Mario Morenza

La isla donde anida la desesperanza

Foto:  @ACcinema

Foto: @ACcinema

Mario Morenza* | Caracas (Venezuela)

Los personajes en La otra isla asumen la desesperanza como una estrofa más del Gloria al bravo pueblo o del Das Deutschlandlied. Cuando me enfrento a la imagen de una isla, identifico (y enlazo) esa noción al vértigo horizontal del naufragio. Del mismo modo, no puedo evitar relacionarla a Odiseo en la isla de Circe, como mártir y emblema de la esencia humana en el aislamiento. Esta atmósfera enlazada (o anudada) al silencio será el bálsamo para el personaje de Edeltraud Kreutzer, que, indagando un poco, podría interpretarse su incertidumbre sobre la muerte de su hijo como una tramada excusa que ella instrumenta para encontrarse en otro espacio ajeno al propio, para alejarse de (sus) calles donde anida la tristeza. Y de esa tristeza refugiarse en una isla del Caribe, la isla que transformó a Wolfgang Kreutzer. 

Pero este Wolfgang no fue a naufragar a la Isla de Margarita, fue a echar raíces, a complacer la continental propuesta de Renata, su mujer. Wolfgang fue a distender su mente y lengua germánica. Se exilió en el hablar neoespartano. Modificó gradualmente su soberbio e impronunciable Wolfgang por el margariteño Gorfan. 

Los cantos matutinos de los gallos labraron sus raíces para que se plantaran progresivamente con ese encantamiento, casi hipnótico, casi mantra orquestado por un caos ovíparo. Y es en este punto cuando se me hace imposible no pensar en el poema «Los gallos» de Eugenio Montejo, que se me viene como la voz de un eco tan lejano y quebrantado como debe ser la nostalgia por un mar nórdico, un partido de la Bundesliga o una revitalizadora Löwenbräu después de trabajar; un poema cuyos versos resumen a Wolfgang Kreutzer y asumen la tristeza como un territorio para que esta, en lugar de anidar, acampe y se siembre en los movimientos dubitativos de Wolfgang devenido en ese Gorfan de la crianza de los gallos: «Gallos ventrílocuos donde me habla la noche, / ¿son mi parte de abismo?». Momentos religiosos y proféticos de encantamiento. 

Y entre cantos de gallo y estrofas, ha llegado el momento de teorizar, y recuerdo que hoy, antes de despertar, se me reveló, por medio de una voz onírica y nórdica que me recitó palabras al oído en un idioma extraño, que la teoría sería alemana de tener nacionalidad, que para adentrarse en la literatura, no se orientaría a la usanza de los neoespartanos para asimilar el tiempo, más bien mediría sus pasos con absoluta precisión, sistemáticamente, y no se la calcularía a vuelo de pájaro o a ojo por ciento; la teoría es aliada de esa intuición de ensayo y error propios de Gorfan para criar a sus futuros campeones, mezclada con la de los galleros de nacimiento para saberlos luchadores o simplemente sacarles cría.

A través de las lupas de la teoría, me veo como un marxista trasnochado, con reflexiones resucitadas por el temblor de voces en otro idioma. Por ejemplo, asumiéndome como marxista, diría que los cantos de los gallos son una respuesta a la acelerada y devastadora modernidad, hija bastarda del capitalismo, cantos de gallos que se unen al grito eufórico de Katsimbalis, borracho de vida y poesía, que se desgarra las cuerdas vocales para que el himno de la naturaleza se escuche entre tanto smog y bramido de fábricas. Un marxista escucharía en el canto de los gallos una respuesta a ese «caos en el que todos dan órdenes y que nadie sigue» (Suniaga, 2005: p. 8). Y es aquí donde se destila la carne de una viril novela policíaca, pero esa novela policíaca con aristas de crítica social, y también a una izquierda en lo que se sospecha la intentio autoris a la que se refirió Umberto Eco. 

Un anarquista agregaría esta cita al catálogo de frases del partido en el que esté inscrito: «Margarita, la isla de la utopía, el único lugar del planeta donde todos mandan y nadie obedece» (Suniaga, 2005: 8). 

    En cambio, un estructuralista, y asumiéndome como tal, abordaría La otra isla —o en esta isla que es la teoría literaria donde es rutina naufragar—  cómo son representados en la novela los siguientes hemisferios, o las siguientes dos caras de una misma moneda: Duelo a y Duelo b. En el primero, se hablaría de ese duelo que llevan los personajes, en esos ojos donde la tristeza ya ha echado raíces, como los de Edeltraud con la incertidumbre de la muerte de su hijo enquistada en ellos; o los ojos de Renata, en los que se delató la resignación al momento de la muerte por agua de su esposo y en los que también se revelaron, como un códice de la evocación, unos ojos de quien aspiró a otra piel de la incertidumbre: la de vivir un día distinto con cada amanecer; o la mirada de Gorfan, extraviada en el vacío poroso de una gallera en aquellos momentos hostiles en los que sus gallos perdieron la verticalidad y murieron picoteados por rivales. Y también no debemos olvidar en esta isla a la persona que antes era Gorfan, que ostentaba el Wolfgang como emblema de identidad y del cual se despojó una vez que quizo olvidarse definitivamente de sus raíces y transplantarse a esta isla que lo vería morir, pero que antes añoró su tierra y comprendió, sin percatarse del todo, que la tristeza anida en ese mar que rodea esa insólita porción de tierra. O de Renata, que entra en llanto irrefrenable y angustioso cuando es interrogada por Benítez, y el abogado fungiendo de detective privado por necesidad, se pregunta si la desesperanza es motivo suficiente para un crimen, incluso si sobrepasa la maldad o la ambición, en lo que supone un momento clave para indagar el sentido de la novela.

