literatura

La isla donde anida la desesperanza

Foto:  @ACcinema

Foto: @ACcinema

Mario Morenza* | Caracas (Venezuela)

Los personajes en La otra isla asumen la desesperanza como una estrofa más del Gloria al bravo pueblo o del Das Deutschlandlied. Cuando me enfrento a la imagen de una isla, identifico (y enlazo) esa noción al vértigo horizontal del naufragio. Del mismo modo, no puedo evitar relacionarla a Odiseo en la isla de Circe, como mártir y emblema de la esencia humana en el aislamiento. Esta atmósfera enlazada (o anudada) al silencio será el bálsamo para el personaje de Edeltraud Kreutzer, que, indagando un poco, podría interpretarse su incertidumbre sobre la muerte de su hijo como una tramada excusa que ella instrumenta para encontrarse en otro espacio ajeno al propio, para alejarse de (sus) calles donde anida la tristeza. Y de esa tristeza refugiarse en una isla del Caribe, la isla que transformó a Wolfgang Kreutzer. 

Pero este Wolfgang no fue a naufragar a la Isla de Margarita, fue a echar raíces, a complacer la continental propuesta de Renata, su mujer. Wolfgang fue a distender su mente y lengua germánica. Se exilió en el hablar neoespartano. Modificó gradualmente su soberbio e impronunciable Wolfgang por el margariteño Gorfan. 

Los cantos matutinos de los gallos labraron sus raíces para que se plantaran progresivamente con ese encantamiento, casi hipnótico, casi mantra orquestado por un caos ovíparo. Y es en este punto cuando se me hace imposible no pensar en el poema «Los gallos» de Eugenio Montejo, que se me viene como la voz de un eco tan lejano y quebrantado como debe ser la nostalgia por un mar nórdico, un partido de la Bundesliga o una revitalizadora Löwenbräu después de trabajar; un poema cuyos versos resumen a Wolfgang Kreutzer y asumen la tristeza como un territorio para que esta, en lugar de anidar, acampe y se siembre en los movimientos dubitativos de Wolfgang devenido en ese Gorfan de la crianza de los gallos: «Gallos ventrílocuos donde me habla la noche, / ¿son mi parte de abismo?». Momentos religiosos y proféticos de encantamiento. 

Y entre cantos de gallo y estrofas, ha llegado el momento de teorizar, y recuerdo que hoy, antes de despertar, se me reveló, por medio de una voz onírica y nórdica que me recitó palabras al oído en un idioma extraño, que la teoría sería alemana de tener nacionalidad, que para adentrarse en la literatura, no se orientaría a la usanza de los neoespartanos para asimilar el tiempo, más bien mediría sus pasos con absoluta precisión, sistemáticamente, y no se la calcularía a vuelo de pájaro o a ojo por ciento; la teoría es aliada de esa intuición de ensayo y error propios de Gorfan para criar a sus futuros campeones, mezclada con la de los galleros de nacimiento para saberlos luchadores o simplemente sacarles cría.

A través de las lupas de la teoría, me veo como un marxista trasnochado, con reflexiones resucitadas por el temblor de voces en otro idioma. Por ejemplo, asumiéndome como marxista, diría que los cantos de los gallos son una respuesta a la acelerada y devastadora modernidad, hija bastarda del capitalismo, cantos de gallos que se unen al grito eufórico de Katsimbalis, borracho de vida y poesía, que se desgarra las cuerdas vocales para que el himno de la naturaleza se escuche entre tanto smog y bramido de fábricas. Un marxista escucharía en el canto de los gallos una respuesta a ese «caos en el que todos dan órdenes y que nadie sigue» (Suniaga, 2005: p. 8). Y es aquí donde se destila la carne de una viril novela policíaca, pero esa novela policíaca con aristas de crítica social, y también a una izquierda en lo que se sospecha la intentio autoris a la que se refirió Umberto Eco. 

Un anarquista agregaría esta cita al catálogo de frases del partido en el que esté inscrito: «Margarita, la isla de la utopía, el único lugar del planeta donde todos mandan y nadie obedece» (Suniaga, 2005: 8). 

    En cambio, un estructuralista, y asumiéndome como tal, abordaría La otra isla —o en esta isla que es la teoría literaria donde es rutina naufragar—  cómo son representados en la novela los siguientes hemisferios, o las siguientes dos caras de una misma moneda: Duelo a y Duelo b. En el primero, se hablaría de ese duelo que llevan los personajes, en esos ojos donde la tristeza ya ha echado raíces, como los de Edeltraud con la incertidumbre de la muerte de su hijo enquistada en ellos; o los ojos de Renata, en los que se delató la resignación al momento de la muerte por agua de su esposo y en los que también se revelaron, como un códice de la evocación, unos ojos de quien aspiró a otra piel de la incertidumbre: la de vivir un día distinto con cada amanecer; o la mirada de Gorfan, extraviada en el vacío poroso de una gallera en aquellos momentos hostiles en los que sus gallos perdieron la verticalidad y murieron picoteados por rivales. Y también no debemos olvidar en esta isla a la persona que antes era Gorfan, que ostentaba el Wolfgang como emblema de identidad y del cual se despojó una vez que quizo olvidarse definitivamente de sus raíces y transplantarse a esta isla que lo vería morir, pero que antes añoró su tierra y comprendió, sin percatarse del todo, que la tristeza anida en ese mar que rodea esa insólita porción de tierra. O de Renata, que entra en llanto irrefrenable y angustioso cuando es interrogada por Benítez, y el abogado fungiendo de detective privado por necesidad, se pregunta si la desesperanza es motivo suficiente para un crimen, incluso si sobrepasa la maldad o la ambición, en lo que supone un momento clave para indagar el sentido de la novela.

El Duelo b no es otro que esa pugna que aletea en los gallos. Animales criados para una lucha en la que reñirán la apuesta, los tragos y el vicio. Animales que se manifiestan como determinantes directos para los primeros duelos. Esos gallos que mataron a Wolfgang, que lo arponearon desde que escuchó por primera vez su canto como si fuera la primera mañana del universo, cuando Gorfan comienza a incubarse en él, a decretarse, a establecer su conjuro con la isla.

También leería en La otra isla esas curiosas paradojas que se dan en el hablar, en lo distante que puede ser una traducción, sobre la raza de los gallos, o la resistencia indígena, sobre coger y coger. Por los momentos, ya se me hace larga esta reseña y mi naufragio en un intento de teoría, y no me queda otra que brindar, como diría Bogart en la gran pantalla: for old times sake, y por Wolfgang Kreutzer, prost!!!


