cuento

Mutatio Cadmiae

Mutatio Cadmiae.JPG

Jesús Alberto Moreno Granados | Colombia*

La máquina de escribir se averió aquella mañana.  Frente a la ventana abierta, el rocío de varios amaneceres y madrugadas y la ausencia frente a ella habían corroído las palancas porta tipos, echándoles a perder irremediablemente. La herrumbre se había solidificado mientras el gato a su lado miraba por la ventana farfullando un gruñido de caza a algo invisible.  En la pantalla en blanco y negro un ojo en primerísimo plano mira a un lado y otro. Desde la penumbra otro par de ojos observan impávidos, el ojo gigante proyectado. Títulos en letra blanca. “Perception it´s the media”. El ojo gigante mira y aparecen muchos otros ojos expectantes, revelados por la luz de la película que inunda la sala junto al ruido crujiente de un pivote que termina con la aparición del actor. Pantalón negro, camisa blanca, ala ancha: lleva en sus manos un cable conectado a un amplificador oculto: mira al público con los ojos exageradamente abiertos. Caminando se acaricia con la punta del cable el cráneo, el cuello, la nuca, los hombros. Comienza a enredarse el cable en las piernas, gira y se enlaza el torso; los brazos quedan atrapados mientras el ruido de interferencia pareciera sincronizarse con la luz intermitente de la vela encendida en la sala, -que imperceptiblemente-  ha llegado a una penumbra alterada por las sobras del actor en movimiento, ahora totalmente enredado en el cable. Cae al suelo con el sonido de una interferencia electrónica que calla en un susurro mientras la vela se apaga. El público estalla en aplausos en una histeria estética y los presentes miran en derredor que el actor ha desaparecido de la escena.

Martín Gastón Dheradio pulsa stop en el control remoto y detiene el reproductor. Enciende las luces del salón de clases 304 y de vuelta al escritorio se dirige al grupo con tono cansado y subrayado hastío, casi sin mirarles:

-Esto es todo por hoy. Nos vemos el martes, por favor recuerden el ensayo.-  

La clase sale, esparciéndose en un ruido chirriante de pasos con zapatillas deportivas.   

M.G Dheradio comenzó a viajar a los diecinueve años. Conoció Latinoamérica, estudió en Europa y volvió como desertor de las guerras del Coltán. No fue buen soldado y como alumno era parte de la generalidad mediocre. Cumplió 53 años siendo laureado como profesor insigne en la universidad de Yhuve y fue –mucho antes de la alopecia- un prominente artista joven de las artes multimedia que desapareció del panorama artístico,  del barrio, la ciudad y del país tras ser recluido en un hospital psiquiátrico, luego de lanzar el éxito en ventas que granjearía fama al desaparecido durante los siguientes treinta años.

Vivió una vida que durante mucho tiempo sintió haberle robado a otra persona, cuestionándose siempre sobre quién estaba viviendo la vida que realmente le pertenecía, en cuál ciudad estaba y en qué vuelo habría de haber llegado a ella. De un lado a otro, de una ciudad feroz a otra vacía recordaba años, rostros, sonidos y lugares. Encuentros fortuitos y sucesos nimios, cartas sin escribir, gente, canciones y documentos perdidos. El profesor Martín observaba el ojo de M.G Dheradio en la pantalla. Ese ojo sin tiempo del actor conservado en celuloide  observa en stop al profesor dentro del aula vacía, encerrado en la nostalgia acre del destierro: el que mira no  existe más que proyectado, y el que es mirado -de pie en el salón- reside dentro de sí sin saber dónde.

Apagué el proyector, cerré el aula. Viajé, otra vez. He llegado a casa y acaricio al gato que ronronea junto a la máquina de escribir dañada.  


*Jesús Alberto Moreno Granados, artista venezolano radicado en Colombia


El sueño de los justos

Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

Por Juan Carlos Chirinos

(de La manzana de Nietzsche, Madrid, 2015)

...that I thought her as chaste as unsunn’d snow

Shakespeare

I.

Su mano se movía, como todas las mañanas, con la destreza de la primera vez. Hay cierta pericia que solo da el tiempo y el control de lo que te rodea, y eso se notaba de inmediato. Había que poner atención en la manera como se tensaba la piel en la yema del índice; tanto, que las huellas dactilares adquirían un relieve particular, como si estuvieran preparadas para estampar sus cimas y llanos sobre un testamento. Daniela afincaba los dedos para conseguir las formas deseadas; moldeaba a su gusto las cantidades que se presentaban ante sus ojos; lo mismo con la arcilla que con la masa. Una, para hacer vasijas y recipientes de colores; la otra, para obtener el preciado pan, de oloroso final. Sus yemas eran famosas por sacar las mejores piezas, tanto del barro como de la harina. Esa madrugada era la harina lo que manipulaba; estarían esperando el pan recién hecho para untarlo con mantequilla o hundirlo en el café espumoso. Daniela sabía que el suyo era apreciado, lo cual la hacía trabajar con más gusto. Nada como tener seguidores para que las cosas se den bien.

