo plácidamente, cosa que no parecía herética aunque sí un tanto extraña.

El Cristo yacente se quedaría entre las paredes del convento para cuidado y devoción exclusiva de las monjas. Daniela ofreció acondicionar uno de los sótanos para construir una pequeña capilla que de inmediato llamaron del santísimo Cristo durmiente, nombre acorde a la figura que no representaba a Jesucristo antes del glorioso milagro de la resurrección, sino al Salvador en brazos de Morfeo. Sus músculos relajados, su semblante en reposo, sus manos olvidadas, las uñas límpidas. La figura de un treintañero durmiendo. Por eso las hermanas decidieron que no le colocarían la corona de espinas ni el manto que cubriera las sagradas partes, sino que le confeccionaron, luego de consultar la Biblia y algunos padres de las iglesias griega y latina, un discreto pijama violeta bordado con delicadeza, con pequeñas figuras de peces y corderos intercalados. A sor Eugenia tampoco le pareció inadecuado cuando las más jóvenes propusieron dedicar la semana de cada tres de mayo a lo que llamaron la vigilia del divino sueño, aunque ése fuera el día de la cruz y no hubieran encontrado testimonios de alguna celebración parecida.

Antes de Nochebuena, dirigidas por Daniela, las hermanas tuvieron lista la capilla; habían acondicionado una antigua cama para depositar allí el sagrado cuerpo y con lámparas y grandes velas dieron al recinto —que no era más que una vieja bodega— aspecto de lugar sagrado. La primera misa la ofició el propio obispo el 25 de diciembre, y no le pareció mala la idea de un espacio para resguardar tan exquisita obra de arte. Sor Eugenia, obligada a informarle de todas las actividades litúrgicas, no pudo ocultar la creación de la capilla, pero prefirió mantener en secreto la próxima vigilia del divino sueño, insegura de que estuviera dentro de los límites de la ortodoxia. Sus muchachas sólo buscaban ocasiones para demostrar su devoción, y eso le pareció bien. Inocente. Sor Generosa estuvo de acuerdo, pero a los noventa y tres años el mundo es lejano, una película que se ha visto demasiadas veces.

A partir de entonces Daniela tuvo una nueva ocupación: la limpieza de la capilla del santísimo Cristo durmiente. Sus horas de sueño se redujeron porque se levantaba antes para poder asearla. En pocos días su nueva rutina se hizo habitual: despertaba a las tres sin necesidad de reloj —una costumbre que había adquirido desde niña—, se aseaba el rostro, daba gracias a Dios por un nuevo día, oraba durante media hora y se vestía con su ropa de diario. Bajaba silenciosa hasta el sótano y renovaba las velas que se hubieran acabado, abrillantaba aún más si era posible los bancos, quitaba el polvo, recitaba una oración de bienvenida y se aseguraba de que la divina figura no tuviera desperfectos. Luego dejaba la puerta entornada para la que quisiera ir a saludar al Cristo durmiente y subía a la cocina. A las siete, con el aroma del pan alegraba el día de sor Generosa y así pasaba la jornada hasta que a las diez regresaba a su celda, se desnudaba, se aseaba un poco, oraba pidiendo por una noche tranquila y en seguida se quedaba dormida. Sin soñar.

La noche del siete al ocho de enero cayó una nevada feroz y silenciosa como desde hacía años no se conocía en ese valle. Daniela, segura debajo de un abultado edredón, con el sueño tan pesado como ligero su despertar, no se dio cuenta de la contundencia de la nieve hasta que salió al patio en dirección a los sótanos: hubo de levantar las piernas por encima de manto blanco para llegar hasta la entrada de la capilla y allí se vio obligada a apartar con piernas y brazos la nieve que obstruía la entrada y complicaba el acceso. Una vez dentro de la capilla dio un paso en falso sobre el hielo y resbaló, golpeándose de nuevo en la cabeza. No supo cuánto tiempo estuvo inconsciente, pero calculó que no sería mucho porque el cielo seguía oscuro. Se palpó el cráneo para asegurarse de que no estuviera sangrando y sacudiendo la cabeza recobró el equilibrio. Notó que todas la velas se habían apagado y comprobó que no había electricidad (más tarde tendría que acercarse al guardacoches para poner en marcha el grupo electrógeno de emergencia, pero antes había cosas más urgentes).