Mario Morenza*

En 2008, publica La senda de los diálogos perdidos (ganador del Premio Nacional Universitario de Literatura) y Pasillos de mi memoria ajena (finalista del concurso para autores inéditos convocado por Monte Ávila Editores). Relatos de este autor han sido reconocidos con diversos galardones: destaca la inclusión de «Vitrum» en la Antología de la Novísima Narrativa joven Hispanoamericana (2008) y en 2016 «Las tribulaciones de un censor antiplagios» resulta ganador de la 71a edición del Concurso de Cuentos del diario El Nacional.




Los lugares comunes de Pancho Massiani

Dibujo de Felipe Márquez

Dibujo de Felipe Márquez

Graciela Yáñez Vicentini | Caracas*

Para Francisco y sus secuaces:

Fabiola, Luis, Rodrigo, Eleonora y el resto de los visitantes



Un pollo sofocado en un bolsillo, un pendejo que no sabía qué hacer con su vida y que seguía enamorado de una tal Carolina que no le paraba ni medio: a eso me refiero con los lugares comunes de Massiani.



*

Recuerdo una tarde, una celebración de cumpleaños de Pancho, en que la comitiva –porque no era él solo, hay que decir que los amigotes lo alentaban, y bastante– invirtió buena parte de la tarde en llamar a una tal Carolina que no quería apersonarse. Tanto insistió ¿Corcho, Pancho?, que la tipa se apareció, finalmente, en la fiesta, con su hermana y su sobrina. Buena parte de la noche, entonces, tuvo que destinarse al próximo logro que dictaba la lógica: que Carolina –la de carne y hueso; lo juro, que así se llamaba la fulana– se sentara al lado de Pancho, en su cama, y a lo mejor de todo aquello se lograse hasta el robo de un beso.

Enlazo esa escena con otra, la segunda salida directamente de la página: una conversación telefónica –el teléfono, como se ve, elemento decisivo y reiterado en el universo de Pancho– durante la que Corcho, arrojado a la hazaña de escribir la gran novela realista, iba tecleando palabra por palabra la conversación que sostenía con su interlocutor a medida que iba transcurriendo el diálogo. Palabra dicha, palabra escrita. Hasta que, como podía esperarse, el amigo se percató de que por eso se dilataba tanto Corcho en responderle, y por eso le pedía tantas veces que se repitiera. Exasperación telefónica, fin de la llamada, fin de la anécdota: realismo puro, diálogo magistral que resume en su brevedad la mejor propuesta que he leído para explicar los avatares de la literatura y la vida, de la representación y lo representado.

*

Dibujo de Felipe Márquez

Dibujo de Felipe Márquez

Hasta quien no ha leído a Massiani está familiarizado con “Un regalo para Julia” y con la novela que “nació de una mentira” y se transformó en Piedra de mar. Digo que son los lugares comunes de Pancho porque son lo que todo el mundo cita de su obra, son como la Rayuela de Cortázar… y sospecho que a él le gustaría mucho esta comparación. Pero son sus lugares comunes por algo, algo muy simple: porque no podemos superarlos. Hay algo de Julia y de ese pollo sofocado y de esa llamadera exasperante que me lleva no solo a Pancho y su literatura, Pancho y su vida, Pancho y nosotros; sino a nosotros, sencillamente: nosotros sin Pancho. La razón por la que nadie supera los lugares comunes de Massiani es porque son comunes, claro, pero comunes a lo que nos hace humanos. Todos hemos sido un regalo que no pudo entregarse, un regalo que no pudo recibirse –¿una visita frustrada a Cortázar?–, una chica que no nos paró ni media bola o una soledad llamando diecisiete veces por teléfono para implorar una visita a las 4 de la tarde. En palabras de Pancho: a todos nos han mandado al carajo. Todos hemos sido débiles, vulnerables, patéticos y –algunos– hasta lo suficientemente sinceros para contarlo.



Pero –y aquí viene lo extraordinario– no todos sabemos hacerlo como lo hacía Pancho.



Caracas, 2 de abril de 2019

Graciela Yáñez Vicentini



Visita al edificio de Natalia y Gabriel

Foto: Javier Cedeño Cáceres

Foto: Javier Cedeño Cáceres

Mario Morenza* | Caracas (Venezuela)

En estas páginas expongo algunas impresiones (o preferiría decir conmociones) que me he llevado de Historias del edificio de Juan Carlos Méndez Guédez (1994). Mi reflexión viene con criterio arquitectónico: la dinámica de mi lectura se moverá como un cartero o un trabajador social que ingresa a un edificio de El Valle, lo recorre, se pierde en él, lo tolera, y asume tales impresiones causadas por los vecinos con saldo académico: leeré las entrelíneas de sus vidas como lo que «realmente» son: personajes inventados, criaturas de ficción, espejos de los residentes de una ciudad que, en partes iguales, desempeña roles de escenario narrativo (de escarnio narrativo), de pesadilla urbana y catalizadora de penas.

La primera sección del libro se titula «Historias del edificio», y recuerda la estructura de La vida instrucciones de uso de George Perec (2000). La segunda parte: «Otras historias». Para fines de mi lectura, ambas partes del libro las entenderé como si se tratasen de vecindarios. Los primeros vecinos habitan un edificio de nueve pisos. Los segundos, sus alrededores. Los primeros tienen una relación ceñida con la ciudad, con sus otros vecinos, con la ansiedad cultural de finales de siglo xx, con sus combustiones sociales e iras colectivas. Los segundos, se muestran más estáticos y contemplativos, más evocativos y nostálgicos: dirigen la narración hacia sus desafueros internos, sus disgustos, sus aires y repliegues íntimos.

    Comencemos nuestra visita.