El Duelo b no es otro que esa pugna que aletea en los gallos. Animales criados para una lucha en la que reñirán la apuesta, los tragos y el vicio. Animales que se manifiestan como determinantes directos para los primeros duelos. Esos gallos que mataron a Wolfgang, que lo arponearon desde que escuchó por primera vez su canto como si fuera la primera mañana del universo, cuando Gorfan comienza a incubarse en él, a decretarse, a establecer su conjuro con la isla.

También leería en La otra isla esas curiosas paradojas que se dan en el hablar, en lo distante que puede ser una traducción, sobre la raza de los gallos, o la resistencia indígena, sobre coger y coger. Por los momentos, ya se me hace larga esta reseña y mi naufragio en un intento de teoría, y no me queda otra que brindar, como diría Bogart en la gran pantalla: for old times sake, y por Wolfgang Kreutzer, prost!!!


Mario Morenza*

En 2008, publica La senda de los diálogos perdidos (ganador del Premio Nacional Universitario de Literatura) y Pasillos de mi memoria ajena (finalista del concurso para autores inéditos convocado por Monte Ávila Editores). Relatos de este autor han sido reconocidos con diversos galardones: destaca la inclusión de «Vitrum» en la Antología de la Novísima Narrativa joven Hispanoamericana (2008) y en 2016 «Las tribulaciones de un censor antiplagios» resulta ganador de la 71a edición del Concurso de Cuentos del diario El Nacional.




Visita al edificio de Natalia y Gabriel

Foto: Javier Cedeño Cáceres

Foto: Javier Cedeño Cáceres

Mario Morenza* | Caracas (Venezuela)

En estas páginas expongo algunas impresiones (o preferiría decir conmociones) que me he llevado de Historias del edificio de Juan Carlos Méndez Guédez (1994). Mi reflexión viene con criterio arquitectónico: la dinámica de mi lectura se moverá como un cartero o un trabajador social que ingresa a un edificio de El Valle, lo recorre, se pierde en él, lo tolera, y asume tales impresiones causadas por los vecinos con saldo académico: leeré las entrelíneas de sus vidas como lo que «realmente» son: personajes inventados, criaturas de ficción, espejos de los residentes de una ciudad que, en partes iguales, desempeña roles de escenario narrativo (de escarnio narrativo), de pesadilla urbana y catalizadora de penas.

La primera sección del libro se titula «Historias del edificio», y recuerda la estructura de La vida instrucciones de uso de George Perec (2000). La segunda parte: «Otras historias». Para fines de mi lectura, ambas partes del libro las entenderé como si se tratasen de vecindarios. Los primeros vecinos habitan un edificio de nueve pisos. Los segundos, sus alrededores. Los primeros tienen una relación ceñida con la ciudad, con sus otros vecinos, con la ansiedad cultural de finales de siglo xx, con sus combustiones sociales e iras colectivas. Los segundos, se muestran más estáticos y contemplativos, más evocativos y nostálgicos: dirigen la narración hacia sus desafueros internos, sus disgustos, sus aires y repliegues íntimos.

    Comencemos nuestra visita.

Estamos en Planta Baja. Como es de esperarse, el ascensor está fuera de servicio desde hace un mes. Un cartel manchado de alguna sustancia cuyos componentes me niego a conocer, me indica que los residentes deben cerrar las rejas con llave: yo entré como Pedro por su casa. Nadie ha salido a preguntarme qué hago yo allí, si vengo a visitar a alguien en específico, a traer una carta o cortar la luz. Al fondo, arrimado en un rincón, se ve lo que pareciera ser un montón de objetos  acumulados, escombros, pero no. No es así. Parecen ser las imágenes más constantes de «las historias del edificio»: discos de Queen, afiches llenos de consignas, cigarrillos, botellas vacías de anís y ron, cartas que nunca llegaron a su destino, páginas de diario, una bolsa negra llena de ruidos asmáticos, gases lacrimógenos, balas y casquillos de balas, más sobres, más cartas sin destino, uñas enteras, desgarradas de manos y pies, binoculares, espejos partidos (de retrovisores y peinadoras), frascos rotos de perfumes, cafés derramados, puertas reventadas a patadas, un río de sangre que atraviesa todos los pisos del edificio y desemboca en la ciudad, en sus arterias viales; el olor dulce del pan como atenuante aromático de la vida allá afuera, puñales y armas oxidadas, periódicos que reportan la represión policial y un largo etcétera de saqueos, ventanas partidas que solo aparentaron ser la excusa para mostrarnos más de cerca la fetidez del mundo.

A falta de ascensor, debemos subir por las escaleras. Y al pensar en la imagen de la escalera, me es inevitable no recordar la definición de Georges Perec, cuando en La vida instrucciones de uso (2000), leemos que la escalera es ese lugar «neutro que es de todos y de nadie, donde se cruza la gente casi sin verse, donde resuena lejana y regular la vida de la casa» (p. 17). Transitaremos por este lugar lejano, regular y vertical.

En el piso 1, concretamente en el apartamento 1A, nos topamos a un suicida con una erótica relación con las cuerdas. Su vecino del 1B, lee los comunicados pasivo-agresivos (aunque en constante progreso hacia la agresividad) dirigidos a él, cliente moroso, que no ha cancelado el monto total de ollas Rannywer con las que, junto a su esposa, disfrutan en las noches: las disponen en su cama y con ellas se excitan, acariciándolas, posándolas cerca y en sus cuerpos, como si se tratasen de juguetes sexuales.

