Lautaro Vincon

Otra mirada a la oscuridad – En torno a True Detective 3

Foto: HBO

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Lautaro Vincon* | Buenos Aires (Argentina)


All this life. All this loss.

What if it was just one big story that just kept going and going until it healed itself?

NIC PIZZOLATTO, True Detective (temporada 3)


En nuestra infancia, el arquetipo del monstruo no es más que una criatura indescriptible que vive agazapada a los pies de la cama cuando nos acostamos por la noche. Está debajo del colchón, se esconde dentro del placard, rasguña las ventanas. Quizá espera en el pasillo cuando lo atravesamos a oscuras de camino hacia al baño, o aguarda a que nos asomemos en la cocina porque la sed nos despertó antes del amanecer. Se fundamenta en los miedos que heredamos genéticamente de nuestros ancestros, el temor innato a la negrura que parecía abarcarlo todo más allá del círculo de fuego ante el cual se sentaban los primeros Hombres. Allí residían las bestias, que a pesar de ser repelidas por el calor, jamás dejaron de encarnar el peligro y la muerte misma. Con el paso del tiempo, la civilización trajo acarreada la comodidad y, en cierta forma, una seguridad a medias. Esos animales salvajes que rondaban la sabana, que esperaban en la espesura, que dormitaban en cavernas, fueron reemplazados por nuevas preocupaciones producto del auge y debacle de los sistemas en los que el Ser Humano moderno, lo quiera o no, se ve envuelto. Hoy, la intranquilidad por la seguridad de nuestros hijos depende de los delitos cometidos dentro de los sitios por donde nos movemos, desde robos, pasando por secuestros, asesinatos o lugares que sufren terrorismo desde una escala ínfima hasta las zonas de guerra del Medio Oriente. Otras formas de desvelo, sin ir más lejos, aunque no por eso menos importantes, son las cuestiones colindantes a la salud y la educación, el pago de impuestos a fin de mes, la permanencia en los trabajos, las relaciones intra y extrafamiliares. Los monstruos infantiles cambiaron, tomaron forma, se asentaron. Somos adultos. No hay nada en nuestro placard aparte de ropa. Nada debajo de la cama aparte de polvo. No le tememos a nada. Excepto, a la realidad.

Nic Pizollatto (1975 – escritor, guionista, director y productor estadounidense) parece haberse dado cuenta de lo anteriormente expuesto. En la tercera entrega de su serie True Detective –cada temporada es autoconclusiva y narra las vivencias de personajes distintos– dejó de lado ese miedo irracional a lo desconocido, cargado de referencias al horror cósmico de Lovecraft y R. W. Chambers que se vio en la primera, y se decidió por dotar a la historia de miedos reales, racionales, de esos que nos persiguen en el día a día.

Allá por 2014, en el auge de las series televisivas, True Detective 1 llegó para quedarse y ganar el corazón de miles de espectadores. Dirigida por Cary Fukunaga, y protagonizada por los renombrados Matthew McConaughey y Woody Harrelson, sus ocho capítulos situados en Louisiana estuvieron tan bien presentados que todavía hoy, cinco años después, siguen resonando en Internet los diálogos existencialistas que reflejaban el pesimismo de Nietzche o de Ligotti entre los dos detectives mientras seguían la pista del asesino en cuestión. Tras la partida de Fukunaga, True Detective 2 (2015), que rebalsaba de expectativas, dejó mucho que desear. Si bien las actuaciones de Rachel McAddams, Colin Farrell y Vince Vaughn no estuvieron nada mal, las críticas de la audiencia no tardaron en llegar; sobre todo por situaciones y armado de personajes que parecían forzados (como es el caso de McAddams o Kelly Reilly –actriz que cumplía el rol de esposa de Vaughn–; protagónicos femeninos que habían sido creados debido a los comentarios de un público que aseguraba que Pizzolatto no sabía escribir mujeres). A pesar de todo, la nueva historia, emplazada en California, había perdido algo –mucho–: el ambiente sombrío de la primera temporada.

