Portugués

Eventos desafortunados (III)

Foto: Josibeth Lanza

Foto: Josibeth Lanza

AC | Venezuela*


¡Wow, qué calor!— Fueron mis primeras palabras al llegar a la ciudad de Santa Cruz de la Sierra en Bolivia. Mi ropa estaba completamente marrón; mi camisa, mis zapatos… nada servía más. — ¿Por qué?— Se preguntarán ustedes. Bueno, una serie de eventos desafortunados nos ocurrieron en territorio boliviano.


Lea la primera y segunda parte de esta historia:


Nuestra ruta incluyó pasar por el Amazonas boliviano, un lugar increíble, con animales tan exóticos y diferentes, como peligrosos. Es una zona que, como el jefe dijo, era bastante peligrosa y poco transitada. Ahí estábamos nosotros, accidentados, en medio de la nada, con un caucho espichado. La ruta es bastante difícil, hay que tener paciencia. El peso de la camioneta, más la velocidad conllevó a que eso sucediera. Nos accidentamos dos veces por el mismo motivo.

Estuvimos horas en esa carretera, terreno de piedras con tierra, humedad y animales que jamás en mi vida había visto. Prendimos fogatas en medio de la carretera para pedir ayuda, si eso no es una verdadera aventura, no sé entonces qué lo será. En ese momento no veía la hora de terminar de llegar, habíamos pasado demasiado, estaba agotada. Tanto física como mentalmente. Llevaba muchos días sin hablar con mi mamá, ya comenzaba a desesperarme.

En este punto, no puedo negar que fue un viaje lleno de muchas cosas, aventuras increíbles y momentos que jamás voy a olvidar, para bien o para mal. Pero recuerden, aún estoy hablando de mi viaje en carretera, no he hablado de lo que sucedió una vez instalados en el destino.

Cabe destacar que Santa Cruz no era mi destino final, todavía me faltaba un tramo. Yo me instalaría en una pequeña ciudad llamada Tarija, sitio muy cercano a la bella Ciudad de Salta (Argentina). De Santa cruz puedo hablar muy poco, conocí muy poco, la verdad estaba tan agotada que sólo quería bañarme y acostarme a dormir.

Continuamos nuestro camino hacia Tarija. Al llegar a Tarija comenzaría la pesadilla más larga que he vivido. El jefe, a quien en este momento le pondremos un nombre para identificarlo de mejor manera: Pedro.

Pedro nos había comentado, al llegar a Tarija, que el lugar que tenía reservado para ser nuestro alojamiento se lo habían cancelado a último momento por falta de organización de su parte, se disculpaba por ello. En ese momento, nos dice que debemos decidir entre ir a vivir (de momento) a un lote que él tenía o pagar nosotros un Hotel. Nuestra primera respuesta fue: veamos el lote. No queríamos gastar lo que nos quedaba, necesitábamos ahorrar al máximo.

El lote era un terreno en proceso de “construcción” que Pedro utilizaba como depósito y estacionamiento de sus autobuses. Había también una pequeña casa ahí dentro, realmente era un espacio de 5 metros cuadrados, con una cama matrimonial, una litera y un baño. Todo estaba sucio, lleno de mucho polvo, ratones, arañas, en muy mal estado. Al ver eso, nuestra respuesta fue obvia. “Nos vamos a un Hotel”.

No es por querer ser exquisitos, pero veníamos de un viaje de más de 15 días, estábamos cansados, necesitábamos un lugar donde descansar y abrigarnos bien, ya que Tarija nos recibió con una temperatura de 2°C. Nadie se iba a poner a limpiar esa asquerosidad. Un hotel por tres días fue lo que pagamos para relajarnos y conocer un poco.

Este fue nuestro primer error en Bolivia. Pagamos el hotel entre todos, gastamos nuestro dinero, teniendo en cuenta que ya habíamos pagado en Brasil para sobrevivir. Pedro había prometido devolver ese dinero, pero eso no había sucedido.

Tarija es una ciudad bastante pequeña, para ese entonces, no había ni un centro comercial a donde ir, era literalmente un pueblo. Yo seguía con mi mentalidad positiva. “Todo pinta muy mal, pero vamos, sí se puede”. Conocimos el restaurante y el bar donde se iba a trabajar. Todo parecía estar en orden.

