Venezuela

Crónicas del otro lado: el chuchero

Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

Javier Cedeño Cáceres* | Caracas (Venezuela)

No quiere dar su nombre y tampoco quiere hablar. Solo está parado a un lado del patinódromo ubicado en el Malecón de Cúcuta (Colombia) esperando a que la clase de patinaje finalice. Los niños dan la vuelta a la pista una y otra vez. Él los mira mientras saca chocolates, turrones y una docena de Frutilupis desde el interior de su morral. “Adivina cuánto hay en esta mercancía, en estas tres cositas hay más de dos sueldos mínimos de Venezuela”. Es venezolano, no lo dice, pero se delata.

A pesar de que no revela nada sobre su origen, en esta ocasión es evidente, pues su “tumbao” al hablar contrasta con el ritmo pausado del colombiano y con el “usted” cortés de ese lado de la frontera. No tiene zapatos. Calza unas zapatillas tipo Crocs y unas medias blancas. “Estas bichas son muy cómodas pa’ caminar, me pongo mis medias y ando de aquí pa’allá”.

El Chuchero vive en Cúcuta desde hace dos meses, pero tiene que cruzar caminando la frontera hasta Venezuela para comprar mercancía en bolívares. No utiliza ningún tipo de transporte a pesar de que debe recorrer dos horas entre ida y vuelta. Lo hace para ahorrar dinero. Sin embargo, las pérdidas son inevitables, pues, al pasar por la frontera debe pagar “aranceles” a los militares venezolanos para que lo dejen entrar al país. Ese día, más temprano, no tenía nada que darle a los oficiales, solo la mercancía.

—¿No tienes nada? Bueno, dame dos chocolates ahí —exigió un guardia nacional venezolano para dejarlo pasar.

“Me descompletaron la mercancía. Yo por lo menos ahí perdí parte de mi ganancia. No me lo estás preguntando, ‘mano’, pero es un rollo pasar la frontera. Los guardias siempre quieren quitarte algo. La vaina está ruda, no es como la gente piensa. Vienen pa acá a trabajar y creen que la vaina es ‘mantequilla’ (fácil). Uno tiene que guapear (esforzarse)”.

Las barras de chocolate las vende en 1.600 pesos, mientras que los turrones y los frutilupis los deja en dos por 1.000 pesos. “Me quitaron dos chocolates, pero ahorita agarro y vendo y recupero algo. Se le gana poco, pero lo importante es salir de la mercancía. Estamos en un país que no sabemos. Vivimos el día a día”.

II

La conversación es fluida, unilateral, un monólogo. No hay preguntas en esa entrevista improvisada, solo desahogo. Todavía no revela su nombre, pero cuenta que también vende jugo de naranja en las calles. Narra que emigró con su esposa desde Puerto Cabello. Ella es farmacéutica y trabaja como masajista en Colombia. Explica cómo es su relación con sus compatriotas venezolanos.

“Hay venezolanos que han venido acá y, lamentándolo mucho, han echado a perder la broma. Mucha gente, por ejemplo, me mira con mala cara por solamente ser venezolano. Nosotros tenemos es ese venezolano de raíz, ¿me entiendes?, ese venezolano que viene de nosotros. De hecho, me he puesto a hablar con mi esposa, he pensado en irme. Hay días en que uno se para y las ventas no son iguales”.

En esos días malos el Chuchero obsequia el jugo de naranja que le sobra. Él prefiere regalarlo en vez de botarlo. “¿Coye, quiere jugo, jefe?”, le dice a la gente en la calle. “Uno el venezolano es humilde, uno está echándole pichón, uno está haciendo el bien”, lo dice para justificar su acción y recalcar que no es ajeno ante las injusticias de su entorno.

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“Aquel día eso me cayó como que... ¡naguará! Coye es un niño vale, ¿cómo te vas a meter con un niño? ¿Cómo lo vas a maltratar así? Entonces le reclamé y el señor me dijo un poco de cosas y ofensas. Tuve que retroceder y quedarme callado porque no estoy en mi país. Estoy trabajando, hermano, igual que todos”. El Chuchero hace una pausa. Suena indignado, impotente. Cambia su tono de voz:  “Por lo menos vacié dos garrafitas de naranja hoy”.

El saco de naranja lo compra en Cúcuta entre 12.000 y 15.000 pesos, según el día. En una jornada con buenas ventas se pueden obtener hasta 25.000 pesos y, además, le quedan frutas para otra ocasión. El dinero que le sobra lo invierte en el pago del alquiler, 250.000 pesos mensuales (con servicios públicos); en comida y en remesas para su mamá en Venezuela. Se divide los gastos con su esposa, quien posee un sueldo mayor que él. El salario mínimo en Colombia actualmente es de 781.242 pesos mensuales.

