Reseña

Otra mirada a la oscuridad – En torno a True Detective 3

Foto: HBO

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Lautaro Vincon* | Buenos Aires (Argentina)


All this life. All this loss.

What if it was just one big story that just kept going and going until it healed itself?

NIC PIZZOLATTO, True Detective (temporada 3)


En nuestra infancia, el arquetipo del monstruo no es más que una criatura indescriptible que vive agazapada a los pies de la cama cuando nos acostamos por la noche. Está debajo del colchón, se esconde dentro del placard, rasguña las ventanas. Quizá espera en el pasillo cuando lo atravesamos a oscuras de camino hacia al baño, o aguarda a que nos asomemos en la cocina porque la sed nos despertó antes del amanecer. Se fundamenta en los miedos que heredamos genéticamente de nuestros ancestros, el temor innato a la negrura que parecía abarcarlo todo más allá del círculo de fuego ante el cual se sentaban los primeros Hombres. Allí residían las bestias, que a pesar de ser repelidas por el calor, jamás dejaron de encarnar el peligro y la muerte misma. Con el paso del tiempo, la civilización trajo acarreada la comodidad y, en cierta forma, una seguridad a medias. Esos animales salvajes que rondaban la sabana, que esperaban en la espesura, que dormitaban en cavernas, fueron reemplazados por nuevas preocupaciones producto del auge y debacle de los sistemas en los que el Ser Humano moderno, lo quiera o no, se ve envuelto. Hoy, la intranquilidad por la seguridad de nuestros hijos depende de los delitos cometidos dentro de los sitios por donde nos movemos, desde robos, pasando por secuestros, asesinatos o lugares que sufren terrorismo desde una escala ínfima hasta las zonas de guerra del Medio Oriente. Otras formas de desvelo, sin ir más lejos, aunque no por eso menos importantes, son las cuestiones colindantes a la salud y la educación, el pago de impuestos a fin de mes, la permanencia en los trabajos, las relaciones intra y extrafamiliares. Los monstruos infantiles cambiaron, tomaron forma, se asentaron. Somos adultos. No hay nada en nuestro placard aparte de ropa. Nada debajo de la cama aparte de polvo. No le tememos a nada. Excepto, a la realidad.

Nic Pizollatto (1975 – escritor, guionista, director y productor estadounidense) parece haberse dado cuenta de lo anteriormente expuesto. En la tercera entrega de su serie True Detective –cada temporada es autoconclusiva y narra las vivencias de personajes distintos– dejó de lado ese miedo irracional a lo desconocido, cargado de referencias al horror cósmico de Lovecraft y R. W. Chambers que se vio en la primera, y se decidió por dotar a la historia de miedos reales, racionales, de esos que nos persiguen en el día a día.

Allá por 2014, en el auge de las series televisivas, True Detective 1 llegó para quedarse y ganar el corazón de miles de espectadores. Dirigida por Cary Fukunaga, y protagonizada por los renombrados Matthew McConaughey y Woody Harrelson, sus ocho capítulos situados en Louisiana estuvieron tan bien presentados que todavía hoy, cinco años después, siguen resonando en Internet los diálogos existencialistas que reflejaban el pesimismo de Nietzche o de Ligotti entre los dos detectives mientras seguían la pista del asesino en cuestión. Tras la partida de Fukunaga, True Detective 2 (2015), que rebalsaba de expectativas, dejó mucho que desear. Si bien las actuaciones de Rachel McAddams, Colin Farrell y Vince Vaughn no estuvieron nada mal, las críticas de la audiencia no tardaron en llegar; sobre todo por situaciones y armado de personajes que parecían forzados (como es el caso de McAddams o Kelly Reilly –actriz que cumplía el rol de esposa de Vaughn–; protagónicos femeninos que habían sido creados debido a los comentarios de un público que aseguraba que Pizzolatto no sabía escribir mujeres). A pesar de todo, la nueva historia, emplazada en California, había perdido algo –mucho–: el ambiente sombrío de la primera temporada.

En esta tercera entrega, Pizzolatto dejó de lado el fracaso engorroso que lo seguía de cerca y volvió a sus orígenes de la mejor manera posible. La oscuridad sigue presente y volvió para quedarse, aunque ha evolucionado.