Ya teníamos claro qué era lo que íbamos a hacer. Estaba todo organizado y se había hablado del tema comida, tema trabajo, tema alojamiento. Yo se los voy a aclarar muy brevemente:

1- Comida: seríamos los encargados de preparar las tres comidas del día en el restaurante para la venta. También debíamos cocinar para la familia de Pedro y para nosotros.

2- Trabajo: en el restaurante se trabajaría de lunes a viernes; y los fines de semana trabajaríamos en el bar. También había una opción extra, para el que quisiera, podía trabajar también en la agencia de viaje. La agencia ofrece viajes en Autobús desde Tarija (Bolivia) hasta Salta (Argentina).

3- Alojamiento: el lote o el Restaurante, mientras Pedro conseguía un alojamiento mejor. Obvio, el restaurante fue la opción. Obvio, preferíamos mil veces dormir en sillas antes que ir al lote. Tampoco el restaurante era un lugar de lujo: dormir en los sofás fue lo primero.

Cuando estás en esa situación y sabes que tu vida depende de alguien más, tratas de hacer lo mejor que puedas con los recursos que tengas.

Ya que estaban todos los planes en la mesa, se comenzó a trabajar.

...Y así cómo cuando construyes una torre de cartas, creyendo que eres la persona más ingeniosa del planeta entero, pero olvidas que son cartas sobrepuestas y que hasta la brisa las puede tumbar. Así mismo sucedió, la brisa comenzó a soplar y mi torre de cartas se vino abajo...

El restaurante no vendía nada de comida, pero NADA. El bar iba bien, pero no lo suficiente. La agencia de viajes no necesitaba cuatro personas, con una era suficiente… y Pedro no quería seguir perdiendo dinero.

PRIMER GOLPE: “No voy a seguir cubriendo sus gastos de comida, voy a cerrar el Restaurante, por ende, tampoco pueden vivir aquí. Se van al Lote o no voy a seguir trabajando con ustedes”. Por más que peleamos, pataleamos y hasta lloramos, no pudimos hacer nada. Esa fue su última palabra. El Lote se convirtió en mi hogar a partir de ese momento.

Mi hogar, el peor lugar dónde he vivido, se limpió lo mejor que se pudo. Se acondicionó para que fuese habitable, pues, éramos cuatro personas ahí. Un solo baño. Que no se nos juntaran las ganas de ir al baño a todos al mismo tiempo, si no, sería un verdadero problema. Noches completas sin dormir, los ratones hacían de las suyas. Se compró de todo para acabar con ellos, pero no hubo manera.

Las noches eran el mejor momento para ellos entrar, se montaban entre la ropa, buscando comida, encima de la cama, en todos lados, hubo ratones que pasaban por mi cabeza. La peor pesadilla que he vivido.

La idea de Pedro era hacer que el bar funcionara, él era un hombre de contactos, tenía contactos también con medios de comunicación de la ciudad. Fuimos a varios programas de televisión y promocionamos el Bar lo mejor que pudimos, hicimos ofertas, descuentos, de todo. No solo lo hacíamos por él, era también por nosotros mismos… necesitábamos trabajar. Necesitábamos el dinero. Ganábamos 50 dólares a la semana, de los cuales, se nos iba en comida y transporte. Pasé días haciendo una sola comida, no quería gastar, y hacía hasta lo imposible por ahorrar algo de dinero.

Pero cuando crees que puedes aguantar los golpes, te llega otro.

SEGUNDO GOLPE: nos enfermamos. Mi amiga, asmática, era internada por el asma muchas veces en el hospital. La medicina es cara en Bolivia cuando no cuentas con un seguro médico. Yo me enfermé muchas veces del estómago, no comía bien y comer siempre en la calle no es bueno para nadie. Lo poco que siempre lográbamos reunir, se iba en medicamentos.

Parecía que no iba a existir una luz en ese túnel que estábamos transitando. Pero llegó esa “luz” que podía hacer que todo cambiara. Conocí al director de una escuela gastronómica, Pedro lo hizo llegar a mí. Él también me había visto preparar los cócteles que se ofrecían en el Bar por televisión. Existió la oferta de trabajar con él en esa academia Gastronómica dando clases básicas de coctelería y también coctelería acrobática (Flair), son cosas que hago y me he dedicado a hacer. Comencé a hacer programas de TV, de la mano de este señor de la academia.