Y a Daniela la seguían sus compañeras. Sus hermanas.

Desde que llegó al convento, siendo casi una niña, Daniela demostró la cualidad que la hizo diferente de las demás. Su destreza como panadera asombraba a todas, al punto de que sor Eugenia, la madre superiora, para negarle ocasión a la envidia, el orgullo y la soberbia en su congregación, se vio obligada a prohibir las alabanzas abiertas y si no hubiera sido porque el pan era una de las debilidades que ella se permitía, habría también alejado a Daniela de los fogones. Pensó que asignándole otras tareas, algunas arduas, conseguiría el necesario equilibrio entre éxito y fracaso. Mantener libre de maleza la huerta en jornadas matutinas, limpiar los desvanes y echar una mano en el taller de cerámica distraería la mente de la muchacha del pecado de la soberbia y, ante las demás hermanas —muchas de ellas jóvenes e ingenuas—, la colocaría en un lugar más o menos humano. Humildad, hijas, hay que practicar la humildad en cada cosa que hacemos, aconsejaba mientras hundía un delicado bollo en la leche recién ordeñada de la vaca del establo.

Daniela cumplía sus tareas con la misma obediencia que sus hermanas; cada mañana ponía empeño en dejar los tomates y las berzas libres de la maleza que los asfixiaba, empezó a sacudir el polvo y a ordenar los espaciosos sótanos del convento en los que reposaban muebles y objetos de toda clase, y se dejó iniciar por la hermana ceramista en el antiguo oficio de la alfarería, en el que destacó de inmediato. Hay una conexión entre darle forma y sabor a un pan y dar forma y color a una vasija. Para el sabor y el color hay que saber, sentenciaba la hermana ceramista, contenta porque podía compartir con una discípula su pasión por el barro. También las cerámicas de Daniela fueron celebradas, pero no con el mismo fanatismo que su pan. Su pan, que alegraba los corazones de las dedicadas mujeres del convento.

La fama reposteril de Daniela no se mantuvo a salvo entre los muros del recinto donde vivía; no, al menos, a los ojos del obispo, que las visitó atraído por el comentario de algún subalterno lenguaraz. Antes incluso de hincar sus dientes perfectos en la masa recién horneada, desde la entrada del claustro el olor dulce de la harina cocida lo arrastraba hacia la cocina. Las hermanas contemplaron al santo hombre mordiendo el trocito de pan y éste quedó en éxtasis, mirando hacia el techo, como descubriendo la presencia del espíritu sobre sus cabezas.

—Se alaba esta casa: se hace el pan —dictaminó cuando hubo devorado las tres piezas que le habían colocado.

El obispo fue prudente (o egoísta) y supo cubrir con un piadoso manto de silencio el don que escondía el recinto; sor Eugenia se lo agradeció por la tranquilidad del convento. Pero el olor del pan es más veloz que la censura, y en poco tiempo el pueblo todo se acercó ansioso por comer la harina horneada. La superiora autorizó la venta de chucherías, calmando los paladares curiosos y sacándole provecho —¿por qué no?— a la suerte con que el convento había sido bendecido.

El tres de mayo, celebración de la Santa Cruz y cumpleaños de Daniela, ocupada con la huerta, la limpieza y la alfarería, sus hermanas la sorprendieron con un regalo que contrariaba las órdenes de la superiora, pero que esta no tuvo valor para reprobar: colgaron sobre la repisa donde se amasaba la harina una cruz de madera sobre la que se podía leer se alaba esta casa: se hace el pan. Daniela pronunció un tímido «gracias», alegre de que sus seguidoras fueran tan fieles a los panes.

En sus cuarenta años de servicio, la madre superiora se había permitido escasísimos caprichos, y ya era hora de que también su cuerpo conociera algún goce. Los panes de Daniela eran un placer inocente, pensaba, mientras dejaba que un trozo de pan se ablandara dentro del caldo aceitoso. Miró a la más anciana de las monjas, sor Generosa, y se dio cuenta de que, alejada ya de las tentaciones del mundo material, masticaba el pan disfrutando cada aroma, cada sabor, cada boronita que le resbalaba por su huesuda cara. Los ojos le brillaban con extraña avaricia, ansiando las jóvenes manos, pero en seguida recuperó su rostro honorable y beato. Ciertamente, se convenció sor Eugenia, no podría haber nada de malo en un alimento que hacía feliz a un ser humano tan mayor y virtuoso. La fama de santa perseguía a sor Generosa.