Encendió las velas que encontró y cuando hubo suficiente luz sintió una gran pena: del Cristo durmiente colgaban flecos de escarcha, su nariz era una estalactita y sus dedos las dolorosas estalagmitas de la creación. Se arrodilló y lloró consternada. Oró pidiendo piedad y se acercó. Quitó el pijama, limpió de escarcha el divino cuerpo y sintió que la madera estaba fría, como si estuviera muerto.

—Pero, Señor, ¡no estás muerto, estás durmiendo! —exclamó Daniela, entre enfadada y confusa.

Se abrazó a la imagen para transmitirle su calor, y así se quedó durante un largo rato hasta que oyó una voz que la llamaba preocupada: la novicia que atendía a sor Generosa la buscaba porque eran ya las siete y como no olía a pan habían pensado que había ocurrido algo. Daniela dejó al Cristo durmiente y le explicó a la hermana que había encontrado al Señor lleno de escarcha y la pena que sintió fue tan grande que había estado todo ese rato limpiándolo. Evitó comentar la caída y que su abrazo calentó la madera. Volvió a colocar el pijama sin peligro para la obra. El resto del día transcurrió frío, pero Daniela insistió en cumplir con sus tareas en el huerto. Bajo la nieve también hay vida que cuidar. Antes de que la luz del sol desapareciera, volvió a la capilla y se cercioró de que ninguna ráfaga de viento fuera a apagar las velas que rodeaban al durmiente, se despidió llena de ternura y regresó a su celda.

Esa noche, como nunca había ocurrido, soñó.

Una tormenta de nieve le impedía caminar hacia un refugio que había divisado a lo lejos, y cuando supo que sus fuerzas la abandonaban y se dejaría caer, sintió que alguien la tomaba por la cintura y la arrastraba con los pies en el aire hasta el refugio, mientras una voz decía ahora me toca a mí calentarte, hermana. Una vez dentro, el crepitar de un leño ardiendo le devolvió un agradable calor que le causó placer. Ahora se hallaba sola, sentada frente al fuego dejando que sus manos disfrutaran del efluvio ardiente de las llamas, contando las chispas que saltaban de la chimenea. Miró sus dedos (los contó: eran diez o cincuenta, el placer multiplica los sentidos) y detrás de sus uñas bien cortadas y relucientes sus yemas rosadas mostraban nítidas los surcos de sus huellas dactilares que acababan de dejar sus marcas sobre la harina.

Daniela levantó la mirada y se dio cuenta de que estaba en la cocina del convento, con los panes de la mañana ya listos para comer. Antes de pensar, vio que la huella de su pulgar firmaba cada pieza. No recordaba cómo había llegado a la cocina, ni si había dicho sus oraciones o bajado a la capilla; faltaban pocos minutos para el desayuno y ya el aroma del pan proclamaba la alabanza de la casa donde había sido hecho. Sirvió el desayuno, atendió otros oficios y se aseguró de que en la capilla el durmiente tuviera suficiente luz. Oró agradecida. Cuando salió al patio miró al cielo y tuvo una certeza: sobre el cable de la luz había catorce cuervos; las ramas del árbol de la entrada eran trescientas setenta y seis, más dos retoños que empezaban a salir; la gravilla que precedía los diez escalones de la entrada estaba compuesta por 443.354 piedrecillas blancas, azules y rojas, aparte de las que ya se habían convertido en polvo por efecto de las pisadas, y no comprendía cómo podía saberlo, por qué una simple mirada le daba el número de las cosas. Trató de olvidarse de esto pero hasta que no cerró los ojos e intentó contar ovejitas no dejó de ver el número de las cosas. Pidió al Señor paz para su ánimo y en seguida se quedó dormida.