Él tenía un espacio en la TV, cocinaba y daba tips para la semana. Yo me ocupaba de la parte divertida, tragos libres de alcohol y además promocionaba mis cursos de coctelería y Flair en la academia.

Me aferré lo más que pude a esa opción. De hecho, me volví una especie de “cara conocida” en Tarija, la gente me veía en la calle y me reconocían de inmediato. La señora del mercadito, donde solía almorzar, me dijo: “Tu eres la muchacha de la TV y comes aquí, que alegría, eres mucho más linda en persona que en la TV”. Fui a programas de Radio. De verdad fue un verdadero respiro.

El señor de más edad, que viajó con nosotros, también comenzó a dar clases en esa academia. No lo había comentado antes, pero él es chef internacional. A los dos nos vino de maravilla. Me lo creí, creí en ese proyecto. Hablaba con mi familia, les comentaba lo que pasaba, no todo, solo lo bueno que podía estar viviendo. Nunca es bueno darle dolores de cabeza a ellos, igual es muy difícil que te pueda ayudar estando tan lejos. Parecía que todo se encaminaba, pero una vez más, todo fue una simple ilusión.

Viví en carne propia los problemas de ser mujer, ser el sexo débil, y ser sexualizada hasta el punto más bajo y denigrante. Aprendí de la peor manera que cuando eres mujer no importa lo buena que seas en algo y lo preparada que estés. En algunas culturas y en algunos lugares no va a importar, siempre van a querer algo de ti y cuando hablo de “algo” me refiero a sexo.

Mi sueño de dar clases y de poder hacer dinero gracias a mis conocimientos y experiencia se iban a ver truncados por una conversación. Haré un resumen de ella.

Chef: Los programas han sido un éxito y ya hay varias personas interesadas en tomar los cursos contigo.

Yo: Pues eso me alegra mucho. Para ti sería genial, pues ayuda a la academia y para mi mucho mejor, pues puedo solventar mi situación aquí.

Chef: Bueno, tu situación aquí la puedo solucionar yo. Te pago los gastos de la Visa, trabajas aquí y bueno, quién sabe si después tu y yo podemos salir. Eres una mujer muy linda y bueno, yo estoy solo. ¿Si me entiendes?

Yo: Claro que te entiendo, pero yo soy lesbiana, así que nuestro trato será profesional y si quieres, podemos ser amigos. Yo no tengo problema siempre y cuando exista el respeto.

Chef: Ah, ¿es que te gustan las mujeres?

Yo: Sí, pero eso no debería ser problema. No influye en nada para los cursos ni nada.

Desde ese momento él dejó de responder mis mensajes y no atendía a mis llamadas, de hecho, me enteré en la academia que se habían cancelado los cursos. No me pagó por mis días ya trabajados y tampoco le pagó a mi amigo. ¿Entonces? ¿Significaba que yo tenía que acostarme con él o tener una relación con él para poder dar las clases? ¡Gracias, pero no! Supongo que no soy la primera mujer en el mundo a la que le sucede algo parecido, que tiene que vivir algo tan indignante como eso. ¿Hasta cuándo tendremos que vivir situaciones así? ¡Asco me da!.

Ahí seguía yo, sin dinero, viviendo en una ratonera, enferma, con ganas de abandonar todo y regresarme a Venezuela. Regresar no era una opción, no podía volver. ¿Qué podía hacer? ¿Quién me podía ayudar? Todo iba de mal en peor.

Pedro cada día se portaba peor. Nos hacía peores desplantes. Nos trataba como basura. Pero nosotros con ese pensamiento: “Todos vinimos juntos, nos quedamos juntos. Si despide a uno, va a tener que despedir a los cuatro. No nos vamos a dejar hundir”. Ese grupo, tipo los cuatro mosqueteros, terminaría de la peor manera...

Continuará...

 


AC

*Venezolana radicada en Austria


¡Não falo português! (II)

Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

AC | Venezuela*

¡Brasil, Brasil, Brasil! … Primer país de mi travesía migratoria. Realmente no lo tomé como algo definitivo, como lo dije anteriormente: Me iba solo por seis meses, trabajaba, reunía un poco de dinero y regresaba; así que mi salida de Venezuela, hasta ese momento, no era un adiós, sino más bien un “hasta luego”.

La ruta para llegar a Bolivia sería atravesar Brasil. Siempre quise ir a Brasil, sobre todo a Río de Janeiro, pero en esta ocasión no iba para divertirme, era solo un destino transitorio.

