Septiembre

Abril

Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

Calixto Gutiérrez Aguilar* | Venezuela

A Caracas, ella sabe por qué; ella sabe por quién…

El aburrimiento de la espera se había convertido en el cuarto ocupante del vehículo gris. Los otros tres eran hombres de trajes baratos y corbatas de segunda que alternaban sus salidas del automóvil para estirar las piernas y fumar.

—¿Qué hora es?

—Las cinco de la tarde…

Las puertas del “Bárcenas”  se abrieron y el encendido del motor del vehículo se confundió con los otros ruidos de la ciudad. Cauto, reptando como serpiente, el vehículo avanzó muy lento casi pegado a la acera y de manera discreta se detuvo…

—Buenas tardes caballero. Suba por favor, le conviene dar un paseo con nosotros…

—Pero es que yo…

—Usted nada, usted se sube y ya…

Ahora son cuatro hombres los ocupantes del carro.

—¿Estoy detenido? ¿Se me acusa de algo? ¿Es por la deuda del hotel?

Las palabras del cuarto ocupante no hallaron respuesta alguna. Poco a poco fue comprendiendo que había llegado el momento de callar porque era inútil seguir hablando. Sonrió al comprender que había llegado al día de su muerte.  Luego sonrió porque la idea de morir lo había hecho sonreír. En un momento escuchó su propia voz venir desde la radio: “tu cabellera sedosa acaricio en mis sueños…”

—Qué bolas, tú… -dijo el que parecía ser el jefe- apaga el radio, vale…

Y se hizo el silencio. Y se hizo la noche, la noche lluviosa del abril caraqueño de 1957.

II

—¿Oíste eso Juan José? Asómate, mira a la avenida a ver qué pasó…

Y el hombre no vio más que un carro gris que se alejaba bajo la lluvia por la avenida. Cerró la ventana y dijo a la mujer:

—Nada, vale, todo tranquilo, por ahí no hay nada…

De la radio salía una melodiosa voz de tenor que inundaba  el apartamento… “Mi corazón en tinieblas te busca con ansias…”

—Abre la puerta Juan José, yo estoy en la cocina, vale…

—¿Qué pasó Miguelito?

—¿No supieron? Acaban de atropellar a un  hombre ahí en la avenida, por debajo del puente, en el túnel. Un chamo dice que vio cuando lo lanzaron del puente y otro carro lo pisó cuando cayó, el chamo dice que era un carro así como gris…

—Eso va a terminar siendo algún borracho de esos desesperados que se tiró para que lo atropellaran o que se cayó por la borrachera, ya tú vas a ver…

—Mi mamá no me deja ir a ver el muerto, dice que si ustedes van sí voy

—No mijo, nosotros no hemos cenado y no vamos a salir con este aguacero para ver un atropellado. Chao… ¡Hasta mañana!

Y Juan José volvió a lo suyo, pero antes, subió el volumen a la radio…

“porque sin ti ya ni el sol ilumina mis días, y al llegar la aurora me encuentra llorando mis noches sin ti…”


*Calixto Gutiérrez Aguilar. 1972. Estado Falcón. Escritor y docente venezolano.


Girasol

Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

Ezequiel Borges | Venezuela*

Si quieres morir
esta noche,
si quieres sufrir,
si quieres vivir,
da igual.

Porque no vas a morir
esta noche,
sino mañana,
te lo puedo garantizar
porque
la noche no ha terminado.

Si vas a morir,
muere bien,
con un poema en los labios,
y si no
no te mueras nunca.

Te hablo a ti,
la última flor del jardín,
para que no te mueras
sin girar la cabeza.


*Ezequiel Borges, poeta venezolano 


Las gárgolas del vertedero

Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

Isaac González Mendoza | Venezuela*

Hace meses que Caracas ha sido arropada por una oscuridad azulada. Miro los edificios envejecidos, desde lejos veo el polvo que cae de las fachadas. Ese mismo polvo se ha metido en las casas, invadiendo los cuartos y las salas, para entonces quedarse flotando con una lentitud fascinante.