A la mañana siguiente había olvidado las incidencias del día anterior, así que ni siquiera se dio por aludida cuando vio, como siempre, que había preparado ochenta y cuatro panes, dos para cada comensal. Sólo cuando sor Eugenia entró en la cocina y contó (mejor dicho, vio) que a la superiora le balanceaban sobre la frente veintitrés cabellos finos y canos, Daniela no recordó que sus ojos ahora eran capaces de separar en números el mundo. Miró al suelo: ochenta y siete migas de pan que treinta y tres hormigas ya se llevaban para sus casas; dos manchas de mantequilla que más o menos sumaban doce gramos. Vio la repisa: setenta y seis platos, nueve vasos, catorce tazas (cinco sucias en el lavaplatos), cuatro cucharones, un cuchillo de cortar jamón, ciento veintiséis azulejos: la rodeaban números por doquier.

Salió al corredor y cada ladrillo de las paredes arrojaba la cifra de su composición, cuatrocientos gramos de arcilla, doscientos noventa y siete gramos de arena, 45% de humedad. Apresuró el pasó y a cada golpe de sus pies veía el sonido de sus zapatos convertido en longitudes de onda: trescientas veintisiete vibraciones por segundo, ochocientas setenta y seis vibraciones, mil cincuenta, novecientos cincuenta y ocho vibraciones. Corrió más de prisa olfateando la composición de los olores del claustro: pan, hierba, musgo, orín que emanaba de una esquina: cada vez eran más abundantes los datos que Daniela percibía con sus sentidos; ¿el chichón que le había nacido en la cabeza le había creado una nueva capacidad sensitiva?

Corrió desesperada a la capilla y se abrazó al durmiente, rogándole que la librara de esta pesadilla numérica, de la base de datos en que se convertía su cerebro. La piel de madera estaba tibia, a pesar del frío y Daniela tuvo deseos de quedarse allí, acurrucada, sintiendo la piel tersa, su aroma a pan, la barba suave, la respiración tranquila. El divino hijo no despertaría porque el sueño de los dioses es lento y pesado como el movimiento de las montañas. Daniela sabía que los golpes en la cabeza le habían cambiado la percepción del mundo, pero no tanto como para que una escultura de madera tuviera la textura de un hombre. De un hombre fuerte y sano, un hombre que emanaba un efluvio agradable, como sus panes. ¿Era esto, entonces, el enigma del amor?

—Todavía recuerdo la tranquilidad que da abrazarse así a él —dijo sor Generosa.

Daniela abrió los ojos y vio que la anciana monja la observaba apaciblemente desde un banco.

—Sobre todo cuando comienza lo de los números —concluyó.

Daniela se incorporó por encima del cuerpo del durmiente, como la esposa que descubre un intruso en la habitación nupcial. No sintió miedo. Esperó, sin soltarse de Dios.

—Lo único que puedes hacer es aceptar tu nuevo don y tratar de que todas crean que has sido elegida por la Providencia para ser santa.

Daniela miró a la cara a sor Generosa y de inmediato supo que quinientos sesenta y nueve puntos negros afeaban la piel que en un tiempo había sido tersa y hermosa. La monja se echó hacia delante y sonrió entendiendo la mirada de la joven.

—Treinta y cuatro de tus poros también empiezan a llenarse de grasa, sobre todo porque te la pasas entre harinas y aceite, hija, pero eso no debería preocuparte ahora. Yo que tú me bajaba de allí y venía a arrodillarme para que las que vienen detrás de ti no se escandalicen demasiado. Créeme que es mejor pasar por santa que por loca.

Daniela observó mejor a la anciana y se dio cuenta de que de sus ojos fluían fotones, miles de millones de fotones de todos los rojos posibles: la cifra que vio fue inconmensurable (filas y filas de unos y ceros), pero todos llevaban impresa la misma palabra: envidia.

—O sea, que el don tal como viene se va, ¿no? —dijo Daniela con crueldad, y la monja bufó disgustada, descubierta.

—¡Bájate de ahí, te digo! —exigió la anciana, escupiéndole billones de partículas de carga negativa.

Veintisiete pasos se mezclaron mientras se acercaban a la capilla; la joven percibió que el aroma perdido de uno de sus panes se colaba por una rendija, como acudiendo en su ayuda: entonces supo qué debía hacer. Se recostó al lado del Señor durmiente y se abrazó a él con dulzura. Y ya no era madera lo que abrazaba; era carne, piel cálida como el edredón que la protegía del frío en su celda. Eran los brazos fuertes, los músculos contundentes de un hombre que se ofrecían para protegerla; se sintió contenta de estar a su vera, percibiendo el aroma de esa nueva forma del amor.