    En el segundo piso, en el apartamento 2A, sigue la escalada de las relaciones humanas con los objetos. En este caso es la ciudad el foco de atención. Es la ciudad la catalizadora del recuerdo vivido, de la piel de una mujer que se desea una y otra vez. Asistimos a la entrada de un diarista compulsivo y compungido, obsesionado con una mujer ajena, vecina, pero al mismo tiempo renuente por las circunstancias a consumar otro encuentro. En el apartamento 2B nos asomamos a una escena sangrienta en la que un marido intoxicado de anís y ron, asesina a su hija con un disparo, con otro disparo castiga, daña e inutiliza la columna vertebral de su esposa (y la de la familia). Después del tiroteo intenta suicidarse (¡vaya, puede ser el edificio de nuestra historia narrativa en la que hallaremos más suicidas por metro cuadrado!). Fracasa en su intento de quitarse la vida. Su muerte es cerebral. Y su mal cálculo lo confina a un mundo parapléjico por el resto de sus días, a la repetición constante de esa tarde de anís y ron. A los gritos de su mujer que, al parecer, lo ha perdonado, o ha encontrado una tortura eficaz en el gesto de permanecer junto a él y recordarle todas las tardes su flagrante responsabilidad de lo que padecen. Intuimos que con un sistema judicial notablemente ausente, ese será el castigo más ejemplar que reciba el vecino del 2B.

    Así, entre sangres y llantos, arribamos a los ruidosos relatos del piso 3, en el que David, sin sospecharlo, es recordado. Una actriz recuerda a David, su exnovio, sin las mínimas ganas de pensar en él. La actriz conduce su vehículo y avanza (o trata de hacerlo) con la velocidad necesaria para llegar a tiempo al teatro. El ensayo general de la obra se inicia en diez minutos, pero el tráfico aletargado la obliga a tomar un atajo y pasar frente al edificio de su exnovio. Irremediablemente piensa en él sin desear hacerlo. La ciudad le oxigena recuerdos que no quiere evocar. Es incapaz de no mirar hacia la ventana y allí logra verlo: David tiene compañía. Ella, entre aturdida y celosa, afina la vista y logra atisbar con arrolladora nitidez aquel reloj que le obsequió en un cumpleaños. David es acariciado por su nueva novia. El impacto del vehículo de la actriz fue tan robusto que llegó a ser escuchado en toda la cuadra, incluyendo en la habitación de David, en el 3A. En el apartamento 3B acompañamos a Rafael. Rafael es testigo de la férrea represión policial, una constante en la ciudad.

    En el cuarto piso, un médico utiliza una supuesta frase de Jorge Luis Borges [«En la vida no hay otra justicia posible que el azar» (p. 20)] para decidir el destino de su paciente. Su metodología azarosa también dispone de una moneda (de un bolívar) que lanza al aire. Su vecino de piso tiene otra fijación: se dedica al voyerismo. El sujeto del 4B está obsesionado con una mujer. La observa con la ayuda de sus binoculares. Un día descubre que en su desnudez felina, deseable, está acompañada por otra mujer. El hombre entra en conflicto y, decepcionado, planifica una absurda como ingenua treta para reprenderla.

    De esta manera, llegamos al quinto piso para encontrarnos de nuevo con el absurdo, y en el rellano estrecho que media entre la realidad y ese absurdo, nos tropezamos de nuevo con la represión, pero con su cara más terrorífica. Esta vez en la voz de Sofía: una profesora de historia, divorciada, de 60 años, que le escribe cartas a un vecino que tortura jóvenes insurgentes en su apartamento. La situación le molesta; sin embargo, no es por los gritos de los jóvenes, sino porque todo este asunto de castigar a los jóvenes arrancándoles las uñas de tajo, le recuerda a aquel marido suyo que escuchaba diariamente a Telemann mientras se comía las uñas de las manos y los pies, hecho que no le permitió concentrarse en su investigación bibliográfica. Seguidamente, en el apartamento contiguo, se narra la agitada tarde en la que Natalia presenció cómo allanaron su apartamento. Que detuvieron a su hijo. Lo golpearon. Minutos antes, su hijo pintaba tranquilamente un cuadro en el balcón. Todo fue un instante sólido de gritos y ráfagas, de reclamos y un cuadro a medio pintar, húmedo, estrellándose contra la acera, esparciendo gotas de pintura y astillas de madera. Y también gotas de silencio. Aquel silencio que se quedó tensado en los dientes de su hijo y que ahora ella espera a que alguien se acerque a preguntarle por lo ocurrido aquella tarde.

    El sexto piso es un nivel epistolar. Las cartas tienen un valor protagónico y nocivo. En el apartamento A, una mujer revive en su sueño escenas angustiosas de lo que aconteció durante aquel febrero, de fecha y año inexactos, que puede referirse al golpe de Estado fallido o a El Caracazo. La mujer se maquilla con disciplina, pero una carta infringe su orden cosmético, atentando contra ese cosmos reducido y regulado por el espejo y la peinadora. Después del inquebrantable sueño, decide beberse el contenido químico y pastoso de sus envases y lociones de maquillaje. Una frase traza la personalidad de muchas de estas historias: «Fue así como sintió en cada uno de ellos la persistencia de la sangre, las heridas abiertas como labios» (p. 29). Por su parte, en el 6B una carta de amor o desamor es sacrificada para limpiar el piso del café derramado.

