Fotografía

Fotos viejas

Por: LACSzz

Fotos: ac

A veces uno siente que se pierde en el tiempo. Suena cliché, pero solemos subestimar esas sensaciones con calificativos como kitsch o güevonada. Tal vez porque no tenemos la capacidad de aceptarlas y aprender de ellas, ya por miedo o por comodidad. Pero sí, perderse en el tiempo no es asunto de un efecto sobrenatural, es algo más común de lo que estamos acostumbrados.

Un día, revisando fotos viejas —como la salsa baúl, otro cliché más—, encontré unas fotos que me dieron esa sensación de extravío de la que les hablo. Mirarte desde la distancia, ver qué veías antes y no reconocerte. Darte cuenta de que has cambiado. No reconocerse frente al espejo del pasado, perderse en el tiempo.

Aquella mirada infantil, aquella curiosidad, aquella imprudencia. Desdoblarme para verme a mí mismo mirando el mundo. Estas fotos no tienen mayor virtud. No son excelentes fotos. Técnicamente tienen errores. Son impresiones mal conservadas. Están intervenidas por el tiempo y por destiempo; y aún así son capaces de eso en mí.

Al verme allí tan niño, tan simple y sencillo, me pregunté: ¿qué hay de ese niño en mí? Y aún más: ¿qué hay de esa gente en mí, de los paisajes, de la fe, los pescadores, la represa? Todo aquello que era parte de mi vida. Ahora son solo imágenes, recuerdos en tintas, universos hechos papel, atrapados y manipulados, con sus alas pegadas con alfileres al anime para el deleite de las arañas y el polvo.

Pero ahora que las veo cobran vida ante mis ojos. Puedo sentir la brisa de la represa de ese día. La lluvia cayendo frente al camino misterioso. La esperma quemándome las manos en la procesión. La corneta de los carros. La bosta entre las botas. El agua salpicando desde el canal. Cobran vida en un presente distante, hasta que yo deje de mirarlas.

Por eso las compartí. Me pregunto si ustedes pueden oler las velas. Sentir la lluvia o la brisa de la represa. Pero no puedo esperar tanto de ustedes. No pretendo que estas fotos logren esos sentimientos en ustedes. Pero tengo la esperanza de que al mirarlas pueda moverme de nuevo; y ver al hombre sacar una cachama, y la gota desesperada por caer en el suelo, o los hombres llegar a su trabajo, y que la plegaria de la mujer sea por fin escuchada, y la niña por fin levante su castigo de observar. Que los niños dejen de calcinarse en el sol para caer entre el abrazo del agua.

Allí estoy yo, entre ellos, como testigo cómplice de ustedes. Peor aún: consciente de que está en sus manos nuestra libertad, la posibilidad de movernos.  Pero estarán allí por siempre, condenados al yugo del recuerdo, del tiempo, con la fe de que algunos de ustedes puedan hacerlas mover, y la vaca deje de estar condenada por siempre de rodillas al tiempo.

 
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Fotopoema: El corazón de la Torre de David

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Palpito de Caracas, te alabamos al despertar y al dormir

Llegamos buscando el calor que nunca hemos sentido

Nos acostumbramos a amarnos entre pistolas y abrazos

Palpito de Caracas, te cantamos de día y de noche

En pasillos de aire denso enterramos nuestros nombres

En los cuartos de David cavamos nuestros apellidos

El motor crujió. El llanto del bebé se ahogó. El arma fue accionada.

Nuestra sangre quedó sepultada en las paredes de David

Palpito de Caracas, te escuchamos y te obedecemos.

Desde la cima te miramos, Caracas, moviéndote sin prestar atención a ningún instante.

Mientras tanto, nosotros seguimos paralizados hace 20 años.

El eco de David que se mete entre las sábanas.

Somos la sequía de las tuberías, somos los pasillos de la sombra, somos la muñeca abandonada sobre una alcantarilla, somos los ladrillos erosionados, somos la sombra de Caracas; la sombra de las sirenas de las patrullas.

Llanto de David, te alabamos de noche y de día.



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El fotógrafo venezolano que recorrió el mundo por “accidente”

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Javier Cedeño | @JAVIERCEDENOCA

Andrés San Juan, antes de dedicarse a la fotografía, estudió medicina en la Universidad José María Vargas, pero no culminó la carrera. En búsqueda de su vocación, decidió estudiar derecho en la Universidad Central de Venezuela. Se sintió a gusto con la profesión y obtuvo el título de abogado. Para entonces, no pasaba por su cabeza que accidentalmente se iba sumergir en un proyecto que le llevaría a retratar la forma y el estilo de vida de habitantes de diez países en todo el mundo.

Un año antes de culminar su carrera universitaria, Andrés San Juan escribió un guión cinematográfico. Se dedicó a enviarlo por email a muchos especialistas para que lo corrigieran y lo orientaran a mejorar su forma de escribir. “A Enrique Lazo le gustó mi guión, me invitó a hablar con él y decidió hacer un taller informal conmigo. Cuando lo culminé, Lazo me recomendó que estudiara cine. Tomé su consejo, realicé los trámites para poder salir del país y me fui a Madrid”, explicó San Juan.

El artista ingresó al Instituto del Cine de Madrid, en el cual estudió dos años de dirección. Allí también realizó dos diplomados en dirección de fotografía. “Allí aprendí mucho gracias a mi profesor Oscar Durán. Él no se enfoca en las fotos, sino en la historia que está detrás de la foto. Es un director narrativo”, agregó.