Mahershala Ali (dos veces ganador del Oscar como actor de reparto en las películas Moonlight y Green Book) interpreta al detective Wayne Hays. Lo acompaña Stephen Dorff en el papel del detective Roland West. El secuestro de los hermanos Julie y Will Purcell deviene en la desaparición absoluta de la primera y el encuentro del cuerpo sin vida del segundo. La historia se cuenta en tres líneas temporales: los ’80, los ’90 –cuando se reabre el caso– y la actualidad –cuando Hays, anciano y víctima de pérdidas de memoria que se agravan es entrevistado por una documentalista especializada en crímenes no resueltos–. El escenario es la meseta de Ozark, una región montañosa y sumamente arbolada en el Medio Oeste de los Estados Unidos. El ambiente desolado del pueblo comparte ese aire opresivo de la primera Twin Peaks. La investigación lleva a ambos protagonistas tras las pistas de un asesino que parece rondar no solo la precariedad de esa región de Arkansas en plena década de los ’80 sino también los bosques, dejando a su paso dados, cartas, juguetes y muñecas de pajas.

A medida que avanza la trama, el papel de Amelia Reardon –interpretado magistralmente por Carmen Ejogo–, maestra de los hermanos Purcell y aficionada a los poemas de R. P. Warren, toma un rumbo protagónico al entablar una relación amorosa con Hays (Ali), quien se muestra reticente al contacto con los demás debido a ser veterano de Vietnam, experiencia que lo obliga a cargar con el peso y las cicatrices que toda guerra deja no solo en el cuerpo sino en el alma. De esa manera, se va construyendo un matrimonio que da como resultado dos hijos. Amelia y Hays se vuelven padres. Las discusiones se tornan habituales al quedar en evidencia el poco tiempo que él pasa con los chicos. Hays, que no puede evitar su tendencia a la soledad, intenta recapacitar y salvar a su familia antes de que esta se hunda víctima del divorcio. Lo mismo le sucede a la amistad que comparte con West, erosionada por los silencios y la obstinación de Hays. Como si fuera un macro reflejo del protagonista, la sociedad misma se ve envuelta en una espiral descendente que amenaza con implosionar y destruirse sobre sus propios cimientos.

En True Detective 3 hay de todo y para todos los gustos. La oscuridad social es ese monstruo adulto y realista al que Pizzolatto decidió aferrarse para narrar esta nueva entrega –recurso bastante similar que supo hacer en su libro de relatos “La profundidad del mar amarillo”–, para alejarse a pasos cortos del Rey Amarillo que habita la laberíntica Carcosa y que, desde allí,  parece mirarnos con su ojo omnipresente. El monstruo no se escapa de un abismo en las profundidades de un imaginario colectivo que fue construido durante siglos; el monstruo esta vez es tangible y, como lo vengo vaticinando, está a la vuelta de la esquina: la nueva temporada cuenta con un abanico de incontables personajes rotos. El prejuicio y el racismo están al pie del cañón: un veterano de guerra que, por vivir en la indigencia, se vuelve sospechoso; Hays mismo, que es mirado con desconfianza por el simple hecho de pertenecer a la comunidad afroamericana; el padre de los hermanos Purcell ‎(Scoot McNairy), acusado de ocultar su homosexualidad. Hay mucha pobreza flotando, también, donde el mundo rural en el que apenas se puede sobrevivir se mezcla con trabajos mal pagos y con pocas miras de ascenso; hechos estos que llevan a las noches de cerveza y penas en los bares del pueblo, o, en un extremo, al alcoholismo y los trabajos clandestinos como la corrupción y la prostitución –la madre de los hermanos Purcell (Mamie Gummer).

Caso aparte el hecho de que Lovecraft no se ha ido por completo. Queda en evidencia el libro de Will Purcell que hayan los detectives: “Los bosques de Leng”. Si bien el libro en cuestión no existe, le debe su título a la meseta de Leng, ubicación en la que, según la ficción  del maestro del horror cósmico, chocaban todas las realidades posibles. Lo que nos hace preguntar: ¿los chicos, entonces, fueron absorbidos por una entidad sobrenatural? ¿Dónde están realmente? Stephen King –otro seguidor de Lovecraft– también es traído a colación mediante dos detalles: la niebla, esa niebla densa que es otro elemento presente en su obra, hace acto de aparición en la escena en que el pueblo entero peina la zona en busca de los hermanos. ¿Los Purcell están ahí y nadie puede verlos? Por otro lado, quizá es casualidad, y quizá no, que West, el compañero de Hays, se llame Roland, igual que el pistolero de la saga “La Torre Oscura”. Se nota que a Pizzolatto le costó desprenderse de sus influencias fantásticas, y yo, por lo menos, lo aplaudo de pie por eso.