Estamos en Planta Baja. Como es de esperarse, el ascensor está fuera de servicio desde hace un mes. Un cartel manchado de alguna sustancia cuyos componentes me niego a conocer, me indica que los residentes deben cerrar las rejas con llave: yo entré como Pedro por su casa. Nadie ha salido a preguntarme qué hago yo allí, si vengo a visitar a alguien en específico, a traer una carta o cortar la luz. Al fondo, arrimado en un rincón, se ve lo que pareciera ser un montón de objetos  acumulados, escombros, pero no. No es así. Parecen ser las imágenes más constantes de «las historias del edificio»: discos de Queen, afiches llenos de consignas, cigarrillos, botellas vacías de anís y ron, cartas que nunca llegaron a su destino, páginas de diario, una bolsa negra llena de ruidos asmáticos, gases lacrimógenos, balas y casquillos de balas, más sobres, más cartas sin destino, uñas enteras, desgarradas de manos y pies, binoculares, espejos partidos (de retrovisores y peinadoras), frascos rotos de perfumes, cafés derramados, puertas reventadas a patadas, un río de sangre que atraviesa todos los pisos del edificio y desemboca en la ciudad, en sus arterias viales; el olor dulce del pan como atenuante aromático de la vida allá afuera, puñales y armas oxidadas, periódicos que reportan la represión policial y un largo etcétera de saqueos, ventanas partidas que solo aparentaron ser la excusa para mostrarnos más de cerca la fetidez del mundo.

A falta de ascensor, debemos subir por las escaleras. Y al pensar en la imagen de la escalera, me es inevitable no recordar la definición de Georges Perec, cuando en La vida instrucciones de uso (2000), leemos que la escalera es ese lugar «neutro que es de todos y de nadie, donde se cruza la gente casi sin verse, donde resuena lejana y regular la vida de la casa» (p. 17). Transitaremos por este lugar lejano, regular y vertical.

En el piso 1, concretamente en el apartamento 1A, nos topamos a un suicida con una erótica relación con las cuerdas. Su vecino del 1B, lee los comunicados pasivo-agresivos (aunque en constante progreso hacia la agresividad) dirigidos a él, cliente moroso, que no ha cancelado el monto total de ollas Rannywer con las que, junto a su esposa, disfrutan en las noches: las disponen en su cama y con ellas se excitan, acariciándolas, posándolas cerca y en sus cuerpos, como si se tratasen de juguetes sexuales.

    En el segundo piso, en el apartamento 2A, sigue la escalada de las relaciones humanas con los objetos. En este caso es la ciudad el foco de atención. Es la ciudad la catalizadora del recuerdo vivido, de la piel de una mujer que se desea una y otra vez. Asistimos a la entrada de un diarista compulsivo y compungido, obsesionado con una mujer ajena, vecina, pero al mismo tiempo renuente por las circunstancias a consumar otro encuentro. En el apartamento 2B nos asomamos a una escena sangrienta en la que un marido intoxicado de anís y ron, asesina a su hija con un disparo, con otro disparo castiga, daña e inutiliza la columna vertebral de su esposa (y la de la familia). Después del tiroteo intenta suicidarse (¡vaya, puede ser el edificio de nuestra historia narrativa en la que hallaremos más suicidas por metro cuadrado!). Fracasa en su intento de quitarse la vida. Su muerte es cerebral. Y su mal cálculo lo confina a un mundo parapléjico por el resto de sus días, a la repetición constante de esa tarde de anís y ron. A los gritos de su mujer que, al parecer, lo ha perdonado, o ha encontrado una tortura eficaz en el gesto de permanecer junto a él y recordarle todas las tardes su flagrante responsabilidad de lo que padecen. Intuimos que con un sistema judicial notablemente ausente, ese será el castigo más ejemplar que reciba el vecino del 2B.

    Así, entre sangres y llantos, arribamos a los ruidosos relatos del piso 3, en el que David, sin sospecharlo, es recordado. Una actriz recuerda a David, su exnovio, sin las mínimas ganas de pensar en él. La actriz conduce su vehículo y avanza (o trata de hacerlo) con la velocidad necesaria para llegar a tiempo al teatro. El ensayo general de la obra se inicia en diez minutos, pero el tráfico aletargado la obliga a tomar un atajo y pasar frente al edificio de su exnovio. Irremediablemente piensa en él sin desear hacerlo. La ciudad le oxigena recuerdos que no quiere evocar. Es incapaz de no mirar hacia la ventana y allí logra verlo: David tiene compañía. Ella, entre aturdida y celosa, afina la vista y logra atisbar con arrolladora nitidez aquel reloj que le obsequió en un cumpleaños. David es acariciado por su nueva novia. El impacto del vehículo de la actriz fue tan robusto que llegó a ser escuchado en toda la cuadra, incluyendo en la habitación de David, en el 3A. En el apartamento 3B acompañamos a Rafael. Rafael es testigo de la férrea represión policial, una constante en la ciudad.

    En el cuarto piso, un médico utiliza una supuesta frase de Jorge Luis Borges [«En la vida no hay otra justicia posible que el azar» (p. 20)] para decidir el destino de su paciente. Su metodología azarosa también dispone de una moneda (de un bolívar) que lanza al aire. Su vecino de piso tiene otra fijación: se dedica al voyerismo. El sujeto del 4B está obsesionado con una mujer. La observa con la ayuda de sus binoculares. Un día descubre que en su desnudez felina, deseable, está acompañada por otra mujer. El hombre entra en conflicto y, decepcionado, planifica una absurda como ingenua treta para reprenderla.

    De esta manera, llegamos al quinto piso para encontrarnos de nuevo con el absurdo, y en el rellano estrecho que media entre la realidad y ese absurdo, nos tropezamos de nuevo con la represión, pero con su cara más terrorífica. Esta vez en la voz de Sofía: una profesora de historia, divorciada, de 60 años, que le escribe cartas a un vecino que tortura jóvenes insurgentes en su apartamento. La situación le molesta; sin embargo, no es por los gritos de los jóvenes, sino porque todo este asunto de castigar a los jóvenes arrancándoles las uñas de tajo, le recuerda a aquel marido suyo que escuchaba diariamente a Telemann mientras se comía las uñas de las manos y los pies, hecho que no le permitió concentrarse en su investigación bibliográfica. Seguidamente, en el apartamento contiguo, se narra la agitada tarde en la que Natalia presenció cómo allanaron su apartamento. Que detuvieron a su hijo. Lo golpearon. Minutos antes, su hijo pintaba tranquilamente un cuadro en el balcón. Todo fue un instante sólido de gritos y ráfagas, de reclamos y un cuadro a medio pintar, húmedo, estrellándose contra la acera, esparciendo gotas de pintura y astillas de madera. Y también gotas de silencio. Aquel silencio que se quedó tensado en los dientes de su hijo y que ahora ella espera a que alguien se acerque a preguntarle por lo ocurrido aquella tarde.