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Pero el destino de San Juan cambió a causa de un accidente. Por salvarle la vida a su perra, fue atropellado por un automóvil. A la mascota no le pasó nada, pero él fue golpeado en la pierna. El conductor costeó los gastos médicos y, además, pagó una indemnización al fotógrafo con la que cubrió los gastos de pasajes, viáticos y el libro que será publicado en los próximos meses.

“Que me atropellaran fue el cambio de mi vida. Mi perra no se murió, a mí me dieron un dinero y pude cumplir mi sueño. Un día estaba hablando con mi novia y le dije: ‘Voy a comprar cinco pasajes de una vez’. Así fue, compré boletos para Irlanda, Londres, Marruecos, París y Berlín”, narró.  

Caracas/Madrid

Antes del “fortuito” accidente, Andrés San Juan estaba desempleado, no poseía los recursos económicos para viajar, pero sí contaba con el tiempo suficiente para fotografiar su vida en Madrid. Con la cámara analógica de su madre experimentó todo el proceso de revelado.

“Todo el proceso desde que tomaba la fotografía lo hacía yo. Lo que hice fue fotografiar mi vida en blanco y negro. Ese proyecto se llama ‘Madrid sin colores’ y ahí fue cuando comencé con lo de Texto-imagen”.

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Con “Madrid sin colores” expuso dos veces en la capital española. En cada una de las imágenes incorporó textos relacionados con sus vivencias en Venezuela. “Es una mezcla de lo que yo viví aquí  en Venezuela y lo que soy en Madrid. Uno cambia cuando se va, uno se hace de aquí y de allá, a donde tú te vayas lo vas a llevar. Si yo me hubiese ido para Miami te aseguro que no sería el mismo”.

Sudaca Frames: Por la carretera

En el libro  Sudaca Frames: Por la carretera Andrés San Juan documenta la cotidianidad de 10 países a través de imágenes callejeras tomadas a lo largo de diferentes travesías.”Yo intenté hacer lo que relata Jack Kerouac en su libro  En el camino. El autor formó parte de la generación  Beat  de la década de 1940. Era fanático del Jazz y realizaba viajes con sus panas a lo largo de Estados Unidos”, explicó.

Irlanda, Portugal, Marruecos, Francia, España, Egipto, Tailandia, Camboya, Vietnam y Laos fueron los países que recorrió San Juan con la visión personal del lente de su cámara y una letra rebelde e irreverente.

Su primer recorrido lo hizo por Irlanda, pero no fue lo que esperaba: “A las personas de ese país no les gustaba hablar. Había mucha gente ebria llorando en las calles, las personas me rechazaban”.

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A raíz de esa experiencia se desanimó y no quiso visitar Londres. Decidió ir a Marruecos, donde vivió una sensación distinta, fue el primer viaje en el que se sintió cómodo con las personas locales. “Los viajes que yo hago los vivo al máximo. Me levanto a las seis, me emborracho, comparto. De lo contrario no habría fotos. El proceso es muy importante. En el libro siempre hay una mezcla entre la experiencia real y lo que yo viví. Hay más de 70 mil palabras. Es una novela de fotografías”.

De cada uno de los lugares que visitó San Juan se trajo “un pedacito de ellos”:

  • Portugal: “debes contemplar. Un país entero donde se puede apreciar desde cualquier rincón el atardecer. Siempre hay un ocaso”.

  • Sur de Francia: “ahí la gente puede ser artista sin sentir vergüenza de serlo. Es un lugar donde no se mide al artista por el éxito que tenga, simplemente eres artista y punto”.

  • Egipto: “cuando fui a las pirámides no les tomé fotos. Fotografié a los trabajadores egipcios y a los caballos notablemente agotados de tanto transportar turistas”.

  • Costas españolas: “me arriesgué al acampar en las costas españolas porque es ilegal. Ellos tienen esa ley para que las personas que visiten las costas paguen para poder hospedarse”.

  • Sur de Asia: “después de ir a ese continente me di cuenta de que aquí no somos pobres. En Camboya conocí unos niños que vivían en un charco, como en unos palafitos, pero muy desgastados y humildes. Convivían en la suciedad y a pesar de eso sonreían”.

“Te tienes que permitir ser inocente, vivir dejándote entusiasmar por el camino, entenderlo y creer que de verdad hay magia en el mundo. Sal, arriésgate, exponte. Emborráchate un día en un bar y experimenta qué es lo que pasa. Yo aprendí que en realidad lo bonito es lo sencillo. Quiero mostrar a la gente que está ahí, al mismo tiempo que nosotros estamos aquí”.

Fotografía Analógica

Lo que más le gusta a Andrés San Juan de las cámaras analógicas es la textura de las fotografías. El fuerce de la película y cruce del revelado permiten obtener un grano denso, contraste alto y colores saturados y alterados. Aunque el resultado posterior es intensificado de manera digital.

“Cuando pongo el ojo en un digital no veo la vida, veo lo mismo que estoy viendo aquí. Con la analógica solo tienes 36 fotos. Disfruto el proceso posterior. A veces veo la fotografía hasta tres meses después. La técnica digital va muy rápida, yo necesito enamorarme otra vez”.

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De esta forma Andrés San Juan logra una textura “sucia” en la fotografía que contrasta con el sujeto de la misma.