Hay misterio, hay un crimen y una investigación policial de procedimiento clásico contada en tres tiempos, pero sobre todo hay Humanidad: hombres y mujeres que sufren lo cotidiano, que lloran escondidos porque aman y temen amar. Porque amar, después de todo, es sufrir por la pérdida del ser amado, sea un marido o una esposa, un amigo, un hijo. Amar es morir de a poco, porque morimos un poquito cada segundo mientras el tiempo se disuelve como arena entre nuestros dedos. ¿Será que Hays, en la senilidad que sufre en la actualidad, le escapa a la muerte? ¿Será que no deja de verse a sí mismo y a los fantasmas de su pasado porque quiere seguir viviendo en sus propios ecos arrojados a la marea de sus recuerdos fallidos? ¿Será que, a pesar de todo lo ocurrido, está aún dando vueltas en ese enorme y selvático laberinto que fue Vietnam para no afrontar el mismísimo paso del tiempo que jamás dejará de consumir al mundo?

En su poema “Caliban upon Setebos”, Browning, a través del shakesperiano Calibán, decía en uno de sus versos: a bitter heart that bides its time and bites –un corazón amargo que aguarda su momento y muerde–; el Tiempo, que es como una rueda y, si lo subestimamos nos puede devolver al mismo lugar del cual partimos, es eso, ni más ni menos: la amargura que espera su momento porque sabe que, tarde o temprano, podrá mordernos. El Tiempo es una creación humana, y al percibirlo, tememos que se nos acabe porque ello significaría el fin al que nadie le escapa. El que lo hace queda perdido en la repetición sin sentido de un mundo en el que los monstruos ya no esperan a la noche para asustarnos. La oscuridad, aunque nueva, es y será siempre la misma. Lo afirma Pizzolatto, lo reafirma Rust Cohle, y Wayne Hays termina por convencernos: está adentro, en lo más profundo de nosotros. Y jamás se irá.


LAUTARO VINCON

(Buenos Aires, 1991)

Escritor sin seudónimo, fotógrafo aficionado, músico improvisado. Se pasea entre la ciencia ficción, la fantasía, el thriller, el terror y la weird fiction. Le gustan el café, los videojuegos y los gatos. Asistió al taller de escritura de Leandro Ávalos Blacha. Actualmente colabora en la revista digital venezolana “4 Dromedarios”. Facebook: /vinconlautaro




Reseña: La posibilidad fulminante de escribir de Caupolicán Ovalles

Texto: David Tortosa | 

Caupolicán Ovalles nació en Guarenas en 1936 y murió en Caracas en 2001. Fue un poeta venezolano que hizo vida en la turbulenta década de los 60.  Fue una de las figuras de mayor relevancia dentro del grupo El Techo de la Ballena y formó parte de la Republica del Este. Es una referencia obligatoria en el estudio de las vanguardias venezolanas

El profesor Rafael Castillo Zapata ha dictado, desde hace algún tiempo, cursos sobre las vanguardias en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela. En uno de los últimos que impartió, "La belleza convulsa", se dedicó a estudiar las vanguardias bajo la proclama de Bretón al final de Nadja, una de sus obras, que reza: “La belleza será convulsa o no será”.

¿Y cuál es la belleza convulsa? ¿O cómo es? ¿A qué se refería Bretón cuando soltó esa frase, casi como una visión, al final de Nadja? Dar una respuesta precisa a cualquiera de las preguntas formuladas anteriormente sería un atrevimiento, pero valdría la pena intentarlo. Lo primero que tendríamos que decir, que parece casi una obviedad, es que Bretón pretendía que el nuevo arte fuera vanguardista, que rompiera con las formas establecidas, que hiciera una nueva repartición de lo sensible, como diría el teórico Ranciere.

La exigencia, que terminó por convertirse en sentencia, de Bretón al final de Nadja llegó a muchos artistas de todas partes del mundo. En el campo cultural venezolano Caupolicán Ovalles es un ejemplo. Este ballenero es una de las figuras literarias más importantes de nuestro país y logra erigirse con ese título, en gran parte, gracias a su poesía, sobre la que se ha comentado mucho. Jesús Sanoja Hernández, por ejemplo, nos dice que “en la poesía de Ovalles la basura y el excremento fueron como el cemento, las azoteas, los burdeles”. También se han localizado pulsiones e influencias inherentes a movimientos como el dadaísta, el surrealismo e incluso la generación Beat.

Sin embargo, a cualquier lector no especialista en literatura, e incluso algún especialista, que intente abordar la obra de Caupolicán, se tropezará con la misma incapacidad que se encontró Rubén Darío al verse de frente con el Balzac de Rodin. El poeta nicaragüense, en una de sus crónicas, nos dejó las siguientes impresiones al reflexionar sobre la escultura: “Cultivador de la fealdad, incomprensible, excesivo, ultra-violento… un gran espíritu libre, cuyo director es la naturaleza”.  Más adelante nos dirá: “Miro de lado el abdomen elefantino y se obstina en no querer revelarme su secreto”.