Cerró los ojos y contó ovejas, quarks, planetas, púlsares que seguían los pasos que se aproximaban sin un ritmo determinado: del otro lado de sus párpados la esperaba él, barbudo, cabeceando mientras leía una revista, los pantalones largos y raídos en el ruedo, las sandalias envejecidas, la camiseta blanca que dejaba adivinar las costillas, el pelo largo y descuidado, las uñas sucias de trabajar en el campo o de derribar árboles en el bosque.

El éxtasis afloró cuando su cintura fue estrechada por unas manos suaves, firmes, dulces, de madera. Alabó esta casa y así, entonces, se hizo el pan.

Dispara y olvida VII

Novela de ficción. Síguela en 4Dromedarios

Por Ezequiel Borges

7

Rocío Luna

Se despertó en un cuarto oscuro y caliente. Parecía estar acostado, a juzgar por las sensaciones que le producían sus extremidades: piernas y brazos estaban regados sobre una superficie horizontal. Eso estaba claro. ¿Una cama? Intentó incorporarse sólo para descubrir que todo le dolía, desde las uñas de los pies hasta el rostro, o así le parecía al Patricio.  Intentó averiguar qué le dolía. Le dolía la espalda, el hombro derecho y un punto indeterminado más debajo de la rodilla, no sabía cúal de las dos cosas le dolía más.

Pero sobre todo le dolía el rostro, o una parte del rostro. Alguien lo había cortado, seguramente. Sentía una especie de laceración en la frente que le llegaba hasta la nuca. Incorporarse fue como descubrir que su cuerpo había envejecido de pronto o había sido triturado por fuerzas desconocidas.

Bienvenido a la vejez o a la miseria, se dijo, mientras terminaba de sentarse en la cama.

Le reconfortó su propio chiste sobre su condición, tan precaria. Los ojos se le fueron acostumbrando a la oscuridad y descubrió que, en efecto, se hallaba sobre una cama en un cuarto oscuro. Había una puerta cerrada, a unos pasos; junto a la cama había también –a cada lado– dos mesitas de noche, una de las cuales portaba una jarra de agua.

Alargó la mano y tomó la jarra por el asa. Una jarra de cristal que pesaba lo suyo en la oscuridad. Bebió un largo sorbo de agua sin preocuparse de que una parte se le derramara en el pecho.

Sabía que la sed no terminaría en un rato, así bebiera como un condenado a muerte, de modo que recolocó la jarra en la mesita de noche y lanzó un suspiro, tan agudo, que él mismo se extrañó.

Decidió recordar cómo habría llegado hasta este lugar.

Lo último que recordaba era la pelea en la mezquita de Ibrahín, mientras sostenía a la Rubí con una mano, y con la otra trataba de golpear al imán con la cacha de la pistola, de la Walther PPK recortada que su abuelo chileno le había mandado por General Express desde Santiago.

Luego de eso, el vacío, la negrura de este cuarto. ¿Es que estaba preso en la mezquita?

Maldito Ibrahím, gritó, para sus adentros, el Patricio. Él sólo había intentado cobrarle el salmón al imán, y, también, encontrar un refugio para la Rubí, que estaba herida.

¿Qué era este sitio? ¿Cómo coño había llegado hasta allí?

Buena pregunta.

Como no podía responderla y estaba encerrado en la oscuridad, decidió gritar. A ver si pasaba algo, a ver si alguien aparecía.

–Ibrahín, hijo de puta, ¿dónde coño estoy?– gritó, y le salió un grito agudo, casi como el de una mujer.

Nada ocurrió, por unos largos segundos.

Luego se escucharon unas carcajadas femeninas, inconfundibles, detrás de la puerta oscura.

–Maricón –respondió una de las voces femeninas–, aquí no hay ningún Ibrahín, ja, ja, ja. Cágate.

Trató de procesar aquella respuesta inverosímil pero lo único que se le ocurrió fue responder:

–Pedazo de puta, ¿dónde estoy?