“Aquí también la plata se vuelve sal y agua. Pero por lo menos aquí uno consigue los artículos que no hay en Venezuela: harina de maíz, arroz, carne, pollo. Con lo que uno medio gana aquí, uno come bien”.

III

En Venezuela probablemente el Chuchero no era chuchero, tenía un nombre. No caminaba tanto y, tal vez, no lo miraban atentamente cuando le escuchaban el acento. Su denominación común, “venezolano”, no salía en la primera plana de Sucesos y tampoco se resaltaba lo malo de su lugar de origen. La palabra “extranjero” no la relacionaba con él mismo sino con los colombianos, peruanos, ecuatorianos, chilenos, dominicanos y  portugueses que fueron en otro tiempo a trabajar a su país.

—Yo te lo voy a decir, lo que pasa es que me da un poco de pena —comenta como si fuera a confesar un pecado—: yo soy dueño de una tienda de ropa en Puerto Cabello. Me tuve que venir acá porque el capital ya no me daba. Cuando vendía la mercancía no podía comprar más prendas porque no me alcanzaba.

Su tienda la sustituyó por unas golosinas, su carro por unas Crocs y su casa por una habitación. Su familia se convirtió en imágenes y voces con las que habla cada tres días. El dinero que podría gastar diariamente en llamadas prefiere enviárselo a su madre y hermanos en Venezuela. El minuto para llamadas internacionales cuesta 200 pesos y 1.000 una llamada de 5 minutos.

“Está fuerte la vaina en Venezuela. Cuando me vine dije: ‘¿Qué puedo perder yo?’ Desde que estoy aquí cambio de pesos a bolivares. Compro en bolívares, vendo aquí y lo mando en pesos a mi familia. Abandonar a mi mamá fue una de las cosas más fuertes. Ella está por allá lejos, uno está por aquí. Por más que sea eso pega”.

El vendedor de chucherías mira la hora en su teléfono y voltea hacia el patinódromo, donde los niños terminan de entrenar. En la noche habrá una pequeña reunión en las gradas del recinto, ahí aprovechará para vender sus productos. Es prudente al momento de abordar a sus clientes y se acerca mostrando las golosinas que sostiene en sus manos. No siente pena de ser lo que es en ese momento, un chuchero, porque sabe que no está haciendo nada malo, pero cuando piensa en lo que era en su tierra natal la melancolía vuelve, pues un plato de comida pesa más que una tienda sin ropa, un carro sin repuestos y una esposa farmacéutica sin medicinas que vender.


*Javier Cedeño Cáceres

Periodista venezolano. Cofundador y director de la revista digital 4Dromedarios. Premio “Periodista Digital” del año 2018, otorgado por el diario El Nacional, medio para el que escribe desde hace más de tres años.


Eventos desafortunados (IV)

Foto: Javier Cedeño Cáceres

Foto: Javier Cedeño Cáceres

AC | Salzburgo (Austria)

Siempre llegué a pensar que las amistades verdaderas son aquellas que nacen en circunstancias difíciles; así nacía esa amistad.

 Éramos cuatro, dos hombres y dos mujeres. Decíamos que estábamos juntos para protegernos los unos a los otros y que siempre íbamos a estar así. Todo cambió de la noche a la mañana. Después de una fuerte discusión en la que me vi involucrada, terminamos siendo dos mujeres juntas, uno de ellos, buscando como irse del país y otro en medio de todos, tratando de calmar las aguas.


Lea la primera, segunda y tercera parte de esta historia:


 Me gustaría explicar porqué todo se complicó, porqué terminé yéndome a las manos con un chamo que durante todo este viaje se había convertido en mi amigo. Éramos muy cercanos, nos llevábamos muy bien, éramos muy parecidos a nivel de personalidad. Muy alegres la mayoría del tiempo, pero ambos de carácter muy fuerte.  Terminé con la mano hinchada y él, bueno, tuvo que irse. No le quedó otra opción.

 Ya no éramos los cuatro mosqueteros, ahora solo quedábamos tres.

En este punto, todo se puso de mal en peor. Se involucra migraciones, la Policía, incitación a denuncias y terminan personas en la cárcel. Todo fue un tornado de acontecimientos muy desafortunado. Solo había pasado tres meses de estar en Bolivia y todo era un caos total.

No queríamos estar involucrados con problemas de migración y, además, la deportación es algo que cualquier persona evitaría a toda costa.

 Nos fuimos varios días a Salta (Argentina) a ver si teníamos algo de suerte para aliviar las cosas y calmar las aguas. Todo esto con limitados recursos económicos. Pedro nos consiguió los pasajes (esto tampoco fue fácil de conseguir) y pagamos el Hotel más barato que conseguimos.

