Novela

Cinco novelas son las finalistas del Premio Nadal

Alejandro Palomas ganó la edición anterior del galardón  Foto: EFE

Alejandro Palomas ganó la edición anterior del galardón

Foto: EFE

Cinco obras de las 343 que se han presentado a la 75 edición del Premio Nadal de Novela, que se dará a conocer el próximo domingo, quedaron finalistas del galardón, informó la editorial Destino.

La zapatilla por detrás, de Hisak (pseudónimo); Erres, de Tomás Marín (pseudónimo); Los papeles de Guildford, de G. (pseudónimo); Monos, de Ariel Crombet (pseudónimo) y Seda de araña, de Antolina Ortiz Moore son las cinco narraciones finalistas.

Estas proceden de países como Alemania, Argentina, Australia, Bélgica, Canadá, Chile, Cuba, España, Estados Unidos, Francia, Reino Unido o Uruguay.

Los temas varían entre la novela social y de conflictos personales o familiares, así como policíacas o históricas.

Con información de EFE

Dispara y olvida VIII

Novela de ficción. Síguela en 4Dromedarios

Por Ezequiel Borges

8

Cantón Gringo

El Patricio recobró la conciencia poco a poco, sólo para descubrir que estaba en la misma habitación donde se había desmayado la última vez, aunque esta vez el cuarto estaba iluminado. Era evidente que alguien había abierto las cortinas, las ventanas o lo que fuese que estaba detrás de su cabeza. La luz venía de atrás, no cabía la menor duda, y era luz natural, no de bombillas.

Recorrió con la mirada la habitación con los ojos entrecerrados y descubrió los mismos objetos y el mismo mobiliario que recordaba haber delineado antes de desmayarse: la mesita de noche a su derecha con la jarra de agua todavía medio llena, la cama misma, la puerta al fondo que ahora se le reveló de buena madera; sobre su cabeza un ventilador que siseaba dulcemente y, coño, una mujer sentada en una silla.

—¿Rocío? —atinó a preguntar, todavía con los ojos entrecerrados por lo deslumbrante de la luz que rebotaba del exterior.

—Rubí, cabrón. —dijo la Rubí, que fue apareciendo lentamente ante los ojos dormidos del Patricio, vestida con una bata rosa muy corta y extrañamente sonreída.

—¿Dormiste bien, mi amor?

—¿Qué hora es? —le repreguntó, ignorando el sarcasmo femenino.

La respusta vino concisa y directa, como si la Rubí hubiera meditado mientras él dormía su desmayo.

—Me parece que es la hora de que hablemos, mi amor.

Le respondió simplemente, aunque el mi amor en tono de falsete empezaba a inquietarle.

—¿De qué quieres que hablemos?

—De quién eres tú, por ejemplo, de por qué me raptaste y quién te mandó.

—Tú ya sabes quién soy yo porque tienes mi billetera. Y nadie me mandó.

—Lo único que sé de ti es tu nombre, Patricio, un nombre bien ridículo, por cierto. Nada más.

—Mis padres son de Chile. Allá Patricio es un nombre común, como Wilmer aquí.

—Wilmer también es un nombre ridículo, mi amor, y no es tan común por estos lados. Pero no nos desviemos. Queremos saber algunas cosas de ti, como las que te acabo de preguntar. Cómo te lo diría… Lograste despertar nuestra curiosidad.

—¿De quiénes?

—De nosotras dos, yo y Rocío.

—¿Se conocían de antes?

—No. Pero nos hemos hecho amigas. Y necesitamos saber en qué peo estamos metidas antes de entregarte a la policía.

¿Entregarte a la policía? ¡Entregarte a la policía!

El sobresalto que la frase le pegó al Patricio fue tal que del tiro se incorporó en la cama, apoyándose en los codos. No había tenido tiempo de siquiera pensar en la posibilidad de que lo entregaran a la policía. ¡Sí es que él tenía dos muertos encima —quizá tres contando al imán Ibrahín— que ni sabía bien por qué los había matado! Estaba recontra jodido…

—No te muevas, cabrón —dijo la Rubí, en un grito contenido, ya olvidado el mi amor, y Patricio pudo ver que lo apuntaba con la PPK que le había mandado su abuelo chileno por General Express. ¿Cómo se la había quitado?

—No me vas a disparar… las putas como tú, las holoputas como tú no saben manejar una pistola…

—Puede que yo sea una holoputa, como dices tú, pero mi papá fue policía por 30 años y yo crecí jugando con pistolas. Pistolas de verdad. Sé disparar perfectamente una pistola como ésta y soy una tipa muy sensible, me podría poner nerviosa…

—Ok, entendí el mensaje, tranquila.

—Ahora responde. ¿Quién eres tú? ¿Por qué me raptaste?