Se escucharon susurros, como si las mujeres detrás de la puerta estuviesen discutiendo qué hacer.

¿Es que, acaso, los guardias de esta mezquita son mujeres?, pensó el Patricio

–Ya sabemos tu nombre, pajúo. Te llamas Patricio. Tenemos tu cartera.

De nuevo las risas de las mujeres se le atornillaron como un enigma al Patricio en las orejas.

¿Te llamas Patricio? Tenemos tu cartera.

Entonces, con un chirrido –en medio de la oscuridad, que ya no era tanta– se abrió la puerta y aparecieron dos figuras, que, evidentemente, eran mujeres.

No podía distinguir las ropas con las que estaban vestidas pero eran mujeres por los peinados y la manera de moverse –sinuosa–, contra el fondo oscuro de la habitación.

Una de ellas dijo:

–Encontramos tus balas, cabrón.

Qué coño…

–Y ahora nosotras tenemos la pistola, así que no hagas ningún movimiento rápido, si no quieres que te metamos una bala en el ojo.

De nuevo las risas femeninas llenaron el cuarto. Se estaban divirtiendo en serio, éstas dos putas. Pero, ¿dónde estaba Ibrahín? ¿Las había dejado a cargo el puto imán?

Se acercaron, lentamente, como tanteando el terreno, como si temieran que él les hiciera algo. Lo cual era totalmente absurdo, estaba a su merced.

Siguió recordando:

–¿Rubí? ¿Eres tú?

–Claro que sí, imbécil –dijo una de las sombras chinescas que se enfrentaban a él, un poco más allá de sus pies.

–¿Qué fue lo qué pasó, Rubí? Cuéntame, por favor.

–Ahora sí que estás suavecito, ¿verdad? Te pareces a una gelatina. Pero hace un rato…

–Te las das de muy macho pero aquí la Rubí te ha dejado un par de recuerdos en la cara… –dijo una voz proveniente de la otra figura claroscura. El Patricio empezaba a entender.

–No le cuentes eso, ¿para qué? –otra vez las risas largas y agudas de las dos mujeres chinescas le trepanaron el cerebro.

–¿Qué coño me hicieron ustedes dos, pedazos de putas…

–Yo no te hice nada, todo lo hizo ella solita, mi amor.

–¿Y se puede saber quién eres tú?

–¿Yo? Rocío Luna. Una de las putas –hizo énfasis en la palabra– que te salvo de morir apuñalado. Por cierto, mientras estabas allí tirado como una plasta de mierda, mi amiga Rubí te ha dado tantas cachetadas que te ha dejado la cara como…

–Malditas perras…

De pronto las mujeres avanzaron como cobras en la oscuridad –lo pudo ver– y, sin transición, sintió que el cañon de un arma –no podía ser otra cosa– se le introducía en la boca.

–¿Te gusta así, cabrón –dijo una de las dos voces femeninas.

Luego sintió un sonoro paff en el rostro y se desmayó.

El comisario general Ramón Cabello estaba fastidiado. Muy fastidiado.

Esto se estaba convirtiendo en un cangrejo, en un caso complicado. Claro que sabía que, al final, lograría atratpar al asesino del periodista de, ¿cómo se llamaba? Ah, sí, El Vacacional. Vaya nombre. Un semanario de mierda que no vendía ni dos ejemplares en papel.

¿Huellas dactilares en la escena del crimen?

Doce huellas dactilares diferentes, a saber: las huellas, en el mostrador de la entrada, de una secretaria de nombre Yajaira, que, por lo demás, ya no trabajaba en aquel nido de ratas.

Uhmm, las huellas de un repartidor de comida china, de uno de esos locales de comida china del centro que no se sabía si servían carne de pollo o de gato.

Ah, muy interesante, las huellas de una de las prostitutas de la Av Norte, en las paredes, sobre la mesa de trabajo, en el baño, etc.

Al parecer, el periodista, de nombre… uhmmm, nota mental, ¿cuál es el puto nombre del periodista muerto?

En realidad, parecía una muerte por robo. Ya que el periodista había firmado un cheque –justo antes de la muerte, según el forense– de cincuenta millones de bolívares blandos. Nada mal para que una puta callejera lo matara.