 ¡Argentina, como te quiero mi bella Argentina! ¡Volvía a pisar tus tierras! ¡Quedé enamorada de ti, desde la primera vez que te vi!

 Recuerdo haber ido con 20 pesos argentinos al casino y haberme ganado en la ruleta 700 pesos. ¡Suerte de la buena! Fueron unos días muy calmados, pero como dicen por ahí… “del agua calma temeré”.

 Mi amiga sufrió la peor crisis de asma que había tenido durante estos meses. Pasamos dos días en el Hospital (me quedé con ella, dormí en una silla de la emergencia, no la iba a dejar sola). Ahí se fue todo el dinero que teníamos. Esa fue la suerte del Casino, como diciendo: “toma esto, se viene algo por ahí”. ¿Se podía estar peor? Pues, a veces sí. La doctora que la atendió le dijo las siguientes palabras: “Bolivia te va a matar, te tienes que ir”.

 ¿Irnos de Bolivia? ¿Para dónde? ¡Argentina es lo más cerca! Compramos los pasajes y nos vamos. No era tan fácil. Debíamos regresar a Bolivia, hacer dinero para poder irnos a otro país. ¿Cómo? Si apenas recibimos 50 dólares a la semana, es imposible, tenemos que comer.

 Al regresar a Bolivia Pedro nos dió la mejor de las sorpresas; él era un genio para sorprendernos, iba a cerrar el Bar. Es decir, nos dejó sin trabajo. Parece una historia de nunca acabar, la peor de las pesadillas. Ese fue su tercer golpe, y  fue el que nos dejó OUT.

 No me quedaba otra más que pedir ayuda. Pedir que por favor me prestaran dinero, que me dieran alojamiento en Buenos Aires, vender cosas que me quedaban en Venezuela… pedí mucho. No sé, alguién que me diera la mano para salir de ese pozo en el que cada día parecía ser peor.  La verdad, yo no conseguí mucho; quizás no tenía buenos contactos. Mi amiga sí consiguió. Había una persona que le iba a pagar el Boleto Aereo a otro país. Ella no lo aceptó, sabía que iba a dejarme a mí en esa pesadilla, ella no podía hacerme algo así. Vendí mi telefóno celular, una persona me prestó dinero y con eso pagué nuestros pasajes a Buenos Aires (Argentina) por tierra.

 Parecía que la pesadilla boliviana estaba llegando a su final. Por fin iba a decirle adiós a Pedro y su mayor estafa; adiós al peor de los cuatro mosqueteros y hasta nunca al mosquetero mas experimentado de todos. Éramos las dos “damas” juntas hasta el final.

 Pero Bolivia nos despidió con broche de oro en su frontera.

 Al llegar a la frontera de Bolivia y Argentina, detienen el autobús, es normal, rutinario dirían algunos, pero la rutina tuvo un giro inesperado. Nos llaman solo a mi amiga y a mí para revisar nuestros equipajes.

 A mí, personalmente, los policías me ponen muy nerviosa, les tengo respeto y también es mucho miedo lo que me producen. Yo estaba hecha una hoja, temblaba como perro chihuahueño. Mi amiga estaba tranquila, a ella eso no le producía absolutamente nada.

 Rompieron mi maleta, literalmente la destrozaron. Toda mi ropa estaba regada en el suelo y  un perro policía pasaba por encima de ella, una y otra vez. Me hicieron pasar a un cuarto y me pidieron que me quitara la ropa. ¿Toda? – pregunté yo. Y la respuesta fue: “Sí y rápido”.

 Les juro que me trataron como a una delincuente, como si llevara toneladas de droga. Fueron dos horas de tortura. Los policías olfateaban la ropa interior. Mi cara era de asco y repudio. ¿Por qué nos hacían esto a nosotras? Según lo que decían ellos: “Estamos buscando a unos paisanos de ustedes, que se dedican a pasar droga de Bolivia a Argentina y queremos asegurarnos de que no sean ustedes”. ¡Claro! Todo tiene sentido.

 Ser venezolanas ahí tuvo peso. Éramos las únicas Venezolanas en ese autobús. Mucha gente que viajaba con nosotras gritaban desde lejos que era denigrante lo que estaban haciendo con nosotras, que era injusto e inhumano. Pero vamos, la Policía debe hacer su trabajo ¿no?. No encontraron nada, se quedaron con una crema de peinar que iba en mi maleta, pues, a ellos les arrojaba un color extraño en la prueba de narcóticos, el cosmético estaba vencido.

 Bolivia, no fue tu culpa. Espero volver a pisar tus tierras, pero de otra forma y bajo otras circunstancias. Conocerte de otra manera. Sin duda seguiré extrañando tu sopa de maní.

