Letra Viva

Sin disimulo

Datemi tutto, questo è una rapina!

Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar

Mario Morenza* | Venezuela

«Creo que el gol que anoté ha sido importante. No teníamos otra alternativa. Lo importante para el equipo era obtener el triunfo. Y lo logramos».

Se llamaba Luciano Re Cecconi y le decían el Ángel Rubio. Su melena dorada le confería un aire de bienaventuranza, de candidato infaltable a un casting para interpretar a un héroe alado y bíblico. Re Cecconi era el jugador más querido, divertido y alegre. Sin embargo, su imagen de estampilla religiosa era incapaz de obrar el milagro que el equipo necesitaba: calmar los ánimos exaltados.

Jugó en el controversial Lazio de los setenta, que se asemejaba más a dos facciones de la mafia que a un equipo. Los dos bandos en pugna habían incorporado revolveres Smith & Wesson a sus entrenamientos. La práctica de tiro al blanco con balas calibre 44 era una actividad más popular que los tiros penales.

En las calles de la Italia de aquellos años se respiraba una atmósfera igualmente inquietante. Manifestaciones violentas, secuestros a diario y terroristas de ideologías diversas propiciaban el miedo y la paranoia. Los atracos eran tan comunes como los goles de los domingos de la Serie A Italiana.

El Ángel Rubio era mediocampista y era incansable. Sin lugar a dudas, el motor de un equipo lleno de jugadores conflictivos, por lo que, al poco tiempo de fichar con la Lazio, se ganó el aprecio de la fanaticada. Pero a inicios de 1977 ya los buenos tiempos de Luciano Re Cecconi habían quedado atrás y también los mejores del equipo romano. En la memoria de los irriducibili permanecían como un grato y lejano recuerdo los triunfos de la temporada 73/74, cuando la Lazio alcanzó el Scudetto venciendo a la superpoderosa Juventus.

El 18 de enero de 1977 fue una noche gélida y fatídica. El Ángel Rubio, acompañado por Pietro Ghedin, defensa de la Lazio, quería darle un pequeño susto a otro amigo, el joyero Bruno Tabocchini. Lo que ambos jugadores ignoraban es que la broma inocente terminaría de una manera distinta a lo planeado.

Aquella tarde, Re Cecconi y Ghedin se apersonaron en la joyería de la Via Netti. Cuando Luciano Re Cecconi entró al local con el rostro cubierto con un pasamontañas y apuntó con su arma al joyero, gritó: Datemi tutto, questo è una rapina! / ¡Dámelo todo, esto es un atraco!

El joyero había sido víctima de atracos, como era usual entre muchos comerciantes. Semanas atrás, obstinado ante los criminales que saqueaban su negocio cuando les daba la gana, decidió hacer una inversión en sistema de seguridad para su negocio: comprar una Walther 7’65. Al escuchar a sus espaldas las palabras amenazadoras, con la premura del sheriff más rápido de los spaghetti western de Sergio Leone, desenfundó su arma, se giró y disparó.

La bala atravesó el pecho del Ángel Rubio.

Luciano Re Cecconi sonreía antes de recibir el impacto del proyectil. Cayó al suelo con los brazos extendidos, como si intentara aletear.

Re Cecconi murió media hora después.

El joyero fue declarado inocente y absuelto por legítima defensa.

El funeral se celebró en la Basílica de San Pedro. Luciano Re Cecconi irónicamente había sido el único jugador que siempre dejaba su arma de fuego escondida entre su ropa durante los entrenamientos.

Su compañero de equipo, Vicenzo D’amico lo recuerda y precisa en pocas, pero definitivas palabras: «Era un muchacho dulcísimo. Un muchacho, buenísimo. Tenía 28 años».


Mario Morenza*

En 2008, publica La senda de los diálogos perdidos (ganador del Premio Nacional Universitario de Literatura) y Pasillos de mi memoria ajena (finalista del concurso para autores inéditos convocado por Monte Ávila Editores). Relatos de este autor han sido reconocidos con diversos galardones: destaca la inclusión de «Vitrum» en la Antología de la Novísima Narrativa joven Hispanoamericana (2008) y en 2016 «Las tribulaciones de un censor antiplagios» resulta ganador de la 71a edición del Concurso de Cuentos del diario El Nacional.