También había las huellas de un repartidor de salmón, de nombre Patricio, vaya nombre ridículo, que, probablemente, le intentaba vender al idiota periodista un salmón de segunda, cuando es un hecho sabido que el mejor salmón viene de Noruega. No.

Las huellas de una masajista, de un repartidor de pizza, de una vecina de cuarenta y cinco año que –por cierto, estaba buena, o eso decían sus detectives.

Allí paró de contar.

Algo faltaba.

En fin.

Más jodida era la muerte en el Cantón chino. La propia policía del Cantón chino le había pedido ayuda, lo cual era totalmente inusual.

–Cabelo, quelemo acceso a tu base de dato. Muelte muy mala.

Se había reído del asunto. Ni de vaina. Estos hijos de puta habían nacido en Venezuela pero ni siquiera hablaban español. Que se fueran a joder a la tía de su madre. ¿O quizá se hacían los que no hablaban español?

Nadie podía saberlo.

El hecho es que en una barra de un restaurant chino de segunda categoría te vas a encontrar las huellas digitales hasta de Sun Yat Sen, el fundador de China. Impósible catalogarlas. No me jodas.

Seguramente era un arreglo de cuentas, ¿qué otra cosa podía ser tratándose de la cultura china, la cultura más corrupta de la historia?

Le empezó a doler la cabeza. Necesitaba respuestas, así de simple, respuestas o no sólo lo iban a joder desde arriba, sino que quizá lo dejarán sin pensión.

Y, sobre todo, la urgencia del Alcalde de los Cuatro Condados por recobrar a la Rubí Rodríguez. Todavía no eran las doce de la noche pero ya sabía que no iba a dormir esta noche.

Vaya una mierda.


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Cap VIII

 

Dispara y olvida VI

Novela de ficción. Síguela en 4Dromedarios

Por Ezequiel Borges

 

6

El imán

De nuevo el Patricio y la Rubí Rodríguez cruzaron una alcabala, ésta vez entre el cantón chino y el cantón musulmán. La alcabala era un arco de metal por debajo del cual transitaban los carros, eso lo sabía bien el Patricio como todos los caraqueños. La alcabala era un escáner gigante, repleto de sensores.

Tenía cámaras de luz normal y cámaras infrarojas que registraban la matrícula de los automóviles y los rostros de los pasajeros y transferían la información a una computadora central que los identificaba. Si el carro era robado o alguno de los ocupantes estaba siendo perseguido, el programa de identificación hacía sonar una alarma. No sólo eso, sino que el arco de metal –la alcabala–, en caso de alarma, le disparaba al vehículo un chorro de pintura metálica que no era más que un rastreador GPS.

Naturalmente, el chorro de pintura metálica que se adosaba al costado del carro producía un sonido como el de un puño contra la carrocería. Pum.

Todo esto lo sabía el Patricio –como cualquier caraqueño corriente–, y por eso cuando cruzó con su Toyota Sentien hacia turcolandia, suspiró profundo. No se había producido el golpe de la pintura rastreadora, es decir, que todavía su identidad era desconocida para las autoridades. O lo que es igual, que tampoco podían –todavía– rastrear su carro.

Tengo un poco más de tiempo, un poco más.

En todo caso, no tenía mucho tiempo y lo sabía. Tenía que reorganizarse, curar sus heridas –si las había– y seguir con el plan que, a estas alturas, estaba un poco desdibujado.

Su intención había sido siempre utilizar la pistola –la Walther PPK de su abuelo chileno– para conseguir dinero, no para matar a nadie, en realidad. Además, era un dinero que le debían y estaba cansado de que no se lo pagaran.

Se dirigió, raudo y tranquilo, hacia la Mezquita de la Piedra Negra. Turcolandia de noche era fantasmagórica y en muchas esquinas había figuras oscuras portando kalashnikovs y mirándote como si fueses un sapo en una piscina: como un intruso.

No importaba para nada.

La Rubí –su tesoro–, descansaba desmayada en el asiento del copiloto, dulcemente, como si se hubiera tomado una triple dosis de valium ore.

Contó mentalmente las balas que había disparado.

A ver:

Dos balas para el periodista arrastrao.