Cruzar la frontera entre Venezuela y Brasil fue bastante sencillo: entras al módulo de migraciones, muestras tu pasaporte y listo, 90 días. En ese momento estaba bastante ansiosa, llena de nervios, adrenalina, tristeza y a la vez felicidad. Tenía un millón de emociones. Lo bueno es que no estaba sola, viajaba con otras personas que irían conmigo a lo mismo, a trabajar.

El viaje por tierra en Brasil comenzó bastante bien, íbamos cantando y bromeando, las cosas típicas de viajes por tierra. De todo quieres hablar y comentar, supongo que es para no hacer el trayecto aburrido y pesado.

Brasil está lleno de paisajes hermosos, gente muy alegre y también tiene un toque de locura.

Las cosas comenzaron a pintar un poco extrañas cuando se nos hace de noche en la vía y aún no habíamos parado a hidratarnos o incluso a estirar las piernas. Llevábamos muchas horas de carretera, era obvio que necesitábamos hacer una pausa, pero no sucedió. Llegamos a parar en un pueblo, buscábamos un banco para retirar dinero, ya que “nuestro jefe” no llevaba dinero en efectivo; raro. Es raro porque estabas en Venezuela, haces un viaje con los que van a ser tus empleados, a los cuales les prometiste todos los gastos pagos: alojamiento, comidas, incluso en el camino hacia Bolivia y ¿no cargas nada de efectivo? Bueno, Venezuela no es el país más seguro del mundo, quizás tuviste un poco de miedo y no quisiste arriesgar. Vamos a tomarlo así. Pero ya para ese momento comenzaron mis dudas.

“El jefe” no es la persona mejor vestida del mundo, no es arreglado. Tiene una cosa que lo caracteriza: carisma. Es un tipo bastante alegre, sonriente, bromista. Parece caerle bien a todo el mundo y llevarse bien con todo el mundo. Es un hombre de negocios, tiene agencias de viajes, restaurantes y ahora un bar.

El cajero no le dio dinero. Nuestras caras para ese momento eran un poema. Estábamos cansados, sedientos y hambrientos. Queríamos descansar, necesitábamos descansar. No sólo por nosotros sino también por el jefe, es quién viene manejando varios kilómetros de carretera sin descanso.

Decidimos parar en una bomba de gasolina. había un lugar donde estacionar y allí pasamos el resto de la noche. El jefe venía preparado con una hamaca, la sacó de la maleta, la colgó entre una viga y la camioneta y dijo: “Voy a dormir, ustedes pónganse cómodos, entenderán que necesito dormir un poco para seguir manejando”. Era obvio que no me iba a poner con dramas ni nada, era la persona que conducía, necesitaba descansar. Me acomodé como pude en los asientos de la camioneta y dormí. Así pasó la noche uno.

A la mañana siguiente, nuestras caras de cansancio no eran normales, no pegamos un ojo en toda la noche, los insectos, mosquitos y los ruidos de los camiones no nos dejaron dormir. Creo que también influyó mucho el hecho de que no podíamos creer lo que estábamos pasando.

El jefe no estaba de buen ánimo, no tenía dinero y necesitaba resolver esa situación lo antes posible. Uno de los que viaja con nosotros comentó que tenía algo de dinero, que podíamos ir a una casa de cambio y ahí resolver un poco. Yo también llevaba dinero pero en ese momento no dije nada (menos mal, más adelante sabrán el motivo) me quedé callada y dejé que fueran ellos los que decidan qué hacer.

Mi mente era un volcán en erupción, pensaba muchas cosas, pero jamás pensé que llegaría a estar en la situación que vivimos después.

El viaje continuó así; pocas paradas y si nos agarraba la noche, parábamos en alguna estación de gasolina para dormir.

Llegamos a Manaos, hay dos opciones para seguir con el viaje:

1) Seguir por carretera

2)Tomar un ferry que atraviesa el Rio Amazonas y llegar hasta Porto Velho.

Seguir por carretera era la opción, pero para nuestra mala fortuna la carretera estaba cerrada. El ferry era la única opción.