En esta tercera entrega, Pizzolatto dejó de lado el fracaso engorroso que lo seguía de cerca y volvió a sus orígenes de la mejor manera posible. La oscuridad sigue presente y volvió para quedarse, aunque ha evolucionado.

Mahershala Ali (dos veces ganador del Oscar como actor de reparto en las películas Moonlight y Green Book) interpreta al detective Wayne Hays. Lo acompaña Stephen Dorff en el papel del detective Roland West. El secuestro de los hermanos Julie y Will Purcell deviene en la desaparición absoluta de la primera y el encuentro del cuerpo sin vida del segundo. La historia se cuenta en tres líneas temporales: los ’80, los ’90 –cuando se reabre el caso– y la actualidad –cuando Hays, anciano y víctima de pérdidas de memoria que se agravan es entrevistado por una documentalista especializada en crímenes no resueltos–. El escenario es la meseta de Ozark, una región montañosa y sumamente arbolada en el Medio Oeste de los Estados Unidos. El ambiente desolado del pueblo comparte ese aire opresivo de la primera Twin Peaks. La investigación lleva a ambos protagonistas tras las pistas de un asesino que parece rondar no solo la precariedad de esa región de Arkansas en plena década de los ’80 sino también los bosques, dejando a su paso dados, cartas, juguetes y muñecas de pajas.

A medida que avanza la trama, el papel de Amelia Reardon –interpretado magistralmente por Carmen Ejogo–, maestra de los hermanos Purcell y aficionada a los poemas de R. P. Warren, toma un rumbo protagónico al entablar una relación amorosa con Hays (Ali), quien se muestra reticente al contacto con los demás debido a ser veterano de Vietnam, experiencia que lo obliga a cargar con el peso y las cicatrices que toda guerra deja no solo en el cuerpo sino en el alma. De esa manera, se va construyendo un matrimonio que da como resultado dos hijos. Amelia y Hays se vuelven padres. Las discusiones se tornan habituales al quedar en evidencia el poco tiempo que él pasa con los chicos. Hays, que no puede evitar su tendencia a la soledad, intenta recapacitar y salvar a su familia antes de que esta se hunda víctima del divorcio. Lo mismo le sucede a la amistad que comparte con West, erosionada por los silencios y la obstinación de Hays. Como si fuera un macro reflejo del protagonista, la sociedad misma se ve envuelta en una espiral descendente que amenaza con implosionar y destruirse sobre sus propios cimientos.

En True Detective 3 hay de todo y para todos los gustos. La oscuridad social es ese monstruo adulto y realista al que Pizzolatto decidió aferrarse para narrar esta nueva entrega –recurso bastante similar que supo hacer en su libro de relatos “La profundidad del mar amarillo”–, para alejarse a pasos cortos del Rey Amarillo que habita la laberíntica Carcosa y que, desde allí,  parece mirarnos con su ojo omnipresente. El monstruo no se escapa de un abismo en las profundidades de un imaginario colectivo que fue construido durante siglos; el monstruo esta vez es tangible y, como lo vengo vaticinando, está a la vuelta de la esquina: la nueva temporada cuenta con un abanico de incontables personajes rotos. El prejuicio y el racismo están al pie del cañón: un veterano de guerra que, por vivir en la indigencia, se vuelve sospechoso; Hays mismo, que es mirado con desconfianza por el simple hecho de pertenecer a la comunidad afroamericana; el padre de los hermanos Purcell ‎(Scoot McNairy), acusado de ocultar su homosexualidad. Hay mucha pobreza flotando, también, donde el mundo rural en el que apenas se puede sobrevivir se mezcla con trabajos mal pagos y con pocas miras de ascenso; hechos estos que llevan a las noches de cerveza y penas en los bares del pueblo, o, en un extremo, al alcoholismo y los trabajos clandestinos como la corrupción y la prostitución –la madre de los hermanos Purcell (Mamie Gummer).