    Con angustia, ya subimos al piso 7. Y volvemos a otro cuento absurdo, que revela en sus páginas la incapacidad crónica de los funcionarios públicos del país, así como el inicio de la violencia atroz, incontenible, que veinte años más tarde cubriría a Venezuela.



—Muy buenos días, ¿en qué puedo servirle?

—Ah..., mi nombre es Argenis Torres. Vivo en El Valle y tenemos desde hace semanas un problema que pienso es responsabilidad de ustedes.

—Estamos para servirle —afirmó obsequioso el oficinista y se aproximó hasta la taquilla, tomó entre sus manos el libro de contabilidad y lo colocó en una gaveta.

—Bueno, lo que pasa es que hace tres semanas cuatro muchachos estaban robando a un hombre frente al edificio...

—Entiendo, pero eso es incumbencia de la policía.

—Claro, los llamamos, pero aún no llegan. El hecho es que los ladrones hirieron al hombre, lo dejaron tirado sobre la acera y se fueron en sus motos.

—En ese caso, estamos ante un caso que es responsabilidad de los hospitales, como usted imaginará nosotros...

—También los llamamos, nunca apareció la ambulancia. El hombre murió...

—El procedimiento correcto es llamar a un forense.

—Lo hicimos, pero estas son las horas. En todo caso, tres semanas tiene el cuerpo allí, hinchándose, poniéndose...

—No, no, ahórreme esos detalles. Lo que no comprendo es qué tenemos que ver nosotros en ese caso, usted comprenderá que el público de la oficina de sanidad es… diferente.

—En cierta forma, pero mi razonamiento es que si a ese hombre lo mataron como un perro, bien pueden ustedes hacerse a la idea de que lo era.

—¿Y usted piensa que eso es fácil?

—Con algo de imaginación… puede pasar. Le aseguro que en vida no era ningún agraciado, y ahora imagínese. De todas maneras sé que no es la primera vez que ustedes prestan ese servicio.

—Me encanta la gente informada… bien, por el momento colóquenle algo de cal. Tenemos varias denuncias. Quizás en unos cinco o seis días pasemos recogiendo el paquete. (pp. 34-35)



    A continuación, en el apartamento 7B leemos otro relato que muestra esa violencia que se incubaba en los noventa. La «rabia oscura» es la protagonista. Desde este apartamento se atestiguan los feroces enfrentamientos entre Los Menudos vs. Los David, la versión de una Iliada en un barrio caraqueño, épica de celos y venganza, protagonizada por dos bandas hamponiles compuestas por menores de edad que se enfrentan a muerte por el amor de una adolescente llamada Helena.

    Así, con una suma de desilusiones y decepciones, con llantos y vidas acabadas, llegamos al penúltimo piso, en el que nos encontraremos más sangre y más muerte. En el 8A, un estudiante presencia desde la paz regulada de su habitación, las imágenes de su propio asesinato, perpetrado por dos policías en las protestas de aquella tarde. En este relato, Méndez Guédez utiliza el recurso narrativo de desdoblamiento, aquel ardid del que echara mano Julio Cortázar en varios de sus cuentos («La isla a mediodía», «La continuidad de los parques», «La noche boca arriba» de Cortázar, o «El puente sobre el río del búho» de Bierce). Méndez Guédez hace lo propio con una maestría equiparable a la de los maestros del cuento breve. En el apartamento contiguo, encontramos a la que probablemente sea la historia más breve de este edificio. Por su estructura y efecto funciona como un minicuento. Leemos en él un dilema literario: apenas uno de los dos cuentos que tienta al tema de la literatura de esta primera parte del libro.

    Ya estamos cansados de subir escaleras. Con esfuerzo, llegamos al noveno piso. Nuestra recompensa se halla en el disfrute de las dieciocho historias que componen esta primera parte. En el apartamento 9A, un hombre taciturno y afligido, decide acudir a la boda de la que, presumo, fue una antigua novia, o acaso amante, o simple amor platónico. Cuando se afeita ocurre el movimiento en falso que le procura una herida mortal. En el 9B, vuelve a aparecer Gabriel, personaje que entrevista a quien cuenta la historia de Los Menudos. El tema también es literario, y se orienta hacia la praxis de cómo ubicar ciertos elementos para la eficacia y verosimilitud de la historia, y de esta manera establecer una atmósfera angustiante en la que se espera un error por parte del personaje: la confusión entre su atomizador para el asma y el gatillo de su pistola.

    Ahora, ya visitado el último de los pisos, que es lo mismo decir, el último de los niveles de la sosegada violencia de «Historias del edificio», decidimos bajar por donde llegamos, la escalera, ese espacio que para George Perec es «anónimo, frío, casi hostil» (2000: 17) y salir a la calle, hacia esas otras historias que componen el primer libro de relatos del autor barquisimetano.

    «Atisbando un rostro en la oscuridad» abre la segunda parte del libro. En los párrafos iniciales leemos: «No creo en las premoniciones, pero a veces mis pesadillas han establecido breves convergencias con el futuro» (p. 49). Y, en cierto modo, esta frase tiene un carácter profético. En este relato se prefiguran imágenes y temáticas que estarán presentes en la narrativa que vendrá de Méndez Guédez: la noche porosa, la cualidad «mineral» de los ojos de una chica, de una atmósfera o momento; los órdenes de la ciudad que se disuelven y le abren las puertas a la crisis, el amor defraudado, flagelado y arruinado; la reflexión etílica, el viaje (aunque en este caso, somos partícipes de un regreso y de un aterrizaje forzoso y hostil sobre una realidad aberrante, desafinada, a la que el músico que está de vuelta no logra adaptarse del todo: ya es un extraño en su propio país.