Creo que es de noche cuando despierto a las seis de la mañana. Me quito las telas de encima, las telas dejadas por la gente que abandonó la ciudad. Estoy sorprendido por mi resistencia al frío.

Me quedo mirando la cara de mamá, sus ojos morados, su boca agrietada y seca como la tierra de donde vinimos, sus cabellos sucios y sus manos arregladas.

Vamos, pues, me dice de repente, como si nunca hubiera estado dormida.

Para mí no son montañas de basura, para mí son criaturas gigantes que se han quedado paralizadas, y que con el tiempo se han convertido en desechos. Ahí están el sapo, el rinoceronte, la ballena, todos hechos de basura, y la luz describe sus sombras en el poco suelo que nos queda.

Mientras caminamos por el sendero hacia La Comunidad oigo el eco que viene desde “Allá”, así le llaman a todo lo que no es de aquí ni de Caracas. El sonido me recuerda a los disparos que oíamos en Los Valles, y que por un período yo confundí con relámpagos, por eso salía a mirar el cielo cada vez que aparecían. Hasta que mamá un día me apartó de la ventana de un manotazo.

Me pregunto: ¿quiénes están “Allá”? ¿Qué están haciendo mientras nosotros exploramos estas montañas? Quizás hay alguien pensando en mí, aunque no me conozca, mientras yo pienso en ella o en él.  

Hoy hay demasiada gente en La Comunidad. Ya se distribuyeron los espacios y está cada quien ubicado. Por suerte una de nuestras compañeras nos guardó un lugar.

En esta parte suelen venir cinco o seis personas, pero se han multiplicado: ahora hay por lo menos 15.

Los miro.

Agachados, con las piernas como ancas de rana, los hombros tensos, las orejas alerta, escarban entre los trastos buscando, tal vez, un pedazo de carne seca, carpacho de pollo, vegetales, insectos, culebras. Tal vez.

Los que acaban de llegar, en su mayoría, no están tan mal, solo les cuelga un poco la piel y se le ven los ojos saltones. Pero al menos no están muy dibujadas las costillas.

Hace una semana había uno cuyas piernas no podían mantenerlo en pie. El viento lo movía de lado a lado, parecía un juguete de madera. Hasta que colapsó. Mamá, nuestra amiga y yo buscamos su cuerpo para hacerle oraciones. Pero ni sus huesos conseguimos. Recuerdo su cara. Sus ojos marrones que estaban a punto de salirse de su cara, sus pómulos demasiado pronunciados, su barbilla desgastada y una ternura inverosímil, una amabilidad que no entendía y una risa tétrica.

Busco entre latas y plásticos, entre zapatos rotos y prendas deterioradas. Con mis uñas astilladas escarbo. No siento el dolor si sangro. Ignoro si mis manos están curtidas. Si consigo un gusano, una cucaracha, una lagartija, me como un pedazo y le dejo un poco a mamá.

El Hombre de la Boca llega.

Se nos queda mirando, apretando los labios, frunciendo toda su frente arrugada, con los ojos brillando como las metras que tenía en mi casa. El viento de Caracas nos invade y rodea nuestros cuerpos, trae el polvo que ya ha pasado por los hogares abandonados y habitados. El Hombre de la Boca sigue viéndonos, agacha la cabeza para mirar al suelo y luego la levanta y se ríe de nosotros. No estoy asustado, estoy embelesado por su boca deforme, su único diente y su lengua destrozada.

Mamá lo ignora y me dice Vámonos. Aquí no hay nada. Mañana iremos a otro lado.

Nos quedamos en otra cueva. La que teníamos fue derrumbada por la ventisca. Yo no dejaba de pensar en el “Allá”, ese eco extraño que, según me cuentan los de La Comunidad, está a cientos de kilómetros de Caracas y a miles de nosotros, en un lugar donde la gente come carne, pescado y maíz. Cierro los ojos e imagino cómo se siente el sabor, cómo el sabor pasa por mi nariz y después, al tragar, siento que mi estómago se llena.