A la mañana siguiente, Daniela se levantó antes de que el sol saliera, alineó sobre la mesa los utensilios para preparar las barras del día y las golosinas que servían a la gente del pueblo cercano a cambio de una pequeña cantidad que apenas alcanzaba para comprar los materiales de la siguiente jornada. Daniela había sido dispensada de los oficios matinales. La soledad de la cocina, única condición que ella había rogado a la superiora para hacer su trabajo con tranquilidad, constituía su espacio sagrado; los instantes de la cocción de la harina con que alababa a la Creación. Daniela tarareaba bajito mientras se movía de un lado a otro, cuidando de que el alimento estuviera en su punto; de que la masa no bajara, de que el suelo no se ensuciara con harina derramada o mantequilla mal derretida. Allí Daniela era feliz, única y pura.

Le gustaba su cocina iluminada y aséptica. Por eso sintió cierta incomodidad cuando se percató de que la cruz que las hermanas habían colgado el día anterior tenía pegado un trozo de telaraña que no había sido removido del todo. Como habían encontrado la cruz en el sótano donde se acumulaba el polvo, la tarea de limpiarla no había sido fácil y ella entendió que no era reprochable que todavía la cruz mostrara señales del lugar que había habitado por siglos. Acercó una silla y se subió con un trapo, dispuesta a quitar de la cruz el desperfecto que afeaba el trabajo de sus amadas compañeras. Y se concentró, como hacía con todo, en la limpieza de la reliquia.

En el refectorio, sor Generosa fue la primera que se dio cuenta de que lo más característico, el olor a pan recién hecho, faltaba en ese momento: ¿no habría bollitos esa mañana?, preguntó a la novicia que le ayudaba a sentarse, y esta la tranquilizó diciéndole que estaban a punto de salir las cestas de los panes, pero la anciana insistió en que no era posible, porque no olía a pan y ella, en sus noventa y tres años de vida, había sido testigo de muchos prodigios, pero nunca, jamás, había sabido de unos panes recién salidos del horno que no desprendieran el olor que siempre los precede. El razonamiento hizo que sor Eugenia enviara a dos hermanas a la cocina y de inmediato se oyeron los gritos de las muchachas que atrajeron a todas; y cuando sor Eugenia se abrió paso entre sus compañeras descubrió a Daniela tendida en el suelo, inconsciente, su cabeza posada sobre un pequeño charco de sangre.

Tratando de alcanzar la cruz recién colgada se había resbalado de la silla y se había golpeado en la cabeza.

Sor Eugenia aplicó los primeros auxilios a la chica: constató que aún tenía pulso y ordenó trasladarla a su celda. Entre cuatro la levantaron y la llevaron con cuidado hasta su cama, la desnudaron y le asearon la cabeza, que tenía un pequeño corte que sangraba con más escándalo que consecuencias. Recobró el ánimo Daniela y, bajo protesta, se vio obligada a permanecer en su celda mientras llegaba el médico del pueblo para que constatara el estado de su cabeza. Éste confirmó que no se trataba más que de una imprudente caída de una silla y que, en apariencia, no había pasado de un susto. Pero, por si acaso, debían llevar a Daniela al ambulatorio cercano para realizarle las radiografías y encefalogramas necesarios para asegurarse de que no hubiera traumatismos internos. La paciente protestó que se sentía perfectamente, que todo era culpa suya por su torpeza, que debió haber tenido más cuidado, que no volvería a pasar. En realidad temía salir del convento porque el mundo exterior es más peligroso, si se quiere, que una simple caída.

La chica trastabilló y por un momento creyó ver todo a su alrededor; todo quiere decir que percibió cada objeto de la celda con una nitidez que le zarandeó la estabilidad. El médico dijo que era normal que se sintiera mareada, pero que debía ir. La superiora, piadosa pero práctica, estuvo de acuerdo y prometió que en la tarde, cuando Daniela hubiera reposado, ella misma la acercaría a la consulta del doctor para que le practicaran los exámenes que hicieran falta.

Así, pues, en la tarde sor Eugenia detuvo la furgoneta de la congregación frente al ambulatorio, acompañada por Daniela. El médico las recibió con cariñosa amabilidad y las enfermeras se asomaban para ver a la ya famosa chica que hacía las sabrosas golosinas del convento. En realizar las radiografías y los exámenes de la cabeza se demoraron varias horas, que Daniela asumió como justa penitencia por su torpeza y, sobre todo, por su soberbia al creer que podía mejorar el regalo que con tanto afecto le habían obsequiado sus compañeras.