    De inmediato, leemos «Comunicación» y regresamos a ese tono absurdo y capital de la primera parte del libro. En este cuento, precisamente por falta de comunicación, dos policías acribillan a un joven inofensivo, tan inofensivo que lo único que hacía era disfrutar de una barquilla de chocolate. Después del incidente, los policías continúan conversando sobre sus clases en la academia, mientras insisten en lo significativo que es para el oficio saber comunicarse.

    En «Canción alemana» se disuelve un poco el tono hostil. ¡Se nos adentra en toda una canción alemana!, o un relato cuyo rasgo memorable es la indiscutible belleza de las imágenes que lo componen.

    El narrador del siguiente cuento recupera años de desmemoria y lejanías junto a su padre, envejecido y hecho una piltrafa. Su padre estará bajo su custodia y resuelve auscultarlo con la pericia de un cartógrafo diseñando un mapa, un territorio genético en el que debe reconocerse y encontrar las huellas de su pasado. Una imagen, un gesto, una exhalación o la ausencia de sonidos, le traen de vuelta un recuerdo espinoso que atesoraba desde los tres años de edad. Así se nos presenta «Retrato de mi padre uniformado orinando en el río turbio».

    Igualmente, en «Aires y repliegues» continuamos con una estructura narrativa que se apoya en lo evocativo. El protagonista de este cuento recuerda con nitidez exacta y abrumadora aquella noche en la que su mejor amigo sedujo a la chica que monopolizaba sus pensamientos eróticos, aprovechándose del entusiasmo etílico de la joven, que había bebido ron hasta la saciedad y los aires y repliegues de la fiesta liceísta.

    «Bradburyana» es un tributo al laureado autor de ciencia ficción. Aquí leemos la descripción de una atmósfera plomiza, gris, en la que el simple ejercicio de respirar es imposible. Las máscaras de oxígeno representan, más que un artículo de primera necesidad, un dispositivo de supervivencia. Asimismo, en «Sinopsis al fondo de la tarde» las imágenes se disponen como breves recuadros fotográficos que pretenden formular una ecuación booleana: la lógica en primer plano. Cada textura revela una verdad sospechosa o la falsedad de la fragmentación continua y su oficio de perenne mudanza.

Seguidamente en «La reincidencia», se narran en segunda persona las memorias y vicisitudes de los amores universitarios de una mujer que ha regresado a Caracas siete años después de abandonar la ciudad. Un gesto la hace revivir aquel momento en el que desnudó a su profesor, unos pocos años mayor y que estaba a punto de alistarse de lleno en la guerrilla.

    «El último que se vaya» es una alegoría a la emigración, al éxodo venezolano que por aquellos años ya calentaba motores. En estas páginas se narra, poética y sin olvidar el toque absurdo de otros relatos, cómo la ciudad se va quedando vacía. Se señalan los problemas que provocaron la huida en masas de los venezolanos: «Después fue más fácil, porque los saqueos y las lacrimógenas se volvieron lunes, se volvieron martes, miércoles, jueves, viernes» (p. 78); y más adelante las consecuencias del abominable escenario: «Luego, luego, los estadios vacíos, los jonrones perdiéndose en el mar grisáceo de las gradas. Y la única cola en la puerta de las embajadas» (idem).

    «Querido Gonzalo» es otra historia evocativa. El narrador recuerda a su antiguo amigo y sus días universitarios. Los amores y la aventura con una prostituta que redimió la imposibilidad de acceder al cuerpo de una rubia inaudita de la Facultad de Ciencias. Se recuerda el distanciamiento, la brecha que se instaló entre la vida de ambos, la noticia de la muerte del amigo a manos de efectivos policiales, y el regreso de este en forma de consignas contra el gobierno, en frases impresas en afiches con su rostro, afiches pegados en los muros de la ciudad.

    Por último, tenemos a «Valeria tibia o siempre, en la mitad inexacta de Caracas», relato que exhibe una tensión mesurada y cierra con un final inesperado, de nocáut, diría Julio Cortázar (1997: 385). El narrador recuerda aquella tarde de su adolescencia en la que estuvo a punto de consumar su amor (o el deseo hormonal) por Valeria, la chica más apetecible de la clase.

De esta manera, finalizamos el recorrido. A medida en que trajinamos por las conmociones y dinámicas de los personajes de Historias del edificio, nos sometimos progresivamente a la recopilación de las diversas texturas de sus agrias existencias y resistencias, en sus solapadas formas de refugiarse en la quietud de un apartamento de la realidad abrumadora, de esa urbe que espera el cambio de siglo sin penas ni glorias, pero sí con muchas cicatrices, con la impaciente revelación de un río de desgracias a cuestas y de la fría resignación de aquellos personajes que eligieron cobijarse en sus nostalgias, tan vivas, tan insistentes, tan ásperas y coléricas de ese pasado que no les permitió concebir otra variante del futuro que no fuera la repetición de aquellos instantes que afectaron sus vidas.


Mario Morenza*

En 2008, publica La senda de los diálogos perdidos (ganador del Premio Nacional Universitario de Literatura) y Pasillos de mi memoria ajena (finalista del concurso para autores inéditos convocado por Monte Ávila Editores). Relatos de este autor han sido reconocidos con diversos galardones: destaca la inclusión de «Vitrum» en la Antología de la Novísima Narrativa joven Hispanoamericana (2008) y en 2016 «Las tribulaciones de un censor antiplagios» resulta ganador de la 71a edición del Concurso de Cuentos del diario El Nacional.