—Me llamo Patricio de la Barra, como tú bien sabes y…

—El apellido es todavía más ridículo que el nombre. Sigue.

—Bueno, soy historiador…

—No me jodas.

—Sí, soy historiador, sólo que a nadie le interesa la historia en este país y terminé siendo vendedor de salmón…

—Por eso mataste al chino, ¿te debía plata de salmón y no te quería pagar?

—No, no me debía plata. Los restaurantes chinos de segunda no venden salmón, y mira que intenté muchas veces…

—Entonces, ¿por qué lo mataste?

—La verdad… no lo sé. Creo que por rabia. Tú escuchaste que me dijo chileno, ¿verdad?

¿Lo mataste porque te dijo chileno?

—Me lo dijo varias veces.

—Dios. Mira, loco de mierda, me importa un coño por qué lo mataste. Lo que quiero saber es por qué me raptapte a mí. Dime.

—Bueno… es que estoy escribiendo una historia de la holonovela en Venezuela y cuando te vi allí en el set… para serte franco, soy tu admirador... —soltó el Patricio, como si eso lo explicara todo.

—Hijo de puta, ¿qué quieres, que te dé las gracias, que te nombre presidente de mi club de fans? Lo que me provoca es pegarte un tiro, maldito cabrón.

—A estas alturas, creo que no me importaría demasiado…

—A mí tampoco, cabrón. Pero primero quiero saber por qué me raptaste. Tengo algunos enemigos, aunque no lo creas.

—No estoy tan seguro de eso, la verdad.

—Que me creas o no, me importa un coño. Dime, ¿por qué me raptaste?

—Ya te lo dije, soy una especie de fan tuyo porque soy historiador y…

—Ay, no me jodas.

—¿Dónde está la otra, la tal Rocío?

—No te preocupes por eso. Preocúpate por que no te entregue a la policía.

—¿Se puede saber dónde estoy?

—Humm. Claro. Asómate a la ventana.

Patricio se terminó de incorporar en la cama. La Rubí arrastró la silla hacía atrás con un chirrido, con la pistola firmente agarrada en la mano derecha, apúntándole. La vio deseable en su vestidito que era, más bien, como una bata corta, y se sonrió levemente.

—¿De que te ríes, imbécil?

—De nada, tranquila.

Se paró a un lado de la cama y se volteó hacia la ventana. De inmediato, se encontró al Ávila enfrente, erguido bajo el sol y cubierto de nubes que hacían una franja que dejaba al descubierto los topes de la montaña. Justo al lado de uno de esos topes, despuntaba el Hotel Humboldt, aquel viejo edficio tubular de los años cincuenta del siglo pasado. Se alzaba sobre las nubes como un símbolo redivivo de la ciudad de Caracas.

Por mucho tiempo abandonado, el antiguo y fallido Hotel Humboldt —nunca había recibido huésped alguno, sino que había permanecido vacío —, había devenido en el Centro de Vigilancia Permanente (CVP) de los cuatro cantones. Desde allí, se monitoreaba intensamente la ciudad y más allá. Aunque, claro está, con resultados variables.

La estructura tubular de hotel estaba ahora coronada por una esfera de vidrio cuadriculado, hecho de espejos que reflejaban esta mañana intensamente la luz hasta los ojos del Patricio. En un alarde de ingenio, los diseñadores habían sido astutos y no habían colocado el peso de la esfera sobre el edificio original, sino sobre una suerte de exoesqueleto que envolvía el viejo hotel.

Patricio, también, lograba ver, desde la ventana, el valle de Caracas, lo cual le indicaba que estaba en el cantón gringo, en las pequeñas colinas del sur de la ciudad donde vivía la población más o menos acomodada: el remanente de la clase media, los nuevos ricos y los viejos ricos.

—¿Contento? —le preguntó la Rubí.

—Sé. ¿Qué van a hacer conmigo?

—Nada, si te portas bien. ¿No quieres agua? Debes estar sediento —sí, estaba sediento. Volteó y miro a la Rubí por un momento, con una sombra de duda. La holodiva sonreía de medio lado. Se inclinó y bebió directamente de la jarra un largo trago que se le hizo azul, por alguna extraña razón.

–Dime, ¿por qué me raptaste?

—Coño, si es que ya te lo he dicho…

De pronto sintió que la habitación se movía, de uno a otro lado, extrañamente. Al principio, fue como un mareo suave, luego tuvo que sentarse en la cama, mientras escuchaba nuevamente las carcajadas de la Rubí.

—¿Qué coño me hiciste, puta de mierda…? —atinó a decir mientras terminaba de desplomarse en la cama como un zombie muerto.

—Nada, mi amor, no te hice nada. Bueno, sí, el agua tenía un somnífero, o, mejor dicho, una mezcla de todo lo que encontré en el baño de la Rocío. ¿Te digo los nombres de las medicinas que le puse al agua?