Recuerdo de Teodoro

Teodoro Petkoff | Foto: Cortesía de El Nacional

Teodoro Petkoff | Foto: Cortesía de El Nacional

Eduardo Liendo | Venezuela

El túnel del San Carlos es uno de los im-

portantes secretos que resguardó el silencio de Alberto

Lovera en el desamparado momento del martirio. La

fuga ha causado un gran impacto político. Se vuelve a

hablar de los revolucionarios con respeto. Uno de los

evadidos, Teodoro Petkoff, antes de salir dejó escrita

una frase de Sun Tzu para que fuese leída por sus car-

celeros: «Desconfía del agua que duerme».

Petkoff estuvo antes prisionero en Tacarigua y

con ingenio logró su traslado al San Carlos. Es un di-

rigente muy estimado por sus compañeros, impulsivo

y audaz, brillante intelectual, polémico en sus ideas

y con sensibilidad para aproximarse y escuchar a los

hombres sencillos.

Es un líder nato que posee el aura feliz que ro-

dea a algunos artistas y deportistas ídolos. Armando,

recuerda ahora parte de una conversación con él que le

dejó pensativo:

—¿Qué lees? —preguntó Teodoro.

—La historia de la revolución rusa, de Trotsky —res-

pondió Armando.

—¿Ah? Está muy bien eso de que ustedes aquí en

la isla no tengan cocos que los espanten.

—Es muy interesante.

—Sí, es absolutamente necio tratar de desaparecer

esa figura del drama revolucionario contemporáneo. Es

uno de esos privilegiados cerebros que produjo la re-

volución rusa, una élite intelectual como no ha dado

ninguna otra revolución en esa magnitud. Habrá que

rescatar lo valioso que existe en el pensamiento de ese

hombre. Da pena que no se pueda citar a Trotsky en un

escrito, como no sea para estigmatizarlo, o si no hay que

hacer no sé cuántas aclaratorias para lavarse el pecado.

Hablaron luego sobre la creación artística; en un

momento dijo Petkoff utilizando una imagen muy cruda:


—Si un pintor quiere colocarse su pincel en el

culo y embadurnar la tela con él, que lo haga. Queremos

hacer una revolución para liberar al hombre y no para

reprimirlo más; ¿por qué forzosamente realismo socia-

lista? El arte debe ser tan amplio como la imaginación

del hombre lo permita.

—Sí —dijo Armando—, en cierto modo, el hom-

bre es su imaginación.

Por dentro, se removía un dogma.




Eduardo Liendo. Los topos,1985,  pp.166-67. Monte Ávila Editores



#CuentosEnanos: Brisa Mañanera

Y el viento hizo volar  las cenizas de lo que alguna vez fue un cuerpo que a través de  los suspiros perturbó la calma de la brisa mañanera
— @JavierWebEN

No te culpes

Por Neysaraí Paz* | Venezuela

De:           Andrés Andrade Velásquez
                      <AAVelásquez@gmail.com>

Para:           Carlos Andrade
                      <Carlndrade62@gmail.com>

Fecha:   20 de julio de 2014, 16:14

Asunto: Re: Dime si es verdad, hijo


ENTIENDO QUE FUE DIFÍCIL para ti mandarme ese correo. No sé cómo hizo mamá para ubicarte después de tantos años desaparecido, pero me molestan sus intenciones. Los reencuentros no deberían ser para anunciar malas noticias, mucho menos si son así, en plural. Varias.

Lamento mucho que no te hayan contado lo de Carlitos, después de todo era tu tocayo y tu hijo, de ser por mí te lo habría dicho, pero el único contacto que me unía a ti era ese Mazinger Z que me regalaste el año antes de marcharte. Sé que no aguantabas los gritos de mamá. Quizás por eso te perdono, porque te entiendo.

Sin embargo, creo que debería ponerte al día y, aunque me agradaría que nos viéramos de nuevo, prefiero contarte esto por aquí. Me llamarás cobarde, puede ser, es algo que siempre he sido, y empezaremos por ahí.

¿Recuerdas la figura de Mazinger Z? Tuve que guardarla bajo la cama. Carlitos, que ya desde chiquito olía pega, tenía apetito por la destrucción. Minaba mis ganas de exhibirla, y, por qué no, de jugar. Además, sabes cómo era mamá, no tenía nada de paciencia y, en lugar de enseñarnos a no pelear, prefería pegarnos (pegarme) antes de que empezáramos.

La verdad es que Carlitos tendía a codiciar lo ajeno (lo mío) y si no se le complacía, como buen imitador, gritaba hasta conseguir lo que deseaba. Mi carácter es más pusilánime, heredado de ti, supongo. Así que en lugar de luchar decidí amoldarme a ellos. Lo que más apreciaba lo mantenía oculto, y lo demás se lo daba a Carlitos antes de que siquiera pensara en pedirlo. El silencio se hacía en la casa, mientras que yo, antes de culminar la adolescencia, ya era un hombre enjaulado en la rutina.