 ¡Argentina! ¿Y tú? ¿Nos trataste bien? Ya lo sabremos en la próxima parte.


AC

*Venezolana radicada en Austria


Eventos desafortunados (III)

Foto: Josibeth Lanza

Foto: Josibeth Lanza

AC | Venezuela*


¡Wow, qué calor!— Fueron mis primeras palabras al llegar a la ciudad de Santa Cruz de la Sierra en Bolivia. Mi ropa estaba completamente marrón; mi camisa, mis zapatos… nada servía más. — ¿Por qué?— Se preguntarán ustedes. Bueno, una serie de eventos desafortunados nos ocurrieron en territorio boliviano.


Lea la primera y segunda parte de esta historia:


Nuestra ruta incluyó pasar por el Amazonas boliviano, un lugar increíble, con animales tan exóticos y diferentes, como peligrosos. Es una zona que, como el jefe dijo, era bastante peligrosa y poco transitada. Ahí estábamos nosotros, accidentados, en medio de la nada, con un caucho espichado. La ruta es bastante difícil, hay que tener paciencia. El peso de la camioneta, más la velocidad conllevó a que eso sucediera. Nos accidentamos dos veces por el mismo motivo.

Estuvimos horas en esa carretera, terreno de piedras con tierra, humedad y animales que jamás en mi vida había visto. Prendimos fogatas en medio de la carretera para pedir ayuda, si eso no es una verdadera aventura, no sé entonces qué lo será. En ese momento no veía la hora de terminar de llegar, habíamos pasado demasiado, estaba agotada. Tanto física como mentalmente. Llevaba muchos días sin hablar con mi mamá, ya comenzaba a desesperarme.

En este punto, no puedo negar que fue un viaje lleno de muchas cosas, aventuras increíbles y momentos que jamás voy a olvidar, para bien o para mal. Pero recuerden, aún estoy hablando de mi viaje en carretera, no he hablado de lo que sucedió una vez instalados en el destino.

Cabe destacar que Santa Cruz no era mi destino final, todavía me faltaba un tramo. Yo me instalaría en una pequeña ciudad llamada Tarija, sitio muy cercano a la bella Ciudad de Salta (Argentina). De Santa cruz puedo hablar muy poco, conocí muy poco, la verdad estaba tan agotada que sólo quería bañarme y acostarme a dormir.

Continuamos nuestro camino hacia Tarija. Al llegar a Tarija comenzaría la pesadilla más larga que he vivido. El jefe, a quien en este momento le pondremos un nombre para identificarlo de mejor manera: Pedro.

Pedro nos había comentado, al llegar a Tarija, que el lugar que tenía reservado para ser nuestro alojamiento se lo habían cancelado a último momento por falta de organización de su parte, se disculpaba por ello. En ese momento, nos dice que debemos decidir entre ir a vivir (de momento) a un lote que él tenía o pagar nosotros un Hotel. Nuestra primera respuesta fue: veamos el lote. No queríamos gastar lo que nos quedaba, necesitábamos ahorrar al máximo.

El lote era un terreno en proceso de “construcción” que Pedro utilizaba como depósito y estacionamiento de sus autobuses. Había también una pequeña casa ahí dentro, realmente era un espacio de 5 metros cuadrados, con una cama matrimonial, una litera y un baño. Todo estaba sucio, lleno de mucho polvo, ratones, arañas, en muy mal estado. Al ver eso, nuestra respuesta fue obvia. “Nos vamos a un Hotel”.

No es por querer ser exquisitos, pero veníamos de un viaje de más de 15 días, estábamos cansados, necesitábamos un lugar donde descansar y abrigarnos bien, ya que Tarija nos recibió con una temperatura de 2°C. Nadie se iba a poner a limpiar esa asquerosidad. Un hotel por tres días fue lo que pagamos para relajarnos y conocer un poco.

Este fue nuestro primer error en Bolivia. Pagamos el hotel entre todos, gastamos nuestro dinero, teniendo en cuenta que ya habíamos pagado en Brasil para sobrevivir. Pedro había prometido devolver ese dinero, pero eso no había sucedido.

Tarija es una ciudad bastante pequeña, para ese entonces, no había ni un centro comercial a donde ir, era literalmente un pueblo. Yo seguía con mi mentalidad positiva. “Todo pinta muy mal, pero vamos, sí se puede”. Conocimos el restaurante y el bar donde se iba a trabajar. Todo parecía estar en orden.

Ya teníamos claro qué era lo que íbamos a hacer. Estaba todo organizado y se había hablado del tema comida, tema trabajo, tema alojamiento. Yo se los voy a aclarar muy brevemente:

1- Comida: seríamos los encargados de preparar las tres comidas del día en el restaurante para la venta. También debíamos cocinar para la familia de Pedro y para nosotros.