Cuando por fin el doctor terminó de hacer las pruebas, les aseguró que en cuanto tuviera los resultados se los llevaría a la madre superiora, y que si de nuevo sentía algún mareo o se le nublaba la vista que le avisara de inmediato, nunca estaba de más estar atentos. Daniela se colocó su tocado e insistió en que debían marcharse ya pues había deberes que la esperaban en el convento. El doctor le ordenó reposo por ese día y sor Eugenia le aseguró que podía estar tranquilo, que la testaruda hermanita cumpliría con sus órdenes.

Salieron al pasillo donde Daniela vio a un joven barbudo que cabeceaba sentado en una silla del pasillo mientras leía una revista. Los pantalones largos y raídos en el ruedo, las sandalias envejecidas, la camiseta blanca que dejaba adivinar las costillas, el pelo largo y descuidado, las uñas sucias de trabajar en el campo o de derribar árboles en el bosque; todo le habló a Daniela de un hombre fuerte o sano, un hombre que emanaba un efluvio agradable, como sus panes. Sor Eugenia se percató de la curiosidad de la chica y comentó, con humor y sin darle mayor importancia:

—Así de tediosa debió de ser la espera de nuestro Señor antes de la audiencia con el sanedrín, ¿no te parece?

Y hasta ese momento ella no lo había relacionado con Jesús; pero a partir de entonces y hasta que regresaron al convento, Daniela se mostró alegre y vivaz, como si las fuerzas regresaran a ella y la caída no fuera más que un recuerdo lejano.

En lo que quedaba del día la chica se las ingenió para engañar las órdenes del médico y limpiar un poco en los sótanos; había que airear unos antiguos bancos de iglesia que quizá les servirían a ellas para las oraciones privadas en tiempos de tormenta.

Cuando sacaron un confesionario que encontraron arrimado detrás de los bancos, descubrieron la reliquia: allí brillaba la madera rosada de un Cristo yacente, cubierto con obscenidad por la mugre y las cagadas de rata. Resplandecía, sin embargo.

Las hermanitas jamás habían sido más felices.

II.

Después de meditarlo y consultarlo con sor Generosa y las demás hermanas mayores del claustro, la madre superiora decidió que el hallazgo no se haría público; sólo se le notificaría, como era natural, al señor obispo. Suficiente tenían ellas con la gente que día tras día esperaba comprar las famosas golosinas para además tener que soportar la curiosidad, aunque piadosa, de los creyentes que quisieran adorar la imagen recién hallada. Aunque no era extraña la figura del Redentor en posición horizontal, sor Eugenia había visitado varios conventos que poseían una de estas representaciones, aunque ella recordaba que en todos los casos se trataba del cuerpo de Jesús luego del descendimiento (las heridas de las manos, los pies, la cabeza y el costado eran evidentes en esas esculturas); en esta que su convento atesoraba el artista había sido explícito: se trataba del hijo de Dios durmiendo plácidamente, cosa que no parecía herética aunque sí un tanto extraña.

El Cristo yacente se quedaría entre las paredes del convento para cuidado y devoción exclusiva de las monjas. Daniela ofreció acondicionar uno de los sótanos para construir una pequeña capilla que de inmediato llamaron del santísimo Cristo durmiente, nombre acorde a la figura que no representaba a Jesucristo antes del glorioso milagro de la resurrección, sino al Salvador en brazos de Morfeo. Sus músculos relajados, su semblante en reposo, sus manos olvidadas, las uñas límpidas. La figura de un treintañero durmiendo. Por eso las hermanas decidieron que no le colocarían la corona de espinas ni el manto que cubriera las sagradas partes, sino que le confeccionaron, luego de consultar la Biblia y algunos padres de las iglesias griega y latina, un discreto pijama violeta bordado con delicadeza, con pequeñas figuras de peces y corderos intercalados. A sor Eugenia tampoco le pareció inadecuado cuando las más jóvenes propusieron dedicar la semana de cada tres de mayo a lo que llamaron la vigilia del divino sueño, aunque ése fuera el día de la cruz y no hubieran encontrado testimonios de alguna celebración parecida.