Caso aparte el hecho de que Lovecraft no se ha ido por completo. Queda en evidencia el libro de Will Purcell que hayan los detectives: “Los bosques de Leng”. Si bien el libro en cuestión no existe, le debe su título a la meseta de Leng, ubicación en la que, según la ficción  del maestro del horror cósmico, chocaban todas las realidades posibles. Lo que nos hace preguntar: ¿los chicos, entonces, fueron absorbidos por una entidad sobrenatural? ¿Dónde están realmente? Stephen King –otro seguidor de Lovecraft– también es traído a colación mediante dos detalles: la niebla, esa niebla densa que es otro elemento presente en su obra, hace acto de aparición en la escena en que el pueblo entero peina la zona en busca de los hermanos. ¿Los Purcell están ahí y nadie puede verlos? Por otro lado, quizá es casualidad, y quizá no, que West, el compañero de Hays, se llame Roland, igual que el pistolero de la saga “La Torre Oscura”. Se nota que a Pizzolatto le costó desprenderse de sus influencias fantásticas, y yo, por lo menos, lo aplaudo de pie por eso.

Hay misterio, hay un crimen y una investigación policial de procedimiento clásico contada en tres tiempos, pero sobre todo hay Humanidad: hombres y mujeres que sufren lo cotidiano, que lloran escondidos porque aman y temen amar. Porque amar, después de todo, es sufrir por la pérdida del ser amado, sea un marido o una esposa, un amigo, un hijo. Amar es morir de a poco, porque morimos un poquito cada segundo mientras el tiempo se disuelve como arena entre nuestros dedos. ¿Será que Hays, en la senilidad que sufre en la actualidad, le escapa a la muerte? ¿Será que no deja de verse a sí mismo y a los fantasmas de su pasado porque quiere seguir viviendo en sus propios ecos arrojados a la marea de sus recuerdos fallidos? ¿Será que, a pesar de todo lo ocurrido, está aún dando vueltas en ese enorme y selvático laberinto que fue Vietnam para no afrontar el mismísimo paso del tiempo que jamás dejará de consumir al mundo?

En su poema “Caliban upon Setebos”, Browning, a través del shakesperiano Calibán, decía en uno de sus versos: a bitter heart that bides its time and bites –un corazón amargo que aguarda su momento y muerde–; el Tiempo, que es como una rueda y, si lo subestimamos nos puede devolver al mismo lugar del cual partimos, es eso, ni más ni menos: la amargura que espera su momento porque sabe que, tarde o temprano, podrá mordernos. El Tiempo es una creación humana, y al percibirlo, tememos que se nos acabe porque ello significaría el fin al que nadie le escapa. El que lo hace queda perdido en la repetición sin sentido de un mundo en el que los monstruos ya no esperan a la noche para asustarnos. La oscuridad, aunque nueva, es y será siempre la misma. Lo afirma Pizzolatto, lo reafirma Rust Cohle, y Wayne Hays termina por convencernos: está adentro, en lo más profundo de nosotros. Y jamás se irá.


LAUTARO VINCON

(Buenos Aires, 1991)

Escritor sin seudónimo, fotógrafo aficionado, músico improvisado. Se pasea entre la ciencia ficción, la fantasía, el thriller, el terror y la weird fiction. Le gustan el café, los videojuegos y los gatos. Asistió al taller de escritura de Leandro Ávalos Blacha. Actualmente colabora en la revista digital venezolana “4 Dromedarios”. Facebook: /vinconlautaro




Antorcha

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Lautaro Vincon* | Buenos Aires (Argentina)

