poema

Momentos de debilidad

Foto: Javier Cedeño Cáceres | @CaracasEscribe

Foto: Javier Cedeño Cáceres | @CaracasEscribe

Alejandra Hoffman | Venezuela

Intenté alejarme:

cuando te aparté en las escaleras,

te esquive en el pasillo,

y borré tu contacto, así

como si fuera tan fácil hacer que no existieras


Y estaba funcionando. 


...también he cedido. 

Cuando permití el primer beso,

te contesté las llamadas,

me involucré luego de un par de cervezas, 

te dí refugio una y otra vez:

permití que me volvieras mierda

y, en mi peor tormenta, toqué tu cama


Porque yo era tu centro de acogida

y tú mi llamada de emergencia 

porque nunca fuimos estables,

porque no tuviste interés en intentar,

y yo no tenía fuerza para insistir

porque el amor es amor 

y no se pide ni se mendiga


               —


En nuestro torbellino de inseguridades

de quiebres existenciales

de pendientes resbaladizas

concebimos.


Fuimos débiles jóvenes, 

irracionalmente emocionales

patéticos

y, en frente de esta clínica, 

quizás muera yo

o solo esa célula que no debe florecer

                                     °

                     indudablemente 

fenecen los momentos de debilidad que fuimos. 


El gato

Foto: Javier Cedeño Cáceres | @CaracasEscribe

Foto: Javier Cedeño Cáceres | @CaracasEscribe

Ezequiel Borges | Caracas (Venezuela)

El otro día llovía en Chacao
y yo me fumaba un cigarrillo
en la puerta de una tasca, 
uno de esos locales españolados
que tanto nos gustan
a los caraqueños.

Muy tranquilo le daba caladas
a mi cigarrillo mentolado
en el umbral,
mientras la lluvia arreciaba
y a más de cinco metros
no se veía nada.

Y fue entonces
cuando escuché el maullido
de un gato,
que, más bien,
era como un sollozo
que no paraba,
en medio de la niebla
de la lluvia.

Al cabo,
me di cuenta que era un grito
sosegado,
casi humano,
que venía de unas bolsas de basura
que estaban
a unos diez pasos.

Así que me puse la chaqueta
en la cabeza,
y caminé los diez pasos
hasta las bolsas de basura,
bajo la lluvia de Chacao.

Desenredé las bolsas negras,
que eran muchas,
y al final
encontré a un niño llorando,
a un pobre niño
llorando solo 
bajo la lluvia,
como en un nido.

Me lo llevé a comer perros calientes
en una esquina,
se comió cinco
o seis,
se despidió de mí
con una sonrisa,
y nunca más
lo volví a ver.

Y la lluvia
siguió sonando
contra el pavimento,
contras las ventanas,
contra las puertas,
contra las alcantarillas,
contra el tiempo,

y sólo yo supe
que había visto
a un niño gato
llorar.


Ezequiel Borges

Poeta venezolano*


Un adiós / A Catuche

Cascada de Catuche | Arturo Michelena | 1898

Cascada de Catuche | Arturo Michelena | 1898

José Antonio Maitín (1804-1874) | Venezuela


¡Oh, cómo me interesa, Catuche silencioso, 

Tu bosque misterioso De Lirio y de Jazmín; 

Y tus frondosos techos Que aparan, solitarios, 

Los rayos incendiarios Que bajan del zenit! 



Y el diáfano rocío 

Que en la hoja se menea, 

Y el vientecillo orea Alígero y sutil; 

Y del copey altivo 

La verde, la ancha copa; 

Y la pintada tropa De mariposas mil. 



¡Oh, cómo me deleitan 

Tus palmas y tus flores, 

Y alados los cantores 

Que beben tu cristal; 

Y el colibrí pintado 

Que gira en vuelo incierto, 

Y el plácido desierto 

Que fecundado vas!



Tú, arroyo, me recuerdas, 

Con esa tu verdura, 

Tu pompa y tu frescura, 

Y con tus flores mil, 

El valle delicioso, 

Feliz, aunque apartado, 

Hermoso, aunque olvidado, 

Del blando Choroní. 