Antes de Nochebuena, dirigidas por Daniela, las hermanas tuvieron lista la capilla; habían acondicionado una antigua cama para depositar allí el sagrado cuerpo y con lámparas y grandes velas dieron al recinto —que no era más que una vieja bodega— aspecto de lugar sagrado. La primera misa la ofició el propio obispo el 25 de diciembre, y no le pareció mala la idea de un espacio para resguardar tan exquisita obra de arte. Sor Eugenia, obligada a informarle de todas las actividades litúrgicas, no pudo ocultar la creación de la capilla, pero prefirió mantener en secreto la próxima vigilia del divino sueño, insegura de que estuviera dentro de los límites de la ortodoxia. Sus muchachas sólo buscaban ocasiones para demostrar su devoción, y eso le pareció bien. Inocente. Sor Generosa estuvo de acuerdo, pero a los noventa y tres años el mundo es lejano, una película que se ha visto demasiadas veces.

A partir de entonces Daniela tuvo una nueva ocupación: la limpieza de la capilla del santísimo Cristo durmiente. Sus horas de sueño se redujeron porque se levantaba antes para poder asearla. En pocos días su nueva rutina se hizo habitual: despertaba a las tres sin necesidad de reloj —una costumbre que había adquirido desde niña—, se aseaba el rostro, daba gracias a Dios por un nuevo día, oraba durante media hora y se vestía con su ropa de diario. Bajaba silenciosa hasta el sótano y renovaba las velas que se hubieran acabado, abrillantaba aún más si era posible los bancos, quitaba el polvo, recitaba una oración de bienvenida y se aseguraba de que la divina figura no tuviera desperfectos. Luego dejaba la puerta entornada para la que quisiera ir a saludar al Cristo durmiente y subía a la cocina. A las siete, con el aroma del pan alegraba el día de sor Generosa y así pasaba la jornada hasta que a las diez regresaba a su celda, se desnudaba, se aseaba un poco, oraba pidiendo por una noche tranquila y en seguida se quedaba dormida. Sin soñar.

La noche del siete al ocho de enero cayó una nevada feroz y silenciosa como desde hacía años no se conocía en ese valle. Daniela, segura debajo de un abultado edredón, con el sueño tan pesado como ligero su despertar, no se dio cuenta de la contundencia de la nieve hasta que salió al patio en dirección a los sótanos: hubo de levantar las piernas por encima de manto blanco para llegar hasta la entrada de la capilla y allí se vio obligada a apartar con piernas y brazos la nieve que obstruía la entrada y complicaba el acceso. Una vez dentro de la capilla dio un paso en falso sobre el hielo y resbaló, golpeándose de nuevo en la cabeza. No supo cuánto tiempo estuvo inconsciente, pero calculó que no sería mucho porque el cielo seguía oscuro. Se palpó el cráneo para asegurarse de que no estuviera sangrando y sacudiendo la cabeza recobró el equilibrio. Notó que todas la velas se habían apagado y comprobó que no había electricidad (más tarde tendría que acercarse al guardacoches para poner en marcha el grupo electrógeno de emergencia, pero antes había cosas más urgentes).

Encendió las velas que encontró y cuando hubo suficiente luz sintió una gran pena: del Cristo durmiente colgaban flecos de escarcha, su nariz era una estalactita y sus dedos las dolorosas estalagmitas de la creación. Se arrodilló y lloró consternada. Oró pidiendo piedad y se acercó. Quitó el pijama, limpió de escarcha el divino cuerpo y sintió que la madera estaba fría, como si estuviera muerto.

—Pero, Señor, ¡no estás muerto, estás durmiendo! —exclamó Daniela, entre enfadada y confusa.

Se abrazó a la imagen para transmitirle su calor, y así se quedó durante un largo rato hasta que oyó una voz que la llamaba preocupada: la novicia que atendía a sor Generosa la buscaba porque eran ya las siete y como no olía a pan habían pensado que había ocurrido algo. Daniela dejó al Cristo durmiente y le explicó a la hermana que había encontrado al Señor lleno de escarcha y la pena que sintió fue tan grande que había estado todo ese rato limpiándolo. Evitó comentar la caída y que su abrazo calentó la madera. Volvió a colocar el pijama sin peligro para la obra. El resto del día transcurrió frío, pero Daniela insistió en cumplir con sus tareas en el huerto. Bajo la nieve también hay vida que cuidar. Antes de que la luz del sol desapareciera, volvió a la capilla y se cercioró de que ninguna ráfaga de viento fuera a apagar las velas que rodeaban al durmiente, se despidió llena de ternura y regresó a su celda.

Esa noche, como nunca había ocurrido, soñó.