–El coño de tu…

Y ahí, el Patricio se volvió a desmayar, en medio de las carcajadas estruendosas de la Rubí.


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Dispara y olvida VII

Novela de ficción. Síguela en 4Dromedarios

Por Ezequiel Borges

7

Rocío Luna

Se despertó en un cuarto oscuro y caliente. Parecía estar acostado, a juzgar por las sensaciones que le producían sus extremidades: piernas y brazos estaban regados sobre una superficie horizontal. Eso estaba claro. ¿Una cama? Intentó incorporarse sólo para descubrir que todo le dolía, desde las uñas de los pies hasta el rostro, o así le parecía al Patricio.  Intentó averiguar qué le dolía. Le dolía la espalda, el hombro derecho y un punto indeterminado más debajo de la rodilla, no sabía cúal de las dos cosas le dolía más.

Pero sobre todo le dolía el rostro, o una parte del rostro. Alguien lo había cortado, seguramente. Sentía una especie de laceración en la frente que le llegaba hasta la nuca. Incorporarse fue como descubrir que su cuerpo había envejecido de pronto o había sido triturado por fuerzas desconocidas.

Bienvenido a la vejez o a la miseria, se dijo, mientras terminaba de sentarse en la cama.

Le reconfortó su propio chiste sobre su condición, tan precaria. Los ojos se le fueron acostumbrando a la oscuridad y descubrió que, en efecto, se hallaba sobre una cama en un cuarto oscuro. Había una puerta cerrada, a unos pasos; junto a la cama había también –a cada lado– dos mesitas de noche, una de las cuales portaba una jarra de agua.

Alargó la mano y tomó la jarra por el asa. Una jarra de cristal que pesaba lo suyo en la oscuridad. Bebió un largo sorbo de agua sin preocuparse de que una parte se le derramara en el pecho.

Sabía que la sed no terminaría en un rato, así bebiera como un condenado a muerte, de modo que recolocó la jarra en la mesita de noche y lanzó un suspiro, tan agudo, que él mismo se extrañó.

Decidió recordar cómo habría llegado hasta este lugar.

Lo último que recordaba era la pelea en la mezquita de Ibrahín, mientras sostenía a la Rubí con una mano, y con la otra trataba de golpear al imán con la cacha de la pistola, de la Walther PPK recortada que su abuelo chileno le había mandado por General Express desde Santiago.

Luego de eso, el vacío, la negrura de este cuarto. ¿Es que estaba preso en la mezquita?

Maldito Ibrahím, gritó, para sus adentros, el Patricio. Él sólo había intentado cobrarle el salmón al imán, y, también, encontrar un refugio para la Rubí, que estaba herida.

¿Qué era este sitio? ¿Cómo coño había llegado hasta allí?

Buena pregunta.

Como no podía responderla y estaba encerrado en la oscuridad, decidió gritar. A ver si pasaba algo, a ver si alguien aparecía.

–Ibrahín, hijo de puta, ¿dónde coño estoy?– gritó, y le salió un grito agudo, casi como el de una mujer.

Nada ocurrió, por unos largos segundos.

Luego se escucharon unas carcajadas femeninas, inconfundibles, detrás de la puerta oscura.

–Maricón –respondió una de las voces femeninas–, aquí no hay ningún Ibrahín, ja, ja, ja. Cágate.

Trató de procesar aquella respuesta inverosímil pero lo único que se le ocurrió fue responder:

–Pedazo de puta, ¿dónde estoy?

Se escucharon susurros, como si las mujeres detrás de la puerta estuviesen discutiendo qué hacer.

¿Es que, acaso, los guardias de esta mezquita son mujeres?, pensó el Patricio

–Ya sabemos tu nombre, pajúo. Te llamas Patricio. Tenemos tu cartera.

De nuevo las risas de las mujeres se le atornillaron como un enigma al Patricio en las orejas.

¿Te llamas Patricio? Tenemos tu cartera.

Entonces, con un chirrido –en medio de la oscuridad, que ya no era tanta– se abrió la puerta y aparecieron dos figuras, que, evidentemente, eran mujeres.

No podía distinguir las ropas con las que estaban vestidas pero eran mujeres por los peinados y la manera de moverse –sinuosa–, contra el fondo oscuro de la habitación.

Una de ellas dijo:

–Encontramos tus balas, cabrón.

Qué coño…

–Y ahora nosotras tenemos la pistola, así que no hagas ningún movimiento rápido, si no quieres que te metamos una bala en el ojo.

De nuevo las risas femeninas llenaron el cuarto. Se estaban divirtiendo en serio, éstas dos putas. Pero, ¿dónde estaba Ibrahín? ¿Las había dejado a cargo el puto imán?