¿Acaso algún mancebo 

De la ciudad vecina, 

Catuche, no encamina 

Sus pasos hacia ti? 

¿Acaso no hay un triste, 

De tu silencio amigo, 

Que venga sin testigos A suspirar aquí? 



¿No vienen a quejarse 

Al son de ese tu arrullo, 

Al lánguido murcullo 

De aquesta soledad? 

La soledad, que vierte 

Suspiros misteriosos y sones armoniosos 

Calmante del pesar? 



¿No vienen a tu orilla 

Los dulces trovadores? 

¿No cantan sus amores 

Al son de tu compás? 

¿No buscan en tu seno 

Las bellas creaciones, 

Que den a sus canciones 

Dulzura celestial? 



¡Catuche!, pues me inspiras 

Un solo sentimiento, 

No esperes que un momento

Me olvide yo de ti. 

No esperes, pues te debo 

Una ilusión siquiera, 

Que tu memoria muera 

Quimérica y gentil. 



Y cuando yo retorne 

Al sitio que he dejado, 

Al valle afortunado 

Del blando Choroní, 

Al recorrer gozoso, 

Los bosques y las breñas, 

Las fuentes y las peñas, 

Me acordaré de ti. 



¿No hay quien venga, claro arroyo, 

A suspirar en tu seno, 

Bajo el enramado ameno 

Con que te engalanas tú? 

¿No hay un mísero que pruebe, 

En esa ciudad gigante, 

En su vida un solo instante 

De indefinible inquietud? 



Solo yo busco ¡oh torrente! 

La paz de tu blando arrrullo,

En tanto que tu murmullo, 

Los demás huyen tal vez; 

Que el enfado que me abruma 

Otro encanto no resiste, 

Y el alma no encuentra ¡ay, triste! 

Ilusión en el placer. 



Y es por eso que, sentado, 

Mis horas paso en tu orilla, 

Una mano en la mejilla 

Y en fantástica inacción, 

Con un suspiro en los labios 

Y la visita en tu corriente, 

Un pensamiento en la frente 

Y un ¡ay! En el corazón. 



Por eso que, solitario, 

Con la vista voy siguiendo 

Tus aguas, que transcurriendo 

Hacia la represa van, 

Y acercándose al conducto 

Van su perfil estrechando, 

Y en la reja murmurando 

Entran con gracioso afán. 



Y su ignorado camino

Siguen tristes y calladas, 

Hasta que al aire lanzadas 

Dejan luego su prisión, 

Cual virgen que se sepulta 

Entre una cárcel y un velo, 

Y de allí se eleva al cielo 

En pos de un mundo mejor. 



Tal vez tus limpios cristales 

Irán de alguna hermosura 

A lavar la frente pura 

O los delicados pies, 

Y en el pintado lebrillo 

A reflejar de sus ojos 

Ya el amor, ya los enojos, 

Las angustias o el placer. 



¿Y qué será cuando corras, 

Por el cutis reluciente 

De un brazo torneado, ardiente, 

De hermosura angelical? 

¿Qué será, cuando humedezcas 

El abundante cabello, 

Y desciendas por el cuello 

Transparente y virginal? 



¿No encontrarás en tal punto 

Una vista que perciba, 

Un corazón que conciba 

Tu felicidad sin fin? 

¿No sentirás a tu modo 

Cierto delirante anhelo? 

¿No perderás ese hielo 

Con que vas corriendo aquí? 



¡Cuántas habrá, blanco arroyo 

Que el secreto del baño 

Lamentan, ya un desengaño, 

Ya de un desdén el rigor, 

Y con llanto apasionado 

Sus pesares acaricien, 

Y en los misterios te inicien 

Que encierra su corazón! 



Catuche, cuando en tus ondas 

Se mire alguna hermosura, 

Y en tu fondo su figura 

Le reflejes celestial, 

Le dirás que en estos sitios, 

En estos mismos lugares, 

Un trovador sus pesares 

Y su amor vino a cantar. 