El rumor de la contradicción. Comentario sobre Retrato de Abel con isla volcánica al fondo

Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

Mario Morenza | Venezuela

—¿Por qué  lo hiciste?

—Por el país, ¿por qué va a ser?

—¿Y entiendes el país?

—Pues...

—¿Y el país existe?

—Pues…

Retrato de Abel con isla volcánica al fondo,

Juan Carlos Méndez Guédez.



En febrero de 1995, Juan Carlos Méndez Guédez inicia la redacción de Retrato de Abel con isla volcánica al fondo en Caracas. La concluye en Salamanca, en el mes de febrero del año siguiente. En octubre de 1997 se imprime y está lista para distribuirse en los anaqueles de las librerías de Venezuela, y es quizá la primera de las novelas de la historia literaria reciente que acaricia, sacude y castiga con agudeza plástica y profundidad reflexiva, una de las temáticas que en estos tempranos años del segundo milenio llenaría las grillas de los festivales de lectura, cuartillas en tesis de maestría y publicaciones en blogs: les hablo, si aún no lo han intuido, del exilio (o preferiría llamarle: el tema de la emigración).

Si este asunto te interesa o si pretendes estudiarlo y hacer un paper para algún curso de literatura, no tienes excusas para acercarte a Retrato de Abel con isla volcánica al fondo.

De hecho, como ya seguro lo han notado, es una novela que se culmina fuera de nuestros territorios. Parte de sus palabras también son exiladas.

Las siguientes páginas aspiran a una lectura sobre una novela editada hace veinte años y que, sin embargo, su pulsión e intención narrativa nos llega hoy con mayor precisión y desnudez. Nuestra perspectiva de lo ocurrido en los noventa ha cambiado, hemos madurado como ciudadanos y lectores y, aunado a eso, tenemos la frialdad argumental como para no mezclar deseos ideológicos con una realidad que estuvo allí, sangrante y afanosa que, querámoslo o no, conmovió los destinos de las próximas décadas de nuestro país.

Veinte años han pasado desde su publicación y observamos los años noventa y las secuelas políticas de los ochenta, setenta y sesenta escanciadas en esa década, con la distancia de ser testigos y no protagonistas, sin las sangres tibias de pasiones mal llevadas y, si es el caso, con una instrumentación crítica y objetiva, lejos de furores ideológicos hacinados en esa brecha de nuestra historia, siempre con la sensación de que faltaba poco para un Caracazo ii, para un Caracazo iii, y muchos desenlaces siempre contenidos, a los que solo les faltaba, quién sabe, un motivo de aliento más que las ganas.

Ese rumor se respira en la novela. El rumor de la conspiración. El rumor en forma de estallido social: mañana bajarán los cerros a buscar lo que la burguesía les ha quitado, sin ni siquiera percatarse o acaso intuir que muchos de los agredidos están con ellos, como el caso de Claudio, protagonista y narrador de la novela que ve ceder las santamarías de su negocio de computadoras y ser desvalijado con saña, con locura hambrienta, como si los estómagos de los violadores reclamaran circuitos electrónicos para saciarse. Desde luego, la intentio autoris de la que nos habla Eduardo de Bustos en su ensayo «La falacia intencional» se aplica a esta obra. Es probable que Méndez Guédez no haya escrito esta obra para los lectores de su momento, para los lectores de los años noventa, sino para los lectores que, después de pasado el tiempo, puedan entender mejor una época, despejar las incógnitas de lo ocurrido y de lo que estuvo a punto de ocurrir.

El tiempo de los lectores de Retrato de Abel con isla volcánica al fondo es ahora. Una lectura que se vuelve más clara y precisa veinte años después (porque nos precisa, nos esclarece, nos evidencia). Para el momento, teníamos la angustia de esa ausencia de un lector ideal para esta obra. En este momento histórico, en el que el país y la cultura se encuentran en una posición delicada e indeterminada, volver sobre las páginas de Retrato de Abel… nos hará desentrañar con mejorada nitidez los fulgores oscuros que reventaron a finales de siglo xx.

El lector y ciudadano común pareciera apenas adquirir esa conciencia continental del suelo sobre el que posa sus pies, sobre el suelo en el que se proyectan sus sombras, y mirar el pasado con la suficiente objetividad como para explicárselo sin añadiduras ni pasiones. Con los años, estos lectores han sido capaces de alcanzar el molde de lector para el que Méndez Guédez pareciera haber escrito esta novela. En la obra en cuestión, se nos dibujan a dos hermanos de corrientes políticas totalmente antagónicas, pero ambos hermanos tienen un ideal tan único como utópico: el bolivariano. Ambos hermanos suelen manifestar su rechazo al otro con mecanismos similares. Ambos hermanos se encuentran en otro país y cada uno configura un espejo asimétrico del otro.

El humo del tabaco siempre encapsulará a José en las conversaciones con su hermano, entre botellas de vino que sustituyen a otras ya vacías y recuerdos tumultuosos. Claudio, el narrador y protagonista de la obra, no fuma, pero está sobrecargando e incubando continuamente esas memorias de su vida pasada en Cabudare, de sus amores fatuos, de sus relaciones inconclusas e inaprensibles con su padre y ahora «recuperado» hermano.

Retrato de Abel… vaticina veinte años después de ser editada las atmósferas que caerán en Venezuela. Pero la Venezuela que anticipa no está ubicada en los territorios patrios, sino en cada versión de Venezuela que se ha llevado consigo cada uno de los exiliados (o emigrados). Esa población desgarrada de Venezuela que trama otra nacionalidad y cuyo Gloria al bravo pueblo podría acobijar esta estrofa: como diría Kavafis: «Nuevas tierras no hallarás, no hallarás otros mares / La ciudad te seguirá. Vagarás/ por las mismas calles. Y en los mismos barrios te harás viejo/ y en estas mismas casas encanecerás./ Siempre llegarás a esta ciudad».