    El sexto piso es un nivel epistolar. Las cartas tienen un valor protagónico y nocivo. En el apartamento A, una mujer revive en su sueño escenas angustiosas de lo que aconteció durante aquel febrero, de fecha y año inexactos, que puede referirse al golpe de Estado fallido o a El Caracazo. La mujer se maquilla con disciplina, pero una carta infringe su orden cosmético, atentando contra ese cosmos reducido y regulado por el espejo y la peinadora. Después del inquebrantable sueño, decide beberse el contenido químico y pastoso de sus envases y lociones de maquillaje. Una frase traza la personalidad de muchas de estas historias: «Fue así como sintió en cada uno de ellos la persistencia de la sangre, las heridas abiertas como labios» (p. 29). Por su parte, en el 6B una carta de amor o desamor es sacrificada para limpiar el piso del café derramado.

    Con angustia, ya subimos al piso 7. Y volvemos a otro cuento absurdo, que revela en sus páginas la incapacidad crónica de los funcionarios públicos del país, así como el inicio de la violencia atroz, incontenible, que veinte años más tarde cubriría a Venezuela.



—Muy buenos días, ¿en qué puedo servirle?

—Ah..., mi nombre es Argenis Torres. Vivo en El Valle y tenemos desde hace semanas un problema que pienso es responsabilidad de ustedes.

—Estamos para servirle —afirmó obsequioso el oficinista y se aproximó hasta la taquilla, tomó entre sus manos el libro de contabilidad y lo colocó en una gaveta.

—Bueno, lo que pasa es que hace tres semanas cuatro muchachos estaban robando a un hombre frente al edificio...

—Entiendo, pero eso es incumbencia de la policía.

—Claro, los llamamos, pero aún no llegan. El hecho es que los ladrones hirieron al hombre, lo dejaron tirado sobre la acera y se fueron en sus motos.

—En ese caso, estamos ante un caso que es responsabilidad de los hospitales, como usted imaginará nosotros...

—También los llamamos, nunca apareció la ambulancia. El hombre murió...

—El procedimiento correcto es llamar a un forense.

—Lo hicimos, pero estas son las horas. En todo caso, tres semanas tiene el cuerpo allí, hinchándose, poniéndose...

—No, no, ahórreme esos detalles. Lo que no comprendo es qué tenemos que ver nosotros en ese caso, usted comprenderá que el público de la oficina de sanidad es… diferente.

—En cierta forma, pero mi razonamiento es que si a ese hombre lo mataron como un perro, bien pueden ustedes hacerse a la idea de que lo era.

—¿Y usted piensa que eso es fácil?

—Con algo de imaginación… puede pasar. Le aseguro que en vida no era ningún agraciado, y ahora imagínese. De todas maneras sé que no es la primera vez que ustedes prestan ese servicio.

—Me encanta la gente informada… bien, por el momento colóquenle algo de cal. Tenemos varias denuncias. Quizás en unos cinco o seis días pasemos recogiendo el paquete. (pp. 34-35)



    A continuación, en el apartamento 7B leemos otro relato que muestra esa violencia que se incubaba en los noventa. La «rabia oscura» es la protagonista. Desde este apartamento se atestiguan los feroces enfrentamientos entre Los Menudos vs. Los David, la versión de una Iliada en un barrio caraqueño, épica de celos y venganza, protagonizada por dos bandas hamponiles compuestas por menores de edad que se enfrentan a muerte por el amor de una adolescente llamada Helena.

    Así, con una suma de desilusiones y decepciones, con llantos y vidas acabadas, llegamos al penúltimo piso, en el que nos encontraremos más sangre y más muerte. En el 8A, un estudiante presencia desde la paz regulada de su habitación, las imágenes de su propio asesinato, perpetrado por dos policías en las protestas de aquella tarde. En este relato, Méndez Guédez utiliza el recurso narrativo de desdoblamiento, aquel ardid del que echara mano Julio Cortázar en varios de sus cuentos («La isla a mediodía», «La continuidad de los parques», «La noche boca arriba» de Cortázar, o «El puente sobre el río del búho» de Bierce). Méndez Guédez hace lo propio con una maestría equiparable a la de los maestros del cuento breve. En el apartamento contiguo, encontramos a la que probablemente sea la historia más breve de este edificio. Por su estructura y efecto funciona como un minicuento. Leemos en él un dilema literario: apenas uno de los dos cuentos que tienta al tema de la literatura de esta primera parte del libro.

    Ya estamos cansados de subir escaleras. Con esfuerzo, llegamos al noveno piso. Nuestra recompensa se halla en el disfrute de las dieciocho historias que componen esta primera parte. En el apartamento 9A, un hombre taciturno y afligido, decide acudir a la boda de la que, presumo, fue una antigua novia, o acaso amante, o simple amor platónico. Cuando se afeita ocurre el movimiento en falso que le procura una herida mortal. En el 9B, vuelve a aparecer Gabriel, personaje que entrevista a quien cuenta la historia de Los Menudos. El tema también es literario, y se orienta hacia la praxis de cómo ubicar ciertos elementos para la eficacia y verosimilitud de la historia, y de esta manera establecer una atmósfera angustiante en la que se espera un error por parte del personaje: la confusión entre su atomizador para el asma y el gatillo de su pistola.

    Ahora, ya visitado el último de los pisos, que es lo mismo decir, el último de los niveles de la sosegada violencia de «Historias del edificio», decidimos bajar por donde llegamos, la escalera, ese espacio que para George Perec es «anónimo, frío, casi hostil» (2000: 17) y salir a la calle, hacia esas otras historias que componen el primer libro de relatos del autor barquisimetano.

    «Atisbando un rostro en la oscuridad» abre la segunda parte del libro. En los párrafos iniciales leemos: «No creo en las premoniciones, pero a veces mis pesadillas han establecido breves convergencias con el futuro» (p. 49). Y, en cierto modo, esta frase tiene un carácter profético. En este relato se prefiguran imágenes y temáticas que estarán presentes en la narrativa que vendrá de Méndez Guédez: la noche porosa, la cualidad «mineral» de los ojos de una chica, de una atmósfera o momento; los órdenes de la ciudad que se disuelven y le abren las puertas a la crisis, el amor defraudado, flagelado y arruinado; la reflexión etílica, el viaje (aunque en este caso, somos partícipes de un regreso y de un aterrizaje forzoso y hostil sobre una realidad aberrante, desafinada, a la que el músico que está de vuelta no logra adaptarse del todo: ya es un extraño en su propio país.

    De inmediato, leemos «Comunicación» y regresamos a ese tono absurdo y capital de la primera parte del libro. En este cuento, precisamente por falta de comunicación, dos policías acribillan a un joven inofensivo, tan inofensivo que lo único que hacía era disfrutar de una barquilla de chocolate. Después del incidente, los policías continúan conversando sobre sus clases en la academia, mientras insisten en lo significativo que es para el oficio saber comunicarse.