Durante la madrugada, que ahora calculamos por inercia porque el cielo azulado oscuro de Caracas se trasladó para acá, me levanto y miro las criaturas gigantes. Entre ellas aparece el Hombre de la Boca. Se me queda mirando otra vez. Solo que en esta ocasión mantiene una mueca ridícula, sin hacer otro movimiento además de frotarse las manos. Le lanzo una piedra pero no alcanzo a pegarle. Déjanos en paz, le digo. No deja de verme. Así que yo le sostengo la mirada.

Cuando mamá despierta yo todavía estoy afuera, viendo la nada.

Pasamos por al menos cinco sitios. Todos están desbordados. Miles de individuos se han mudado para acá. Siento un ardor en el estómago y mamá suda. Encontramos un lugar donde no hay tanta gente. Apenas se ven conchas de plátano y de naranjas, tomates casi podridos y cebollas maduras. Nos agachamos y empezamos a escarbar y recoger; escarbar y recoger; escarbar y recoger.

Ya hemos colectado lo suficiente para esta noche cuando toco, en medio de la operación, algo suave. Aparto más los desechos y veo un pelaje blanco sucio de polvo. Es carne de vaca, quizás abandonada por los ganaderos que se fueron. ¿Qué viste?, me pregunta mamá al percatarse de mi expresión. Le señalo con los labios. Ella se acerca en cuclillas y me dice que la deje porque ya está descompuesta. Con un cuchillo corto un poco y lo meto en mi bolsa. Déjala ya, insiste mamá. Sigo cortando. No puedo controlarme. El ardor me está quemando hasta el pecho. Mis manos están bañadas de sangre. Me chupo los dedos. Apúrate, ya vámonos, susurra desesperada mamá.

El olor se apodera del lugar. Todos voltean hacia nosotros. Qué es eso, dice un niño amarillento, Tiene que ser carne, contesta un hombre alto, Estos la están escondiendo, dice una mujer desdentada.

Mi cuerpo tiembla y, de repente, dejo de sentir el ardor: viene un ejército de gente que pasa encima de las criaturas gigantes, que se derrumban a medida que les cae el paso. De pronto el suelo, el suelo que nos queda, deja de ser desechos y se vuelve negro. Una gran sombra de personas se apodera del suelo y corren hacia nosotros. Mamá se queda paralizada.

Suelto la mano de mamá. La dejo. Corro. La dejo abandonada porque estoy asustado.

Me muevo hasta una de las montañas situadas a un extremo. Reviso la bolsa. No hay nada. Entonces volteo la cara hacia Caracas y veo los edificios soltando polvo. Más “Allá” el eco que se mete en mi cabeza. Grito, no sé qué, a ver si alguien me escucha. No pasa nada. El ardor en mi estómago viaja hacia mi pecho y luego a la garganta. Miro hacia la densa sombra de gente. Ni un rastro de mamá. Y el Hombre de la Boca viéndome, con una sonrisa larga y su único diente brillando.