Una tormenta de nieve le impedía caminar hacia un refugio que había divisado a lo lejos, y cuando supo que sus fuerzas la abandonaban y se dejaría caer, sintió que alguien la tomaba por la cintura y la arrastraba con los pies en el aire hasta el refugio, mientras una voz decía ahora me toca a mí calentarte, hermana. Una vez dentro, el crepitar de un leño ardiendo le devolvió un agradable calor que le causó placer. Ahora se hallaba sola, sentada frente al fuego dejando que sus manos disfrutaran del efluvio ardiente de las llamas, contando las chispas que saltaban de la chimenea. Miró sus dedos (los contó: eran diez o cincuenta, el placer multiplica los sentidos) y detrás de sus uñas bien cortadas y relucientes sus yemas rosadas mostraban nítidas los surcos de sus huellas dactilares que acababan de dejar sus marcas sobre la harina.

Daniela levantó la mirada y se dio cuenta de que estaba en la cocina del convento, con los panes de la mañana ya listos para comer. Antes de pensar, vio que la huella de su pulgar firmaba cada pieza. No recordaba cómo había llegado a la cocina, ni si había dicho sus oraciones o bajado a la capilla; faltaban pocos minutos para el desayuno y ya el aroma del pan proclamaba la alabanza de la casa donde había sido hecho. Sirvió el desayuno, atendió otros oficios y se aseguró de que en la capilla el durmiente tuviera suficiente luz. Oró agradecida. Cuando salió al patio miró al cielo y tuvo una certeza: sobre el cable de la luz había catorce cuervos; las ramas del árbol de la entrada eran trescientas setenta y seis, más dos retoños que empezaban a salir; la gravilla que precedía los diez escalones de la entrada estaba compuesta por 443.354 piedrecillas blancas, azules y rojas, aparte de las que ya se habían convertido en polvo por efecto de las pisadas, y no comprendía cómo podía saberlo, por qué una simple mirada le daba el número de las cosas. Trató de olvidarse de esto pero hasta que no cerró los ojos e intentó contar ovejitas no dejó de ver el número de las cosas. Pidió al Señor paz para su ánimo y en seguida se quedó dormida.

A la mañana siguiente había olvidado las incidencias del día anterior, así que ni siquiera se dio por aludida cuando vio, como siempre, que había preparado ochenta y cuatro panes, dos para cada comensal. Sólo cuando sor Eugenia entró en la cocina y contó (mejor dicho, vio) que a la superiora le balanceaban sobre la frente veintitrés cabellos finos y canos, Daniela no recordó que sus ojos ahora eran capaces de separar en números el mundo. Miró al suelo: ochenta y siete migas de pan que treinta y tres hormigas ya se llevaban para sus casas; dos manchas de mantequilla que más o menos sumaban doce gramos. Vio la repisa: setenta y seis platos, nueve vasos, catorce tazas (cinco sucias en el lavaplatos), cuatro cucharones, un cuchillo de cortar jamón, ciento veintiséis azulejos: la rodeaban números por doquier.

Salió al corredor y cada ladrillo de las paredes arrojaba la cifra de su composición, cuatrocientos gramos de arcilla, doscientos noventa y siete gramos de arena, 45% de humedad. Apresuró el pasó y a cada golpe de sus pies veía el sonido de sus zapatos convertido en longitudes de onda: trescientas veintisiete vibraciones por segundo, ochocientas setenta y seis vibraciones, mil cincuenta, novecientos cincuenta y ocho vibraciones. Corrió más de prisa olfateando la composición de los olores del claustro: pan, hierba, musgo, orín que emanaba de una esquina: cada vez eran más abundantes los datos que Daniela percibía con sus sentidos; ¿el chichón que le había nacido en la cabeza le había creado una nueva capacidad sensitiva?

Corrió desesperada a la capilla y se abrazó al durmiente, rogándole que la librara de esta pesadilla numérica, de la base de datos en que se convertía su cerebro. La piel de madera estaba tibia, a pesar del frío y Daniela tuvo deseos de quedarse allí, acurrucada, sintiendo la piel tersa, su aroma a pan, la barba suave, la respiración tranquila. El divino hijo no despertaría porque el sueño de los dioses es lento y pesado como el movimiento de las montañas. Daniela sabía que los golpes en la cabeza le habían cambiado la percepción del mundo, pero no tanto como para que una escultura de madera tuviera la textura de un hombre. De un hombre fuerte y sano, un hombre que emanaba un efluvio agradable, como sus panes. ¿Era esto, entonces, el enigma del amor?

—Todavía recuerdo la tranquilidad que da abrazarse así a él —dijo sor Generosa.

Daniela abrió los ojos y vio que la anciana monja la observaba apaciblemente desde un banco.

—Sobre todo cuando comienza lo de los números —concluyó.

Daniela se incorporó por encima del cuerpo del durmiente, como la esposa que descubre un intruso en la habitación nupcial. No sintió miedo. Esperó, sin soltarse de Dios.