2- Trabajo: en el restaurante se trabajaría de lunes a viernes; y los fines de semana trabajaríamos en el bar. También había una opción extra, para el que quisiera, podía trabajar también en la agencia de viaje. La agencia ofrece viajes en Autobús desde Tarija (Bolivia) hasta Salta (Argentina).

3- Alojamiento: el lote o el Restaurante, mientras Pedro conseguía un alojamiento mejor. Obvio, el restaurante fue la opción. Obvio, preferíamos mil veces dormir en sillas antes que ir al lote. Tampoco el restaurante era un lugar de lujo: dormir en los sofás fue lo primero.

Cuando estás en esa situación y sabes que tu vida depende de alguien más, tratas de hacer lo mejor que puedas con los recursos que tengas.

Ya que estaban todos los planes en la mesa, se comenzó a trabajar.

...Y así cómo cuando construyes una torre de cartas, creyendo que eres la persona más ingeniosa del planeta entero, pero olvidas que son cartas sobrepuestas y que hasta la brisa las puede tumbar. Así mismo sucedió, la brisa comenzó a soplar y mi torre de cartas se vino abajo...

El restaurante no vendía nada de comida, pero NADA. El bar iba bien, pero no lo suficiente. La agencia de viajes no necesitaba cuatro personas, con una era suficiente… y Pedro no quería seguir perdiendo dinero.

PRIMER GOLPE: “No voy a seguir cubriendo sus gastos de comida, voy a cerrar el Restaurante, por ende, tampoco pueden vivir aquí. Se van al Lote o no voy a seguir trabajando con ustedes”. Por más que peleamos, pataleamos y hasta lloramos, no pudimos hacer nada. Esa fue su última palabra. El Lote se convirtió en mi hogar a partir de ese momento.

Mi hogar, el peor lugar dónde he vivido, se limpió lo mejor que se pudo. Se acondicionó para que fuese habitable, pues, éramos cuatro personas ahí. Un solo baño. Que no se nos juntaran las ganas de ir al baño a todos al mismo tiempo, si no, sería un verdadero problema. Noches completas sin dormir, los ratones hacían de las suyas. Se compró de todo para acabar con ellos, pero no hubo manera.

Las noches eran el mejor momento para ellos entrar, se montaban entre la ropa, buscando comida, encima de la cama, en todos lados, hubo ratones que pasaban por mi cabeza. La peor pesadilla que he vivido.

La idea de Pedro era hacer que el bar funcionara, él era un hombre de contactos, tenía contactos también con medios de comunicación de la ciudad. Fuimos a varios programas de televisión y promocionamos el Bar lo mejor que pudimos, hicimos ofertas, descuentos, de todo. No solo lo hacíamos por él, era también por nosotros mismos… necesitábamos trabajar. Necesitábamos el dinero. Ganábamos 50 dólares a la semana, de los cuales, se nos iba en comida y transporte. Pasé días haciendo una sola comida, no quería gastar, y hacía hasta lo imposible por ahorrar algo de dinero.

Pero cuando crees que puedes aguantar los golpes, te llega otro.

SEGUNDO GOLPE: nos enfermamos. Mi amiga, asmática, era internada por el asma muchas veces en el hospital. La medicina es cara en Bolivia cuando no cuentas con un seguro médico. Yo me enfermé muchas veces del estómago, no comía bien y comer siempre en la calle no es bueno para nadie. Lo poco que siempre lográbamos reunir, se iba en medicamentos.

Parecía que no iba a existir una luz en ese túnel que estábamos transitando. Pero llegó esa “luz” que podía hacer que todo cambiara. Conocí al director de una escuela gastronómica, Pedro lo hizo llegar a mí. Él también me había visto preparar los cócteles que se ofrecían en el Bar por televisión. Existió la oferta de trabajar con él en esa academia Gastronómica dando clases básicas de coctelería y también coctelería acrobática (Flair), son cosas que hago y me he dedicado a hacer. Comencé a hacer programas de TV, de la mano de este señor de la academia.

Él tenía un espacio en la TV, cocinaba y daba tips para la semana. Yo me ocupaba de la parte divertida, tragos libres de alcohol y además promocionaba mis cursos de coctelería y Flair en la academia.

Me aferré lo más que pude a esa opción. De hecho, me volví una especie de “cara conocida” en Tarija, la gente me veía en la calle y me reconocían de inmediato. La señora del mercadito, donde solía almorzar, me dijo: “Tu eres la muchacha de la TV y comes aquí, que alegría, eres mucho más linda en persona que en la TV”. Fui a programas de Radio. De verdad fue un verdadero respiro.