No te culpo por esto, probablemente si te hubieras quedado las cosas no serían diferentes. Tampoco me quejo, fui un estudiante excelente y me destaqué en la universidad. Lo que lamento es no haber tenido muchos amigos. En mi colegio era el detestado. Los demás me tenían manía porque era callado y responsable. Los profesores no dejaban de utilizarme de ejemplo cuando ellos se comportaban «mal». Les gustaba porque hacía más fácil su trabajo, pero yo nunca pude hacer el mío.

Antes de que sientas pena, con el tiempo uno lo supera, toca resignarse a afirmar que la infancia jamás regresa.

Sobre mi vida actual, despreocúpate, no es tan horrible, aunque seguramente mamá te hizo creer todo lo contrario.

Confieso que no me hice policía. Ese era mi sueño cuando mudaba los dientes. Quería ser un héroe, vencer a los malos y ser un ejemplo para otros. Tú eres adulto, la vida no es como la televisión. La televisión no te muestra que los hombres de uniforme compran la mercancía de tu hermano, al cual debían apresar, pero no, lo acribillaron cuando no quiso seguir pagándoles un porcentaje por «proteger la zona».

No sé qué debes sentir al saber esto, quiero que sepas que realmente lo lamento. Pero aún quedan unos puntos por aclarar.

Soy banquero, sí, esos que no soportas. Nunca te gustaron los bancos. Recuerdo escucharte decir que era un lugar maldito donde guardas tu plata y después no te la quieren dar. Admiraba tu sentido del humor y que no temías hacer el ridículo. Es algo que también heredé, como las ganas de huir del yugo de mamá.

Me independicé lo más pronto posible. Ahora alquilo un apartamento cerca de mi trabajo y veo a mamá solo el 31 y en su cumpleaños.

Pensarás que mi vida es solitaria, pues mi situación en el banco no se diferencia a la del colegio, pero desde que existe Netflix ya nadie está solo y menos yo, que tengo una dama que mantener.

Ella fue el salvavidas de un hombre hundido. Apareció durante la época en que ocultaba mi Mazinger Z. Le gustaban los canales de videos musicales, de esos que ahora escasean. Como nacimos en la buena era, veíamos a Michael Jackson y a Madonna, dos grandes inigualables. Está de más decir que ella quería ser como la Reina del Pop: cubrirse de escarcha y ser aplaudida en el escenario por los fans enloquecidos con su canto.

Como aún era un chamito no pensé que fuese a ser tan duro. Mantener a una diva no es sencillo, no puedes imaginar lo que cuestan el maquillaje y los vestidos, como tampoco lo cansada que es la vida del espectáculo. Más si debes montarte en dos rascacielos y portar zarcillos que parecen platos.  Y sí, todo corre por mi cuenta, es que ella me hace feliz. Desde el momento en que se robó el labial de mamá y me regresó la mirada en el espejo, supe que mi vida estaría dedicada a esa mujer.

Que se jodieran los policías, que se jodiera Carlitos, que se jodiera mamá que nunca debió tener hijos.

Ella traslada a otros mundos con su show. Siéndote sincero, nunca supo cantar, pero dobla las canciones con tal estilo y naturalidad que lo parece. En los carnavales se alza con la corona, sus admiradores cubren su escenario de flores, las mismas que terminan en la peluca que utiliza para homenajear a Karina.

Ella me hace libre.

De ella te informó mamá, cuando la vio en el club y por ende me vio a mí, envestido en el vestido más brillante. Así sus gritos no me afectaron como antaño.

No sé si sigas leyendo estas líneas, por si te interesa la bauticé Afrodita, en honor a Mazinger Z. Siempre lo he tenido en cuenta, papá.

Esta es la verdad. Siento que ahora tengas un hijo muerto y un hijo «marico». Aunque esto último es para otro correo.

Te quiere

Andrés.

Foto: Abraham Tovar

Foto: Abraham Tovar


Neysaraí Paz*

Estudiante del 9no semestre de Letras en la UCV. Ganadora del primer premio del concurso de cuentos de la Escuela de Letras por el relato No te culpes (Caracas, 2017). También fue otorgada con la Beca auspiciada por Marianne Díaz Rodríguez por el proyecto literario La planificación de lo insólito (2017). Actualmente dicta el taller “La narrativa y sus alrededores” en la Biblioteca de los Palos grandes.