Se acercaron, lentamente, como tanteando el terreno, como si temieran que él les hiciera algo. Lo cual era totalmente absurdo, estaba a su merced.

Siguió recordando:

–¿Rubí? ¿Eres tú?

–Claro que sí, imbécil –dijo una de las sombras chinescas que se enfrentaban a él, un poco más allá de sus pies.

–¿Qué fue lo qué pasó, Rubí? Cuéntame, por favor.

–Ahora sí que estás suavecito, ¿verdad? Te pareces a una gelatina. Pero hace un rato…

–Te las das de muy macho pero aquí la Rubí te ha dejado un par de recuerdos en la cara… –dijo una voz proveniente de la otra figura claroscura. El Patricio empezaba a entender.

–No le cuentes eso, ¿para qué? –otra vez las risas largas y agudas de las dos mujeres chinescas le trepanaron el cerebro.

–¿Qué coño me hicieron ustedes dos, pedazos de putas…

–Yo no te hice nada, todo lo hizo ella solita, mi amor.

–¿Y se puede saber quién eres tú?

–¿Yo? Rocío Luna. Una de las putas –hizo énfasis en la palabra– que te salvo de morir apuñalado. Por cierto, mientras estabas allí tirado como una plasta de mierda, mi amiga Rubí te ha dado tantas cachetadas que te ha dejado la cara como…

–Malditas perras…

De pronto las mujeres avanzaron como cobras en la oscuridad –lo pudo ver– y, sin transición, sintió que el cañon de un arma –no podía ser otra cosa– se le introducía en la boca.

–¿Te gusta así, cabrón –dijo una de las dos voces femeninas.

Luego sintió un sonoro paff en el rostro y se desmayó.

El comisario general Ramón Cabello estaba fastidiado. Muy fastidiado.

Esto se estaba convirtiendo en un cangrejo, en un caso complicado. Claro que sabía que, al final, lograría atratpar al asesino del periodista de, ¿cómo se llamaba? Ah, sí, El Vacacional. Vaya nombre. Un semanario de mierda que no vendía ni dos ejemplares en papel.

¿Huellas dactilares en la escena del crimen?

Doce huellas dactilares diferentes, a saber: las huellas, en el mostrador de la entrada, de una secretaria de nombre Yajaira, que, por lo demás, ya no trabajaba en aquel nido de ratas.

Uhmm, las huellas de un repartidor de comida china, de uno de esos locales de comida china del centro que no se sabía si servían carne de pollo o de gato.

Ah, muy interesante, las huellas de una de las prostitutas de la Av Norte, en las paredes, sobre la mesa de trabajo, en el baño, etc.

Al parecer, el periodista, de nombre… uhmmm, nota mental, ¿cuál es el puto nombre del periodista muerto?

En realidad, parecía una muerte por robo. Ya que el periodista había firmado un cheque –justo antes de la muerte, según el forense– de cincuenta millones de bolívares blandos. Nada mal para que una puta callejera lo matara.

También había las huellas de un repartidor de salmón, de nombre Patricio, vaya nombre ridículo, que, probablemente, le intentaba vender al idiota periodista un salmón de segunda, cuando es un hecho sabido que el mejor salmón viene de Noruega. No.

Las huellas de una masajista, de un repartidor de pizza, de una vecina de cuarenta y cinco año que –por cierto, estaba buena, o eso decían sus detectives.

Allí paró de contar.

Algo faltaba.

En fin.

Más jodida era la muerte en el Cantón chino. La propia policía del Cantón chino le había pedido ayuda, lo cual era totalmente inusual.

–Cabelo, quelemo acceso a tu base de dato. Muelte muy mala.

Se había reído del asunto. Ni de vaina. Estos hijos de puta habían nacido en Venezuela pero ni siquiera hablaban español. Que se fueran a joder a la tía de su madre. ¿O quizá se hacían los que no hablaban español?

Nadie podía saberlo.

El hecho es que en una barra de un restaurant chino de segunda categoría te vas a encontrar las huellas digitales hasta de Sun Yat Sen, el fundador de China. Impósible catalogarlas. No me jodas.

Seguramente era un arreglo de cuentas, ¿qué otra cosa podía ser tratándose de la cultura china, la cultura más corrupta de la historia?

Le empezó a doler la cabeza. Necesitaba respuestas, así de simple, respuestas o no sólo lo iban a joder desde arriba, sino que quizá lo dejarán sin pensión.

Y, sobre todo, la urgencia del Alcalde de los Cuatro Condados por recobrar a la Rubí Rodríguez. Todavía no eran las doce de la noche pero ya sabía que no iba a dormir esta noche.

Vaya una mierda.