El universo narrativo de Retrato de Abel con isla volcánica al fondo es menos apocalíptico en sus intenciones predictivas, pero sí decreta los distanciamientos y elabora una especie de camino hacia la literatura del exilio (¿o de emigraciones?) que se respira en la narrativa actual (Miguel Gomes, Juan Carlos Chirinos, Eduardo Sánchez Rugeles, entre otros). De existir en ella una Apocalipsis, esta ocurrirá en los meandros psíquicos de los personajes.

En Retrato de Abel… se afinan los climas y tensiones políticas de los noventa, lógico efecto de la demagogia y corrupciones que se denuncian en la novela y, además de esto, se condicionan dos vertientes que, sin la maestría argumentativa del autor, podrían haber sucumbido en una antología de lugares comunes. Se dibuja la vida de dos hermanos, José y Claudio, el primero de derechas, tonto útil; el segundo de izquierdas, cabeza caliente, y, de alguna manera, también tonto útil. José y Claudio luchan por defender sus ideales, ambos tutelados por el celaje de lo que representa el nombre de Bolívar. Esas dos versiones de la realidad se contraponen sin saber que el otro está en las comarcas del «enemigo». Un enemigo que canta el mismo himno y adora a un mismo Libertador, o a lo que se piensa que fue un Libertador.

Como era de esperarse, José y Claudio emigran. Su situación lejos del país es la metáfora de «una expectante amenaza del pasado», leeremos en la novela, que desde los primeros movimientos narrativos se huele la espesura de esas vivencias anteriores de los personajes. Esa adolescencia febril, lanzando bombillos llenos de pintura o espiando lascivamente a la chica más apetecible del barrio mientras esta se bañaba.

Claudio y José parecieran intuir un regreso para negarse a sí mismos y no seguir anulando con arbitrarias reivindicaciones los errores acumulados en sus vidas. A José solo lo acompaña el humo (el del tabaco negro también) y «los diez muertos encima» que le achaca o le promedia Victoria a su curriculum vitae como esbirro del Gobierno.

José y Claudio persisten aislados en una isla. Los hermanos acuñan en su biografía una nueva versión del desespero, ese que en cierto momento llevó a Claudio a apoyar combinaciones de fuerzas tan inverosímiles y contradictorias como un movimiento que tenía por consigna

«contra la democracia corrupta

unión cívico militar religiosa».



Sin embargo, se recuerda a través del humo y el alcohol, aquella tierra natal, la que (re)clama el regreso de ambos. José, ya no tiene nada a qué temerle. Participó en un golpe de Estado (en el mundo ficcional de la novela) llevado a cabo en 1990 y ya todos los que asistieron a ese intento de derrocar al presidente han sido indultados. Pese a esto, Claudio experimenta el acecho de un demonio de la perversidad que lo invita a volver, en lugar de lanzarse al vacío. Su vacío tiene la forma de incendiar la casa cuando Victoria y el hijo de su esposa estén durmiendo. Y huir (regresar) a su patria con el dinero que logre recolectar en una casa de empeño a costa de las prendas de su ya calcinada esposa. Claudio, hacia el desenlace de la novela, está a punto de fabricar su propio  golpe de Estado, pero solo le concede a su esposa un intento de violación. La figura femenina es la que compone los acordes de su hogar, por tal razón, Claudio encuentra un pretexto para esa rabia contenida en las cartas a Simone de Beauvoir, o en el fracasado y abortado intento de escribir una novela «noventosamente» titulada Manual para bailar Lambada. Es una especie de venganza feminista y la víctima es un «Claudio ama de casa». En determinado punto de la trama, cuando el protagonista empieza a labrar su reflexión, prefiere y apela por el regreso. Otra huida hacia el terreno que quizá jamás debió abandonar.

Todo lo que Claudio describe en la siguiente cita, postula esa extraña fascinación por lo que antes negaba o repudiaba, se tratan de los verdaderos símbolos patrios de su país dejado en el olvido, o quizá la estrofa de un futuro himno: un canto apocalíptico y ciento por ciento venezolano:

Volveré. La costumbre del caos y del miedo también tiene sus reglas. Les diré a todos y especialmente a Victoria que amo el desorden, el autobús que no llega, el retardo en el tráfico, los disparos en la noche, los rumores golpistas, los supuestos barrios que se rebelan durante la madrugada y vienen con antorchas a incendiar los edificios, las bombas en los centros comerciales, los atentados. (Méndez Guédez, 1997: 10)

Sostuve, desde el comienzo de estas páginas, que Retrato de Abel... es una novela que narra el exilio, pero sería miope y reducida esta observación si nos quedamos en esto.

No es tan solo eso esta novela.