    En «Canción alemana» se disuelve un poco el tono hostil. ¡Se nos adentra en toda una canción alemana!, o un relato cuyo rasgo memorable es la indiscutible belleza de las imágenes que lo componen.

    El narrador del siguiente cuento recupera años de desmemoria y lejanías junto a su padre, envejecido y hecho una piltrafa. Su padre estará bajo su custodia y resuelve auscultarlo con la pericia de un cartógrafo diseñando un mapa, un territorio genético en el que debe reconocerse y encontrar las huellas de su pasado. Una imagen, un gesto, una exhalación o la ausencia de sonidos, le traen de vuelta un recuerdo espinoso que atesoraba desde los tres años de edad. Así se nos presenta «Retrato de mi padre uniformado orinando en el río turbio».

    Igualmente, en «Aires y repliegues» continuamos con una estructura narrativa que se apoya en lo evocativo. El protagonista de este cuento recuerda con nitidez exacta y abrumadora aquella noche en la que su mejor amigo sedujo a la chica que monopolizaba sus pensamientos eróticos, aprovechándose del entusiasmo etílico de la joven, que había bebido ron hasta la saciedad y los aires y repliegues de la fiesta liceísta.

    «Bradburyana» es un tributo al laureado autor de ciencia ficción. Aquí leemos la descripción de una atmósfera plomiza, gris, en la que el simple ejercicio de respirar es imposible. Las máscaras de oxígeno representan, más que un artículo de primera necesidad, un dispositivo de supervivencia. Asimismo, en «Sinopsis al fondo de la tarde» las imágenes se disponen como breves recuadros fotográficos que pretenden formular una ecuación booleana: la lógica en primer plano. Cada textura revela una verdad sospechosa o la falsedad de la fragmentación continua y su oficio de perenne mudanza.

Seguidamente en «La reincidencia», se narran en segunda persona las memorias y vicisitudes de los amores universitarios de una mujer que ha regresado a Caracas siete años después de abandonar la ciudad. Un gesto la hace revivir aquel momento en el que desnudó a su profesor, unos pocos años mayor y que estaba a punto de alistarse de lleno en la guerrilla.

    «El último que se vaya» es una alegoría a la emigración, al éxodo venezolano que por aquellos años ya calentaba motores. En estas páginas se narra, poética y sin olvidar el toque absurdo de otros relatos, cómo la ciudad se va quedando vacía. Se señalan los problemas que provocaron la huida en masas de los venezolanos: «Después fue más fácil, porque los saqueos y las lacrimógenas se volvieron lunes, se volvieron martes, miércoles, jueves, viernes» (p. 78); y más adelante las consecuencias del abominable escenario: «Luego, luego, los estadios vacíos, los jonrones perdiéndose en el mar grisáceo de las gradas. Y la única cola en la puerta de las embajadas» (idem).

    «Querido Gonzalo» es otra historia evocativa. El narrador recuerda a su antiguo amigo y sus días universitarios. Los amores y la aventura con una prostituta que redimió la imposibilidad de acceder al cuerpo de una rubia inaudita de la Facultad de Ciencias. Se recuerda el distanciamiento, la brecha que se instaló entre la vida de ambos, la noticia de la muerte del amigo a manos de efectivos policiales, y el regreso de este en forma de consignas contra el gobierno, en frases impresas en afiches con su rostro, afiches pegados en los muros de la ciudad.

    Por último, tenemos a «Valeria tibia o siempre, en la mitad inexacta de Caracas», relato que exhibe una tensión mesurada y cierra con un final inesperado, de nocáut, diría Julio Cortázar (1997: 385). El narrador recuerda aquella tarde de su adolescencia en la que estuvo a punto de consumar su amor (o el deseo hormonal) por Valeria, la chica más apetecible de la clase.

De esta manera, finalizamos el recorrido. A medida en que trajinamos por las conmociones y dinámicas de los personajes de Historias del edificio, nos sometimos progresivamente a la recopilación de las diversas texturas de sus agrias existencias y resistencias, en sus solapadas formas de refugiarse en la quietud de un apartamento de la realidad abrumadora, de esa urbe que espera el cambio de siglo sin penas ni glorias, pero sí con muchas cicatrices, con la impaciente revelación de un río de desgracias a cuestas y de la fría resignación de aquellos personajes que eligieron cobijarse en sus nostalgias, tan vivas, tan insistentes, tan ásperas y coléricas de ese pasado que no les permitió concebir otra variante del futuro que no fuera la repetición de aquellos instantes que afectaron sus vidas.


Mario Morenza*

En 2008, publica La senda de los diálogos perdidos (ganador del Premio Nacional Universitario de Literatura) y Pasillos de mi memoria ajena (finalista del concurso para autores inéditos convocado por Monte Ávila Editores). Relatos de este autor han sido reconocidos con diversos galardones: destaca la inclusión de «Vitrum» en la Antología de la Novísima Narrativa joven Hispanoamericana (2008) y en 2016 «Las tribulaciones de un censor antiplagios» resulta ganador de la 71a edición del Concurso de Cuentos del diario El Nacional.


Juan Carlos Chirinos, ese obsesionado por los animales

Juan Carlos Chirinos.png

Isaac González Mendoza* | Caracas (Venezuela)

Ha pasado casi un año desde que Juan Carlos Chirinos estuvo en Venezuela para participar en la IV edición de la Feria Internacional del Libro de Margarita (Filcar), en la que estuvo acompañado por los escritores Juan Jesús Armas Marcelo y José Esteban.

Esta conversación en nada se parece a una entrevista, porque qué sentido tiene publicarla después de tanto tiempo. También aparece descontextualizada. En el país de hace un año reinaba la desesperanza. Hoy día nos escolta una euforia salpicada de raciocinio y practicidad.

Pero así queríamos que ocurriera, tal vez para aproximarnos un poco a Gemelas, la última novela del escritor trujillano nacido en 1967. Así como en esa historia un montón de exóticos animales irrumpen la rutina de los ciudadanos de Madrid, nos cae en la Caracas oscura y de ambiente tenso un inventor de relatos fantásticos o llenos de gatos traviesos.