¿Qué podemos pensar cuando nos encontramos con versos como los siguientes en la obra de Caupolicán?

EN USO DE RAZÓN UNA HORMIGA

En uso de razón una hormiga y se hace piz toda

la ciudad en todos sus aspectos

Ciudad-de-la-ballena-que-YODE ¡Caballero!

Una hormiga su sexo deslumbra el ojo de un mosquito

Su boca no se ha hecho para el beso de atrás

De la oreja

Su sentido del humor es perfecto

Sus aficiones inundan la guerra fría

De costo-sísimos riesgos

En uso de Razón una hormiga es todos sus aspectos

Al leer su poesía solo puede quedar en evidencia la incapacidad para describir el manejo del lenguaje que Caupolicán hace en toda su obra. Este parece estar al servicio del poeta y por él se mueve, a su antojo, a su conveniencia, a su pasión. Como dice Rodolfo Izaguirre: “Él enamoró y sedujo la palabra de tal manera que ella, fascinada, cayó rendida a sus pies”. Los criterios antológicos que concibieron En (DES) USO DE RAZÓN compilaron casi toda la poesía de Caupolicán y otros textos (entrevistas, memorias y semblanzas).

También encontraremos estudios de Miguel Chillida, Francisco Ardiles y Miguel Marcotrigiano. Además, tiene la novedad de ofrecer textos casi desconocidos del poeta, como Cuatro notas sobre una biografía, Nota introductoria a El Llanero y Espejos y archivos, y entrevistas, como la que le realizó Miyó Vestrini. También encontraremos semblanzas de varios personajes que pulularon alrededor de la vida de Ovalles, como su hijo, Manuel Ovalles, y Adriano González León.

Toda la configuración del libro, desde su poesía hasta el archivo fotográfico, nos invita, casi sin querer, a formar un retrato de Caupolicán Ovalles. Sin embargo, él siempre se resistirá a un encapsulamiento que pretenda caracterizarlo en cuatro o cinco banalidades. Su mejor retrato es el que nos deja su hijo, Manuel Ovalles, al decirnos que su padre “nunca aceptó el pasar de los años, a él la vejez no le llegaba, a él los años no le hacían mella, siempre fue un poeta hostia de 25 años de edad, sin ejercicio y andando en su caballo rojo temido y elegante”.

Bibliografía

Ovalles, Caupolicán. En (DES) USO DE RAZÓN. Caupolicán Ovalles. Antología poética y otros textos. Caracas: Rayuela Taller de ediciones, 2016.

Sanoja Hernández, Jesús. El Plan Rotival: La caracas que no fue. Caracas: Ediciones Instituto de Urbanismo/ Facultad de Arquitectura y Urbanismo/ UCV, 1991.

Bretón, André. Nadja. Madrid: Cátedra, 2009.

Darío, Rubén. Peregrinaciones. Caracas: Fundación Editorial El Perro y la Rana, 2006.

Reseña: "The Night" traza un juego entre la vida de Darío Lancini, el lenguaje y la violencia

Isaac González Mendoza

Como los palíndromos de Darío Lancini, cada capítulo de "The Night" es un criptograma que a primera vista parece un texto fácil de leer. Hay un montón de acertijos sobre los que el lector debe decidir entre descifrar o convertirse en un autómata que solo recibe información. 


Es un hábil plan para obligarnos a formar parte activa de la narración. 

Al principio, el lector está ubicado en la Venezuela de 2010, tiempo de crisis eléctrica y de oscuridad. Caracas está tomada por seres grotescos y calles lóbregas. Esos demonios irán adueñándose sutilmente de los personajes principales, atormentados por el lenguaje y sus derrotados deseos.

Matías Rye es un escritor fracasado que quiere escribir su mayor propuesta literaria, "The Night", pero el mundo donde nació no fue diseñado para que logre el éxito editorial, así que se dedica a impartir clases de narrativa y a analizar individuos que podrían ser prototipos para su obra. Cuenta con el apoyo de Miguel Ardiles, un amigo psiquiatra con el que suele tomar cerveza y a quien le cuenta sus incumplidos proyectos. 

En medio de ellos está Pedro Álamo, un publicista paranoico que ganó el Concurso de Cuentos El Nacional con un relato absolutamente incomprensible. Su obsesión por Darío Lancini lo lleva a escribir una biografía que acerca al lector a la prácticamente desconocida vida del escritor. 