—Lo único que puedes hacer es aceptar tu nuevo don y tratar de que todas crean que has sido elegida por la Providencia para ser santa.

Daniela miró a la cara a sor Generosa y de inmediato supo que quinientos sesenta y nueve puntos negros afeaban la piel que en un tiempo había sido tersa y hermosa. La monja se echó hacia delante y sonrió entendiendo la mirada de la joven.

—Treinta y cuatro de tus poros también empiezan a llenarse de grasa, sobre todo porque te la pasas entre harinas y aceite, hija, pero eso no debería preocuparte ahora. Yo que tú me bajaba de allí y venía a arrodillarme para que las que vienen detrás de ti no se escandalicen demasiado. Créeme que es mejor pasar por santa que por loca.

Daniela observó mejor a la anciana y se dio cuenta de que de sus ojos fluían fotones, miles de millones de fotones de todos los rojos posibles: la cifra que vio fue inconmensurable (filas y filas de unos y ceros), pero todos llevaban impresa la misma palabra: envidia.

—O sea, que el don tal como viene se va, ¿no? —dijo Daniela con crueldad, y la monja bufó disgustada, descubierta.

—¡Bájate de ahí, te digo! —exigió la anciana, escupiéndole billones de partículas de carga negativa.

Veintisiete pasos se mezclaron mientras se acercaban a la capilla; la joven percibió que el aroma perdido de uno de sus panes se colaba por una rendija, como acudiendo en su ayuda: entonces supo qué debía hacer. Se recostó al lado del Señor durmiente y se abrazó a él con dulzura. Y ya no era madera lo que abrazaba; era carne, piel cálida como el edredón que la protegía del frío en su celda. Eran los brazos fuertes, los músculos contundentes de un hombre que se ofrecían para protegerla; se sintió contenta de estar a su vera, percibiendo el aroma de esa nueva forma del amor.

Cerró los ojos y contó ovejas, quarks, planetas, púlsares que seguían los pasos que se aproximaban sin un ritmo determinado: del otro lado de sus párpados la esperaba él, barbudo, cabeceando mientras leía una revista, los pantalones largos y raídos en el ruedo, las sandalias envejecidas, la camiseta blanca que dejaba adivinar las costillas, el pelo largo y descuidado, las uñas sucias de trabajar en el campo o de derribar árboles en el bosque.

El éxtasis afloró cuando su cintura fue estrechada por unas manos suaves, firmes, dulces, de madera. Alabó esta casa y así, entonces, se hizo el pan.

Cuento: De vuelta completa

POST 4DROMEDARIOS -INSTAGRAM PORTADA-.jpg

 

Por: Julio Pérez

Ball one, ball two, ball three, ball four. Cuatro lanzamientos continuos que no entraron en el cuadro de bateo. Al menos conservaba su recta de 85 millas. Ya el manguito rotador le exigía dejar de enviar bolas tan lejos. El colchón se hacía un amigo viejo, los ojos azules que le colocó le ayudaban a permanecer tranquilo, a creer que tenía como receptor al mismo Baudilio Díaz.

Se preparó otra vez, la pierna derecha bien alto, hasta el pecho; luego tengo que dispararla imitando el gesto de un avestruz que corre; el guante esconde su poderoso cambio de velocidad, el arma secreta. El brazo por encima del hombro; tomo la bola, el mundo abarrotado en mis manos. Sale: es un misil que corta el aire y se oyen en el apartamento vientos huracanados. Golpeó el cuadro dibujado en el colchón, pero de nuevo afuera, por el lado superior izquierdo.

“Pete Rose ya me habría escoñetado, quizás hasta lo habría lesionado”, dice, mientras escupe chimó en el suelo del apartamento.

En su habitación resguarda una fotografía de cuando tenía 10 años; la mira con la misma maldita nostalgia de siempre y observa con el corazón arrugado el nombre de la esquina superior derecha: Luis Beltrán. Pero Luis no quería ser Beltrán, así que cambió su apellido a los 15 por Aparicio; y le pedía a todos que le nombrasen de esa forma.

Su papá le daba golpes con una vara. “Vas a ser grande ligas, carajito de mierda, o te vas de esta vaina”, solía gritarle. Cuando tenía tres años el papá de Luis Aparicio ponía al pobre muchacho a recibir lanzamientos de piedras: sin nada en las manos, ni un guante de látex, Aparicio debía recibir cada piedra sin llorar. De esto modo, según el viejo, el hijo iba a mejorar la vista; también lo obligaba a batear chapas porque vas a ser “Babe Ruth, coño e' tu madre”.