El señor de más edad, que viajó con nosotros, también comenzó a dar clases en esa academia. No lo había comentado antes, pero él es chef internacional. A los dos nos vino de maravilla. Me lo creí, creí en ese proyecto. Hablaba con mi familia, les comentaba lo que pasaba, no todo, solo lo bueno que podía estar viviendo. Nunca es bueno darle dolores de cabeza a ellos, igual es muy difícil que te pueda ayudar estando tan lejos. Parecía que todo se encaminaba, pero una vez más, todo fue una simple ilusión.

Viví en carne propia los problemas de ser mujer, ser el sexo débil, y ser sexualizada hasta el punto más bajo y denigrante. Aprendí de la peor manera que cuando eres mujer no importa lo buena que seas en algo y lo preparada que estés. En algunas culturas y en algunos lugares no va a importar, siempre van a querer algo de ti y cuando hablo de “algo” me refiero a sexo.

Mi sueño de dar clases y de poder hacer dinero gracias a mis conocimientos y experiencia se iban a ver truncados por una conversación. Haré un resumen de ella.

Chef: Los programas han sido un éxito y ya hay varias personas interesadas en tomar los cursos contigo.

Yo: Pues eso me alegra mucho. Para ti sería genial, pues ayuda a la academia y para mi mucho mejor, pues puedo solventar mi situación aquí.

Chef: Bueno, tu situación aquí la puedo solucionar yo. Te pago los gastos de la Visa, trabajas aquí y bueno, quién sabe si después tu y yo podemos salir. Eres una mujer muy linda y bueno, yo estoy solo. ¿Si me entiendes?

Yo: Claro que te entiendo, pero yo soy lesbiana, así que nuestro trato será profesional y si quieres, podemos ser amigos. Yo no tengo problema siempre y cuando exista el respeto.

Chef: Ah, ¿es que te gustan las mujeres?

Yo: Sí, pero eso no debería ser problema. No influye en nada para los cursos ni nada.

Desde ese momento él dejó de responder mis mensajes y no atendía a mis llamadas, de hecho, me enteré en la academia que se habían cancelado los cursos. No me pagó por mis días ya trabajados y tampoco le pagó a mi amigo. ¿Entonces? ¿Significaba que yo tenía que acostarme con él o tener una relación con él para poder dar las clases? ¡Gracias, pero no! Supongo que no soy la primera mujer en el mundo a la que le sucede algo parecido, que tiene que vivir algo tan indignante como eso. ¿Hasta cuándo tendremos que vivir situaciones así? ¡Asco me da!.

Ahí seguía yo, sin dinero, viviendo en una ratonera, enferma, con ganas de abandonar todo y regresarme a Venezuela. Regresar no era una opción, no podía volver. ¿Qué podía hacer? ¿Quién me podía ayudar? Todo iba de mal en peor.

Pedro cada día se portaba peor. Nos hacía peores desplantes. Nos trataba como basura. Pero nosotros con ese pensamiento: “Todos vinimos juntos, nos quedamos juntos. Si despide a uno, va a tener que despedir a los cuatro. No nos vamos a dejar hundir”. Ese grupo, tipo los cuatro mosqueteros, terminaría de la peor manera...

Continuará...

 


AC

*Venezolana radicada en Austria


Mago que saca el sol de su sombrero

Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

LINO ZABALA* | VENEZUELA

“Sencillamente como un modesto mago
de rojo circo de domingo o de feria
tomo los naipes del amor
los barajo con parsimonia
y en las narices del viejo público
que es como hacerlo en mis narices
mágicamente los transformo
en nuevos naipes de amistad”

Mario Benedetti (1973)

Cierro mis dos manos,

miro la derecha, está insegura,

miro la izquierda, está nerviosa,

el sombrero está en el suelo,

cual sombrero de un mago, cuyo truco falló.



Soplo mi mano derecha,

sale revoloteando una polilla,

soplo mi mano izquierda, no sale nada.

El público me mira escéptico, curioso.



Abro las dos manos, palpando el horizonte:

la derecha señala hacia el norte,

la izquierda no siente la brisa,

y avergonzada, recoge el sombrero.



Siempre es así, hago mis trucos

con la mano derecha y mis fracasos

los delego a la mano izquierda

resentida y silenciosa.



No obstante, este último truco

lo ejecutaré con ambas manos.

Este truco no tendrá pretensiones,

no soñará con resucitar a los muertos

o con revivir amores muertos.



Tan solo consiste en

tomar una prudente distancia

con fingida calma y alegría,

recoger el sombrero sin inmutarme,

mostrárselo a la noche, solitaria,

puesto que el público se fue,

y sacar dentro de él,

el sol noble y clandestino



que hará de esta noche, inaudita;

un día de utopías renovadas,

de muertos que se paran y caminan,

de pueblos y recuerdos que vienen hacia mí.