Emilia se dio cuenta de que el auto de policía los seguía cuando ya lo tenían a cincuenta metros. Codeó a Octavio. Él lo había notado hacía rato. No iba a parar. ¿Quiénes se creían para hacerles luces y frenarlos en medio de la ruta? Emilia recalcó que no era moco de pavo, que era la policía. Octavio dijo que le importaba tres carajos. Esas actitudes eran las que a Emilia le quitaban las ganas de seguir a su lado. Que quién se creía este, que quién se creía el otro. La prepotencia a flor de piel. La misma que su madre, una viuda mandona que había llegado de España hacía medio siglo y ahora creía que podía comerse el mundo. Emilia había pensado en separarse más de una vez y usar de excusa a su suegra. Los platos con el escudo de Galicia la tenían harta; el lobito marino del modular que cambiaba de color según el clima también la tenía harta; incluso el gato, viejo y gordo, a pesar de que Emilia adorara a los animales. Cualquier excusa era buena cuando una estaba decidida. Octavio había salido igual a su madre. Nadie tenía razón excepto él.

El encontronazo con Ferreyra en el baño del salón donde la oficina había organizado la fiesta de fin de año había sido la gota que rebalsara el vaso. Emilia lo había hecho para comprobar si podía salir de ese círculo vicioso que se había formado entre Octavio y ella. Quería demostrarle que no siempre se podía tener la razón. Ferreyra estaba loco por Emilia. Le había arrastrado el ala durante gran parte del año. Emilia lo persiguió hasta el baño, lo arrinconó en un cubículo, se subió la pollera y el resto se dio por inercia. Con los días, dejó que todos sus compañeros hablaran. No intentó ocultarlo. Tarde o temprano, aunque no fuera por boca de ella, terminaría llegando a oídos de Octavio. Uno de sus compañeros en la distribuidora era conocido del novio de una chica de la oficina en la que trabajaba Emilia. Octavio le había preguntado por qué y ella se había encogido de hombros. Le preguntó si él fallaba en algo. Otro encogimiento de hombros. Al parecer, Octavio no había entendido que lo que buscaba Emilia era que él se diera cuenta solo, sin decírselo. No se podía tener siempre la razón; no se podía controlar todo, todo el tiempo.

La respuesta de Octavio había sido un fin de semana en pareja, para reavivar el amor que se estaba perdiendo. Si Emilia había aceptado era porque le parecía genial la idea de llenarlo de esperanza y abandonarlo a la vuelta.

Así que ahí estaban, en plena ruta y de noche, con la policía detrás de ellos.

Octavio aceleró. La aguja del velocímetro fue de izquierda a derecha en pocos segundos. Emilia se aferró al asiento.

—¿Qué vas a hacer?

—Esperá y te vas a dar cuenta. Vos, tranqui.

El coche policial fue quedando atrás, apenas una mancha. Octavio apretó el volante y bajó algunos cambios mientras pisaba el freno. Apagó las luces del auto. Se desvió hacia la banquina. Avanzó algunos metros hasta confundirse con unos pastos crecidos que había en el descampado. El rugido del motor cesó. Emilia quiso saber qué pretendía. Octavio le chistó para callarla. La policía pasó de largo. Los árboles del otro lado de la ruta se tiñeron de azul.

—Ni se dieron cuenta de que estábamos acá, ¿viste?

Emilia rió. Octavio creyó que, con su risa, lo estaba festejando. Seguía tan estúpido como siempre.

Esperaron un rato. Emilia, en silencio. Octavio, sin dejar de jactarse de su gran hazaña al evadir a la policía. Todo un macho con un coeficiente intelectual que superaba al de Einstein. Intentó encender el motor. Ni un sonido. Tres, cuatro, cinco intentos más.

—Me vas a matar, pero me parece que se fundió —dijo tras salir y revisar con la linterna de su celular.

—¿Y ahora?

—Llamo a la grúa.

—¿Vamos a pasar la noche acá?

Octavio se encogió de hombros. Emilia quiso ahorcarlo ahí mismo.