Tres balas para los cargadores de cables de la telenovela, la holonovela.

Dos balas para el pobre Huan.

Ésas últimas dos balas le habían dolido. El Huan era simpático, casi un hermano. Pero el Huan era un necio y lo había llamado chileno demasiadas veces.

No sabía si le quedaba una bala o no.

Todo dependía del modelo de PPK que tuviera en el bolsillo de la chaqueta de cuero; todo dependía de si la pistola cargaba siete, ocho o nueve balas.

Todo dependía del modelo de Polizeipistole Kriminalmodel que tuviese en el bolsillo, del modelo de Pistola de policía criminal que tuviera en el bolsillo de la chaqueta.

Lo que sí sabía es que era una pistola recortada, más pequeña que la Walther PP –la original–, que había dado paso a esta versión recortada para policías de paisano.

Una pistola pequeña es muy útil si eres un policía que persigue comunistas en las calles del Berlín de mil novecientos treinta y cuatro.

Te la metes en el bolsillo interior del abrigo y nadie la notará. Sin embargo, es bastante precisa hasta los veinte metros. Puedes dispararle a un comunista en una plaza sin que nadie te vea, paff, paff, y luego te la guardas y la engrasas en tu casa, mientras la mutter te hace la cena.

–¿Otra vez col y salchichas grasosas, mutter? –le puedes decir a tu madre, mientras engrasas tu pistola. Porque tu pistola te conducirá al partido y el partido te llevará a otra vida.

Otra vida, hay que dejar todo atrás.

En eso el Patricio estaba de acuerdo con los viejos nazis y con los fabricantes de la pistola que todavía llevaba en el bolsillo de la chaqueta de cuero negra, mientras se adentraba en el cantón musulmán, comúnmente conocido como turcolandia.

Sacó la cabeza por la ventaba del carro y se aseguró de que los vigiglobos no estaban sobre él. Era seguro que nadie lo seguía. Fue manejando muy despacio por entre las calles estrechas en las que –de vez en cuando– se escuchaban los tiros al aire de los jihadyn que celebraban a Alá.

Una bala, de pronto, impactó el vidrio del frente y lo atravesó con un sonido cristalino. Una lluvia de cristales lo bañó al Patricio y a la Rubí se le hizo una raja en la sien derecha y la sangre le empezó a manar como si nada.

La diva ni siquiera suspiró.

Patricio perdió el control del carro que giraba y hacía eses y golpeaba las aceras.

De pronto, todo se detuvo.

Se escucharon un par de tiros más.

Luego, nada.

El carro se había apagado, así que le dio una orden verbal:

–Préndete.

Brum.

Siguió manejando por diez minutos en el barrio árabe que era algo así como la Franja de Gaza; un barrio sin luz donde el sonido de los disparos al aire se confundía con el sonido de la música ululante.

En una calle ciega se detuvo e hizo un cambio de luces. Chas, chas.

Una puerta se abrió y el Patricio se bajó cargando a la Rubí como si fuese un costal de papas hasta adentrarse en un pasillo oscuro que olía a incienso y que estaba iluminado por unas velas rojas.

La puerta que había dejado atrás se cerró con un clak y sintió en la espalda la punta de un puñal. Alguien dijo en español:

–Te estábamos esperando, infiel. Camina.

Caminó con la Rubí en los brazos por incontables pasillos sinuosos hasta que el hombre del puñal le dijo:

–Para.

Se detuvo en la oscuridad pensando que quizás aquí lo iban a matar, que hasta aquí había llegado. Aunque, por otro lado, Ibrahim no lo mataría sin saber qué cosa había venido a hacer el Patricio en sus dominios.

Aquel pensamiento lo reconfortó un poco. Lo suficiente como para acariciarle el pelo a la Rubí y para descubrir en su mano rastros de sangre. No obstante, la hemorragia se había detenido y la sangre se le había hecho más gruesa y más negra en la frente a la diva. La Rubí estaba bien, pensó. Le tomó el pulso por si acaso. Al menos tenía pulso, constató.

De pronto, frente a él, se abrieron unas cortinas y una potente luz amarillenta lo cubrió como si fuese –sin transición– el espectador de una obra de teatro.