La señora Lola, la madrastra de Luis, no estaba de acuerdo con este trato. “Vas a volver loco a ese muchacho”. No pasaba a mayores hasta que el viejo llegaba borracho en la noche y la coñazeaba. “Pa' que seas seria, puta”.

Desde los 10 Luis ya tomaba cerveza porque lo hacía ver como “un verdadero macho”. A los 12 el papá lo llevó a conocer “unas buenas putas”; le pagó las mejores, pero Luisito no se atrevió y el pene se le quedó flácido como un espagueti muy cosido.

Luis no quiso decirle nada al papá. La prostituta sí lo hizo: “A tu hijo no se la para”. “Tú sí eres sapa, pedazo de puta”, le espetó Luis. “Tú como que eres marico, carajito. Lo que me faltaba. Vente, mami, yo te doy lo tuyo. No vamos a perder esos reales”.

Luisito no era marico. En realidad era muy tímido. Bajaba la mirada cuando hablaba con las mujeres y sentía hormigas que le recorrían la barriga cuando alguien le gustaba.

Una chica que conoció, María Cárdenas, se convirtió en un augurio. Luis se sumergía en las piezas de Guillermo Dávila pensando en ella.

Un día María intentó besarlo mientras ambos paseaban en el parque. Él la rechazo sin pensarlo.

“¿No te gusto?”. “Sí, pero me da pena”. “Que no te dé pena, Luisito”. Y volvió a lanzarse a su boca; era un segundo intento, y Luis lo aceptó. Sintió extrañeza: el sabor en la boca era como el olor de una montaña calurosa, y eso le gustó. 

A la semana se volvieron novios.

Un día, mientras caminaba por las calles de su zona, la vio agarrada de mano con uno de los malandros de su calle.

Él se acercó furioso.

“Qué te pasa, diablo. Tú como que quieres que te eche plomo”, dijo el hampón. “Dale, mamagüevo, échale bolas”. El hombre lo iba a encañonar con una 9 milímetros. Pero María Cárdenas se atravesó para defender a Luisito, que creyó que había salvado a su reina del villano. Sin embargo, ella le dijo: “Vete, estúpido. Lárgate, no te quiero ver más”.

Ya en su casa, con la arrechera hirviendo, Luis busco su cuaderno de poesía. Se percató de que este estaba repleto de rayones y tachones. El papá, cayéndose de borracho, le dijo: “Yo mismo rayé esa mierda. Eso no es de hombres estar escribiendo vainas. Eso es de maricos. Y tú no vas a ser un mariposón. Si caes en esa te boto”.

Luisito sintió que la locura se apoderaba de su cuerpo; tomó el cuaderno y lo rasgó. Era la furia escondida en su corazón desde que nació: el humo de cigarrillo que su papá le sopló recién nacido, las veces que vio a su mamá llorando, el día en que ella se fue con otro, cansada de los maltratos del viejo pajúo, el escuchar todas las noches cómo el viejo se cogía a su mujer.

Tomó un cuchillo que estaba debajo de su cama. “Ahora sí te voy a matar, desgraciado”. El papá mostró una sonrisa pícara. “Dale, carajito, que te voy a enseñar a ser un hombre”.

Luisito logró esquivar el puñetazo a la cara y con su cuchillo cortó un poco la barriga de su padre. Mientras la víctima chillaba en el piso, tomó algunas de sus cosas y se fue.

Buscó diferentes maneras de convertirse en un gran beisbolista. Vivió en la casa de unos tíos por parte de mamá que lo apoyaron. Intentó ingresar a varias academias pero ninguna lo aceptó porque “no tiene condiciones” o “es muy pequeño”.

Decidió convertirse en poeta. Ya había leído una que otra cosa y escribió guiones para cine con amigos que conoció en la calle.

Marcos también había intentado ser beisbolista por petición de sus padres. Tampoco lo logró, así que se unió a Luisito para formar un grupo de teatro. 

Juntos escribieron varias obras, guiones y cortometrajes. No tuvieron éxito y, sin embargo, fueron felices.

Luisito no ha olvidado que en realidad quería ser “El Grande”. Todavía conserva la foto que le firmó Luis Aparicio, justo después de haber ingresado al Salón de la Fama.

El apartamento, repleto de bates de béisbol, guantes, escenografías, máquinas de escribir, computadoras empolvadas y sábanas, lo ayuda a enterrarse en su universo de fracasos.

Aunque quería, al menos, llegar al home; estaba cansado de estar en tercera.

Así que diseñó, en la planta baja del edificio, un pequeño parque de béisbol con todas las pelotas que tenía firmadas. Subió las escaleras hasta el último piso y, mirando hacia el infinito, lanzó un beso seco para sus aficionados.

Había logrado su primer y único grand slam.