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Dispara y olvida VI

Novela de ficción. Síguela en 4Dromedarios

Por Ezequiel Borges

 

6

El imán

De nuevo el Patricio y la Rubí Rodríguez cruzaron una alcabala, ésta vez entre el cantón chino y el cantón musulmán. La alcabala era un arco de metal por debajo del cual transitaban los carros, eso lo sabía bien el Patricio como todos los caraqueños. La alcabala era un escáner gigante, repleto de sensores.

Tenía cámaras de luz normal y cámaras infrarojas que registraban la matrícula de los automóviles y los rostros de los pasajeros y transferían la información a una computadora central que los identificaba. Si el carro era robado o alguno de los ocupantes estaba siendo perseguido, el programa de identificación hacía sonar una alarma. No sólo eso, sino que el arco de metal –la alcabala–, en caso de alarma, le disparaba al vehículo un chorro de pintura metálica que no era más que un rastreador GPS.

Naturalmente, el chorro de pintura metálica que se adosaba al costado del carro producía un sonido como el de un puño contra la carrocería. Pum.

Todo esto lo sabía el Patricio –como cualquier caraqueño corriente–, y por eso cuando cruzó con su Toyota Sentien hacia turcolandia, suspiró profundo. No se había producido el golpe de la pintura rastreadora, es decir, que todavía su identidad era desconocida para las autoridades. O lo que es igual, que tampoco podían –todavía– rastrear su carro.

Tengo un poco más de tiempo, un poco más.

En todo caso, no tenía mucho tiempo y lo sabía. Tenía que reorganizarse, curar sus heridas –si las había– y seguir con el plan que, a estas alturas, estaba un poco desdibujado.

Su intención había sido siempre utilizar la pistola –la Walther PPK de su abuelo chileno– para conseguir dinero, no para matar a nadie, en realidad. Además, era un dinero que le debían y estaba cansado de que no se lo pagaran.

Se dirigió, raudo y tranquilo, hacia la Mezquita de la Piedra Negra. Turcolandia de noche era fantasmagórica y en muchas esquinas había figuras oscuras portando kalashnikovs y mirándote como si fueses un sapo en una piscina: como un intruso.

No importaba para nada.

La Rubí –su tesoro–, descansaba desmayada en el asiento del copiloto, dulcemente, como si se hubiera tomado una triple dosis de valium ore.

Contó mentalmente las balas que había disparado.

A ver:

Dos balas para el periodista arrastrao.

Tres balas para los cargadores de cables de la telenovela, la holonovela.

Dos balas para el pobre Huan.

Ésas últimas dos balas le habían dolido. El Huan era simpático, casi un hermano. Pero el Huan era un necio y lo había llamado chileno demasiadas veces.

No sabía si le quedaba una bala o no.

Todo dependía del modelo de PPK que tuviera en el bolsillo de la chaqueta de cuero; todo dependía de si la pistola cargaba siete, ocho o nueve balas.

Todo dependía del modelo de Polizeipistole Kriminalmodel que tuviese en el bolsillo, del modelo de Pistola de policía criminal que tuviera en el bolsillo de la chaqueta.

Lo que sí sabía es que era una pistola recortada, más pequeña que la Walther PP –la original–, que había dado paso a esta versión recortada para policías de paisano.

Una pistola pequeña es muy útil si eres un policía que persigue comunistas en las calles del Berlín de mil novecientos treinta y cuatro.

Te la metes en el bolsillo interior del abrigo y nadie la notará. Sin embargo, es bastante precisa hasta los veinte metros. Puedes dispararle a un comunista en una plaza sin que nadie te vea, paff, paff, y luego te la guardas y la engrasas en tu casa, mientras la mutter te hace la cena.

–¿Otra vez col y salchichas grasosas, mutter? –le puedes decir a tu madre, mientras engrasas tu pistola. Porque tu pistola te conducirá al partido y el partido te llevará a otra vida.

Otra vida, hay que dejar todo atrás.

En eso el Patricio estaba de acuerdo con los viejos nazis y con los fabricantes de la pistola que todavía llevaba en el bolsillo de la chaqueta de cuero negra, mientras se adentraba en el cantón musulmán, comúnmente conocido como turcolandia.

Sacó la cabeza por la ventaba del carro y se aseguró de que los vigiglobos no estaban sobre él. Era seguro que nadie lo seguía. Fue manejando muy despacio por entre las calles estrechas en las que –de vez en cuando– se escuchaban los tiros al aire de los jihadyn que celebraban a Alá.

Una bala, de pronto, impactó el vidrio del frente y lo atravesó con un sonido cristalino. Una lluvia de cristales lo bañó al Patricio y a la Rubí se le hizo una raja en la sien derecha y la sangre le empezó a manar como si nada.

La diva ni siquiera suspiró.

Patricio perdió el control del carro que giraba y hacía eses y golpeaba las aceras.

De pronto, todo se detuvo.