Y lo más importante:

de tu mirada, que se acerca 

y demuestra tenerme confianza.

De sonrisas que reviven.


LINO ZABALA

*Escritor venezolano radicado en Brasil






¡Não falo português! (II)

Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

AC | Venezuela*

¡Brasil, Brasil, Brasil! … Primer país de mi travesía migratoria. Realmente no lo tomé como algo definitivo, como lo dije anteriormente: Me iba solo por seis meses, trabajaba, reunía un poco de dinero y regresaba; así que mi salida de Venezuela, hasta ese momento, no era un adiós, sino más bien un “hasta luego”.

La ruta para llegar a Bolivia sería atravesar Brasil. Siempre quise ir a Brasil, sobre todo a Río de Janeiro, pero en esta ocasión no iba para divertirme, era solo un destino transitorio.

Cruzar la frontera entre Venezuela y Brasil fue bastante sencillo: entras al módulo de migraciones, muestras tu pasaporte y listo, 90 días. En ese momento estaba bastante ansiosa, llena de nervios, adrenalina, tristeza y a la vez felicidad. Tenía un millón de emociones. Lo bueno es que no estaba sola, viajaba con otras personas que irían conmigo a lo mismo, a trabajar.

El viaje por tierra en Brasil comenzó bastante bien, íbamos cantando y bromeando, las cosas típicas de viajes por tierra. De todo quieres hablar y comentar, supongo que es para no hacer el trayecto aburrido y pesado.

Brasil está lleno de paisajes hermosos, gente muy alegre y también tiene un toque de locura.

Las cosas comenzaron a pintar un poco extrañas cuando se nos hace de noche en la vía y aún no habíamos parado a hidratarnos o incluso a estirar las piernas. Llevábamos muchas horas de carretera, era obvio que necesitábamos hacer una pausa, pero no sucedió. Llegamos a parar en un pueblo, buscábamos un banco para retirar dinero, ya que “nuestro jefe” no llevaba dinero en efectivo; raro. Es raro porque estabas en Venezuela, haces un viaje con los que van a ser tus empleados, a los cuales les prometiste todos los gastos pagos: alojamiento, comidas, incluso en el camino hacia Bolivia y ¿no cargas nada de efectivo? Bueno, Venezuela no es el país más seguro del mundo, quizás tuviste un poco de miedo y no quisiste arriesgar. Vamos a tomarlo así. Pero ya para ese momento comenzaron mis dudas.

“El jefe” no es la persona mejor vestida del mundo, no es arreglado. Tiene una cosa que lo caracteriza: carisma. Es un tipo bastante alegre, sonriente, bromista. Parece caerle bien a todo el mundo y llevarse bien con todo el mundo. Es un hombre de negocios, tiene agencias de viajes, restaurantes y ahora un bar.

El cajero no le dio dinero. Nuestras caras para ese momento eran un poema. Estábamos cansados, sedientos y hambrientos. Queríamos descansar, necesitábamos descansar. No sólo por nosotros sino también por el jefe, es quién viene manejando varios kilómetros de carretera sin descanso.

Decidimos parar en una bomba de gasolina. había un lugar donde estacionar y allí pasamos el resto de la noche. El jefe venía preparado con una hamaca, la sacó de la maleta, la colgó entre una viga y la camioneta y dijo: “Voy a dormir, ustedes pónganse cómodos, entenderán que necesito dormir un poco para seguir manejando”. Era obvio que no me iba a poner con dramas ni nada, era la persona que conducía, necesitaba descansar. Me acomodé como pude en los asientos de la camioneta y dormí. Así pasó la noche uno.

A la mañana siguiente, nuestras caras de cansancio no eran normales, no pegamos un ojo en toda la noche, los insectos, mosquitos y los ruidos de los camiones no nos dejaron dormir. Creo que también influyó mucho el hecho de que no podíamos creer lo que estábamos pasando.

El jefe no estaba de buen ánimo, no tenía dinero y necesitaba resolver esa situación lo antes posible. Uno de los que viaja con nosotros comentó que tenía algo de dinero, que podíamos ir a una casa de cambio y ahí resolver un poco. Yo también llevaba dinero pero en ese momento no dije nada (menos mal, más adelante sabrán el motivo) me quedé callada y dejé que fueran ellos los que decidan qué hacer.

Mi mente era un volcán en erupción, pensaba muchas cosas, pero jamás pensé que llegaría a estar en la situación que vivimos después.

El viaje continuó así; pocas paradas y si nos agarraba la noche, parábamos en alguna estación de gasolina para dormir.

Llegamos a Manaos, hay dos opciones para seguir con el viaje:

1) Seguir por carretera

2)Tomar un ferry que atraviesa el Rio Amazonas y llegar hasta Porto Velho.