***



Octavio empezó a gritar. A Emilia le costó abrir los ojos. Se habían dormido después de estar en silencio durante un rato, por no decir que ella se había dejado llevar por los ronquidos de él. La maternidad, le habían dicho a Emilia, despertaría un instinto especial. Con el llanto del bebé, saltaría de la cama como si tuviera un resorte en el culo. El único problema con eso era que, a corto plazo, no se veía embarazada. Y menos de Octavio. Cuando pudo acomodarse en el asiento de cuero viejo, levantó la cabeza. Lo vio a su lado, con las piernas retraídas y la pera sobre las rodillas. Formaba una pelota con todo su cuerpo. Miraba hacia afuera. Lo único que se podía apreciar por las ventanillas o el parabrisas del auto era la oscuridad del campo desnudo.

—¿Qué pasó?

—¿Lo viste?

—No.

—Estaba parado al lado del capó y nos miraba.

—¿Quién?

—Un tipo.

—No vi nada.

Octavio bajó la ventanilla. El aire frío se coló en el interior del coche. Asomó la cabeza. A los segundos, volvió a sentarse. Subió de nuevo la ventanilla. Quiso seguir hablando del asunto pero, a pesar de los nervios, se quedó dormido al instante.



***



Emilia no había oído la puerta al abrirse. Tampoco lo había oído levantarse. Estaba sola. Octavio se había ido. Sobresaltada, se sentó y pegó su cara al vidrio. Afuera no había movimientos. Entre quedarse adentro y esperar la grúa o salir a buscarlo, prefirió lo segundo. Lo llamó a los gritos. Su voz, arrastrada por el viento, se perdió. Con la linterna del celular iluminó los yuyos a su alrededor. Caminó en círculos, buscando algún signo de Octavio. Una huella en el barro. Algo que se le hubiera caído de los bolsillos. Una prenda de ropa. Notó lo lejos que estaba del coche cuando pisó el asfalto de la ruta. Miró hacia atrás. El techo del auto reflejaba la luna en cuarto creciente. Si la luna estaba a sus espaldas, ¿qué era el resplandor que atravesaba los árboles delante de ella?

Apagó la linterna. Se quedó dura donde estaba. El resplandor bailaba entre los troncos flacos. Se alejaba cada vez más. Emilia intentó no hacer ruido al andar. Se internó en el bosque. Más allá de la última hilera de árboles, un hombre sostenía una antorcha. Reconoció los contornos masculinos por el ancho de su espalda, la manera de mover las piernas, el grueso de los brazos. La llama, oscilante, aparecía y desaparecía. El hombre caminaba campo adentro. Y arrastraba un bulto. Otro hombre. Lo llevaba de los pies y golpeaba su cabeza contra el suelo.

Emilia los siguió. Marchaba detrás de ellos, casi al ras del barro. El pasto crecido rozaba su cara. Mantenía cierta distancia. Un tero gritó. Podía sentirse amenazado por la actividad nocturna imprevista. El hombre siguió su camino sin vacilar. Emilia se detuvo y esperó. Continuó al notar que se estaba quedando atrás.

Si hubiera elegido bien, no tendría que haber estado ahí, la panza sucia y oliendo la bosta de alguna vaca que había pastado por la zona durante el día. La peor decisión, sin dudas, era querer salvar esa relación que ya no valía nada. O menos que nada. Se había aguantado y hecho de tripas corazón en vez de decirle que su tiempo juntos se había terminado hacía rato. ¿Para qué? Para quedarse en medio de la ruta con ese auto de mierda y Octavio perdido vaya a saber una por dónde. Él era una máquina de decir frases sin sentido y carcajadas que servían solo para atraer la atención de los demás. Actuaba como un adolescente las dieciséis horas que permanecía despierto y esperaba que esa fuese la fórmula para atraer personas a su círculo social. Jamás se mordía la lengua. Por supuesto, una de sus aficiones era opinar sin estar informado: usar la lógica, como decía él. La lógica no servía si faltaban los datos que la construyeran. Al contrario de lo que él creía, algo que su madre se encargaba de alimentar, oírlo decir esa lista de sinsentidos no era para nada entretenido. Era el punto cúlmine de lo incompleto. Un vacío que absorbía todo a su paso, como la había absorbido a ella. Octavio solo esperaba la expresión de sorpresa en el otro, la reacción, el cambio producido a partir de sus palabras, y parecía ignorar que lo único que producía en los demás era aburrimiento. Emilia lo había notado: la gente fingía escucharlo. La expresión “les entra por un oído y les sale por el otro” en forma literal.