Le dirás, si algún gemido 

Del pecho lanza amorosa, 

Que en tu margen silenciosa 

Un bardo también gimió; 

Y le dirás, si entonare 

Patética una letrilla, 

Que en tu deliciosa orilla 

También un bardo cantó. 



Catuche, con Dios te quedas, 

Adiós bosques, adiós flores, 

Adiós alados cantores 

Que más, tal vez, no veré; 

Mas cuando en mis soledades 

Recorra el bosque y las breñas, 

Los torrentes y las peñas, 

En vosotros pensaré.


José Antonio Maitín

(Puerto Cabello, 1804-Choroní, 1874)

José Antonio Maitín fue un poeta y dramaturgo venezolano. Esta considerado como el más excelso poeta romántico de Venezuela.


Purgatorio

Foto:  @ACcinema

Foto: @ACcinema

Ezequiel Borges | Caracas (Venezuela)

Me llamo Anna,
Anna Ajmátova
y soy una mujer
que escucha los pasos
de los soldados
acercarse,
de los comisarios
vestidos de cuero barato,
cubiertos de insignias rojas
que, en realidad,
no valen nada,
soy una mujer
que sabe
que mañana
no tendré ni un marido
ni un hijo
y que nadie dará un rublo
por mí.

Soy una mujer
perdida
a las orillas de un río
que no quise soñar
y que no puedo olvidar.

No es necesario que me digan
que voy a sufrir
por ser quien soy,
sé perfectamente
lo que me espera mañana
o quizás fue ayer
que se llevaron
lo único que me quedaba.

Estoy sola,
verdaderamente sola,
y, sin embargo,
¿dónde están mis compañeras
de azar en este mundo?

Este río

es lo único que me queda,
lo único que me queda
es una moneda
para comprar
un pedazo de pan,
una última lágrima,
pero antes de terminar
en la borrasca siberiana
con el círculo lunar
sobre mi cabeza,
le preguntaré a mi madre:
"¿has sido tú la que le dictó a Dante 
las páginas sobre el infierno?",
y yo misma responderé
por mi madre,
que sí,
que fui yo aquella
la que se que escapó del infierno
a punta de palabras.


Ezequiel Borges

Poeta venezolano*


Las ruinas del cielo

Foto: AC

Foto: AC

Lino Zabala | Río Grande del Sur (Brasil)

I

Tenue

es otra vez la luz del sol difunto

y tenue el agua que busca

la cidrera soñolienta

entre los surcos.

Tenuemente

su lento andar de sublime

aventurera, se hará menos tenue

y más impresionista

y menos sublime

y más conquistadora

y arrasará sublimemente

de raíz las almas

del pueblo náufrago y sin rumbo

que rema tenue

y como puede

entre las ruinas

y  entre el sol difunto.

II

Cómo es posible que no quieran

o puedan hacer nada,

cómo es posible

que la ira o la rabia se soslayen

en sus caras y en sus ojos,

que sus manos no se curven

a levantar las migajas

o al menos una rama,

que no tiemblen como tú

al ver las nubes caer,

que no sientan lástima o rigor

al caminar sobre las ruinas del cielo,

o tristeza y coraje

al verte levantar los escombros

y armar lentamente el anti-cielo,

de las sobras; sin soles de mal brillo

sin nubes de pobreza, sin pájaros

cantando a la desdicha, sin sequías,

sin antagonismos

sin batallas desmedidas por petróleo o por amor,

-y evidentemente-

sin mi voz.

III

Este techo podrido se cae sobre mí

como un cielo desgastado,

y cubre por completo mi infortunio y mi placer.

Sin embargo…

En un piscar de ojos, el piso y también yo

estaremos limpios de añoranzas

y será tan fácil tapar las goteras del cielo,

que el aire árido se hará brisa cálida,

y dejaré de temerle a la cruel verdad

y a sus farsas institucionales,

y caminaré con los pies y el alma descalzos

y sentiré coraje al pisar los escombros,

porque en un piscar de ojos,

escondida entre las sombras

bajo el apagón y la sequía

hallaré el relámpago y la nube de lluvia

que buscaba.


LINO ZABALA

*Escritor venezolano radicado en Brasil