Seguir por carretera era la opción, pero para nuestra mala fortuna la carretera estaba cerrada. El ferry era la única opción.

Cruzar por el río Amazonas fue una experiencia única, no puedo negarlo. Creo que es de las cosas que se hacen una sola vez en la vida. En el ferry te dan comida, desayuno, almuerzo y cena. Fue un viaje de 5 días en medio de la nada. Sólo se veía agua, cocodrilos y “garimpeiros”. Pero, ¿dónde dormimos esos 5 días? Pues, las personas que conocen de este viaje se vienen preparadas con una hamaca, la cuelgan en el ferry y pueden dormir. Obvio, el jefe estaba preparado, nosotros no. A nosotros nos tocó dormir en el suelo: literal. Apenas se ponía el sol, sacábamos nuestro suéter, lo estirábamos en el suelo y nos poníamos a dormir.

Deben pensar que pasé roncha porque quise, pude haber sacado mis cosas de la maleta y ponerme un poco más cómoda; eso no es así. Mi maleta estaba atada y cubierta por una lona encima del techo de la camioneta, desde un principio se nos dijo: “De acá arriba ya no sale más nada hasta Bolivia”. Era muy poco probable deshacer todo en cada parada para sacar algo de las maletas.

Al llegar a Porto Velho me percato de que algo no está bien, dejan bajar la camioneta del ferry pero a nosotros no. ¿Qué pasa? ¿Qué dicen? Yo no entiendo, no hablo portugués.

¿Recuerdan que no teníamos dinero? Pues, el jefe había hecho un trato, había acordado que él iba a buscar dinero y que si no volvía para el día siguiente se podían quedar con nosotros como pago. Si, así como lo leen.

En ese momento era para agarrar todas las cosas e irse de regreso a Venezuela, eso no iba a traer nada positivo. Estaba en shock, yo no podía creer que eso estuviese pasando ¿Y si no volvía? ¿Y si realmente todo estaba planeando para que nosotros fuéramos explotados? ¿Vendidos como trata de personas? Todo se pasaba por mi cabeza. ¿Cómo había llegado yo a estar en esa situación? Esa noche no dormí. Nadie lo hizo. Estábamos consternados. Nos veían como un pedazo de carne, como unos objetos, no podíamos bajar del ferry, no teníamos comida. Todo estaba muy mal.

Las propuestas indecentes nunca faltaron, ser mujer en una situación así nunca es fácil. Sexo a cambio de comida, era fácil, se dice con mucha naturalidad. En Brasil es un tema que no es tabú. Un tema libre, un tema que se toca mucho, tanto, que si no entendías el portugués, te mostraban un condón como señal. ¡Vamos!, un condón todos saben para qué se usa.

En este punto digo: “Yo tengo dinero, vamos, cambiamos y compramos comida”.

—Yo tengo unas perlas, podemos venderlas y comemos, creo que es lo mejor.— dijo el más viejo del grupo. Un hombre lleno de años y sabiduría, el hombre de confianza, mi madre lo conocía en persona. Era a quién mi madre le dijo; “Cuida muy bien a mi negra y me la traes de regreso”. Sus perlas fueron la opción, quizás él se sentía un poco responsable por esa situación y trató de hacer lo mejor que pudo.

La noche pasó….se hizo mediodía… estaba empezando a caer la noche y aparece a lo lejos la bendita camioneta. Era el jefe, había vuelto. Me sentía a salvo, feliz de volverle a ver, aunque sabía que había sido él quién nos puso en esa situación. ¡Que alivio!

El jefe llegó bastante bromista, bañado, descansado e incluso llevaba puestas unas prendas de oro que no se las había visto antes. Nos llevó a comer, para “aliviar” el mal rato. Nos hizo pensar que las cosas realmente se le habían ido de las manos, pero que no volvería a pasar, que él era un hombre responsable y de palabra. Para ese momento ya nosotros no eramos sus empleados, para él, ya éramos sus amigos.

Ese carisma, ese maldito carisma.

“Les espera lo mejor”, decía el jefe. Ya van a estar mejor, repetía de manera bromista.

El resto del camino de Brasil se me hizo rápido. Íbamos bromeando, cantando e incluso repitiendo frases que habíamos aprendiendo a decir en portugués. Todo había sido un simple mal momento, no dejemos que las cosas malas empañen lo bueno que está por venir.

Brasil, Brasil, Brasil, después de ti, pensé que venía lo mejor, pero no fue tu culpa, la culpa fue mía por seguir creyendo y teniendo fe.

Bolivia ….. ¡Ahí vamos!

Esta historia está apenas por comenzar.

Saludos, AC.


AC

*Venezolana radicada en Austria