*Isaac González Mendoza, periodista y escritor venezolano


Mutatio Cadmiae

Mutatio Cadmiae.JPG

Jesús Alberto Moreno Granados | Colombia*

La máquina de escribir se averió aquella mañana.  Frente a la ventana abierta, el rocío de varios amaneceres y madrugadas y la ausencia frente a ella habían corroído las palancas porta tipos, echándoles a perder irremediablemente. La herrumbre se había solidificado mientras el gato a su lado miraba por la ventana farfullando un gruñido de caza a algo invisible.  En la pantalla en blanco y negro un ojo en primerísimo plano mira a un lado y otro. Desde la penumbra otro par de ojos observan impávidos, el ojo gigante proyectado. Títulos en letra blanca. “Perception it´s the media”. El ojo gigante mira y aparecen muchos otros ojos expectantes, revelados por la luz de la película que inunda la sala junto al ruido crujiente de un pivote que termina con la aparición del actor. Pantalón negro, camisa blanca, ala ancha: lleva en sus manos un cable conectado a un amplificador oculto: mira al público con los ojos exageradamente abiertos. Caminando se acaricia con la punta del cable el cráneo, el cuello, la nuca, los hombros. Comienza a enredarse el cable en las piernas, gira y se enlaza el torso; los brazos quedan atrapados mientras el ruido de interferencia pareciera sincronizarse con la luz intermitente de la vela encendida en la sala, -que imperceptiblemente-  ha llegado a una penumbra alterada por las sobras del actor en movimiento, ahora totalmente enredado en el cable. Cae al suelo con el sonido de una interferencia electrónica que calla en un susurro mientras la vela se apaga. El público estalla en aplausos en una histeria estética y los presentes miran en derredor que el actor ha desaparecido de la escena.

Martín Gastón Dheradio pulsa stop en el control remoto y detiene el reproductor. Enciende las luces del salón de clases 304 y de vuelta al escritorio se dirige al grupo con tono cansado y subrayado hastío, casi sin mirarles:

-Esto es todo por hoy. Nos vemos el martes, por favor recuerden el ensayo.-  

La clase sale, esparciéndose en un ruido chirriante de pasos con zapatillas deportivas.   

M.G Dheradio comenzó a viajar a los diecinueve años. Conoció Latinoamérica, estudió en Europa y volvió como desertor de las guerras del Coltán. No fue buen soldado y como alumno era parte de la generalidad mediocre. Cumplió 53 años siendo laureado como profesor insigne en la universidad de Yhuve y fue –mucho antes de la alopecia- un prominente artista joven de las artes multimedia que desapareció del panorama artístico,  del barrio, la ciudad y del país tras ser recluido en un hospital psiquiátrico, luego de lanzar el éxito en ventas que granjearía fama al desaparecido durante los siguientes treinta años.

Vivió una vida que durante mucho tiempo sintió haberle robado a otra persona, cuestionándose siempre sobre quién estaba viviendo la vida que realmente le pertenecía, en cuál ciudad estaba y en qué vuelo habría de haber llegado a ella. De un lado a otro, de una ciudad feroz a otra vacía recordaba años, rostros, sonidos y lugares. Encuentros fortuitos y sucesos nimios, cartas sin escribir, gente, canciones y documentos perdidos. El profesor Martín observaba el ojo de M.G Dheradio en la pantalla. Ese ojo sin tiempo del actor conservado en celuloide  observa en stop al profesor dentro del aula vacía, encerrado en la nostalgia acre del destierro: el que mira no  existe más que proyectado, y el que es mirado -de pie en el salón- reside dentro de sí sin saber dónde.

Apagué el proyector, cerré el aula. Viajé, otra vez. He llegado a casa y acaricio al gato que ronronea junto a la máquina de escribir dañada.  


*Jesús Alberto Moreno Granados, artista venezolano radicado en Colombia


De una noche estrellada

Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

LINO ZABALA | BRASIL*

De nuevo

la brisa nerviosa nos envuelve

en los espirales de la noche.

De nuevo

titilan las estrellas

con su luz tenue y sin destino.

De nuevo

otros se sorprenden

con la luna o las lunas solitarias

De nuevo

Gemidos, maullidos y ladridos

se confunden en un alarido unísono

De nuevo

Las nubes se aproximan

y la esperanza se despeja

De nuevo

puede ser indicio de otro temporal

sobre estas casas a la bruma y al azar.

De nuevo

y sin embargo

la tormenta se niega a arrasar,

se detiene a mirarnos como a un cuadro,

de nuevo,

bajo el frío,

temerosa,

y con pesar.


*Lino Zabala, escritor venezolano radicado en Brasil.