Se escucharon un par de tiros más.

Luego, nada.

El carro se había apagado, así que le dio una orden verbal:

–Préndete.

Brum.

Siguió manejando por diez minutos en el barrio árabe que era algo así como la Franja de Gaza; un barrio sin luz donde el sonido de los disparos al aire se confundía con el sonido de la música ululante.

En una calle ciega se detuvo e hizo un cambio de luces. Chas, chas.

Una puerta se abrió y el Patricio se bajó cargando a la Rubí como si fuese un costal de papas hasta adentrarse en un pasillo oscuro que olía a incienso y que estaba iluminado por unas velas rojas.

La puerta que había dejado atrás se cerró con un clak y sintió en la espalda la punta de un puñal. Alguien dijo en español:

–Te estábamos esperando, infiel. Camina.

Caminó con la Rubí en los brazos por incontables pasillos sinuosos hasta que el hombre del puñal le dijo:

–Para.

Se detuvo en la oscuridad pensando que quizás aquí lo iban a matar, que hasta aquí había llegado. Aunque, por otro lado, Ibrahim no lo mataría sin saber qué cosa había venido a hacer el Patricio en sus dominios.

Aquel pensamiento lo reconfortó un poco. Lo suficiente como para acariciarle el pelo a la Rubí y para descubrir en su mano rastros de sangre. No obstante, la hemorragia se había detenido y la sangre se le había hecho más gruesa y más negra en la frente a la diva. La Rubí estaba bien, pensó. Le tomó el pulso por si acaso. Al menos tenía pulso, constató.

De pronto, frente a él, se abrieron unas cortinas y una potente luz amarillenta lo cubrió como si fuese –sin transición– el espectador de una obra de teatro.

–Infiel –dijo la voz de Ibrahim–, acércate.

–Maricón –dijo el Patricio, más o menos con voz recia–, quítame al cabrón del cuchillo de la espalda. Soy Patricio.

–Abdel Alim, deja al infiel tranquilo.

De inmediato, desapareció el cuchillo de la espalda del Patricio y logró éste enderezarse, no sin un respingo. Recordaría ese puñal pronto el cabrón que se lo había puesto en la espalda, claro que sí.

–Chileno infiel, ¿qué te trae a la casa de Alá?

–Ibrahín, errrr, señor imán, le vengo a cobrar lo que me debe.

–Te refieres, infiel, ¿a peces con escamas y aletas, que son los únicos que podemos comer los elegidos?

–Me refiero, perdona, a los ciento cincuenta kilos de salmón que me debes, Ibrahím, ni más ni menos.

–Ah, un hombre que valora las matemáticas. Nosotros, los musulmanes, para tu información, chileno, fuimos los que preservamos la matemática pitagórica de los años oscuros…

–Por favor –interrumpió el Patricio–, Ibrahím, no me jodas con tus historias. Quiero mi dinero.

Para el Patricio se estaba complicando la situación de una manera muy seria. Tenía prisa y el idiota imán parecía tener todo el tiempo del mundo. Para más vaina, la Rubí estaba desmayada en sus brazos y no sabía si se iba a despertar. Tendría que escapar, joder, sin cobrar.

Coño, coño, rápido, Patricio. Haz algo.

El punto era que no sabía si acaso le quedaba una bala, si sólo hubiera revisado bien la información de Internet Kuantum… había tres tipos de PPK, coño, una de siete balas, una de ocho balas y una de nueve balas.

No sabía. Él no había cargado la pistola, la pistola estaba cargada cuando le llegó de Chile, vía General Express. Claro que sí sacó el cargador y lo volvió a poner un par de veces, con un click –como prueba– pero nunca contó las balas.

¿Siete balas, ocho balas o nueve balas?

Aunque, por otro lado, Ibrahim –el idiota imán–, no sabía que él no sabía cuántas balas tenía. Ajá.

Las pupilas se le habían cerrado al Patricio y ahora veía el espacio enfrente:

Una especie de spa a la manera árabe. Con corrientes de agua que terminaban en una pequeña laguna donde una mujer desnuda dejaba ver dos senos rosados justo sobre la línea del agua.

No dudó más:

–Acércate, Ibrahim, que si no te mato –y lo dijo sacando la PPK que nadie le había quitado y apuntándosela al imán a la cara.

–El hombre infiel es un traidor y nunca será tan viril como el hombre musulmán, chileno…

–Puede ser pero si yo fuera tú –le dijo el Patricio, apuntándole–, pedazo de imbécil, me pagaría mi dinero. Digamos diez mil dólares.

–Ja, ja, ja. Un hombre de Alá..

El Patricio le asestó un culatazo con la PPK al imán y lo vio caer al piso, manchada la frente con una sangre que se le hacía al Patricio ridícula y muy merecida.