La novela, publicada originalmente en Madrid en 2013 (Casa de cartón)  y en Venezuela en 2016 (El Estilete), es un “thriller ecológico”, como lo define el autor, en el que en la capital española aparecen repentinamente un montón de animales exóticos: okapis, koalas, perezosos, guacamayas, corocoras, canguros y hasta un león. El inspector Agustín Bermejo junto a su compañero, Benjamín Cruz, se encargan de resolver el extraño caso, que además se ve desviado luego del suicidio de Susana, una bella mujer que esconde en un bolsillo un mensaje encriptado dirigido a Cristina, su pareja y personaje central de la trama.

Pero Chirinos ha aclarado que aunque se trata de un thriller ecológico, Gemelas no fue escrita con rol ecologista. Más bien tiene que ver con una inclinación por los animales por parte del escritor, quien reside en España desde hace más de dos décadas. De hecho, el autor es un mirmecólogo frustrado, profesión con la que caracteriza a Cristina.

En el fondo, el escritor quería utilizar los animales como decorado para hablar acerca del mal. En este caso -señala- el mal se manifiesta en forma de animales exóticos, pues convierten a Madrid en una ciudad desagradable. “Esconde más bien una búsqueda existencial”, explicó durante un conversatorio realizado el año pasado en la desaparecida Librería Lugar Común de Altamira, que contó con los comentarios de los escritores Violeta Rojo y Carlos Sandoval.

Antes de aquel 28 de marzo, pudimos hablar con Chirinos en el hotel donde se alojó en Caracas después de su viaje a Margarita. En la isla compartió encuentros con José Balza y los mencionados Armas Marcelo y Esteban, ambos invitados internacionales de España.

En el hotel en Caracas, el valerano está acompañado por los autores españoles, todos exhaustos después de tantas charlas y presentaciones de libros. Pero, a pesar de eso, Chirinos se muestra con una energía admirable.

Le preguntamos primero por qué suele decir, en tono de broma, que el centro del mundo es Valera, su ciudad natal.

—El centro del mundo también podrían ser Choroní o Calabozo, ¿no?

—En Calabozo hace mucho calor para ser el centro del mundo. Ese sería el centro de la tierra. Por varias razones Valera lo es para mí. Primero, por echar broma y por molestar. La segunda y la tercera, que son más serias, son porque lo universal es lo local. Si soy de Valera y quiero escribir sobre una realidad urbana y me pongo a escribir sobre París o Londres sin haber vivido allí, estoy siendo un poco asocial. Si viví en Valera o Caracas y Salamanca, por qué no escribir sobre la ciudad donde viví. Para mí es el centro porque todo centro es el nuevo centro. Y en tercer lugar porque es una estrategia de respuesta, una reacción digamos, hacia eso que dicen que Nueva York o Londres son el centro del mundo. ¿Y por qué tienen que ser ellos? ¿Por qué no podemos ser nosotros? ¿Por qué el norte está arriba y el sur abajo?

Es una cuestión neoestratégica. Para mí el centro del mundo es Valera y no quiere decir que yo sea chovinista, localista o xenófobo. Si digo que el centro del mundo está en Valera es porque puede estar en cualquier lugar.

Pero en realidad está en Valera.

Dos acontecimientos empujaron a Chirinos a tener consciencia sobre la escritura. Primero fue la muerte de su abuelo en 1982. Aquella pérdida lo motivó a escribir cuentos. Siete años después, escribió en su casa de Valera un relato que le gustó mucho, y que le hizo entender que quería convertirse en escritor y que para eso se había estado preparando. “Vi que había posibilidad y que podía tener algo de talento”.

—Cómo consideras ha sido tu evolución como escritor desde el libro de cuentos Leerse los gatos hasta ahora

—Creo que el libro Leerse los gatos me ayudó a poner en papel varias posibilidades, varias opciones de escritura o varios discursos. Y creo que he ido desarrollándolos paralelamente: son temas históricos, sociales, policiales, fantásticos. A partir de allí creo que he podido desarrollar. Me siento satisfecho con lo que he logrado y emocionado con lo que voy a lograr.

Leerse los gatos fue el primer libro que publicó Juan Carlos Chirinos. Aparecido en la editorial Memorias de Altagracia, es una recopilación de 22 relatos de 40 escritos durante seis años. Entre ellos se cuentan “Agnus rey”, “Campanita”, “Catrusia” y, el último, “Leerse los gatos”.

—¿Crees en la musa?

—Eso de la musa es una estrategia publicitaria para hacer que la literatura parezca glamorosa. La inspiración no existe. La inspiración es sentarte a trabajar todos los días. Es un oficio como cualquier otro, como ser abogado o carpintero. Sentarte a trabajar hasta que caiga algo. La inspiración ya es cuando, después de una o dos horas de trabajo, descubres que vas a decir algo, y has llegado allí no por casualidad, sino porque has estado investigando y leyendo.

Lo que sí puede existir son las ideas: uno a veces va caminando por la calle y se le ocurre algo y lo anota. O a veces escucho frases en la calle que son buenísimas y pueden ser frases para comenzar un cuento. Pero eso es un detallito, un momentico. Todo lo demás es trabajo.

Alguien decía, no me acuerdo quién, que la escritura es 1% inspiración y 99% transpiración.

La vida de Chirinos en Caracas era dura. Los sueldos que ganaba por escribir reseñas u ofrecer talleres y cursos no le alcanzaban para pagar el alquiler o comprar comida. Primero estudió Artes en la UCV por cuatro semestres, pero las huelgas y los problemas económicos en su casa lo obligaron a devolverse a Valera. Pasó un año meditando qué hacer y optó por inscribirse en la Escuela de Letras de la UCAB, para terminar los cinco años de carrera y graduarse, y lo logró. Pero la capital seguía siendo invivible para él.

—Y entonces en un momento dije: o me voy a Valera a trabajar en la ULA o me voy para fuera. Lo primero que salga. Lo primero que salió fue el crédito de Ayacucho y me fui. Si no me hubiera ido a Valera a trabajar en la ULA para sobrevivir y al menos estaría en casa de mi mamá, donde había comida. Pero no, me fui a España.

—Cómo fue el cambio cuando llegaste a España

—En cuanto llegué a Salamanca el cambio fue radical, por la paz que te da tener tiempo para escribir y estudiar. Salamanca es una ciudad pequeña, como Mérida. Es manejable. Mi primera novela la escribí en Salamanca.

La personalidad de Juan Carlos es la de un tipo bonachón, que inventa chistes espontáneos de lo más mínimo. Es raro cuando detrás de algún comentario no hay alguna broma. Eso sí, siempre habla con franqueza al referirse a alguna crítica dentro de la literatura.