En ese momento surge otra obra. Una novela dentro de una novela, como “El curioso impertinente” en Don Quijote. Podría contrastarse, igualmente, con "Las mil y una noches": historias que encauzan a otros relatos, creando un sistema que se conecta a través de hipervínculos, con Darío Lancini como centro gravitacional.

Aunque Lancini quizás es también el álter ego en la novela. Esta función pudiesen cumplirla, asimismo, Ferdinand de Saussure y Mark Sandman. Del primero aparece en un capítulo su teoría de los anagramas, explicada por Pedro Álamo. Acerca del segundo, pues, el título del libro es el mismo que el de uno de los discos de Morphine, banda de la cual fue líder y fundador. Además, en uno de los episodios está reseñado un resumen de la vida de Sandman y las referencias musicales son sobre él. 

Darío Lancini es presentado como un personaje sensible que se manifiesta frívolo frente a los demás. Un hombre obsesionado con la palabra que creó "Oír a Darío", libro perfecto para obsequiarlo a un privado de libertad o a un náufrago: sus juegos gramaticales lo convierten en una lectura infinita. Va desde combinaciones que aparentan ser simples, como “Roma no cede con amor”, a una que se ve casi imposible de lograr: el largo palíndromo versionado de la obra teatral "Ubú rey", de Alfred Jarry. 

En "The Night" se narran sus viajes a Varsovia, París, Atenas; su participación en Tabla Redonda, su relación con la izquierda y la guerrilla, y, entre otras anécdotas, un encuentro con Pablo Neruda. Advierto: Blanco Calderón señala en los agradecimientos que aunque la historia está inspirada en hechos reales, es ficción.

A pesar de la diferencia de tiempo, la mayoría de los personajes tiene una característica de Lancini, especialmente vinculada al lenguaje. Por ejemplo, Margarita Lambert, uno de los secundarios, se dedica a estudiar literatura. No presenta indicios de querer ser escritora, pero sí posee un interés inquieto por la palabra.

Otros personajes se asemejan a Darío por la postura obsesiva que este exhibe ante el idioma, solo que los demás tienen obsesiones muy distintas, tales son los casos de dos que nacieron inspirados en figuras nacionales que se dieron a conocer con la crueldad como bastión: el doctor Montesinos (Edmundo Chirinos) y el Monstruo de Los Palos Grandes (Luis Carrera Almoina).

Es interesante el caso de Miguel Ardiles, el más sereno de todos y  precisamente quien escucha a Lambert, Álamo y Rye. Se podría decir que no lo hace asumiendo su profesión de psiquiatra, sino como si fuera escritor, o tal vez simboliza la persona a la que los venezolanos necesitan contar sus problemas sin censuras.

La violencia tiene una representación importante. El motorizado es  razón de paranoia (en cualquier lugar puede haber un matón) y los psicópatas son el rostro que personifica la ciudad. La esencia asesina puede estar en una figura marginada o destacada, eso no determina la naturaleza criminal. 

 
Hemos sido criados por asesinos
— dice uno de los personajes. 
 

 

Apartando el tema político, creo que "The Night", sin ánimos de encasillarla, es una novela que plantea problemas filosóficos, sobre todo existenciales. Los personajes están en un espacio y un tiempo que les imposibilita ser. Esa brutalidad en la que están inmersos los frustra, por eso exploran diferentes ocupaciones, para alcanzar un poco la satisfacción.


Algo similar le sucede a K. en "El castillo", una de las novelas deFranz Kafka. Su búsqueda es un constante fracaso porque está situado en una aldea donde los habitantes le obstaculizan cualquier intento de conseguir su objetivo: entrar en el castillo. O puede compararse con Antoine Roquetin, protagonista de "La Náusea", quien expresa en su diario lo absurdo que le parece el mundo, mientras escribe una obra acerca de la vida del Marqués de Rollebon, tarea a la que tampoco le encuentra sentido.

En los cuentos de "Una larga fila de hombres", de Blanco Calderón, está esta propuesta de individuos pretendiendo sobrevivir en una ciudad hostil. Allí se encuentra el caso del personaje de “La malla contraria”, atrapado entre la soledad, un amor platónico, sus textos “memorables” y un afán por volver a sentir la gloria en un partido de fútbol. Al final, termina por aceptar su derrota y conserva la esperanza de erradicar su soledad.

Con su narración lúdica y austera, acompañada por la banda sonora de Mark Sandman, "The Night" no solo encarna un país en crisis, sino un mundo en el que diariamente se agudiza el lado oscuro de la humanidad, brotado de las crisis existenciales. Está a la vista: en Oriente surgió el Estado Islámico, en Estados Unidos el “francotirador de Dallas” y en Venezuela “El Picure”.