El edificio, una caja gris en medio del descampado, imponía cierta civilización a ese desierto desconocido. La llama de la antorcha iba y venía, amagaba con apagarse y tomaba fuerza de nuevo. El hombre atravesó el umbral de la construcción. Emilia alzó la cabeza entre los yuyos. Indecisa, con temor a que el desconocido volviera sobre sus pasos y la descubriera, esperó a que el resplandor naranja fuera apenas una luz mortecina que se difuminaba en el interior del edificio.



***



En alguna radio escondida sonaba el tango “Yo soy María”. Su abuela, María también, le vino a la mente. Aseguraba que Piazzolla la había compuesto para ella. Si se concentraba, Emilia podía oler el perfume a lavanda de su ropa. Los dedos flacos que le acariciaban la espalda al abrazarse. El contacto con sus rulos largos cuando se apoyaba en su hombro. La abuela María había terminado sus días en un lugar como ese. En la penumbra, mantenida a raya por la claridad difusa que entraba por las ventanas abiertas, se adivinaba el contorno de las cosas con una sola mirada de reojo.

El cartel sobre la puerta de doble hoja que decía ENFERMERÍA precedía al PABELLÓN C, un salón grande dividido por un pasillo ancho. Dos hileras de camas a los costados. Sobre las sábanas y los colchones con manchones oscuros, distintos objetos: un mazo de cartas, un cuaderno, lápices, una pelota de tenis. Como personas que se habían dormido de improviso, los piyamas percudidos sobre las cabeceras; las mangas colgaban hasta rozar los pañuelos de papel en el suelo de baldosas blancas y negras. Los azulejos agrietados de las paredes eran de un color verde lavado, donde durante años habían grabado los nombres de los internos y otras frases con tonos obscenos. Algunas camillas dispersas bloqueaban el paso. Emilia las esquivó sin moverlas. A toda costa, evitaba ser la fuente de un ruido inesperado que alertara a cualquiera que pudiese estar por ahí, a pesar de que el lugar, por obvias razones, tuviese toda la pinta de estar abandonado. Se sintió como si una fuerza más allá de su cuerpo la arrastrara, tirara de unos hilos invisibles. Tal cual como sucedía con el hombre de la antorcha que cargaba con el otro. Emilia y el arrastrado, dos muñecos de trapo.

Con la luz de la llama oscilante como guía, Emilia llegó hasta el final del pabellón. Cruzó otro pasillo. Entró en el comedor comunitario. Mesas redondas y sillas de plásticos caídas de lado. Vasos descartables aplastados. Charcos de un líquido que se pegaba a las suelas de sus zapatillas. Por la ventana del comedor podía verse el patio decorado con bancos debajo de los árboles altos y frondosos al que se accedía a través de una puerta vaivén.

Un fogonazo la sobresaltó. En medio del patio, el círculo de fuego de una hoguera iluminaba la noche. El hombre la había encendido con su antorcha. Emilia, que mantenía su postura agachada, se acercó hasta el marco de la ventana. Se asomó.

¿Qué pretendía el tipo ese? ¿Por qué bailaba de esa manera alrededor de las llamas? ¿Había notado que el otro se retorcía en el suelo?

—Ni se te ocurra acercarte a ayudarlo —dijo una voz detrás de ella.

Emilia se dio vuelta.

Otro hombre, un tercer desconocido, se ponía en cuclillas a su lado. Emilia reconoció al policía por su uniforme.

—¿Qué hacés acá?

Sin saber por dónde empezar, Emilia respondió:

—Se nos quedó el auto en la ruta.

—¿Vos y quién más?

—Mi novio.