También es una novela de transformación. Hacia su final, en esas veinte páginas de cierre, de un cierre atómicamente reflexivo, en el que Claudio se mira hacia adentro y profundiza en los daños que han sufrido las membranas de sus sentimientos, se dice con relación a su hermano (¿o así mismo?): «Tendré que ir preparando para él las señales, los rastros para que indague, para que al buscarme se busque». Y es la tensión que implica la erupción en los personajes de este libro. Victoria, muy conveniente la pulcritud onomástica de la esposa de Claudio, lo abandona y promete darle una pensión y recomendarlo a un trabajo en un muelle con unos primos lejanos, como un castigo, o ironía del destino para alguien que se exila en una isla, se aísla en intensas borracheras con su hermano recién encontrado, y ahora trabajará en un muelle para ver partir y llegar personas. Seres que quizás y definitivamente partan a tierras lejanas, y observará con desdén y melancolía, el arribo de otras tantas, su llegada a las Canarias con la firme convicción de quedarse para siempre. Claudio piensa todo esto y en su discurso intuimos que algo está por hacer erupción, pero que es contenido por una fuerza natural que desconocemos. Quizá su hermano José, su contrapartida, némesis, además de compartir la nacionalidad y el ADN, también sea conocedor de qué mecanismos se ocultan en el interior psíquico de Claudio y ha evitado que este explote. Corrijo: que ambos exploten, con todo a su alrededor, incluyendo el país y, por extensión, sus himnos ambiciosos y sus contradictorias consignas.


Mario Morenza*

En 2008, publica La senda de los diálogos perdidos (ganador del Premio Nacional Universitario de Literatura) y Pasillos de mi memoria ajena (finalista del concurso para autores inéditos convocado por Monte Ávila Editores). Relatos de este autor han sido reconocidos con diversos galardones: destaca la inclusión de «Vitrum» en la Antología de la Novísima Narrativa joven Hispanoamericana (2008) y en 2016 «Las tribulaciones de un censor antiplagios» resulta ganador de la 71a edición del Concurso de Cuentos del diario El Nacional.


Datemi tutto, questo è una rapina!

Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

Mario Morenza* | Venezuela

«Creo que el gol que anoté ha sido importante. No teníamos otra alternativa. Lo importante para el equipo era obtener el triunfo. Y lo logramos».

Se llamaba Luciano Re Cecconi y le decían el Ángel Rubio. Su melena dorada le confería un aire de bienaventuranza, de candidato infaltable a un casting para interpretar a un héroe alado y bíblico. Re Cecconi era el jugador más querido, divertido y alegre. Sin embargo, su imagen de estampilla religiosa era incapaz de obrar el milagro que el equipo necesitaba: calmar los ánimos exaltados.

Jugó en el controversial Lazio de los setenta, que se asemejaba más a dos facciones de la mafia que a un equipo. Los dos bandos en pugna habían incorporado revolveres Smith & Wesson a sus entrenamientos. La práctica de tiro al blanco con balas calibre 44 era una actividad más popular que los tiros penales.

En las calles de la Italia de aquellos años se respiraba una atmósfera igualmente inquietante. Manifestaciones violentas, secuestros a diario y terroristas de ideologías diversas propiciaban el miedo y la paranoia. Los atracos eran tan comunes como los goles de los domingos de la Serie A Italiana.

El Ángel Rubio era mediocampista y era incansable. Sin lugar a dudas, el motor de un equipo lleno de jugadores conflictivos, por lo que, al poco tiempo de fichar con la Lazio, se ganó el aprecio de la fanaticada. Pero a inicios de 1977 ya los buenos tiempos de Luciano Re Cecconi habían quedado atrás y también los mejores del equipo romano. En la memoria de los irriducibili permanecían como un grato y lejano recuerdo los triunfos de la temporada 73/74, cuando la Lazio alcanzó el Scudetto venciendo a la superpoderosa Juventus.

El 18 de enero de 1977 fue una noche gélida y fatídica. El Ángel Rubio, acompañado por Pietro Ghedin, defensa de la Lazio, quería darle un pequeño susto a otro amigo, el joyero Bruno Tabocchini. Lo que ambos jugadores ignoraban es que la broma inocente terminaría de una manera distinta a lo planeado.

Aquella tarde, Re Cecconi y Ghedin se apersonaron en la joyería de la Via Netti. Cuando Luciano Re Cecconi entró al local con el rostro cubierto con un pasamontañas y apuntó con su arma al joyero, gritó: Datemi tutto, questo è una rapina! / ¡Dámelo todo, esto es un atraco!

El joyero había sido víctima de atracos, como era usual entre muchos comerciantes. Semanas atrás, obstinado ante los criminales que saqueaban su negocio cuando les daba la gana, decidió hacer una inversión en sistema de seguridad para su negocio: comprar una Walther 7’65. Al escuchar a sus espaldas las palabras amenazadoras, con la premura del sheriff más rápido de los spaghetti western de Sergio Leone, desenfundó su arma, se giró y disparó.

La bala atravesó el pecho del Ángel Rubio.

Luciano Re Cecconi sonreía antes de recibir el impacto del proyectil. Cayó al suelo con los brazos extendidos, como si intentara aletear.

Re Cecconi murió media hora después.

El joyero fue declarado inocente y absuelto por legítima defensa.

El funeral se celebró en la Basílica de San Pedro. Luciano Re Cecconi irónicamente había sido el único jugador que siempre dejaba su arma de fuego escondida entre su ropa durante los entrenamientos.

Su compañero de equipo, Vicenzo D’amico lo recuerda y precisa en pocas, pero definitivas palabras: «Era un muchacho dulcísimo. Un muchacho, buenísimo. Tenía 28 años».


Mario Morenza*

En 2008, publica La senda de los diálogos perdidos (ganador del Premio Nacional Universitario de Literatura) y Pasillos de mi memoria ajena (finalista del concurso para autores inéditos convocado por Monte Ávila Editores). Relatos de este autor han sido reconocidos con diversos galardones: destaca la inclusión de «Vitrum» en la Antología de la Novísima Narrativa joven Hispanoamericana (2008) y en 2016 «Las tribulaciones de un censor antiplagios» resulta ganador de la 71a edición del Concurso de Cuentos del diario El Nacional.