—Qué opinas de la escritura experimental

—Generalmente la experimentación está ligada a lo formal, a la forma que le das al texto. Ese tipo de experimentación formal, como poner los diálogos metidos dentro de la narración,  hacer que el texto sea redondo, poner espacios en blanco, todo lo que significa la formalidad, eso no es experimental, es más bien hacer el ocho. Los que hacen eso o son muy muchachos y no han leído literatura o son imbéciles. O son gente adulta que cree que está descubriendo el agua tibia.

Lo otro, la experimentación que tiene que ver con el contenido, eso lleva ya 50 años de trabajo. Porque descubrir de verdad lo que tú quieres decir te lleva años hacerlo. Te lleva toda la vida.

Yo le digo a mis alumnos: les apuesto una cena en el restaurante más caro de Madrid que nadie escribe un cuento que no esté escrito ya. Lo que no está escrito es cómo lo dice usted. Y por ese tiene que ponerse a trabajar, a investigar y a leer.

—¿Cómo te das cuenta de si escribes una novela o un cuento?

—Hay materia anecdótica que da para un cuento y otras que dan para una novela. Uno se da cuenta si puede alargar la historia. Es como esas piedras planas que uno lanza en el agua: las anécdotas son como esas piedras, unas llegan más lejos que otras.

—En tu caso dibujas una planificación, como una estrategia en un campo de fútbol o de béisbol, y comienzas a trabajar.

—Yo planifico mucho una novela. Escena por escena, capítulo por capítulo, diálogo por diálogo. Puedo llegar a lo mínimo, incluso a los personajes. Y así es cómo funciona todo. Yo creo que es como el ajedrez, que lo jugué mucho desde pequeño. En ese juego está todo. Pero lo difícil es todo lo demás, no mover las piezas, sino lo demás para poder jugar bien. Y entonces, cuando empiezo a escribir, ya me desordeno. Adonde sea que voy, me desordeno todo. Y a veces meto cosas que no estaban en la planificación. Y me vuelo la planificación porque me da la gana.

—¿Qué opinas sobre escribir la gran novela de la Venezuela chavista?

—Una novela sobre el chavismo, que están haciendo varias, algunas muy buenas, se escribieron ahora porque era la ocasión. Patria, de Aramburu, por ejemplo, es una novela que no me gusta nada, pero que apareció en un momento apropiado, oportuno, no oportunista. Y ha sido un best-seller increíble.

Pero como Patria se han escrito muchísimas novelas del País Vasco. Lo que pasa es que llegaron temprano, demasiado temprano, y no les hicieron caso. La gente va a pensar que la novela sobre el País Vasco era de Aramburu y no es así. Hay un montón de novelas sobre ese tema. Patria tuvo los suficientes lectores y promoción, además que llegó en un momento en que la gente quería leer sobre eso. Una vez que el Estado español derrotó a los criminales de ETA, entonces salió esta novela.

Por ejemplo, habían pasado casi 100 años después de la Guerra Civil de Estados Unidos, y Margaret Mitchell publicó Lo que el viento se llevó. Y la novela sobre la Guerra Civil de EE UU es Lo que el viento se llevó, es la que recuerda todo el mundo y la que todo el mundo lee. Al año le hicieron una película maravillosa.

Pero la novela es mejor, y además, Margaret Mitchell es más bonita que Vivien Leigh.

—¿Qué te dijo José Balza cuando, como escritor novel, le diste algunos de tus cuentos para que te dijera su opinión?

—Yo le escribí a él con mucha emoción, pero asustadísimo. Tenía 18 años. Y le entregué a José Balza, que era mi profesor, unas hojas de cuaderno con unos cuentos. Ya no recuerdo qué cuentos eran. Tampoco recuerdo si eran buenos, creo que no. A la semana siguiente, cuando me los devolvió, me dijo esto: ‘Son cuentos muy analíticos. Me gustan mucho, pero son muy analíticos’.

No me dijo más nada. Supongo que buscó algo bonito que decirme, que fuera alentador, que no me frustrara. Porque si se pone a decirme cosas malas me pego un tiro. Pero me dijo eso y me quedé contento.

La Venezuela de hoy es absolutamente diferente a la de hace un año, cuando se dio esta entrevista. Le preguntamos a Chirinos sobre cómo se sentía al regresar al país luego de cinco años sin venir.

—Me siento muy bien. No estoy eufórico, pero estoy contento. Estoy conmovido con muchas cosas. Por ejemplo, los dos españoles que vinieron conmigo, Juancho Armas Marcelo y Esteban, han sido tratados con mucha hospitalidad y cordialidad por todo el mundo en Margarita y Caracas, lo cual habla bien de nosotros.

Tenemos un espíritu hospitalario que no ha desaparecido. Yo sí veo caras preocupadas, caras obstinadas, gente que está harta de estar aquí. Pero no hemos perdido eso que es fundamental en el venezolano, la hospitalidad. Eso me tiene conmovido.

A nosotros nos toca recuperar el país. Tarde o temprano alguien tendrá que recoger lo que quede, aunque lo que quede esté en el suelo hay que recogerlo. Qué vamos a hacer.

Juan Carlos Chirinos | Foto: Archivo de El Nacional (referencial)

Juan Carlos Chirinos | Foto: Archivo de El Nacional (referencial)


Isaac González Mendoza*

Es periodista. Ha escrito para el diario El Nacional y textos suyos han aparecido en La Nación (Argentina), El Comercio (Perú) y El Tiempo (Colombia). Actualmente es parte del equipo de la página de noticias Efecto Cocuyo. Cofundador de la revista digital 4Dromedarios.


Las gárgolas del vertedero

Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

Isaac González Mendoza | Venezuela*

Hace meses que Caracas ha sido arropada por una oscuridad azulada. Miro los edificios envejecidos, desde lejos veo el polvo que cae de las fachadas. Ese mismo polvo se ha metido en las casas, invadiendo los cuartos y las salas, para entonces quedarse flotando con una lentitud fascinante.

Creo que es de noche cuando despierto a las seis de la mañana. Me quito las telas de encima, las telas dejadas por la gente que abandonó la ciudad. Estoy sorprendido por mi resistencia al frío.

Me quedo mirando la cara de mamá, sus ojos morados, su boca agrietada y seca como la tierra de donde vinimos, sus cabellos sucios y sus manos arregladas.

Vamos, pues, me dice de repente, como si nunca hubiera estado dormida.