–Infiel –dijo la voz de Ibrahim–, acércate.

–Maricón –dijo el Patricio, más o menos con voz recia–, quítame al cabrón del cuchillo de la espalda. Soy Patricio.

–Abdel Alim, deja al infiel tranquilo.

De inmediato, desapareció el cuchillo de la espalda del Patricio y logró éste enderezarse, no sin un respingo. Recordaría ese puñal pronto el cabrón que se lo había puesto en la espalda, claro que sí.

–Chileno infiel, ¿qué te trae a la casa de Alá?

–Ibrahín, errrr, señor imán, le vengo a cobrar lo que me debe.

–Te refieres, infiel, ¿a peces con escamas y aletas, que son los únicos que podemos comer los elegidos?

–Me refiero, perdona, a los ciento cincuenta kilos de salmón que me debes, Ibrahím, ni más ni menos.

–Ah, un hombre que valora las matemáticas. Nosotros, los musulmanes, para tu información, chileno, fuimos los que preservamos la matemática pitagórica de los años oscuros…

–Por favor –interrumpió el Patricio–, Ibrahím, no me jodas con tus historias. Quiero mi dinero.

Para el Patricio se estaba complicando la situación de una manera muy seria. Tenía prisa y el idiota imán parecía tener todo el tiempo del mundo. Para más vaina, la Rubí estaba desmayada en sus brazos y no sabía si se iba a despertar. Tendría que escapar, joder, sin cobrar.

Coño, coño, rápido, Patricio. Haz algo.

El punto era que no sabía si acaso le quedaba una bala, si sólo hubiera revisado bien la información de Internet Kuantum… había tres tipos de PPK, coño, una de siete balas, una de ocho balas y una de nueve balas.

No sabía. Él no había cargado la pistola, la pistola estaba cargada cuando le llegó de Chile, vía General Express. Claro que sí sacó el cargador y lo volvió a poner un par de veces, con un click –como prueba– pero nunca contó las balas.

¿Siete balas, ocho balas o nueve balas?

Aunque, por otro lado, Ibrahim –el idiota imán–, no sabía que él no sabía cuántas balas tenía. Ajá.

Las pupilas se le habían cerrado al Patricio y ahora veía el espacio enfrente:

Una especie de spa a la manera árabe. Con corrientes de agua que terminaban en una pequeña laguna donde una mujer desnuda dejaba ver dos senos rosados justo sobre la línea del agua.

No dudó más:

–Acércate, Ibrahim, que si no te mato –y lo dijo sacando la PPK que nadie le había quitado y apuntándosela al imán a la cara.

–El hombre infiel es un traidor y nunca será tan viril como el hombre musulmán, chileno…

–Puede ser pero si yo fuera tú –le dijo el Patricio, apuntándole–, pedazo de imbécil, me pagaría mi dinero. Digamos diez mil dólares.

–Ja, ja, ja. Un hombre de Alá..

El Patricio le asestó un culatazo con la PPK al imán y lo vio caer al piso, manchada la frente con una sangre que se le hacía al Patricio ridícula y muy merecida.

Se volteó y encontró una daga curvada frente a él, la daga de Abdel Alim, el sirviente de Ibrahim. Abdel hacía eses con la daga frente a él, mientras el Patricio con una mano cargaba a la Rubí y con la otra a la pistola.

Éste hijo de puta, ¿de dónde salió?

Pero el verdadero problema era que Abdel podía lastimar a la Rubí que le hacía de protección al Patricio sin querer, mientras el Abdel lanzaba cuchilladas. Y, coño, el Patricio no sabía si le quedaba una bala o no.

De pronto, justo cuando el Abdel iba a cortar a la Rubí, alguien se le encaramó por detrás y le metió los dedos en los ojos furiosamente.

Por un instante, el Patricio vio a una chica caer hacia atrás y al Abdel intentar apuñalarla.

Luego, estaban los tres en el carro, en el Toyota Sentien:

Patricio, la Rubí y la chica extraña.

–¿Cómo te llamas? –le preguntó Patricio a la chica, mientras conducía el Toyota hacia el próximo cantón.

–Rocío Luna. Sigue manejando, cabrón.


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