Se volteó y encontró una daga curvada frente a él, la daga de Abdel Alim, el sirviente de Ibrahim. Abdel hacía eses con la daga frente a él, mientras el Patricio con una mano cargaba a la Rubí y con la otra a la pistola.

Éste hijo de puta, ¿de dónde salió?

Pero el verdadero problema era que Abdel podía lastimar a la Rubí que le hacía de protección al Patricio sin querer, mientras el Abdel lanzaba cuchilladas. Y, coño, el Patricio no sabía si le quedaba una bala o no.

De pronto, justo cuando el Abdel iba a cortar a la Rubí, alguien se le encaramó por detrás y le metió los dedos en los ojos furiosamente.

Por un instante, el Patricio vio a una chica caer hacia atrás y al Abdel intentar apuñalarla.

Luego, estaban los tres en el carro, en el Toyota Sentien:

Patricio, la Rubí y la chica extraña.

–¿Cómo te llamas? –le preguntó Patricio a la chica, mientras conducía el Toyota hacia el próximo cantón.

–Rocío Luna. Sigue manejando, cabrón.


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Novela de ficción. Síguela en 4Dromedarios

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5

El comisario

El comisario del cantón central, Ramón Cabello, agarró con la mano uno de los vigiglobos que sobrevolaban Caracas y lo movió al este, más allá del cantón central, hacia el cantón chino.

En realidad, se trataba de una escena holográfica de la ciudad de Caracas –más o menos del tamaño de una mesa de billar–, en la que se representaban en tercera dimensión los cuatro cantones: el cantón del centro, el cantón chino, el cantón musulmán y el cantón gringo.

La representación holográfica no era real, naturalmente, –sólo una simulación–, pero los vigiglobos sí que lo eran y cuando el comisario los movía –uno a uno, con la mano–, los globos aeroestáticos vigilantes de quince metros de largo que sobrevolaban Caracas, también se movían sobre el paisaje de la ciudad.

Los vigiglobos estaban cargados de cámaras de alta resolución y de sensores infrarojos que podían detectar a un objeto cualquiera o a una persona, telescópicamente, como si estuviesen sólo a unos metros de distancia. De día o de noche.

Generalmente, los vigiglobos funcionaban en modo autómático, eso sí, con un programa de identificación de objetivos que les permitía vigilar a la gente y reconocer los patrones de sus rostros.

Naturalmente, era un sistema imperfecto.

Porque, bueno, la gente a veces se pone cachuchas o gorras, o camina por zonas cubiertas o, simplemente, baja la cabeza, y eso dificulta que las cámaras y los sensores y el software funcionen correctamente.

Esta precisa noche al comisario Ramón Cabello le producía una rabia indecible que los vigiglobos no fuesen lo suficientemente eficientes como para ayudarlo a resolver el problema en el que estaba.

Porque estaba en un problema serio:

Rubí Rodríguez, una actriz de telenovelas holográficas –probablemente la actriz más popular de los cuatro cantones–, había sido raptada. Y enfrente de todos, para más vaina.

Era algo inaudito –nunca había pasado semejante cosa hasta donde él sabía–, algo que verdaderamente alteraba la paz y la concordia de la ciudad bajo la montaña y que ponía en duda la capacidad del comisario para resguardar el orden. ¿Qué dirían sus superiores? Podrían haber serias consecuencias administrativas para él.

Coño, Cabello, ¿qué vas a hacer?, se preguntó.

Tranquilízate, Ramón, por favor.

Empujó suavemente el vigiglobo un poco más hacia el este y en la escena hológrafica empezaron a aparecer las calles y los inmundos rincones del  cantón chino, iluminados verdosamente por el infrarojo.

¿Cómo carajos iba a encontrar a la Rubí en aquel sucio suburbio lleno de ojos rasgados y de fideos malolientes?

Lo ideal sería mandar una comisión de Policía Cantonesa, –la Polican–, al cantón chino (que era el que estaba aledaño al cantón donde había ocurrido el rapto, el cantón central) para que hicieran una redada. Desgraciadamente, no contaba con la autoridad para hacer semejante cosa. El “Acuerdo de los cuatro cantones” le impedía hacerlo. Una mierda.

Aquel era un mundo aparte. Los chinos funcionaban con casi total autonomía en su propio cantón. Incluso, habían solicitado una dispensa constitucional –que, afortunadamente, había sido negada– para separarse de Venezuela.

Que se jodieran, él tenía sus medios. Buena parte del presupuesto de la policía del cantón central se iba en informantes que tarde o temprano le darían…

De pronto, sonó una llamada de alarma que se transformó –en la escena holográfica que tenía enfrente– en la voz y en el rostro del Presidente de los cuatro cantones, Natalio Recio:

–Comisario Cabello, ¡esto es inaceptable! –decía la voz, más bien histéricamente.