Cruzar por el río Amazonas fue una experiencia única, no puedo negarlo. Creo que es de las cosas que se hacen una sola vez en la vida. En el ferry te dan comida, desayuno, almuerzo y cena. Fue un viaje de 5 días en medio de la nada. Sólo se veía agua, cocodrilos y “garimpeiros”. Pero, ¿dónde dormimos esos 5 días? Pues, las personas que conocen de este viaje se vienen preparadas con una hamaca, la cuelgan en el ferry y pueden dormir. Obvio, el jefe estaba preparado, nosotros no. A nosotros nos tocó dormir en el suelo: literal. Apenas se ponía el sol, sacábamos nuestro suéter, lo estirábamos en el suelo y nos poníamos a dormir.

Deben pensar que pasé roncha porque quise, pude haber sacado mis cosas de la maleta y ponerme un poco más cómoda; eso no es así. Mi maleta estaba atada y cubierta por una lona encima del techo de la camioneta, desde un principio se nos dijo: “De acá arriba ya no sale más nada hasta Bolivia”. Era muy poco probable deshacer todo en cada parada para sacar algo de las maletas.

Al llegar a Porto Velho me percato de que algo no está bien, dejan bajar la camioneta del ferry pero a nosotros no. ¿Qué pasa? ¿Qué dicen? Yo no entiendo, no hablo portugués.

¿Recuerdan que no teníamos dinero? Pues, el jefe había hecho un trato, había acordado que él iba a buscar dinero y que si no volvía para el día siguiente se podían quedar con nosotros como pago. Si, así como lo leen.

En ese momento era para agarrar todas las cosas e irse de regreso a Venezuela, eso no iba a traer nada positivo. Estaba en shock, yo no podía creer que eso estuviese pasando ¿Y si no volvía? ¿Y si realmente todo estaba planeando para que nosotros fuéramos explotados? ¿Vendidos como trata de personas? Todo se pasaba por mi cabeza. ¿Cómo había llegado yo a estar en esa situación? Esa noche no dormí. Nadie lo hizo. Estábamos consternados. Nos veían como un pedazo de carne, como unos objetos, no podíamos bajar del ferry, no teníamos comida. Todo estaba muy mal.

Las propuestas indecentes nunca faltaron, ser mujer en una situación así nunca es fácil. Sexo a cambio de comida, era fácil, se dice con mucha naturalidad. En Brasil es un tema que no es tabú. Un tema libre, un tema que se toca mucho, tanto, que si no entendías el portugués, te mostraban un condón como señal. ¡Vamos!, un condón todos saben para qué se usa.

En este punto digo: “Yo tengo dinero, vamos, cambiamos y compramos comida”.

—Yo tengo unas perlas, podemos venderlas y comemos, creo que es lo mejor.— dijo el más viejo del grupo. Un hombre lleno de años y sabiduría, el hombre de confianza, mi madre lo conocía en persona. Era a quién mi madre le dijo; “Cuida muy bien a mi negra y me la traes de regreso”. Sus perlas fueron la opción, quizás él se sentía un poco responsable por esa situación y trató de hacer lo mejor que pudo.

La noche pasó….se hizo mediodía… estaba empezando a caer la noche y aparece a lo lejos la bendita camioneta. Era el jefe, había vuelto. Me sentía a salvo, feliz de volverle a ver, aunque sabía que había sido él quién nos puso en esa situación. ¡Que alivio!

El jefe llegó bastante bromista, bañado, descansado e incluso llevaba puestas unas prendas de oro que no se las había visto antes. Nos llevó a comer, para “aliviar” el mal rato. Nos hizo pensar que las cosas realmente se le habían ido de las manos, pero que no volvería a pasar, que él era un hombre responsable y de palabra. Para ese momento ya nosotros no eramos sus empleados, para él, ya éramos sus amigos.

Ese carisma, ese maldito carisma.

“Les espera lo mejor”, decía el jefe. Ya van a estar mejor, repetía de manera bromista.

El resto del camino de Brasil se me hizo rápido. Íbamos bromeando, cantando e incluso repitiendo frases que habíamos aprendiendo a decir en portugués. Todo había sido un simple mal momento, no dejemos que las cosas malas empañen lo bueno que está por venir.

Brasil, Brasil, Brasil, después de ti, pensé que venía lo mejor, pero no fue tu culpa, la culpa fue mía por seguir creyendo y teniendo fe.

Bolivia ….. ¡Ahí vamos!

Esta historia está apenas por comenzar.

Saludos, AC.


AC

*Venezolana radicada en Austria