—¿Ustedes son los que…? Les estaba haciendo luces para avisarles.

—¿Era usted?

—Sí.

—¿Avisarnos?

—Que no levantaran a nadie que hiciera dedo. Trasladaron a los internos del hospicio y uno se escapó. ¿Y tu novio?

—Me desperté y se había ido.

El policía se rascó la cabeza. Se alzó unos centímetros por encima del marco.

—¿Sabés quién es el que está en el pasto?

Emilia se acomodó a su lado y entornó los ojos para enfocar la vista.

Era un desconocido. O podía ser Octavio.

¿Podía ser Octavio? No había oído sus gritos ni lo había oído levantarse del asiento.

Negó con la cabeza.

—La radio no me funciona acá. No tengo señal. Vamos a tener que ir hasta el auto para avisar a Central de que lo encontramos y…

El policía dejó la frase por la mitad.

El tipo había levantado sobre su cabeza al arrastrado y lo había arrojado en la hoguera. Los gritos desgarraban el silencio del campo. Saltaban brasas. El quemado intentó alejarse del fuego y el interno lo pateó para que cayera de espaldas hasta quedarse tendido, sin moverse.

Emilia se llevó una mano a la boca para ahogar el grito. El policía murmuró un insulto.

—Rajá ya. Metete en tu auto. Encerrate y no le abras a nadie. Voy a detenerlo.



***

Emilia volvió sobre sus pasos. Piazzolla seguía sonando, ahora en otra canción que reconoció de oído. Tres disparos, o más, se impusieron sobre la música justo cuando salía del edificio. El bosque, cada vez más cerca. Tropezó. Raspó sus rodillas. Al levantarse, miró hacia atrás. En la entrada del hospicio, el interno sostenía la antorcha en su mano.

Emilia se puso de pie con esfuerzo, se impulsó con las manos en el suelo. Quiso no pensar en los gritos del hombre que la perseguía, en la llama que parecía una luciérnaga. Era imposible. Entró al bosque. Lo atravesó. La presencia del interno cada vez más cerca.

El alivio la inundó al salir a la ruta. En la banquina de enfrente, entre los matorrales, el auto de Octavio. Los pasos en cámara lenta; los metros hasta el coche, eternos.

Antes de entrar, lo vio por el parabrisas. Octavio estaba durmiendo en el asiento del conductor. Emilia abrió la puerta del acompañante, saltó adentro y accionó las trabas.

Octavio despertó.

—¿Dónde estabas?

—¿Vos dónde estabas? Fui a buscarte.

—Yo estaba acá. Nunca salí. De golpe, abrí los ojos y te habías ido. ¿Qué te pasó, de dónde venís?

Emilia miró hacia el bosque. Sin rastros de la antorcha entre los árboles. Sin luces azules. Sin gritos. Sin disparos. Ni un movimiento. Ni un sonido.

—¿Por qué no saliste a buscarme?

Octavio se encogió de hombros, como lo había hecho cuando ella le preguntó si pasarían la noche en ese lugar, con el coche roto.

¿Por qué esperar a mandarlo a la mierda hasta que volvieran de su fin de semana de amor, si a como venían las cosas todo se había acabado antes de tiempo?

Emilia no podía tolerarlo.

No iba a tolerarlo.

Octavio la ignoró y miró por la ventana. La interrumpió cuando estaba a punto de soltarlo todo.

—¿Qué hace ese tipo…?

Emilia se giró.

El campo.

El bosque.

La ruta.

Los yuyos.

La antorcha.


LAUTARO VINCON

(Buenos Aires, 1991)

Escritor sin seudónimo, fotógrafo aficionado, músico improvisado. Se pasea entre la ciencia ficción, la fantasía, el thriller psicológico, el terror y la weird fiction. Ha publicado cuentos y poesías en certámenes, y varios proyectos en auto-edición. Estudió en el taller de escritura de Leandro Ávalos Blacha. Más información en: www.facebook.com/vinconlautaro.