–Señor, Presidente, la verdad…

–Déjese de estupideces. ¿Dónde está la Rubí Rodríguez?

–Señor Presidente, la estamos rastreando con los vigiglobos…

–Me importa un carajo, comisario. Consiga a la Rubí o le va en juego su cabeza.

–Señor Presidente, entiendo que es importante… pero, después de todo, es sólo una actriz… –Cabello trataba de quitarle importancia al asunto porque sabía que podría tener consecuencias desagradables para él.

–Mire, imbécil, ésa actriz, como la llama usted, es mi novia. Tiene hasta mañana al mediodía para encontrarla.

–No lo sabía, Señor Presidente, muy bien… Pero si usted es su novio, como dice…

Y ahí se borró de la escena holográfica el rostro y la voz del Presidente de los cuatro cantones y sólo quedarón los cuarenta vigiglobos que vigilaban la ciudad, ronroneando sobre el valle oscuro, como fantasmas.

Para el comisario Cabello esto ya era demasiado: estaba acostumbrado a un mundo en el que no pasaba prácticamente nada. No había en su mundo tragedias ni dramas, ni mucho menos actrices de holonovelas raptadas, por favor. El mundo del comisario era un mundo tranquilo –con algunas excepciones– en el que tenía que intervenir muy poco. Sólo como mediador.

Pensaba el comisario Cabello que –a pesar de que los cuatro cantones no eran del todo estables– había en su mundo una especie de… felicidad.

La vida era casi perfecta en la Caracas de los cuatro cantones.

Bueno, a veces desaparecía alguien sin dejar rastro alguno… una que otra vez le había tocado sacar cadáveres del río que atravesaba la ciudad; dos semanas atrás encontró dos cabezas decapitadas en un basurero…

Eran casos aislados, nada por lo que preocuparse.

Pero, ¿dónde estaría la Rubí? Se pasó la mano por el cráneo totalmente calvo y reluciente y luego se atusó sus bigotitos negros con nerviosismo. Era un personaje robusto de un metro setenta de estatura pero la angustia que le producía este caso le daba un aspecto de gelatina temblorosa.

Activó de nuevo la escena holográfica y movió con la mano los vigiglobos todavía más al este, más allá de Altamira.

Hacia el cantón musulmán.

Quizá la encontraría a la Rubí –maldita sea– antes del mediodía entre los árabes. Pero se preparó, sin embargo, para salir a hacer un poco de trabajo de campo. Esta era una tarea que los vigiglobos no podían terminar por sí solos.

Después de todo, él era el comisario Cabello y ahora tenía una misión.

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El Presidente de los cuatro cantones, Natalio Recio, se desconectó de la llamada holográfica que le había hecho al comisario Cabello, con un gesto de fastidio: aquel comisario era un incompetente. Al instante, la escena holográfica se restauró y aparecieron la ciudad y los vigiglobos. Pudo ver cómo el comisario movía (sólo ellos dos tenían la clave para activar los vigiglobos) un par de ellos hacia el cantón musulmán y lanzó un suspiro.  No creía el Presidente que los raptores –o el raptor, no se sabía si era uno o varios– se hubiesen movido tan rápido como para llegar hasta el cantón musulmán. Seguramente estaban escondidos en el cantón chino, que era el cantón más sucio de todos.

Quizá se había excedido un poco diciéndole al comisario Cabello que la bella Rubí era su novia, pensó de prontó, con una pizca de vergüenza. Aunque eso ahora no tenía ninguna importancia, en todo caso, decidió. Lo importante era encontrarla y rápido. No fuera a ser que le pasara algo, coño.

En realidad, Recio sabía que no se podía considerar como novio de la Rubí todavía; no, todavía no.  Era cuestión de tiempo, claro. Era posible que ella no supiera que era su novia futura pero para él era como una propiedad esperando a ser tomada.

Se la había encontrado en un par de reuniones sociales en el Palacio de los cuatro cantones y hasta logró llevársela a un aparte y agarrarle una mano y susurrarle…

De pronto, sonó la alarma del holovisor y en la escena frente a él apareció de nuevo el rostro del imbécil comisario Cabello, muy alterado:

–Señor Presidente, le informo que hemos encontrado un muerto muy cerca del lugar del rapto de la Rubí Rodríguez... pensamos que podría estar relacionado con la desaparición de su… er, novia. También hay un herido de bala en mal estado. La verdad, no sabemos si esto es un ataque terrorista o qué…

El Presidente Natalio cortó la comunicación holográfica sin siquiera responderle al comisario y se cubrió el rostro con las manos.

Sin darse cuenta –mientras se le aguaban los ojos– se puso a tararear:

“Caminante, pasa ya de largo que yo menos mal que te olvidé”.


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