Para mí no son montañas de basura, para mí son criaturas gigantes que se han quedado paralizadas, y que con el tiempo se han convertido en desechos. Ahí están el sapo, el rinoceronte, la ballena, todos hechos de basura, y la luz describe sus sombras en el poco suelo que nos queda.

Mientras caminamos por el sendero hacia La Comunidad oigo el eco que viene desde “Allá”, así le llaman a todo lo que no es de aquí ni de Caracas. El sonido me recuerda a los disparos que oíamos en Los Valles, y que por un período yo confundí con relámpagos, por eso salía a mirar el cielo cada vez que aparecían. Hasta que mamá un día me apartó de la ventana de un manotazo.

Me pregunto: ¿quiénes están “Allá”? ¿Qué están haciendo mientras nosotros exploramos estas montañas? Quizás hay alguien pensando en mí, aunque no me conozca, mientras yo pienso en ella o en él.  

Hoy hay demasiada gente en La Comunidad. Ya se distribuyeron los espacios y está cada quien ubicado. Por suerte una de nuestras compañeras nos guardó un lugar.

En esta parte suelen venir cinco o seis personas, pero se han multiplicado: ahora hay por lo menos 15.

Los miro.

Agachados, con las piernas como ancas de rana, los hombros tensos, las orejas alerta, escarban entre los trastos buscando, tal vez, un pedazo de carne seca, carpacho de pollo, vegetales, insectos, culebras. Tal vez.

Los que acaban de llegar, en su mayoría, no están tan mal, solo les cuelga un poco la piel y se le ven los ojos saltones. Pero al menos no están muy dibujadas las costillas.

Hace una semana había uno cuyas piernas no podían mantenerlo en pie. El viento lo movía de lado a lado, parecía un juguete de madera. Hasta que colapsó. Mamá, nuestra amiga y yo buscamos su cuerpo para hacerle oraciones. Pero ni sus huesos conseguimos. Recuerdo su cara. Sus ojos marrones que estaban a punto de salirse de su cara, sus pómulos demasiado pronunciados, su barbilla desgastada y una ternura inverosímil, una amabilidad que no entendía y una risa tétrica.

Busco entre latas y plásticos, entre zapatos rotos y prendas deterioradas. Con mis uñas astilladas escarbo. No siento el dolor si sangro. Ignoro si mis manos están curtidas. Si consigo un gusano, una cucaracha, una lagartija, me como un pedazo y le dejo un poco a mamá.

El Hombre de la Boca llega.

Se nos queda mirando, apretando los labios, frunciendo toda su frente arrugada, con los ojos brillando como las metras que tenía en mi casa. El viento de Caracas nos invade y rodea nuestros cuerpos, trae el polvo que ya ha pasado por los hogares abandonados y habitados. El Hombre de la Boca sigue viéndonos, agacha la cabeza para mirar al suelo y luego la levanta y se ríe de nosotros. No estoy asustado, estoy embelesado por su boca deforme, su único diente y su lengua destrozada.

Mamá lo ignora y me dice Vámonos. Aquí no hay nada. Mañana iremos a otro lado.

Nos quedamos en otra cueva. La que teníamos fue derrumbada por la ventisca. Yo no dejaba de pensar en el “Allá”, ese eco extraño que, según me cuentan los de La Comunidad, está a cientos de kilómetros de Caracas y a miles de nosotros, en un lugar donde la gente come carne, pescado y maíz. Cierro los ojos e imagino cómo se siente el sabor, cómo el sabor pasa por mi nariz y después, al tragar, siento que mi estómago se llena.

Durante la madrugada, que ahora calculamos por inercia porque el cielo azulado oscuro de Caracas se trasladó para acá, me levanto y miro las criaturas gigantes. Entre ellas aparece el Hombre de la Boca. Se me queda mirando otra vez. Solo que en esta ocasión mantiene una mueca ridícula, sin hacer otro movimiento además de frotarse las manos. Le lanzo una piedra pero no alcanzo a pegarle. Déjanos en paz, le digo. No deja de verme. Así que yo le sostengo la mirada.

Cuando mamá despierta yo todavía estoy afuera, viendo la nada.

Pasamos por al menos cinco sitios. Todos están desbordados. Miles de individuos se han mudado para acá. Siento un ardor en el estómago y mamá suda. Encontramos un lugar donde no hay tanta gente. Apenas se ven conchas de plátano y de naranjas, tomates casi podridos y cebollas maduras. Nos agachamos y empezamos a escarbar y recoger; escarbar y recoger; escarbar y recoger.

Ya hemos colectado lo suficiente para esta noche cuando toco, en medio de la operación, algo suave. Aparto más los desechos y veo un pelaje blanco sucio de polvo. Es carne de vaca, quizás abandonada por los ganaderos que se fueron. ¿Qué viste?, me pregunta mamá al percatarse de mi expresión. Le señalo con los labios. Ella se acerca en cuclillas y me dice que la deje porque ya está descompuesta. Con un cuchillo corto un poco y lo meto en mi bolsa. Déjala ya, insiste mamá. Sigo cortando. No puedo controlarme. El ardor me está quemando hasta el pecho. Mis manos están bañadas de sangre. Me chupo los dedos. Apúrate, ya vámonos, susurra desesperada mamá.

El olor se apodera del lugar. Todos voltean hacia nosotros. Qué es eso, dice un niño amarillento, Tiene que ser carne, contesta un hombre alto, Estos la están escondiendo, dice una mujer desdentada.

Mi cuerpo tiembla y, de repente, dejo de sentir el ardor: viene un ejército de gente que pasa encima de las criaturas gigantes, que se derrumban a medida que les cae el paso. De pronto el suelo, el suelo que nos queda, deja de ser desechos y se vuelve negro. Una gran sombra de personas se apodera del suelo y corren hacia nosotros. Mamá se queda paralizada.

Suelto la mano de mamá. La dejo. Corro. La dejo abandonada porque estoy asustado.

Me muevo hasta una de las montañas situadas a un extremo. Reviso la bolsa. No hay nada. Entonces volteo la cara hacia Caracas y veo los edificios soltando polvo. Más “Allá” el eco que se mete en mi cabeza. Grito, no sé qué, a ver si alguien me escucha. No pasa nada. El ardor en mi estómago viaja hacia mi pecho y luego a la garganta. Miro hacia la densa sombra de gente. Ni un rastro de mamá. Y el Hombre de la Boca viéndome, con una sonrisa larga y su único diente brillando.


*Isaac González Mendoza, periodista y escritor venezolano